25Feb/24

LA FAMILIA KARNOWSKY. ISRAEL YEHOSHUA SINGER (PARTE 1) DAVID

«La gracia es engañosa y la belleza vana, y sólo por sus virtudes será alabada» Proverbios 31,30.

«Quien escatima la vara odia a su hijo, y quien lo ama lo castiga a tiempo».

Proverbios 13,24.

«Escucha la instrucción de tu padre, hijo mío, y tampoco abandones la enseñanza de tu madre, porque ellas serán una corona sobre tu cabeza y un collar en tu cuello».

Proverbios 1, 8-9.

«He puesto ante ti la vida y la muerte, el bien y el mal. Escoge, pues, la vida».

Deuteronomio 30,19.

«El temor a Dios es el origen del conocimiento; los necios desprecian la sabiduría y la disciplina».

Proverbios 1, 7.

«Los pequeños raposos arrasan las viñas».

Cantar de los cantares 2,15.

«El que cuidare de la higuera comerá de sus frutos».

Proverbios 27,18.

«Honrará al anciano».

Levítico 19,32.

«Preeminencia del hombre sobre el animal no hay».

Eclesiastés 3,19.

«Y engordó Yeshurún (Israel) y coceó (a quien le había dado de comer)…».

Deuteronomio 32,15.

La familia Karnowsky, es la fascinante novela, escrita por Israel Yehoshua Singer (Bilgoraj, Polonia, 1893- Nueva York, 1944) y publicada en 1943, que les invito a abrir hoy. Editada por Acantilado nos lleva, a través de la historia de tres generaciones de una familia judía, a la primera mitad del siglo XX. Dividida en tres partes, con títulos que corresponden, por orden, a los nombres del abuelo, hijo y nieto de la saga familiar, es un libro de una gran belleza y gran sabiduría que nos hace reflexionar sobre cuestiones, tan de actualidad, como el de emigrar a otro país y las consecuencias que tiene una decisión de tal calado. El comportamiento que uno debe adoptar en ciudad ajena para ser y sentirse uno más y ser aceptado por los oriundos, se trata aquí con especial énfasis. El autor nos hace ver qué difícil resulta ir tomando las decisiones acertadas para agradar a los demás, el precio tan grande que hay que pagar para llegar a ser otro sin olvidar ser uno mismo y si esto, finalmente, merece la pena. En definitiva, nos hacemos estas preguntas: «¿Llegamos a ser aceptados en una sociedad que no es la nuestra en origen? ¿Qué grado de aceptación alcanzamos? ¿Qué entendemos por aceptación? ¿Se recibe la misma cantidad de lealtad que nosotros pusimos en el sueño de alcanzar algo mejor? ¿Llegamos a integrarnos? ¿Cuántas generaciones hacen falta para conseguirlo? ¿Se consigue realmente?

David, el abuelo, maderero y estudioso, joven decidido y de fuerte carácter, decide dejar Polonia a principios de siglo, donde nació, para irse a Berlín e instalarse allí con su mujer, Lea Milner, perteneciente a una acaudalada familia de Melnitz. David desea ir a Berlín porque según él es de esta ciudad de donde procede «todo lo bueno, lo luminoso, lo inteligente».

En Berlín, David se convierte en un gran empresario del sector maderero. Estudia bachillerato y se esmera en alcanzar un perfecto alemán porque además de un gran empresario quiere ser un hombre ilustrado. Se relaciona con los más influyentes maestros de la nueva sinagoga que no eran judíos inmigrantes de Europa, como los Karnowsky, sino respetables descendientes del judaísmo germano. Entre sus amistades se encuentran el doctor Speier, el erudito y librero Efraim Walder y el profesor Breslauer.

Lea y David tienen un primer hijo, al que ponen de nombre Moisés Georg y al que dejan claro, desde bebé y recién circuncidado que deberá ser judío en su hogar «y un hombre más en la calle». David se mueve como pez en el agua en ese ambiente germano erudito pero Lea no acaba de adaptarse. «Pese a ser sociable, de buen carácter y risueña, Lea no era capaz de trabar amistad con las respetables señoronas de la sinagoga. Entre ellas se veía insegura de su alemán y de sus conocimientos. Se sentía extraña y asustada. Extrañas le resultaban también las plegarias del cantor de la sinagoga, que, aunque entonadas en hebreo, le sonaban como si las pronunciara un cura. No menos extraños, por escasamente judíos, le resultaban el canto del coro y la prédica del rabino, el doctor Speier. (…) Y además, hablaba en un alemán grandilocuente, lleno de florituras, salpicado de citas de poetas y filósofos alemanes, y sazonado con versículos de las Escrituras y extractos de los libros sacros». Lea busca el amor de su rudo marido ante el mundo que le rodea:

«-David, quiéreme, le rogaba. ¿A quién tengo yo, fuera de ti y el niño?

Impulsado por su amor, Karnowsky se olvidaba de su respetabilidad y de la ciencia del judaísmo. Lo único que no olvidaba era su alemán. Incluso en los momentos de mayor éxtasis, sus palabras de cariño las pronunciaba en alemán. Lea las escuchaba ofendida; en esa lengua extranjera y gutural, las palabras no le llegaban al corazón. No le permitían paladear el auténtico sabor del amor».

Lea consigue entablar amistad con el exitoso comerciante Salmón Burak, que al igual que ella proviene de Melnitz. A David no le gusta el trato con otros inmigrantes como él. «Dado que él mismo era inmigrante, prefería alejarse de los inmigrantes. Deseaba olvidar los años que había pasado al otro lado de la frontera, borrarlos de su memoria».

Pasan los años, cuando su hijo Georg tiene quince queda de nuevo embarazada. Nacerá su hija Rebeca. Sigue su amistad con los Burak, quien tienen una hija, Ruth, de igual edad que su primogénito. Georg pasa su adolescencia sabiéndose querido en exceso por su madre, ignorado por su padre, al que sólo le importa el rendimiento académico del hijo, cortejado por Ruth, a la que no corresponde, y teniendo su primera experiencia sexual con Emma, la criada de la casa.

Georg acaba el instituto con honores dejando claro que no seguirá el camino trazado por el padre. Quiere estudiar filosofía y no tiene ningún interés por los negocios de éste. Sin embargo aceptará encargarse de administrar un propiedad de su padre, un edificio de apartamentos situado en el distrito obrero de Neukölln. Esto hará que la vida del joven de un gran cambio. Allí, Georg se enamora por primera vez. Elsa, es la hija del doctor Landau, que renta uno de los apartamentos que también hace las veces de consulta médica. El chico, debido al amor que profesa a Elsa, decide cambiar los estudios de filosofía por los de medicina. Llega a convertirse en médico. Pero el mundo está cambiando y en Berlín comienzan a escucharse los gritos de abajo Francia y Rusia y los vítores hacia el káiser y la patria son constantes. Entre los primeros movilizados por el ejército alemán figura el doctor Karnowsky, que será destinado al centro hospitalario del frente oriental. Días antes, había hablado con el doctor Landau de su poca entereza para ejercer la profesión. Creía haberse equivocado de profesión.

«-Tonterías, replicó el doctor Landau. Un médico sin corazón es un carnicero con diploma de medicina. Sólo una persona con corazón puede ser un gran médico».

El gobierno acosa a los judíos rusos y polacos con órdenes de arresto. Los trasladan a campos de internamiento. Herr Burak elude el campo gracias a su dinero y practicando sobornos. A David Karnowsky se le cae el mundo encima. No entiende por qué a él se lo quieren llevar.

«A él, que había huído de la ignorancia y las tinieblas de oriente a la cultura y la luz de occidente; a él, que hablaba alemán respetando todas las normas de la gramática; a él, miembro distinguido de la más prestigiosa sinagoga, experto en los escritos de Moses Medelssohn, Lessing y Schiller; a él, comerciante honorable, con títulos de propiedad y padre de hijos criados en el país; ¿a él lo iban a encerrar junto con el populacho oriundo de Polonia y de Rusia?»

¿Le ayudarán esos que creía, eran sus amigos alemanes? ¿Quién le salvará finalmente? El que menos se espera.

David va a visitar al librero y erudito, Efraim Walder para confiarle toda su tristeza y la decepción que sentía hacia los amigos que lo habían rechazado «de modo tan indigno». (…) Walder no se sorprendió. Con su larga experiencia de muchos años ya lo había visto y oído todo, y todo lo contemplaba con filosofía: las debilidades de los seres humanos, la ingratitud e incluso la guerra».

«Como discípulo incondicional de Maimónides, estaba convencido de que el camino al Creador no consistía en unirse a un quórum compuesto de porteadores y buhoneros, sino en una inteligente comprensión de la divinidad. Las masas que, por lo común, se enfervorizan durante la oración, y a gritos llaman «padre, dulce padre» al Creador, al estilo de los idólatras, alejan de la pura divinidad a cualquier persona inteligente. Tampoco sus rabinos eran mejores, también se identificaban con la masa, de tal modo que un hombre sensato no mantendría trato con ellos».

Elsa, que ama a David pero a la vez no quiere ningún compromiso con él, sigue al lado de su padre, que hace una reflexión muy bella, desde su posición de médico, sobre la guerra.

«Si supieran qué maravillosa máquina es el cuerpo humano, con qué delicado material está modelado, con qué perfección está diseñado cada uno de sus miembros, con qué racionalidad se une cada nervio a los tejidos, y qué funcionamiento tan asombroso tiene el corazón y los pulmones, los ojos y cada uno de los órganos del cuerpo, no habrían podido apoyar con tanta ligereza el asesinato y hasta la muerte propia. Eran unos incultos patanes que no conocían otra cosa más que la sucia política y la reverencia ante las coronas y las charreteras. Por esta razón se convertían tan fácilmente en asesinos y carniceros».

25Feb/24

LA FAMILIA KARNOWSKY. ISRAEL YEHOSHUA SINGER (PARTE 2) GEORG

«Hijos crié y los eduqué, y se rebelaron contra mí».

Isaías 1,2.

«Feliz el hombre que teme siempre (las consecuencias de sus actos)».

Proverbios 28,14.

Georg vuelve del frente. Su hermana tiene ya quince años. Elsa vuelve a rechazar a Georg. Anda metida en política. Su partido quiere verla como diputada de la Cámara de Representantes. El hombre le recrimina su frialdad. «Primero amaste las bacterias y ahora las manifestaciones».

Una nueva familia va a cambiar el rumbo de la vida de Georg. La familia Holbeck. El patriarca no tiene gran simpatía por los judíos. Es propietario de unas viviendas y está acostumbrado a tratar con ellos. Su mujer es más prudente en estas cuestiones. Tienen dos hijos, Teresa y Hugo. Recomendado por el doctor Landau, padre de Elsa, Georg comienza a trabajar en una prestigiosa clínica de maternidad con el estimado profesor Halevy. A la par que el joven Karnowsky se convierte en un respetable médico berlinés, consiguiendo así el éxito social y la integración de la familia en la sociedad alemana, Elsa comienza a dar brillantes discursos en el Reichstag que ocupan los titulares de los periódicos. Teresa, la hija de los Holbeck, trabaja de enfermera en la clínica. Georg, al ser rechazado por Elsa una y otra vez, comienza a salir con Teresa porque con ella puede mostrar su superioridad. Ve en Teresa la sumisión que Elsa no tiene. David, entra en cólera porque a su hijo se le ha ocurrido salir con una chica que no es judía.

«Pese a que David Karnowsky procedía de Polonia, y eso era un evidente defecto a ojos de los judíos de Berlín occidental, éstos aspiraban a casar a sus hijas con su vástago, por ser alemán de nacimiento y destacado ayudante del famoso profesor Halevy. Estaban dispuestos a concederle las más cuantiosas dotes, instalarle una consulta en la propia Kurfürstendamm, y olvidar por completo su origen extranjero. Su ascenso a capitán en el ejército, su porte varonil, su solidez y su buen comportamiento hacían que las pretenciosas hijas judías de Berlín occidental aceptaran incluso pasar por alto su aspecto demasiado judío, así como sus muy oscuros cabellos y sus negros ojos, algo que para ellas no era ninguna virtud».

«David Karnowsky, como inmigrante que era, se sentía encumbrado por la oportunidad de poner el pie en el círculo de las antiguas familias de la comunidad de Berlín. Aparte de desear lo mejor para su hijo, en las presentes circunstancias también pensaba en sí mismo. Sus negocios habían disminuido después de la guerra. (…) se ganaba la vida con dificultad. Por si fuera poco, su hija Rebeca era una jovencita casadera, y David esperaba que su hijo ascendiera al nivel de la alta sociedad, para que, además de las ventajas que supondría para ambos, eso le ayudara a encontrar un pretendiente adecuado para su hija».

A pesar de todo, el médico se casa. Gentiles se unen con judíos. David está contrariado, otras decepciones vienen a su cabeza según va pasando el tiempo.

«Ahora bien, por mucho que se sintiera decepcionado por los judíos «ilustrados» de Berlín, aún más le habían defraudado los gentiles con quienes convivía. En los días de la guerra y ahora, después de que terminara,  más de una vez lo habían injuriado y despreciado. Pese a que su idioma era alemán de pura cepa y su comportamiento impecable, se burlaban groseramente de él y de su judaísmo, en especial cuando iba a cobrar el alquiler a los inquilinos del edificio de su propiedad en Neukölln».

«David Karnowsky se sentía engañado en la ciudad de su maestro Moses Mendelssohn. No es que pensara, como el rabino de Melnitz, que el maestro fuera un renegado y una vergüenza para el pueblo de Israel, pero reconocía que el camino del filósofo conducía hacia el mal. Comenzaba con la Haskalá o Ilustración judía, y continuaba con la asimilación de los gentiles, para finalizar en la apostasía de generaciones enteras. Y lo mismo que a Mendelssohn le sucedió con sus hijos, le sucedería a él, a David Karnowsky, con el suyo. Aunque el propio Georg no renegara de su fe, sus hijos lo harían. E incluso tal vez serían enemigos de Israel, como había ocurrido con muchos descendientes de judíos conversos».

Una vez más las reflexiones del erudito librero Efraim Walder, del viejo barrio judío de Dragonstrasse, va a ser la calma que necesite David para calmarse.

«-Jamás los padres han estado contentos con sus hijos. Ha transcurrido mucho tiempo desde que yo era un muchacho y recuerdo cómo mi padre, en paz descanse, decía de mí que no sabia comportarme ni mostrar respeto como era debido, y cuán diferentes habían sido las cosas en su tiempo. Hasta el profeta  Isaías se lamentó: «Hijos crié y los eduqué, y se rebelaron contra mí».

De los hijos rebeldes pasó Karnowsky al tema de los malos tiempos, la escasez, la carestía y el hambre, de las revueltas en el país y del odio, y más en concreto del odio creciente a los judíos. Reb Efraim no se asombró. Ya había visto antes cosas parecidas. Así fue, así era y seguramente así sería en el mundo. Tenía razón el gran sabio en el Eclesiastés: nada nuevo hay bajo el sol.»

Efraim continúa con sus enseñanzas:

«-La vida es como un bromista, rabí Karnowsky; disfruta jugando malas pasadas. Los judíos querían ser judíos en sus casas y gentiles fuera de ellas. Llegó la vida y volvió las tornas: somos gentiles en nuestras casas y judíos fuera de ellas».

«La mas tiende a orientar las palabras del sabio de acuerdo con sus vanidades, debido a que su entendimiento no alcanza a captar las ideas elevadas.»

Pero David cree que el librero, siempre encerrado en su estudio, no llega a ver lo que él ve en la calle. Con las siguientes palabras, lo que hace el judío polaco es adelantarse a ver más allá, lo que después derivaría en el Nazismo.

«Él conocía la realidad mejor que reb Efraim, siempre encerrado tras la puerta de su casa. Él los veía, a los gentiles, tanto en la guerra como en la paz, en toda su crueldad y su barbarie, en toda su sed de sangre, y especialmente de sangre judía. Y no sólo las clases inferiores, la plebe, sino también los estudiantes y lo más cultos».

Efraim le contestó:

«No obstante, una persona juiciosa no debe rendirse, porque nada es nuevo. Cuando Moisés bajó con los Diez Mandamientos, los ignorantes bailaban alrededor del becerro de oro. Cuando Sócrates y Platón enseñaban su sabiduría, sólo tenían un puñado de discípulos, mientras la chusma se dedicaba al asesinato y la prostitución. También Maimónides fue único en su generación. Sin embargo, no se rindieron, sino que hicieron cada uno lo suyo. ¿Y qué perduró al final? No lo que hicieron los ignorantes, sino lo que enseñaron los sabios. (…) Todo lo que se siembra, antes o después germina.»

La situación cada vez es más complicada. Tanto David, como la suegra de Georg, se ven obligados a vender sus inmuebles. Las familias comienzan a sentir estrecheces económicas en su hogar. Georg sigue lustrando su nombre en la profesión médica mientras Ruth, la hija de los Burak se ha casado y es infeliz «Vivía como en una nebulosa, como quien se encuentra en una estación de ferrocarril de una ciudad desconocida y espera volver a casa». Por su parte, Elsa vuelve a la vida del médico.

La tercera generación de Karnowsky ya ha nacido. Se llama Joachim Georg, es hijo de Teresa y Georg. Se cría en casa de sus padres, en Grunewald, rodeado de naturaleza. Sin embargo, es un niño enfermizo, miedoso y retraído. Los Holbeck lo achacan a la familia Karnowsky y estos a los Holbeck.

«Por todos los demonios, meditaba irritado Georg, ¡era increíble cómo uno no se sentía libre, incluso cuando deseaba serlo! Cualquier individuo estaba siempre rodeado de obstáculos y sujetos a relaciones, a supersticiones, a costumbres, a convencionalismos y a tradiciones. Uno arrastraba una herencia de generaciones, como andrajos de los que no era posible desprenderse. No hay padre que sea dueño de su propio hijo. No puede protegerlo de la familia, del entorno ni de la educación. Por mucho que destierres de la casa la insensatez y los tabúes, retornan y penetran por puertas y ventanas, y hasta por la chimenea».

«La fuerza de la herencia genética era poderosa, eso lo sabía Georg. Hay características que aparecen y se descubren después de varias generaciones. (…) La simiente del hombre está cargada de fuerzas insondables y ocultas, cualidades buenas y cualidades malas, inteligencia y estupidez, crueldad y compasión, agilidad y torpeza, salud y enfermedades, alegría y angustia, genialidad y locura, belleza y fealdad, bondad y maldad, y un sinfín de otros rasgos, que son transportados por una minúscula gota impulsada por un poder misterioso; el impulso de fructificarse y traer nuevas generaciones».

Hugo, el cuñado de Georg, que no siente ninguna estima hacia el médico, no entendía como «un medicucho de prominente nariz, que se ocupaba de recetar enemas, se encontraba allá arriba, mientras él, un lugarteniente alemán, se revolcaba abajo en el polvo».

Sin duda, Hugo había heredado de su padre, Herr Holbeck, la antipatía por los judíos. Pero Yegor, el hijo de su hermana siente verdadera adoración por su tío. Desea ser un soldado como su tío lo fue y desfilar. A él le cuenta todas sus preocupaciones. Cuando comienza a tener conflictos de identidad y se pregunta qué era él en realidad, Hugo le deja las cosas claras. «Tú eres alemán puro, un Holbeck en todos los sentidos», le insiste. Pero Yegor se sabe diferente.

«(…) sabía que esa diferencia no era ninguna virtud, nada de lo que enorgullecerse. El maestro de religión no lo trataba como a los demás alumnos; a veces lo mandaba quedarse sentado en la clase, y otras le hacía salir. Algo parecido le ocurría con los niños. Por lo general, jugaban con él como uno más, pero cuando peleaba con otro niño, a él lo llamaban «judío»

Hugo le explica a su sobrino que, simplemente, judío es alguien que no va a la iglesia sino a una sinagoga, aunque tiene sus propias opiniones al respecto que no se atreve a confesar al muchacho.

«Judío era un ser ridículo, moreno y de nariz ganchuda. Además, era rico y entrometido. Por los discursos que escuchaba en la cervecería sabía que los malditos judíos habían traicionado a la patria en la guerra y habían apuñalado por la espalda al ejército. Si no fuera por eso, el ejército alemán no se habría dejado vencer por esos condenados franceses».

Rebeca, hermana de su cuñado Georg, está enamorada de él y a él también le gusta ella, pero sabrá refrenar sus impulsos, esa extraña atracción que siente hacia ella.

«No era un joven simple y abierta como sus amigas rubias y delgadas; había en ella cierto misterio femenino. Nunca había tenido relación con mujeres judías, pero de algunos amigos había oído que en ellas habitaban mil demonios. (…) sentía cierta aversión hacia esa exótica muchacha que le demostraba su superioridad, mientras que él la consideraba inferior».

Hugo tiene cubiertos todos sus vicios gracias a la generosidad de su cuñado, sin embargo lo único que hace es ir a la cervecería bávara, en el Postdamer Brücke a escuchar lo malos que son los judíos.

«Los invitados de la cervecería bávara de Schmidt pertenecían en su gran mayoría a las vanguardias. Hablaban acerca de la lucha por el despertar de Alemania, de la venganza contra Francia y de los malditos traidores residentes en el Berlín occidental, esos judíos dueños del capital que habían clavado un puñal en la espalda del ejército de los héroes».

Durante toda esta segunda parte, es asombroso y magistral cómo Singer va trazando la trama del ambiente, como describe el caldo de cultivo que luego desembocaría en el Nazismo, con diálogos y reflexiones sorprendentes, instructivas y turbadoras. El escritor te va arrastrando con suma elegancia a la tristeza, a la desolación, a la sinrazón, a la par que lo hace con sus personajes. Uno no puede dejar de seguirlos, de acompañarlos, de empatizar con ellos ante la barbarie alemana. Aunque Singer, no da lugar a la lamentación ni describe a los judíos como seres impolutos.

Por su parte, Elsa Landau comienza a ser rechazada.

«-Márchate a Jerusalén. No necesitamos judíos en el Reichstag alemán.»

«(…) veía horrorizada el creciente poder del Nuevo Orden, al que se adherían no sólo la pequeña burguesía de las aldeas y los campesinos, sino también multitud de obreros».

Este era el clima que se respiraba:

«Un tenso clima de anarquía, una mezcla de expectación, aprensión e indefinible esperanza invadió la capital el día en que los hombres de las botas altas se apoderaron de sus calles y plazas. (…) Nadie sabía en realidad qué iba a traer el Nuevo Orden, dicha o desdicha, grandes esperanzas o terribles decepciones, como quien lo arriesga todo en una apuesta, o quien comete algo estrictamente prohibido y, aún sin saber si traerá premio o castigo, se abandona al desenfreno y la excitación. Algo nuevo estaba ocurriendo, algo diferente, festivo, inquietante y descontrolado a la vez. (…) Los hombres de las botas voceaban hasta desgañitarse la cancioncilla «Wenn von Judenblut des Messer spritzt dann geht s noch mal so gut, so gut» (Cuando de los cuchillos gotea sangre judía, de nuevo va todo tan bien, tan bien), como si quisieran asegurarse de que las palabras, rompiendo y penetrando las paredes de los edificios serían oídas. (…) Nadie pensaba que todo eso cambiaría. Nadie quería creerlo. Además, en caso de que llegara a suceder algo malo, les sucedería a los demás; es así como suelen pensar los humanos en tiempos de plagas».

Los judíos comienzan a tener miedo y hacen sus propias reflexiones como para justificar el espacio que ocupan en ese lugar en el mundo, ese donde empiezan a ser personas no deseadas:

«Es cierto que pertenecían a la comunidad judía, pero sólo a efectos formales. Fuera de eso, ningún vínculo les unía al judaísmo. Su lealtad pertenecía por completo y únicamente a Alemania, y se sentían arraigados en la vida y la cultura de su amada patria. ¿Acaso no habían contribuido a ella?»

David y Georg no pueden imaginar que puedan ser expulsados del país donde residen, donde trabajan con éxito durante tantos años. Georg se agarra al haber nacido en Alemania, al haber estudiado en una universidad alemana, a tener fama en el país por su importante labor médica, a su condecoración recibida por sus servicios en el frente, a que su mujer es cristiana y de una honorable familia alemana. «Si algo le preocupaba era sólo que sus padres, por ser extranjeros, todavía sin la ciudadanía alemana, pudieran sufrir algún daño a manos del nuevo régimen».

Por su parte David pensaba:

«(…) ¿no se había adaptado por completo al país, se había esmerado en aprender a la perfección su idioma y sus costumbres, y se había deshecho de todo vestigio de su origen europeo-oriental?»

Siente desprecio por los judíos que habían inmigrado después de la guerra. Cree que estos han traído los problemas. Es decir, le hacen pensar que el problema reside en los de su propia estirpe. «(…) habían llegado acompañados de numerosos judíos con tirabuzones y con gabanes negros, y todo tipo de empleados de sinagogas, gentes de otros tiempos. David Karnowsky se avergonzaba cuando se los encontraba en los tranvías y en el metropolitano. Algunos de ellos incluso invadían las calles del Berlín oeste en su sempiterna búsqueda de donativos. No hacían ningún favor a los judíos de la ciudad. ¿Por qué había de extrañarle que resultaran odiosos a los ojos de los gentiles, si incluso él mismo, un inmigrante también, no los soportaba, ni tampoco sus modales?»

Esta gran novela, cargada de argumentos, nos hace reflexionar sobre temas muy interesantes. Cómo el Nuevo Orden que se ha establecido ha sido capaz de hacer dudar a los judíos, de la buena ciudadanía de los otros judíos, judíos como ellos mismos. Cómo se golpean la cabeza pensando en qué les ha faltado para ser aceptados por los alemanes, en qué han podido fallar. Repasan el perfecto idioma aprendido, los logros alcanzados, la reputación avalada, incluso su «invisibilidad» o su simbiosis y el resultado de la ecuación no les cuadra. Por tanto, se lanza en esta obra otra cuestión al aire y tremendamente importante, a mi parecer. ¿Es mejor no obligarte a perder tu identidad, aquello que te hace único en una sociedad que no es la tuya, a sabiendas de que encajar en ella con esa carta de presentación va a ser más difícil, o hay que difuminarla, ocultarla, disfrazarla y hacer esfuerzos inútiles para llegar a ser uno de ellos angustiados en todo momento por encajar en el engranaje de una comunidad que, desde el principio, y sin uno sospecharlo, le han recibido con los brazos abiertos, le han acogido teniendo muy en cuenta que son inferiores a los que ya estaban allí porque se concluye que toda comunidad que huye de un país por cualquier razón y se establece en otro es inferior, por ninguna razón y por todas las que se puedan llegar inventar o porque las debilidades internas de sus países de origen son las debilidades también de sus ciudadanos y por tanto eso les posiciona en lugares inferiores en una sociedad firme y sin fisuras y por tanto superior? ¿Hay que rendir pleitesía infinita al país que a uno le acoge, hay que agradecerlo eternamente con la aceptación de una inferioridad que uno siente por imposición de los otros?

Otro personaje judío Ludwig Kadish, eterno competidor de Salomón Burak se hace estas reflexiones:

«Ellos, los alemanes de fe mosaica, como él, habían vivido siempre en paz y fraternidad con sus vecinos cristianos. Y así podrían haber seguido las cosas si no hubieran invadido el país los judíos de Rusia y de Polonia. Había sido esta gente, con la ostentación de su judaísmo, con su cháchara, con su bufonadas y sus malos modales, la que había despertado el antiguo odio a los judíos, avivando el fuego apagado desde hacía mucho tiempo. (…) ¡Si al menos se quedaran dentro del viejo barrio de Scheunenviertel! ¡Pero no! ¡Tenían que meterse en las genuinas calles alemanas, como la Landsberger Allee! Ahora todo eso iba a acabar. Serían devueltos al otro lado de la frontera de donde habían venido, con los polacos, y en Alemania sólo quedarían los auténticos, los asentados en el país desde generaciones atrás».

Otro tema de rigurosa actualidad se refleja en este último párrafo. Europa vive el problema de los barrios marginales donde, desde hace décadas, se han asentado  los emigrantes. Es decir, se acoge a un pueblo pero cuanto más lejos permanezca de los sitios ordinarios y clásicos de la ciudad, mejor. Cuanto menos se mezcle con el oriundo, mejor. Cuando todo eso estalla, como no puede ser de otra manera, cuando te das cuenta de que no eres más que un marginado y no un ciudadano más, surgen los problemas que ya no tienen vuelta atrás. El odio, el rechazo, el desprecio da la cara en la otra dirección. Esta vez se manifiesta de forma más violenta. El rechazo de los oriundos se ha perpetrado de forma sibilina, silenciosa, sutil. El rechazo de los que han venido de fuera es más brutal, más salvaje, más evidente. Dos formas violentas de rechazo.

En todo este ambiente, Yegor se está haciendo mayor, despreciando a su padre, a sus orígenes, a la enfermiza protección que le profesan sus progenitores. Tiene ansia de involucrarse en las nuevas doctrinas. Descuida sus estudios y se deja llevar por «el febril movimiento que sacudía la ciudad.» «Quería realizar grandes hazañas, excepcionales y heroicas. Se encontró a sí mismo alzando el brazo, vociferando y repitiendo consignas, al unísono con los miles de entusiastas.

Por primera vez sintió que la vida tenía sabor y sentido, un gran sentido».

«Ansiaba moverse sin finalidad y sin final, con tal de mantener el ritmo, desfilar, desfilar, desfilar. (…) No veía, él menos que nadie, la más mínima relación entre la sangre judía cuyo derramamiento pregonaban en sus cánticos las cuadrillas que desfilaban, y la sangre judía que corría por sus venas. Al igual que la letra de cualquier himno, no era para él más que el acompañamiento de la música. Y segundo, ¿qué tenía que ver todo eso con él? ¿Acaso no era un Holbeck auténtico, alemán de muchas generaciones, uno más entre los millones que se echaban a las calles, que desfilaban y cantaban e iban a la lucha, la victoria y la liberación?»

Al doctor Landau sólo le estaba permitido tratar a sus correligionarios. A su hija la buscaban por toda la ciudad. Comenzaron a aparecer pinturas con las letras «Jude» en la librería de Walder, en el establecimiento de Burak y en todos los demás comercios de judíos. Al doctor Karnowsky no se le arrestó pero como a todos los médicos judíos se le prohibió tratar a mujeres arias. Se ve obligado a vender la clínica por un precio ridículo. Hugo, por su parte, se convierte en miembro distinguido del Nuevo Orden. Todo se complica pero hay algo que cambia para bien, se produce la reconciliación entre Georg y su padre, David.

«-Has de ser fuerte y resistir, hijo mío, como debemos hacerlo yo y todos los judíos de la vieja generación, dijo. Desde hace muchas generaciones estamos acostumbrados a esto, y como judíos lo hemos venido superando».

Yegor comienza a sufrir desprecios en el privado Instituto Goethe. Comienzan a separarle de los demás alumnos hasta acabar haciendo con él las más aberrantes humillaciones. Las palabras de Georg a su hijo son las siguientes:

«Se burló de los idiotas y locos que gobernaban el país y de sus ridículas doctrinas, y aconsejó a Yegor que prescindiera de ellos y de sus lacayos, que en su corazón se riera y escupiera sobre ellos, como él mismo hacía. En vez de pensar en sus desfiles y sus entrenamientos, era preferible que leyera libros de provecho o que se sentara a estudiar».

Pero el doctor Kirchenmeier, profesor de Yegor, ya tenía trazado un plan para humillarle ante los demás.

«Por sus conocimientos de psicología sabía que nada enaltece más a un individuo que hacerle sentirse superior a otro, y nada produce mayor placer a una muchedumbre que compartir una víctima».

«En primer lugar, el doctor Kirchenmeier midió con compás y calibre el largo y el ancho del cráneo de Yegor Karnowsky, y anotó los datos en la pizarra. Con precisión científica midió la distancia de una oreja a la otra, y de la coronilla al mentón, así como la distancia entre los ojos, el largo de la nariz, y cualquier otra dimensión lineal en el rostro del muchacho».

«-Por los números que los aquí presentes, camaradas y alumnos, podrán ver escritos en la pizarra, comprobarán la diferencia entre la estructura craneal dolicocéfala nórdica (hermosa cabeza alargada, que expresa belleza y superioridad racial) y la estructura craneal negroide-semítica, braquicéfala (cabeza corta redondeada parecida a la del simio), uno de los signos de deformación, fealdad e inferioridad racial. Ahora bien, en el objeto que tenemos delante es especialmente interesante notar el pésimo efecto del lado negroide- semítico sobre el nórdico, cuando se juntan como en este caso. Pueden observar claramente que esta mezcla produjo una criatura extraña. A primera vista se diría que el objeto que tenemos delante se parece al tipo nórdico, pero se trata sólo de una ilusión, un engaño de los sentidos. Mediante un examen antropológico, y con precisas mediciones, se deduce rápidamente que el lado negroide- semítico, siempre dominante en los casos de mestizaje a fin de enmascarar su propia anidación dentro del cuerpo y su influencia oculta, permitió, con un especia de astucia muy sutil, que el lado nórdico se impusiera en la apariencia externa. Afortunadamente, esto lo podemos contrarrestar si observamos los ojos del sujeto que, aunque son supuestamente azules, no tienen la pureza ni la diafanidad del ojo nórdico clásico, sino la turbiedad y la oscuridad de las junglas africanas y la sequedad del desierto asiático. Y también pueden ver que el cabello, aparentemente lacio, tiene algo de negrura etíope y, en alguna medida, cierta lanosidad. Finalmente, la excesiva prominencia de las orejas, de la nariz y de los labios denota manifiestamente la influencia negroide- semítica y la inferioridad racial».

A Yegor, el objeto, le obliga el doctor a desnudarse y lo presenta así para humillarle, de nuevo, delante de la clase, de sus compañeros.

«El doctor Kirchenmeier mostró los indicios de raza inferior del «objeto» en la curva del hombro, en la estructura de las costillas y en la articulación de los codos. Incluso dirigió la atención hacia la parte más baja del cuerpo y señaló los genitales, cuyo prematuro desarrollo era signo de sexualidad degenerada de la raza semítica, que el «objeto» representaba».

Yegor se ve sumido en un lucha de aceptación e insatisfacción que le hace no saber a qué atenerse, en qué creer. Su tío Hugo también lo rechaza.

«En las caricaturas, lo Itziks siempre aparecían como seres débiles, con la cabeza grande de cabello rizado, la nariz gigantesca, pero endebles, torpes y deformes, y mucho más lo parecían al lado de los musculosos y erguidos alemanes. ¿Acaso no lo había demostrado el doctor Kirchenmeier utilizando los instrumentos de medida? No, no era posible que todo fuera inventado, como argumentaba su padre. No era razonable pensar que todo un país se hubiera puesto de acuerdo para cultivar una mentira e inventar una calumnia, simplemente por hacer el mal. Era su padres quien mentía; lo veía en sí mismo. Hasta tal punto le asqueaba su propio aspecto que a menudo escupía a su imagen en el espejo».

Georg quiere salir con su familia del país antes de que sea demasiado tarde. Mientras tanto, Rebeca a olvidado a Hugo, se ha casado con un violinista judío, ha tenido un hijo y no quiere marcharse. El violinista es un conformista. «(…) se adaptó a la nueva y nada agradable situación, como se acostumbra uno a cualquier mal. Ni siquiera notó la degradación que había en su acomodación. Le parecía perfectamente natural evitar salir a la calle si no era por absoluta necesidad, así como no sentarse nunca a descansar en el banco de un parque. Lo mismo que bajar la mirada automáticamente al suelo cuando pasaba una mujer rubia, no fuera a levantar sospechas de «profanación de la raza».

Pasados unos años, la familia logra abandonar Alemania. El destino es Nueva York.

David Karnowsky desea sacar del país a su gran y anciano amigo, el librero Efraim. Sin duda, el erudito es uno de los personajes más emotivos de la novela. Le promete que no descansará hasta que logre sacarlo del país. Le relataba las persecuciones que estaban sufriendo los judíos en todo el país, así como «la quema de libros sacros y profanos».

Walder le responde:

«Son cosas sabidas desde tiempos pasados. Así fue antaño, en Espira y en Praga, en Cracovia y en París, en Roma y en Padua. Desde que los judíos son judíos, la chusma ha quemado sus libros, les ha obligado a llevar un parche de tela en la ropa, les ha expulsado de sus comunidades, ha torturado a sus estudiosos de la Torá. A rabí Akiva lo desollaron con un peine de hierro. Y pese a todo, los judíos siguieron siendo judíos. Dicho sea de paso, la chusma perpetró esas atrocidades, no sólo contra los sabios judíos, sino también contra todos los sabios del resto del mundo, pues odiaba sus enseñanzas y su sabiduría. A rabí Sócrates le hicieron tragar un vaso de veneno. A rabí Galileo lo condenaron a la hoguera. Y lo que ha perdurado no ha sido la chusma, sino rabí Sócrates y rabí Akiva y rabí Galileo. Ya que el espíritu, como a la divinidad, no hay mano humana que lo destruya, rabí Karnowsky».

«Sólo los ignorantes y los estúpidos culpan a Dios por las cosas malas, y lo alaban y ensalzan por las buenas. Pero cualquier persona juiciosa sabe que no puede pensarse de esa forma sobre Dios, ya que todo lo existente constituye parte inseparable de la divinidad, todo sin excepción: los animales, las plantas, el hombres y las estrellas, lo que ha existido, lo que existe y lo que existirá, y también lo que entendemos por el bien y el mal, la felicidad y el sufrimiento. Así, sin principio ni fin, todo está incluido en el conjunto de ese gran plan divino».

 

25Feb/24

LA FAMILIA KARNOWSKY. ISRAEL YEHOSHUA SINGER (PARTE 3) YEGOR


«Las palabras sabias, con sosiego deber ser pronunciadas».

Eclesiastés 9,17.

«Una montaña con otra montaña nunca se encontrarán; un hombre con otro hombre sí se encontrarán».

Refrán de la Guemará

«Si una palabra vale una moneda, el silencio vale dos».

Refrán de la Guemará

«Hay un tiempo para callar y otro para hablar».

Eclesiastés 3,7.

«El vino alegra el corazón de los seres humanos».

Salmos 104, 15.

La sinagoga del Uper West Side de Manhattan comienza a cobrar vida de nuevo gracias a los judíos fugitivos de Alemania que empezaban a establecerse allí. Esto trae rencillas entre los judíos que viven allí y los que acaban de llegar. Estos últimos exhiben una arrogancia extrema que nada les gusta a los viejos habitantes.

«Igual que «en el otro lado» no mantenían relación alguna con los judíos de la Europa del Este, tampoco aquí tenían nada que ver con ellos. Se aislaron entre los suyos, recluidos dentro de su propio Reich».

En la sinagoga comienzan a producirse tiranteces. Los viejos residentes les preguntan sobre qué es lo que les había ocurrido en Alemania, no obtenían respuesta y esto les enojaba, pues lejos de crear una armonía racial, su hermetismo les distanciaba.

«Cuando éstos les preguntaban, buscando aproximarse en su común condición de judíos, por su situación y por sus vida, ellos callaban y no abrían la boca. Aún más mudos se volvían cuando los antiguos feligreses se enfurecían indignados contra los malvados tiranos del otro lado. Los nuevos consideraban que ése era un asunto para debatir sólo entre ellos y en voz baja. Los antiguos residentes, sintiéndose ofendidos, se veían a sí mismos como extraños en su propia sinagoga, y pronto empezaron a evitar el contacto con los recién llegados y a abandonar el templo».

¿Qué les hacía callar? ¿Era miedo? ¿Era, quizás, un extraño e inexplicable respeto por los ciudadanos y el país que les había acogido y en el que habían podido prosperar que, si bien es cierto que ahora los humillaba y los rechazaba no siempre fue así y eso era de agradecer?

Los que llegan tienen que empezar de cero. No le temen a esto. Uno de ellos, es el viejo y próspero comerciante Burak, todo un ejemplo de superación, de perspicacia, inteligencia para los negocios, seducción y capacidad de sacrificio. Con su lema siempre por bandera, que engatusaba a todos. «Ducado va, ducado viene;  vivir y dejar vivir.» «Como antes, su mano estaba siempre tendida a quien lo solicitara, y él dispuesto a hacer favores(…)» Concedía préstamos sin interés, firmaba avales, prolongaba los plazos de los créditos y «les ayudaba con los papeles para traer a sus familiares al país».

«Después de que, tras varias generaciones en Alemania, llegaran a poseer grandes comercios y olvidaran la vergüenza de sus mayores, tenían que volverse a ganarse la vida como ellos. Con maletines en lugar de mochilas, también ahora iban de casa en casa, y también ahora les cerraban las puertas en las narices y los echaban como hicieran antaño con sus tatarabuelos. Después de años de orgullo y éxito, durante los cuales despreciaron a los Burak y familias similares del viejo barrio de Scheunenviertel en Berlín, porque sacaban a relucir su judeidad que los ilustres berlineses habían logrado ocultar, ahora en el nuevo país necesitaron recurrir a los favores del mismo Burak y congraciarse con él, hasta el punto de llegar a nombrarle presidente de su propia sinagoga».

La familia Karnowsky también llega al país «después de soportar diez días el frío aire del océano». Desembarcan en el puerto de Nueva York. A Yegor, desde el principio le cae «antipática» la ciudad. Lea, su madre, tiene un hermano, tío Harry, viviendo desde hace años allí. Yegor se encuentra con la imagen opuesta a su idolatrado tío Hugo y con dos primos y una prima, que no le hacen ninguna gracia. Sus primos son altos, sanos, fuertes y deportistas. La alegría de vivir que tienen los muchachos le hace sentirse incómodo con ellos.

«Procuraba  mirarlos con indiferencia y desdén, como un extraño que se siente superior a sus inferiores, pero no lo lograba. Se enervaba al verles, como se enfurece quien ve a parientes próximos hacer una canallada. El escarnio de ellos era su escarnio, la tara de ellos era su tara, la inferioridad de ellos era su inferioridad. Ese solo hecho de que lo que no debería importarle le importaba hacía crecer su aversión hacia ellos, y, por extensión, hacia sí mismo».

Georg respira la deseada y lograda, al fin, libertad y ansía que su hijo se desprenda del veneno «que le habían inyectado».

«(…) al cabo de tantos años de vigilar sus palabras, de disimular su aspecto como si fuera una lacra y de temer a la propia sombra, su espíritu se reanimaba viendo lo libre y confiadamente que las personas de cabello oscuro hablaban en voz alta, reían y se paseaban sin miedo ni vergüenza».

David y Salomón se encuentran y entierran todos sus rencores de antaño en un pasaje muy bello de la novela, realmente conmovedor.

«El comportamiento de David Karnowsky fue muy diferente al de los últimos inmigrantes llegados a la sinagoga Shearéi Tsédek. En primer lugar, al subir al estrado pronunció la bendición de agradecimiento a Dios por haberlo salvado de manos de los asesinos, a él y a su familia. Y más tarde, al acabar las oraciones, disertó apasionadamente contra la barbarie de los gentiles que, al otro lado del océano, como nuevos seguidores de Amalek, deseaban aniquilar al pueblo de Israel. El gélido rostro del doctor Speier se tensó; escuchaba con ceño fruncido unas frases que nunca habían sido escuchadas en ese lugar, articuladas con absoluta claridad y libertad por su antiguo amigo».

El doctor Speier quiere callar a su viejo amigo. No le gusta el deseo que tiene de traer hasta América al viejo Efrain Walder.

«(…) hacer saber a Karnowsky que, aunque él no procediera exactamente del mismo origen, el doctor Speier estaba dispuesto a recibirlo en su comunidad como alemán auténtico, a condición de que se adaptara a las costumbres del lugar y no hablara de lo que sucedía al otro lado del océano, del mismo modo que se entierra una vergüenza en la familia».

Pero David no se deja aplacar.

«-¡Aquí todos somos judíos, tanto si venimos de Fráncfort como de Tarnopol! ¡Cada judío, judío es, y no hay de qué avergonzarse!, exclamó, con la misma pasión que había mostrado en su juventud, cuando vertió su ira contra el rabino de la sinagoga de Melnitz en defensa de Moses Mendelssohn».

Lea y David pronto se adaptan a su nueva situación. A Georg y Teresa les costará un poco más.

«De nuevo podía hablar libremente en su idioma, y entenderse con sus iguales sin temor a que se le trabase la lengua o a decir tonterías. De nuevo podía acariciar niños desconocidos, besarlos y abrazarlos, y las jóvenes madres sólo se sentían felices por ello».

«También David encontró el ambiente apropiado para su ocupación como estudioso. El tiempo libre que le dejaba su puesto en la sinagoga alemana lo pasaba en otras sinagogas y yeshivot de su estilo, donde conversaba y debatía con eruditos y profundos conocedores de la Torá, rabinos y profesores de seminarios».

Georg obstinado y entusiasta hacía suyo el axioma alemán «Gelt verloren, nichts verloren, Mut verloren, alles verloren» (Dinero perdido, nada se ha perdido. Coraje perdido, todo se ha perdido). «Procuraba con todas sus fuerzas no rendirse».

«En el fondo, había comprendido enseguida a la nueva y pétrea gran urbe, libre pero dura, que retaba a la perseverancia, la fuerza y el valor de la persona para abrirse camino. Y él se había empeñado en recuperar la fuerza y el coraje para enfrentarse a ella y conquistarla».

«Cuando notaba que le acechaba la congoja, hacía lo posible para sacudírsela de encima. Todo menos rendirse, se decía librando una guerra consigo mismo, todo menos desfallecer. Sin duda, era eso lo que deseaban sus enemigos: que se rindiera y abandonara la lucha. Pero no les daría esa satisfacción».

Yegor, por su parte, tiene miedo a la ciudad, a la nueva vida que ante él se abre. Se muestra contrariado y arisco.

«No podía arrancar de su interior el viejo temor a que los muchachos se burlaran de él y lo abochornaran. Bastaba que alguien se riera a su lado para que a Yegor le pareciera que se reía de él.

Yegor actúa igual que el despreciable profesor que en Alemania le humilló.

«En cuanto a los compañeros de la clase, para él se dividían, como las demás personas, en dos grandes grupos: por un lado, rubios de ojos azules, a quienes valoraba y deseaba acercarse, pero los temía por si lo rechazaban debido a su parte judía; y por otro lado, los de piel morena y ojos negros, a quienes no temía sino que despreciaba y con quienes no deseaba integrarse. Hacia los primeros mostraba su exagerado sentimiento de inferioridad, y hacia los segundos una acentuada altivez».

Ruth y su marido, Georg y Teresa vuelven a reencontrarse gracias a Lea, a la que le preocupa el comportamiento tan absurdo y peligros de su nieto Yegor. Marcus, hijo de Ruth, es un chico aplicado y brillante estudiante. Lea piensa que puede ser una buen influencia para el chico para motivarle en llevar una vida mejor. Pero el encuentro acaba en una gran decepción.  El muchacho despotrica «contra los los pensadores y eruditos, contra las ratas de biblioteca, y contra la intelectualidad judía, de la que era imposible desembarazarse, como de una joroba sobre la espalda».

También el doctor Landau y su hija Elsa han tomado el barco trasatlántico que les llevará hasta Nueva York. Llevan, después de vender parte de sus pertenencias, cuarenta marcos en los bolsillos. «(…) todo lo que la gente de las botas altas autorizaban sacar del país». Se instalan en una zona humilde de Manhattan, cerca de Harlem. Durante su forzado internamiento, la chica se ha esforzado y ha estudiado inglés. Gracias a sus capacidades, enseguida destaca en la ciudad como una reputada combatiente, siendo el quebradero de cabeza del cónsul alemán. Ya que con su activismo de propaganda contra el régimen, verbal y escrito, «vilipendiaba a los nuevos líderes de Alemania en auditorios repletos». Difundía escritos donde se «enfangaba» la figura personal del doctor Zerbe, el cónsul, hundiendo así su reputación y creando una mala imagen de él entre la opinión pública estadounidense».

«Temblaba de indignación cuando la doctora Landau lo ponía al descubierto, con una pluma tan cortante, y con un lógica y un humor que el doctor Zerbe nunca habría imaginado precisamente en una mujer».

«Con voz resonante, clara y firme exhortaba a no abandonar la lucha, sino a llevarla adelante hasta la victoria final».

El gran ejemplo lo da su padre. Ansioso por integrarse, por seguir siendo útil, consigue un puesto de trabajo en una granja avícola, donde puede poner en práctica sus conocimientos médicos. Esta vez con animales. Se siente feliz al sentirse útil y, como antaño, se entrega al trabajo y al estudio con ánimos renovados.

Yegor continúa escalando una montaña que le llevará a la cima de terribles consecuencias. Se enfrenta a su profesor y este, que ha intentado ayudarle no puede más. «(…) precisamente porque lo odias tanto, hijito, quiero que continúes con él hasta que te cures de los estúpidos prejuicios racistas con que te han llenado la cabeza», le contesta el director del instituto cuando Yegor solicita que se le cambie de profesor. Pero el chico odia todo lo que le rodea. A su padre le insulta con la palabra «judío». Llega a tener ideas suicidas, sólo para que, en caso de llevar a cabo su propia muerte, su padre tuviera que cargar con la culpa el resto de sus días.

«No veía ningún indicio de esperanza para él en el mundo. Extranjero en un país que le era hostil; humillado, debilucho y torpe, además tartamudeaba y nadie le comprendía. Ni soportaba a las personas a su alrededor ni ellos lo soportaban a él. Desde que nació, su suerte estaba echada. Fruto de la desdichada mezcla de dos razas enfrentadas, de dos sangres, estaba destinado a sufrir, primero al otro lado del océano, ahora en Estados Unidos, y en su vida entera. Una persona tan perseguida no tiene derecho a vivir, no puede esperar de la vida más que dolor y exasperación, fracasos y frustraciones. Poner fin a sí mismo era lo mejor. Y la mejor forma también de castigar a su padres. Toda su vida recordaría que él fue la causa de la muerte de Yegor y sufriría por ello».

Decide, sin embargo, marcharse de casa. Escribe al consulado alemán pidiendo a Su Excelencia, el cónsul que le autorice a «regresar a su patria». El doctor Zerbe ve en esta carta la solución a todos sus males. Ser egoísta, con ideas muy asentadas y despiadado sólo le interesa una cosa en el mundo, él mismo.

«El resto de los individuos sólo suscitaba su interés en la medida en que eran fuente de placer o de disgusto propio. Filósofo de vocación y avezado en historia y en ciencias naturales, sabía que las masacres, el sufrimiento, el robo y el asesinato eran tan antiguos como el hombre y seguirán existiendo mientras el mundo exista. El fuerte siempre oprimirá al débil, el lobo siempre devorará al cordero. No creía en los profetas judíos, según los cuales un día el león y el cordero morarán juntos. Pensaba, como los romanos, que el hombre es un lobo para el hombre. Sin duda, el cordero siempre protestará con gritos y balidos cuando el lobo se abalance sobre él con uñas y dientes, pero sería estúpido que el filósofo pretenda cambiar la naturaleza del lobo. El mundo pertenecía a los fuertes: se trataba de un axioma. La ley de la selección natural era un hecho científico, y sólo los ingenuos moralistas y predicadores derramaban lágrimas por ello; el filósofo sólo podía reflexionar acerca de la realidad tal cual era, y no deplorarla. Juzgando a los demás por su propia vara de medir, el doctor Zerbe estaba convencido de que su suerte no importaba al resto más de lo que la suerte de los demás le importaba a él. Cuando, dando vueltas en la cama, no lograba conciliar el sueño, nadie participaba de su tormento. Y tampoco le importaba a nadie cuándo caía enfermo, ni se preocupaban de sus dolores ni de su soledad».

Ve en la carta de Yegor a un fanático dispuesto a morir por una idea. Alguien al que poder manejar en beneficio de sus intereses. «Llevaba algún tiempo buscando a una persona del campo contrario, precisamente un judío, con intención de reclutarlo para su red».

«(…) parte de su función en el extranjero consistía en conocer qué ocurría en el restringido mundo de los inmigrantes y exiliados. Aunque en su mayoría eran personas amedrentadas que, asustadas, cumplían el compromiso de no hablar sobre el régimen que los había expulsado, ésta era una de las condiciones para recibir el permiso de salida, siempre había rebeldes que desobedecían. Y valía la pena averiguar quiénes eran, a fin de proceder a castigar a sus familias en el otro lado del océano».

«El doctor Zerbe necesitaba urgentemente a alguien de dentro, un refugiado y judío como ellos, una persona en quien confiaran, y que les sirviera a él de ojos y oídos en el campo enemigo. Examinó de nuevo la firma: Joachim Georg Holbeck, e intuyó que podría ser la persona enviada por el cielo».

«En el fondo de su corazón comprendía el sentimiento de un muchacho que, como una flor, había sido arrancado de la tierra donde creció y trasplantado a una tierra extraña, donde languidecía y se marchitaba».

«Así como en calidad de poeta podía simpatizar con el dolor de una flor arrancada de su tierra, en calidad de científico sabía que hay épocas en la historia de los pueblos en las que, en beneficio de la huerta, es necesario arrancar sin reparos algunas plantas, aquellas que la perjudican, dificultan el orden y la armonía del conjunto e incluso dañan el fruto. Ni por un instante ponía en duda la virtud y pureza de su corazón del noble joven que había venido a confesarse a él. Por supuesto que estaba totalmente de su parte. Pero existe algo que se llama justicia histórica, según la cual el pecado de los padres es transmitido a los hijos. Como hijo de un médico cirujano, seguro que comprendería que para salvar el cuerpo hay que sajar el tumor. (…) Él lo situaba en un escalón mucho más elevado: el plano de la necesidad histórica, del despertar del espíritu y del genio de un pueblo, lo que exigía mantener la conservación nacional y la pureza racial. La justicia histórica, sin embargo, no debe aplicarse a cada caso particular, sino que corresponde a las leyes generales. Y es aquí donde nace, como es natural, la tragedia del individuo libre de culpa, que se ve apresado como víctima de una necesidad histórica superior. Pero así es la vida: e el individuo se convierte en víctima de la colectividad, el hijo paga los pecados de los padres. En el caso de él, de Yegor, desafortunadamente, no había elección: siendo un claro descendiente de padre judío, encajaba en la categoría de judío cien por cien, de acuerdo con las normas fijadas por el Nuevo Orden, del predominio de la sangre del padre sobre la de la madre. Sin duda sabía lo rigurosas que eran las leyes en el renaciente país para posibilitar la legalización de alguien como él».

El doctor le engatusa, le dice que, por supuesto, él tiene salvación, salida pero exige «abnegación, esfuerzo y trabajo, paciencia infinita y obediencia absoluta».

«-Herr doctor, ¡yo estoy dispuesto a entregar mi vida en defensa de mi patria y a derramar mi sangre en la lucha contra sus enemigos, con tal de poder volver a casa!»

Pero Yegor espera que se le encomiende un papel heroico y militar, no el ser un simple espía.

«Ese oficio de espiar y transmitir secretos, de denunciar a las personas, siempre le había parecido ajeno.  Ni siquiera a sus padres había denunciado cómo lo había humillado el doctor Kirchenmeier en el instituto».

Nuevamente, Zerbe lo lleva a su terreno valiéndose de la debilidad emocional del muchacho.

«Deseaba ofrecerle una oportunidad, una rara oportunidad para redimir, por medio del fiel servicio, el pecado cometido por su madre al haber introducido sangre extranjera en sus venas. Si realizaba su trabajo cumplidamente, la patria agradecida le reconocería como ario en honor a sus servicios y, con el tiempo, le conferiría el privilegio de retornar a la tierra de sus antepasados. Era un privilegio que no se otorgaba a cualquiera. Ahora bien, la decisión era suya, podía comenzar un nuevo capítulo en su vida o permanecer en el antiguo».

Él no quiere ser un espía, introducirse, justamente, en los círculos por los que siente tanta repulsión, pero acepta.

Es fascinante con qué prosa Singer nos ha contado todo esta trampa, toda esta argucia. Como una araña, lentamente enreda a su presa en los hilos de su tela hasta matarla. En nombre de la patria, esa palabra que se convierte en casi una mujer protectora, salvadora, a la que hay que volver. Le hace ver, como buen nacionalista, que la patria es la madre, el refugio, a la que hay que querer ciegamente porque ésta le recompensará.

Hasta en el colectivo médico comienzan a producirse fisuras. La grieta que se abre es cada vez mayor ya que los locales están cansados de que los médicos que llegan de Alemania se crean con más conocimientos que ellos y mejores en la práctica de su profesión. Consideran que los recién llegados son presuntuosos y altaneros.

Georg suspende el examen. Se siente decepcionado porque ha invertido mucho esfuerzo y tiempo en la prueba. A todo esto se suma que la familia empieza a consumir sus ahorros hasta tal punto que tienen que empezar a empeñar objetos como un reloj de oro o el anillo con una piedra preciosa engastada que le había regalado Teresa. A esto le siguieron las joyas de Teresa, «artículos de cristal, jarrones, objetos de cerámica, copas de colores, encajes de Bruselas, porcelana de Dresde y otros diversos tesoros».

«Cuando ya no tenían nada más que empeñar o vender y necesitaban dinero para los gastos cotidianos, el doctor Karnoswky comenzó a buscar comprador para sus máquinas de rayos x».

Teresa le pide que no las venda, se ofrece a trabajar ella en lo que sea menester pero él no está dispuesto a pasar por eso aunque cuando sacan las máquinas de la casa siente un gran vacío en su corazón «como si sacaran el cuerpo muerto de un ser querido».

Malvendían todo y la incertidumbre por aprobar el examen en una segunda convocatoria era más que justificada debido a que no era cuestión de conocimientos, sino de suerte.

«Sin que mediara realmente conspiración alguna, muchos de sus colegas también comenzaron a suspender a los médicos inmigrantes, ante la eventualidad de que pusieran en peligro su medio de vida. Sólo unos pocos, entre los miles que se examinaban, conseguían aprobar. Aunque los candidatos no fueran identificables para los examinadores, éstos reconocían a los inmigrantes recientes por sus respuestas escritas, por su grafía, diferente de la estadounidense, o por el inglés, que no era su lengua materna y a menudo eso se notaba. Les suspendían por cualquier mínimo error o negligencia».

Georg decide ir a pedir trabajo en la construcción al tio Harry. Éste muy cabalmente le asegura que si diera trabajo a un extraño sin un permiso los sindicatos se le tirarían al cuello. Tragándose su orgullo decide pedir una oportunidad a Burak para hacerse buhonero como él. A pesar de que el viejo comerciante aún siente rencor por lo que le hizo en su día a su hija Ruth el arrogante muchacho que el joven era por aquel entonces, le persuade para que se olvide de ese oficio, le recuerda que es médico e incluso insiste en entregarle un préstamo para que vayan tirando porque ese no es trabajo para él.

«-Éste ha sido el oficio de nuestro pueblo durante generaciones, Herr Burak, es nuestro destino, respondió el doctor Karnowsky con una amarga sonrisa, y el hombre no puede escapar de su destino».

Yegor está comenzando lo que el cree una nueva y dulce vida. Ha conocido a Lotte y al hijo de su portera, Ernst y con ellos frecuenta el Club de la Joven Alemania, donde el chico se siente como en casa. Yegor no tiene habilidad para el trabajo que el doctor Zerbe le ha encomendado pero siente fascinación por el dinero que se le da y con el que se permite juerga a raudales. Ante esta situación, Yegor decide mentir y darle al doctor informaciones falsas que éste cree. El muchacho comienza a mentir a todos los que le rodean, incluso a su madre, pero esta sabe que las cosas no marchan bien y le insiste en que vuelva a casa. Georg cree que el mal se cierne sobre su hijo «como una pesada nube»

«La experiencia había enseñado al doctor Karnowsky que en el hombre, junto al instinto de conservación, coexiste el instinto masoquista y de autodestrucción. En el frente de guerra presenció cómo los soldados corrían hacia la muerte, movidos, no por el patriotismo o valor personal tal como afirmaban los sacerdotes castrenses y los generales, sino por un instinto de autoaniquilación».

El doctor Zerbe, cada vez más insatisfecho con el trabajo del joven judío, pero muy consciente de que ya le tiene atrapado, comienza a darle menos dinero por su trabajo. Sabe bien que el chico ya, echado a perder en el vicio y la fiesta, no va a despreciar el dinero por muy recortado que esté el sueldo porque lo necesita. Se conformará con lo que sea.

«El doctor Zerbe sabía, por sus conocimientos de historia, que desde siempre los judíos habían servido con lealtad a sus poderosos señores. Tanto si se trataba de un barbudo Itzik con su gabán, o de un Moritz afeitado y con levita, de un consejero de comercio de la corte, o de un converso director de teatro, abogado o agente, siempre aportaban energía y vitalidad, capacidad e iniciativa a todo lo que emprendían».

Yegor, como Hugo, se comporta como un soldado sólo capaz de cumplir órdenes. Carece de intuición e inventiva. El doctor le humilla diciéndole que él necesita «una cabeza judía» no la ineptitud que el chico demuestra. El joven se pone a sus pies, humillándose cada vez más. Le ruega que le devuelva a Alemania. Todas sus súplicas caen en saco roto. Yegor siente, de repente, una soledad inmensa. Sin hogar, sin dinero y sin esperanza de comenzar una nueva vida se encuentra vacío. Se presenta a la agencias de colocación pero Ernst le embarca en una nueva locura, venderlo todo e ir a buscar trabajo al campo. Por supuesto, la aventura sale mal. Sus amigos le abandonan cuando los planes se tuercen.

«En sus noches de soledad sacaba más de una vez la fotografía de su madre, lo único que conservaba de su vida anterior, y pensaba con tristeza en lo preocupada que estaría por él, en cómo sufriría y lo buscaría. Se prometía escribirle una carta, pero no llegaba a hacerlo. Y cuantos más días pasaban, más difícil se le hacía. Una especie de embotamiento mental le llevaba a la indiferencia hacia todo y todos, y especialmente hacia sí mismo en su soledad».

Regresa a Nueva York con el propósito de quemar su último cartucho y reclamar al doctor Zerbe todo lo que le prometió en un principio. El trato que le da el doctor es denigrante para culminar en proponerle que sea su criado personal.

«Yegor debería saber que, desde que el mundo es mundo, las personas se dividían en dos clases: señores y servidores. Sólo moralistas majaderos pensaban que eso podía ser cambiado. Los pensadores y los eruditos, por su parte, lo consideraban una ley natural, una fatalidad irrefutable. Estaba claro que él, Yegor, no se contaba entre las personas destinadas a mandar, porque el destino no lo había dotado con ese talento. Y puesto que los dioses no lo habían favorecido así, haría bien en conformarse con su suerte. No debía rebelarse sino ser servil y obediente, y le iría bien en la vida».

«Los antiguos griegos, los sabios y los filósofos entendían mejor la vida. No se rodeaban nunca de mujeres, sino que preferían sus jovencitos esclavos como criados personales. Los buscaban entre las mejores familias de los pueblos que conquistaban, entre hijos de príncipes y nobles. Incluso de la conquistada Jerusalén llevaron a Grecia jóvenes príncipes judíos y los vendieron como objetos de placer y esclavos a ricos aristócratas y filósofos griegos. Y también él, el doctor Zerbe, griego de espíritu, filósofo y hombre de gusto, quisiera tener en su casa a un muchacho auténticamente cumplido, sensato y obediente».

Un nuevo acoso del doctor Zerbe, aún más repugnante que las humillaciones anteriores, hacen despertar a Yegor y llevarle a la locura y al peor de los desenlaces. Dos disparos, uno a la puerta de la casa de sus padres, hace alarmar a Georg que ya esperaba que esto pudiera suceder.

«Agarró la mano de su padre y la besó. Georg se sintió tan conmovido por ese beso de su hijo, el primero en años, que interrumpió su labor por un instante para depositar un beso en sus labios. Enseguida volvió a concentrarse en su labor de cirujano. Cubrió el sudoroso rostro de Yegor con un paño y vertió el éter, gota a gota sobre él».

«Los primeros rayos del amanecer horadaban la espesa niebla y filtraban por la ventanas la tenue luz del sol naciente».

Esta novela es una de las mejores que he leído nunca. Con prosa magistral, personajes construidos de forma admirable de principio a fin y un ritmo que no decae en ningún momento, hacen de ella una obra maestra de la literatura. Fascinante.

 

 

 

12Feb/24

TORTURA BLANCA. NARGES MOHAMMADI (PARTE 1)


Narges Mohammadi (Zanjan, Irán, 1972), ganadora del Premio Nobel de la Paz 2023 y una de las principales activistas iraníes a favor de la democracia y los derechos humanos, escribió este libro titulado Tortura blanca para hacerle saber al mundo entero lo que ocurre en las prisiones de la República Islámica de Irán. Un testimonio de gran valor, donde se recogen las experiencias de ella misma y catorce mujeres más. Alianza Editorial editó este libro donde se subraya que la vida entre rejas de estas inocentes, ya que ninguna de ellas cometió delito alguno, «está sometida a crueles vejaciones: sufren acoso y palizas por parte de los guardias, aislamiento total, denegación de cualquier tipo de tratamiento médico, interrogatorios extenuantes, castigos disciplinarios…» Se apunta que la ira del aparato represor iraní también se cierne sobre sus familias «que son amenazadas y no conocen el paradero de las prisioneras.»

Todas ellas son presas de conciencia o rehenes utilizadas «como moneda de cambio». «Mediante la tortura física y psicológica, el Estado iraní cree que puede reformar sus almas.»

Estas entrevistas se realizaron mientras las mujeres estaban en prisión o a la espera de juicio. «Son documentos asombrosos de humanidad, resistencia e integridad», se recalca en la cubierta del libro. «Mientras los iraníes siguen luchando a favor del movimiento «Mujer, Vida, Libertad», Tortura blanca carga contra el régimen teocrático iraní por sus crímenes.»

Mohammadi, periodista, licenciada en Física y madre de dos hijos, sigue encarcelada en una prisión de Irán. Su labor de activismo a lo largo de los años luchando por la abolición de la pena de muerte, por el derecho a la protesta pública y a favor de los derechos de las mujeres iraníes, ha sido elogiada por Amnistia Internacional, Reporteros sin Fronteras y PEN.

Comprometida con el movimiento «Mujer, Vida, Libertad» (Zan, Zendegi, Azadi), organizó protestas durante el Día Internacional de la Mujer cuando estaba encarcelada en la prisión de Evin, en Teherán.

El Comité Noruego del Nobel dijo que Mohammadi es una mujer, «una defensora de los derechos humanos y una luchadora por la libertad.»

The New York Times recogió que la investigación de la activista, basada en entrevistas a reclusas realizadas en la cárcel «ofrece una experiencia impactante acerca de la herida psicológica que producen el aislamiento total y las condiciones de vida en las cárceles de Irán.»

Tortura blanca, el libro que les invito a abrir hoy, representa, con estas entrevistas y las tristes y aterradoras experiencias que se recogen en ellas, a otras miles de mujeres que, como ellas, están encarceladas en Irán.

La gran escritora y traductora Clara Janés (Barcelona, 1940), miembro de la Real Academia Española (RAE) ha colaborado en la edición de este libro.

El prólogo del volumen está escrito por la abogada Shirin Ebadi (Hamadán, Irán, 1947). Militante por los derechos humanos y la democracia fue la primera mujer iraní y musulmana en recibir el Premio Nobel de la Paz en 2003.

El libro contiene, además, la carta que Mohammadi envió al Comité Noruego del Nobel, un apunte sobre la escritora a manos de Nayereh Tohidi y una introducción de Shannon Woodcock.

Les dejo con algunas de las experiencias de la autora del libro y con las del resto de mujeres. Son tan conmovedoras como crueles.

NIGARA  AFSHARZADEH

«Rebuscaba en toda la celda por si encontraba algo, como por ejemplo una hormiga; y cuando encontraba una, tenía cuidado de no perderla. Hablaba con la hormiga durante horas, lloraba y sollozaba. Rezaba durante largas horas. Tenía la sensación de que veía a algunos de los profetas. Cuando dormía, tenía sueños extraños y al despertarme no me los creía. Durante el día andaba mucho, tanto que mis piernas ya no me respondían. Cuando me traían la comida, desmenuzaba el arroz y lo esparcía por el suelo con la esperanza de encontrar alguna hormiga u otros insectos para poder entretenerme con ellos. Deseaba tener algo vivo en mi celda. Cuando una mosca entraba me daba una alegría enorme. La vigilaba con mucha atención y, cuando se abría la puerta de la celda, trataba de evitar que la mosca se escapara. Dentro de la celda andaba detrás de ella y le hablaba.»

«No me daba cuenta del paso del tiempo. Multitud de veces tocaba el botón para avisar a las guardias que necesitaba ir al aseo. Las guardias venían adormiladas y yo les preguntaba: «Disculpe, ¿cómo se prepara la sopa Ash?». Preguntaba sobre las recetas de comidas o sobre cuestiones sin sentido. No sabes cuánto se enfadaban. Me gritaban y golpeaban la puerta, diciendo que eran las tres o las cuatro de la madrugada y que por qué no me dormía y las dejaba dormir a ellas. Pero yo me sorprendía al ver que ellas dormían. No sabía cuándo era de noche. Tocaba el botón sin ninguna razón, salvo para ver a un ser vivo.»

«Me desesperaban tanto la soledad y el desamparo que terminé haciendo cosas muy extrañas. Por ejemplo, masticaba el pan que me daban de comer, hasta que se ablandaba en mi boca. Después formaba con él una muñeca o una cruz para mi hijo pequeño. Pero cuando salía para ir al baño, las guardias aprovechaban para buscarlas y romperlas.»

«Lo que me destrozaba en los interrogatorios eran los insultos y las humillaciones. Parte de los interrogatorios se centraban en mis relaciones sexuales. No podía creer que hicieran este tipo de preguntas a una mujer. Un interrogador me pidió que describiera cómo había tenido sexo con cierto hombre (con el que yo había estado casada durante un tiempo). Hice todo lo que pude para evitar responder a esas preguntas, pero no lo conseguí. Al final le dije: «Lo mismo que hace usted. ¿Qué cosas hace usted con su mujer? Pues yo hacía lo mismo». «No, me lo tienes que describir y que mostrar», me dijo. Yo imité el acto sexual sobre la silla.»

ATENA DAEMI

«Muchas veces intentaba pensar en cosas a las que no había dado importancia cuando estaba libre. Curiosamente, ahora las echaba de menos. Intentaba desgranar el pasado. Intentaba recordar los libros que había leído o la música que me gustaba. Los primeros días pensaba que nadie me oía. Un día llamaron mi atención unos golpes en la pared. Era un simple ruido, pero era un sonido, y había roto el silencio. Me di cuenta de que había alguien al otro lado. Me apresuré a establecer comunicación con la gente de las celdas de alrededor. (…) Un día apoyé la cabeza sobre el suelo escuché el llanto de un hombre que provenía de la planta inferior, y se me encogió el corazón. Golpeé el suelo para intentar decirle que no estaba solo, y me oyó. Dejó de llorar y me contestó con otros golpes.»

«Al levantarme intentaba tomar el desayuno muy despacio para que pasara el tiempo. Recogía los cabellos caídos en el suelo. También recogía las migas de pan y las ponía en el vaso de té. (…) Doblaba las mantas, me sentaba apoyando mi espalda en ellas y miraba las paredes. Procuraba encontrar formas en el mármol. Me aburría.

Echaba pan seco a las hormigas. Después de la comida dormía un poco y luego hacía dibujos en el plato con la cuchara de plástico. Hacía frío y me dolían las piernas o se me dormían. Tenía mareos y si caminaba dando vueltas en la celda me encontraba peor. Parecía que las paredes se caían encima de mí.

Había un recorte de periódico pegado con pasta de dientes en la pared por un preso anterior, creo que llegué a leerlo cientos de veces. Me sabía de memoria los escritos, los nombres y las poesías que otros presos habían escrito en las paredes. Cuando, después de cincuenta días, tuve un bolígrafo llené todas las paredes de las poesías que me gustaban.»

ZAHRA ZEHTABCHI

«Intentaba no dormir mucho y leía los escritos que los anteriores presos habían escrito en las paredes.

Durante el día, memorizaba versos del Corán, tres azoras cada vez, y escribía de vez en cuando algunas frases en las paredes. Pero cada cierto tiempo los empleados de la prisión pintaban de nuevo las paredes de la celda con el fin de borrar esos escritos.»

«Leía el Corán antes de entrar en prisión. Todos los días leía dos páginas con su traducción en persa. También leía el Corán junto a otras amigas, estaba acostumbrada a su lectura. Pero a lo largo de un año, durante mi confinamiento en la celda de aislamiento, lo leí catorce veces de manera cuidadosa y dándole significado.

Esta labor tuvo un efecto tremendo a la hora de reforzar mi resistencia. Resistí gracias a mis creencias religiosas.»

NAZANIN ZAGHARI- RATCLIFFE

«Una vez lloré tanto que me caí desmayada. Otro día, en el interrogatorio, la presión que recibí me dejó tan mal que me caí de la silla. El interrogatorio en Kermán siempre me dañaba mucho psicológicamente. Las miradas y el trato del interrogador me hacían mucho daño y yo le tenía mucho miedo. (…)

En Kermán no me sentía bien: lloraba y gritaba. Leía mucho el Corán. Lo leí entero siete veces. Hablaba con Dios, gritaba y me desmayaba.

Cuando volvía en mí, me veía con el rosario en la mano y caída en la alfombra de rezo. Entonces me daba cuenta de que llevaba mucho tiempo sin sentido.»

«Tenía mucho estrés, no sabía que pasaría en el futuro. Siempre me preguntaba por qué me habían quitado a mi hija a la que daba el pecho. Tenía una imagen en mi mente en la que ella se apartaba el pelo de su cara. Por las mañanas, cuando abría los ojos, buscaba a Gisoo, pensaba que estaba en un sueño y no podía creer que estaba separada de ella, echaba mucho de menos bañarla, acostarla en su cuna…»

«Padecía de perdidas de memoria. En la celda pensaba durante muchas horas, pero no recordaba ni cosas sencillas de mi vida cotidiana.»

MAHVASH SHAHRIARI

«Ellos querían humillarme y derribarme, pero eso nunca ocurrirá. Me decía que aquello para mí sería una experiencia espiritual. Me acordé de lo que dijo Nietzsche: el sufrimiento que no venza a un ser humano, le hará más fuerte. Y decidí volver a casa más fuerte.»

«Una celda de aislamiento no es solamente un habitáculo pequeño, estrecho, oscuro y sin vida. Allí, constantemente y cada vez más, aumenta la presión sobre la acusada con interrogatorios duros y machacantes, intimidaciones, insultos, amenazas a la familia y los amigos, incomunicación, falta de noticias y desconocimiento de los planes que tienen los carceleros respecto a ti, a tu familia y a tu comunidad. En todo momento te planteas decisiones delicadas sobre cómo debes responder a cada una de sus preguntas… Ellos exageran constantemente, juran, gritan y mienten, para conseguir agotarte y lograr que te rindas.

La prolongación del régimen de aislamiento tiene serias consecuencias físicas y psíquicas. La soledad, la desorganización mental, la falta de estímulos sensoriales, como luces, colores, sonidos, olores o, simplemente, una mirada normal y sin enemistad, poco a poco altera la concentración mental y el equilibrio psíquico de la persona.»

«Rezaba largas oraciones y repetía lo que ya me sabía de memoria. También andaba y pensaba. Andaba sin descanso por la celda y recitaba en voz alta las poesías y los textos que me sabía de memoria. Había programado mis pensamientos, es decir, cómo y en qué pensar. Por ejemplo, pensaba en los interrogatorios, los analizaba y reflexionaba sobre ellos. Pensaba en mi casa, mi familia, mis compañeros y mis amigos. Intentaba evitar los pensamientos inútiles y no perder el control.»

«Además, la falta de contacto social y de conversaciones normales, tuvo efectos negativos mentales y morales, sobre todo para mí que era profesora y durante años di clases en institutos educativos. He expresado claramente todo esto en mis poesías.»

«Me fijé en el espejo que había allí, y vi a una persona que desconocía totalmente. La miré bien y me pregunté quién era: «¿Quién puede haber aquí, salvo la funcionaria y yo?». Cuando miré otra vez me di cuenta de que no había nadie más. Solo estábamos nosotras dos. Entonces entendí que aquella mujer, con su chador y un aspecto pálido y delgado, con cabellos blancos y cejas largas, era yo misma. Me puse mala, ¿cómo era  posible que no me reconociera a mí misma?»

«La experiencia de la prisión es larga, especial y única: una vida llena de sufrimiento, privaciones y soledad. Es una experiencia que consiste en sobrellevar el peso de la injusticia y de soportar tratos claramente vejatorios y una inmoralidad amarga y desnuda. La vida en prisión se basa en la negación de todas las necesidades naturales y humanas, pero al mismo tiempo abre las puertas de la poesía, del pensamiento y del significado del valor del corazón y del alma. Es una manera de alcanzar la certeza en la victoria final de la verdad; es la experiencia ascética de encontrar la Haqq al- Yaqin

HENGAMEH SHAHIDI

«Cuando no tenía un libro me ponía muy nerviosa. Pero cuando me daban algún libro me ponía a leer y eso cambiaba mi estado de ánimo. Cada día leía unas ochocientas páginas y eso era de gran ayuda para pasar el tiempo.»

«Aprovechando mis experiencias anteriores, hacía deporte durante dos horas diarias, entre los periodos de lectura. El deporte consistía en andar dentro de la celda o hacer estiramientos. Algunos días andaba hasta siete kilómetros dentro de la celda. La manera de calcular la distancia era muy sencilla: una ida y vuelta era aproximadamente cinco metros, y como mi rosario tenía cien cuentas, una vuelta entera del rosario eran 500 metros y entonces catorce vueltas del rosario eran siete kilómetros. La cuenta de las catorce vueltas las hacía con huesos de dátiles.»

«La prohibición de realizar llamadas y de recibir visitas hacía aún más difícil tolerar la situación en la celda. La luz que estaba encendida a todas horas día y noche irritaba mis ojos, me privaba del sueño y era una especie de tormento. Soporté situaciones difíciles cuando me enfrenté a groserías, a palabras vulgares y a insultos sexuales.»

REYHANEH TABATABAEI

«Echaba de menos a mi madre, y sufría por no poder escapar de aquel ambiente. Al no tener radio ni televisión, era muy difícil entretenerme en algo para pasar el tiempo. A veces me sentía muy deprimida. Una vez me dieron un ejemplar del periódico Bahar en el que habían publicado mi detención y la de mis compañeros, lo leí y me emocioné mucho. (…)

En la celda me dejaron el libro Da, de casi 700 páginas y lo leí siete veces. Cuando leí las primeras cien páginas, volví a empezar de nuevo para no acabarlo tan pronto. Les pedí más novelas, pero no me dieron ninguna. Más tarde me di cuenta de que leer este libro e imaginar las escenas de guerra, matanza y muerte, me hacía daño y empeoraba mi estado de ánimo.»

«En la celda andaba mucho y hacía ejercicio sentada y tumbada. Pasaba mi tiempo haciendo cosas, por ejemplo, un rosario con corteza de naranja para calcular el tiempo.»

SIMA KIANI

«Lo que más me hacía sufrir era no tener nada para entretenerme y para pasar el tiempo; no había libros ni prensa, nada… todo esto me resultaba muy difícil.

Parte de los días los dedicaba a rezar; procuraba dormir para no enterarme del paso de las horas. Mi celda estaba cerca del cuarto de los funcionarios de prisión, y me llegaban sonidos incomprensibles de los programas de televisión que veían. Intentaba reconocer esos ruidos y de esa forma mantenerme mentalmente activa, y terminé por familiarizarme con los sonidos.

Durante los diez días de interrogatorios me sentí mejor porque, para mí, suponía estar ocupada con algo y, por lo tanto, prefería que me interrogaran a estar sola en la celda sin poder hacer nada.»

«Con el paso del tiempo, las funcionarias ya me conocían  mejor, de modo que aumentaron el tiempo de patio hasta media hora o más. Eran momentos placenteros de soledad, una ocasión para dar paseos, en los días lluviosos caminaba en una zona bajo cubierto, y los dedicaba a la oración en voz alta y a llorar y rogar a Dios.

Cuando volvía a la celda, sentía una iluminación espiritual enorme.»

«Fue una experiencia irrepetible, tal vez única en la vida, agonizante pero excepcionalmente espiritual. Espero que sus buenos efectos duren el resto de mi vida. Sé que el futuro de mi país es brillante y que los prejuicios, el odio y la enemistad desaparecerán de la tierra.»

FATEMEH MOHAMMADI

«Los interrogatorios eran muy duros porque me insultaban de forma horrible y vejaban a mi familia, sobre todo a mi madre y, por supuesto, a mí misma. Por ejemplo, decían que la iglesia cristiana era como un casino. Me echaban en cara que leyera la Biblia y no el Corán.

Se entrometían en los asuntos más íntimos de mi vida, cosas que no tenían nada que ver con las acusaciones contra mí, y en términos muy vejatorios. Me hablaban de asuntos privados y de mis relaciones familiares. Tachaban de cobarde a mi padre y yo me sentía indefensa. Una vez, sollozando, le dije al interrogador: «¡Quiero a mi padre!», y él se quedó callado.»

«Era llamativo que, cuando se trataba de hacerme preguntas sobre el cristianismo, tenía que llevar la venda y sentarme de cara a la pared; solamente me la podía quitar cuando tenía que escribir algo. Sin embargo, cuando formulaban preguntas acerca de mi vida personal y privada como mujer, hacían que me quitara aquel trapo y que les mirara a los ojos.»

«Me habían sometido a un estado de abandono absoluto; ya ni siquiera me interrogaban. En esta situación, sufría delirios y aquello me preocupaba gravemente. Les decía que no tenían nada de lo que acusarme, que por qué no me sacaban de la celda, pero ni siquiera me hablaban.

Aunque los interrogatorios iban acompañados de malos tratos y vejaciones, los prefería, porque así, al menos, podía salir de la celda. Estaba dispuesta a aguantar cualquier cosa con tal de dejar el aislamiento, aunque solo fuera escuchar los pasos de alguien andando.»

«En cuanto a la gravedad de la situación en la celda de aislamiento, solamente puedo decir que a veces hacía cosas de manera inconsciente e involuntaria, y después, cuando volvía en mí misma, me veía arrodillada entre sollozos, rezando y reclamando a Cristo y hablando con él. Pensaba que salvo Jesucristo nadie más me iba a socorrer.»

SEDIGHEH MORADI

«Desde el primer interrogatorio me estiraron el cuerpo para atarme los pies y las manos a una tabla, y me daban continuos azotes con un cable en la planta de los pies. Todo mi cuerpo temblaba y no dejaba de llorar. Parecía que me estaba muriendo. En mi espalda no sentía mucho dolor, pero me retorcían la cabeza y esto me provocó serios daños en los tendones del cuello. Recuerdo que me desmayé y para despertarme me echaban jarras de agua. Yo no podía ponerme de pie, pero me obligaban a hacerlo. Aun y con todo, el dolor de la tortura se puede tolerar mejor que escuchar los gemidos de otras personas que están siendo torturadas.»

«Recuerdo un día que, como consecuencia de los latigazos, me sentía muy mal. Empecé a cantar unos himnos. Entonces yo estaba soltera y no vivía con mi familia, así que pensaba en mis amigos. Recordar las cosas que había hecho y los sitios que había visitado era una forma de entretenimiento. No tenía el Corán, pero recitaba algunos versículos que sabía de memoria. Pensaba en las películas que había visto. (…) Hablaba en voz alta y trataba de escuchar mi voz como si viniera de otra persona. En la celda reinaba un silencio absoluto. Los momentos más agradables eran cuando los hombres de la planta de arriba entonaban himnos. El sonido más bello era escuchar las campanadas del reloj de la Universidad Nacional; entonces era consciente de que la vida continuaba. Escuchar el ruido de una moto o la voz del frutero me daba vida.»

«Me sentía al margen de todo, olvidada y pedía ayuda a Dios. Repetía todo lo que sabía para que la soledad no me hundiera todavía más. Un día, una mariposa se posó en la moqueta. Entablé con ella una conversación. Fue un momento grato y agradecí su presencia.»

«Una vez escuché a una madre imitando a su hijo y me resultó algo muy agradable. Al principio creí que habían llevado a la prisión a un niño, pero luego descubrí de qué se trataba.»

NAZILA NOURI Y SHOKOUFEH YADOLLAHI

«Me golpearon en la cabeza durante el arresto y como resultado tuve muchos problemas. Uno fue que perdí el sentido del olfato. Mi herida en la cabeza se infectó y tuve fiebre. (…) Era difícil pero yo intentaba seguir bien. La verdad es que dentro de la celda me sentía tranquila.»

«En general, siento que durante este período muchas cosas que eran valiosas para mí fuera de prisión ya no me importaban, y cosas que antes daba por sentado, como caminar por la calle Pasdaran, ahora tienen un significado diferente.»

MARZIEH AMIRI   

«(…) había escritos de otras personas presas allí antes.

Era como si los mensajes te dieran señas de aquellas personas. Gente desconocida pero con la que te sentías unida. Los escritos en las paredes eran como un canal de comunicación, un puente entre los que estuvieron antes y los que estábamos hoy, y eso me daba ánimos.»

«De entre las baldosas del patio habían brotado unas flores amarillas. Yo ya conocía esas flores. Una amiga me había hablado de ellas. Durante su detención eran los únicos seres vivos que le recordaban la vida. Por estas flores me di cuenta de que era el mismo sitio en que había estado mi amiga. Sentía que ya no estaba sola y que Parisa estaba conmigo.»

«Cuando estás en un espacio cerrado, todo lo que forma parte de la vida cotidiana de un ser humano desaparece.

En los interrogatorios me preguntaban de todo. Solo escuchas la voz de tu interrogador, y cuando vuelves a la celda, estás completamente sola. La soledad de una celda de aislamiento es muy diferente a estar sola en libertad. En la celda nadie está a tu lado. Te apetecer charlar, pero no puedes. Hay momentos en la celda en los que tienes la sensación de que las paredes se derrumban sobre ti. Sientes que las paredes se van aproximando cada vez más unas a otras y que te van a aplastar. Esa sensación era muy fuerte y me cortaba el aliento.»

«No había nada en la celda para entretenerse. Solo podía trastear con mi mente. A veces me imaginaba en una reunión de amigos y, así, hablaba con ellos. Procuraba imaginar conversaciones sobre temas ajenos a la prisión, para no perder la conexión con el exterior.»

«Antes de ser encarcelada, a veces me sentaba durante horas a pensar, por ejemplo en una parada de autobús. O me acostaba durante dos horas y simplemente pensaba cosas sin nigún propósito, pero en la celda de aislamiento no hay nada que estimule tu mente.

A veces intentas recordar cosas del pasado, y repasarlas, pero llega un momento en el que te agotas y te aburres de ese esfuerzo. Son momentos muy tristes. En ocasiones no recuerdas ni los instantes más bellos ni los sucesos más importantes de tu vida. Es como si en un sitio abarrotado y desordenado buscaras algo sin poder encontrarlo.»

«Hacía mucho ejercicio. Bailaba, hacía muecas y movimientos con el cuerpo y me reía mucho con aquel juego.»

«Me sentía muy mal. Di un puñetazo a la pared. En ese momento casi enloquecí y experimenté miedo, no hacia el interrogador o la prisión: tenía miedo de mí misma. Di un puñetazo a la pared porque quería sentir dolor físico.»

«Reflexionar y tener ganas de vivir eran mi mayor y principal apoyo. Cuando me sentía frustrada por todo, pensaba que podía crear una esperanza real en aquel momento si conectaba mi pasado con mi futuro. Este deseo también me ayudó a no dejarme intimidar por el interrogador. Creer que mi vida iba a continuar me ayudó a seguir viviendo, no solo durante los interrogatorios. Recordé lo que había oído sobre otras prisioneras. Pensé en cómo ellas también habían vivido y resistido en aquellas celdas. Mi cabeza estaba llena de su resistencia, resiliencia y firme resolución. El hecho es, por supuesto, que las condiciones de aislamiento son tan duras que es muy difícil tener una férrea voluntad de resistir. A veces olvidas completamente el significado de esa idea, porque simplemente termina convirtiéndose en un concepto vacío.»

«(…) solo el nacimiento de un poder interior te sostendrá. Hasta ese momento, desconocías la existencia de ese poder. Es algo que te ayuda a enfrentarte a esa situación de violencia. En realidad, en esas circunstancias, el ser humano lucha por sobrevivir, tal vez nada salvo el instinto de supervivencia sea capaz de lograr que sigas adelante.»

«A veces mi cerebro o mi voluntad dejaron de resistir, pero algo muy dentro de mi cuerpo y de mi alma, algo orgulloso que resistía en lo más profundo de mi yo roto, me empujó a seguir luchando.»

«Este sistema quiere imponernos que un grupo, al tener mayor fuerza, puede y está legitimado para ordenar y dirigir a los otros grupos porque carecen de poder. En este hecho puede verse el denominador común entre la atmósfera de los interrogatorios y la lógica de la sociedad patriarcal. En los interrogatorios, el interrogador, desde la fiscalización, la violencia, la imposición del castigo, tiene el mismo rol que el padre, el esposo, el hermano y el Gobierno hacia la mujer.»

«En la situación tremendamente desigual e injusta creada por el interrogador, la mujer que ya viene herida de una situación discriminatoria anterior y generalizada, puede poner en marcha una resistencia nacida en ella desde la experiencia de su día a día.»

 

 

 

 

12Feb/24

TORTURA BLANCA. NARGES MOHAMMADI (PARTE 2)


  • Tortura blanca
    recoge las propias experiencias carcelarias de la autora, Narges Mohammadi antes de dar paso a las catorce voces que recogió la activista en forma de entrevistas. Aquí les dejo algunas de las partes de la narración que más me han llamado la atención.

NARGES MOHAMMADI

«Era la primera vez que me encerraban en una celda. ¡Qué lugar tan extraño! Una caja minúscula sin ventana ni ninguna comunicación con el exterior. Una trampilla de luz muy pequeña en el techo dejaba ver el cielo. Pero estaba a una altura elevada, de tal forma que apenas iluminaba el interior de la celda. Muy arriba y dentro de un hueco de la pared había una bombilla de 100 watios que nunca se apagaba.»

«Repasaba en mi mente lo que había oído sobre el funcionamiento del aislamiento: tortura blanca y lavado de cerebro. Ahora, vivía lo que había oído y leído, y como también sabía de las terribles consecuencias que el aislamiento podía provocar, inconscientemente sentía miedo.

No sabía dónde me encontraba ni qué me esperaba. El desasosiego causado por aquel lugar y el desconocimiento de lo que podía pasarme en el futuro me afectaban como un veneno mortal. Me preguntaba: ¿es posible tratar así a un ser humano? ¿Qué pasa con nuestros derechos de respirar, andar e ir al baño libremente y de escuchar la voz de otra persona y hablar con ella? El efecto de estar privada de los derechos más básicos me atemorizaba más que la preocupación por las acusaciones, el juicio y la condena.»

«La longitud de la celda era solo tres pasos y recorrerlos me causaba mareos, pero no tenía otro remedio. Cuando me sentaba por un tiempo prolongado tenía la sensación de que las paredes se cerraban sobre mí. Por las noches, antes de dormir, cantaba canciones. (…) Después de tanto tiempo sin oír una voz, cuando me escuchaba a mí misma me sorprendía.»

«Realmente, ¿cómo se puede llegar a sospechar que, por ejemplo, no ver el sol o no sentir la brisa sobre la piel o entre los cabello, o la imposibilidad de oír un sonido o de romper el silencio puede afectar tanto a la voluntad de luchar y continuar viviendo?»

«A veces pensaba que el problema residía en que yo era una persona extrovertida, social y abierta y alegre. Me reprochaba que si en momentos de soledad, a fin de entrenarme, me hubiera encerrado en una habitación vacía y sin ruido, me habría resultado menos difícil soportar la celda de aislamiento. Culpaba por no aguantar bien la detención de la celda, a mis ejercicios, a mi espíritu alegre, a mis gustos personales y a mi inclinación por disfrutar de las cosas y pasarlo siempre bien. sin embargo, me reafirmaba en todo mi activismo, y en mis principios, opiniones y posiciones conceptuales y políticas.»

«(…) la celda de aislamiento y el pabellón de seguridad no eran solo un espacio geográfico, sino que había ciertas características psíquicas, mentales y humanas concretas que moldeaban la celda y garantizan sus efectos: las voces desabridas y groseras de los guardias de prisión, las cucarachas muertas en los suelos polvorientos, las cortinas sucias y oscuras, las vendas en los ojos de los acusados, sandalias demasiado grandes y pies sin calcetines, la ropa inadecuada y de mala calidad, las rejas metálicas llamadas ventanas, las largas horas sentada en el suelo con la espalda apoyada en la pared de los cuartos de interrogatorio, los enfrentamientos con la gente, los gritos y las voces enojadas, la indiferencia de los médicos ante el estado de sus pacientes, los sonidos secos y pesados de las puertas de las celdas al cerrarse de golpe, los ojos vendados e incluso dentro de las salas y en el pasillo que conduce de la celda al baño…»

En la introducción del libro, titulada En solidaridad, Shannon Woodcock, hace un breve resumen histórico del país y de las actuaciones del régimen. Además, explica claramente en que consiste la tortura blanca.

«El régimen iraní, que actualmente se aferra al poder con un alto coste para la población, quedó instaurado en 1979, después de dos años de revueltas populares contra la dinastía gobernante, los Pahlavi. Aunque el régimen islámico llegó al Gobierno con promesas de terminar con el sistema del sah y su extensa red de inteligencia, un poder judicial corrupto y la tortura generalizada, en lugar de eso fortaleció estas instituciones con el mismo fin de control social, y se ha negado en todo momento a tolerar la misma disidencia. Desde 1979, el régimen ha perseguido sistemáticamente a personas por sus ideas políticas (comunistas, de izquierdas y sindicalistas, entre otros) y a fieles de religiones distintas del islam chií. El Estado ha excluido institucional y socialmente a los bahaís, cristianos y derviches, y ha utilizado el sistema penitenciario, con torturas e interrogatorios, para obligar a los presos a retractarse en público de sus creencias y actos.

El régimen islámico ha empleado la legislación y la coerción física para crear una sociedad en la que las mujeres y las minorías étnicas y religiosas tienen restringidos los derechos educativos, laborales y de libre circulación. Las personas que se organizan políticamente, protestan o se expresan en contra del Estado sufren persecuciones, encarcelamientos y ejecuciones. Como se verá, el Estado iraní intimida y persigue a las familias de generación en generación, con amenazas (que a veces cumple) de cárcel y tortura a los hijos de los presos políticos, para arrastrar a las familias a una exclusión socioeconómica total. La República Islámica es un Estado carcelario: la intensa crueldad y tortura en las prisiones sirve para enviar un mensaje al mundo entero.

Esto resulta inaceptable.

La resistencia pacífica al régimen ha sido constante y  va en aumento. Se ven protestas de grupos de derechos humanos y familias contra los encarcelamientos y las ejecuciones secretas, públicas y masivas, que el régimen perpetra con o sin garantías procesales.  (…) Desde los años noventa, el régimen iraní ha modificado sus técnicas de tortura porque no acepta la existencia siquiera de individuos con ideas religiosas, éticas o políticas que no se ajustan a las del Estado. Así, ha pasado del daño físico para la obtención de información a centrarse en la conciencia humana. La tortura blanca constituye el núcleo de este método en el sistema carcelario y se usa de forma generalizada, junto con la reclusión y el aislamiento de los presos políticos. Su objetivo es romper de modo irreversible la conexión entre el cuerpo y la mente de una persona para obligarla a retractarse de sus actos y principios.»

¿Qué es la tortura blanca?

La tortura blanca despoja a los presos de todo estímulo sensorial durante largos periodos y se aplica, junto con el aislamiento y los interrogatorios, a presos políticos y de conciencia. El Estado a menudo procede a encarcelamientos sin juicio formal previo, de manera que el recluso es consciente de que, al estar en prisión sin haber sido juzgado, no existe ningún tribunal imparcial al que recurrir. El encarcelamiento sin juicio se emplea como herramienta de tortura y opresión en Irán. (…)

La tortura blanca se aplica mediante la estructura arquitectónica de la prisión, el comportamiento de los funcionarios y las preguntas de los interrogadores. Se controla la luz de la celda para que el cuerpo no distinga el día de la noche y se alteren los patrones de sueño. A los presos se les vendan los ojos al salir de la celda. El daño que causa la privación del aislamiento y los interrogatorios se agrava por el hecho de lo que reclusos únicamente pueden sentir el contacto de mantas ásperas y paredes de hormigón. El único olor de la celda suele ser el de un retrete fétido que no se limpia nunca para menoscabar el sentido olfativo. Se les sirve siempre la misma comida tibia e insípida en un cuenco de metal y el té en un vaso de plástico. (…)

Al igual que otras formas de tortura, la tortura blanca está diseñada para dejar secuelas que perduren incluso después del tiempo en prisión. Quienes la sufren arrastran continuas afecciones médicas y psicológicas al haber experimentado las atrocidades de las que son capaces los seres humanos.»

El libro incluye un apartado titulado Un apunte sobre Narges Mohammadi escrito por la profesora Nayereh Tohidi. Aqui, además de realizar un repaso por los diversos encarcelamientos de la activista y su compromiso desde su época universitaria se realza la forma de actuar tan inusual y esperanzadora de Mohammadi.

«Narges Mohammadi es una persona escuchada y respetada entre la sociedad civil y los movimientos críticos con el régimen iraní porque es una figura que une y no divide. Ha contribuido al acercamiento de los grupos progresistas en lugar de generar divisiones o polarizaciones. Ha evitado el sectarismo y se ha mostrado muy activa en la construcción de coaliciones que abarcan todo el espectro de orientaciones políticas, además de defender la diversidad y el pluralismo. Son las suyas unas características muy valiosas y rara vez presentes en muchos líderes de la cultura política dominante en Irán.

Narges forma parte a su modo de la creciente contracultura iraní que se opone a la cultura violenta y ascética pregonada por los islamistas extremistas y fanáticos: una cultura de amor a la vida que aboga por la búsqueda de la felicidad, la libertad y la igualdad. A diferencia de los extremistas religiosos en el poder que sacralizan la austeridad o, llenos de hipocresía, fingen en público ser ascetas, piadosos y rigurosos «hombres de Dios» y en privado llevan una vida inmoral, Narges es de quienes creen que debemos promover de manera clara y sincera, la belleza, la felicidad, la no violencia y la alegría.»

«Narges Mohammadi es una de las más comprometidas defensoras de los derechos humanos y civiles de Irán; destacada activista contra la pena de muerte; relevante abogada de los derechos de las mujeres; vicepresidenta del Consejo Nacional para la Paz; y vicepresidenta y portavoz del Centro de Defensores de los Derechos Humanos.

Narges ha sido una de las presas de conciencia más valientes y enérgicas de la República Islámica de Irán. Su resistencia constante y no violenta contar lo que califica de «tiranía» y su rebeldía contra las leyes y políticas opresivas durante veintiocho años, dentro y fuera de la cárcel, le han granjeado el respeto nacional e internacional.»

En el prólogo, la abogada iraní Shirin Ebadi, Premio Nobel de la Paz 2003, escribe así sobre Mohammadi:

«Desde las elecciones presidenciales de 2009, Narges ha entrado en prisión en reiteradas ocasiones por sus actividades como vicepresidenta y portavoz del Centro de Defensores de los Derechos Humanos. Esta organización lucha por la abolición de la pena capital.

Hoy se encuentra en la cárcel de Zanyán, sufriendo una reclusión ilegal incluso según las leyes de la República Islámica. El encarcelamiento fue debido a mostrarse contraria las condiciones de los presos. Muchos manifestantes habían muerto en las protestas contra el Gobierno celebradas en noviembre de 2019 por todo el país. Para conmemorar el cuadragésimo día de esas muertes y como acto de solidaridad con las familias, Narges había organizado una sentada con más presos. Había informado con enorme valentía a las autoridades y al público de que la huelga tendría lugar en las oficinas del pabellón de mujeres del penal de Evin en Teherán. Al tercer día, acudió al despacho del director de la prisión convocada para reunirse con su asistente legal. Gholmarza Ziaei, director del presidio, la insultó y amenazó de muerte. Sin mediar palabra, Narges quiso regresar a su celda. Ziaei la estampó contra la pared y la golpeó brutalmente, le ocasionó moratones por todo el cuerpo, le rompió contra una puerta de cristal las manos y se le llenaron de sangre. Pese a las heridas las autoridades la trasladaron de inmediato a la prisión de Zanyán. Narges presentó contra el director de la cárcel una denuncia deliberadamente ignorada.»

«Ningún muro de la cárcel ha impedido que la voz de Narges llegue a la gente. Cuando descubrió en la prisión de Evin que las reclusas, a diferencia de los hombres, no tenían derecho a llamar por teléfono a sus familiares e hijos, convocó una campaña para «apoyar a las madres encarceladas». La iniciativa atrajo la atención de los iraníes en todo el mundo y obligó al Gobierno a rectificar, con la consiguiente concesión a las mujeres de ese derecho.»

«Narges ha cumplido ya más de siete de los diez años de condena y técnicamente puede acceder a la libertad condicional, pero está privada de los derechos de una reclusa normal. Las presas pueden comprar carne, verduras o fruta en la tienda de la prisión, pero ella lo tiene prohibido. Por consiguiente, desde su traslado a la cárcel de Zanyán solo come la ración diaria para las internas: patatas, huevos y pan.»

«Tortura blanca constituye otro rugido de esta leona. (…) ha sido siempre la abanderada de la oposición a este método de confinamiento, antes incluso de entrar en prisión, y ha continuado con esta lucha desde la cárcel.

Para expresar esta protesta, ha realizado entrevistas a varias reclusas, concretamente a las presas de conciencia encarceladas junto a ella.

Cuando la gente rememora sus experiencias al cabo de unos años, resulta inevitable que algunas partes se olviden o se mezclen con otros recuerdos. Por eso son tan importantes estos registros inmediatos.»

 

 

 

 

12Feb/24

TORTURA BLANCA. NARGES MOHAMMADI (PARTE 3) CARTA DE NARGES MOHAMMADI AL COMITÉ NORUEGO DEL NOBEL

Lo que recojo a continuación son algunos de los extractos de la carta que Narges Mohammadi envió al Comité Noruego del Nobel, en octubre de 2023 desde la prisión de Evin, agradeciendo el premio que le había sido otorgado en reconocimiento a su labor. Con esta carta y un prefacio conmovedor se inicia Tortura blanca.

Carta de Narges Mohammadi al Comité Noruego del Nobel

«En un intento de denunciar la concesión del premio, los medios de comunicación de la República Islámica transmitieron el anuncio oficial en la Sección de Mujeres de la prisión de Evin. En cuanto el presidente del comité Berit Reiis-Andersen empezó con las palabras «Zan, Zendegi, Azadi» («Mujer, Vida, Libertad»), estallaron los gritos exultantes de las compañeras de celda, a modo de eco de ese contundente lema. Sus voces se fundieron en una sola y resonaron con el «poder de protesta» de los iraníes en todo el mundo.

Las potentes ondas de este lema, que sonaron en dos lugares muy distantes entre sí en el mismo y trascendental momento histórico, expresaban el enorme e inmenso poder del pueblo, así como su papel decisivo en el clima político mundial de nuestros días.

La loable decisión del comité de empezar el anuncio con una referencia al movimiento revolucionario de Irán supuso un momento crucial para todos los movimientos sociales y de protesta del mundo entero, que representan una fuerza motriz fundamental del cambio en las sociedades actuales. Honrar con este galardón a una defensora de los derechos humanos otorga una relevancia especial a todos estos movimientos.

Los habitantes de Oriente Medio, sobre todo quienes vivimos en Irán y Afganistán, no aprendemos la importancia de la libertad, la democracia y los derechos humanos en los libros de texto, sino mediante nuestra experiencia personal de opresión y discriminación. Hemos adquirido una comprensión profunda de estos conceptos, y nos hemos alzado en contra de aquellos que los transgreden y vulneran, porque desde la infancia, y en nuestra vida diaria, hemos afrontado la opresión, la violencia expresa y sutil, el acoso y la discriminación por parte de gobiernos autoritarios.

Cuando tenía tan solo nueve años, asistí a los lamentos de mi madre por la ejecución de su sobrino, un joven estudiante. También presencié el llanto de mi abuela por la tortura que había sufrido su hijo. En aquel entonces, no tenía ni idea de lo que significaban la «ejecución» o la «tortura». Mis inocentes sueños infantiles se desmoronaron sin remedio.»

«A los diecinueve años me detuvieron por llevar un abrigo naranja. En el centro de reclusión y acompañada de numerosas reclusas, me quedé atónita y completamente aterrada al contemplar a hombres enfurecidos vestidos de negro que, sin ningún proceso legal, propinaban a cuatro mujeres latigazos con saña.»

«Afirmo que la República Islámica de Irán no impone el hiyab obligatorio por sincero respeto hacia las normas religiosas, costumbres y tradiciones sociales, ni para salvaguardar, como sostiene, la reputación de mujeres.

Al contrario, su objetivo manifiesto consiste en someter y controlar de este modo a las mujeres para ejercer, a su vez, el dominio sobre la sociedad iraní en su conjunto. Se ha legalizado y sistematizado esta tiranía y represión hacia las mujeres. Las mujeres de Irán ya no están dispuestas a tolerarlo. El hiyab obligatorio es un instrumento de dominación, diseñado para extender el imperio del «despotismo religioso». Durante cuarenta y cinco años, este gobierno ha institucionalizado la pobreza y la penuria en nuestro país. Es un régimen que se sustenta en la mentira, la manipulación y la coacción, con políticas que fomentan la inestabilidad y el belicismo, y que constituye una seria amenaza para la paz y la seguridad de la región y el mundo.»

«Como pueblo de Irán exigimos democracia, libertad, derechos humanos e igualdad. La República Islámica se erige como el principal obstáculo para la expresión del anhelo colectivo del pueblo. Nuestra voluntad es inquebrantable. Aspiramos a construir con solidaridad y vigor un proceso pacífico e imparable cuyo fin sea alejarnos de un gobierno religioso tiránico y restaurar la gloria y el honor de Irán, y que así el país esté a la altura de su pueblo.»

«Nuestra victoria no será fácil, pero está garantizada.»