PAPRIKA JOHNSON Y OTRO RELATOS. DJUNA BARNES


¿Por qué razón un padre querría acabar con los sueños de su hijo? ¿Quizás él ya rozó ese sueño y le salió mal? ¿Quizás no pudo alcanzarlo y siente el dolor punzante del recuerdo? No sabrán la respuesta hasta leer el relato que resuelve estas cuestiones. Un relato titulado Un toque de comedia. Un relato que da comienzo al libro titulado Paprika Johnson y otros relatos, de la escritora Djuna Barnes (Cornwall-on- Hudson, 1892- Nueva York, 1982).

El caso es que el padre tiene un plan y para eso necesita la ayuda de sus amigos. Y de esta manera reflexiona ante ellos sobre lo que significa ser padre, sobre lo que significa tener un hijo:

«Nuestros hijos -dijo, ajeno por un momento al parecer de dónde estaba- acuden a nosotros y se alegran de estar a nuestro lado solo mientras sus piernas se niegan a sostenerlos; en cuanto son capaces de usar la cuchara, el vaso o el tenedor ellos solos, entonces… ellos… vuelan -y añadió- : El muchacho tenía razón. Somos monos, o lo que sea, no cambiamos. En cuanto podemos, nos vamos; sí es un pájar, vuela; si es un ternero, echa a andar; y si es una fruta, cae».

Sus deseos son los de cualquier padre y el hijo se revela ante ellos de una forma muy original.

«Deseaba para su hijo una carrera honorable. Por qué, ya lo veremos.

Le había sugerido a menudo el prestigio asociado a la química. Su hijo se limitaba a reírse. Le sugería una carrera en matemáticas. «Dos y dos son cinco», respondía su hijo al instante. Se olvidaba del tema y acometía un elogioso relato de la vida del antropólogo. «Los hombres tienen cuatro patas», replicaba su hijo, «pero han aprendido a llamar a manos a dos de ellas». Su padre suspiraba».

¿Quién es Tom Scarlett? es otro de los relatos que conforman el interesante volumen de narraciones cortas que hoy les invito a leer. Scarlett es un hombre que vuelve a sentirse solo. Los demás ríen a carcajadas ante la situación de este viejo conocido. ¿Quién es él en realidad y por qué ha llegado a este punto?

«Sus amigos han dejado de idolatrarlo porque lo han pillado hurgándose los dientes. De tal suerte van cuesta abajo muchas deidades. Ellos ya no se maravillan con él porque les ha dado a probar la fruta de su alma – y al ser tropical y extraña fueron ellos incapaces de comerla, y dijeron que no era comestible. Tom Scarlett gruñe y les ofrece puros que están encantados de aceptar».

Él les confiesa sentirse solo entre los hombres. Alguno le responde que así es como se sienten las flores. Él responde: «Siempre hay flores muertas con las que nutrir a las vivas, igual que hay siempre mentes muertas con las que sustentar los pasos que da la grandeza».

«Si los hombres -dice, pensativo- fueran diez metros más altos, los gritos de los moribundos sonarían como grillos que al atardecer cantan en la hierba. El más grande de los besos no sería sino un pequeño mohín, que, de verse interrumpido, despediría un carnoso suspiro».

Barnes nos hace reflexionar sobre la fragilidad de los hombres y la crudeza de los más grandes que, a menudo, se alimentan de los trozos de los que se rompieron por el camino.

Las bromas entre las bromas, es otro brillante relato que compone esta pequeña obra. Comienza así:

«El nombre de la heroína de esta historia es la Madelonette. Caray, menos aún importaba al parecer que el héroe debiera llamarse el Médico pese a no haber visto siquiera un caso de sarampión en toda su vida.

El clímax tiene lugar en Long Beach, pero eso no lo vais a entender hasta que no alcancéis el final, aunque haría muy bien en advertiros que fue allí donde la Madelonette y el Médico cayeron una en los brazos del otro, para gran consternación de los «habituales» del paseo marítimo.

Sin embargo, en esta historia había una tercera persona, y su nombre era Josiah Illock, uno de esos hombrecillos inservibles con aspecto de tener que estar instalando cañerías en una pequeña ciudad de la periferia en lugar de haciéndole el amor a la Madelonette».

Sucede que ambos caballeros aman a Madelonette o eso cuentan. «Tanto el amor como los anuncios hay que creérselos», escribe Barnes. «Para Josiah, ella era el lirio de la existencia; para el Médico, ella era la roca sobre la cual se cimienta la fe o una casa».

Una cosa está clara: «Los hombres disparan a lo que no comprenden».

En La cobarde, Barnes presenta a una muchacha llamada Varra. Varra está comprometida con un chico llamada Karl. Varra es una mujer especial.

«A Varra nunca la habían llamado bonita. Incluso la habían calificado de bastante vulgar. Ella no había admitido jamás que aquel juicio fuese cierto. Incluso pensaba, francamente, que era más que pasable. Había vivido tanto tiempo rodeada de objetos apagados que cualquier cosa con un poco de color le parecía preciosa, y Varra tenía esas manchas redondas y rojas en las mejillas que en ocasiones se ven en las campesinas bretonas, y tenía un espléndido pelo rizado que no había vuelto a dejarse largo desde que se lo cortaran el año de la fiebre: un pelo que se alzaba en su cabeza como una cuña roja llameante que a Varra le parecía que le quedaba muy bien.

Varra tenía una única cualidad que la situaba por encima de aquellos con quienes entraba en contacto: tenía eso que llaman reputación».

¿Pero cuánto pesa tener una cualidad y mantenerla para los demás?, parece preguntarnos la escritora estadounidense en este relato. Lo mismo que para sostener una mentira se necesita seguir diciendo muchas otras, una cualidad necesita de muchas acciones que la cimienten.

«A medida que crecía, Varra se enorgullecía de su reputación. La cuidaba, y al mismo tiempo le provocaba una ansiedad enorme. Tenía que continuar ideando pequeñas cosas que recordaran a sus vecinos que aquel año seguía siendo lo que había sido el anterior; que la valentía con la que había llamado por entonces la atención era aún una de sus cualidades. Acabó pensando que era un poco más valiente de lo que era en realidad. Sincera y honestamente, se aferró a aquella opinión y habría montado en cólera si se le hubiese negado ese granito de exaltación personal».

¿Somos como somos o nos moldean los demás? ¿Somos lo que somos o somos lo que los demás esperan que seamos y por agradar nos convertimos en las expectativas de ellos? ¿Qué parte tenemos de verdad y qué parte es la que nos han otorgado y no nos pertenece? ¿Cuál llevamos con ligereza y cuál cargamos sin posibilidad de librarnos de ella al igual que un fantasma arrastra sus pesadas cadenas?

«Muchas veces en los años que siguieron hasta la formación de Varra, había lamentado en silencio esa fama de valiente que tenía. Cuando aparecía una araña en casa, era ella quien tenía que atraparla y matarla. El resto de la familia se había vuelto abiertamente temerosa a la vez que Varra se había vuelto, a todas luces, más valerosa. Cuando el mango de la sartén se ponía al rojo, era Varra la que iba a retirarla del fogón con las manos desnudas, sonriendo. También era Varra quien tenía que separar a los dos cachorros de bulldog que se habían lanzado uno al pescuezo del otro. Era ella quien les ponía las correas al cuello y quien finalmente los separaba».

Pero un día arrestan a Karl, su prometido, acusado de un robo. ¿Será este el momento de conocer la verdadera valentía de la joven o de conocer su debilidad?

En este volumen de relatos, y tal y como se explica en la introducción titulada Greenwich Village, kilómetro cero, encontramos el regreso al campo en el que creció la autora, «un reencuentro con seres absolutamente primarios alejados de la sofisticación neoyorquina o europea. Personajes con instintos casi animales que buscan el olor de la tierra».

«Los relatos aquí reunidos están protagonizados por mujeres fuertes (…) mujeres que como ella, eran juzgadas de manera implacable por la moralidad imperante. Pero hay también espacio para los hombres, y sorprende la agudeza con la que Barnes puede retratar el dolor de un padre o de un amante. Estos cuentos son a su manera la guía de juventud de Djuna para sobrevivir en un mundo «moderno», una guía en la que no duda en colocar a sus personajes al borde del abismo, donde ella se encontraría tantas veces».

En Greenwich Village trabajó como periodista. En 1921 marcha a París y allí escribe su obra más conocida, El bosque de la noche. En la capital francesa llevó una vida bohemia entablando amistad con nombres tan importantes de la cultura como James Joyce o Gertrude Stein. Fue una mujer deseosa de vivir experiencias nuevas, crítica con la moral burguesa y las convenciones artísticas.

Volviendo a la introducción de este volumen, editado por la editorial La navaja suiza, se destaca que la escritora estadounidense fue opacada por los hombres de su generación, los que conformaban la llamada «generación perdida». «Solo el paso del tiempo ha recompensado a Djuna como merecía reconociendo no solo su imprescindible contribución a la literatura modernista, sino también al feminismo, la sexualidad y la moralidad de un país cambiante que Barnes tuvo que dejar atrás para lograr la libertad que tanto ansiaba en su vida y en su creación artística».

Conocemos a los Trenchard, una pareja francesa que regenta un horno de pan situado en un sótano, gracias al relato titulado Una noche en el bosque. Los Trenchard son tal para cual. Tienen un perro y no tienen hijos.

«Jennie y él llevaban casados alrededor de treinta proverbiales y felices años. Los dos eran robustos, bajitos y bondadosos. Los dos eran amables, de complexión mullida y sonrisa fácil. Los dos estaban tan hechos el uno para el otro que daba la impresión de que debían haber nacido a la vez en algún nido».

«Ambos, a lo largo de su vida de casados, habían hablado de libertad casi con reverencia; libertad que significaba eso que los recuerdos de juventud evocan: la libertad del afuera».

Un acontecimiento sucedido en el pueblo va a poner sus vidas del revés. Una pareja ha muerto y a los Trenchard se les acusa de haberles envenenado. Les envían a la cárcel. El marido ve la estancia entre barrotes como una suerte de libertad, mientras que Jennie siente miedo por si, finalmente, les condenan a muerte a pesar de su inocencia.

«Como pajarillos empiezan a picarse el uno al otro, a preguntarse, a hablar, a reír, a llorar. Trenchard siempre fue de lágrima fácil; ahora su rostro lo componen risas, lágrimas, asombro y miedo, placer y decepción».

Pronto comienzan a reprocharse cosas. Él la echa en cara ser quien le ha privado de su libertad a lo largo de la vida. Ella le llama desgraciado ante tal injusta acusación. Él la llama tozuda y mala mujer.

Al fin, se ponen de acuerdo en una cuestión de vital importancia. Quieren escapar de la cárcel. ¿Les saldrá bien el plan?

Paprika Johnson es el nombre del último relato que me gustaría destacar y el que, a su vez, da título al volumen que recoge todas estas estupendas narraciones creadas por Barnes. Paprika Johnson es un relato magistral que, en pocas páginas, es capaz de recrear un ambiente sumamente atractivo y a unos personajes conmovedores: Paprika, su amiga Leah y el marido de esta, Gus.

«Cada sábado, tan pronto deslizaba el sobre marrón con su paga cuello abajo, se anudaba los pañuelos y regaba los geranios, Paprika Johnson subía a la escalera de incendios y echaba mano de las cuerdas de su banjo comprado a un prestamista.

Paprika Johnson tocaba con suavidad, y cantaba también con suavidad, desde una garganta desinfectada con pepsina, y con más que deferencia esparcía el más agudo de los registros por la ondulante colada blanca de los O Brien.

Sentada allí al atardecer, sobre su pequeña cuadrícula de seguridad, en una ciudad de un millón de cuadrículas, escuchaba la música de las esferas y las cebollas freírse en la trascocina de Daisy Mack, y le cantaba una canción al perfecto verano mientras observaba cómo Madge Darsey se aflojaba el corsé en el bloque de apartamentos de enfrente».

Paprika tiene una amiga que se llama Leah. No es muy agraciada. Finalmente se casa con un hombre ciego llamado Gus, que después recuperará la vista. Esto produce pánico en Leah, que no quiere ser descubierta. ¿Qué hará Paprika para ayudarla?

«En un frenesí de té de jengibre caliente y velos blancos, Leah se casó. Por última vez, una muchacha soltera, desconocedora aún del efecto irreversible de tener una cajonera con cepillos de cerdas duras en una esquina y una parada automática en la otra. Abrazó y besó a Paprika y lloró un montón pegada a su cuello y sintió que estaba separándola de la totalidad de una geografía y de sus istmos».

¿Se puede describir mejor el paso de la soltería al casamiento? Párrafos tan grandiosos como éstos son los que definen a los grandes novelistas, a las grandes escritoras como lo es Djuna Barnes.

 

 

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