JOB. JOSEPH ROTH


«Hace muchos años vivía en Zuchnow un hombre llamado Mendel Singer. Era piadoso, temeroso de Dios y muy sencillo: un judío común y corriente, que ejercía la modesta profesión de maestro. En su casa, que se reducía toda ella a una amplia cocina, enseñaba la Biblia a un grupo de niños. Lo hacía con verdadero celo, pero sin notables resultados. Antes que él, miles de hombres habían vivido y enseñado de la misma manera».

Singer tiene cuatro hijos: Jonás, Schemarjah, Miriam y el pequeño Menuchim, al que le han diagnosticado epilepsia al poco de nacer. Para su mujer, Deborah, Singer era un hombre «demasiado insignificante». «Le echaba en cara el lastre de los hijos, el embarazo, la carestía de la vida, la exigüidad de sus ingresos e incluso el mal tiempo». Deborah «miraba con malos ojos los bienes de los acaudalados y envidiaba sus ganancias a los comerciantes».

Las cosas en casa de Singer han empeorado desde el nacimiento del pequeño Menuchim. El maestro se niega a llevarle a un hospital para que puedan curarlo. «No hay médico que pueda curarlo si Dios no lo quiere», afirma convencido. Deborah odia los gritos de su hijo enfermo. Peregrina cada día al cementerio invocando a los muertos de su familia pidiendo ayuda para Menuchim. Pasados unos días, toma la decisión de llevar al chiquillo a Kluczysk, donde vive el rabino con la esperanza de que este lo sane. Este le dice a Deborah que su hijo tardará muchos años en sanar pero que lo hará.

«-Menuchim, hijo de Mendel, sanará. En todo Israel no habrá muchos como él. El dolor lo hará sabio, la fealdad lo hará bondadoso, la amargura lo hará dulce y la enfermedad lo hará fuerte. Sus ojos serán grandes y profundos, y sus oídos, claros y musicales. Su boca callará, pero cuando abra los labios anunciará cosas buenas».

Mendel no creía en los milagros. «Sonrió al pensar en la fe que su simple esposa tenía en el rabino. Su sencilla piedad no necesitaba de un poder intermediario entre Dios y los hombres». Llegará a señalar en una ocasión lo siguiente: «Los milagros existían en los tiempos antiguos, cuando los judíos vivían aún en Palestina. Desde entonces ya no se producían».

Deborah obliga a sus otros tres hijos a que participen en la curación del pequeño hermano. «Llevaban a Menuchim por la calle como se arrastra una desgracia; lo ponían en el suelo o lo dejaban caer. Soportaban indignados las burlas de los demás chiquillos que corrían tras ellos cuando sacaban a pasear a su hermanito. Su obligación era llevarlo entre los dos. Pero el crío no apoyaba los pies como un ser humano. Se bamboleaba sobre sus piernas como si fuesen dos arcos rotos, permanecía un instante erguido y se caía. Al final, Jonás y Schemarjah lo abandonaban en el suelo, o bien lo instalaban en un rincón, dentro de un saco, y allí jugueteaba Menuchim con excrementos de perro o de caballo, o con guijarros. Lo devoraba todo; raspaba la cal de las paredes para llenarse la boca con ella, y luego tosía hasta que la cara se le ponía azul. Cuando estaba en un rincón era como un montón de basura». Los hermanos ansían la muerte del epiléptico. «Un día de verano, estaba lloviendo, los chicos arrastraron a Menuchim fuera de casa y lo metieron en un barril lleno de agua de lluvia acumulada allí desde hacía medio año. En ella nadaban gusanos y flotaban frutos podridos y cortezas de pan enmohecido. Lo cogieron por los pies y sumergieron su ancha cabezota gris en el agua unas diez veces, con la horrible y dichosa esperanza de tener un muerto entre las manos. Pero Menuchim sobrevivió. Tuvo estertores y vomitó agua, gusanos, frutos podridos y pan enmohecido; pero sobrevivió. (…) Cesó de llover, salió el sol, y por las valles corrieron diminutos arroyos. Era el tiempo más propicio para hacer navegar barquitos de papel y ver cómo se dirigían al canal. Mas nada de eso ocurrió. Los niños se escondieron en la casa como perros y pasaron toda la tarde esperando la muerte de Menuchim. Pero éste no murió».

Menuchim crece y emite su primera palabra, mamá. «Y aunque sólo repitiera «mamá» una y otra vez, su madre lo encontraba tan elocuente como un predicador y tan expresivo como un poeta. Comprendía todas las palabras que se escondían tras aquella única palabra».

Pasan diez años, y Menuchim no había sido capaz de pronunciar ninguna otra palabra. «Para el cumplimiento de una bendición de necesita tal vez más tiempo que para el de una maldición».

Los chicos mayores deben cumplir con el servicio militar y Miriam conocedora de su belleza y encanto, se pavonea simpática. Jonás está decidido a enrolarse y encaminar su vida a ser soldado. Deborah, gracias a sus ahorros y a la intervención de un tal Kapturak, consigue que su otro hijo no vaya al ejército. Este es un desertor que emigra a América y se hace sastre. Ahora se llama Sam y su ilusión es que la familia vaya a Estados Unidos con él y su recién estrenada esposa, Vega. Miriam es novia de un cosaco. Esto hará que la familia tome, finalmente, la decisión de irse tras su hijo. Menuchim debe quedarse. Una familia amiga judía cuidará de él hasta que sane.

La llegada de Singer a Nueva York, que da fin a la primera parte de la novela, no comienza bien.

«Tuvo la impresión de haber sido expulsado de sí mismo y de que en el futuro viviría separado de su propio ser. Tuvo la impresión de haber sido abandonado en Zuchnow, a lado de Menuchim. Y mientras sus labios sonreían de nuevo y su cabeza volvía a temblar, su corazón se fue enfriando lentamente y empezó a latir como un mazo metálico contra una superficie helada. Ya estaba solo Mendel Singer: ya estaba en América…».

Joseph Roth (Galitzia rusa, 1894- París, 1939) fue un novelista y periodista austriaco de origen judío considerado uno de los escritores centroeuropeos más importantes del siglo xx. Su obra formó parte de la literatura del exilio provocado por el nazismo. Se convirtió en uno de los autores más afamados  de la Europa de entreguerras. Tras la publicación de Job (1930), libro que les propongo hoy, y La marcha Radetzky (1932) tuvo verdadero éxito como novelista. En la Alemania nazi, sus obras fueron quemadas. Vivió en varias ciudades europeas. En París le alcanzó la muerte. Sufrió un infarto debido al alcoholismo que llevaba arrastrando desde hacía años. Sin embargo, se ha escrito también que se suicidó a la entrada de los nazis en Francia. Tal fue la fidelidad que profesaba a la monarquía austrohúngara, que acabó convirtiéndose al catolicismo. «Mi judaísmo nunca me pareció nada más que un atributo accidental, algo así como mi bigote rubio, que lo mismo habría podido ser negro. Nunca sufrí por ello. Nunca me enorgullecí de ello», escribió en una carta al novelista Stefan Zweig. Lo cierto es que, a pesar de esta confesión, en su obra recreó los pueblos judíos de su infancia y describió las migraciones hacia Occidente. Job, su obra de temática judía más conocida, es una novela que marca la evolución estilística de Roth, desde el expresionismo alemán hacia la Neue Sachlichkeit, Nueva objetividad. Job es una preciosa historia de una familia judía de Europa Oriental que emigra a los Estados Unidos. Job, no es un título elegido al azar. Cuando lean el libro, comprobaran que el relato bíblico tiene paralelismos con los avatares de Singer. Según el relato, Job es sometido a duras pruebas cargadas de sufrimiento e ideadas por Satán con permiso del Todopoderoso, para que Job demuestre su fidelidad ante Dios. La escritura de Roth es elegante, poética, con cierto humor y de lenguaje sencillo. Desde 1930, la ficción que desarrolló en sus trabajos se orientó a evocar la nostalgia de la Europa Central anterior a 1914.

En la segunda parte de Job

«Pero de Mendel Singer si sabemos que al cabo de unos cuantos meses se sentía en Nueva York como en su propia casa».

«Le habían dicho que América era el God s own country, el país de Dios, como en otros tiempos lo fue Palestina, y que Nueva York era the wonder city, la ciudad de los milagros, como la antigua Jerusalén».

Es curioso como Roth describe a América y los americanos en este párrafo:

«Los americanos eran sanos y las americanas, bonitas; el deporte, muy importante; el tiempo, algo muy valioso; la pobreza, un vicio; la riqueza, un mérito; la virtud, un éxito a medias, y la fe en uno mismo, un éxito completo; el baile, higiénico; patinar, una obligación; la beneficencia, una inversión de capital; el anarquismo, un crimen; los huelguistas, enemigos de la humanidad; los rebeldes, aliados de Satanás; las máquinas modernas, una gracia del cielo, y Edison, el más grande de los genios».

A Deborah las cosas no le parecen tan diferentes. Su barrio está lleno de judíos y el dinero le sigue sin alcanzar. Ha ido al cine, al teatro y ha montado en metro. Su hija es una distinguida señorita que anda flirteando con Mac, el socio de Sam, pero ella echa de menos su hijo, al idiota, al abandonado a Menuchim.

Mendel también siente nostalgia y dolor por lo que ha dejado atrás.

«(…) se imaginaba que en su casa lo esperaba una carta. En ella le dirían claramente que Menuchim se había curado por completo y que a Jonás lo habían licenciado del ejército por una enfermedad insignificante, y que quería venirse a América. Sabía Mendel que esa carta no había llegado todavía, pero en cierto modo intentaba darle una oportunidad para hacerlo».

La carta llega tiempo después hablando del progreso de Menuchim y de la felicidad que siente Jonás al ser soldado. Ven esperanza en todo aquello pero estalla la guerra y ellos, desde América, poco pueden hacer. Mendel se lamenta y cree haber hecho muy poco por sus hijos. Por si fuera poco, Sam y Mac se enrolan en el ejército americano.

«Acaso fuera América una patria; la guerra, un deber; la cobardía, una vergüenza y la muerte, algo imposible en la plana mayor. «Mas a pesar de todo, pensaba Mendel, yo soy el padre. Debí decirle: «¡Quédate, Sam! He esperado muchos años para gozar de un poco de felicidad. Jonás está en la guerra, no sabemos qué podrá ocurrirle a Menuchim, y tú tienes una esposa, un hijo y un negocio. ¡Quédate, Sam!» Y tal vez se hubiera quedado».

«(…) Jonás tenía razón; Jonás, el más torpe de mis hijos. Le gustaban los caballos, el aguardiente y las muchachas, y ahora ha desaparecido. Jonás, no volveré a verte nunca; nunca podré decirte que tuviste razón al irte con los cosacos. (…) Mendel nunca tuvo la intención de irse a América. Deborah, Miriam y Schemarjah, sí: querían recorrer el mundo. Quedarse hubiera sido mejor; querer a los caballos, beber aguardiente, dormir en los prados, dejar que Miriam saliera con los cosacos, y querer a Menuchim».

Toca este libro temas muy interesantes que me gustaría destacar. Uno de ellos es el desarraigo. En este último párrafo que he transcrito, Mendel Singer se cuestiona si el haber ido a América fue la mejor solución para sus vidas. Si la aceptación del mundo conocido, de la cotidianeidad asumida aunque dolorosa y el refugio en la familia no es, siempre, la mejor opción.

Dios como un ser todopoderoso que va repartiendo suerte o desgracia es un aspecto que se hace más patente al final del libro cuando se suceden todas las desgracias posibles y Singer comienza a cuestionarse por qué razón Dios nunca le tuvo en cuenta nada más que para arrojarle sufrimiento. «Pese a que él estaba a mal con Dios, Dios seguía gobernando el mundo. Ni el odio ni la piedad podían alcanzarlo», reflexiona Singer. El viejo maestro se rebela contra su Dios.

«Dios es cruel, y cuanto más le obedecemos, más severo se muestra con nosotros. Es más poderoso que todos los poderosos, y capaz de aniquilarnos con la uña de su meñique, pero no lo hace. Prefiere destruir a los débiles. La flaqueza de un hombre excita su fuerza, y la obediencia su ira. Es un gran ispravnik (jefe de policía distrital en la Rusia zarista). Si acatas sus mandamientos, dice que sólo los acatas por tu conveniencia. Y si dejas de acatar alguno de ellos, te persigue con mil castigos. Si intentas sobornarlo, te abre un proceso. Y si actúas honestamente con él, acecha tu intento de soborno. ¡En toda Rusia no hay un ispravnik peor que El!»

¿Pero hay que seguir creyendo en Dios a pesar de todo lo malo que para nosotros tenga con la esperanza de que, algún día, se acordará de nuestro dolor y querrá enmendarlo volviendo a encender una pequeña llama en nuestros corazones apagados?

A Singer le sucedió. A Singer le llega lo bueno. Es el momento de acordarse del justo, de Singer. El libro tiene un inesperado final cargado de emotividad.

«El mismo levantó a su padre y se lo sentó en las rodilla, como a un niño. Los demás se apartaron y Mendel se quedó sentado en las rodillas de su hijo, sonriéndoles a todos».

«He cometido grandes pecados y el Señor ha hecho la vista gorda. Le he llamado ispravnik y se ha tapado los oídos. Es tan grande que nuestra vileza resulta siempre muy pequeña».

«Mendel se durmió. Y descansó del peso de la dicha y de la magnitud de los milagros».

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