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17May/24

¿QUIERES HACER EL FAVOR DE CALLARTE, POR FAVOR? RAYMOND CARVER


¿De qué va Gordo? De una camarera que sirve a un cliente muy gordo «de aspecto cremoso» que pide mucho pan con mantequilla y tiene los dedos gruesos.

«Creo que empezaremos con un ensalada César, dice. Y luego una sopa y más pan y mantequilla, si hace el favor. Tomaré las chuletas de cordero, creo, dijo. Y patatas asadas con nata agria. Luego veremos el postre. Muchas gracias, dice, y me devuelve la carta».

¿De qué va Vecinos? De dos parejas, los Miller y los Stone. Los Stone se van de vacaciones y los Miller se preocuparán por regar las plantas de sus amigos y dar de comer a Kitty, la gata.

«Registró los cajones de arriba hasta encontrar unas bragas y un sostén».

¿De qué va ¡Habrase visto…!? De que un tal Vern y su chica espían a una mujer a través de la ventana.

«Pero desde entonces vigilo, y puedo jurar que el tipo lo hace cada dos o tres noches, a veces más a menudo. Lo he visto ahí fuera hasta lloviendo».

¿Y, No son tu marido? De un vendedor llamador Earl y de su mujer, Doreen, que trabaja de turno de noche en un pequeño restaurante. Earl compra una báscula y  obliga a Doreen a ponerse a dieta.

«Luego cogió una copa y se dio la vuelta para servir un helado. Se agachó y, doblada por completo sobre el congelador, se puso a sacar un helado con el cacillo. La falda blanca se le subió hacia arriba por las piernas, se le pegó en las caderas. Y dejó al descubierto una faja de color rosa y unos muslos rugosos y grisáceos y un tanto velludos, con una alambicada trama de venillas».

¿Y…, ¿Es usted médico? De una cita que tiene un hombre casado llamado Arnold Breit con una mujer misteriosa llamada Clara Holt.

«Horrorizado de sí mismo, sabiendo que se despreciaría luego por hacerlo, Arnold se levantó y le rodeó torpemente la cintura con los brazos. Ella se dejó besar, agitada y trémula, y durante un instante fugaz cerró los párpados».

¿Y, Nadie decía nada? De un chico que finge estar enfermo para no ir a la escuela y decide ir a pescar a Bich Creek.

«En mi casa no había nadie. De pronto estamos en mi cuarto, bajo las mantas. Me pregunta si se puede dejar puesto el suéter, y yo le digo que sí, que no me importa. También se deja las bragas. Está bien, digo yo. No me importa».

¿Qué cuenta ¿Qué hay en Alaska? Cuenta lo que sucede en una velada de cuatro amigos alrededor de una pipa de agua. Carl, Mary, Helen y Jack.

«Carl les vio ir a la cocina. Se recostó sobre el cojín y les siguió con la mirada. Luego se inclinó hacia delante muy despacio. Entornó los párpados. Vio a Jack alargara la mano y buscar algo en un estante de la alacena. Vio a Mary pegarse a Jack por detrás y pasarle los brazos alrededor de la cintura».

¿Qué cuenta Recolectores? Cuenta el momento en el que un desempleado ve interrumpida su tranquila jornada en el hogar por un tipo llamado Aubrey Bell, un vendedor de aspiradoras.

«Y le voy a aspirar también el colchón, señor… Le sorprenderá ver lo que puede acumularse en un colchón con los meses, con los años. Todos los días, todas las noches de nuestra vida vamos dejando briznas de nosotros mismos, pizcas de esto y lo otro que se quedan ahí. ¿Y adónde van estas briznas y pizcas? Pues pasan a través de las sábanas y se incrustan en el colchón».

¿Qué cuenta, Póngase usted en mi lugar? Cuenta el encuentro entre dos parejas, los Myers y los Morgan, en vísperas de Navidad. Mr Myers ha renunciado a su trabajo para dedicarse a escribir. Quiere ser escritor.

«Le invadió una suerte de turbación cuando vio las ventanas iluminadas, la nieve en el tejado, y la rubia en el camino de entrada. Las cortinas estaban descorridas, y un árbol de Navidad parpadeaba hacia ellos desde la ventana.

Se apearon del coche. Myers cogió por el codo a Paula al pasar por encima de un montón de nieve, y echaron a andar hacia el porche delantero. Habían avanzado apenas unos pasos cuando un perro de tupidas greñas salió como un rayo de la esquina del garaje y se echó encima de Myers».

¿De qué va Jerry y Molly y Sam? De un hombre llamado Al. No pasa por su mejor momento. Están despidiendo a gente de su trabajo, tiene una amante, paga doscientos dólares mensuales por el alquiler de su casa y siente que todo en su vida va a la deriva. Tiene treinta y un años y quiere empezar a poner orden en su enmarañada existencia. Empezará por abandonar a Suzy, su perra.

«Un hombre que es capaz de quitarse de encima a un animalito como Suzy no vale nada. Un hombre así sería capaz de hacer cualquier cosa, no se detendría ante nada».

¿Y…, ¿Qué es lo que quiere? De un tal, Leo y una tal, Toni. Están arruinados y deciden vender el coche.

«Leo y Toni aún tenían muebles. Leo y Toni tenían muebles, y Toni y los niños tenían ropa.(…) El acondicionador de aire portátil, los electrodomésticos, la lavadora y la secadora nuevas… todo se lo habían llevado en camiones semanas atrás. ¿Qué más poseían? Cuatro fruslerías, nada, cosas demasiado usadas o que llevaban tiempo cayéndose a pedazos. Pero en su haber figuraban la grandes fiestas y viajes del pasado. A Reno y a Tahoe, a ciento treinta kilómetros por hora por al autopista, con la capota bajada y la radio a todo trapo. Y la comida. La comida había sido una de las grandes partidas. Se daban grandes banquetes. Leo calcula miles de dólares sólo en exquisiteces. Toni iba a la tienda y compraba todo lo que veía».

¿Qué cuenta Señales? Cuenta la cena en la que Caroline celebra su cumpleaños con Wayne en un elegante restaurante situado al norte de la ciudad, que regenta un gentil caballero llamado Aldo.

«Pero cuando miró hacia atrás vio que Aldo tomaba la mano que Caroline le tendía, vio que Aldo juntaba los talones con elegancia, vio que Aldo besaba a Caroline en la muñeca».

¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? es el libro de relatos que les invito hoy a abrir. Veintidós maravillosas narraciones del gran escritor norteamericano Raymond Carver (1939-1988), editadas por Anagrama. Este fue su primer libro de relatos. Publicado en 1976, supuso la consagración inmediata del autor. Carver tiene el poder de mantener nuestra atención desde la primera frase de la narración hasta el final, aunque este nos deje en ocasiones indiferentes y en otras llenos de preguntas sin respuesta. A Carver le gusta hablar de la gente sencilla, corriente, en su mayoría pertenecientes a la clase trabajadora. Le gusta colocar a ese tipo de gente en lugares y situaciones vulgares, cotidianas. Pero todo, por muy conocido que nos parezca, no deja de inquietarnos sin llegar a comprender el porqué. Esto hace de él un autor único e imprescindible. Es enorme la maestría que posee para desarrollar diálogos y para describir, con poco más de cuatro elementos, los sitios donde se desarrollará la acción. Todo es extraordinariamente americano, lo trágico y lo bello.

La obra termina con el cuento que da título al libro. Raplh y Marian se conocen en la universidad y acaban casándose. Son la pareja perfecta. Tienen hijos y buenos trabajos. Solo una mancha negra cae sobre ellos. No hablan sobre el tema pero  Ralph sufre frecuentemente al pensar que su mujer le ha sido infiel con un tal Mitchell Anderson.

«-Siempre me has dicho que no llegó a besarte. Que sólo te pasó el brazo por los hombros mientras conducía. ¿Así que en qué quedamos?»

«Bueno, el caso es que estaba muy ingenioso. Al menos me lo pareció entonces. Y muy borracho. Lo mismo que yo, para ser franca. Fue un impulso, Ralph. No sé por qué lo hice, no me los preguntes, pero cuando dijo que nos fuéramos… accedí».

«Tuvo el pensamiento fugaz de que si no se hubiera casado estaría en cualquier otra parte haciendo algo distinto aquella noche, de que si no se hubiera casado podría estar en algún lugar silencioso y apacible».

«Se detuvo. Sintió que iba a vomitar. Se acercó al bordillo. Tragó saliva una y otra vez. Alzó la vista hacia un coche lleno de quinceañeros que le dedicaron al pasar una larga secuencia de su claxon melódico. Sí, una colosal maldad tiraba del mundo, pensó, y sólo necesita una pequeña trampa. una pequeña brecha».

Carver fue uno de los escritores más influyentes del siglo xx y, por supuesto, de la literatura norteamericana. Su estilo se caracteriza por ser depurado y simple. El escritor fue uno de los mayores representantes del movimiento literario originado en Estados Unidos y conocido como realismo sucio, al que pertenecen autores como Charles Bukowski o Richard Ford.

Anagrama ha publicado sus seis libros de relatos, este que les presento y los siguientes: De qué hablamos cuando hablamos de amor, Catedral, Tres rosas amarillas, Si me necesitas, llámame y Principiantes.

 

 

 

 

08Abr/24

DELATORA. JOYCE CAROL OATES

«En la gran familia de católicos irlandeses a la que pertenecía nuestro padre se le había educado en el convencimiento de que las familias permanecen unidas. Los inmigrantes irlandeses las habían pasado muy negras para llegar a los Estados Unidos, ni siquiera se los consideraba «blancos» en algunos ambientes, como a italianos, griegos y judíos, hasta incluso los años cincuenta. Así que los irlandeses se mantenían unidos, al menos en teoría.

No en teoría sino en la realidad, y comprometiéndose a fondo, una familia tenía que proteger a los suyos. Podías pelearte con tus familiares, un hermano o una hermana, podías pelearte con tus padres, pero en esencia uno seguía unido al resto, no abandonaba ni traicionaba a los otros. Uno nunca aireaba los trapos sucios fuera de casa; eso era imperdonable.

Dentro de la familia nunca mentías cuando lago era de verdad importante, y nunca hacías trampa.

Te ponías de parte de tu hermano contra tu primo, y de parte de uno y otro contra el de fuera.

Darías la vida por tu familia y (quizá) darías la vida por tus amigos más cercanos, tal y como los soldados darían la vida por sus compañeros (del alma)».

Delatora es el libro que hoy les presento. Una obra magnífica de la estupenda escritora norteamericana Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938). Los Kerrigan son una familia numerosa, de origen irlandés. Una familia católica donde «No se hablaba de ciertas cosas y para muchas de ellas tampoco existían, en cualquier caso, las palabras adecuadas«. La familia es «un destino especial». De la familia en las que has nacido no puedes escapar, se apunta ya en las primeras páginas del relato. Jerome, Miriam, Lionel, Les, Katie, Rick y Violet Rue son los hijos de Jerome y Lula. Violet Rue, su hija pequeña es la que nos narra la historia en primera persona. Ella, al ser la menor, no ha conocido los felices años de matrimonio de sus padres. Presenta a la pareja de una forma muy particular:

«Entre ellos habían muchas cosas que no se decían. Ahora que soy mayor he llegado a entender que su conexión estaba, como las raíces de los árboles, llena de nudos, y era subterránea e invisible».

El padre es bebedor, trabajador, católico, infiel, amante del boxeo, fontanero de profesión, generoso con los demás y ha combatido en Vietnam. Aceptaba la realidad de la mala suerte y quería a sus hijos de diferente manera.

«Y a mis hermanos los quería de una forma diferente a como nos quería a mis hermanas y a mí, con un amor más extremo, más exigente, mezclado con impaciencia, en ocasiones con burla; un amor hiriente. En mis hermanos se veía a sí mismo y, en consecuencia, encontraba fallos, incluso vergüenza, necesidad de castigarlos. Pero también padecía una ceguera, la imposibilidad de separarse de ellos».

Lula, la madre, es una mujer insatisfecha con la vida que lleva. Se siente desgraciada. Demasiados hijos, demasiadas responsabilidades, demasiados convencionalismos. Y además, un marido ingrato, un suegro obsceno y unos hijos que se le escapan de las manos. Fracasa en su jardín como fracasa con todo. «¡No consigo tener nada! ¡Nada en absoluto! Cada maldita cosa que quiero me la quitan.«, lamentará.

Violet adora a sus hermanos, los siente como sus protectores. «Eran divertidos: groseros y vulgares», dirá. «Por lo general no me hacían el menor caso».

Lionel y Jerr se han metido en un lío. Han participado en el abuso sexual a una chica, una vecina con «necesidades especiales», llamada Liza.

Ha pasado el tiempo, han sucedido cosas terribles, un chico afroamericano de diecisiete años, también vecino, Hadrian Johnson ha muerto a consecuencia de las graves heridas que sufrió en la cabeza una noche a principios de noviembre cuando volvía en bicicleta a su casa. Fue agredido por unos individuos aún sin identificar.

Una llamada anónima señaló la presencia de un joven «molido a golpes» que yacía inconsciente en la calzada.

Jerr ya tiene diecinueve años y se ha convertido en ayudante de fontanero. Lionel, de dieciséis, es un pésimo estudiante de secundaria. Jerr está cansado de trabajar y piensa que las chicas están compuestas por «diferentes clases de cerdas». Beben y exprimen al máximo cada noche de sábado montados en un Chevrolet, acompañados de sus amigos. Dicen ser chicos sin prejuicios raciales, aunque aclaran que no se mezclan con los afroamericanos. Cuando aparecen como sospechosos alegan que sólo le querían dar un susto, nunca atropellar al muchacho. Aseguran no haber llegado a ver el rostro de su víctima hasta después.

«Cuatro jóvenes blancos en un automóvil, un solitario chico negro en bicicleta, un sábado por la noche, muy tarde ya, pero no, no eran racistas».

Violet ha visto a sus hermanos llegar a casa. Les ha escuchado hablar en el garaje. Han lavado el coche, han lavado un bate de béisbol. Se han lavado las manos y los antebrazos. Quieren librarse del bate cuanto antes. Piensan cómo. Van a la cocina a beber unas cervezas. Violet entra en la cocina. Violet promete que no dirá nada mientras prueba la cerveza por primera vez.

La madre Kerrigan habla de lo mal que lo hace la policía, de lo injusta que está siendo la investigación. Está convencida de que todo lo que está sucediendo se debe a que los chicos son blancos, que no hay otro motivo. No quieren ver la realidad, ni ella ni su marido.

«Dado que No podían haber hecho aquella cosa tan terrible, pasaron a ser Los que no habían hecho aquella cosa tan terrible.

Dado que Aquello no podía ser posible, hubo que convertirlo en No es posible. No era posible.

Dado que No serían capaces de mentirnos, hubo que concluir que No nos han mentido. Son nuestros hijos«.

El padre plantea una coartada a la madre:

«Jerome, no creo que yo… No creo que pueda…

Escucha. No nos están mintiendo… Estoy seguro. Pero a otras personas podría parecerles que es eso lo que hacen. A los hijos de puta de esta ciudad nada les gusta tanto como joder a chicos blancos decentes».

En una acalorada conversación con su madre, a Violet se le escapa el secreto del bate. No tiene más remedio que contarle la verdad.

«Son ellos… Son los que busca la policía.

Pero mamá me daba la espalda (…) Estaba furiosa, temblando. No se volvió. No dio señales de haberme oído (…)».

En la iglesia de San Mateo, Violet, de tan solo doce años, se confiesa ante el padre Greavy. Con voz «precipitada y temblorosa» cuenta todo lo que sabe.

«(…) pero el padre Greavy me interrumpió para objetar que yo no tenía ni idea de lo que estaba diciendo. Son acusaciones muy graves. (…) Con un susurro sibilante, el padre Greavy dijo que estaba en juego la vida de mis hermanos. ¡No, no! No quería oir nada más. (…) El padre Greavy no quería más revelaciones histéricas acerca de un bate de béisbol. Nada acerca de un «Hadrian Johnson» que nunca había sido feligrés de la parroquia de San Mateo. No quería problemas; si se le preguntaba, afimaría no tener ni idea de quién era yo».

Lionel intenta matar a Violet tirándola por las escaleras. La niña cuenta todo en el instituto.

«Se convertiría en materia de alegato judicial: la información no solicitada, obtenida sin coacción, puramente voluntaria, que proporcionó a la policía de South Niagara la hermana de doce años de los sospechosos de agresión a Hadrian Johnson, que había culminado con su muerte.

Y de esa manera quedó decidido el resto de mi vida».

«¡Cómo has podido, Violet! Arruinarnos así la vida…

Tu padre ni siquiera es capaz de hablar de ello. Ni de hablar de ti.

Cuanto más tiempo estés aquí, mejor. En casa no hay sitio para ti«.

Los Servicios de Protección a la Infancia trasladan a Violet, por seguridad, fuera del hogar, a un centro de acogida. El objetivo es acabar en casa de sus tíos, pero de momento allí es donde van a visitarla su hermana mayor y su madre. «También se me hizo saber que mi familia no quería que volviese a casa… nunca». La voz de la madre es acusadora, sus gestos fríos. Evita mirarla. Violet sólo quiere cariño.

«Me conmocionó, porque ya era yo casi tan alta como ella. Una chica grande y desgarbada de doce años que pronto cumpliría los trece, con el deseo de encogerse y de empequeñecer hasta volver a ser la Violet Rue de pocos años atrás, cuando tanto mi madre como mi padre me querían sin reservas».

El bate se ha encontrado enterrado en propiedad municipal. Es de Jerome, no cabe duda. Las huellas dactilares de ambos hermanos están impresas allí. Además, en el cuero cabelludo de Johnson se habían encontrado «pequeños fragmentos de la madera con que estaba fabricado el bate». Les aconsejan que se declaren culpables, pero no de homicidio doloso sino involuntario. Jerome recibe la pena más severa, de nueve a quince años. Lionel, de siete a trece. Al declararse culpables, Violet no tuvo que testificar contra sus hermanos ante un tribunal.

Ya instalada en casa de su tía Irma, Violet continúa con la esperanza de que su familia la perdone. Les escribe cartas, postales, les anuncia su graduación pero no contestan. Se siente como si fuese «un perro que sigue moviendo la cola una y otra vez mucho después de que todo el mundo lo haya abandonado».

«Esa era la gran debilidad, querer agradar, que te quieran. Renuncias a todo tu orgullo buscando agradar, que te quieran«.

«¡Violet! ¿Sabes? De todas las chicas sólo te he querido a ti«.

Violet topa con un profesor de matemáticas, el señor Sandman. Es su profesor y ella es su alumna favorita. La lleva a su casa para darle tutorías especiales. Violet come los ricos dulces que se le ofrecen y bebe chocolate caliente, sidra y zumo de arándanos. Él la llama Blancanieves y Bella Durmiente. El señor Sandman cree que lo único que han hecho los hermanos de Violet es sacrificarse. Lo cree porque él es un nazi. Piensa que los negros carecen de sentido moral. «Son avaros y lujuriosos. El promedio de su cociente intelectual es muy inferior al de blancos y asiáticos».

«-A tus hermanos se los ha martirizado porque son blancos, Violet. (…) Estoy convencido de que son inocentes. Se estaban defendiendo. O los provocaron. Como he pronosticado, se está cociendo una guerra racial».

El profesor abusa sexualmente de chicas. De Violet, durante siete meses. La ha drogado sistemáticamente con barbitúricos. Ese profesor que regala dulces, pócimas para dormir, hace fotografías a sus víctimas mientras adormiladas reposan en la bañera y en la cama y las engatusa con el volumen del conocido matemático Lewis Carroll titulado Juegos, rompecabezas y problemas matemáticos de Lewis Carroll.

Han pasado siete años, las pocas noticias que Violet recibe de su familia siguen viniendo de su hermana Katie. Lionel ha estudiado en la cárcel y ha obtenido un diploma equivalente a la educación secundaria, Jerome se ha tatuado, es miembro de la Hermandad Aria y ha visto aumentada su condena en seis años por participar en la agresión «casi mortal» contra otro recluso. Lionel no consigue la libertad condicional. El abuelo ha muerto. Violet cree que ir al funeral será una buena idea para ver a su familia. Lo hace pese a que Katie intenta persuadirla. Una vez en la iglesia nada sale como esperaba. Huye. En casa de la tía Irma y el tío Oscar, las cosas cada vez van peor. Su tío Oscar ha cambiado de carácter. Tanto es así que incluso acostumbra a tocarse en presencia de su sobrina. «Como si Sandman le hubiera cedido la posibilidad de disfrutar a tu costa», piensa la chica.

Cuando Violet cumple los dieciocho años, se despide de su tía. Es el momento de empezar una nueva vida. Está becada para la Universidad de St. Lawrence. Allí irá, a quinientos kilómetros de distancia.

Violet tiene veinticinco años. Nunca cuenta nada de sus hermanos. Nunca cuentan que cumplen una pena por homicidio. Ahora tiene una nueva vida. Cada día de San Valentín, escribe una tarjeta anónima a los Johnson con algo de dinero. No sabe por qué lo hace. Ellos, en cualquier caso, no saben que detrás de ese gesto está Violet. Violet sigue estudiando y ahora trabaja, también como empleada de hogar, para pagarse los gastos. Acabará con el doctor Orlando Metti, el hombre para el que trabaja limpiando. Es acaudalado, atractivo y elegante. Él le promete pagarle los gastos de la universidad. Le regala joyas, un coche y un pañuelo de seda. Le da propinas, dinero, mucho dinero. Después viene la violencia. Tampoco sabe Violet cómo se ha metido en esto. Sólo quiere que alguien la cuide, que alguien la quiera. Tiene miedo a la reacción de Lionel cuando éste salga de la cárcel.

La próxima parada de esta huida será en Mohawk, Nueva York. «-Sólo corro para seguir viva», confesará. Se matricula en una nueva universidad. El destino la hará reencontrarse con Tyrell Power, aquel chico negro tímido y brillante al que el profesor de matemáticas, el racista profesor Sandman, odiaba. Aquel chico negro que ahora es profesor de Ciencias Económicas. Ese chico al que ella dejó una nota en la taquilla que decía, te quiero. Ese mismo chico al que ahora, convertido en un hombre, le deja su número de teléfono en la casilla de profesor, con la esperanza de que la llame.

Lionel es puesto en libertad. Su hermana Katie la mantiene informada de todo. Papá ha muerto y su madre está en pleno tratamiento de un cáncer. Pero ahora, con la muerte repentina del padre, las cosas se han calmado. Katie anima a Violet a que se reencuentre con los suyos. ¿Será esta una decisión acertada? ¿Podrán llegar a perdonarse? ¿Volverán a ser una familia y quizás recomponer el hogar? ¿Dónde se establecerá el hogar, el corazón de Violet?

Esta hermosa y dura novela, que les invito a abrir y que habla de la transformación de una vida, de una familia, del dolor de romper con tus raíces, contiene muchas cosas más. Se ponen sobre la mesa, con absoluta maestría narrativa, temas tan importantes como la educación rígida y patriarcal consentida por una madre convencional, el racismo, la lealtad ciega de un tronco familiar frente a la verdad, la misoginia o los abusos sexuales. Una obra completa que resume la historia estadounidense reciente.

«¡Cuánto se parece una familia a un árbol gigante! Por muy dañado que esté el árbol, empezando a morir y a pudrirse, las raíces siguen entrelazadas bajo tierra, indisolublemente».

«-Se dice que la vida no tiene ningún significado intrínseco, y que solo le proporciona significado el tener una familia, mantenerla unida, y viva, y mantenerte vivo tú mismo».

«Tiempos felices. Uno podría haber pensado que durarían siempre. Como si se tratase de unos dibujos animados en la televisión, exagerados e increíbles».

 

 

22Mar/24

NOSOTROS MATAMOS A STELLA. MARLEN HAUSHOFER

«Oh, Stella, cuánto más muerta estoy yo que tú! A ti todavía te aman y te mantienen cientos de pequeñas raíces en la tierra húmeda».

Stella, que tiene quince años y sabe muy bien lo que hace.

Stella, entregada y predispuesta.

Stella, torpe y tímida.

Stella, que incluso cuando estaba alegre «su rostro grande y discreto permanecía impasible».

Stella, que viste de rojo porque le gusta este color y el amarillo.

Stella, que se arrojó contra un camión amarillo vestida de rojo.

«Fue una delicadeza por parte de Stella bajar de la acera como por azar, de forma que se pudiese pensar fácilmente en un accidente».

Stella, que de niña estuvo en un internado.

Stella, que heredará una farmacia y a su madre esto, le fastidia.

Stella, que estudia Comercio, en vez de Farmacia.

Stella, que nunca estudia. «Se le daban bien los animales y las plantas, realizaba de buena gana trabajos rudos y hacía chaquetas y calcetines con lana gris y mala para familias pobres».

Stella, que tiene una madre que no siente la muerte de su hija.

Stella, que era guapa pero «sin pizca de encanto ni gracia».

Stella, que quería estar muerta y «con la misma dejadez ciega con la que se había dejado caer en la vida, abandonó esta existencia que había olvidado sujetarla con un poco de amor, bondad y paciencia».

Stella, que era elegante.

«Su elegancia, que era la elegancia de su corazón, la demostró en la forma que escogió para morir, regalándonos a todos la posibilidad de creer en un accidente absurdo».

Stella, que durante un breve periodo de tiempo fue muy feliz pero «incapaz de aprender las reglas del juego». «No supo adaptarse, tuvo que morir».

Stella, que ha llegado para quedarse diez meses en casa de Anna y Richard.

Stella, que llega a la casa » de nuevo arrinconada por su madre» y sin ser bien recibida por la pareja.

Luise, la madre de Stella, amiga de Anna, se lo ha pedido. A pesar de la unión de 30 años entre las dos mujeres, Anna no siente ningún aprecio por ella.

Nosotros matamos a Stella, de la gran escritora austriaca Marlen Haushofer (Frauenstein,1920- Viena,1970), es el libro que esta semana les invito a leer. Editado por Editorial Contraseña, esta novela, publicada por primera vez en 1958, se desarrolla en el marco de una familia burguesa de los años cincuenta. Como se señala en el brillante e interesante epílogo, escrito por Rosa Marta Gómez Pato, el suicidio de una de sus protagonistas, disfrazado de muerte accidental «se revela como la consecuencia de una sistema patriarcal injusto y de una sociedad burguesa hipócrita». «Haushofer reconoce y examina con perspicacia los mecanismos de sometimiento y represión de una sociedad en la que la mujer se convierte en una de las víctimas más vulnerables. En su relato denuncia la rígida asignación de roles de género, su aceptación y la gran dificultad para la mujer de salir de ese orden social, cultural y religioso determinado por el machismo».

¿Quién es Luise?

«De niña era avara, intrigante y mala. Siempre quería tener mis cosas, me birlaba mis gomas, mis cinturones de charol y mis bocadillos; más tarde quería tener a los hombres que me cortejaban, y ahora, por fin, con la ayuda de su hija, ha logrado destruir la paz que tanto me ha costado conseguir. Un pájaro de mal agüero es Luise, horrible, chupadas y ninfómana. Pero nunca logré convencer a Richard de que me resultaba odiosa. Simplemente, no entiende que haya gente a la que se detesta y de la que uno no es capaz de escapar».

A Richard, Stella le resulta demasiado incómoda. «¿Qué podía hacer un jugador como él con esta niña torpe y seria? De ninguna mujer se aburrió tan pronto como de Stella».

En esa casa, las reglas ya están establecidas. El matrimonio se entiende a su manera y cada uno se ha volcado en un hijo. Richard en la niña, Annette y Anna en Wolfgang.

Stella, de diecinueve años, es un estorbo en casa. Richard se ve obligado, a conversar un poco con ella. Annette siente celos. Wolfgang se siente turbado por el cambio en la familia. Anna no sabe tratar a una muchacha joven como Stella. Stella puede romper la familia, el orden establecido. Puede romper la mentira, el decorado perfecto de familia inmaculada.

«Me parecía imposible adivinar los pensamientos de Stella y ocuparme de ellos. Esa muchacha alta, bonita, un poco robusta era un cuerpo extraño en nuestra casa y seguro que ella sentía lo mismo. Era más reservada que tímida, apocada por los años de internado, y yo pensaba que allí también debía de haber dado la impresión de ser un poco rara. No era mona ni infantil o ingenua, como acostumbran a ser las muchachas jóvenes. En realidad, parecía una mujer que casualmente aún era una niña. Pero, a pesar de ser tan callada, no pasaba desapercibida. Con los horripilantes vestidos de color marrón que Luise le había comprado resultaba muy poco atractiva, pero en verdad no pasaba desapercibida».

¿Quién es Richard?

«Richard es traidor por naturaleza. Dotado de un cuerpo que lo capacita para el placer continuo, podría vivir en paz si además no estuviese dotado de una inteligencia deslumbrante. Esta inteligencia es lo que convierte en crímenes los regodeos de su cuerpo ávido de placeres. Richard es un monstruo: un padre de familia cariñoso, un abogado respetado, un amante apasionado, un traidor, un mentiroso y un asesino».

Richard nunca reconoce algo. «Este es su punto fuerte, así consigue que los crédulos confíen a ciegas en él y que los desconfiados reboten en el resbaladizo muro de sus refutaciones».

Richard evita, sin consideración alguna «todo contacto con las personas enfermas y desgraciadas».

Anna, narradora de la novela, aprovecha unos días de soledad en casa, para recordar lo que sucedió con Stella. Como llegaron a matar a la muchacha. Anna confiesa que calló todo por cobardía y comodidad.

«Mi ley era la intangibilidad de la vida y yo he sobrepasado el límite al permitir tranquila e irreflexivamente que aniquilasen la vida de Stella ante mis ojos».

«He llevado la vida de una mujer acomodada, me apoyé en la ventana y respiré el aroma de las estaciones del año mientras a mi alrededor se asesinaba y se hería», se lamenta Anna.

«Tendría que haber sabido que para Richard no existen límites, que no respeta nada y que una chiquilla grande e ingenua puede ser una novedad tentadora para un hombre que está sobresaturado de todo tipo de amores. No se debe poner el cordero en la boca del lobo, y eso es justo lo que yo he hecho».

Si Stella consiguiera un novio que se preocupara por proteger sus bienes, Luise no continuaría despilfarrando el dinero de la muchacha en vestidos, sombreros y amantes. Hacer bella a Stella sería vencer a la arpía de Luise. Todos estos pensamientos le asaltan a Anna que considera que Luise es «repugnante». Luise se ha enriquecido pero no le es suficiente. Se quiere casar con un hombre joven por el que tiene que pagar un alto precio. «Hay que admitir que se encontraba en una situación desesperada», reflexionará Anna. Por esa razón, la chica vive con ellos.

¿Quién es Anna?

«La vida con Richard me ha corrompido y convertido en algo irrecuperable», afirma.

Anna es una mujer aguantando a un marido sin escrúpulos, a un marido infiel, a un marido despótico. Aguantado a un marido diplomático, dominante, cruel.

«Tampoco se separaría nunca de mí. Soy la guardiana de su casa y de sus hijos, y, como toda persona cuya vida secreta se desarrolla en la más profunda anarquía, no hay nada que más aprecie que el orden aparente y el rigor superficial. Nadie protege la moral de manera más estricta que el propio infractor furtivo, pues este tiene claro que la humanidad naufragaría si todos los seres humanos tuviesen la posibilidad de vivir como él».

Anna es consciente de que no es amada realmente, que su esposo la ama como si de una propiedad se tratara. «Ya entonces había algo en mí que se rebelaba contra esta clase de amor, pero callé porque sabía que entre nosotros no era posible el diálogo».

Anna sueña que ha sido sepultada en un sótano. «Enormes muros carbonizados caían sobre mí y me aplastaban poco a poco».

«Lo de las manchas es una cosa muy extraña. Nunca en mi vida conseguí eliminar ninguna. Desconfío mucho de las mujeres que fingen que saben eliminar manchas. O mienten o ahí hay gato encerrado».

Stella y Richard mantienen una relación amorosa pero mientras que para la muchacha aquello es un refugio de ternura, la que nunca tuvo, para Richard es una experiencia más a la que no dará mayor importancia. Él es un hipócrita «un guardián de la doble moral burguesa y un maestro del olvido», se apunta en el epílogo.

Anna, al corriente de todo, siente compasión por la joven, pero no hará nada por impedir la tragedia. «Se siente extraña y presa en la casa de su marido, donde no es posible la comunicación. Su sumisión, su aceptación y su silencio garantizan la continuidad de ese orden», señala Gómez Pato. «Haushofer introduce con esta obra un aspecto muy innovador para su época: cuestiona el rol de víctima de la mujer, la descubre como cómplice de una cultura patriarcal y pone de manifiesto las dificultades para salir de ese sistema».

Stella representa, por tanto, lo contrario a Anna. Como recoge el epílogo, la muchacha, rebelde, joven e inocente no acepta someterse al rol que juega Anna «lo que provoca su exclusión y su soledad, y determina por último su decisión de suicidarse». Anna no toma decisiones, se ve incapaz de salir de una situación que la ahoga, su propia familia, su propia vida. La vida que ve pasar a través de la ventana.

 

 

16Mar/24

MAÑANA ME VOY. VICTOR COLDEN


«Más que una búsqueda, creo que todo viaje es una huida».

«También hace falta fe para seguir una senda durante horas».

«Mañana me voy, vuelvo a echarme al camino. Me gustaría decir que es sólo por el placer de la aventura («a ver qué pasa»). La verdad es que no podía no irme».

«¿Cómo será vivir así, despreocupado, yendo hacia el mar, siempre riendo?»

Un hombre decide emprender un viaje a Soria. Por delante, cinco días de excursión por caminos poco o nada transitados y bajo un tiempo que se avecina duro y frío. Le asaltan las dudas pero, de todas maneras, quiere hacerlo. «Habría preferido querer quedarme. Ver sin amargura cómo se van los otros y cómo regresan luego, o no».

Confiesa que le divierte cuando alguien elogia su supuesta fuerza de voluntad, su capacidad de emprender ciertos proyectos o de tomar determinadas decisiones porque según él lo que hace, a menudo, es rendirse y obedecer. «Obedecer a algo así como a un mandato, a una voz que ordena que camine. O que escriba».  Se pregunta, por tanto: «¿Qué libertad hay en andar si no puedo dejar de hacerlo?» Sin embargo, los caminos le llaman. «Me gusta pensar en la densidad histórica de los caminos, en los motivos por los que se trazaron y en los fines y propósitos de quienes los recorrieron».

Pero….

«¿Se alcanza  a ser libre andando por donde otros decidieron que se debía andar? Está la libertad de escoger sendero, la libertad de hacer un alto en el camino, la libertad de desandar lo andado y volver sobre nuestros pasos…, pero mientras marchemos por rutas marcadas, ¿no somos presa de una voluntad ajena?»

Elige Soria porque Soria «es un imán». «¿Por qué siempre que entro en Soria es como si se me ensanchara el pecho?»

«Yo lo tengo ya claro: no podemos movernos -ni hacer ninguna otra cosa- sin herir, sin romper, sin manchar. Sin molestar o humillar.

Cómo no estar harto de nosotros, de uno mismo.

Eso es lo que quiero, olvidarme de todo y salir».

El escritor Víctor Colden (Madrid, 1967) vuelve con este maravilloso libro, un diario de viaje titulado Mañana me voy, editado por Abada Editores. Después de su última novela, Tu sonrisa sin temblar, nos invita en esta ocasión a caminar con él por las tierras del norte de Soria.

Comienza la caminata y comienzan las reflexiones. Y eso es lo mágico de este preciosa obra que hoy les invito a abrir. Caminamos por los mismos caminos que atraviesa el autor. Sus reflexiones son las nuestras. Él se repasa, se cura sus heridas, evoca sus recuerdos y nosotros también. Él va apuntando en su cuaderno, nosotros también. Él se acuerda de la chica de los ojos color avellana, la muchacha que visitó enToulouse, la que tenía una sonrisa con el poder de calentarle el corazón. Nosotros… ¿en quién pensaremos? ¿A quién recordaremos?

«Hablar de los otros. Esa sería una buena manera de huir de mí. Hablar del dolor que he visto en los demás, o que he intuido. De sus pérdidas y sus búsquedas. De sus fantasías».

«Estoy cansado, quiero otras historias. Me encantaría ser capaz de conjugar los verbos en la primera persona del plural. Ni siquiera me siento cómodo usando la tercera del singular. Soy mi propia cruz: toda la vida aprendiendo a llevarla. He ahí un bonito desafío, el de no aburrir a los otros cuando se aburre uno a sí mismo».

«Lo más difícil es el silencio. Lo más costoso, lo más raro. Y lo más peligroso: las palabras van a oírse. Esa es la promesa implícita (¿o la amenaza?): la de que todo lo que se diga tendrá su peso, valdrá lo suyo. Y la de que alguien -incluso uno mismo- escuchará las palabras que se pronuncien».

«Hay una clase de cansancio que sólo se siente tras haber andado durante muchas horas. Ese cansancio se parece al cansancio que produce vivir. Querríamos tomarnos un descanso, pero no hay más remedio que tirar para adelante. Seguir caminando y seguir viviendo. ¡Nos gustan tanto, pese a todo, la vida y los caminos!»

El paseante y el escritor se funden. Le asaltan los miedos. «Haber escrito no tiene por qué significar seguir escribiendo. Pienso en todo esto con preocupación. No, con preocupación no: con miedo».

Le asalta el amor:

«Ya no creo que sea el amor lo que mueve el mundo. Alguna vez lo pensé, no recuerdo si bajo los efectos de dos o tres copas de vino. El egoísmo lo mueve. El miedo, la incomprensión, la pereza, la avaricia. Una estupidez sólida y correosa. ¿El mal?»

Le asalta la nostalgia:

«Esta nostalgia del silencio, de la belleza, de la sencillez, de cierto sentido de la austeridad. De la época en la que existía la espera, en que un viaje era un viaje y dar la palabra significaba una cosa precisa; de cuando se valoraba lo que se tenía y la ilusión por lo que no se tenía era real»

Las jornadas se suceden y el caminante sigue escribiendo sus pasos, dándoles forma, averiguando los secretos de esos senderos tan mágicos para él.

«Hay dos dulzuras hermanas, aunque distintas, la del amanecer y la del anochecer. En la calma del crepúsculo vespertino ya sabemos lo que viene luego -lo inevitable-, pero de madrugada, desde que la tiniebla empieza a desteñirse muy poco a poco, todo es posible y resulta difícil no acabar sintiendo algo parecido a la esperanza».

«Yo también soy trashumante. Voy buscando los pastos más frescos y una impresión duradera de verdad en mi vida».

Y de repente, la compañía del padre:

«Yo tampoco voy tan solo como podría pensar quien me viera. ¡Cuántas voces hay en mí! Incluida la de mi padre, con el que nunca hablé. O casi nunca. Él viene siempre conmigo. Esta mañana, al salir de San Pedro, creí percibir su olor. Fue una sensación fugaz -¿dos segundos?-, pero tan intensa que se me saltaron las lágrimas. Sigo de duelo treinta y cinco años después. También eso acompaña, a su manera».

«Y murió papá. Yo habría querido que el dolor no terminara. Me parecía una traición que se fuera haciendo soportable. No sabía que así era la vida».

Y de repente, la compañía de los amigos:

«¿Será inevitable que la vida nos vaya separando de las personas que nos quieren y a las que queremos? Nunca tuve muchos amigos. A lo mejor alguno de ellos piensa en mí justo ahora, en este instante en que yo, de pie en mitad de una dehesa cercana a Yanguas, pienso en ellos. Con eso bastaría, tal vez; con eso habría de bastar».

Y de repente, la compañía del camino a casa:

«Caminamos todo el rato en dirección a casa. Aunque nos alejemos de ella en el espacio, en realidad no nos vamos, sino que volvemos siempre. (…) Eso es lo que quiero, volver a casa».

Y de repente, la infancia feliz, los abuelos:

«Maldigo el día en que dejé de ser un niño y salí de la casa y el jardín de mis abuelos. Yo no sabía que aquel aburrimiento de las tardes de verano era divino».

Conmovedora reflexión la que hace Colden sobre el caminar, la vida y la escritura:

«Puede que andemos para darle un argumento a nuestras vidas, para tener algo que contar. La escritura, como el camino, sirve de hilo conductor de los días, que de otra forma se nos deshacen tantas veces en las manos: nos las miramos vacías después, sin saber muy bien qué ha ocurrido, buscando en vano algún resto. Por lo menos la escritura nos deja unos papeles llenos de signos. Un pálido reflejo de la vida, probablemente».

Conmovedora la que hace sobre la soledad:

«Ya sé: busco la soledad para experimentar la sensación de tener algún control sobre mi vida. ¡Los otros son tan impredecibles! No sabemos en qué momento van a decepcionarnos, incluso causarnos una herida, ni cuándo se sentirán ellos decepcionados con nosotros».

«A falta de un compañero de viaje, hablo conmigo mismo, aunque no lo haga en voz alta. Soy Sancho y Quijote a un tiempo. Yo digo los refranes y yo me los repruebo. Yo desvarío y yo me intento convencer de que no son gigantes. Yo me prometo las ínsulas y después fantaseo con ellas. Yo converso, en fin, con el otro que va conmigo, como si lo hiciera con alguien que se me hubiera juntado para un tramo de la ruta, quizá primero por interés y luego, a medida que fueran transcurriendo las jornadas, también por un vago afecto y algo semejante a la lealtad.

No voy tan solo como podría parecer».

Inevitablemente llega la pregunta, la pregunta imposible de responder. ¿Quién soy?

«POR FIN ME parece entenderlo: no soy el que mucho tiempo creí ser. No soy esa persona que yo había ido fabricando con retazos de sueños, de historias, de deseos, de rasgos tomados de aquí y de allá, de modelos muy diversos. Por encima o por debajo, queda el que a lo mejor fui una vez. ¿Podría tornar a serlo? He cambiado tanto que casi ni me acuerdo de cómo era antes. Antes: hace cuarenta años, digamos. Yo callaba entonces, y uno de mis mayores deseos era el de no ser visto, que nadie se fijara en mí. Desde que empecé a hablar, las cosas ya no volvieron a ser iguales.

A menudo echo de menos aquella época. Me echo de menos. ¿Por qué cambié? Siempre me ha producido estupor oír o leer lo que dicen algunos que no se arrepienten de nada y que si volvieran atrás lo harían todo de idéntica manera. (…) Yo cambiaría bastantes cosas. Me comportaría de otra forma, tomaría otras decisiones.

La sensación, a veces, de que han ardido los puentes, de que no hay marcha atrás. ¿Los he quemado yo? Seré otro, de acuerdo, pero sigo siendo aquel niño, aquel joven».

No crean que tienen un pequeño libro entre las manos por el número de hojas. Es inmenso. Le cabe todo: poesía, lirismo, amor, humor, amaneceres, búsquedas, libertad, soledad, esperanza e incluso, y cómo no teniendo en cuenta el amor del autor por la naturaleza, la tristeza del destrozo producido por los molinos de viento en el paisaje y la desolación al contemplar los pueblos abandonados, silenciosos, a la espera acaso de nada.

«En la ruta de hoy no se ven los atroces «molinos» que plagan algunos de los paisajes más hermosos de la provincia. De muchas partes del país. «Energía limpia», la llaman. No sé. Cuando pienso en los años…, no, en los siglos que tendrán que pasar antes de que se desmantelen estos engendros de cemento y de metal, y la tierra y el cielo – los horizontes- recuperen su belleza… ¿Pero a quién le importa eso?»

«Belleza agreste, belleza humillada. Herida -¿de muerte?- por los gigantes eólicos que coronan los montes y por la fealdad de los bosques de repoblación. Cuánta razón tenía Unamuno: «Los españoles no están a la altura de sus paisajes».

«No creo en nuestra especie, no. El humanismo es una falacia, un delirio. Por cada gramo de bondad, de belleza o inteligencia, ¡cuántas carretadas de ruido, de grosería, de estupidez, de crueldad, de arrogancia, de destrucción!»

«Estos pueblos abandonados… En ellos intuimos lo que puede renacer, por eso nos llaman con tanta fuerza. Ah, si fuera posible volver a empezar de una manera distinta. Si fueran posibles el retorno, el renacimiento, la reconstrucción».

Maravilloso es también el uso del vocabulario que utiliza Colden. Esas palabras tan poco usadas a diario que están esperando ahí, en algún momento para ser aireadas. Pero para eso hay que caminar, salir al campo, subir montañas, perderse en parajes solitarios. Colden, amante de estos vocablos los homenajea de esta forma tan bella:

«En ellas está la impronta de las miles de historias de quienes viajaron por los caminos de la vieja España. Historia de arrieros y feriantes, de pastores y postillones, de soldados, chalanes y recoveros. De ventas, posadas, mesones, casas de postas y estafetas. Señera entre esas historias, por supuesto, la del magro caballero y su escudero leal, fatigando carrenderas».

Y también hace Colden un homenaje a su infancia, a sus autores queridos, a las citas que recuerda, a cantantes y canciones que forman parte de su vida. Todo el camino está salpicado de ternura infantil, de nostalgia por la juventud, de realidad del presente. Todo el camino, empedrado de grandes nombres: Blyton, Machado, Ciro Bayo, Azorín, Cirlot, Serrat, Brassens, Modugno, Villa, Suero, Marías, Faulkner, Bassani, Casares, Stevenson, Abel Hernández, Avelino Hernández, Ursula Wölfel, Enrique Andrés Ruiz, Lispector, Leonard Cohen, Bukowski, Beatles…

«MIRLOS, GORRIONES, lavanderas, verdecillos: yo también silbo como si no hubiera un mañana. Que no lo hay».

«Algo le falta a la belleza cuando se disfruta a solas».

09Mar/24

ENSAYO SOBRE LA CEGUERA. JOSÉ SARAMAGO


«(…) el ojo que está ciego, transmite la ceguera al ciego que ve (…)».

«Parece otra parábola, habló la voz desconocida, si quieres ser ciego, lo serás».

«El miedo ciega, dijo la chica de las gafas oscuras, Son palabras ciertas, ya éramos ciegos en el momento que perdimos la vista, el miedo nos cegó, el miedo nos mantendrá ciegos».

«(…) qué frágil es la vida si la abandonan».

Un hombre de 38 años se da cuenta de que se ha quedado ciego cuando está dentro de su coche parado en un semáforo. «Se me ha metido por los ojos adentro un mar de leche», dirá más tarde, completamente ya consciente de su nueva situación. Este hecho crea un pequeño caos en la circulación que, pronto, alguien haciéndose pasar por un buen samaritano, resolverá al ofrecerse para llevar al nuevo ciego a casa. Cuando la mujer del hombre invidente llega a casa después del trabajo asustada por lo sucedido pero esperanzada, porque tiene claro que nadie se queda ciego de repente, decide llamar a un médico.

Así comienza una de las obras más inquietantes del gran escritor, Premio Nobel de Literatura en 1998, José Saramago (Azinhaga, Portugal,1922- Tías, España, 2010). Es la obra, quizás, una llamada de atención para aquellos que aún pueden ver. Quizás, una advertencia a las fatales consecuencias que traería el taparse los ojos ante la realidad que nos rodea, y la necesidad de adoptar la responsabilidad necesaria que todo individuo debe tener. Pero también nos lanza una pregunta, una reflexión, tal vez antes de poder llegar a perder la vista ya estábamos ciegos y no lo sabíamos, el porqué es sencillo, porque el miedo ciega.

El médico, después de hacerle un exhaustivo reconocimiento, le explica que no ha encontrado ninguna lesión en los ojos. La ceguera le resulta inexplicable. Dice no haber visto nunca algo así y añade que se atreve a pensar que, incluso, «no se ha visto en toda la historia de la oftalmología».

Pero, pronto, un curioso fenómeno se desata. Todos los que han tenido contacto con el hombre que se ha quedado ciego comienzan a perder la vista: el ladrón samaritano, el médico que le ha atendido, una paciente de la consulta que únicamente padecía de una simple conjuntivitis y que ejerce la prostitución y un niño estrábico, que también estaba en el consultorio acompañado de su madre.

El oftalmólogo cree que debe informar a las autoridades sanitarias de lo que podría estar convirtiéndose en una «catástrofe nacional». «(…) nada más y nada menos que un tipo de ceguera desconocido hasta ahora, con todo el aspecto de ser muy contagioso y que, por lo visto, se manifestaba sin previa existencia de patologías anteriores de carácter inflamatorio, infeccioso o degenerativo, como pudo comprobar en el ciego que había ido a verle al consultorio, o como en su mismo caso se confirmaría, una miopía leve, un leve astigmatismo, todo tan ligero que  de momento había decidido no usar lentes correctoras. Ojos que habían dejado de ver, ojos que estaban totalmente ciegos, pero que se encontraban en perfecto estado, sin la menor lesión, reciente o antigua, de origen o adquirida».

El ministerio del Gobierno se hace cargo de una situación cada vez más catastrófica.

«Mientras no se aclarasen las causas, o, para emplear un lenguaje adecuado, la etiología del mal blanco, como gracias a la inspiración de un asesor imaginativo la malsonante palabra ceguera sería designada, mientras no se encontrara para aquel mal tratamiento y cura, y quizá una vacuna que previniera la aparición de casos futuros, todas las personas que se quedaran ciegas, y también quienes con ellas hubieran tenido contacto físico o proximidad directa, serían recogidas y aisladas, para evitar así ulteriores contagios que, de verificarse, se multiplicarían según lo que matemáticamente es costumbre denominar progresión geométrica. (…) En palabras al alcance de todo el mundo, se trataba de poner en cuarentena a todas aquellas personas, de acuerdo con la antigua práctica, heredada de los tiempos del cólera y de la fiebre amarilla, cuando los barcos contaminados, o simplemente sospechosos de infección, tenían que permanecer apartados cuarenta días, Hasta ver».

Deciden aislar a todos los afectados en un manicomio vacío. La mujer del médico se hace pasar por afectada para no tener que separarse de su marido.

El gobierno les advierte de que abandonar el edificio sin autorización supondrá la muerte inmediata de quien lo intente. A partir de ese momento, los ciegos inician una nueva vida juntos y aislado del exterior. Con el tiempo, se darán cuenta de que allí, como en cualquier otro lugar, se necesita una organización, establecer una reglas de convivencia, una limpieza básica si no quieren que todo vuele por los aires. Los roces serán inevitables y se hace evidente la necesidad de tener un orden para que las cosas fluyan.

«(…) tan lejos estamos del mundo que pronto empezaremos a no saber quién somos, ni siquiera se nos ha ocurrido preguntarnos nuestros nombres, y para qué,  ningún perro reconoce a otro perro por el nombre que le pusieron, identifica por el olor y por el se da a identificar, nosotros aquí somos como otra raza de perros, nos conocemos por la manera de ladrar, por la manera de hablar, lo demás, rasgos de la cara, color de los ojos, de la piel, del pelo, no cuenta, es como si nada de eso existiera (…)».

Llegan más afectados: la  mujer del primer ciego y el taxista que le llevó al médico, el dependiente de la farmacia que vendió el colirio a la chica de las gafas, el policía que encontró al ladrón y la camarera del hotel, la primera que entró en el cuarto, donde la chica con conjuntivitis atendía a su cliente. Más tarde, el manicomio acoge a la empleada del consultorio, al hombre que había estado con la chica de las gafas y al policía grosero que la llevó a casa. Pero, pronto, el recinto comienza a llenarse de afectados.

El médico reflexiona sobre lo que está ocurriendo:

«(…) Dios santo, qué falta nos hacen los ojos, ver, ver, aunque no fuese más que unas vagas sombras, estar delante de un espejo, mirar una mancha oscura difusa y poder decir, Ahí está mi cara, la que tenga luz no me pertenece».

Como habían advertido, uno de los sargentos se cobra la primera vida cuando el ladrón sale a pedir ayuda médica. El sargento se queda ciego.

Los soldados temen a los ciegos y los ciegos a los soldados. Unos al contagio, los otros a la muerte. En la hora de la recogida de comida se hace más evidente, aún, el sentimiento de miedo.

«Atención, atención, los internos tienen autorización para venir a recoger la comida, pero cuidado, si alguien se aproxima demasiado a la reja del portón, recibirá un primer aviso verbal, en caso de no volver inmediatamente atrás, el segundo aviso será una bala».

Los internos saben que el deseo de los soldados sería acabar con ellos de una vez.

«Los soldados sentían ganas de apuntar las armas y descargarlas deliberadamente, fríamente, en aquellos imbéciles que se movían ante sus ojos como cangrejos cojos, agitando las pinzas torpes en busca de la pata que les faltaba. Sabían lo que había dicho en el cuartel aquella misma mañana el comandante del regimiento, que el problema de los ciegos sólo podría resolverse a través de la liquidación física de todos ellos, los habidos y los por haber, sin contemplaciones falsamente humanitarias, palabras suyas, del mismo modo que se corta un miembro gangrenado para salvar la vida del cuerpo, la rabia de un perro muerto, decía ilustrativamente, está curada por naturaleza».

Los ciegos reflexionan. Uno de ellos piensa que las cosas no están tan mal.

«Mientras no falte la comida, que sin ella no se puede vivir, es como estar en un hotel. Al contrario, qué calvario sería estar ciego allá afuera, en la ciudad, sí, qué calvario. Andar dando tumbos por las calles, huyendo todos de él, la familia aterrorizada, con miedo de acercársele, amor de madre, amor de hijo, historias, quizá me hicieran lo mismo que aquí, me encerraban en un cuarto y me ponían el plato a la puerta, como mucho favor».

Va más allá, afirmando que las autoridades han resuelto muy bien el problema aislándoles.

«Pensando fríamente en la situación, sin prejuicios ni resentimientos que siempre oscurecen el raciocinio, es preciso reconocer que las autoridades tuvieron vista cuando decidieron juntar ciegos con ciegos, cada oveja con su pareja, que es buena regla de vecindad, como leprosos (…)».

«Lo fundamental es que no nos perdamos el respeto a nosotros mismos, evitar conflictos con los militares que cumplen con su deber vigilándonos, para muertos ya tenemos bastantes, preguntar quién conoce aquí buenas historias para contarlas al caer la tarde, historias, fábulas, chistes, es igual, lo que sea, imagínese la suerte que sería que alguien se supiera la Biblia de memoria, repetiríamos todo, desde la creación del mundo, lo importante es que nos oigamos unos a otros, qué pena que no haya una radio, la música fue siempre una gran distracción, y oiríamos las noticias, por ejemplo, si encontraban remedio para nuestra enfermedad, la alegría que iba a haber aquí», reflexiona un ciego.

La necesidad de historias, de comunicación entre semejantes, de fe, de ilusión, de esperanza, de alegría, de fantasía, es lo que este hombre echa de menos. Eso tan cotidiano, eso que pasa tan desapercibido y que tanto nos alimenta. Es un fragmento conmovedor porque refleja que, sobre todo, necesitamos seguir creyendo en algo y en alguien para que nuestra vida sea soportable.

Llegan doscientas personas más entre contaminados y ciegos. Las autoridades, antes el temor de que se desencadene una revuelta, comienzan a distribuir la comida a tiempo.

Ante tal cantidad de gente, se ponen en consideración las palabras de la mujer del médico: «Si no somos capaces de vivir enteramente como personas, hagamos lo posible para no vivir enteramente como animales».

Uno de los recién llegados, antiguo paciente del médico, trae consigo una radio. Todos quieren saber lo que ocurre fuera. El ciego les dice que los médicos se reúnen en congresos, los medios de comunicación buscan el sensacionalismo y que se ha ordenado la ocupación inmediata e improvisada de fábricas abandonadas, pabellones deportivos y almacenes vacíos ante la creciente subida de enfermos. Los accidentes de tráfico y aéreos son algo habitual, ya que los conductores, los pilotos se quedan ciegos en el momento más inesperado.

«(…) ojos, unos simples ojos, una mano capaz de conducir y guiar, una voz que me diga, Por aquí».

Estas palabras de la mujer del médico son, a mi parecer, una metáfora de la necesidad abrumadora ante una situación insostenible de tener un líder con ojos que vean con claridad, unos ojos que nos lleven por el buen camino. Un líder que sea el pastor, el guía que vea por nosotros, que nos haga ver lo que ignoramos, lo que no vemos, lo que no queremos ver, lo que otros no están capacitados para ver porque no llegan a entender.

La mujer del médico se siente moralmente mal por estar fingiendo la ceguera pero tiene miedo a lo que sucedería si desvelara la verdad a los otros. Su marido le advierte:

«Piensa en las consecuencias, lo más seguro es que intenten hacer de ti una esclava, tendrás que atenderlos a todos, cuidar de todo, te exigirán que los alimentes, que los laves, que los acuestes y los levantes, que los lleves de aquí para allá, que les suenes y les seques sus lágrimas, te llamarán cuando estés durmiendo, te insultarán si tardas en acudir. (…) Algunos llegarán a odiarte por ver, no creas que la ceguera nos ha hecho mejores».

Ella le responde:

«Y tú, cómo quieres que siga mirando estas miserias, tenerlas permanentemente ante los ojos y no mover un dedo para ayudar».

Un grupo de ciegos, con un líder a la cabeza que posee una pistola y respaldado por un ciego anterior a la catástrofe y por tanto entrenado, han decidido amenazar al resto. Ellos serán los encargados de repartir la comida, se harán con la posesión de los víveres. Si los demás quieren comer será a cambio de los enseres de valor que posean. Se establecieron, por tanto, dos grupos: el de los ciegos buenos y el de los ciegos malos. Cuando se acabaron los relojes, los anillos,… los malos se atrevieron a pedir mujeres. Enseguida surgen los debates morales.

Un encuentro sexual inesperado, desata la oportunidad de la mujer del médico de decirle a la chica de las gafas oscuras que ella si puede ver. La muchacha promete guardar el secreto.

Finalmente las mujeres sucumben.

«Lentamente, guiadas por la mujer del médico, cada una con la mano en el hombro de la siguiente, las mujeres empezaron a caminar. Iban todas descalzas, porque no querían perder los zapatos en medio de las aflicciones y angustias por las que tendrían que pasar».

«O chupas, o tu sala no verá más una migaja de pan, vas y les dices que si no comen es porque te negaste a chuparme, y luego vuelves para contarme qué ha pasado. La mujer del médico se inclinó hacia delante, con las puntas de dos dedos de la mano derecha cogió y alzó el sexo pegajoso del hombre, la mano izquierda se apoyó en el suelo, tocó los pantalones, tanteó, sintió la dureza metálica y fría de la pistola. Puedo matarlo, pensó. No podía. Con los pantalones así como estaban, enrollados sobre los pies, era imposible llegar al bolsillo donde se encontraba el arma. No lo puedo matar ahora, pensó. Avanzó la cabeza, abrió la boca, la cerró, cerró los ojos para no ver, empezó a chupar».

El jefe de los malvados muere apuñalado. Lo asesina la mujer del médico con unas tijeras que había traído, de casualidad, en su bolso. Su marido, asustado le dice que va a haber lucha, guerra. «Los ciegos están siempre en guerra, siempre lo han estado, Volverás a matar». «Sí, si es preciso, de esa ceguera ya nunca me libraré», responde ella.

Resuenan las primeras voces alabando el papel de la asesina.

«Porque si todavía tiene algún significado la vergüenza, en este infierno al que nos arrojaron y que nosotros convertimos en infierno del infierno, es gracias a esa persona que tuvo el valor de ir a matar a la hiena en el cubil de la hiena, Sí claro, pero no será la vergüenza quien nos llene el plato, Quien quiera que seas, tienes razón, siempre hubo quien se llenó la barriga con la falta de vergüenza, pero nosotros, que nada tenemos ya, a no ser esta última y no merecida dignidad, seamos capaces, al menos, de luchar por los derechos que son nuestros».

Un fuego intencionado en el manicomio provoca la huida. «Los locos salen».

«Le dices a un ciego, Estás libre, le abres la puerta que lo separa del mundo, Vete, estás libre, volvemos a decirle, y no se va, se queda allí parado en medio de la calle, él y los otros, están asustados, no saben a dónde ir, y es que no hay comparación entre vivir en un laberinto racional, como es, por definición, un manicomio, y aventurarse, sin mano de guía ni traílla de perro, en el laberinto enloquecido de la ciudad, donde de nada va a servir la memoria, pues sólo será capaz de mostrar la imagen de los lugares y no los caminos para llegar».

La vida fuera es desoladora. La mujer del médico decide ir a buscar comida para el grupo y lo que iba encontrando resultaba conmovedor: ciegos tropezando unos con otros, ciegos con la boca abierta y la cabeza en dirección al cielo para saciar la sed, ciegos gateando buscando sobras por el inmundo suelo, supermercados con estanterías vacías, grupos de perros callejeros que parecen hienas…  Toda la población ha quedado ciega. Los métodos gubernamentales han fracasado. Al fin consigue los víveres, después ropa. El objetivo ahora es llevar a cada uno de ellos a sus casas. Pero las casas no están en las condiciones que ellos esperan, algunos de ellos no quieren ir hasta ellas. Finalmente, van a la casa del médico.

La mujer del médico piensa que todos deben permanecer juntos. Será la única manera, cree, de sobrevivir. Los demás se sienten culpables, de alguna manera, pero ella insiste en que ella será los ojos que sus acompañantes dejaron de tener. «Dejaos guiar por mis ojos mientras duren», insiste.

Se acomodan todos en la casa del médico. Este hace una bonita reflexión delante de todos:

«Si alguna vez vuelvo a tener ojos, miraré verdaderamente a los ojos de los demás, como si estuviera viéndoles el alma».

Su mujer le dice en una ocasión al médico:

«Iré viendo menos cada vez, y aunque no pierda la vista me volveré más ciega cada día porque no tendré quién me vea».

¿Qué sucederá al final? ¿Cómo se irán sucediendo las cosas? Les invito a que abran este maravilloso libro.

«Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, Ciegos que ven, Ciegos que, viendo, no ven».

La periodista y traductora Pilar del Río, comentó en una entrevista que Saramago sufrió escribiendo Ensayo sobre la ceguera. Al ser preguntada por el porqué, aclaró que es duro tener que reconocer que somos ciegos que viendo no vemos, que somos capaces de destruir a nuestros semejantes o dejarlos solos y abandonados a la suerte porque tenemos que salvar la vida. «Es un libro de una violencia extrema», puntualizó.

Pilar del Río, en su bello e interesante libro La intuición de una isla dedica un capítulo a esta obra. En él la escritora relata que no fue fácil la escritura del libro. «El 29 de abril de 1994, dejaba dicho en sus Cuadernos: «Me senté a trabajar en Ensayo sobre la ceguera, ensayo que no es ensayo, novela que tal vez no lo sea, una alegoría, un cuento «filosófico», si este fin de siglo necesitara tales cosas. Pasadas dos horas, entendí que debería parar: los ciegos del relato se resistían a dejarse guiar por donde a mí más me convenía».

Continúa relatando la mujer de Saramago: «El 8 de agosto de 1995, tras casi tres años de trabajo, acabó la novela. Por medio hubo pausas voluntarias y otras en las que simplemente sentía que el camino que llevaba no era el indicado. Por fin lo encontró, supo que era ese cuando un personaje se impuso con la fuerza de la naturalidad. «Tiene que llevarme también a mí, acabo de quedarme ciega», dijo la mujer del médico, subiéndose a la ambulancia que se iba a llevar a su marido. Esa frase, no pensada antes de escribirla en papel, le dio la clave, fue la epifanía que buscaba para escribir el Ensayo sobre la ceguera que los lectores conocen. José Saramago recibió la frase con emoción. Un personaje conservaría la vista por haber sido capaz de compasión. Entonces el libro adquirió forma y ritmo y fue siendo, día a día, el relato de ciegos que bien podría ser un fresco sobre la humanidad contemporánea».

«Escribió el autor el 7 de octubre en sus Cuadernos: «En mi novela Ensayo sobre la ceguera intenté, recurriendo a la alegoría, decirle al lector que la vida que vivimos no se rige por la racionalidad, que estamos usando la razón contra la razón, contra la propia vida. Intenté decir que la razón no debe separarse nunca del respeto, que la solidaridad no debe ser la excepción sino la regla. Intenté decir que nuestra razón se está comportando como una razón ciega que no sabe dónde va ni quiere saberlo. Intenté decir que todavía nos falta mucho camino para llegar a ser auténticamente humanos y que no creo que sea buena la dirección que llevamos», añade la periodista en el capítulo.

Pilar relata que esta obra es para muchos lectores «el diagnóstico de un mal que puede curarse». Es el libro más traducido de Saramago. «El epígrafe del libro da un respiro y propone: «Si puedes mirar, ve. Si puedes ver, repara», puntualiza.

Cuenta la traductora y presidenta de la Fundación José Saramago que hubo momentos en la escritura de este libro en que el escritor se rompió. «Luché, luché mucho, solo yo sé cuánto, contra las dudas, las perplejidades, los equívocos que continuamente se me cruzaban en la historia y me paralizaban. Y como si esto no fuera suficiente, me desesperaba el propio horror de lo que iba narrando», escribió el autor en los Cuadernos de Lanzarote.

Del Río revela que los episodios de crueldad absoluta, como la violación colectiva que sufrieron las mujeres ciegas por parte de los ciegos que se hacen con el poder, el escritor «no quiso leerlos nunca más».

La intuición de la isla, editado por Itineraria, es un libro fascinante, lleno de recuerdos, anécdotas y fotografías, que les recomiendo leer. Si conocen la obra de Saramago les rellenará y aclarará dudas. Les revelará preciosos secretos. Si aún no conocen las novelas de este excelente autor, será una puerta, la mejor, para sumergirse en el placer de su escritura.

 

 

25Feb/24

LA FAMILIA KARNOWSKY. ISRAEL YEHOSHUA SINGER (PARTE 1) DAVID

«La gracia es engañosa y la belleza vana, y sólo por sus virtudes será alabada» Proverbios 31,30.

«Quien escatima la vara odia a su hijo, y quien lo ama lo castiga a tiempo».

Proverbios 13,24.

«Escucha la instrucción de tu padre, hijo mío, y tampoco abandones la enseñanza de tu madre, porque ellas serán una corona sobre tu cabeza y un collar en tu cuello».

Proverbios 1, 8-9.

«He puesto ante ti la vida y la muerte, el bien y el mal. Escoge, pues, la vida».

Deuteronomio 30,19.

«El temor a Dios es el origen del conocimiento; los necios desprecian la sabiduría y la disciplina».

Proverbios 1, 7.

«Los pequeños raposos arrasan las viñas».

Cantar de los cantares 2,15.

«El que cuidare de la higuera comerá de sus frutos».

Proverbios 27,18.

«Honrará al anciano».

Levítico 19,32.

«Preeminencia del hombre sobre el animal no hay».

Eclesiastés 3,19.

«Y engordó Yeshurún (Israel) y coceó (a quien le había dado de comer)…».

Deuteronomio 32,15.

La familia Karnowsky, es la fascinante novela, escrita por Israel Yehoshua Singer (Bilgoraj, Polonia, 1893- Nueva York, 1944) y publicada en 1943, que les invito a abrir hoy. Editada por Acantilado nos lleva, a través de la historia de tres generaciones de una familia judía, a la primera mitad del siglo XX. Dividida en tres partes, con títulos que corresponden, por orden, a los nombres del abuelo, hijo y nieto de la saga familiar, es un libro de una gran belleza y gran sabiduría que nos hace reflexionar sobre cuestiones, tan de actualidad, como el de emigrar a otro país y las consecuencias que tiene una decisión de tal calado. El comportamiento que uno debe adoptar en ciudad ajena para ser y sentirse uno más y ser aceptado por los oriundos, se trata aquí con especial énfasis. El autor nos hace ver qué difícil resulta ir tomando las decisiones acertadas para agradar a los demás, el precio tan grande que hay que pagar para llegar a ser otro sin olvidar ser uno mismo y si esto, finalmente, merece la pena. En definitiva, nos hacemos estas preguntas: «¿Llegamos a ser aceptados en una sociedad que no es la nuestra en origen? ¿Qué grado de aceptación alcanzamos? ¿Qué entendemos por aceptación? ¿Se recibe la misma cantidad de lealtad que nosotros pusimos en el sueño de alcanzar algo mejor? ¿Llegamos a integrarnos? ¿Cuántas generaciones hacen falta para conseguirlo? ¿Se consigue realmente?

David, el abuelo, maderero y estudioso, joven decidido y de fuerte carácter, decide dejar Polonia a principios de siglo, donde nació, para irse a Berlín e instalarse allí con su mujer, Lea Milner, perteneciente a una acaudalada familia de Melnitz. David desea ir a Berlín porque según él es de esta ciudad de donde procede «todo lo bueno, lo luminoso, lo inteligente».

En Berlín, David se convierte en un gran empresario del sector maderero. Estudia bachillerato y se esmera en alcanzar un perfecto alemán porque además de un gran empresario quiere ser un hombre ilustrado. Se relaciona con los más influyentes maestros de la nueva sinagoga que no eran judíos inmigrantes de Europa, como los Karnowsky, sino respetables descendientes del judaísmo germano. Entre sus amistades se encuentran el doctor Speier, el erudito y librero Efraim Walder y el profesor Breslauer.

Lea y David tienen un primer hijo, al que ponen de nombre Moisés Georg y al que dejan claro, desde bebé y recién circuncidado que deberá ser judío en su hogar «y un hombre más en la calle». David se mueve como pez en el agua en ese ambiente germano erudito pero Lea no acaba de adaptarse. «Pese a ser sociable, de buen carácter y risueña, Lea no era capaz de trabar amistad con las respetables señoronas de la sinagoga. Entre ellas se veía insegura de su alemán y de sus conocimientos. Se sentía extraña y asustada. Extrañas le resultaban también las plegarias del cantor de la sinagoga, que, aunque entonadas en hebreo, le sonaban como si las pronunciara un cura. No menos extraños, por escasamente judíos, le resultaban el canto del coro y la prédica del rabino, el doctor Speier. (…) Y además, hablaba en un alemán grandilocuente, lleno de florituras, salpicado de citas de poetas y filósofos alemanes, y sazonado con versículos de las Escrituras y extractos de los libros sacros». Lea busca el amor de su rudo marido ante el mundo que le rodea:

«-David, quiéreme, le rogaba. ¿A quién tengo yo, fuera de ti y el niño?

Impulsado por su amor, Karnowsky se olvidaba de su respetabilidad y de la ciencia del judaísmo. Lo único que no olvidaba era su alemán. Incluso en los momentos de mayor éxtasis, sus palabras de cariño las pronunciaba en alemán. Lea las escuchaba ofendida; en esa lengua extranjera y gutural, las palabras no le llegaban al corazón. No le permitían paladear el auténtico sabor del amor».

Lea consigue entablar amistad con el exitoso comerciante Salmón Burak, que al igual que ella proviene de Melnitz. A David no le gusta el trato con otros inmigrantes como él. «Dado que él mismo era inmigrante, prefería alejarse de los inmigrantes. Deseaba olvidar los años que había pasado al otro lado de la frontera, borrarlos de su memoria».

Pasan los años, cuando su hijo Georg tiene quince queda de nuevo embarazada. Nacerá su hija Rebeca. Sigue su amistad con los Burak, quien tienen una hija, Ruth, de igual edad que su primogénito. Georg pasa su adolescencia sabiéndose querido en exceso por su madre, ignorado por su padre, al que sólo le importa el rendimiento académico del hijo, cortejado por Ruth, a la que no corresponde, y teniendo su primera experiencia sexual con Emma, la criada de la casa.

Georg acaba el instituto con honores dejando claro que no seguirá el camino trazado por el padre. Quiere estudiar filosofía y no tiene ningún interés por los negocios de éste. Sin embargo aceptará encargarse de administrar un propiedad de su padre, un edificio de apartamentos situado en el distrito obrero de Neukölln. Esto hará que la vida del joven de un gran cambio. Allí, Georg se enamora por primera vez. Elsa, es la hija del doctor Landau, que renta uno de los apartamentos que también hace las veces de consulta médica. El chico, debido al amor que profesa a Elsa, decide cambiar los estudios de filosofía por los de medicina. Llega a convertirse en médico. Pero el mundo está cambiando y en Berlín comienzan a escucharse los gritos de abajo Francia y Rusia y los vítores hacia el káiser y la patria son constantes. Entre los primeros movilizados por el ejército alemán figura el doctor Karnowsky, que será destinado al centro hospitalario del frente oriental. Días antes, había hablado con el doctor Landau de su poca entereza para ejercer la profesión. Creía haberse equivocado de profesión.

«-Tonterías, replicó el doctor Landau. Un médico sin corazón es un carnicero con diploma de medicina. Sólo una persona con corazón puede ser un gran médico».

El gobierno acosa a los judíos rusos y polacos con órdenes de arresto. Los trasladan a campos de internamiento. Herr Burak elude el campo gracias a su dinero y practicando sobornos. A David Karnowsky se le cae el mundo encima. No entiende por qué a él se lo quieren llevar.

«A él, que había huído de la ignorancia y las tinieblas de oriente a la cultura y la luz de occidente; a él, que hablaba alemán respetando todas las normas de la gramática; a él, miembro distinguido de la más prestigiosa sinagoga, experto en los escritos de Moses Medelssohn, Lessing y Schiller; a él, comerciante honorable, con títulos de propiedad y padre de hijos criados en el país; ¿a él lo iban a encerrar junto con el populacho oriundo de Polonia y de Rusia?»

¿Le ayudarán esos que creía, eran sus amigos alemanes? ¿Quién le salvará finalmente? El que menos se espera.

David va a visitar al librero y erudito, Efraim Walder para confiarle toda su tristeza y la decepción que sentía hacia los amigos que lo habían rechazado «de modo tan indigno». (…) Walder no se sorprendió. Con su larga experiencia de muchos años ya lo había visto y oído todo, y todo lo contemplaba con filosofía: las debilidades de los seres humanos, la ingratitud e incluso la guerra».

«Como discípulo incondicional de Maimónides, estaba convencido de que el camino al Creador no consistía en unirse a un quórum compuesto de porteadores y buhoneros, sino en una inteligente comprensión de la divinidad. Las masas que, por lo común, se enfervorizan durante la oración, y a gritos llaman «padre, dulce padre» al Creador, al estilo de los idólatras, alejan de la pura divinidad a cualquier persona inteligente. Tampoco sus rabinos eran mejores, también se identificaban con la masa, de tal modo que un hombre sensato no mantendría trato con ellos».

Elsa, que ama a David pero a la vez no quiere ningún compromiso con él, sigue al lado de su padre, que hace una reflexión muy bella, desde su posición de médico, sobre la guerra.

«Si supieran qué maravillosa máquina es el cuerpo humano, con qué delicado material está modelado, con qué perfección está diseñado cada uno de sus miembros, con qué racionalidad se une cada nervio a los tejidos, y qué funcionamiento tan asombroso tiene el corazón y los pulmones, los ojos y cada uno de los órganos del cuerpo, no habrían podido apoyar con tanta ligereza el asesinato y hasta la muerte propia. Eran unos incultos patanes que no conocían otra cosa más que la sucia política y la reverencia ante las coronas y las charreteras. Por esta razón se convertían tan fácilmente en asesinos y carniceros».