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25Feb/24

LA FAMILIA KARNOWSKY. ISRAEL YEHOSHUA SINGER (PARTE 3) YEGOR


«Las palabras sabias, con sosiego deber ser pronunciadas».

Eclesiastés 9,17.

«Una montaña con otra montaña nunca se encontrarán; un hombre con otro hombre sí se encontrarán».

Refrán de la Guemará

«Si una palabra vale una moneda, el silencio vale dos».

Refrán de la Guemará

«Hay un tiempo para callar y otro para hablar».

Eclesiastés 3,7.

«El vino alegra el corazón de los seres humanos».

Salmos 104, 15.

La sinagoga del Uper West Side de Manhattan comienza a cobrar vida de nuevo gracias a los judíos fugitivos de Alemania que empezaban a establecerse allí. Esto trae rencillas entre los judíos que viven allí y los que acaban de llegar. Estos últimos exhiben una arrogancia extrema que nada les gusta a los viejos habitantes.

«Igual que «en el otro lado» no mantenían relación alguna con los judíos de la Europa del Este, tampoco aquí tenían nada que ver con ellos. Se aislaron entre los suyos, recluidos dentro de su propio Reich».

En la sinagoga comienzan a producirse tiranteces. Los viejos residentes les preguntan sobre qué es lo que les había ocurrido en Alemania, no obtenían respuesta y esto les enojaba, pues lejos de crear una armonía racial, su hermetismo les distanciaba.

«Cuando éstos les preguntaban, buscando aproximarse en su común condición de judíos, por su situación y por sus vida, ellos callaban y no abrían la boca. Aún más mudos se volvían cuando los antiguos feligreses se enfurecían indignados contra los malvados tiranos del otro lado. Los nuevos consideraban que ése era un asunto para debatir sólo entre ellos y en voz baja. Los antiguos residentes, sintiéndose ofendidos, se veían a sí mismos como extraños en su propia sinagoga, y pronto empezaron a evitar el contacto con los recién llegados y a abandonar el templo».

¿Qué les hacía callar? ¿Era miedo? ¿Era, quizás, un extraño e inexplicable respeto por los ciudadanos y el país que les había acogido y en el que habían podido prosperar que, si bien es cierto que ahora los humillaba y los rechazaba no siempre fue así y eso era de agradecer?

Los que llegan tienen que empezar de cero. No le temen a esto. Uno de ellos, es el viejo y próspero comerciante Burak, todo un ejemplo de superación, de perspicacia, inteligencia para los negocios, seducción y capacidad de sacrificio. Con su lema siempre por bandera, que engatusaba a todos. «Ducado va, ducado viene;  vivir y dejar vivir.» «Como antes, su mano estaba siempre tendida a quien lo solicitara, y él dispuesto a hacer favores(…)» Concedía préstamos sin interés, firmaba avales, prolongaba los plazos de los créditos y «les ayudaba con los papeles para traer a sus familiares al país».

«Después de que, tras varias generaciones en Alemania, llegaran a poseer grandes comercios y olvidaran la vergüenza de sus mayores, tenían que volverse a ganarse la vida como ellos. Con maletines en lugar de mochilas, también ahora iban de casa en casa, y también ahora les cerraban las puertas en las narices y los echaban como hicieran antaño con sus tatarabuelos. Después de años de orgullo y éxito, durante los cuales despreciaron a los Burak y familias similares del viejo barrio de Scheunenviertel en Berlín, porque sacaban a relucir su judeidad que los ilustres berlineses habían logrado ocultar, ahora en el nuevo país necesitaron recurrir a los favores del mismo Burak y congraciarse con él, hasta el punto de llegar a nombrarle presidente de su propia sinagoga».

La familia Karnowsky también llega al país «después de soportar diez días el frío aire del océano». Desembarcan en el puerto de Nueva York. A Yegor, desde el principio le cae «antipática» la ciudad. Lea, su madre, tiene un hermano, tío Harry, viviendo desde hace años allí. Yegor se encuentra con la imagen opuesta a su idolatrado tío Hugo y con dos primos y una prima, que no le hacen ninguna gracia. Sus primos son altos, sanos, fuertes y deportistas. La alegría de vivir que tienen los muchachos le hace sentirse incómodo con ellos.

«Procuraba  mirarlos con indiferencia y desdén, como un extraño que se siente superior a sus inferiores, pero no lo lograba. Se enervaba al verles, como se enfurece quien ve a parientes próximos hacer una canallada. El escarnio de ellos era su escarnio, la tara de ellos era su tara, la inferioridad de ellos era su inferioridad. Ese solo hecho de que lo que no debería importarle le importaba hacía crecer su aversión hacia ellos, y, por extensión, hacia sí mismo».

Georg respira la deseada y lograda, al fin, libertad y ansía que su hijo se desprenda del veneno «que le habían inyectado».

«(…) al cabo de tantos años de vigilar sus palabras, de disimular su aspecto como si fuera una lacra y de temer a la propia sombra, su espíritu se reanimaba viendo lo libre y confiadamente que las personas de cabello oscuro hablaban en voz alta, reían y se paseaban sin miedo ni vergüenza».

David y Salomón se encuentran y entierran todos sus rencores de antaño en un pasaje muy bello de la novela, realmente conmovedor.

«El comportamiento de David Karnowsky fue muy diferente al de los últimos inmigrantes llegados a la sinagoga Shearéi Tsédek. En primer lugar, al subir al estrado pronunció la bendición de agradecimiento a Dios por haberlo salvado de manos de los asesinos, a él y a su familia. Y más tarde, al acabar las oraciones, disertó apasionadamente contra la barbarie de los gentiles que, al otro lado del océano, como nuevos seguidores de Amalek, deseaban aniquilar al pueblo de Israel. El gélido rostro del doctor Speier se tensó; escuchaba con ceño fruncido unas frases que nunca habían sido escuchadas en ese lugar, articuladas con absoluta claridad y libertad por su antiguo amigo».

El doctor Speier quiere callar a su viejo amigo. No le gusta el deseo que tiene de traer hasta América al viejo Efrain Walder.

«(…) hacer saber a Karnowsky que, aunque él no procediera exactamente del mismo origen, el doctor Speier estaba dispuesto a recibirlo en su comunidad como alemán auténtico, a condición de que se adaptara a las costumbres del lugar y no hablara de lo que sucedía al otro lado del océano, del mismo modo que se entierra una vergüenza en la familia».

Pero David no se deja aplacar.

«-¡Aquí todos somos judíos, tanto si venimos de Fráncfort como de Tarnopol! ¡Cada judío, judío es, y no hay de qué avergonzarse!, exclamó, con la misma pasión que había mostrado en su juventud, cuando vertió su ira contra el rabino de la sinagoga de Melnitz en defensa de Moses Mendelssohn».

Lea y David pronto se adaptan a su nueva situación. A Georg y Teresa les costará un poco más.

«De nuevo podía hablar libremente en su idioma, y entenderse con sus iguales sin temor a que se le trabase la lengua o a decir tonterías. De nuevo podía acariciar niños desconocidos, besarlos y abrazarlos, y las jóvenes madres sólo se sentían felices por ello».

«También David encontró el ambiente apropiado para su ocupación como estudioso. El tiempo libre que le dejaba su puesto en la sinagoga alemana lo pasaba en otras sinagogas y yeshivot de su estilo, donde conversaba y debatía con eruditos y profundos conocedores de la Torá, rabinos y profesores de seminarios».

Georg obstinado y entusiasta hacía suyo el axioma alemán «Gelt verloren, nichts verloren, Mut verloren, alles verloren» (Dinero perdido, nada se ha perdido. Coraje perdido, todo se ha perdido). «Procuraba con todas sus fuerzas no rendirse».

«En el fondo, había comprendido enseguida a la nueva y pétrea gran urbe, libre pero dura, que retaba a la perseverancia, la fuerza y el valor de la persona para abrirse camino. Y él se había empeñado en recuperar la fuerza y el coraje para enfrentarse a ella y conquistarla».

«Cuando notaba que le acechaba la congoja, hacía lo posible para sacudírsela de encima. Todo menos rendirse, se decía librando una guerra consigo mismo, todo menos desfallecer. Sin duda, era eso lo que deseaban sus enemigos: que se rindiera y abandonara la lucha. Pero no les daría esa satisfacción».

Yegor, por su parte, tiene miedo a la ciudad, a la nueva vida que ante él se abre. Se muestra contrariado y arisco.

«No podía arrancar de su interior el viejo temor a que los muchachos se burlaran de él y lo abochornaran. Bastaba que alguien se riera a su lado para que a Yegor le pareciera que se reía de él.

Yegor actúa igual que el despreciable profesor que en Alemania le humilló.

«En cuanto a los compañeros de la clase, para él se dividían, como las demás personas, en dos grandes grupos: por un lado, rubios de ojos azules, a quienes valoraba y deseaba acercarse, pero los temía por si lo rechazaban debido a su parte judía; y por otro lado, los de piel morena y ojos negros, a quienes no temía sino que despreciaba y con quienes no deseaba integrarse. Hacia los primeros mostraba su exagerado sentimiento de inferioridad, y hacia los segundos una acentuada altivez».

Ruth y su marido, Georg y Teresa vuelven a reencontrarse gracias a Lea, a la que le preocupa el comportamiento tan absurdo y peligros de su nieto Yegor. Marcus, hijo de Ruth, es un chico aplicado y brillante estudiante. Lea piensa que puede ser una buen influencia para el chico para motivarle en llevar una vida mejor. Pero el encuentro acaba en una gran decepción.  El muchacho despotrica «contra los los pensadores y eruditos, contra las ratas de biblioteca, y contra la intelectualidad judía, de la que era imposible desembarazarse, como de una joroba sobre la espalda».

También el doctor Landau y su hija Elsa han tomado el barco trasatlántico que les llevará hasta Nueva York. Llevan, después de vender parte de sus pertenencias, cuarenta marcos en los bolsillos. «(…) todo lo que la gente de las botas altas autorizaban sacar del país». Se instalan en una zona humilde de Manhattan, cerca de Harlem. Durante su forzado internamiento, la chica se ha esforzado y ha estudiado inglés. Gracias a sus capacidades, enseguida destaca en la ciudad como una reputada combatiente, siendo el quebradero de cabeza del cónsul alemán. Ya que con su activismo de propaganda contra el régimen, verbal y escrito, «vilipendiaba a los nuevos líderes de Alemania en auditorios repletos». Difundía escritos donde se «enfangaba» la figura personal del doctor Zerbe, el cónsul, hundiendo así su reputación y creando una mala imagen de él entre la opinión pública estadounidense».

«Temblaba de indignación cuando la doctora Landau lo ponía al descubierto, con una pluma tan cortante, y con un lógica y un humor que el doctor Zerbe nunca habría imaginado precisamente en una mujer».

«Con voz resonante, clara y firme exhortaba a no abandonar la lucha, sino a llevarla adelante hasta la victoria final».

El gran ejemplo lo da su padre. Ansioso por integrarse, por seguir siendo útil, consigue un puesto de trabajo en una granja avícola, donde puede poner en práctica sus conocimientos médicos. Esta vez con animales. Se siente feliz al sentirse útil y, como antaño, se entrega al trabajo y al estudio con ánimos renovados.

Yegor continúa escalando una montaña que le llevará a la cima de terribles consecuencias. Se enfrenta a su profesor y este, que ha intentado ayudarle no puede más. «(…) precisamente porque lo odias tanto, hijito, quiero que continúes con él hasta que te cures de los estúpidos prejuicios racistas con que te han llenado la cabeza», le contesta el director del instituto cuando Yegor solicita que se le cambie de profesor. Pero el chico odia todo lo que le rodea. A su padre le insulta con la palabra «judío». Llega a tener ideas suicidas, sólo para que, en caso de llevar a cabo su propia muerte, su padre tuviera que cargar con la culpa el resto de sus días.

«No veía ningún indicio de esperanza para él en el mundo. Extranjero en un país que le era hostil; humillado, debilucho y torpe, además tartamudeaba y nadie le comprendía. Ni soportaba a las personas a su alrededor ni ellos lo soportaban a él. Desde que nació, su suerte estaba echada. Fruto de la desdichada mezcla de dos razas enfrentadas, de dos sangres, estaba destinado a sufrir, primero al otro lado del océano, ahora en Estados Unidos, y en su vida entera. Una persona tan perseguida no tiene derecho a vivir, no puede esperar de la vida más que dolor y exasperación, fracasos y frustraciones. Poner fin a sí mismo era lo mejor. Y la mejor forma también de castigar a su padres. Toda su vida recordaría que él fue la causa de la muerte de Yegor y sufriría por ello».

Decide, sin embargo, marcharse de casa. Escribe al consulado alemán pidiendo a Su Excelencia, el cónsul que le autorice a «regresar a su patria». El doctor Zerbe ve en esta carta la solución a todos sus males. Ser egoísta, con ideas muy asentadas y despiadado sólo le interesa una cosa en el mundo, él mismo.

«El resto de los individuos sólo suscitaba su interés en la medida en que eran fuente de placer o de disgusto propio. Filósofo de vocación y avezado en historia y en ciencias naturales, sabía que las masacres, el sufrimiento, el robo y el asesinato eran tan antiguos como el hombre y seguirán existiendo mientras el mundo exista. El fuerte siempre oprimirá al débil, el lobo siempre devorará al cordero. No creía en los profetas judíos, según los cuales un día el león y el cordero morarán juntos. Pensaba, como los romanos, que el hombre es un lobo para el hombre. Sin duda, el cordero siempre protestará con gritos y balidos cuando el lobo se abalance sobre él con uñas y dientes, pero sería estúpido que el filósofo pretenda cambiar la naturaleza del lobo. El mundo pertenecía a los fuertes: se trataba de un axioma. La ley de la selección natural era un hecho científico, y sólo los ingenuos moralistas y predicadores derramaban lágrimas por ello; el filósofo sólo podía reflexionar acerca de la realidad tal cual era, y no deplorarla. Juzgando a los demás por su propia vara de medir, el doctor Zerbe estaba convencido de que su suerte no importaba al resto más de lo que la suerte de los demás le importaba a él. Cuando, dando vueltas en la cama, no lograba conciliar el sueño, nadie participaba de su tormento. Y tampoco le importaba a nadie cuándo caía enfermo, ni se preocupaban de sus dolores ni de su soledad».

Ve en la carta de Yegor a un fanático dispuesto a morir por una idea. Alguien al que poder manejar en beneficio de sus intereses. «Llevaba algún tiempo buscando a una persona del campo contrario, precisamente un judío, con intención de reclutarlo para su red».

«(…) parte de su función en el extranjero consistía en conocer qué ocurría en el restringido mundo de los inmigrantes y exiliados. Aunque en su mayoría eran personas amedrentadas que, asustadas, cumplían el compromiso de no hablar sobre el régimen que los había expulsado, ésta era una de las condiciones para recibir el permiso de salida, siempre había rebeldes que desobedecían. Y valía la pena averiguar quiénes eran, a fin de proceder a castigar a sus familias en el otro lado del océano».

«El doctor Zerbe necesitaba urgentemente a alguien de dentro, un refugiado y judío como ellos, una persona en quien confiaran, y que les sirviera a él de ojos y oídos en el campo enemigo. Examinó de nuevo la firma: Joachim Georg Holbeck, e intuyó que podría ser la persona enviada por el cielo».

«En el fondo de su corazón comprendía el sentimiento de un muchacho que, como una flor, había sido arrancado de la tierra donde creció y trasplantado a una tierra extraña, donde languidecía y se marchitaba».

«Así como en calidad de poeta podía simpatizar con el dolor de una flor arrancada de su tierra, en calidad de científico sabía que hay épocas en la historia de los pueblos en las que, en beneficio de la huerta, es necesario arrancar sin reparos algunas plantas, aquellas que la perjudican, dificultan el orden y la armonía del conjunto e incluso dañan el fruto. Ni por un instante ponía en duda la virtud y pureza de su corazón del noble joven que había venido a confesarse a él. Por supuesto que estaba totalmente de su parte. Pero existe algo que se llama justicia histórica, según la cual el pecado de los padres es transmitido a los hijos. Como hijo de un médico cirujano, seguro que comprendería que para salvar el cuerpo hay que sajar el tumor. (…) Él lo situaba en un escalón mucho más elevado: el plano de la necesidad histórica, del despertar del espíritu y del genio de un pueblo, lo que exigía mantener la conservación nacional y la pureza racial. La justicia histórica, sin embargo, no debe aplicarse a cada caso particular, sino que corresponde a las leyes generales. Y es aquí donde nace, como es natural, la tragedia del individuo libre de culpa, que se ve apresado como víctima de una necesidad histórica superior. Pero así es la vida: e el individuo se convierte en víctima de la colectividad, el hijo paga los pecados de los padres. En el caso de él, de Yegor, desafortunadamente, no había elección: siendo un claro descendiente de padre judío, encajaba en la categoría de judío cien por cien, de acuerdo con las normas fijadas por el Nuevo Orden, del predominio de la sangre del padre sobre la de la madre. Sin duda sabía lo rigurosas que eran las leyes en el renaciente país para posibilitar la legalización de alguien como él».

El doctor le engatusa, le dice que, por supuesto, él tiene salvación, salida pero exige «abnegación, esfuerzo y trabajo, paciencia infinita y obediencia absoluta».

«-Herr doctor, ¡yo estoy dispuesto a entregar mi vida en defensa de mi patria y a derramar mi sangre en la lucha contra sus enemigos, con tal de poder volver a casa!»

Pero Yegor espera que se le encomiende un papel heroico y militar, no el ser un simple espía.

«Ese oficio de espiar y transmitir secretos, de denunciar a las personas, siempre le había parecido ajeno.  Ni siquiera a sus padres había denunciado cómo lo había humillado el doctor Kirchenmeier en el instituto».

Nuevamente, Zerbe lo lleva a su terreno valiéndose de la debilidad emocional del muchacho.

«Deseaba ofrecerle una oportunidad, una rara oportunidad para redimir, por medio del fiel servicio, el pecado cometido por su madre al haber introducido sangre extranjera en sus venas. Si realizaba su trabajo cumplidamente, la patria agradecida le reconocería como ario en honor a sus servicios y, con el tiempo, le conferiría el privilegio de retornar a la tierra de sus antepasados. Era un privilegio que no se otorgaba a cualquiera. Ahora bien, la decisión era suya, podía comenzar un nuevo capítulo en su vida o permanecer en el antiguo».

Él no quiere ser un espía, introducirse, justamente, en los círculos por los que siente tanta repulsión, pero acepta.

Es fascinante con qué prosa Singer nos ha contado todo esta trampa, toda esta argucia. Como una araña, lentamente enreda a su presa en los hilos de su tela hasta matarla. En nombre de la patria, esa palabra que se convierte en casi una mujer protectora, salvadora, a la que hay que volver. Le hace ver, como buen nacionalista, que la patria es la madre, el refugio, a la que hay que querer ciegamente porque ésta le recompensará.

Hasta en el colectivo médico comienzan a producirse fisuras. La grieta que se abre es cada vez mayor ya que los locales están cansados de que los médicos que llegan de Alemania se crean con más conocimientos que ellos y mejores en la práctica de su profesión. Consideran que los recién llegados son presuntuosos y altaneros.

Georg suspende el examen. Se siente decepcionado porque ha invertido mucho esfuerzo y tiempo en la prueba. A todo esto se suma que la familia empieza a consumir sus ahorros hasta tal punto que tienen que empezar a empeñar objetos como un reloj de oro o el anillo con una piedra preciosa engastada que le había regalado Teresa. A esto le siguieron las joyas de Teresa, «artículos de cristal, jarrones, objetos de cerámica, copas de colores, encajes de Bruselas, porcelana de Dresde y otros diversos tesoros».

«Cuando ya no tenían nada más que empeñar o vender y necesitaban dinero para los gastos cotidianos, el doctor Karnoswky comenzó a buscar comprador para sus máquinas de rayos x».

Teresa le pide que no las venda, se ofrece a trabajar ella en lo que sea menester pero él no está dispuesto a pasar por eso aunque cuando sacan las máquinas de la casa siente un gran vacío en su corazón «como si sacaran el cuerpo muerto de un ser querido».

Malvendían todo y la incertidumbre por aprobar el examen en una segunda convocatoria era más que justificada debido a que no era cuestión de conocimientos, sino de suerte.

«Sin que mediara realmente conspiración alguna, muchos de sus colegas también comenzaron a suspender a los médicos inmigrantes, ante la eventualidad de que pusieran en peligro su medio de vida. Sólo unos pocos, entre los miles que se examinaban, conseguían aprobar. Aunque los candidatos no fueran identificables para los examinadores, éstos reconocían a los inmigrantes recientes por sus respuestas escritas, por su grafía, diferente de la estadounidense, o por el inglés, que no era su lengua materna y a menudo eso se notaba. Les suspendían por cualquier mínimo error o negligencia».

Georg decide ir a pedir trabajo en la construcción al tio Harry. Éste muy cabalmente le asegura que si diera trabajo a un extraño sin un permiso los sindicatos se le tirarían al cuello. Tragándose su orgullo decide pedir una oportunidad a Burak para hacerse buhonero como él. A pesar de que el viejo comerciante aún siente rencor por lo que le hizo en su día a su hija Ruth el arrogante muchacho que el joven era por aquel entonces, le persuade para que se olvide de ese oficio, le recuerda que es médico e incluso insiste en entregarle un préstamo para que vayan tirando porque ese no es trabajo para él.

«-Éste ha sido el oficio de nuestro pueblo durante generaciones, Herr Burak, es nuestro destino, respondió el doctor Karnowsky con una amarga sonrisa, y el hombre no puede escapar de su destino».

Yegor está comenzando lo que el cree una nueva y dulce vida. Ha conocido a Lotte y al hijo de su portera, Ernst y con ellos frecuenta el Club de la Joven Alemania, donde el chico se siente como en casa. Yegor no tiene habilidad para el trabajo que el doctor Zerbe le ha encomendado pero siente fascinación por el dinero que se le da y con el que se permite juerga a raudales. Ante esta situación, Yegor decide mentir y darle al doctor informaciones falsas que éste cree. El muchacho comienza a mentir a todos los que le rodean, incluso a su madre, pero esta sabe que las cosas no marchan bien y le insiste en que vuelva a casa. Georg cree que el mal se cierne sobre su hijo «como una pesada nube»

«La experiencia había enseñado al doctor Karnowsky que en el hombre, junto al instinto de conservación, coexiste el instinto masoquista y de autodestrucción. En el frente de guerra presenció cómo los soldados corrían hacia la muerte, movidos, no por el patriotismo o valor personal tal como afirmaban los sacerdotes castrenses y los generales, sino por un instinto de autoaniquilación».

El doctor Zerbe, cada vez más insatisfecho con el trabajo del joven judío, pero muy consciente de que ya le tiene atrapado, comienza a darle menos dinero por su trabajo. Sabe bien que el chico ya, echado a perder en el vicio y la fiesta, no va a despreciar el dinero por muy recortado que esté el sueldo porque lo necesita. Se conformará con lo que sea.

«El doctor Zerbe sabía, por sus conocimientos de historia, que desde siempre los judíos habían servido con lealtad a sus poderosos señores. Tanto si se trataba de un barbudo Itzik con su gabán, o de un Moritz afeitado y con levita, de un consejero de comercio de la corte, o de un converso director de teatro, abogado o agente, siempre aportaban energía y vitalidad, capacidad e iniciativa a todo lo que emprendían».

Yegor, como Hugo, se comporta como un soldado sólo capaz de cumplir órdenes. Carece de intuición e inventiva. El doctor le humilla diciéndole que él necesita «una cabeza judía» no la ineptitud que el chico demuestra. El joven se pone a sus pies, humillándose cada vez más. Le ruega que le devuelva a Alemania. Todas sus súplicas caen en saco roto. Yegor siente, de repente, una soledad inmensa. Sin hogar, sin dinero y sin esperanza de comenzar una nueva vida se encuentra vacío. Se presenta a la agencias de colocación pero Ernst le embarca en una nueva locura, venderlo todo e ir a buscar trabajo al campo. Por supuesto, la aventura sale mal. Sus amigos le abandonan cuando los planes se tuercen.

«En sus noches de soledad sacaba más de una vez la fotografía de su madre, lo único que conservaba de su vida anterior, y pensaba con tristeza en lo preocupada que estaría por él, en cómo sufriría y lo buscaría. Se prometía escribirle una carta, pero no llegaba a hacerlo. Y cuantos más días pasaban, más difícil se le hacía. Una especie de embotamiento mental le llevaba a la indiferencia hacia todo y todos, y especialmente hacia sí mismo en su soledad».

Regresa a Nueva York con el propósito de quemar su último cartucho y reclamar al doctor Zerbe todo lo que le prometió en un principio. El trato que le da el doctor es denigrante para culminar en proponerle que sea su criado personal.

«Yegor debería saber que, desde que el mundo es mundo, las personas se dividían en dos clases: señores y servidores. Sólo moralistas majaderos pensaban que eso podía ser cambiado. Los pensadores y los eruditos, por su parte, lo consideraban una ley natural, una fatalidad irrefutable. Estaba claro que él, Yegor, no se contaba entre las personas destinadas a mandar, porque el destino no lo había dotado con ese talento. Y puesto que los dioses no lo habían favorecido así, haría bien en conformarse con su suerte. No debía rebelarse sino ser servil y obediente, y le iría bien en la vida».

«Los antiguos griegos, los sabios y los filósofos entendían mejor la vida. No se rodeaban nunca de mujeres, sino que preferían sus jovencitos esclavos como criados personales. Los buscaban entre las mejores familias de los pueblos que conquistaban, entre hijos de príncipes y nobles. Incluso de la conquistada Jerusalén llevaron a Grecia jóvenes príncipes judíos y los vendieron como objetos de placer y esclavos a ricos aristócratas y filósofos griegos. Y también él, el doctor Zerbe, griego de espíritu, filósofo y hombre de gusto, quisiera tener en su casa a un muchacho auténticamente cumplido, sensato y obediente».

Un nuevo acoso del doctor Zerbe, aún más repugnante que las humillaciones anteriores, hacen despertar a Yegor y llevarle a la locura y al peor de los desenlaces. Dos disparos, uno a la puerta de la casa de sus padres, hace alarmar a Georg que ya esperaba que esto pudiera suceder.

«Agarró la mano de su padre y la besó. Georg se sintió tan conmovido por ese beso de su hijo, el primero en años, que interrumpió su labor por un instante para depositar un beso en sus labios. Enseguida volvió a concentrarse en su labor de cirujano. Cubrió el sudoroso rostro de Yegor con un paño y vertió el éter, gota a gota sobre él».

«Los primeros rayos del amanecer horadaban la espesa niebla y filtraban por la ventanas la tenue luz del sol naciente».

Esta novela es una de las mejores que he leído nunca. Con prosa magistral, personajes construidos de forma admirable de principio a fin y un ritmo que no decae en ningún momento, hacen de ella una obra maestra de la literatura. Fascinante.

 

 

 

12Feb/24

TORTURA BLANCA. NARGES MOHAMMADI (PARTE 1)


Narges Mohammadi (Zanjan, Irán, 1972), ganadora del Premio Nobel de la Paz 2023 y una de las principales activistas iraníes a favor de la democracia y los derechos humanos, escribió este libro titulado Tortura blanca para hacerle saber al mundo entero lo que ocurre en las prisiones de la República Islámica de Irán. Un testimonio de gran valor, donde se recogen las experiencias de ella misma y catorce mujeres más. Alianza Editorial editó este libro donde se subraya que la vida entre rejas de estas inocentes, ya que ninguna de ellas cometió delito alguno, «está sometida a crueles vejaciones: sufren acoso y palizas por parte de los guardias, aislamiento total, denegación de cualquier tipo de tratamiento médico, interrogatorios extenuantes, castigos disciplinarios…» Se apunta que la ira del aparato represor iraní también se cierne sobre sus familias «que son amenazadas y no conocen el paradero de las prisioneras.»

Todas ellas son presas de conciencia o rehenes utilizadas «como moneda de cambio». «Mediante la tortura física y psicológica, el Estado iraní cree que puede reformar sus almas.»

Estas entrevistas se realizaron mientras las mujeres estaban en prisión o a la espera de juicio. «Son documentos asombrosos de humanidad, resistencia e integridad», se recalca en la cubierta del libro. «Mientras los iraníes siguen luchando a favor del movimiento «Mujer, Vida, Libertad», Tortura blanca carga contra el régimen teocrático iraní por sus crímenes.»

Mohammadi, periodista, licenciada en Física y madre de dos hijos, sigue encarcelada en una prisión de Irán. Su labor de activismo a lo largo de los años luchando por la abolición de la pena de muerte, por el derecho a la protesta pública y a favor de los derechos de las mujeres iraníes, ha sido elogiada por Amnistia Internacional, Reporteros sin Fronteras y PEN.

Comprometida con el movimiento «Mujer, Vida, Libertad» (Zan, Zendegi, Azadi), organizó protestas durante el Día Internacional de la Mujer cuando estaba encarcelada en la prisión de Evin, en Teherán.

El Comité Noruego del Nobel dijo que Mohammadi es una mujer, «una defensora de los derechos humanos y una luchadora por la libertad.»

The New York Times recogió que la investigación de la activista, basada en entrevistas a reclusas realizadas en la cárcel «ofrece una experiencia impactante acerca de la herida psicológica que producen el aislamiento total y las condiciones de vida en las cárceles de Irán.»

Tortura blanca, el libro que les invito a abrir hoy, representa, con estas entrevistas y las tristes y aterradoras experiencias que se recogen en ellas, a otras miles de mujeres que, como ellas, están encarceladas en Irán.

La gran escritora y traductora Clara Janés (Barcelona, 1940), miembro de la Real Academia Española (RAE) ha colaborado en la edición de este libro.

El prólogo del volumen está escrito por la abogada Shirin Ebadi (Hamadán, Irán, 1947). Militante por los derechos humanos y la democracia fue la primera mujer iraní y musulmana en recibir el Premio Nobel de la Paz en 2003.

El libro contiene, además, la carta que Mohammadi envió al Comité Noruego del Nobel, un apunte sobre la escritora a manos de Nayereh Tohidi y una introducción de Shannon Woodcock.

Les dejo con algunas de las experiencias de la autora del libro y con las del resto de mujeres. Son tan conmovedoras como crueles.

NIGARA  AFSHARZADEH

«Rebuscaba en toda la celda por si encontraba algo, como por ejemplo una hormiga; y cuando encontraba una, tenía cuidado de no perderla. Hablaba con la hormiga durante horas, lloraba y sollozaba. Rezaba durante largas horas. Tenía la sensación de que veía a algunos de los profetas. Cuando dormía, tenía sueños extraños y al despertarme no me los creía. Durante el día andaba mucho, tanto que mis piernas ya no me respondían. Cuando me traían la comida, desmenuzaba el arroz y lo esparcía por el suelo con la esperanza de encontrar alguna hormiga u otros insectos para poder entretenerme con ellos. Deseaba tener algo vivo en mi celda. Cuando una mosca entraba me daba una alegría enorme. La vigilaba con mucha atención y, cuando se abría la puerta de la celda, trataba de evitar que la mosca se escapara. Dentro de la celda andaba detrás de ella y le hablaba.»

«No me daba cuenta del paso del tiempo. Multitud de veces tocaba el botón para avisar a las guardias que necesitaba ir al aseo. Las guardias venían adormiladas y yo les preguntaba: «Disculpe, ¿cómo se prepara la sopa Ash?». Preguntaba sobre las recetas de comidas o sobre cuestiones sin sentido. No sabes cuánto se enfadaban. Me gritaban y golpeaban la puerta, diciendo que eran las tres o las cuatro de la madrugada y que por qué no me dormía y las dejaba dormir a ellas. Pero yo me sorprendía al ver que ellas dormían. No sabía cuándo era de noche. Tocaba el botón sin ninguna razón, salvo para ver a un ser vivo.»

«Me desesperaban tanto la soledad y el desamparo que terminé haciendo cosas muy extrañas. Por ejemplo, masticaba el pan que me daban de comer, hasta que se ablandaba en mi boca. Después formaba con él una muñeca o una cruz para mi hijo pequeño. Pero cuando salía para ir al baño, las guardias aprovechaban para buscarlas y romperlas.»

«Lo que me destrozaba en los interrogatorios eran los insultos y las humillaciones. Parte de los interrogatorios se centraban en mis relaciones sexuales. No podía creer que hicieran este tipo de preguntas a una mujer. Un interrogador me pidió que describiera cómo había tenido sexo con cierto hombre (con el que yo había estado casada durante un tiempo). Hice todo lo que pude para evitar responder a esas preguntas, pero no lo conseguí. Al final le dije: «Lo mismo que hace usted. ¿Qué cosas hace usted con su mujer? Pues yo hacía lo mismo». «No, me lo tienes que describir y que mostrar», me dijo. Yo imité el acto sexual sobre la silla.»

ATENA DAEMI

«Muchas veces intentaba pensar en cosas a las que no había dado importancia cuando estaba libre. Curiosamente, ahora las echaba de menos. Intentaba desgranar el pasado. Intentaba recordar los libros que había leído o la música que me gustaba. Los primeros días pensaba que nadie me oía. Un día llamaron mi atención unos golpes en la pared. Era un simple ruido, pero era un sonido, y había roto el silencio. Me di cuenta de que había alguien al otro lado. Me apresuré a establecer comunicación con la gente de las celdas de alrededor. (…) Un día apoyé la cabeza sobre el suelo escuché el llanto de un hombre que provenía de la planta inferior, y se me encogió el corazón. Golpeé el suelo para intentar decirle que no estaba solo, y me oyó. Dejó de llorar y me contestó con otros golpes.»

«Al levantarme intentaba tomar el desayuno muy despacio para que pasara el tiempo. Recogía los cabellos caídos en el suelo. También recogía las migas de pan y las ponía en el vaso de té. (…) Doblaba las mantas, me sentaba apoyando mi espalda en ellas y miraba las paredes. Procuraba encontrar formas en el mármol. Me aburría.

Echaba pan seco a las hormigas. Después de la comida dormía un poco y luego hacía dibujos en el plato con la cuchara de plástico. Hacía frío y me dolían las piernas o se me dormían. Tenía mareos y si caminaba dando vueltas en la celda me encontraba peor. Parecía que las paredes se caían encima de mí.

Había un recorte de periódico pegado con pasta de dientes en la pared por un preso anterior, creo que llegué a leerlo cientos de veces. Me sabía de memoria los escritos, los nombres y las poesías que otros presos habían escrito en las paredes. Cuando, después de cincuenta días, tuve un bolígrafo llené todas las paredes de las poesías que me gustaban.»

ZAHRA ZEHTABCHI

«Intentaba no dormir mucho y leía los escritos que los anteriores presos habían escrito en las paredes.

Durante el día, memorizaba versos del Corán, tres azoras cada vez, y escribía de vez en cuando algunas frases en las paredes. Pero cada cierto tiempo los empleados de la prisión pintaban de nuevo las paredes de la celda con el fin de borrar esos escritos.»

«Leía el Corán antes de entrar en prisión. Todos los días leía dos páginas con su traducción en persa. También leía el Corán junto a otras amigas, estaba acostumbrada a su lectura. Pero a lo largo de un año, durante mi confinamiento en la celda de aislamiento, lo leí catorce veces de manera cuidadosa y dándole significado.

Esta labor tuvo un efecto tremendo a la hora de reforzar mi resistencia. Resistí gracias a mis creencias religiosas.»

NAZANIN ZAGHARI- RATCLIFFE

«Una vez lloré tanto que me caí desmayada. Otro día, en el interrogatorio, la presión que recibí me dejó tan mal que me caí de la silla. El interrogatorio en Kermán siempre me dañaba mucho psicológicamente. Las miradas y el trato del interrogador me hacían mucho daño y yo le tenía mucho miedo. (…)

En Kermán no me sentía bien: lloraba y gritaba. Leía mucho el Corán. Lo leí entero siete veces. Hablaba con Dios, gritaba y me desmayaba.

Cuando volvía en mí, me veía con el rosario en la mano y caída en la alfombra de rezo. Entonces me daba cuenta de que llevaba mucho tiempo sin sentido.»

«Tenía mucho estrés, no sabía que pasaría en el futuro. Siempre me preguntaba por qué me habían quitado a mi hija a la que daba el pecho. Tenía una imagen en mi mente en la que ella se apartaba el pelo de su cara. Por las mañanas, cuando abría los ojos, buscaba a Gisoo, pensaba que estaba en un sueño y no podía creer que estaba separada de ella, echaba mucho de menos bañarla, acostarla en su cuna…»

«Padecía de perdidas de memoria. En la celda pensaba durante muchas horas, pero no recordaba ni cosas sencillas de mi vida cotidiana.»

MAHVASH SHAHRIARI

«Ellos querían humillarme y derribarme, pero eso nunca ocurrirá. Me decía que aquello para mí sería una experiencia espiritual. Me acordé de lo que dijo Nietzsche: el sufrimiento que no venza a un ser humano, le hará más fuerte. Y decidí volver a casa más fuerte.»

«Una celda de aislamiento no es solamente un habitáculo pequeño, estrecho, oscuro y sin vida. Allí, constantemente y cada vez más, aumenta la presión sobre la acusada con interrogatorios duros y machacantes, intimidaciones, insultos, amenazas a la familia y los amigos, incomunicación, falta de noticias y desconocimiento de los planes que tienen los carceleros respecto a ti, a tu familia y a tu comunidad. En todo momento te planteas decisiones delicadas sobre cómo debes responder a cada una de sus preguntas… Ellos exageran constantemente, juran, gritan y mienten, para conseguir agotarte y lograr que te rindas.

La prolongación del régimen de aislamiento tiene serias consecuencias físicas y psíquicas. La soledad, la desorganización mental, la falta de estímulos sensoriales, como luces, colores, sonidos, olores o, simplemente, una mirada normal y sin enemistad, poco a poco altera la concentración mental y el equilibrio psíquico de la persona.»

«Rezaba largas oraciones y repetía lo que ya me sabía de memoria. También andaba y pensaba. Andaba sin descanso por la celda y recitaba en voz alta las poesías y los textos que me sabía de memoria. Había programado mis pensamientos, es decir, cómo y en qué pensar. Por ejemplo, pensaba en los interrogatorios, los analizaba y reflexionaba sobre ellos. Pensaba en mi casa, mi familia, mis compañeros y mis amigos. Intentaba evitar los pensamientos inútiles y no perder el control.»

«Además, la falta de contacto social y de conversaciones normales, tuvo efectos negativos mentales y morales, sobre todo para mí que era profesora y durante años di clases en institutos educativos. He expresado claramente todo esto en mis poesías.»

«Me fijé en el espejo que había allí, y vi a una persona que desconocía totalmente. La miré bien y me pregunté quién era: «¿Quién puede haber aquí, salvo la funcionaria y yo?». Cuando miré otra vez me di cuenta de que no había nadie más. Solo estábamos nosotras dos. Entonces entendí que aquella mujer, con su chador y un aspecto pálido y delgado, con cabellos blancos y cejas largas, era yo misma. Me puse mala, ¿cómo era  posible que no me reconociera a mí misma?»

«La experiencia de la prisión es larga, especial y única: una vida llena de sufrimiento, privaciones y soledad. Es una experiencia que consiste en sobrellevar el peso de la injusticia y de soportar tratos claramente vejatorios y una inmoralidad amarga y desnuda. La vida en prisión se basa en la negación de todas las necesidades naturales y humanas, pero al mismo tiempo abre las puertas de la poesía, del pensamiento y del significado del valor del corazón y del alma. Es una manera de alcanzar la certeza en la victoria final de la verdad; es la experiencia ascética de encontrar la Haqq al- Yaqin

HENGAMEH SHAHIDI

«Cuando no tenía un libro me ponía muy nerviosa. Pero cuando me daban algún libro me ponía a leer y eso cambiaba mi estado de ánimo. Cada día leía unas ochocientas páginas y eso era de gran ayuda para pasar el tiempo.»

«Aprovechando mis experiencias anteriores, hacía deporte durante dos horas diarias, entre los periodos de lectura. El deporte consistía en andar dentro de la celda o hacer estiramientos. Algunos días andaba hasta siete kilómetros dentro de la celda. La manera de calcular la distancia era muy sencilla: una ida y vuelta era aproximadamente cinco metros, y como mi rosario tenía cien cuentas, una vuelta entera del rosario eran 500 metros y entonces catorce vueltas del rosario eran siete kilómetros. La cuenta de las catorce vueltas las hacía con huesos de dátiles.»

«La prohibición de realizar llamadas y de recibir visitas hacía aún más difícil tolerar la situación en la celda. La luz que estaba encendida a todas horas día y noche irritaba mis ojos, me privaba del sueño y era una especie de tormento. Soporté situaciones difíciles cuando me enfrenté a groserías, a palabras vulgares y a insultos sexuales.»

REYHANEH TABATABAEI

«Echaba de menos a mi madre, y sufría por no poder escapar de aquel ambiente. Al no tener radio ni televisión, era muy difícil entretenerme en algo para pasar el tiempo. A veces me sentía muy deprimida. Una vez me dieron un ejemplar del periódico Bahar en el que habían publicado mi detención y la de mis compañeros, lo leí y me emocioné mucho. (…)

En la celda me dejaron el libro Da, de casi 700 páginas y lo leí siete veces. Cuando leí las primeras cien páginas, volví a empezar de nuevo para no acabarlo tan pronto. Les pedí más novelas, pero no me dieron ninguna. Más tarde me di cuenta de que leer este libro e imaginar las escenas de guerra, matanza y muerte, me hacía daño y empeoraba mi estado de ánimo.»

«En la celda andaba mucho y hacía ejercicio sentada y tumbada. Pasaba mi tiempo haciendo cosas, por ejemplo, un rosario con corteza de naranja para calcular el tiempo.»

SIMA KIANI

«Lo que más me hacía sufrir era no tener nada para entretenerme y para pasar el tiempo; no había libros ni prensa, nada… todo esto me resultaba muy difícil.

Parte de los días los dedicaba a rezar; procuraba dormir para no enterarme del paso de las horas. Mi celda estaba cerca del cuarto de los funcionarios de prisión, y me llegaban sonidos incomprensibles de los programas de televisión que veían. Intentaba reconocer esos ruidos y de esa forma mantenerme mentalmente activa, y terminé por familiarizarme con los sonidos.

Durante los diez días de interrogatorios me sentí mejor porque, para mí, suponía estar ocupada con algo y, por lo tanto, prefería que me interrogaran a estar sola en la celda sin poder hacer nada.»

«Con el paso del tiempo, las funcionarias ya me conocían  mejor, de modo que aumentaron el tiempo de patio hasta media hora o más. Eran momentos placenteros de soledad, una ocasión para dar paseos, en los días lluviosos caminaba en una zona bajo cubierto, y los dedicaba a la oración en voz alta y a llorar y rogar a Dios.

Cuando volvía a la celda, sentía una iluminación espiritual enorme.»

«Fue una experiencia irrepetible, tal vez única en la vida, agonizante pero excepcionalmente espiritual. Espero que sus buenos efectos duren el resto de mi vida. Sé que el futuro de mi país es brillante y que los prejuicios, el odio y la enemistad desaparecerán de la tierra.»

FATEMEH MOHAMMADI

«Los interrogatorios eran muy duros porque me insultaban de forma horrible y vejaban a mi familia, sobre todo a mi madre y, por supuesto, a mí misma. Por ejemplo, decían que la iglesia cristiana era como un casino. Me echaban en cara que leyera la Biblia y no el Corán.

Se entrometían en los asuntos más íntimos de mi vida, cosas que no tenían nada que ver con las acusaciones contra mí, y en términos muy vejatorios. Me hablaban de asuntos privados y de mis relaciones familiares. Tachaban de cobarde a mi padre y yo me sentía indefensa. Una vez, sollozando, le dije al interrogador: «¡Quiero a mi padre!», y él se quedó callado.»

«Era llamativo que, cuando se trataba de hacerme preguntas sobre el cristianismo, tenía que llevar la venda y sentarme de cara a la pared; solamente me la podía quitar cuando tenía que escribir algo. Sin embargo, cuando formulaban preguntas acerca de mi vida personal y privada como mujer, hacían que me quitara aquel trapo y que les mirara a los ojos.»

«Me habían sometido a un estado de abandono absoluto; ya ni siquiera me interrogaban. En esta situación, sufría delirios y aquello me preocupaba gravemente. Les decía que no tenían nada de lo que acusarme, que por qué no me sacaban de la celda, pero ni siquiera me hablaban.

Aunque los interrogatorios iban acompañados de malos tratos y vejaciones, los prefería, porque así, al menos, podía salir de la celda. Estaba dispuesta a aguantar cualquier cosa con tal de dejar el aislamiento, aunque solo fuera escuchar los pasos de alguien andando.»

«En cuanto a la gravedad de la situación en la celda de aislamiento, solamente puedo decir que a veces hacía cosas de manera inconsciente e involuntaria, y después, cuando volvía en mí misma, me veía arrodillada entre sollozos, rezando y reclamando a Cristo y hablando con él. Pensaba que salvo Jesucristo nadie más me iba a socorrer.»

SEDIGHEH MORADI

«Desde el primer interrogatorio me estiraron el cuerpo para atarme los pies y las manos a una tabla, y me daban continuos azotes con un cable en la planta de los pies. Todo mi cuerpo temblaba y no dejaba de llorar. Parecía que me estaba muriendo. En mi espalda no sentía mucho dolor, pero me retorcían la cabeza y esto me provocó serios daños en los tendones del cuello. Recuerdo que me desmayé y para despertarme me echaban jarras de agua. Yo no podía ponerme de pie, pero me obligaban a hacerlo. Aun y con todo, el dolor de la tortura se puede tolerar mejor que escuchar los gemidos de otras personas que están siendo torturadas.»

«Recuerdo un día que, como consecuencia de los latigazos, me sentía muy mal. Empecé a cantar unos himnos. Entonces yo estaba soltera y no vivía con mi familia, así que pensaba en mis amigos. Recordar las cosas que había hecho y los sitios que había visitado era una forma de entretenimiento. No tenía el Corán, pero recitaba algunos versículos que sabía de memoria. Pensaba en las películas que había visto. (…) Hablaba en voz alta y trataba de escuchar mi voz como si viniera de otra persona. En la celda reinaba un silencio absoluto. Los momentos más agradables eran cuando los hombres de la planta de arriba entonaban himnos. El sonido más bello era escuchar las campanadas del reloj de la Universidad Nacional; entonces era consciente de que la vida continuaba. Escuchar el ruido de una moto o la voz del frutero me daba vida.»

«Me sentía al margen de todo, olvidada y pedía ayuda a Dios. Repetía todo lo que sabía para que la soledad no me hundiera todavía más. Un día, una mariposa se posó en la moqueta. Entablé con ella una conversación. Fue un momento grato y agradecí su presencia.»

«Una vez escuché a una madre imitando a su hijo y me resultó algo muy agradable. Al principio creí que habían llevado a la prisión a un niño, pero luego descubrí de qué se trataba.»

NAZILA NOURI Y SHOKOUFEH YADOLLAHI

«Me golpearon en la cabeza durante el arresto y como resultado tuve muchos problemas. Uno fue que perdí el sentido del olfato. Mi herida en la cabeza se infectó y tuve fiebre. (…) Era difícil pero yo intentaba seguir bien. La verdad es que dentro de la celda me sentía tranquila.»

«En general, siento que durante este período muchas cosas que eran valiosas para mí fuera de prisión ya no me importaban, y cosas que antes daba por sentado, como caminar por la calle Pasdaran, ahora tienen un significado diferente.»

MARZIEH AMIRI   

«(…) había escritos de otras personas presas allí antes.

Era como si los mensajes te dieran señas de aquellas personas. Gente desconocida pero con la que te sentías unida. Los escritos en las paredes eran como un canal de comunicación, un puente entre los que estuvieron antes y los que estábamos hoy, y eso me daba ánimos.»

«De entre las baldosas del patio habían brotado unas flores amarillas. Yo ya conocía esas flores. Una amiga me había hablado de ellas. Durante su detención eran los únicos seres vivos que le recordaban la vida. Por estas flores me di cuenta de que era el mismo sitio en que había estado mi amiga. Sentía que ya no estaba sola y que Parisa estaba conmigo.»

«Cuando estás en un espacio cerrado, todo lo que forma parte de la vida cotidiana de un ser humano desaparece.

En los interrogatorios me preguntaban de todo. Solo escuchas la voz de tu interrogador, y cuando vuelves a la celda, estás completamente sola. La soledad de una celda de aislamiento es muy diferente a estar sola en libertad. En la celda nadie está a tu lado. Te apetecer charlar, pero no puedes. Hay momentos en la celda en los que tienes la sensación de que las paredes se derrumban sobre ti. Sientes que las paredes se van aproximando cada vez más unas a otras y que te van a aplastar. Esa sensación era muy fuerte y me cortaba el aliento.»

«No había nada en la celda para entretenerse. Solo podía trastear con mi mente. A veces me imaginaba en una reunión de amigos y, así, hablaba con ellos. Procuraba imaginar conversaciones sobre temas ajenos a la prisión, para no perder la conexión con el exterior.»

«Antes de ser encarcelada, a veces me sentaba durante horas a pensar, por ejemplo en una parada de autobús. O me acostaba durante dos horas y simplemente pensaba cosas sin nigún propósito, pero en la celda de aislamiento no hay nada que estimule tu mente.

A veces intentas recordar cosas del pasado, y repasarlas, pero llega un momento en el que te agotas y te aburres de ese esfuerzo. Son momentos muy tristes. En ocasiones no recuerdas ni los instantes más bellos ni los sucesos más importantes de tu vida. Es como si en un sitio abarrotado y desordenado buscaras algo sin poder encontrarlo.»

«Hacía mucho ejercicio. Bailaba, hacía muecas y movimientos con el cuerpo y me reía mucho con aquel juego.»

«Me sentía muy mal. Di un puñetazo a la pared. En ese momento casi enloquecí y experimenté miedo, no hacia el interrogador o la prisión: tenía miedo de mí misma. Di un puñetazo a la pared porque quería sentir dolor físico.»

«Reflexionar y tener ganas de vivir eran mi mayor y principal apoyo. Cuando me sentía frustrada por todo, pensaba que podía crear una esperanza real en aquel momento si conectaba mi pasado con mi futuro. Este deseo también me ayudó a no dejarme intimidar por el interrogador. Creer que mi vida iba a continuar me ayudó a seguir viviendo, no solo durante los interrogatorios. Recordé lo que había oído sobre otras prisioneras. Pensé en cómo ellas también habían vivido y resistido en aquellas celdas. Mi cabeza estaba llena de su resistencia, resiliencia y firme resolución. El hecho es, por supuesto, que las condiciones de aislamiento son tan duras que es muy difícil tener una férrea voluntad de resistir. A veces olvidas completamente el significado de esa idea, porque simplemente termina convirtiéndose en un concepto vacío.»

«(…) solo el nacimiento de un poder interior te sostendrá. Hasta ese momento, desconocías la existencia de ese poder. Es algo que te ayuda a enfrentarte a esa situación de violencia. En realidad, en esas circunstancias, el ser humano lucha por sobrevivir, tal vez nada salvo el instinto de supervivencia sea capaz de lograr que sigas adelante.»

«A veces mi cerebro o mi voluntad dejaron de resistir, pero algo muy dentro de mi cuerpo y de mi alma, algo orgulloso que resistía en lo más profundo de mi yo roto, me empujó a seguir luchando.»

«Este sistema quiere imponernos que un grupo, al tener mayor fuerza, puede y está legitimado para ordenar y dirigir a los otros grupos porque carecen de poder. En este hecho puede verse el denominador común entre la atmósfera de los interrogatorios y la lógica de la sociedad patriarcal. En los interrogatorios, el interrogador, desde la fiscalización, la violencia, la imposición del castigo, tiene el mismo rol que el padre, el esposo, el hermano y el Gobierno hacia la mujer.»

«En la situación tremendamente desigual e injusta creada por el interrogador, la mujer que ya viene herida de una situación discriminatoria anterior y generalizada, puede poner en marcha una resistencia nacida en ella desde la experiencia de su día a día.»

 

 

 

 

12Feb/24

TORTURA BLANCA. NARGES MOHAMMADI (PARTE 2)


  • Tortura blanca
    recoge las propias experiencias carcelarias de la autora, Narges Mohammadi antes de dar paso a las catorce voces que recogió la activista en forma de entrevistas. Aquí les dejo algunas de las partes de la narración que más me han llamado la atención.

NARGES MOHAMMADI

«Era la primera vez que me encerraban en una celda. ¡Qué lugar tan extraño! Una caja minúscula sin ventana ni ninguna comunicación con el exterior. Una trampilla de luz muy pequeña en el techo dejaba ver el cielo. Pero estaba a una altura elevada, de tal forma que apenas iluminaba el interior de la celda. Muy arriba y dentro de un hueco de la pared había una bombilla de 100 watios que nunca se apagaba.»

«Repasaba en mi mente lo que había oído sobre el funcionamiento del aislamiento: tortura blanca y lavado de cerebro. Ahora, vivía lo que había oído y leído, y como también sabía de las terribles consecuencias que el aislamiento podía provocar, inconscientemente sentía miedo.

No sabía dónde me encontraba ni qué me esperaba. El desasosiego causado por aquel lugar y el desconocimiento de lo que podía pasarme en el futuro me afectaban como un veneno mortal. Me preguntaba: ¿es posible tratar así a un ser humano? ¿Qué pasa con nuestros derechos de respirar, andar e ir al baño libremente y de escuchar la voz de otra persona y hablar con ella? El efecto de estar privada de los derechos más básicos me atemorizaba más que la preocupación por las acusaciones, el juicio y la condena.»

«La longitud de la celda era solo tres pasos y recorrerlos me causaba mareos, pero no tenía otro remedio. Cuando me sentaba por un tiempo prolongado tenía la sensación de que las paredes se cerraban sobre mí. Por las noches, antes de dormir, cantaba canciones. (…) Después de tanto tiempo sin oír una voz, cuando me escuchaba a mí misma me sorprendía.»

«Realmente, ¿cómo se puede llegar a sospechar que, por ejemplo, no ver el sol o no sentir la brisa sobre la piel o entre los cabello, o la imposibilidad de oír un sonido o de romper el silencio puede afectar tanto a la voluntad de luchar y continuar viviendo?»

«A veces pensaba que el problema residía en que yo era una persona extrovertida, social y abierta y alegre. Me reprochaba que si en momentos de soledad, a fin de entrenarme, me hubiera encerrado en una habitación vacía y sin ruido, me habría resultado menos difícil soportar la celda de aislamiento. Culpaba por no aguantar bien la detención de la celda, a mis ejercicios, a mi espíritu alegre, a mis gustos personales y a mi inclinación por disfrutar de las cosas y pasarlo siempre bien. sin embargo, me reafirmaba en todo mi activismo, y en mis principios, opiniones y posiciones conceptuales y políticas.»

«(…) la celda de aislamiento y el pabellón de seguridad no eran solo un espacio geográfico, sino que había ciertas características psíquicas, mentales y humanas concretas que moldeaban la celda y garantizan sus efectos: las voces desabridas y groseras de los guardias de prisión, las cucarachas muertas en los suelos polvorientos, las cortinas sucias y oscuras, las vendas en los ojos de los acusados, sandalias demasiado grandes y pies sin calcetines, la ropa inadecuada y de mala calidad, las rejas metálicas llamadas ventanas, las largas horas sentada en el suelo con la espalda apoyada en la pared de los cuartos de interrogatorio, los enfrentamientos con la gente, los gritos y las voces enojadas, la indiferencia de los médicos ante el estado de sus pacientes, los sonidos secos y pesados de las puertas de las celdas al cerrarse de golpe, los ojos vendados e incluso dentro de las salas y en el pasillo que conduce de la celda al baño…»

En la introducción del libro, titulada En solidaridad, Shannon Woodcock, hace un breve resumen histórico del país y de las actuaciones del régimen. Además, explica claramente en que consiste la tortura blanca.

«El régimen iraní, que actualmente se aferra al poder con un alto coste para la población, quedó instaurado en 1979, después de dos años de revueltas populares contra la dinastía gobernante, los Pahlavi. Aunque el régimen islámico llegó al Gobierno con promesas de terminar con el sistema del sah y su extensa red de inteligencia, un poder judicial corrupto y la tortura generalizada, en lugar de eso fortaleció estas instituciones con el mismo fin de control social, y se ha negado en todo momento a tolerar la misma disidencia. Desde 1979, el régimen ha perseguido sistemáticamente a personas por sus ideas políticas (comunistas, de izquierdas y sindicalistas, entre otros) y a fieles de religiones distintas del islam chií. El Estado ha excluido institucional y socialmente a los bahaís, cristianos y derviches, y ha utilizado el sistema penitenciario, con torturas e interrogatorios, para obligar a los presos a retractarse en público de sus creencias y actos.

El régimen islámico ha empleado la legislación y la coerción física para crear una sociedad en la que las mujeres y las minorías étnicas y religiosas tienen restringidos los derechos educativos, laborales y de libre circulación. Las personas que se organizan políticamente, protestan o se expresan en contra del Estado sufren persecuciones, encarcelamientos y ejecuciones. Como se verá, el Estado iraní intimida y persigue a las familias de generación en generación, con amenazas (que a veces cumple) de cárcel y tortura a los hijos de los presos políticos, para arrastrar a las familias a una exclusión socioeconómica total. La República Islámica es un Estado carcelario: la intensa crueldad y tortura en las prisiones sirve para enviar un mensaje al mundo entero.

Esto resulta inaceptable.

La resistencia pacífica al régimen ha sido constante y  va en aumento. Se ven protestas de grupos de derechos humanos y familias contra los encarcelamientos y las ejecuciones secretas, públicas y masivas, que el régimen perpetra con o sin garantías procesales.  (…) Desde los años noventa, el régimen iraní ha modificado sus técnicas de tortura porque no acepta la existencia siquiera de individuos con ideas religiosas, éticas o políticas que no se ajustan a las del Estado. Así, ha pasado del daño físico para la obtención de información a centrarse en la conciencia humana. La tortura blanca constituye el núcleo de este método en el sistema carcelario y se usa de forma generalizada, junto con la reclusión y el aislamiento de los presos políticos. Su objetivo es romper de modo irreversible la conexión entre el cuerpo y la mente de una persona para obligarla a retractarse de sus actos y principios.»

¿Qué es la tortura blanca?

La tortura blanca despoja a los presos de todo estímulo sensorial durante largos periodos y se aplica, junto con el aislamiento y los interrogatorios, a presos políticos y de conciencia. El Estado a menudo procede a encarcelamientos sin juicio formal previo, de manera que el recluso es consciente de que, al estar en prisión sin haber sido juzgado, no existe ningún tribunal imparcial al que recurrir. El encarcelamiento sin juicio se emplea como herramienta de tortura y opresión en Irán. (…)

La tortura blanca se aplica mediante la estructura arquitectónica de la prisión, el comportamiento de los funcionarios y las preguntas de los interrogadores. Se controla la luz de la celda para que el cuerpo no distinga el día de la noche y se alteren los patrones de sueño. A los presos se les vendan los ojos al salir de la celda. El daño que causa la privación del aislamiento y los interrogatorios se agrava por el hecho de lo que reclusos únicamente pueden sentir el contacto de mantas ásperas y paredes de hormigón. El único olor de la celda suele ser el de un retrete fétido que no se limpia nunca para menoscabar el sentido olfativo. Se les sirve siempre la misma comida tibia e insípida en un cuenco de metal y el té en un vaso de plástico. (…)

Al igual que otras formas de tortura, la tortura blanca está diseñada para dejar secuelas que perduren incluso después del tiempo en prisión. Quienes la sufren arrastran continuas afecciones médicas y psicológicas al haber experimentado las atrocidades de las que son capaces los seres humanos.»

El libro incluye un apartado titulado Un apunte sobre Narges Mohammadi escrito por la profesora Nayereh Tohidi. Aqui, además de realizar un repaso por los diversos encarcelamientos de la activista y su compromiso desde su época universitaria se realza la forma de actuar tan inusual y esperanzadora de Mohammadi.

«Narges Mohammadi es una persona escuchada y respetada entre la sociedad civil y los movimientos críticos con el régimen iraní porque es una figura que une y no divide. Ha contribuido al acercamiento de los grupos progresistas en lugar de generar divisiones o polarizaciones. Ha evitado el sectarismo y se ha mostrado muy activa en la construcción de coaliciones que abarcan todo el espectro de orientaciones políticas, además de defender la diversidad y el pluralismo. Son las suyas unas características muy valiosas y rara vez presentes en muchos líderes de la cultura política dominante en Irán.

Narges forma parte a su modo de la creciente contracultura iraní que se opone a la cultura violenta y ascética pregonada por los islamistas extremistas y fanáticos: una cultura de amor a la vida que aboga por la búsqueda de la felicidad, la libertad y la igualdad. A diferencia de los extremistas religiosos en el poder que sacralizan la austeridad o, llenos de hipocresía, fingen en público ser ascetas, piadosos y rigurosos «hombres de Dios» y en privado llevan una vida inmoral, Narges es de quienes creen que debemos promover de manera clara y sincera, la belleza, la felicidad, la no violencia y la alegría.»

«Narges Mohammadi es una de las más comprometidas defensoras de los derechos humanos y civiles de Irán; destacada activista contra la pena de muerte; relevante abogada de los derechos de las mujeres; vicepresidenta del Consejo Nacional para la Paz; y vicepresidenta y portavoz del Centro de Defensores de los Derechos Humanos.

Narges ha sido una de las presas de conciencia más valientes y enérgicas de la República Islámica de Irán. Su resistencia constante y no violenta contar lo que califica de «tiranía» y su rebeldía contra las leyes y políticas opresivas durante veintiocho años, dentro y fuera de la cárcel, le han granjeado el respeto nacional e internacional.»

En el prólogo, la abogada iraní Shirin Ebadi, Premio Nobel de la Paz 2003, escribe así sobre Mohammadi:

«Desde las elecciones presidenciales de 2009, Narges ha entrado en prisión en reiteradas ocasiones por sus actividades como vicepresidenta y portavoz del Centro de Defensores de los Derechos Humanos. Esta organización lucha por la abolición de la pena capital.

Hoy se encuentra en la cárcel de Zanyán, sufriendo una reclusión ilegal incluso según las leyes de la República Islámica. El encarcelamiento fue debido a mostrarse contraria las condiciones de los presos. Muchos manifestantes habían muerto en las protestas contra el Gobierno celebradas en noviembre de 2019 por todo el país. Para conmemorar el cuadragésimo día de esas muertes y como acto de solidaridad con las familias, Narges había organizado una sentada con más presos. Había informado con enorme valentía a las autoridades y al público de que la huelga tendría lugar en las oficinas del pabellón de mujeres del penal de Evin en Teherán. Al tercer día, acudió al despacho del director de la prisión convocada para reunirse con su asistente legal. Gholmarza Ziaei, director del presidio, la insultó y amenazó de muerte. Sin mediar palabra, Narges quiso regresar a su celda. Ziaei la estampó contra la pared y la golpeó brutalmente, le ocasionó moratones por todo el cuerpo, le rompió contra una puerta de cristal las manos y se le llenaron de sangre. Pese a las heridas las autoridades la trasladaron de inmediato a la prisión de Zanyán. Narges presentó contra el director de la cárcel una denuncia deliberadamente ignorada.»

«Ningún muro de la cárcel ha impedido que la voz de Narges llegue a la gente. Cuando descubrió en la prisión de Evin que las reclusas, a diferencia de los hombres, no tenían derecho a llamar por teléfono a sus familiares e hijos, convocó una campaña para «apoyar a las madres encarceladas». La iniciativa atrajo la atención de los iraníes en todo el mundo y obligó al Gobierno a rectificar, con la consiguiente concesión a las mujeres de ese derecho.»

«Narges ha cumplido ya más de siete de los diez años de condena y técnicamente puede acceder a la libertad condicional, pero está privada de los derechos de una reclusa normal. Las presas pueden comprar carne, verduras o fruta en la tienda de la prisión, pero ella lo tiene prohibido. Por consiguiente, desde su traslado a la cárcel de Zanyán solo come la ración diaria para las internas: patatas, huevos y pan.»

«Tortura blanca constituye otro rugido de esta leona. (…) ha sido siempre la abanderada de la oposición a este método de confinamiento, antes incluso de entrar en prisión, y ha continuado con esta lucha desde la cárcel.

Para expresar esta protesta, ha realizado entrevistas a varias reclusas, concretamente a las presas de conciencia encarceladas junto a ella.

Cuando la gente rememora sus experiencias al cabo de unos años, resulta inevitable que algunas partes se olviden o se mezclen con otros recuerdos. Por eso son tan importantes estos registros inmediatos.»

 

 

 

 

12Feb/24

TORTURA BLANCA. NARGES MOHAMMADI (PARTE 3) CARTA DE NARGES MOHAMMADI AL COMITÉ NORUEGO DEL NOBEL

Lo que recojo a continuación son algunos de los extractos de la carta que Narges Mohammadi envió al Comité Noruego del Nobel, en octubre de 2023 desde la prisión de Evin, agradeciendo el premio que le había sido otorgado en reconocimiento a su labor. Con esta carta y un prefacio conmovedor se inicia Tortura blanca.

Carta de Narges Mohammadi al Comité Noruego del Nobel

«En un intento de denunciar la concesión del premio, los medios de comunicación de la República Islámica transmitieron el anuncio oficial en la Sección de Mujeres de la prisión de Evin. En cuanto el presidente del comité Berit Reiis-Andersen empezó con las palabras «Zan, Zendegi, Azadi» («Mujer, Vida, Libertad»), estallaron los gritos exultantes de las compañeras de celda, a modo de eco de ese contundente lema. Sus voces se fundieron en una sola y resonaron con el «poder de protesta» de los iraníes en todo el mundo.

Las potentes ondas de este lema, que sonaron en dos lugares muy distantes entre sí en el mismo y trascendental momento histórico, expresaban el enorme e inmenso poder del pueblo, así como su papel decisivo en el clima político mundial de nuestros días.

La loable decisión del comité de empezar el anuncio con una referencia al movimiento revolucionario de Irán supuso un momento crucial para todos los movimientos sociales y de protesta del mundo entero, que representan una fuerza motriz fundamental del cambio en las sociedades actuales. Honrar con este galardón a una defensora de los derechos humanos otorga una relevancia especial a todos estos movimientos.

Los habitantes de Oriente Medio, sobre todo quienes vivimos en Irán y Afganistán, no aprendemos la importancia de la libertad, la democracia y los derechos humanos en los libros de texto, sino mediante nuestra experiencia personal de opresión y discriminación. Hemos adquirido una comprensión profunda de estos conceptos, y nos hemos alzado en contra de aquellos que los transgreden y vulneran, porque desde la infancia, y en nuestra vida diaria, hemos afrontado la opresión, la violencia expresa y sutil, el acoso y la discriminación por parte de gobiernos autoritarios.

Cuando tenía tan solo nueve años, asistí a los lamentos de mi madre por la ejecución de su sobrino, un joven estudiante. También presencié el llanto de mi abuela por la tortura que había sufrido su hijo. En aquel entonces, no tenía ni idea de lo que significaban la «ejecución» o la «tortura». Mis inocentes sueños infantiles se desmoronaron sin remedio.»

«A los diecinueve años me detuvieron por llevar un abrigo naranja. En el centro de reclusión y acompañada de numerosas reclusas, me quedé atónita y completamente aterrada al contemplar a hombres enfurecidos vestidos de negro que, sin ningún proceso legal, propinaban a cuatro mujeres latigazos con saña.»

«Afirmo que la República Islámica de Irán no impone el hiyab obligatorio por sincero respeto hacia las normas religiosas, costumbres y tradiciones sociales, ni para salvaguardar, como sostiene, la reputación de mujeres.

Al contrario, su objetivo manifiesto consiste en someter y controlar de este modo a las mujeres para ejercer, a su vez, el dominio sobre la sociedad iraní en su conjunto. Se ha legalizado y sistematizado esta tiranía y represión hacia las mujeres. Las mujeres de Irán ya no están dispuestas a tolerarlo. El hiyab obligatorio es un instrumento de dominación, diseñado para extender el imperio del «despotismo religioso». Durante cuarenta y cinco años, este gobierno ha institucionalizado la pobreza y la penuria en nuestro país. Es un régimen que se sustenta en la mentira, la manipulación y la coacción, con políticas que fomentan la inestabilidad y el belicismo, y que constituye una seria amenaza para la paz y la seguridad de la región y el mundo.»

«Como pueblo de Irán exigimos democracia, libertad, derechos humanos e igualdad. La República Islámica se erige como el principal obstáculo para la expresión del anhelo colectivo del pueblo. Nuestra voluntad es inquebrantable. Aspiramos a construir con solidaridad y vigor un proceso pacífico e imparable cuyo fin sea alejarnos de un gobierno religioso tiránico y restaurar la gloria y el honor de Irán, y que así el país esté a la altura de su pueblo.»

«Nuestra victoria no será fácil, pero está garantizada.»

05Feb/24

LOS BAROJA. JULIO CARO BAROJA (PARTE 1) REFLEXIONES Y OPINIONES SOBRE DIVERSOS TEMAS


«Comencé a escribir estas cuartillas en un estado de ánimo un poco extraño, hace ya tiempo, en 1957: viendo el mundo como desde la sepultura, considerándome yo mismo como un muerto. En realidad, entonces lo era hasta cierto punto, puesto que sentía con fuerza que tenía mucha más gente querida al otro lado de la ribera que en éste y creía que lo que había en éste no me podía seguir dando ganas de vivir. Mi vida afectiva estaba casi terminada, «por defunción», o por defunciones sucesivas. Sólo me quedaba fuerte, intensa, cierta curiosidad intelectual y, sobre todo, plástica. Creo que para mí lo principal era ver, después oír, y, en tercer lugar, pensar un poco sobre determinados asuntos. Para querer, amar, desear… todo esto creía que era, ya, definitivamente, asunto del pasado. Es decir, que si no era un muerto si me sentía casi muerto.»

Así comienza el escritor y antropólogo Julio Caro Baroja (Madrid, 1914, Vera de Bidasoa, 1995), el prólogo a la primera edición del libro Los Baroja, escrito por él mismo. Editado por la editorial Caro Raggio, en este volumen de memorias, de algo más de quinientas páginas, Caro Baroja hace un recorrido por su vida y la de su familia, desde su niñez hasta 1956. Los Baroja, fascinante familia de artistas, escritores e intelectuales, siempre han causado mucha curiosidad. En este libro nos adentramos, además de en el retrato de un país, en el de los miembros de esta saga familiar tan conocida y reservada a la vez. El libro se divide en dos partes. La primera, titulada Los personajes, se centra en la infancia del autor. Conoceremos a los miembros de la familia, abuelos, tíos y sus padres, el editor Rafael Caro Raggio, y Carmen Baroja y Nessi, hermana del escritor Pío Baroja, el pintor Ricardo Baroja y Darío Baroja. En esta parte se describen los mundos donde vivió su niñez el autor: Vera de Bidasoa y Madrid, en la época de la llegada de la República. En la segunda parte, recoge los años que van desde 1936 a 1956, el marco es la España desolada de la posguerra y la vida del autor ya antropólogo. Recuerdos de Itzea y de sus numerosos viajes quedan recopilados en este magnífico libro que da, sin proponérselo, directrices para encarar una vida consecuente, dedicada a la familia y al estudio.

Su hermano fue el documentalista, etnógrafo y escritor Pío Caro Baroja. Tuvo dos sobrinos Carmen Caro Jaureguialzo, archivera y bibliotecaria del Estado y Pío Caro-Baroja Jaureguialzo. En 2020, su sobrino publica el libro El cuaderno de la ausencia. Pío Caro-Baroja Jaureguialzo nació en Madrid en 1969. Estudió la carrera de Derecho en Madrid. Trabajó, además, durante más de veinticinco años en el editorial familiar Caro Raggio. Vive en la casa familiar Itzea en Vera de Bidasoa.

Entre otras muchas distinciones, Caro Baroja recibió el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 1983 y la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes, en 1984.

Me encantaría que pudieran disfrutar de la lectura de este libro tanto como lo he hecho yo. Para adentrarles en estas estupendas memorias, he dividido las entradas en seis partes. En cada una de ellas, les muestro citas sobre los muy diversos temas que se tratan en el volumen. Así se desglosarán:

En la primera parte, recojo las diversas opiniones y reflexiones que el autor hace de los diferentes temas que le interesan.

La segunda, trata sobre el País Vasco, los vascos y el euskera.

En la tercera, he querido recopilar algunas de las curiosidades de las que habla Caro Baroja de su tío, el gran escritor Pío Baroja.

La cuarta parte versará sobre España y los españoles.

En la quinta parte incluyo tres breves apuntes sobre la familia.

Así es como he creído conveniente acercarles esta magnífica obra que espero, abran con interés.

Sobre la niñez:

«Cuantos más años vivo más aprecio los recuerdos de la niñez. No porque ésta fuera feliz, sino porque fue la época en que mi organismo recibió impresiones más fuertes y directas. La del famoso «trauma». Todo era nuevo y sensacional para mí, como para cualquier otro niño. Desde el olor o el sabor hasta las ideas y conocimientos. Después se sabe más y acaso mejor. No estoy seguro. Pero lo que se sabe ya no tiene prestigio ni fuerza. Lo mismo pasa en relación con los gustos y sensaciones. Por eso  hay en el niño una especie de genialidad que falta en el hombre.»

Sobre la adolescencia y la adultez:

«La edad viril es una edad mostrenca para la mayoría. La infancia siempre vale algo. La adolescencia también. Porque es apasionada y turbulenta y porque está llena de contradicciones, de deseos insatisfechos o larvados, de proyectos sin posibilidad de realización, románticos, a veces locos.»

Sobre los hechos de la vida:

«En el mundo actual hay una tendencia muy fuerte a dar interpretaciones complicadas a los hechos más corrientes de la vida. Freud fue el que más enseñó a desconfiar de las apariencias y a buscar tras ellas motivos recónditos, intrincados o subconscientes.»

Sobre el dolor:

«El tiempo estiliza los dolores y les da categoría estética. Somos tan egoístas que hasta del dolor sacamos, al fin, beneficio. (…) hay que cultivar la conciencia del recuerdo.»

Sobre la felicidad:

«(…) desde muy joven he considerado que medir la vida en términos de felicidad o infelicidad es un hábito que conviene desterrar de la mente.»

Sobre los lugares:

«(…) a la larga, en la vida, son aquellos sitios donde más hemos sufrido los que nos atan más, los que significan más.»

Sobre las personas:

«La generalidad de las personas importantes suelen estar muy pendientes del mundo exterior y andan compuestas o componiéndose la personalidad de continuo. Esto las hace poco espontáneas y de apariencia monótona. En cambio, hay muchos hombres sin importancia, que se componen menos y que se dejan dominar por las pasiones, odios, simpatías, gustos de modo más claro, lo cual es lo que interesa más a veces.»

Sobre la vida:

«(…) aunque la vida se  desenvuelva conforme a un plan biológico, la existencia del hombre es algo mucho más complejo que lo que en sí encierra este plan unitario. La existencia carga de recuerdos varios, de experiencias encontradas, de desequilibrios y peligros el pobre cuerpo y la pobre conciencia, sólo capaces de captar algunas notas del exterior; pero, con todo, de una variedad enorme, comparadas con los que pueden captar otros seres vivos y animados que pueblan el mundo.»

Sobre las amistades:

«Las amistades de la infancia no se suelen basar en sentimientos muy claros ni superiores. Basta que la diversión sea común: los juegos y los juguetes, la vecindad y el mundo circundante las condicionan. Así los niños riñen, se pelean, se insultan, y vuelven a ser amigos. Esto no podría pasar en la adolescencia, donde aquel carácter de las relaciones cambia y toma un aspecto lírico, hasta extremos morbosos a veces.»

Sobre la religión:

«La religión hay que tenerla en el corazón, no en la cabeza.»

Sobre las mujeres en la Universidad:

«En la Universidad el régimen de comunidad de sexos es un mal, según creo. Mis experiencias y las de otros hombres de mi edad y menores que yo, me indican que las mujeres, generalmente, dan un porcentaje de alumnos aplicados y cumplidores muyo mayor que los hombres. Yo recuerdo muchachas que me parecían monstruos de asiduidad, de orden y de sabiduría oficial, a los quince y a los veinte años. Todo lo aprendían: griego, latín, gramática histórica, idiomas modernos. Los chicos a su lado éramos, por lo común, calamitosos. Pero no recuerdo ninguna estudiante que me haya asombrado por su inteligencia y he conocido a varios estudiantes vagos y descarriados que tenían chispa, ingenio y acometividad. Para mí ahora resulta un enigma el de saber con qué aprenden la generalidad de las mujeres lo que aprenden, cuando son jóvenes. Creo que lo que más ponen en juego es cierto sentido de la obediencia, de la sumisión a órdenes emanadas de arriba y que aceptan fríamente, si son mujeres equilibradas. Cuando no lo son, las estudiantes parecen cuerpos inertes y de ve en cuando sale alguna con caracteres tremebundos de pandorga contestataria.»

Sobre la sexualidad:

«El despertar a la vida sexual es lento y enojoso. Y creo evidente que las experiencias primeras, subconscientes, son muy tempranas y relacionadas con la vida erótica de los padres. En las familias de gente muy pobre la promiscuidad produce resultados tremebundos según es bien sabido. En la burguesía no se da tanto la promiscuidad.»

Sobre la escritura:

«¿Para quién y para qué se escribe, con todos los enemigos que el escritor tiene? Acaso por puro masoquismo.»

Sobre la lectura:

«Para un adolescente solitario la lectura es algo que cae fuera de las actividades racionales.»

Sobre la compra de libros:

«El vicio de comprar libros no tiene el mismo carácter que el vicio de leer en sí. Yo he conocido bibliófilos y maniacos del libro que casi no han leído en su vida más que portadas. Ni el bibliófilo ni el bibliógrafo me han interesado nunca mucho. Alguna vez, sin embargo, compré libros por pura acción de caza, cosa que me parece, sin embargo, una claudicación.»

Sobre los pueblos del Mediterráneo y los dioses:

«(…) los pueblos del Mediterráneo que han tenido una idea clara de las limitaciones de la vida, de las diversidades, oscuridades, matices y contingencias de que está llena son los que nos han dejado una herencia mejor no sólo para el desarrollo de las artes y las ciencias, sino también hasta para el de las concepciones religiosas y filosóficas. Los griegos son los maestros para partir de limitaciones constantes. En cambio, los que han partido de la idea de un Dios único de dimensiones infinitas no han hecho más que producir fanáticos y dogmatizantes. El Dios infinito es el de los desiertos; los dioses especiales son los de los montes, las bahías, los bosques, las islas griegas. Cuando oigo a algún sabio orgulloso, de éstos que en España abundan, que hace alarde público de su religiosidad, decir de alguien o de algo, con horror, que es «pagano», me irrito sobremanera. ¡Qué más quisiéramos hoy que tener una sólida religión pagana a nuestro servicio! Confundir el paganismo con negocios de alcoba, o con la filosofía de bañistas de ciertas playas, es tan exacto como creer que los cristianos adoran a una cabeza de asno y que celebran banquetes antropofágicos.»

Sobre la política y la libertad:

«(…) más o menos enemigos de la libertad de conciencia individual, han sido todos los regímenes que han existido en Europa durante el siglo xx. Unos ha considerado que la libertad económica se conseguirá a través de férreas dictaduras o de partidos disciplinados. Otros, que la libertad de conciencia en sí es un peligro. Otros han proclamado dogmas que la anulan del todo. Hay huestes enteras dispuestas a salvarnos y a ordenar qué es lo que tenemos que hacer y que pensar con este fin: huestes de revolucionarios y reaccionarios, de generales, obispos, líderes obreros, catedráticos, estudiantes, señoras de orden, damas rojas, beatas de misa de seis y doctrinarios que todo lo saben. Todos odian la libertad; es decir, la libertad ajena, porque la propia facultad de opinar y de imponer violentamente una opinión no están dispuestos a cederla.»

Sobre la Sociología moderna y el sociólogo:

«Una de las grandes quiebras de la Sociología moderna ha sido la de dar imágenes generalizadas, homogéneas y coherentes de «la sociedad». No cabe duda de que los métodos sociológicos han sido muy provechosos para hacer ver bien el juego de las instituciones y normas generales de conducta. ¡Pero cuánto habría que hacer después de llevado a cabo este trabajo preliminar!

El sociólogo está cargado de moral beatífica, aunque no lo crea. Detrás de sus averiguaciones hay una intención moralizadora, de sermoneador. Construye una imagen, un modelo y sobre él especula, cargándolo de tintas negras o de tintas suaves. En cuanto lee uno un libro de Sociología descriptiva se da cuenta de la ideología del que lo ha escrito, de si es adepto de una especie de romanticismo tradicional, o de si es un revolucionario que no ve más que un juego de abusos sempiternos. Con los libros de los antropólogos pasa igual. Independientemente de ellos hay que admitir que las sociedades rurales no producen mucha curiosidad en nuestra época a la inmensa mayoría.»

Sobre la debilidad:

«Lo malo es que los hombres grandes presentan puntos vulnerables que los humildes no tienen, porque los segundos están heridos de muerte desde que nacen, y lo que se ve en ellos es humanamente interesante, incluso como debilidad. Pensar en las debilidades de un conductor de multitudes es horrible; pensar en la del sopista Mendrugo o el dómine Cabra puede se incluso acto de piedad o humildad.»

Sobre las actividades políticas y la inteligencia:

«La actividad política más que afinar las inteligencias parece que la embotaba, que hacía a los hombres insensibles a todo matiz, a todo juicio no templado o destemplado (esto es secundario), sino racional. Había una especie de Maniqueísmo estólido que llegaba a todas las personas, a todos los partidos y a todas las regiones.»

Sobre la conducta humana:

«(…) no relaciono mi conducta o la conducta ajena con una tabla de valores y de sanciones, como las que maneja la generalidad de la gente. Para mí el pecado no existe como algo trascendente. Si un hombre es ladrón, o calumniador, o adúltero, comprendo que los demás se protejan de él. Pero no comprendo que se pretenda cargarle con penas eternas o culpabilidad trascendente ultraterrena ni con la tacha política subrepticia. Tengo una tendencia irresistible a creer que los vicios son como los defectos físicos y que las virtudes son como las buenas prendas exteriores. Prefiero ver a una mujer guapa que a una jorobada. Me gusta más tratar con un hombre de buenos sentimientos que con otro mal intencionado. Nada me aterroriza más que la idea de soportar a un pelmazo. Pero si a los pelmazos y a las jorobadas no se piensa que hay que castigarles con el fuego eterno, ¿por qué vamos a creer que han de padecerlo los hombres y las mujeres de aviesa intención y malas costumbres? Teniendo estas ideas básicas, en política no puedo ser más que un hombre que abomine de toda violencia, es decir, un apolítico (…)»

Sobre las guerras:

«La mayoría de los actos criminales llevados a cabo durante guerras y revoluciones los hacen pocas personas. Es un grupo de pequeño el que aterroriza, con la garantía de que los jefes se van a mostrar indulgentes.»

Sobre la adversidad:

«(…) en tiempos de violencia se sacan fuerzas no se sabe de dónde y a veces es en época de bonanza cuando se disuelve uno.»

Sobre el trabajo:

«(…) siempre he creído que el hombre debe vivir de su trabajo y también que el país donde ha nacido debe facilitarnos este trabajo.»

Sobre la sinceridad:

«Es conocida la falta de sinceridad de muchos hombres que de modo verbal, continuo, presumen de francos y leales.»

Sobre los intereses económicos:

«He visto que los hombres se agrupan por intereses económicos aunque se crean puros profesionales. Que se separan cuando esos intereses no coinciden. (…) Los odios y los amores profesionales se vivifican dentro de un ciclo de intereses comunes.»

Sobre el saber:

«Dice una frase común que quien añade saber añade dolor. Yo no diré tanto, pero sí que quien llega a conocer fríamente a una persona o quien sabe algo de modo intelectual no siente demasiado amor, casi nunca.»

Sobre el mérito:

«Creo que en el mundo actual debe de haber una porción de hombres que han llevado a cabo trabajos de gran mérito y por cortedad de carácter, por incompatibilidades políticas o por otras razones, están apartados de la vida pública o profesional y que, en consecuencia, son desconocidos y poco apreciados. Y sé, positivamente, que hay multitud de charlatanes que bullen aquí y allá y que aun sientan plaza de hombres de genio, porque están bien colocados en la Universidad o en un centro público, apoyados por gobiernos que no atienden más que a su mísera política particular.»

Sobre el hombre actual:

«El hombre actual es más esclavo del medio que nunca y el investigador que  parece debía ser la quintaesencia del ser libre es, casi siempre, un funcionario sin pretensión de libertad, que habla con la beatería del «trabajo de equipo», que desea tener mando, aunque sea sobre las ratas del laboratorio o sobre los ficheros de un  seminario de Fonética. Apenas ha aprendido una pequeña técnica cuando ya quiere enseñar, orientar y dirigir; en una palabra, actuar sobre otras personas, imponiendo su criterio por razones ajenas a la investigación. Esta clase de hombres o grupitos creen llegar al triunfo cuando alcanzan la primacía en tales grupos.»

Sobre la belleza:

«Por muy moralistas y cristianos que nos sintamos no cabe duda de que la hermosura física predispone en favor de los que la poseen. Esto en los países del Sur se manifiesta menos que en los del Norte, donde el culto al joven Apolo o Venus recién salida de la concha adquiere unos caracteres hasta cierto punto indecorosos.»

Sobre el atuendo:

«(…) no faltaban tampoco hombres y mujeres de edad madura y expresión estupefacta, deseosos aún de parecer jóvenes en el atuendo, cosa que da con frecuencia una impresión de indignidad.»

Sobre las vivencias:

(..) resulta, muchas veces que una vivencia antigua o lejana en el espacio nos parece más familiar y próxima que otras más modernas y cercanas. ¿Por qué? Los partidarios de la metempsicosis lo explicarían acaso por el hecho de que, en el subconsciente, llevamos algo de lo que fuimos en otras vidas… Ahora también se habla de una memoria de la sangre, a través de las generaciones, dentro de la especie. Todo esto es más que problemático. (…) Si fuera un pitagórico tendría que creer que, allá entre 1820 y 1880, encarné en algún aventurero de California o Alaska, cosa que -como he dicho- no creo probable. Prefiero explicar la simpatía o atracción por ciertas formas de existir y la antipatía por otras, mediante razones menos oscuras.»

Sobre la lejanía:

«La lejanía se hacía sentir en los menores detalles.»

Sobre la afectación:

«En países civilizados la afectación es una defensa, mientras que en otros que lo son menos puede serlo la burricie descarada, o la afectación de brutalidad, que no es mejor que el remilgo.»

Sobre la muerte:

«(…) creo verdadera la vieja divisa estoica: «muerte no eres un mal». No eres un mal en ti misma. Eres un mal cuando te ciernes alrededor y haces desaparecer a los seres queridos, cuando te llevas al bueno y dejas al malo, cuando te cebas en la juventud, cuando apareces estúpida, brutalmente en una sociedad confiada.»

Sobre la eutanasia:

(…) la eutanasia también es un privilegio y que fue afortunado César al morir como había deseado de muerte, «subitam celeremque».

Sobre el hombre:

«El hombre se muere y  nace a trozos, a medida que van muriendo y naciendo las personas que tiene más cerca.»

Sobre el destino del hombre:

(hablando sobre si mismo)

«Un hombre que estaba preparado, o se creía preparado, para vivir de una manera y que ha tenido que vivir de otra. Acaso éste sea el destino de todo hombre y de toda mujer.»

05Feb/24

LOS BAROJA. JULIO CARO BAROJA (PARTE 2) LA TIERRA VASCA, LOS VASCOS, EL EUSKERA


Sobre la tierra y el sentido de pertenencia:

«(…) la tierra vasca, ata al que ha pasado su niñez sobre ella, y aunque no haya estado acorde con lo que piensan y sienten muchos de sus pobladores. Es la tierra madre por excelencia: severa, dulce. Sin pretensiones.»

Sobre la idea del extranjero:

«La idea de que el extranjero o extraño peligroso está muy cerca y de que cuanto más lejos se va, más extraño y peligroso es quien vive, la tiene o tenía la gente de las aldeas vascas de Navarra y muy acusada en su conciencia. «Cocoac», eran, así, los habitantes de los valles vecinos. Respecto a los que no hablaban vascuence creían algo tan despectivo como lo que los griegos podían pensar de los bárbaros.»

Sobre el euskera y el castellano:

«(…) la lengua jugaba un papel estético grande para todos, pues eran muchísimas las canciones que también sabían en ella, poseían muchísimo vocabulario y a veces resultaba que en la conversación surgía una palabra vasca, que no conocíamos en castellano, referente a la flora y los oficios comunes por lo general. (…) las onomatopeyas vascas, los vocablos que reflejan ciertas acciones, caracteres y rasgos nos parecían más expresivos que los castellanos. De hecho lo son. Para indicar la manera de andar de una vieja ligera es mucho mejor decir que va «zipoca-zipoca» que cualquier otra cosa. Si se quiere dar un matiz a la noción de corcovada es bueno utilizar el vocablo vasco: «curcushada». Si hay que hablar de una ropa vieja o un residuo con caracteres peculiares, la palabra «zerrenda» es magnífica. Y resulta también más exacto e íntimo decir «nere biotza» que «corazón mío». El vascuence aleja de la cursilería y de la altisonancia que pueden tener idiomas literarios más brillantes. Es un idioma íntimo, sutil, con muchos matices humorísticos, pese a las pedanterías huecas que han dicho acerca de él algunos reverendos lingüistas y pensadores. En boca de aldeanos puede ser exactamente lo que es el castellano en boca de la gente rústica: o un torpísimo medio de expresión o un idioma sabroso. Cuando lo hablan gentes finas es un idioma fino. Una muchachita hablando vascuence no da casi nunca (con perdón de los que creen que éste es un idioma muy tosco), la sensación de plebeyez que puede dar otra parecida hablando en cualquier habla o patois romance con mucha frecuencia.

Lo que el habla daba a los individuos en las sociedades antiguas era mucho. Cualquiera que haya oído hablar a un viejo campesino de Castilla en forma sentenciosa, llena de modismos, de refranes, con un vocabulario rico puede darse cuenta de esto. Lo que el vasco daba a los hombres y mujeres de otras generaciones es mucho más difícil de pesar y medir. No cabe duda de que rasgos que parecen psicológicos eran, en gran parte, idiomáticos. Formas de humor, de expresión rápida, de imitación. Y lo mismo entre vascos que entre castellanos no cabe tampoco duda de que las gentes viejas tenían mucho más carácter que las de hoy, con sus ideales cortos y su idioma más corto todavía.»

Sobre los católicos vascos y navarros:

(El contexto de esta cita se sitúa en el año 1931 refiriéndose a las apariciones de Ezquioga, cuando los hermanos Antonia y Andrés Bereciartua dijeron en junio de aquel año haber visto a la Virgen.)

«Que el nivel cultural de los católicos vascos y navarros no era muy grande en esta época se ve mejor hoy que nunca se ha visto. En el pueblo el clero estaba muy por debajo de su misión, pensando en ejercer una especie de autoridad omnímoda sobre escotes, mangas, bailes agarrados y correcalles, amenazando de contínuo y pensando más en la represión autoritaria que en otra actividad, para mantenerse fuerte.»

Sobre la persecución del idioma:

(El contexto de esta cita es la Guerra Civil Española)

«Cuando empezó la guerra hubo una verdadera persecución del vasco, considerando que el mismo idioma tenía estrecha relación con el nacionalismo. «Habla español», decían unos letreros. La radio de Valladolid se refirió a los que «ladraban en ese dialectucho» que era el vascuence.»

Sobre las sociedades gastronómicas vascas:

«Hubo que pasar por las bromas estereotipadas de las sociedades gastronómicas del barrio viejo, a las que un periodista foráneo y acostumbrado sin duda a otros ambientes definió como «cabarets» para hombres solos. La verdad es que resulta difícil explicarse esta huída del hogar y del sexo femenino para ir a guisar en compañía de otros hombres talludos y bailar la habanera del Sabio Salomón sin pareja.»

Sobre el paisaje minero:

«¿Hay algo más repulsivo que el paisaje de la antigua zona ferruginosa de Vizcaya, símbolo de la riqueza del país? La mina es la más antigua herida que el hombre, en su función destructora, ha infligido a la tierra. La mina se paga: primero, con timbas, garitos, estafas y violencias. Luego, con la desolación. La miseria del pastor o el agricultor no tienen este carácter destructivo, que ahora también tienen las industrias turísticas y de la construcción, que pronto terminarán con los ámbitos físicos y mineralizarán, también de modo miserable, los paisajes.»