NAO / CAPÍTULO VI. LA ISLA FUEGO

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Mientras navegaban, ahora con tranquilidad, Nao no podía parar de pensar en la bondad de Teo. El viejo amigo había mandado a sus propios hijos al mar para intentar salvarle a él y a Xin. De una gran amigo como Teo ya creía Nao haber recibido todo, y no era así, le volvía a sorprender una vez más. En estos momentos tenía muchas ganas de verle y darle las gracias. Cuando regresaran a la isla Tierra, lo primero que haría sería eso, acercarse al estanque y darle las gracias, pensaba el muchacho con lágrimas en los ojos.
Poco a poco, el príncipe Xin se iba recuperando. Su tristeza no le permitía alegrarse, ni tan siquiera darse cuenta de que aún estaba vivo. Sólo le rondaba una cosa por su cabeza, volver a ver a Di.
En la lejanía, ya podían divisar la isla Fuego. Nao sabía que no sería tarea fácil llegar a ella, pero era inevitable pasar por allí. Según le había contado el joven príncipe no tenían otra opción. Debían desembarcar en la isla y enfrentarse al Dragón Dorado, el cual guardaba una copia de la llave del calabozo donde el príncipe Al tenía retenida a Di.
-Un grupo de gansos que huía de la isla, cansados de la maldad del príncipe, me advirtieron de que una copia de la llave del calabozo estaba custodiada por el dragón dorado de la isla Fuego, explicó Xin a Nao. Ellos vieron como Al se la arrojaba a su paso. También vieron a Di. Al menos, sabemos que aún puede estar viva.
Nao nunca había pensado lo contrario. Al era un príncipe cruel y malvado pero presentía que no era capaz de matar a una joven tan bella. La quería para él. Envidiaba a Xin por este motivo, ¿cómo entonces se le iba a ocurrir asesinarla? No, no podía ser. El muchacho estaba seguro de que su hermana seguía viva.
Cada vez el perfil de la isla se hacía más nítido ante sus ojos. Un gran círculo de fuego rodeaba el territorio. Las llamas siempre se mantenían vivas gracias a los dragones que resguardaban la isla. El objetivo era sortear las llamas y después encontrar al Dragón Dorado para poder hacerse con la llave del calabozo.
Cuando se encontraban a pocos metros, decidieron trazar un plan. Era preciso atravesar el círculo de fuego cuando éste estuviera lo más apagado posible, pues las llamas eran tan intensas que no tenían ninguna opción de salir con vida si lo hacían de forma precipitada. Sabían que el tiempo apremiaba, que no podían demorarse. Di les necesitaba, pero tampoco podían sacrificar sus vidas ni las del resto del ejército, pues entonces la muchacha quedaría para siempre en la isla Aire, o en el peor de los casos moriría. Había pues que actuar con decisión pero sin prisas.
Una vez que alcanzaron la orilla, apreciaron el sofocante calor que allí hacía, y lo difícil que sería atravesar aquella trampa de fuego. Por más que esperaron no vieron ni un solo momento en el que la intensidad de las llamas descendiera. Rodearon la isla pero fue imposible. El fuego no sólo no se mitigaba sino que era cada vez de una intensidad más fuerte.
Nao pensó entonces que, quizás, deberían esperar a la noche, ya que en el mejor de los casos, alguno de los dragones dormiría y entonces esa parte de la isla estaría apagada, de esta manera podrían atravesar el anillo de fuego sin peligro de quemarse. A Xin le pareció una buena idea, así es que esperaron a que llegara la noche mientras descansaban en el barco.
Pero la noche llegó y lo que temían se hizo realidad. Era tanta la población de dragones en la isla, que mientras unos descansaban otros les revelaban en el rutinario y duro trabajo de avivar el fuego, con lo cual la isla permanecía segura, durante todo el día y toda la noche, de posibles ataques enemigos.
Otra decepción para los dos jóvenes. ¿Cómo se encontrarían entonces con el Dragón Dorado? ¿Cómo conseguirían la llave?. Estaban tan cansados…que no sabían que hacer, no podían pensar, no tenían fuerzas para continuar. El futuro monarca pensaba, en aquellos momentos de turbación, que un ejército sin armas era un ejército destinado a perder, y en ese momento Xin maldijo las ideas de su padre de paz y diálogo, pues veía que así no se conseguía nada. Nao le tranquilizó diciéndole que él si creía en el diálogo y la paz y que lo único que provocaban las armas era odio y violencia.
-¿Ah, si?, preguntó Xin con sarcasmo. Tú dices que el diálogo lo puede todo. Pues dime, ¿cómo piensas dialogar con los dragones para que dejen de escupir este fuego maldito?
Nao calló. De nuevo no tenía un argumento con el cual responder, de nuevo se daba cuenta de lo mucho que le quedaba aún por aprender.
Pero no hay que olvidar que Nao, en el pasado, había hecho buenos amigos, amigos que le habían prometido ayudarle en algunos momentos de su vida. Ni el mismo sabía como ni cuando, pero, por ejemplo, Teo se lo había demostrado en más de una ocasión. “Si uno hace un bien a los demás, recibe ese bien para sí de nuevo”, le había dicho su madre en muchas ocasiones.
¿Se acordaba aún el muchacho de aquella locomotora que ansiaba recorrer caminos más allá del triste parque de la ciudad en que vivía Nao? ¿Se acordaba el chico que ésta le prometió ayudarle? “No olvides lo que te digo. Yo te señalaré el camino cuando por mi chimenea salga humo de color azul”. Sí, eso era justamente lo que le había dicho aquella maravillosa locomotora mágica. Y ahora, a lo lejos, como si de un sueño se tratara, el chico estaba divisando un humo de color azul que se acercaba a ellos.
-¡Mira Xin!, gritó Nao. Aquel humo azul que ves a lo lejos es el humo de mi locomotora. Mi locomotora viene a ayudarnos. ¿Te das cuenta?
Xin no podía responder porque no entendía nada, pero después de haber presenciado el espectáculo de los peces, sabía que todo podía ocurrir.
Y así fue. La locomotora saludó a Nao con cariño. Se había convertido en una gran máquina, muy distinta al juguete que hacía años el podía agarrar con sus manos. Ahora era inmensa, potente y más bella.
-¡Querido Nao! Aquí estoy para ayudarte, aseguró la locomotora. Gracias a ti recorrí los caminos mas exóticos y maravillosos que puedes imaginar. Fui una elegante locomotora orgullosa de mí misma, sólo porque tú, un día, sacrificaste tu felicidad por mi libertad. Este humo de color azul apagará las llamas de la isla y sofocará la lengua de fuego de cualquier dragón. No os preocupéis por nada. Lo único que debéis hacer es montar dentro de mi y yo iré sofocando las llamas con el humo azul, explicó la locomotora.
Nao y Xin se montaron en la máquina mientras el resto del ejército esperó en el barco. Su amiga recorría la circunferencia de la isla veloz y segura, apagando a su paso, como había prometido, con aquel humo azul, cualquier brizna de fuego.
Los dragones enfurecidos rugían una y otra vez, pero se frustraban ante sus vanas intentonas de avivar el círculo. Nada podían hacer.
Una vez que sofocaron todo el territorio, la locomotora los acercó hasta el Dragón Dorado, que derrotado por el esfuerzo claudicó dándoles la llave del calabozo.
¡Qué fácil es resolver cualquier problema cuando se hace con amigos!, pensó Nao mientras acariciaba a la locomotora.
El muchacho no sabía de que manera agradecerle aquel esfuerzo que había hecho la máquina.
-¿Esfuerzo?. Esto no es nada comparado con lo que tú hiciste, dijo la locomotora. Recuerda que yo era tu único juguete y te pedí que me abandonases. Un juguete en las manos de un niño es parte de su felicidad. Pero yo siempre confié en tu bondad y cómo sabía que algún día podría devolverte aquel favor me fui más tranquila, aunque tú por aquel entonces aún no podías entender nada.
-Gracias de nuevo, respondió Nao. Muchas gracias y hasta pronto querida locomotora.
-Sí, eso es, hasta pronto, aseguró ella. Seguro que nos volveremos a ver. Sólo me queda desearles suerte y que rescaten a Di lo antes posible. Estoy segura de que lo lograreis.
La locomotora emprendió su viaje, como siempre por las vías que ella misma imaginaba y que nadie podía ver, y siguió su vida de trotamundos, feliz de ser libre y de haber ayudado a Nao.
Cada vez estaban más cerca de su objetivo. Llegar a la isla Aire les llevaría otro dos días más, pero…, ¿qué era aquello teniendo en cuenta todo lo que ya habían navegado? Y además, ¿qué importaba todo cuando se trataba de salvar a Di?

>> Capítulo VII. La isla Aire

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