ORILLA DEL MAR, VÉRONIQUE OLMI

«Está la infancia. De acuerdo. Pero inmediatamente después viene la hostilidad del mundo».
«(…) hay ideas que conducen directamente al abismo…».
Una madre, unos hijos, un mar, un hotel, una feria, un bar y una cama. Un camino lleno de barro, de lluvia, de humedad y de escaleras que les conducirán a salir de la desesperación. Dejar el dolor atrás para alcanzar el silencio, la paz. Dejar atrás una existencia llena de heridas, de reproches, de humillaciones, de psiquiatras, de asistentas sociales, de hombres que no saben querer, de madres puntuales. Una existencia de gente indiferente que se mueve como hormigas, de escuelas rígidas y papeles cuadriculados. ¿Merece la pena vivir todo eso o quedarse en la inocente infancia para siempre? Ocultar a tus hijos lo feo, lo árido. Mostrarles el mar y las luces de colores de una feria.
La escritora Véronique Olmi (Niza, 1962), con total maestría, nos sumerge en una atmósfera opresiva, en su novela Orilla del mar. Editada por Contraseña, esta maravillosa obra va goteando el dolor de una madre que, acompañada de sus dos hijos, Stanley y Kevin, de nueve y cinco años, respectivamente, decide hacer un viaje en autobús a una localidad situada a la orilla del mar. Es la primera vez que la familia va de vacaciones. Irán a la playa, tomarán chocolate y refrescos a un bar y acudirán a una feria. Y no dejará de llover, siempre lloverá.
Esas gotas de dolor que Olmi va poniendo en boca de la protagonista son sublimes reflexiones acerca de la vida, la fortaleza mental, la debilidad, la gente que nos rodea, la infancia, los hombres, la escuela, la maternidad, el reproche y las heridas. ¿Por qué unos pueden juguetear con más de tres pelotas en el aire sin que ninguna se llegue a caer y otros no pueden ni tan siquiera con el peso de una? ¿Quién nos da la fuerza para afrontar el día a día y quién nos la quita? ¿Cómo alcanzar la perfección que otros nos exigen, a veces sin darse cuenta, sin desfallecer? ¿Cómo sacar ilusión después de las heridas para enfrentar un nuevo día? ¿Cómo proteger a unos hijos de la hostilidad de la vida?
Una madre está dolorida por no ser como las demás madres:
«Me las arreglo bien con mis chicos, pensé, basta con que me dejen en paz un poco, ¿se le habrá ocurrido eso a una asistenta social, hacer que un mocoso de cinco años se chupe seis pisos hablándole de caracolas? Seguro que no se le habría ocurrido, tampoco eso estaba en sus cuestionarios. «¿Le habla de caracolas a sus chicos?: todos los días, una vez al año, nunca». Pues bien, estoy segura de que muchas responderían Nunca, y de esas sin embargo se dice que son buenas madres, y todo porque en lugar de llegar a la escuela a las seis aparecen con el pan con chocolate a las cuatro y veinticinco y agarran a un mocoso reprochándole Has salido el último. ¡Uf!, entonces, ¿qué era lo más importante? Las caracolas, sin duda, y estaba decidida a encontrar una bien gorda, una de esas que resuenan cuando te las llevas a la oreja y adornan los aparadores».
«Regresamos a la habitación, ellos se vistieron. Kevin siempre había usado la ropa vieja de Stan y Stan una ropa demasiado grande para que le durara y yo nunca había caído en que ninguno de los dos tenía ropa de su talla, es cierto que no estoy presente cuando se arreglan por las mañanas, ahora me daba cuenta de que no se parecían a los demás, eran dos hombrecitos, uno demasiado grande y otro demasiado pequeño, ¿eran conscientes?».
«Stan tomó las dos bolsas de deporte y me dijo Tú primero, mamá, a Stan eso le encanta, mostrarse cortés, yo no estoy acostumbrada, a veces me pregunto cómo puede ser que ese chiquillo tenga maneras tan encantadoras, dónde las ha aprendido, en casa desde luego que no, menos aún en esa escuela, que es un mundo tan duro. Es educado, sí, pero también fuerte. Eso es lo hermoso. Que lo uno vaya con lo otro. Cuántas veces le han querido coaccionar en la escuela, ¿eh?, y él nunca se ha rendido, siempre se ha mantenido firme, aunque le costara quedarse castigado y alguna sanción, siempre se ha defendido con una rabia que no sé de dónde la ha sacado. Sí, conmigo Stan se porta como un caballero, el único chico que me trata tan bien, a veces eso me hace reír, desde luego, le digo Stan, déjate de remilgos, pero me encanta y creo que él lo sabe».
Una madre está dolorida con la escuela:
«¿Cómo será eso de estar todo el día con la maestra? ¡Ella lo engatusa durante horas, le cuenta historias sin parar! Yo soy incapaz de ayudarle con los deberes, no entiendo nada, menos aún las matemáticas. Déjalo, me dijo el otro día cuando se dio cuenta de que era incapaz de ayudarle con la geometría, ¿tan importante es eso? ¿Calcular el ángulo de las cosas? Yo no veo así la vida, completamente plana en un papel milimetrado, sin misterio la mires por donde la mires, la escuela es el reino de las cifras, hasta a mis críos los miden, los pesan, los puntúan, los valoran, comparan sus medias con la media de la clase y, ya puestos, ¿por qué no con la media nacional? Ese es el problema: traemos los bebés al mundo y el mundo los adopta. Somo vientres, eso es todo, luego se nos va de las manos y enseguida nos aclaran que estamos al margen».
Una madre está dolorida con la vida:
«Nos esforzamos por vivir lo mejor que podemos, pero todo desaparece enseguida. Nos levantamos por la mañana, pero esa mañana no es más real que la noche anterior, de la que todo el mundo ya se ha olvidado. Caminamos por precipicios, lo sé desde hace mucho».
«¿Dónde llora la gente?, es lo que me pregunto a menudo, qué extraño que nunca te cruces por la calle con nadie sollozando. Telefonean mucho más de lo que lloran, puede que nos odiáramos menos si sollozáramos más».
«¡Menudo hormiguero es la vida! La gente pasa y se roza, se empuja, de vez en cuando se insulta o se da un beso., ¿Qué tal?, ¡Bien, bien!, y luego se dedica a ver pasar a los demás».
«La gente me asquea en general. Yo querría que las personas fueran como los críos, que tuvieran más preguntas que respuestas, pero suele ser a la inversa, ¿dónde han aprendido tanta certidumbre?».
«La mente es un bicho malo, en ocasiones preferiría ser un perro. No cabe duda de que los perros nunca se preguntan dónde está su sitio ni a quién deben seguir, levantan la trufa y todo queda grabado, registrado para siempre. Y a eso se aferran. Los hombres carecen de olfato, ese es el peligro».
Una madre está dolorida con los hombres:
«Ya imita a los mayores, pensé y me pregunté cuánto tiempo puede permanecer un niño siendo el hijo de su madre, en qué momento resulta ya irreconocible, semejante a los demás, a eso me refiero. ¿En qué momento? Los hombres de la barra, con la panza sacudida por la tos, con sus obscenos pensamientos sobre el culo de las mujeres, ¿esos hombres seguían siendo los hijos de alguien?».
«(…) oí la risa de los hombres, creo que ya no se burlaban de una mujer, sino de un guardameta. Puede que sea parecido. Estamos solos. Esperamos y encajamos los golpes sin rechistar. Los demás nos miran».
«¡Santo Dios!, me había olvidado hasta de hasta qué punto los hombres nos necesitan para divertirse juntos, me había olvidado de lo molesto que es tener su mirada fija en nosotras. Qué contenta me sentía por estar sola con mis críos. Se acabó el ¡Te estás abandonando!, ¡Haz un esfuerzo! Se acabó vivir como si estuviera expuesta en un escaparate, que al parecer…, sí, al parecer, en un país del norte las putas están en escaparates. A veces me pregunto qué diferencia hay. Al margen, claro está, de que a ellas les pagan. Cuando se acaba, cuando los hombres terminan de hacer lo que quieren, siempre parece que nada ha ocurrido, los tíos lo olvidan y puede que sea por eso por lo que vuelven a empezar una y otra vez. Algo de dinero para rematar deja huella, una prueba, nos merecemos al menos eso, alguna consideración».
«Caminábamos en el silencio y la oscuridad, la lluvia nos acompañaba, a nuestra espalda la feria desaparecida, las chicas con la juventud y los hombres agarrados de sus brazos, todo se empequeñecía, sus vidas se enterraban en la noche. ¿Por dónde anda esa gente cuando no está en la feria? ¿Será que las chicas son vendedoras de zapatos y los tipos mecánicos o repartidores de pizzas? ¿Será que ellas tan solo se ríen en la feria y el resto del tiempo se preparan para eso? Se preparan para eso, quiero decir para la feria. Mientras tanto a sus hombres la feria les traerá sin cuidado cuando cambian el aceite a una tartana, saben que en la feria serán los más fuertes, los más arrogantes, dispuestos a pegarse si fuera necesario. Acto seguido lo contarán, lo contarán en los bares subiéndose los cojones, a eso se le llama recuerdos. Yo no tengo. Todo lo pasado se ha perdido».
Una madre está dolorida en una noche de feria:
«Las ferias se instalan a menudo al lado de la nacional, para que la música no moleste a nadie. Es lo mismo con las cárceles o los asilos, todo lo que no encaja en el decorado se pone junto a las carreteras principales, allí donde la ley no es la misma, el dolor diferente».
«Las personas corrían a nuestro alrededor, nos adelantaban, parecían felices, ¿eran las mismas que nos cruzábamos de día? ¿También a ellas les causaba sorpresa o acaso vivían siempre así, con una feria junto a la nacional? Yo no las reconocía, no me había atrevido a hacer muecas a sus espaldas, se las veía tan felices que hasta parecían fuertes».
«Yo sabía lo que quería. Quería comprarles unas patatas fritas a los críos. A Kevin y a Stan les encanta comer con los dedos y comer patatas fritas es sinónimo de feria. Yo buscaba el camión. Pasábamos por delante de las barracas de tiro, de los tiovivos, los chicos miraban sin pedir nada, se empapaban de la feria con los ojos, tal vez pensaran que tan solo íbamos a mirar, ¡pero no! Íbamos a hacer como los demás a no tardar mucho, ¡estaba segura!».
«Stan había comprendido que la feria también era para ellos, que podían acercarse, emocionarse, desahogarse gritando, gozar como los demás. Quiso montarse en los autos de choque. Le dije que sí. Pagué. La cajera tomó las monedas sin apenas mirarlas y me dio una ficha. Los críos esperaban en el borde de la pista y ya se relamían. Kevin se limpiaba la nariz con la manga, pero ahora parecía contento. Me senté en un banco mojado, algo más lejos. Os espero aquí, dije y su alegría desapareció, querían a toda costa que los mirara. Espabilaos, les dije, la vuelta ha terminado, se precipitaron hacia la pista, es increíble cómo les gusta a los niños que los miremos siempre».