03Ene/10

TRES NOVELAS EN IMAGENES. MAX ERNST

LOS-SUEnOS-DE-MAX-ERNST
“Sabed que, desde que el hombre tiene memoria, la mujer 100 cabezas nunca ha tenido relaciones con el fantasma de la repoblación. Ni las tendrá: antes macerarse en el rocío y alimentarse de violetas escarchadas”
¿Quién es la mujer 100 cabezas? ¿quién el fantasma de la repoblación? Sólo el artista alemán Max Ernst (1891-1976) nos podría dar la respuesta, o quizás no… Este párrafo, con el que se inicia el comentario, está incluido en una novela fantástica que uno no puede parar de abrir. Abrir otra vez para volver a disfrutar, para volver a entender, para descubrir por primera vez. La novela titulada “Tres novelas en imágenes” incluye los siguientes trabajos: “La mujer 100 cabezas”, “Sueño de una niña que quiso entrar en el Carmelo” y “Una semana de bondad”. La editorial Atalanta la puso a nuestra disposición hace un par de años.
Ernst, pieza clave tanto en el movimiento dadá como en el surrealismo, fue siempre un investigador infatigable que trabajó para, sobre todo, dar a conocer la interpretación del mundo de los sueños y la imaginación.
El epílogo que recoge el libro, escrito por Juan Antonio Ramírez, además de ser perfecto y dar datos históricos muy interesantes, es ameno y ayuda a entender esas imágenes que nos dejan desnudos. Buscamos texto y no encontramos más que dos o tres frases sueltas, buscamos un significado, y no encontramos más que la angustia de una imagen tras otra. Por eso, si se quiere ir sobre seguro, es mejor comenzar por el epílogo, los más valientes y soñadores pueden lanzarse al vacío con las imágenes.
De “La mujer 100 cabezas” me quedo con varias imágenes que me han llamado la atención y que se encuentran repartidas por los nueves capítulos de los que consta. Por ejemplo una imagen del capítulo segundo que viene acompañada del siguiente texto: “¿Este mono será católico por casualidad?, o una del capítulo tercero que se titula “La yaya”. La estampa que se incluye con la frase: “El gesto elegante del ahogado” me gusta también. En este primer libro observamos la vida de un ser imaginario.
“Sueño de una niña que quiso entrar en el Carmelo” nos presenta a una joven que experimenta a través de sus sueños, el sexo en todas sus variantes.
De cada capítulo me gustaría destacar una imagen. Del capítulo primero, la introductoria que se apoya en el siguiente comentario: “El Padre: “Vuestro beso me parece adulto, hija mía. Venido de Dios, llegará lejos. ¡Vamos, hija mía, continuad y…”
Del segundo: “Marceline-Marie, saliendo del mar antropófago: “Todas mis alegrías tienen una coartada y mi cuerpo se cubre de cien fisuras profundas.”
“…la marcha se hace penosa. La tierra es blanda y blanca”. Marceline-Marie se despierta, un poco aturdida. Corrige su atuendo que, esta vez, es verdaderamente indecente, y se duerme de nuevo sonriendo. El sueño continúa.”, así se presenta esta imagen del capítulo tercero.
Y del último capítulo: “La anunciacion hecha a papá: “No os aflijáis, padre mío: mi esposo celestial se ha vuelto loco. Pero yo guardo en mi santuario la cabeza y los brazos que han tocado el trueno.”
“Una semana de bondad” está estructurada en diferente cuadernos que corresponden a los días de la semana. Los trabajos del primer cuaderno me gustan especialmente por la combinación que Ernst plasma de animales y personas. El segundo cuaderno, titulado como “Lunes” deja unas obras muy bellas en el que el agua es el protagonista.
En el tercero todas las imágenes transcurren en lugares cerrados y tienen mucho encanto.
En el cuarto cuaderno, el artista alemán vuelve a jugar con la pareja de humanos y animales, esta vez con aves como protagonistas y el resultado es espectacular.
Los capítulos restantes no guardan una estructura tan marcada pero sus imágenes son igualmente sorprendentes.

© 2009 Araceli Cobos

31Dic/09

CONCIERTO BARROCO. CARPENTIER

VIVALDI-Y-CARPENTIER
¿Tienen ganas de hacer otro viaje con Alejo Carpentier? Aquí les ofrezco otra propuesta, esta vez por Europa. Un viaje lleno de música y de divertidas anécdotas. Les dejo con un principio insuperable, de una historia preciosa también, “Concierto barroco”.
El argumento de “Concierto barroco” está basado en un hecho histórico: la composición y estreno en Venecia, en 1773, de una ópera de Vivaldi sobre Montezuma. Es una historia divertidísima que narra las peripecias de un indiano que en compañía de su criado, llega a Europa para buscar instrumentos musicales. Siempre que he leído esta “nouvelle” me ha recordado, de alguna manera, a Don Quijote y Sancho Panza.
El principio de la obra resume muy bien el desarrollo de la misma, elegante y divertida a partes iguales. Así comienza el escritor cubano a describir los preparativos del viaje:

“De plata los delgados cuchillos, los finos tenedores; de plata los platos donde un árbol de plata labrada en la concavidad de sus platas recogía el jugo de los asados; de plata los platos fruteros, de tres bandejas redondas, coronadas por una granada de plata; de plata los jarros de vino amartillados por los trabajadores de la plata; de plata los platos pescaderos con su pargo de plata hinchado sobre un entrelazamiento de algas; de plata los saleros, de plata los cascanueces, de plata los cubiletes, de plata las cucharillas con adorno de iniciales…Y todo esto se iba llevando quedamente, acompasadamente, cuidando de que la plata no topara con la plata, hacia las sordas penumbras de cajas de madera, de huacales en espera, de cofres con fuertes cerrojos, bajo la vigilancia del Amo que, de bata, sólo hacía sonar la plata, de cuando en cuando, al orinar magistralmente, con chorro certero, abundoso y percutiente, en una bacinilla de plata, cuyo fondo se ornaba de un malicioso ojo de plata, pronto cegado por una espuma que de tanto reflejar la plata acababa por parecer plateada…”

Otro párrafo de la obra, en el cual ya están de lleno disfrutando de su viaje. Parada: Madrid:

“Una noche, fueron de putas a una casa donde los recibió un ama obesa, ñata, bizca, leporina, picada de viruelas, con el cuellos envuelto en bocios, cuyo ancho trasero, movido a palmo y medio del suelo, era algo así como el de una enana gigante. Rompió la orquesta de ciegos a tocar un minué de empaque lagarterano, y, llamadas por sus nombres, aparecieron la Filis, la Cloris y la Lucinda, vestidas de pastoras, seguidas por la Isidra y la Catalana, que de prisa acababan de tragarse una colación de pan con aceite y cebolla, pasándose una bota de Valdepeñas para bajarse el último bocado.”

© 2009 Araceli Cobos

29Dic/09

VIAJE A LA SEMILLA. ALEJO CARPENTIER

EL-VIAJE-DE-ALEJO-CARPENTIER
Les propongo un viaje. Un viaje corto, un viaje único, un viaje inolvidable. Imaginen que no van a una playa ni se sientan en la arena, ni ven los barcos al fondo, ni el horizonte, no, no, nada de eso. Imaginen todo al revés. Imaginen que ustedes emergen del agua, que incluso eran un pez, un pez chiquitito, que después se convierte en delfín y después en un humano y después su horizonte es la arena, y caminan hasta alcanzarla, y allí se tumban sin pensar en nada. Parece interesante, pero no, no lo es.
El viaje más dulce, más interesante viene de la mano de Alejo Carpentier. Sólo un genio puede escribir el cuento “Viaje a la semilla”. Publicado en 1944 en una edición de 100 ejemplares, el escrito nos transporta a la Cuba colonial del siglo XIX y allí conocemos el nacimiento y la muerte de Don Marcial, Marqués de Capellanías, además de sus vivencias y la extraña y mágica historia de los muebles y objetos de su casa.
Periodista, musicólogo, escritor de libretos para ballet, el novelista Alejo Carpentier (La Habana, 1904- París, 1980) es un escritor único. El estilo barroco de sus trabajos y su teoría de lo “real maravilloso”, son temas de sobra conocidos por sus seguidores. Su infinita imaginación te transporta a lugares fantásticos en los que, sin embargo, todo es tan real…
Es mágico Carpentier. Pueden empezar abriendo cualquiera de sus obras: “¡Écue- Yamba-O!”, o “El reino de este mundo”, o “Los pasos perdidos”, o cualquiera de sus escritos, pero yo les propongo abrir “Viaje a la semilla”, dejarse llevar, y así empezar a conocer a este maestro de la literatura si es que ustedes aún no lo han leído.
La editorial Atalanta publicó un libro en 2008 donde se recogen éste y la “nouvelle” “Concierto barroco”.
Quisiera destacar algún párrafo del capítulo XII del cuento, uno de los más bellos en mi opinión.

“Las aves volvieron al huevo en torbellino de plumas. Los peces cuajaron la hueva dejando una nevada de escamas en el fondo del estanque. Las palmas doblaron las pencas, desapareciendo en la tierra como abanicos cerrados. Los tallos sorbían sus hojas y el suelo tiraba de todo lo que le perteneciera. El trueno retumbaba en los corredores. Crecían pelos en la gamuza de los guantes. Las mantas de lana se destejían, redondeando el vellón de los carneros distantes. Los armarios, los vargueños, las camas, los crucifijos, las mesas, las persianas, salieron volando en la noche, buscando sus antiguas raíces al pie de las selvas. Todo lo que tuviera clavos se desmoronaba. Un bergantín, anclado no se sabía dónde, llevó presurosamente a Italia los mármoles del piso y de la fuente. Las panoplias, los herrajes, las llaves, las cazuelas de cobre, los bocados de las cuadras, se derretían, engrosando un río de metal que galerías sin techo canalizaban hacia la tierra. Todo se metamorfoseaba, regresando a la condición primera. El barro se volvió barro, dejando un yermo en lugar de la casa.”

¿Han leído alguna vez algo más bello?

De este cuento hay momentos inolvidables y descripciones graciosas como una referente a la infancia de Don Marcial, cuando jugaba con su perro Canelo:

“Canelo y Marcial orinaban juntos. A veces escogían la alfombra persa del salón, para dibujar en su lana formas de nubes pardas que se ensanchaban lentamente. Eso costaba castigo de cintarazos. Pero los cintarazos no dolían tanto como creían las personas mayores. (…) Ambos comían tierra, se revolcaban al sol, bebían en la fuente de los peces, buscaban sombra y perfume al pie de las albahacas.”

Y otras, más irónicas, al hablar de su padre:

“Marcial respetaba al Marqués, pero era por razones que nadie hubiera acertado a suponer. Lo respetaba porque era de elevada estatura y salía, en noches de baile, con el pecho rutilante de condecoraciones; porque le envidiaba el sable y los entorchados de oficial de milicias; porque, en Pascuas, había comido un pavo entero, relleno de almendras y pasas, ganando una apuesta; porque, cierta vez, sin duda con el ánimo de azotarla agarró a una de las mulatas que barrían la rotonda, llevándola en brazos a su habitación. Marcial, oculto detrás de una cortina, la vio salir poco después llorosa y desabrochada, alegrándose del castigo, pues era la que siempre vaciaba las fuentes de compota devueltas a la alacena.
El padre era un ser terrible y magnánimo al que debía amarse después de Dios. Para Marcial era más Dios que Dios, porque sus dones eran cotidianos y tangibles. Pero prefería el Dios del cielo, porque fastidiaba menos.”

© 2009 Araceli Cobos

26Dic/09

EL TERREMOTO DE CHILE. HEINRICH VON KLEIST

el-fantasma-del-castillo
¿Creen ustedes en los fantasmas? Si leen alguno de los relatos de Edgar Allan Poe pueden incluso llegar a pensar que existen, o al menos darse la vuelta por si hay alguien alrededor. Pero no menos inquietante es un relato con el que me he topado de Heinrich von Kleist (1777-1811) titulado “La mendiga de Locarno”. Es una obra muy breve en la que el autor alemán nos pone los pelos de punta.
La vida de Kleist es digna de mención ya que tuvo un final propio de tintes dramáticos, como sus obras. Es quizás Kleist uno de los escasos escritores del Romanticismo que puso en acción el ideario que inspiraba a este grupo de escritores. Se suicidó junto a su compañera a la edad de 34 años, tras una meditada y cuidada preparación.
En “La mendiga de Locarno”, publicado por la editorial Atalanta dentro del libro “El terremoto de Chile”, el suspense está garantizado hasta el final, por eso abrir este relato es una delicia.
Al ser un trabajo tan corto no puedo, como en otras ocasiones, recrearme escribiendo los párrafos que más me gustan o que más me llamaron la atención al leerlo, pero sí les puedo dejar al pié del castillo para que luego ustedes se decidan o no a entrar.
Así comienza el relato:

“Al pie de los Alpes, cerca de Locarno, en el norte de Italia, había un viejo castillo perteneciente a un “marchese”, que hoy, cuando se vien de San Gotardo”, puede verse en escombros y ruinas; un castillo de alto techo y espaciosas salas, en una de las cuales una vez, sobre paja que esparcieron en ella, la señora de la casa, por compasión, hizo entrar a una vieja mujer a la que había encontrado mendigando en su puerta.”

© 2009 Araceli Cobos

24Dic/09

LA BAILARINA Y EL MAGO: UN CUENTO DE NAVIDAD

LA-BAILARINA-Y-EL-MAGO
Aunque el señor Mayer ya sabía que pasaría solo la Navidad, no le importaba lo más mínimo. Esto sucedía cada año, y al contrario de lo que sentiría cualquier persona si no tuviera a nadie a su lado con quien compartir un día tan señalado, el señor Mayer no estaba ni siquiera un poquito triste. Al señor Mayer le gustaba estar solo, y decirse a si mismo ¡Feliz Navidad! sin que nadie le molestase, y comerse su ganso relleno sin que nadie le quitara un trozo, y partir la tarta de chocolate tal y como a él le gustaba, en seis pedazos casi idénticos. También disfrutaba brindando solo y abriendo sus regalos solo.
El señor Mayer no tenía familia, desgraciadamente, pero lo más triste es que tampoco tenía amigos, ni siquiera un mascota que le diera un poco de compañía. Su gato Paul le había abandonado hacía ya mucho tiempo. Prefería la vida callejera y las raspas de pescado a los cojines de seda y la leche calentita de su amo. La vida en casa del señor Mayer era para Paul mucho más cómoda que la calle, pero no recibía nada de cariño, por eso el gato, un buen día, había decidido abandonarle. Cuando se subía encima de su amo, éste le echaba de un manotazo de nuevo al suelo, y ni siquiera sentía ganas de acariciarle. Así era el señor Mayer: huraño y distante, antipático y solitario.
Unos días antes de Navidad, el señor Mayer fue al centro de la ciudad en busca del regalo que se regalaría a si mismo. Todo le molestaba a su alrededor: los niños con los trineos, los cientos de puestos de figuritas y marionetas, las parejas bebiendo chocolate caliente, las abuelas comiendo buñuelos. Todo para él era innecesario. Cansado de soportar el bullicio, se fue alejando poco a poco hasta topar, de forma casual, con el escaparate de una tienda de antigüedades hasta ahora desconocida para él. El señor Mayer sentía debilidad por los objetos de épocas pasadas e incluso los coleccionaba.
En el escaparate se amontonaban libros polvorientos, saxofones oxidados, muñecas desnudas, espadas, y diademas con piedras preciosas. Al lado de los libros había una figurita que llamó poderosamente la atención del señor Mayer, una bailarina de porcelana con un tutú rosa, unas zapatillas del mismo color y un pequeño lazo en su moño de pelo castaño. Pero lo que más le gustó al señor Mayer fue la cara dulce y sonriente de la pequeña bailarina.
Entró en la tienda sin pensarlo dos veces, incluso con ansias de tener pronto entre sus manos aquella figurita, costase lo que costase.
El vendedor le puso un precio y el señor Mayer quedó conforme. Pero justo cuando se disponía a salir de la tienda con su preciado tesoro, el dueño de la tienda le explicó que había olvidado decirle que la bailarina iba acompañada por otra figurita, un mago. El señor Mayer observó el mago, un tipo bonachón de barriga grande, con esmoquin de pinguino, y sombrero de copa. No le llamó la atención.
-Si no le importa compraré sólo la bailarina, dijo el señor Mayer. El mago no me gusta.
-Si, por supuesto, contestó el dueño de la tienda. Sólo quería comentárselo para que supiera usted que era una pareja de figuritas, añadió. Yo las encontré juntas y así las compré en su día, y así han estado en mi escaparate hasta hoy, pero no tengo ningún problema en venderle sólo la bailarina.
-Gracias y ¡Feliz Navidad!, contestó el señor Mayer, que con la adquisición de la bailarina se había puesto de mejor humor.
Cuando llegó a casa dejó la porcelana en una de las mesitas del salón, junto a la librería. Tenía muchas cosas que hacer: decorar el árbol, preparar las galletitas de mantequilla,…y después envolvería a la bailarina en un precioso papel de regalo para volverla a sacar el día de Nochebuena y decirse a si mismo: ¡Feliz Navidad!.
La víspera de la festividad el señor Mayer disfrutó de su propia fiesta. Comió su ganso relleno, su tarta de chocolate y brindó con champán. Su gato Paul, picado por la curiosidad, se acercó hasta la casa de su antiguo amo, y allí desde el alfeizar de la ventana que daba al salón pudo ver como el señor Mayer sonreía sólo, comía sólo y ni tan siquiera se acordaba de él. En un intento de llamar la atención de su antiguo amo, Paul rasgo los cristales con las uñas, y la verdad es que no fue una buena idea porque el señor Mayer se levantó encolerizado para echarle.
-¡Vete de aquí maldito gato!, gritaba el señor Mayer. Eres un bicho desagradecido. Ahora te puedes quedar en la calle para siempre, yo no te necesito.
Paul se fue triste y el señor Mayer sonreía sólo de pensar que el gato ya había aprendido la lección. “Seguro que su vida en la calle es horrible”, se decía el señor Mayer sin ni tan siquiera pensar en lo que el pudo haber hecho mal para que Paul hubiese tomado la decisión de abandonarle.
Pasado el incidente fue corriendo hasta el árbol para abrir su regalo. Estaba ansioso por volver a ver a su bailarina de porcelana. Pero al liberarla del papel, el señor Mayer, se llevó una gran sorpresa. Su bailarina ya no estaba en posición de “demi plié”, su bailarina estaba sentada, y lo peor de todo es que ya no sonreía, al contrario, su cara reflejaba una gran tristeza.
El señor Mayer la tocó con miedo y como por arte de magia, la bailarina le habló.
-¿Está usted contento?, preguntó la figurita con voz suave.
¿Contento?, contestó contrariado el señor Mayer.
-Estas son las peores Navidades de mi vida, y todo gracias a usted, dijo la porcelana.
-¿Qué es lo que he hecho yo para que estés tan triste?, contestó el señor Mayer aún asustado ya que no daba crédito a que aquella pequeña figurita estuviera manteniendo una conversación con él.
-Me ha separado de mi padre, me ha separado de mi padre, repetía sollozando la figurita.
-¿De tu padre?
El señor Mayer comprendió todo en aquel mismo instante. Como ya le había advertido el dueño de la tienda de antigüedades, la bailarina y el mago iban juntos. Pero el nunca hubiera podido pensar que el mago era el padre de la bailarina.
-Yo era feliz al lado de mi padre, le explicó la pequeña pieza. Mientras yo bailaba él me sonreía, después sacaba de su chistera un gran ramo de rosas y yo le sonreía a él. Así ha sido desde siempre. Pero ahora mi vida ya no será igual sin él.
Al señor Mayer, como se sabe, no le importaban estas cosas, ni tan siquiera podía llegar a entender la tristeza de los demás, pero la bailarina si le había tocado el corazón. Aquella pequeña figurita estaba sola y desamparada, y eso le había dolido.
-A usted le gusta estar solo, se le nota en su cara triste, y es algo que yo ni nadie puede comprender, le dijo la bailarina. Pero yo no quiero estar sola, porque cuando uno está solo la vida es muy triste, y no tienes a nadie que te quiera, ni te acaricie, ni duerma a tu lado por las noches, ni nadie que coma un trozo de pastel de chocolate contigo, ni nadie a quien regalarle nada, ni nadie que te de un beso por las mañanas o por las noches. Todo es triste y feo cuando uno está solo.
El señor Mayer sabía que la bailarina tenía razón pero no quería decir nada al respecto. Ya era demasiado tarde para ponerse ahora a ser amable y simpático con la gente que le rodeaba. Demasiado tarde para que ya alguien quisiera hacerle caso. Así había pasado el tiempo, pensando en que cada día, sus antiguos amigos se habían olvidado ya para siempre de él.
-Yo creía que vivir solo, sin nadie era más cómodo, porque así no tendría que preocuparme por nada, le explicó el señor Mayer a la bailarina con gran tristeza y arrepentimiento. Después me he dado cuenta de que era un egoista, y que ahora nadie se preocupa por mí, pero creo que ya es demasiado tarde para volver atrás.
-Nunca es tarde para volver a ser feliz si aún tiene esta posibilidad entres sus manos señor Mayer, contestó la bailarina. Salga a la calle mañana, salude a sus vecinos, llame a sus antiguos amigos, pídales perdón, invíteles a tomar café con sus galletitas de mantequilla. Quizás alguno le perdone, estoy segura.
El señor Mayer estaba dispuesto a hacerlo. No quería vivir más en soledad. Se había engañado a sí mismo creyendo ser feliz. Pero lo cierto es que sin sus vecinos, sin sus amigos, los días eran muy largos, muy tristes. La pequeña figurita tenía razón. Mañana mismo volvería a ser el hombre que había sido, alegre y amable. Quería hacerlo, quería conseguirlo. Tenía voluntad y eso es, claro está, lo más importante para lograr lo que uno se propone.

Aún recordaba que los mejores momentos de su vida habían sido aquellos que había compartido con sus amigos y su familia.
Al día siguiente, era Navidad, y todo estaba cerrado. Aún así el señor Mayer fue a la tienda de antigüedades y el dueño le atendió amablemente en su casa. Bajó a la tienda a recoger al mago y le dio las gracias al señor Mayer por su compra. Al acercar el mago a la bailarina, la pequeña volvió a sonreir y empezó a bailar sobre la palma de la mano del señor Mayer. Éste se sentía muy orgulloso y contento de ver de nuevo a su figurita feliz. Pero de repente le entró una gran tristeza. No había nadie por la calle. Los vecinos estaban en sus casas con sus familias, sus amigos también, y ni tan siquiera su gato Paul callejeaba por los alrededores.
-No se preocupe, le dijo la bailarina. Podemos hacer otra cosa. Usted mismo llamarás a los vecinos para desearles una feliz Navidad y les invitará a ir a casa a comer galletitas y beber vino caliente.
-¿Yoooo?, contestó el señor Mayer. Me darán con la puerta en las narices después de lo antipático que he sido siempre.
-No lo creo, aseguró la bailarina. Tienes que hacerlo, es su última posibilidad.
La figurita tenía razón. Era su última posibilidad. El señor Mayer lo sabía bien. Pero lo que no sabía es que estaba al lado de un mago, y que éste estaba dispuesto a ayudarle.
-Tranquila hija, le había dicho el mago a la bailarina. Si algún vecino no quiere volver a saber nada del señor Mayer, o alguno de sus antiguos amigos no se acuerda ya de él, les echaré mis polvos mágicos sobre sus cabezas para que olviden todos sus rencores y vuelvan a recordar al señor Mayer tal y como era antes.
-¡Que gran idea!, le había contestado su hija. Es lo mínimo que podemos hacer por el señor Mayer, ya que ha sido tan bueno con nosotros. Tiene un buen corazón, estoy segura. El problema es que tantos años de soledad le han vuelto frío y huraño, pero en realidad él no es así.
-Opino lo mismo querida.
El señor Mayer se armó de valor y fue de casa en casa saludando e invitando a sus vecinos. Recorrió los barrios donde vivían sus antiguos amigos y les pidió perdón. El señor Mayer se llevó la gran sorpresa de su vida al ver que todos sus amigos y vecinos le recibían sin rencores. Creía no merecerlo pero recibió el cariño muy agradecido, después de tanto tiempo solo. Necesitaba el calor de los demás. “¡Que cruel había sido!”, pensó para sus adentros. “Nunca más volveré a cometer un error tan grande”, se dijo.
Al cabo de unos días el señor Mayer volvió a ser el de antes, el de siempre. Rodeado de amigos y familiares pasó el resto de sus vacaciones navideñas. La bailarina y el mago sonreían desde la estantería donde los había colocado el señor Mayer, al lado de la chimenea para que estuvieran calentitos.
Pero aún quedaba una espina clavada en el corazón del señor Mayer. Había buscado a su gato Paul por todos los rincones y no había dado con él. Preguntó a todos los conocidos sin obtener respuesta alguna. El señor Mayer se temía lo peor y se sintió culpable pensando que quizás, Paul ya ni tan siquiera estaba en este mundo. Pero la magia del padre de la pequeña bailarina era muy grande, y un día hizo aparecer a Paul en el alfeizar de la ventana del salón. Aquel día el señor Mayer leía el periódico y la ventana se abrió de golpe, como si hubiera un fuerte viento fuera. Se levantó para cerrarla y que no entrase el frío en el salón, y se llevó una gran sorpresa cuando vio a Paul temblando y arañando los cristales. El señor Mayer abrazó a su gato, lo llenó de besos y de caricias. Después se bañaron juntos con agua calentita y bebieron una taza de chocolate antes de irse a dormir. El señor Mayer volvía a ser feliz para siempre al lado de Paul. Paul fue feliz para siempre al lado del señor Mayer. Y la bailarina y el mago vieron toda esta felicidad desde la estantería al lado de la chimenea, mientras ella bailaba orgullosa y su papá hacía los más increíbles trucos de magia para deleite de todos.

© 2009 Araceli Cobos

21Dic/09

AMAS O CREES AMAR

AMAS-O-CREES-AMAR
Zoé tiene quince años, y como cualquier chica de su edad, parecidos problemas. El pasado verano Zoé se enamoró de Sean, un muchacho de la isla de Jersey, un anochecer, en una playa. Cuando le conoció, Zoé estaba pasando sus vacaciones con su mejor amiga, Jo, en la casa normanda de los padres de ésta.
Ahora están juntas en la casa de Manic, la abuela de Zoé. Ambas recuerdan a Sean. Zoé planea volver a verle en las siguientes vacaciones de Pascua. Ella irá a Jersey a reencontrarse con el muchacho. Lo que no sabe Zoé es que mientras tanto la vida continúa y aunque su amor por Sean está congelado en su memoria, en su corazón, en su idea idílica de aquel encuentro, ella está madurando. ¿Será todo como antes?
Para averiguarlo hay que abrir el libro “Consecuencias de una fuga”, de Brigitte Logeart.
Brigitte Logeart nació en Francia, junto a la costa normanda y allí pasó su infancia y adolescencia antes de trasladarse a París donde trabajaría en el mundo del cine como asistente de dirección. Después vivió varios años en Brasil y actualmente trabaja como periodista y escribe novelas. Esta es una narración destinada a los jóvenes.
Mucho ha cambiado entre los jóvenes de entonces y ahora pero también hay muchas cosas en común que hacen que este libro les pueda gustar. Zoé y Sean se escriben cartas, y ya las cartas han sido bastante sustituídas por el correo electrónico. En la novela, aún, los jóvenes soñaban con ser periodistas, o estudiar idiomas,…Ir al cine una tarde en París era algo increíble, y un fin de semana en la casa de campo de una abuela era el lugar ideal para relajarse y soñar. Se bailaba con discos y casetes…y hasta escuchaban a Mozart mientras se atrevían a tomar alguna copa, pero atención porque hay también, como decía antes, muchas cosas en común. Entre ellas esta, Zoé está preocupada con la nueva situación de sus padres. Tiene miedo a que se separen y así lo expresa:

“Durante años, el conjunto Sophie-Marc, Marc Sophie había sido para ella, un valor sólido, una prenda de seguridad, algo inquebrantable, indespensable para su equilibrio. Cuando era pequeña llegaba a designarlos no una sola palabra: Pa-Ma. “¿Querrán Pa-Ma llevarme al cine? Es domingo. Qué bien. Voy a levantarme tarde, con Pa-Ma, y luego comeremos fuera… Pa-Ma, me gustaría mucho tener un gato, ¿qué os parece?”
Se obligó a sonreir con sarcasmo: “¡Qué estúpida era!” El Pa-Ma de su infancia había muerto hacía mucho tiempo. Ya no había Pa-Ma, sino un padre y una madre como los demás, con sus defectos, su egoísmo de adultos, sus problemas, sus desgarramientos. A veces, a contrapelo, algunas migajas de amor y, en mediode todo, ella, Zoé.”

También las ansias de independencia de la adolescente, las ganas de que sus padres no la traten como una chiquilla sino como a una mujer, es algo normal hoy en día, algo que cualquier adolescente sigue sintiendo:

“Papá me llama patito feo, mamá su caballito. Sería hora ya de que advirtieran que soy mayor, casi una mujer, y que dejaran de tratarme como a una chiquilla”, pensó Zoé con cierta indulgencia. Es curioso como los padres se empeñan en prolongar la infancia de su prole. ¿Tal vez para preservar su juventud?”

El libro está editado por Alfaguara. Merece la pena abrirlo por muchas razones: su lectura es amena, es una historia entretenida con final interesante e inesperado, y además a las treinteañeras nos puede gustar releerlo, y a los más jóvenes darse cuenta de que todos hemos tenido alguna vez los mismos problemas.

© 2009 Araceli Cobos