DELATORA. JOYCE CAROL OATES

«En la gran familia de católicos irlandeses a la que pertenecía nuestro padre se le había educado en el convencimiento de que las familias permanecen unidas. Los inmigrantes irlandeses las habían pasado muy negras para llegar a los Estados Unidos, ni siquiera se los consideraba «blancos» en algunos ambientes, como a italianos, griegos y judíos, hasta incluso los años cincuenta. Así que los irlandeses se mantenían unidos, al menos en teoría.

No en teoría sino en la realidad, y comprometiéndose a fondo, una familia tenía que proteger a los suyos. Podías pelearte con tus familiares, un hermano o una hermana, podías pelearte con tus padres, pero en esencia uno seguía unido al resto, no abandonaba ni traicionaba a los otros. Uno nunca aireaba los trapos sucios fuera de casa; eso era imperdonable.

Dentro de la familia nunca mentías cuando lago era de verdad importante, y nunca hacías trampa.

Te ponías de parte de tu hermano contra tu primo, y de parte de uno y otro contra el de fuera.

Darías la vida por tu familia y (quizá) darías la vida por tus amigos más cercanos, tal y como los soldados darían la vida por sus compañeros (del alma)».

Delatora es el libro que hoy les presento. Una obra magnífica de la estupenda escritora norteamericana Joyce Carol Oates (Lockport, Nueva York, 1938). Los Kerrigan son una familia numerosa, de origen irlandés. Una familia católica donde «No se hablaba de ciertas cosas y para muchas de ellas tampoco existían, en cualquier caso, las palabras adecuadas«. La familia es «un destino especial». De la familia en las que has nacido no puedes escapar, se apunta ya en las primeras páginas del relato. Jerome, Miriam, Lionel, Les, Katie, Rick y Violet Rue son los hijos de Jerome y Lula. Violet Rue, su hija pequeña es la que nos narra la historia en primera persona. Ella, al ser la menor, no ha conocido los felices años de matrimonio de sus padres. Presenta a la pareja de una forma muy particular:

«Entre ellos habían muchas cosas que no se decían. Ahora que soy mayor he llegado a entender que su conexión estaba, como las raíces de los árboles, llena de nudos, y era subterránea e invisible».

El padre es bebedor, trabajador, católico, infiel, amante del boxeo, fontanero de profesión, generoso con los demás y ha combatido en Vietnam. Aceptaba la realidad de la mala suerte y quería a sus hijos de diferente manera.

«Y a mis hermanos los quería de una forma diferente a como nos quería a mis hermanas y a mí, con un amor más extremo, más exigente, mezclado con impaciencia, en ocasiones con burla; un amor hiriente. En mis hermanos se veía a sí mismo y, en consecuencia, encontraba fallos, incluso vergüenza, necesidad de castigarlos. Pero también padecía una ceguera, la imposibilidad de separarse de ellos».

Lula, la madre, es una mujer insatisfecha con la vida que lleva. Se siente desgraciada. Demasiados hijos, demasiadas responsabilidades, demasiados convencionalismos. Y además, un marido ingrato, un suegro obsceno y unos hijos que se le escapan de las manos. Fracasa en su jardín como fracasa con todo. «¡No consigo tener nada! ¡Nada en absoluto! Cada maldita cosa que quiero me la quitan.«, lamentará.

Violet adora a sus hermanos, los siente como sus protectores. «Eran divertidos: groseros y vulgares», dirá. «Por lo general no me hacían el menor caso».

Lionel y Jerr se han metido en un lío. Han participado en el abuso sexual a una chica, una vecina con «necesidades especiales», llamada Liza.

Ha pasado el tiempo, han sucedido cosas terribles, un chico afroamericano de diecisiete años, también vecino, Hadrian Johnson ha muerto a consecuencia de las graves heridas que sufrió en la cabeza una noche a principios de noviembre cuando volvía en bicicleta a su casa. Fue agredido por unos individuos aún sin identificar.

Una llamada anónima señaló la presencia de un joven «molido a golpes» que yacía inconsciente en la calzada.

Jerr ya tiene diecinueve años y se ha convertido en ayudante de fontanero. Lionel, de dieciséis, es un pésimo estudiante de secundaria. Jerr está cansado de trabajar y piensa que las chicas están compuestas por «diferentes clases de cerdas». Beben y exprimen al máximo cada noche de sábado montados en un Chevrolet, acompañados de sus amigos. Dicen ser chicos sin prejuicios raciales, aunque aclaran que no se mezclan con los afroamericanos. Cuando aparecen como sospechosos alegan que sólo le querían dar un susto, nunca atropellar al muchacho. Aseguran no haber llegado a ver el rostro de su víctima hasta después.

«Cuatro jóvenes blancos en un automóvil, un solitario chico negro en bicicleta, un sábado por la noche, muy tarde ya, pero no, no eran racistas».

Violet ha visto a sus hermanos llegar a casa. Les ha escuchado hablar en el garaje. Han lavado el coche, han lavado un bate de béisbol. Se han lavado las manos y los antebrazos. Quieren librarse del bate cuanto antes. Piensan cómo. Van a la cocina a beber unas cervezas. Violet entra en la cocina. Violet promete que no dirá nada mientras prueba la cerveza por primera vez.

La madre Kerrigan habla de lo mal que lo hace la policía, de lo injusta que está siendo la investigación. Está convencida de que todo lo que está sucediendo se debe a que los chicos son blancos, que no hay otro motivo. No quieren ver la realidad, ni ella ni su marido.

«Dado que No podían haber hecho aquella cosa tan terrible, pasaron a ser Los que no habían hecho aquella cosa tan terrible.

Dado que Aquello no podía ser posible, hubo que convertirlo en No es posible. No era posible.

Dado que No serían capaces de mentirnos, hubo que concluir que No nos han mentido. Son nuestros hijos«.

El padre plantea una coartada a la madre:

«Jerome, no creo que yo… No creo que pueda…

Escucha. No nos están mintiendo… Estoy seguro. Pero a otras personas podría parecerles que es eso lo que hacen. A los hijos de puta de esta ciudad nada les gusta tanto como joder a chicos blancos decentes».

En una acalorada conversación con su madre, a Violet se le escapa el secreto del bate. No tiene más remedio que contarle la verdad.

«Son ellos… Son los que busca la policía.

Pero mamá me daba la espalda (…) Estaba furiosa, temblando. No se volvió. No dio señales de haberme oído (…)».

En la iglesia de San Mateo, Violet, de tan solo doce años, se confiesa ante el padre Greavy. Con voz «precipitada y temblorosa» cuenta todo lo que sabe.

«(…) pero el padre Greavy me interrumpió para objetar que yo no tenía ni idea de lo que estaba diciendo. Son acusaciones muy graves. (…) Con un susurro sibilante, el padre Greavy dijo que estaba en juego la vida de mis hermanos. ¡No, no! No quería oir nada más. (…) El padre Greavy no quería más revelaciones histéricas acerca de un bate de béisbol. Nada acerca de un «Hadrian Johnson» que nunca había sido feligrés de la parroquia de San Mateo. No quería problemas; si se le preguntaba, afimaría no tener ni idea de quién era yo».

Lionel intenta matar a Violet tirándola por las escaleras. La niña cuenta todo en el instituto.

«Se convertiría en materia de alegato judicial: la información no solicitada, obtenida sin coacción, puramente voluntaria, que proporcionó a la policía de South Niagara la hermana de doce años de los sospechosos de agresión a Hadrian Johnson, que había culminado con su muerte.

Y de esa manera quedó decidido el resto de mi vida».

«¡Cómo has podido, Violet! Arruinarnos así la vida…

Tu padre ni siquiera es capaz de hablar de ello. Ni de hablar de ti.

Cuanto más tiempo estés aquí, mejor. En casa no hay sitio para ti«.

Los Servicios de Protección a la Infancia trasladan a Violet, por seguridad, fuera del hogar, a un centro de acogida. El objetivo es acabar en casa de sus tíos, pero de momento allí es donde van a visitarla su hermana mayor y su madre. «También se me hizo saber que mi familia no quería que volviese a casa… nunca». La voz de la madre es acusadora, sus gestos fríos. Evita mirarla. Violet sólo quiere cariño.

«Me conmocionó, porque ya era yo casi tan alta como ella. Una chica grande y desgarbada de doce años que pronto cumpliría los trece, con el deseo de encogerse y de empequeñecer hasta volver a ser la Violet Rue de pocos años atrás, cuando tanto mi madre como mi padre me querían sin reservas».

El bate se ha encontrado enterrado en propiedad municipal. Es de Jerome, no cabe duda. Las huellas dactilares de ambos hermanos están impresas allí. Además, en el cuero cabelludo de Johnson se habían encontrado «pequeños fragmentos de la madera con que estaba fabricado el bate». Les aconsejan que se declaren culpables, pero no de homicidio doloso sino involuntario. Jerome recibe la pena más severa, de nueve a quince años. Lionel, de siete a trece. Al declararse culpables, Violet no tuvo que testificar contra sus hermanos ante un tribunal.

Ya instalada en casa de su tía Irma, Violet continúa con la esperanza de que su familia la perdone. Les escribe cartas, postales, les anuncia su graduación pero no contestan. Se siente como si fuese «un perro que sigue moviendo la cola una y otra vez mucho después de que todo el mundo lo haya abandonado».

«Esa era la gran debilidad, querer agradar, que te quieran. Renuncias a todo tu orgullo buscando agradar, que te quieran«.

«¡Violet! ¿Sabes? De todas las chicas sólo te he querido a ti«.

Violet topa con un profesor de matemáticas, el señor Sandman. Es su profesor y ella es su alumna favorita. La lleva a su casa para darle tutorías especiales. Violet come los ricos dulces que se le ofrecen y bebe chocolate caliente, sidra y zumo de arándanos. Él la llama Blancanieves y Bella Durmiente. El señor Sandman cree que lo único que han hecho los hermanos de Violet es sacrificarse. Lo cree porque él es un nazi. Piensa que los negros carecen de sentido moral. «Son avaros y lujuriosos. El promedio de su cociente intelectual es muy inferior al de blancos y asiáticos».

«-A tus hermanos se los ha martirizado porque son blancos, Violet. (…) Estoy convencido de que son inocentes. Se estaban defendiendo. O los provocaron. Como he pronosticado, se está cociendo una guerra racial».

El profesor abusa sexualmente de chicas. De Violet, durante siete meses. La ha drogado sistemáticamente con barbitúricos. Ese profesor que regala dulces, pócimas para dormir, hace fotografías a sus víctimas mientras adormiladas reposan en la bañera y en la cama y las engatusa con el volumen del conocido matemático Lewis Carroll titulado Juegos, rompecabezas y problemas matemáticos de Lewis Carroll.

Han pasado siete años, las pocas noticias que Violet recibe de su familia siguen viniendo de su hermana Katie. Lionel ha estudiado en la cárcel y ha obtenido un diploma equivalente a la educación secundaria, Jerome se ha tatuado, es miembro de la Hermandad Aria y ha visto aumentada su condena en seis años por participar en la agresión «casi mortal» contra otro recluso. Lionel no consigue la libertad condicional. El abuelo ha muerto. Violet cree que ir al funeral será una buena idea para ver a su familia. Lo hace pese a que Katie intenta persuadirla. Una vez en la iglesia nada sale como esperaba. Huye. En casa de la tía Irma y el tío Oscar, las cosas cada vez van peor. Su tío Oscar ha cambiado de carácter. Tanto es así que incluso acostumbra a tocarse en presencia de su sobrina. «Como si Sandman le hubiera cedido la posibilidad de disfrutar a tu costa», piensa la chica.

Cuando Violet cumple los dieciocho años, se despide de su tía. Es el momento de empezar una nueva vida. Está becada para la Universidad de St. Lawrence. Allí irá, a quinientos kilómetros de distancia.

Violet tiene veinticinco años. Nunca cuenta nada de sus hermanos. Nunca cuentan que cumplen una pena por homicidio. Ahora tiene una nueva vida. Cada día de San Valentín, escribe una tarjeta anónima a los Johnson con algo de dinero. No sabe por qué lo hace. Ellos, en cualquier caso, no saben que detrás de ese gesto está Violet. Violet sigue estudiando y ahora trabaja, también como empleada de hogar, para pagarse los gastos. Acabará con el doctor Orlando Metti, el hombre para el que trabaja limpiando. Es acaudalado, atractivo y elegante. Él le promete pagarle los gastos de la universidad. Le regala joyas, un coche y un pañuelo de seda. Le da propinas, dinero, mucho dinero. Después viene la violencia. Tampoco sabe Violet cómo se ha metido en esto. Sólo quiere que alguien la cuide, que alguien la quiera. Tiene miedo a la reacción de Lionel cuando éste salga de la cárcel.

La próxima parada de esta huida será en Mohawk, Nueva York. «-Sólo corro para seguir viva», confesará. Se matricula en una nueva universidad. El destino la hará reencontrarse con Tyrell Power, aquel chico negro tímido y brillante al que el profesor de matemáticas, el racista profesor Sandman, odiaba. Aquel chico negro que ahora es profesor de Ciencias Económicas. Ese chico al que ella dejó una nota en la taquilla que decía, te quiero. Ese mismo chico al que ahora, convertido en un hombre, le deja su número de teléfono en la casilla de profesor, con la esperanza de que la llame.

Lionel es puesto en libertad. Su hermana Katie la mantiene informada de todo. Papá ha muerto y su madre está en pleno tratamiento de un cáncer. Pero ahora, con la muerte repentina del padre, las cosas se han calmado. Katie anima a Violet a que se reencuentre con los suyos. ¿Será esta una decisión acertada? ¿Podrán llegar a perdonarse? ¿Volverán a ser una familia y quizás recomponer el hogar? ¿Dónde se establecerá el hogar, el corazón de Violet?

Esta hermosa y dura novela, que les invito a abrir y que habla de la transformación de una vida, de una familia, del dolor de romper con tus raíces, contiene muchas cosas más. Se ponen sobre la mesa, con absoluta maestría narrativa, temas tan importantes como la educación rígida y patriarcal consentida por una madre convencional, el racismo, la lealtad ciega de un tronco familiar frente a la verdad, la misoginia o los abusos sexuales. Una obra completa que resume la historia estadounidense reciente.

«¡Cuánto se parece una familia a un árbol gigante! Por muy dañado que esté el árbol, empezando a morir y a pudrirse, las raíces siguen entrelazadas bajo tierra, indisolublemente».

«-Se dice que la vida no tiene ningún significado intrínseco, y que solo le proporciona significado el tener una familia, mantenerla unida, y viva, y mantenerte vivo tú mismo».

«Tiempos felices. Uno podría haber pensado que durarían siempre. Como si se tratase de unos dibujos animados en la televisión, exagerados e increíbles».

 

 

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