Category Archives: CUENTOS INFANTILES

09Jun/10

OTROS NIÑOS QUE TAMBIÉN JUEGAN

OTROS-NInOS-QUE-TAMBIeN-JUEGAN

La cometa se ha escapado de tus manos.
No llores.
Hay otro niño esperando.

El globo se ha escapado de tus manos.
No llores.
Hay otro niño esperando.

Hay muchos niños.
Hay muchos niños que esperan
lo que una vez les negaron:
la vida,
las guerras tristes,
o un destino desgraciado.
Hay muchos niños.
Hay muchos niños que viven
allá arriba,
con los pájaros,
con las nubes,
con el sol,
con las estrellas,
con la luna,
con la lluvia,
con el rayo
y la tormenta.
Pero, al fin y al cabo,
niños.
Niños
que también juegan,
que juegan con ese globo,
que juegan con tu cometa.

© 2010 Araceli Cobos

10Feb/10

¿QUE HARÁN LOS NIÑOS?

YASUTAKA-TSUTSUI-JAPoN-A-CONTRACORRIENTE

¿Qué harán los niños sin estrellas?
Irán en busca de claras de huevo,
irán en busca de espuma de ola,
irán en busca de copos de nieve,
de cartulinas que hay en la escuela.

¿Qué harán los niños sin flores?
Irán en busca de tela olvidada,
irán en busca de hilos muy finos,
irán en busca de palitos verdes,
irán en busca de olores perdidos.

¿Qué harán los niños sin sol?
Irán en busca de fuego,
irán en busca de una hoguera,
irán en busca de un rayo
para que caiga en la tierra.

¿Qué harán los niños sin mar?
Irán en busca de todos los ríos,
irán en busca de todas las fuentes,
irán en busca de oasis de cuento,
y llorarán si no es suficiente.

© 2009 Araceli Cobos

27Ene/10

MI HERMANA IRINA, MI HERMANA INÉS

MI-HERMANA-IRINA-MI-HERMANA-INeS
Antes de que Irina llegara a casa, todos decían que Inés era la mejor.
Su abuela decía:
-¡Qué pelo tan bonito tiene Inés!, es tan negro como las aceitunas.
Su abuelo decía:
-¡Que simpática es mi nieta!, y le acariciaba la cara o le daba un beso.
Su papá decía:
-Estoy orgulloso de tí. Eres muy buena en el colegio.
Su madre decía:
-Estoy orgullosa de tí. Eres muy ordenada.
Todo eran halagos y buenas palabras para Inés. Pero un día sus papás entraron en su habitación y le pidieron que fuera con ellos al salón.
Querían decirle lo siguiente:
-Inés, tenemos una sorpresa para tí, dijo su padre.
-Desde hace mucho tiempo nos estás pidiendo una hermana o un hermano con el que compartir tu vida, tus juegos, tus secretos. No te habíamos dicho nada, pero tu hermana llegará esta misma tarde a casa, dijo su madre con una sonrisa de oreja a oreja.
A Inés la sorpresa le cayó como un jarro de agua fría.
Se preguntaba: “¿Cómo se le puede traer a una hija una hermana a casa, así, de la noche a la mañana? La verdad era que no entendía nada. Todas sus amigas tenían otros hermanos y ella había visto como las tripas de las mamás de sus amigas crecían y crecían hasta que un día un bebé estaba en casa, pero no así de una día para otro y sin una mamá a la que le iba creciendo la barriga.
Sus papás le explicaron que su hermana se llamaba Irina, era de Rusia, y era una hermana adoptada a la que:
-Había que querer mucho.
-Había que respetar.
-Había que ayudar.
Ahora Inés comprendía porque sus padres habían hecho tantos viajes, y ella se había tenido que quedar en casa de sus abuelos. Llevaban dos años intentando traer a Irina a casa y al fín lo habían conseguido.
-¿No preguntas nada sobre tu hermana?, dijo su madre un poco contrariada.
-Prefiero conocerla, contestó Inés un poco enfadada. La niña ya notaba la alegría de sus padres ante la llegada de Irina, y esto le daba un poco de envidia. Se acabó su reinado. Irina era el centro de atención, ¡y ni tan siquiera había llegado aún!.
Aquella tarde Inés no quiso ir a recoger al aeropuerto a Irina, prefirió quedarse con sus abuelos a esperarla en casa.
Los abuelos de Inés notaron a la niña un poco triste.
-¿Te pasa algo Inés?, le preguntaron.
Pero Inés sólo decía que no le pasaba nada, que sólo estaba un poco nerviosa porque quería conocer ya a Irina. Y, por una parte, tenía razón, porque tenía ganas de conocerla, pero por otro lado no sabía que iba a ocurrir con Irina, y como serían las cosas después de su llegada a casa.
Después de un par de horas, sus papás entraron al salón locos de contentos con Irina.
Irina era una niña rubia, muy guapa, con la cara blanca como la leche, y de la misma edad de Inés. Las dos tenían diez años. Eso sin duda era una suerte, pensó Inés.
Irina estaba muy nerviosa, pero en cuanto vió a Inés se le pasaron todas sus preocupaciones. Irina no podía disimular su alegría al ver a Inés. “Tengo una hermana de repente, y además tiene diez años como yo, vamos a poder jugar mucho juntas”, pensó la niña. Inés también lo pensó, pero un poquito diferente: “Ahora tengo una hermana de mi misma edad, con la que podré jugar si, pero con la que tendré que compartir todo, mis juguetes, mi ropa, mis cuadernos, mis libros y hasta mi habitación”.
Y así fue, al cabo de una semana Inés ya estaba compartiendo todo con Irina.
Pero las cosas no iban muy bien. Inés no podía hablar con Irina, porque ésta aún no podía hablar su idioma. Irina sonreía todo el tiempo y esto, a Inés, le ponía un poco nerviosa. También le ponía nerviosa que Irina no se enfadara por nada. Irina aceptaba las ropas viejas de Inés sin rechistar, las muñecas que ella ya no quería, los libros a los que les faltaba alguna página. Si sus padres se enterasen de que hacía esto con Irina recibiría un buen castigo, eso ya lo sabía, pero no estaba dispuesta a compartir con Irina sus mejores cosas. Esas cosas le pertenecían a ella, por mucho que Irina fuera su hermana.
Un día sus padres vieron como Irina jugaba con las cosas que Inés ya tenía tiradas en el baul de los objetos viejos, y, como ella había pronosticado, la regañaron.
-Irina es tu hermana y no merece que le dejes lo que tú ya no quieres, ¿entendido? le dijo su padre bastante enojado.
Inés sabía que tenía razón pero Irina no era aún del todo de su agrado, no sentía que era su hermana.
Al día siguiente, los abuelos vinieron a ver a Irina y a Inés. Pero ya, las palabras bonitas no fueron sólo para ella, ahora debía escuchar comos sus abuelos decían:
-Irina es preciosa, es como una princesita de un cuento.
-Irina es muy buena, se conforma con cualquier cosa.
Al cabo de unos meses, Irina ya podía hablar el nuevo idioma. Y pronto destacó en el colegio. Además de guapa, simpática y buena, Irina era muy inteligente. A Inés esto no le hacía ninguna gracia. “Irina es demasiado perfecta. Yo nunca podré llegar a ser como ella”, pensó. Estaba muy triste y sentía mucha envidia de Irina.
Un día al llegar a casa del colegio, el papá de Inés e Irina dijo:
-Irina tus notas en matemáticas son excelentes, increibles, estoy orgulloso de ti.
Y también dijo:
-Inés, aunque eres muy buena en el colegio, sabes que las matemáticas no se te dan tan bien como a Irina. Ahora tienes suerte, ella te puede ayudar.
Inés no contestó. Se fue corriendo a su habitación y se puso a llorar. Irina era perfecta a los ojos de todos. Ella ya no era tan especial para nadie. Irina era la mejor en matemáticas, y la más simpática de las dos, y la más buena de las dos, y la más guapa de las dos.
Por la noche Irina le dijo a Inés que estaba dispuesta a ayudarla en lo que quisiera, porque para ella las matemáticas eran como un juego.
-Gracias y buenas noches, contestó Inés enfadada. No me hace falta tu ayuda.
Mientras se dormía pensó en que era muy amable por parte de Irina hacer este esfuerzo por ella y ayudarla en entender mejor las matemáticas, pero ella se sentía mal porque no era tan buena como Irina en nada y entonces ella no era tan perfecta a ojos de los demás.
Pasaron unos meses más y la situación, por fortuna, fue cambiando. Irina e Inés parecían cada vez más hermanas. Jugaban más tiempo una con la otra, se divertían en la habitación y hacían los deberes juntas. Inés mejoró tanto en matemáticas que su padre una tarde le dijo:
-Inés estoy muy orgulloso de ti. Sé que Irina te ha ayudado pero sin tu esfuerzo nada hubiera sido posible.
Estas palabras alegraron tanto a Inés que empezó a olvidar sus malos pensamientos, los que aún le quedaban, sobre su hermana. Al menos, sus padres valoraban su esfuerzo.
Una tarde, Inés salió con su hermana Irina al parque a jugar. Estaba encantada, de ¡por fin! tener una hermana y poder, como sus otras amigas, sentirse orgullosa de ella. Sus amigas ya la conocían pero Irina no les caía muy bien. También, como Inés antes, envidiaban que fuera tan lista, tan simpática y tan guapa.
Inés empezó a contar todo lo bueno de Irina a sus amigas. Irina estaba colorada, pero Inés seguía y seguía porque sabía que había sido muy injusta con ella. Ahora la sentía como a su hermana de verdad, porque eso es lo que era, su hermana de verdad. Ahora, las dos, formaban un buen equipo.
En el colegio eran las alumnas más destacadas y todos los profesores las felicitaban por sus notas y sus esfuerzos:
-Sois unas hermanas muy listas y muy trabajadoras, estamos orgullosas de vosotras, decían todos.
Esto las llenaba de alegría a las dos.
Pero un día sucedió algo imprevisto. La escuela quería que sus alumnos realizaran un deporte después de clase y este resultó ser la natación.
Irina se puso un poco nerviosa ante la decisión de la escuela, sin embargo Inés estaba loca de contenta. A ella le encantaba nadar. Era casi una experta.
Enseguida Inés notó el malestar de su hermana. Irina le contó que ella ni siquiera sabía nadar. Las otras niñas oyeron el comentarío y empezaron a reirse. Estaban, al fin, contentas, de que Irina no pudiera destacar en algo. Pero Inés ya tenía ideado un plan. La natación no comenzaría hasta dentro de una semana. Este era tiempo suficiente para que entre sus papás y ella enseñaran a Irina a nadar. Y así fue. Cada tarde, después de los deberes, los cuatro iban a las piscinas de la ciudad. El útlimo día Irina demostró que ya podía nadar bastante bien, no tan bien como Inés pero podía hacerlo muy bien.
Cuando el lunes llegó la clase de natación, todas las niñas estaban esperando ver el ridículo que haría Irina al meterse en el agua y chapotear como un pato mareado, pero se equivocaron. Cuando la vieron nadar, se dieron cuenta, de que Inés la había enseñado, y que, incluso, alguna de ellas lo hacía mucho peor que Irina.
Tanto entrenaron ambas hermanas, que al cabo de unos meses, se convirtieron en las reinas de la piscina. En los torneos las clasificaron a ellas para representar a su colegio. Y ¡ganaron!.
Al acabar la competición los entrenadores y los papás de Inés e Irina las felicitaron:
-Estamos orgullosos de vosotras. Sabemos que Inés a ayudado mucho a Irina, pero sin el esfuerzo de Irina nada hubiera sido posible.
Irina, como antes Inés, estaba contenta. Al menos, sus padres valoraban su esfuerzo.
Al cabo de un año, Inés e Irina eran las hermanas más unidas del mundo. Se querían, se respetaban y se ayudaban en todo lo que podían. Ya no había rivalidad, ya no había que luchar por destacar en nada. Las matemáticas ya eran un juego para Inés gracias a Irina, y el agua era una pasión para Irina gracias a Inés. Lo mejor del mundo era tener una hermana con la que compartirlo todo, viniera de donde viniera.

© 2009 Araceli Cobos

24Dic/09

LA BAILARINA Y EL MAGO: UN CUENTO DE NAVIDAD

LA-BAILARINA-Y-EL-MAGO
Aunque el señor Mayer ya sabía que pasaría solo la Navidad, no le importaba lo más mínimo. Esto sucedía cada año, y al contrario de lo que sentiría cualquier persona si no tuviera a nadie a su lado con quien compartir un día tan señalado, el señor Mayer no estaba ni siquiera un poquito triste. Al señor Mayer le gustaba estar solo, y decirse a si mismo ¡Feliz Navidad! sin que nadie le molestase, y comerse su ganso relleno sin que nadie le quitara un trozo, y partir la tarta de chocolate tal y como a él le gustaba, en seis pedazos casi idénticos. También disfrutaba brindando solo y abriendo sus regalos solo.
El señor Mayer no tenía familia, desgraciadamente, pero lo más triste es que tampoco tenía amigos, ni siquiera un mascota que le diera un poco de compañía. Su gato Paul le había abandonado hacía ya mucho tiempo. Prefería la vida callejera y las raspas de pescado a los cojines de seda y la leche calentita de su amo. La vida en casa del señor Mayer era para Paul mucho más cómoda que la calle, pero no recibía nada de cariño, por eso el gato, un buen día, había decidido abandonarle. Cuando se subía encima de su amo, éste le echaba de un manotazo de nuevo al suelo, y ni siquiera sentía ganas de acariciarle. Así era el señor Mayer: huraño y distante, antipático y solitario.
Unos días antes de Navidad, el señor Mayer fue al centro de la ciudad en busca del regalo que se regalaría a si mismo. Todo le molestaba a su alrededor: los niños con los trineos, los cientos de puestos de figuritas y marionetas, las parejas bebiendo chocolate caliente, las abuelas comiendo buñuelos. Todo para él era innecesario. Cansado de soportar el bullicio, se fue alejando poco a poco hasta topar, de forma casual, con el escaparate de una tienda de antigüedades hasta ahora desconocida para él. El señor Mayer sentía debilidad por los objetos de épocas pasadas e incluso los coleccionaba.
En el escaparate se amontonaban libros polvorientos, saxofones oxidados, muñecas desnudas, espadas, y diademas con piedras preciosas. Al lado de los libros había una figurita que llamó poderosamente la atención del señor Mayer, una bailarina de porcelana con un tutú rosa, unas zapatillas del mismo color y un pequeño lazo en su moño de pelo castaño. Pero lo que más le gustó al señor Mayer fue la cara dulce y sonriente de la pequeña bailarina.
Entró en la tienda sin pensarlo dos veces, incluso con ansias de tener pronto entre sus manos aquella figurita, costase lo que costase.
El vendedor le puso un precio y el señor Mayer quedó conforme. Pero justo cuando se disponía a salir de la tienda con su preciado tesoro, el dueño de la tienda le explicó que había olvidado decirle que la bailarina iba acompañada por otra figurita, un mago. El señor Mayer observó el mago, un tipo bonachón de barriga grande, con esmoquin de pinguino, y sombrero de copa. No le llamó la atención.
-Si no le importa compraré sólo la bailarina, dijo el señor Mayer. El mago no me gusta.
-Si, por supuesto, contestó el dueño de la tienda. Sólo quería comentárselo para que supiera usted que era una pareja de figuritas, añadió. Yo las encontré juntas y así las compré en su día, y así han estado en mi escaparate hasta hoy, pero no tengo ningún problema en venderle sólo la bailarina.
-Gracias y ¡Feliz Navidad!, contestó el señor Mayer, que con la adquisición de la bailarina se había puesto de mejor humor.
Cuando llegó a casa dejó la porcelana en una de las mesitas del salón, junto a la librería. Tenía muchas cosas que hacer: decorar el árbol, preparar las galletitas de mantequilla,…y después envolvería a la bailarina en un precioso papel de regalo para volverla a sacar el día de Nochebuena y decirse a si mismo: ¡Feliz Navidad!.
La víspera de la festividad el señor Mayer disfrutó de su propia fiesta. Comió su ganso relleno, su tarta de chocolate y brindó con champán. Su gato Paul, picado por la curiosidad, se acercó hasta la casa de su antiguo amo, y allí desde el alfeizar de la ventana que daba al salón pudo ver como el señor Mayer sonreía sólo, comía sólo y ni tan siquiera se acordaba de él. En un intento de llamar la atención de su antiguo amo, Paul rasgo los cristales con las uñas, y la verdad es que no fue una buena idea porque el señor Mayer se levantó encolerizado para echarle.
-¡Vete de aquí maldito gato!, gritaba el señor Mayer. Eres un bicho desagradecido. Ahora te puedes quedar en la calle para siempre, yo no te necesito.
Paul se fue triste y el señor Mayer sonreía sólo de pensar que el gato ya había aprendido la lección. “Seguro que su vida en la calle es horrible”, se decía el señor Mayer sin ni tan siquiera pensar en lo que el pudo haber hecho mal para que Paul hubiese tomado la decisión de abandonarle.
Pasado el incidente fue corriendo hasta el árbol para abrir su regalo. Estaba ansioso por volver a ver a su bailarina de porcelana. Pero al liberarla del papel, el señor Mayer, se llevó una gran sorpresa. Su bailarina ya no estaba en posición de “demi plié”, su bailarina estaba sentada, y lo peor de todo es que ya no sonreía, al contrario, su cara reflejaba una gran tristeza.
El señor Mayer la tocó con miedo y como por arte de magia, la bailarina le habló.
-¿Está usted contento?, preguntó la figurita con voz suave.
¿Contento?, contestó contrariado el señor Mayer.
-Estas son las peores Navidades de mi vida, y todo gracias a usted, dijo la porcelana.
-¿Qué es lo que he hecho yo para que estés tan triste?, contestó el señor Mayer aún asustado ya que no daba crédito a que aquella pequeña figurita estuviera manteniendo una conversación con él.
-Me ha separado de mi padre, me ha separado de mi padre, repetía sollozando la figurita.
-¿De tu padre?
El señor Mayer comprendió todo en aquel mismo instante. Como ya le había advertido el dueño de la tienda de antigüedades, la bailarina y el mago iban juntos. Pero el nunca hubiera podido pensar que el mago era el padre de la bailarina.
-Yo era feliz al lado de mi padre, le explicó la pequeña pieza. Mientras yo bailaba él me sonreía, después sacaba de su chistera un gran ramo de rosas y yo le sonreía a él. Así ha sido desde siempre. Pero ahora mi vida ya no será igual sin él.
Al señor Mayer, como se sabe, no le importaban estas cosas, ni tan siquiera podía llegar a entender la tristeza de los demás, pero la bailarina si le había tocado el corazón. Aquella pequeña figurita estaba sola y desamparada, y eso le había dolido.
-A usted le gusta estar solo, se le nota en su cara triste, y es algo que yo ni nadie puede comprender, le dijo la bailarina. Pero yo no quiero estar sola, porque cuando uno está solo la vida es muy triste, y no tienes a nadie que te quiera, ni te acaricie, ni duerma a tu lado por las noches, ni nadie que coma un trozo de pastel de chocolate contigo, ni nadie a quien regalarle nada, ni nadie que te de un beso por las mañanas o por las noches. Todo es triste y feo cuando uno está solo.
El señor Mayer sabía que la bailarina tenía razón pero no quería decir nada al respecto. Ya era demasiado tarde para ponerse ahora a ser amable y simpático con la gente que le rodeaba. Demasiado tarde para que ya alguien quisiera hacerle caso. Así había pasado el tiempo, pensando en que cada día, sus antiguos amigos se habían olvidado ya para siempre de él.
-Yo creía que vivir solo, sin nadie era más cómodo, porque así no tendría que preocuparme por nada, le explicó el señor Mayer a la bailarina con gran tristeza y arrepentimiento. Después me he dado cuenta de que era un egoista, y que ahora nadie se preocupa por mí, pero creo que ya es demasiado tarde para volver atrás.
-Nunca es tarde para volver a ser feliz si aún tiene esta posibilidad entres sus manos señor Mayer, contestó la bailarina. Salga a la calle mañana, salude a sus vecinos, llame a sus antiguos amigos, pídales perdón, invíteles a tomar café con sus galletitas de mantequilla. Quizás alguno le perdone, estoy segura.
El señor Mayer estaba dispuesto a hacerlo. No quería vivir más en soledad. Se había engañado a sí mismo creyendo ser feliz. Pero lo cierto es que sin sus vecinos, sin sus amigos, los días eran muy largos, muy tristes. La pequeña figurita tenía razón. Mañana mismo volvería a ser el hombre que había sido, alegre y amable. Quería hacerlo, quería conseguirlo. Tenía voluntad y eso es, claro está, lo más importante para lograr lo que uno se propone.

Aún recordaba que los mejores momentos de su vida habían sido aquellos que había compartido con sus amigos y su familia.
Al día siguiente, era Navidad, y todo estaba cerrado. Aún así el señor Mayer fue a la tienda de antigüedades y el dueño le atendió amablemente en su casa. Bajó a la tienda a recoger al mago y le dio las gracias al señor Mayer por su compra. Al acercar el mago a la bailarina, la pequeña volvió a sonreir y empezó a bailar sobre la palma de la mano del señor Mayer. Éste se sentía muy orgulloso y contento de ver de nuevo a su figurita feliz. Pero de repente le entró una gran tristeza. No había nadie por la calle. Los vecinos estaban en sus casas con sus familias, sus amigos también, y ni tan siquiera su gato Paul callejeaba por los alrededores.
-No se preocupe, le dijo la bailarina. Podemos hacer otra cosa. Usted mismo llamarás a los vecinos para desearles una feliz Navidad y les invitará a ir a casa a comer galletitas y beber vino caliente.
-¿Yoooo?, contestó el señor Mayer. Me darán con la puerta en las narices después de lo antipático que he sido siempre.
-No lo creo, aseguró la bailarina. Tienes que hacerlo, es su última posibilidad.
La figurita tenía razón. Era su última posibilidad. El señor Mayer lo sabía bien. Pero lo que no sabía es que estaba al lado de un mago, y que éste estaba dispuesto a ayudarle.
-Tranquila hija, le había dicho el mago a la bailarina. Si algún vecino no quiere volver a saber nada del señor Mayer, o alguno de sus antiguos amigos no se acuerda ya de él, les echaré mis polvos mágicos sobre sus cabezas para que olviden todos sus rencores y vuelvan a recordar al señor Mayer tal y como era antes.
-¡Que gran idea!, le había contestado su hija. Es lo mínimo que podemos hacer por el señor Mayer, ya que ha sido tan bueno con nosotros. Tiene un buen corazón, estoy segura. El problema es que tantos años de soledad le han vuelto frío y huraño, pero en realidad él no es así.
-Opino lo mismo querida.
El señor Mayer se armó de valor y fue de casa en casa saludando e invitando a sus vecinos. Recorrió los barrios donde vivían sus antiguos amigos y les pidió perdón. El señor Mayer se llevó la gran sorpresa de su vida al ver que todos sus amigos y vecinos le recibían sin rencores. Creía no merecerlo pero recibió el cariño muy agradecido, después de tanto tiempo solo. Necesitaba el calor de los demás. “¡Que cruel había sido!”, pensó para sus adentros. “Nunca más volveré a cometer un error tan grande”, se dijo.
Al cabo de unos días el señor Mayer volvió a ser el de antes, el de siempre. Rodeado de amigos y familiares pasó el resto de sus vacaciones navideñas. La bailarina y el mago sonreían desde la estantería donde los había colocado el señor Mayer, al lado de la chimenea para que estuvieran calentitos.
Pero aún quedaba una espina clavada en el corazón del señor Mayer. Había buscado a su gato Paul por todos los rincones y no había dado con él. Preguntó a todos los conocidos sin obtener respuesta alguna. El señor Mayer se temía lo peor y se sintió culpable pensando que quizás, Paul ya ni tan siquiera estaba en este mundo. Pero la magia del padre de la pequeña bailarina era muy grande, y un día hizo aparecer a Paul en el alfeizar de la ventana del salón. Aquel día el señor Mayer leía el periódico y la ventana se abrió de golpe, como si hubiera un fuerte viento fuera. Se levantó para cerrarla y que no entrase el frío en el salón, y se llevó una gran sorpresa cuando vio a Paul temblando y arañando los cristales. El señor Mayer abrazó a su gato, lo llenó de besos y de caricias. Después se bañaron juntos con agua calentita y bebieron una taza de chocolate antes de irse a dormir. El señor Mayer volvía a ser feliz para siempre al lado de Paul. Paul fue feliz para siempre al lado del señor Mayer. Y la bailarina y el mago vieron toda esta felicidad desde la estantería al lado de la chimenea, mientras ella bailaba orgullosa y su papá hacía los más increíbles trucos de magia para deleite de todos.

© 2009 Araceli Cobos

06Dic/09

EL TRAGALETRAS: UN CUENTO DE NAVIDAD

el-TRAGALETRAS
Era la víspera de Nochebuena cuando el señor Tragaletras llegó a casa. Era de noche y durante todo el día no había parado de nevar. Aquella tarde, mi madre, mi hermano pequeño y yo habíamos estado en el centro de la ciudad visitando los mercados de Navidad para comprar adornos y beber vino caliente. Mi padre aún no había llegado de trabajar, pero era casi la hora en la que él solía venir, por eso ,cuando tocaron al timbre, pensamos que era papá. Pero al abrir la puerta vimos a un hombre altísimo vestido con un abrigo negro muy largo . Llevaba una chistera enorme sobre la cabeza y unos zapatos puntiagudos de charol le asomaban por debajo del abrigo. A Nicolás le dio tanto miedo que se fue corriendo a su cuarto y cerró la puerta de un golpe. Mamá también se asustó pero, sin perder la calma, le preguntó por su nombre.
Entonces el señor de negro contestó muy amablemente:
-Soy el señor Tragaletras. Tengo frío, no tengo a donde ir y tengo mucha hambre. Sólo quiero algo de comer y un jersey para abrigarme. Perdone señora, pero necesito ayuda.
-Pase, pase, le contestó mi madre.
Mamá le acercó a la chimenea.
-Si quiere puede quitarse la ropa mojada en esa habitación. Ahora le traeré un jersey y un pantalón de mi marido, espero que le quepan, es usted tan alto…dijo mi madre sonriéndo, a pesar de que yo notaba que aún tenía un poco de miedo.
Yo le dije que se acercara más a la chimenea y él me sonrió.
Cuando el señor Tragaletras se fue a la habitación a quitarse la ropa, intenté hacerle entender a Nicolás que aquel hombre era bueno y que no nos iba a hacer daño.
-Sólo quiere algo de comida y ropa, le dije a mi hermano. Ven, tienes que conocerle.
Nicolás es muy pequeño, solo tiene cuatro años y no siempre entiende lo que ocurre. Yo, aunque sólo tengo nueve, me doy cuenta de casi todo, por eso, cuando el hombre se quitó la chistera y sus zapatones de charol ví ,por ejemplo, que no era tan alto como nos había parecido y que era un hombre bueno por la forma de sus ojos y su sonrisa.
Después de un rato el señor Tragaletras apareció vestido con un jersey y un pantalón de mi padre que le quedaban un poco pequeños pero al menos estaba caliente y seco.
Mi madre, sin preguntar al señor Tragaletras, se fue a la cocina, a buscar algo de comer para él, mientras Nicolás y yo le preguntábamos dónde vivía.
-En una ciudad muy lejos de aquí, respondió.
-¿Muy, muy, muy lejos de aquí?, pregunté algo asustada.
-Si. Muy lejos de aquí, dijo el señor Tragaletras. Está tan lejos de esta ciudad que ni siquiera puedes verla en los mapas.
Si, entonces, pensé que verdaderamenta aquella ciudad debía estar muy lejos
Sin decir nada, el señor Tragaletras se acercó a las entanterías de los libros y cogió entre sus manos un retrato de la abuela Cecilia. La abuelita Cecilia hacía un año que había muerto. En Navidad la abuela Cecilia siempre nos contaba cuentos al lado de la chimenea. Este año la echaríamos mucho de menos.
-Esta es tu abuelita Cecilia, ¿verdad?, preguntó el señor Tragaletras.
Yo, me quedé asombrada. El señor Tragaletras sabía que esa era mi abuela, y además sabía como se llamaba. Así es que respondí con un sí asustado.
-No tengas miedo pequeña, me dijo el señor Tragaletras acariciándome la cabeza. Tu abuela Cecilia me mandó hasta aquí
Yo ya no sabía que decir, menos mal que pronto apareció mamá con un tazón de leche caliente y una bandeja con galletitas.
-Tómese la leche y coma algo, le hará bien para entrar en calor, le dijo mamá acercando la comida al sofá. Después cenaremos sopa con albóndigas. Se puede usted quedar a cenar con nosotros.
De repente el señor Tragaletras se puso rojo como un tomate.
-Disculpe señora, disculpe las molestias, no sabía que me iba a traer algo de comer, dijo nervioso. Lo que sucede es que yo no como comida normal, sólo como letras.
-¿LETRAS?, nos preguntamos todos.
-¿Qué significa eso de que usted sólo come letras?, preguntó mamá asombrada.
-Muy sencillo, explicó el señor Tragaletras. No como ni sopa, ni carne, ni pescado, ni fruta, ni dulces, ni helados, ni nada de nada, sólo como letras.
-Sigo sin entenderle, dijo algo enfadada mamá. Si no lo explica usted mejor no le podré ayudar.
-Perdone, se excusó el señor Tragaletras. Es algo raro de entender, lo sé, pero es así. Me alimento de letras porque soy el señor Tragaletras. Vengo de un país lejano y soy un contador de cuentos. Este viaje ha sido muy duro para mí y por eso me he quedado sin reservas, encontre a muchos niños por el camino, y ya sabe usted, los niños sólo quieren que uno les lea cuentos y ya sabe…
El señor Tragaletras hablaba sin parar y decía cosas que no podíamos llegar a entender.
-Despacio, despacio, señor, le dijo mi madre. Si no he entendido mal usted viene de un país muy lejano. Su oficio en ese país tan lejano es contador de cuentos, y alguien le ha mandado hasta esta ciudad a contar cuentos. Por el camino se quedó sin letras porque fue contando muchos cuentos a los niños y por eso ahora necesita comer más para seguir creando cuentos y nuevas histoiras. Es todo muy raro pero es así, ¿no?, preguntó mamá.
-Si, exacto señora, contesto el señor Tragaletras. Es justamente así. Si usted no me da letras para comer no podré seguir contando cuentos y le aseguro que me moriré de tristeza. Aún tengo que contra muchos cuentos a muchos niños de todo el mundo.
A mamá le quedó claro, pero no sabía de dónde sacar las dichosas letras.
-Eso es lo más fácil, contesto el señor Tragaletras. Sólo hace falta recortarlas una por una de las revistas, de los periódicos, de cualquier parte.
Dicho y hecho. En cuanto el señor Tragaletras explicó todo comenzamos a cortar letras y más letras de periódicos, revistas, folletos de publicidad…Todos los papeles que había por casa se agujerearon como si cientos de gusanos se hubieran paseado por una manzana.
El señor Tragaletras comía a tal velocidad que no nos daba tiempo a descansar. Después de un rato, no muy largo, pero que a nosotros nos pareció eterno, el señor Tragaletras dijo que estaba lleno.
-¡Menos mal!, dijimos todos a la vez, mientras él nos sonreía.
El señor Tragaletras se frotaba la barriga con satisfacción. En ese momento papá toco a la puerta. Cuando vio al señor Tragaletras se llevó un buen susto. Después de explicarle todo se quedó más tranquilo y le invitó a cenar con nosotros.
Aunque el señor Tragaletras no cenó nada de nada, al menos nos contó el secreto de porqué razón estaba esa noche en nuestra casa.
-Me temo que me tendrán que aguantar un par de días más, dijo sonrojado.
-¿Por qué señor Tragaletras?, preguntó mi madre.
-La abuela Cecilia me mandó hasta aquí, explicó el señor Tragaletras. Me dijo que no quería que sus nietos se quedaran sin cuentos esta Navidad.
-¡Entonces vives en el cielo!, dijo mi hermanito Nicolás emocionado. Mi hermanito Nicolás sabe que la abuela Cecilia se fue al cielo a vivir.
-Si, si, Nicolás, contestó el señor Tragaletras. Ya os he dicho que vengo de un país muy muy lejano, que ni siquiera está en los mapas. Allí somos felices y nos acordamos con cariño de nuestra familia y sabemos lo mucho que nos queréis aunque ya no estemos a vuestro lado.
A papá, después de las explicaciones del señor Tragaletras, se le cayó la copa de vino, a mamá la cuchara de la sopa, y yo estaba tan asombrada que se me quitaron las ganas de comer.
Era increíble pensar que la abuela Cecilia había enviado al señor Tragaletras a casa para que pasara la Navidad con nosotros y así poder disfrutar de los cuentos, como todos los años anteriores.
-La Navidad es mágica, dijo el señor Tragaletras con una sonrisa.
Y eso pensamos todos, que la Navidad era mágica, porque la abuela Cecilia estaba con nosotros, el señor Tragaletras preparaba sus cuentos con ilusión, y papá y mamá no paraban de llorar de felicidad mirando por la ventana del salón hacia el cielo blanco de diciembre. Y al de un rato el señor Tragaletras comenzó a contar un cuento al lado de la chimenea, como siempre, como la abuelita Cecilia hubiese hecho.

© 2009 Araceli Cobos

18Nov/09

TRES AMIGAS EN UN PASTEL

tres-amigas-en-un-pastel

Érase una vez tres amigas llamadas, Bolita de pimienta, Ramita de canela y Hebrita de azafrán. Estas tres amigas vivían en uno de los armarios de la cocina de la abuelita Paulina desde hacía mucho, mucho tiempo. Allí rodeadas de la sal, el azúcar, el romero, el tomillo y otras muchas especias que la abuelita Paulina usaba para guisar, charlaban y se divertían a la espera de que la abuelita las utlilizara en alguno de sus guisos.

Y no era difícil que la abuelita Paulina echara a sus platos una bolita de pimienta, o una ramita de canela o incluso una hebrita de azafrán, pero había un problema, un problema muy, muy, muy gordo ¿Cúal?, os preguntaréis. Pues, muy sencillo. Estas tres amigas, que eran inseparables, querían estar juntas para siempre en algún pastel, una salsa, o lo que fuera, pero la abuelita Paulina por más que miraba y volvía a mirar en sus libros de cocina, no encontraba ninguna receta hecha a la medida de las tres. Así es que Bolita de pimienta, Ramita de canela y Hebrita de azafrán esperaban mientras tanto el día soñado, ese día en el que las tres pudieran mezclarse en la crema de algún pastel, o en el caldo de alguna sopa, o en la salsa de algún pollo.

La abuelita Paulina comprendía la desesperación de las tres amigas, pero por más que buscaba en los libros no encontraba nada.

-Abuelita Paulina, por favor, ya es hora de que nos eches en tu cazuela, o en la bandeja del horno, o en el molde de los pasteles, le suplicaban todos los días las tres amigas.

Y la abuelita respondía:

-Lo intento, creedme, pero…¿Conocéis a alguien al que le guste el pastel de chocolate con pimienta y azafrán? ¿o alguien que disfrute comiendo un pollo con sabor a canela? ¡No es tán fácil niñas!.

Las tres amigas sabían que la abuelita hacía todo lo posible para dar con aquella receta mágica pero también sabían que la abuelita ya era un poco mayor y que, por ese motivo, nunca se atrevía a preparar platos diferentes. La abuelita siempre cocinaba los mismos pollos asados, y las mismas cremas de verduras y los mismos pasteles de chocolate o de manzana.

Un día que llovía mucho y la abuelita Paulina olvidó coger su paraguas, llegó tan mojada a casa que cogió un gran resfriado.
La abuelita no podía levantarse de la cama, por eso todas las mañanas su hija venía a visitarla. Y por las tardes, después de la escuela, llegaba su nieta Flora para estar un rato con ella.

Fue en una de esas tardes cuando la vida de Bolita de pimienta, Ramita de canela y Hebrita de azafrán cambió para siempre. A la abuelita Paulina le entró mucha hambre de repente y le dijo a su nieta Flora que se moría de ganas por comer un pastel.

Dicho y hecho. La niña se fue a la cocina dispuesta a preparar un pastel para su abuela preferida.

Flora, que sólo tenía nueve años, no entendía mucho de dulces, ni de cocina, ni de nada de esas temas, pero era muy valiente y nunca tenía miedo de hacer cosas nuevas.

Eligió los ingredientes que le parecieron más atractivos: un par de huevos, leche, azúcar, harina, mantequilla,… y los mezcló todos como pudo. Pero cuando metió el dedo en la masa y lo chupó no quedó satisfecha con el sabor. “Es un pastel bastante triste”, pensó. Así es que, ni corta ni perezosa, abrió el armario de las especias y de allí sacó a Ramita de canela. “Esto le cambiará el gusto”, se dijo. Lo volvió a probar, y siguió pensando que era un pastel como otro cualquiera y que, sin duda, la abuelita Paulina necesitaba algo especial, no un simple pastel como otro cualquiera.
Después encontró a Hebrita de azafrán y creyó que ésta le podría dar un color mucho más interesante a su postre. Cogió la hebrita la diluyó en agua, como había visto en alguna ocasión hacer a su mamá, y la echó a la masa. El color cambió de inmediato, pero al probarlo le siguió sin gustar el resultado. “Mucho color pero poco sabor”, concluyó la muchacha.

Cuando Bolita de pimienta pensaba que ya había perdido para siempre a sus amigas, Flora, que se había dado cuenta de que esas tres especias estaban juntas en el armario, cogió a Bolita de pimienta y también la añadió al pastel, sin pensar mucho en las consecuencias. “Me daba pena dejar a la pobre Bolita sóla, si estaban juntas por algo sería ¿no?”, se dijo mientras sonreía de forma pícara.

La abuelita, que esperaba en la cama con impaciencia, quedó sorprendida cuando vió aquel pastel con tan buena pinta que su nieta Flora le había preparado.

-Espero que te guste abuela, dijo Flora un poco nerviosa. La verdad es que no lo había probado y tenía miedo de que a su abuela no le gustara.

Justo en el momento en el que la abuelita Paulina iba a hincarle el diente al dulce, oyó como desde dentro de la masa alguien decía:

-Gracias Flora, somos muy felices.

-¿Qué has dicho abuela?, preguntó Flora que también había oído algo pero no sabía muy bien el qué.

-Te he dicho gracias Flora, es un pastel muy rico, riquísimo, con algo especial, respondió la abuelita.

Flora no podía parar de reir cuando la abuela dijo eso de “muy especial”. ¿Sería por la pimienta?. Probó un trozo y a ella también le gustó e incluso se sorprendió gratamente del resultado.

-Abuelita, dijo Flora con algo de miedo, tengo que confesarte una cosa. Al pastel le he echado todo lo que normalmente se le echa a los pasteles, pero también una bolita de pimienta, una ramita de canela, y una hebrita de azafrán.

-Eso es justo lo que este pastel necesitaba querida Flora, contestó su abuela.

La abuela sonrió tranquila y satisfecha. Su nieta había conseguido lo que ella llevaba tanto tiempo persiguiendo, esa receta mágica para las tres amigas inseparables.

Cuando las cosas más insospechadas se mezclan, casi siempre el resultado es genial, o al menos muy interesante. ¿No os parece?

© 2009 Araceli Cobos