08Dic/09

LA BELLA HELENA, Y EL AMOR, Y EL PECADO. JULIAN AYESTA LO DIJO TODO

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Es curioso pero es así. Es curioso pero hay novelas que te seducen desde el título y son capaces de atraparte en el índice. Suena un poco estúpido, pero es así.
Me ocurrió una vez leyendo “Helena o el mar del verano”, esa deliciosa novela que además de ser una joya imprescindible de la literatura española de posguerra, es imperecedera.
Esta novela de Julián Ayesta, escritor asturiano de Gijón, 1919-1996, es, por cierto, la única novela que escribió. Fue publicada por primera vez en 1952 y reeditada por la editorial El Acantilado muchos años después. En apenas noventa páginas conocemos a un niño de clase alta con sus miedos y sus amores, sus deseos y sus preocupaciones, y a la bella Helena, su amor idealizado de verano.
La novela está estructurada en tres partes, que el autor, con un punto de ironía y dulzura presenta como En verano, En invierno y En verano otra vez. El humor, las descripciones sencillas, la prosa ágil y siempre precisa y acertada hacen de esta novela algo inolvidable. Una novela que no cuesta abrir más de una vez para volver a disfrutarla.
Para este niño, del que nunca llegamos a conocer su nombre, el verano significa Helena, el mar y la alegría. En invierno le llegan los miedos, las incertidumbres, los confesionarios, los pecados. Un mundo angustioso que él mismo imagina y del que sólo puede salvarse cuando llega el verano, cuando acaricia el pelo rubio de Helena o se queda absorto mirando sus grandes ojos azúles.
En la primera parte, que transcurre en el verano, ya se dan pistas del mundo interior del niño, de sus preocupaciones. En este fragmento los niños se asustan porque un cura, al que los padres habían invitado para comer aquel día, sufre un pequeño accidente:
“Y de repente todos los hombres se arremolinaron porque la butaca de don José se rompió y él cayó para atrás y se clavó en la cabeza un clavo que los niños habíamos pinchado en el tronco de un roble lleno de hiedra. Y era una cosa rara, una cosa horrible que no se podía pensar ver un sacerdote todo sangrando, con todo el pescuezo lleno de sanger muy brillante y muy roja y toda cayendo por la espalda un hilo rojo, rojo, sobre la sotana negra. Y era tan horroroso y tan pecado que los niños teníamos miedo de verlo porque creíamos que los sacerdotes no tenían sangre, sino sólo alma por dentro y huesos.”

Y en invierno la angustia por pecar se hace más fuerte y Ayesta lo describe así y nos hace reir y sentir ternura por el personaje a partes iguales:

“Y mientras se estaba en pecado mortal todos los días eran grises aunque hiciera sol y todas las cosas salían mal y le preguntaban siempre a uno la única lección que no había estudiado, y papá estaba de mal humor y mamá más triste, y cuando se jugaba al fútbol no le pasaba a uno o si le pasaban desperdiciaba uno los pases de la manera más tonta, y además siemrpe que uno estaba en pecado mortal perdía el Sporting aunque jugase en casa o empataba, que jugando en casa era como perder. Y era dificilísimo explicárselo porque uno pensaba: “Bueno, porque se esté en pecado Dios no puede castigar a toda la demás gente que quiere que el Sporting gane.”

Pero el verano llega otra vez y con él la libertad que viene representada en el mar y en Helena:

“Las calles de Gijón están en una sombra lila muy limpia y fresca y no hay nadie, porque son las calles de por la mañana llenas de olor a las algas del mar”

“Helena y yo íbamos silenciosos. De cuando en cuando Helena se paraba, cogía unas cuantas zarzamoras y me ofrecía la mitad. Una, las del sol, estaban calientes y mates; otras, las de la sombra, estaban frías y brillantes. Otras veces las cogía yo y le ofrecía a Helena y comíamos juntos, mirándonos a los ojos, con la cara llena de manchas de jugo morado. Y seguíamos andando muy juntos, sin hablar nada, pero temblando.”

El autor asturiano escribió algunas piezas teatrales. Era licenciado en Derecho y Filosofía y Letras. Fue diplomático de carrera. Entre otros lugares fue embajador de Beirut, Colombia, Viena, Amsterdam o la extinta Yugoslavia, justo antes de su desmembramiento.

© 2009 Araceli Cobos

06Dic/09

EL TRAGALETRAS: UN CUENTO DE NAVIDAD

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Era la víspera de Nochebuena cuando el señor Tragaletras llegó a casa. Era de noche y durante todo el día no había parado de nevar. Aquella tarde, mi madre, mi hermano pequeño y yo habíamos estado en el centro de la ciudad visitando los mercados de Navidad para comprar adornos y beber vino caliente. Mi padre aún no había llegado de trabajar, pero era casi la hora en la que él solía venir, por eso ,cuando tocaron al timbre, pensamos que era papá. Pero al abrir la puerta vimos a un hombre altísimo vestido con un abrigo negro muy largo . Llevaba una chistera enorme sobre la cabeza y unos zapatos puntiagudos de charol le asomaban por debajo del abrigo. A Nicolás le dio tanto miedo que se fue corriendo a su cuarto y cerró la puerta de un golpe. Mamá también se asustó pero, sin perder la calma, le preguntó por su nombre.
Entonces el señor de negro contestó muy amablemente:
-Soy el señor Tragaletras. Tengo frío, no tengo a donde ir y tengo mucha hambre. Sólo quiero algo de comer y un jersey para abrigarme. Perdone señora, pero necesito ayuda.
-Pase, pase, le contestó mi madre.
Mamá le acercó a la chimenea.
-Si quiere puede quitarse la ropa mojada en esa habitación. Ahora le traeré un jersey y un pantalón de mi marido, espero que le quepan, es usted tan alto…dijo mi madre sonriéndo, a pesar de que yo notaba que aún tenía un poco de miedo.
Yo le dije que se acercara más a la chimenea y él me sonrió.
Cuando el señor Tragaletras se fue a la habitación a quitarse la ropa, intenté hacerle entender a Nicolás que aquel hombre era bueno y que no nos iba a hacer daño.
-Sólo quiere algo de comida y ropa, le dije a mi hermano. Ven, tienes que conocerle.
Nicolás es muy pequeño, solo tiene cuatro años y no siempre entiende lo que ocurre. Yo, aunque sólo tengo nueve, me doy cuenta de casi todo, por eso, cuando el hombre se quitó la chistera y sus zapatones de charol ví ,por ejemplo, que no era tan alto como nos había parecido y que era un hombre bueno por la forma de sus ojos y su sonrisa.
Después de un rato el señor Tragaletras apareció vestido con un jersey y un pantalón de mi padre que le quedaban un poco pequeños pero al menos estaba caliente y seco.
Mi madre, sin preguntar al señor Tragaletras, se fue a la cocina, a buscar algo de comer para él, mientras Nicolás y yo le preguntábamos dónde vivía.
-En una ciudad muy lejos de aquí, respondió.
-¿Muy, muy, muy lejos de aquí?, pregunté algo asustada.
-Si. Muy lejos de aquí, dijo el señor Tragaletras. Está tan lejos de esta ciudad que ni siquiera puedes verla en los mapas.
Si, entonces, pensé que verdaderamenta aquella ciudad debía estar muy lejos
Sin decir nada, el señor Tragaletras se acercó a las entanterías de los libros y cogió entre sus manos un retrato de la abuela Cecilia. La abuelita Cecilia hacía un año que había muerto. En Navidad la abuela Cecilia siempre nos contaba cuentos al lado de la chimenea. Este año la echaríamos mucho de menos.
-Esta es tu abuelita Cecilia, ¿verdad?, preguntó el señor Tragaletras.
Yo, me quedé asombrada. El señor Tragaletras sabía que esa era mi abuela, y además sabía como se llamaba. Así es que respondí con un sí asustado.
-No tengas miedo pequeña, me dijo el señor Tragaletras acariciándome la cabeza. Tu abuela Cecilia me mandó hasta aquí
Yo ya no sabía que decir, menos mal que pronto apareció mamá con un tazón de leche caliente y una bandeja con galletitas.
-Tómese la leche y coma algo, le hará bien para entrar en calor, le dijo mamá acercando la comida al sofá. Después cenaremos sopa con albóndigas. Se puede usted quedar a cenar con nosotros.
De repente el señor Tragaletras se puso rojo como un tomate.
-Disculpe señora, disculpe las molestias, no sabía que me iba a traer algo de comer, dijo nervioso. Lo que sucede es que yo no como comida normal, sólo como letras.
-¿LETRAS?, nos preguntamos todos.
-¿Qué significa eso de que usted sólo come letras?, preguntó mamá asombrada.
-Muy sencillo, explicó el señor Tragaletras. No como ni sopa, ni carne, ni pescado, ni fruta, ni dulces, ni helados, ni nada de nada, sólo como letras.
-Sigo sin entenderle, dijo algo enfadada mamá. Si no lo explica usted mejor no le podré ayudar.
-Perdone, se excusó el señor Tragaletras. Es algo raro de entender, lo sé, pero es así. Me alimento de letras porque soy el señor Tragaletras. Vengo de un país lejano y soy un contador de cuentos. Este viaje ha sido muy duro para mí y por eso me he quedado sin reservas, encontre a muchos niños por el camino, y ya sabe usted, los niños sólo quieren que uno les lea cuentos y ya sabe…
El señor Tragaletras hablaba sin parar y decía cosas que no podíamos llegar a entender.
-Despacio, despacio, señor, le dijo mi madre. Si no he entendido mal usted viene de un país muy lejano. Su oficio en ese país tan lejano es contador de cuentos, y alguien le ha mandado hasta esta ciudad a contar cuentos. Por el camino se quedó sin letras porque fue contando muchos cuentos a los niños y por eso ahora necesita comer más para seguir creando cuentos y nuevas histoiras. Es todo muy raro pero es así, ¿no?, preguntó mamá.
-Si, exacto señora, contesto el señor Tragaletras. Es justamente así. Si usted no me da letras para comer no podré seguir contando cuentos y le aseguro que me moriré de tristeza. Aún tengo que contra muchos cuentos a muchos niños de todo el mundo.
A mamá le quedó claro, pero no sabía de dónde sacar las dichosas letras.
-Eso es lo más fácil, contesto el señor Tragaletras. Sólo hace falta recortarlas una por una de las revistas, de los periódicos, de cualquier parte.
Dicho y hecho. En cuanto el señor Tragaletras explicó todo comenzamos a cortar letras y más letras de periódicos, revistas, folletos de publicidad…Todos los papeles que había por casa se agujerearon como si cientos de gusanos se hubieran paseado por una manzana.
El señor Tragaletras comía a tal velocidad que no nos daba tiempo a descansar. Después de un rato, no muy largo, pero que a nosotros nos pareció eterno, el señor Tragaletras dijo que estaba lleno.
-¡Menos mal!, dijimos todos a la vez, mientras él nos sonreía.
El señor Tragaletras se frotaba la barriga con satisfacción. En ese momento papá toco a la puerta. Cuando vio al señor Tragaletras se llevó un buen susto. Después de explicarle todo se quedó más tranquilo y le invitó a cenar con nosotros.
Aunque el señor Tragaletras no cenó nada de nada, al menos nos contó el secreto de porqué razón estaba esa noche en nuestra casa.
-Me temo que me tendrán que aguantar un par de días más, dijo sonrojado.
-¿Por qué señor Tragaletras?, preguntó mi madre.
-La abuela Cecilia me mandó hasta aquí, explicó el señor Tragaletras. Me dijo que no quería que sus nietos se quedaran sin cuentos esta Navidad.
-¡Entonces vives en el cielo!, dijo mi hermanito Nicolás emocionado. Mi hermanito Nicolás sabe que la abuela Cecilia se fue al cielo a vivir.
-Si, si, Nicolás, contestó el señor Tragaletras. Ya os he dicho que vengo de un país muy muy lejano, que ni siquiera está en los mapas. Allí somos felices y nos acordamos con cariño de nuestra familia y sabemos lo mucho que nos queréis aunque ya no estemos a vuestro lado.
A papá, después de las explicaciones del señor Tragaletras, se le cayó la copa de vino, a mamá la cuchara de la sopa, y yo estaba tan asombrada que se me quitaron las ganas de comer.
Era increíble pensar que la abuela Cecilia había enviado al señor Tragaletras a casa para que pasara la Navidad con nosotros y así poder disfrutar de los cuentos, como todos los años anteriores.
-La Navidad es mágica, dijo el señor Tragaletras con una sonrisa.
Y eso pensamos todos, que la Navidad era mágica, porque la abuela Cecilia estaba con nosotros, el señor Tragaletras preparaba sus cuentos con ilusión, y papá y mamá no paraban de llorar de felicidad mirando por la ventana del salón hacia el cielo blanco de diciembre. Y al de un rato el señor Tragaletras comenzó a contar un cuento al lado de la chimenea, como siempre, como la abuelita Cecilia hubiese hecho.

© 2009 Araceli Cobos

02Dic/09

LA VOZ DE ARUNDHATI ROY

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La escritora Arundhati Roy se ha convertido en una activista mundial a través de sus ensayos políticos. Uno de sus libros más interesantes es el titulado “Retórica bélica”, publicado en la editorial Anagrama, donde se recogen varios artículos en contra del nacionalismo hindú, la política de George W. Bush y la globalización.
La historia ha dejado ya algo anticuada esta obra de ensayos, pero algunas de las reflexiones que Roy lanza son, desgraciadamente, aún de actualidad. Abrir este libro nos puede ayudar a entender parte de los conflictos que aún se viven en el mundo..
En “Retórica bélica” se habla de la escalada nuclear entre India y Pakistán, las matanzas de musulmanes en el estado indio de Gujarat, el auge del militarismo, la violencia racial, la violencia religiosa, las ideologías que hacen de etnia sinónimo de nación, y de muchas otros horrores como el atentado terrorista contra las Torres Gemelas de Nueva York, el 11 de septiembre de 2001.
Por ejemplo en “Retórica bélica: Las armas atómicas no son juguetes”, escribe pensamientos tan interesantes como éstos:

“La vida sólo resulta normal porque lo macabro se ha vuelto normal.”

“¿Qué significa la devastación de un valle para gobiernos que no se inmutan ante la posibilidad de la destrucción de la Tierra? Ha subido tanto el listón del horror, que sólo el genocidio o la posibilidad de una guerra nuclear son dignos de mención. La resistencia pacífica es mirada con desprecio.”

“Las armas nucleares no afectan únicamente al millón de soldados destacados en la frontera y que permanecen con el dedo en el gatillo en permanente estado de alerta máxima. Nadie es inmune a sus efectos. Tanto si son utilizadas como si no, menoscaban todos aquello que es humano. Incluso alteran el significado de la vida.
¿Por qué las toleramos, pues? ¿Y por qué toleramos que los hombres que las poseen chantajeen a toda la humanidad?.”

En su artículo “Ahimsa (Resistencia pasiva)”, habla de la resistencia pasiva y de la globalización y sus consecuencias:

“La condena del terrorismo, por parte de cualquier gobierno, sólo es creíble si se muestra respetuoso con la disidencia no violenta, persistente, razonable y dialogante. Pero lo que ocurre, justamente,es todo lo contrario. A lo largo y ancho del mundo los movimientos de resistencia pasiva son aplastados sin piedad. Y el hecho de que no sean respetados ni escuchados hace que mucha gente crea justificado recurrir a la violencia.”

“En el siglo XXI resulta imposible ignorar la interrelación entre el fundamentalismo religioso, el nacionalismo nuclear y el empobrecimiento de amplios sectores de la población como consecuencia de la globalización propugnada por las grandes multinacionales.”

Cabe destacar también las reflexiones recogidas en “Cuando los santos ya no inician marchas de protesta: Los extraños destinos de Martin, Mohandas y Mandela”:

“En 1967, Martin Luther King, en un discurso militante, sin medias tintas, denunció la invasión estadounidense de Vietnam. Dijo: “Nos enfrentamos diariamente a la cruel ironía de ver en la televisión cómo mueren juntos jóvenes negros y blancos por una nación que ha sido incapaz de sentarlos juntos en las mismas escuelas. Contemplamos su brutal solidaridad cuando queman las chozas de una aldea de mala muerte, pero sabemos muy bien que dificilmente vivirían en el mismo bloque de pisos en Chicago.”
El New York Times, para contrarrestar la creciente oposición a la Guerra de Vietnam entre los jóvenes negros estadounidenses, utilizó este magnífico argumento de lógica más bien especiosa: “En Vietnam se ha dado a los negros, por primera vez, la oportunidad de desempeñar el papel que les corresponde en la lucha por su país.”
El diario neoyorquino olvidó mencionar que, tal como había recordado Martin Luther King, “en Vietnam mueren dos veces más negros que blancos, de acuerdo con sus respectivos porcentajes en la población estadounidense.”

“La lucha de los negros estadounidenses por sus derechos civiles nos dio algunos de los más destacados dirigentes políticos, pensadores, oradores y escritores de nuestra época. Martin Luther King Malcolm X, Fannie Lou Hamer, Ella Baker, James Baldwin y, por descontado, el maravilloso, mágico, mítico Muhammad Ali.
¿Quién ha recogido su herencia?
¿Gente como Colin Powell? ¿Condoleezza Rice? ¿Michael Powell?
Estos personajes son exactamente lo contrario de los mitos o los modelos de comportamiento. Pueden “parecer” la encarnación de los deseos de éxito material de los negros, pero en realidad, constituyen una gran traición. Son los criados con librea que guardan las puertas del deslumbrante salón de baile para que no penetren en él los miembros de las razas de color. Su papel y su utilidad son ser montados por la administración Bush siempre que necesite ponis pardos para sus guerras racistas o sus safaris africanos.
Si ésos son los nuevos mitos de los negros estadounidenses, habrá que prescindir de los antiguos, porque no pertenecen al mismo panteón”

Ante una mente tan lúcida como la de Roy sólo queda seguir abriendo sus libros y reflexionar sobre lo que ha pasado y aún pasa en el mundo.

© 2009 Araceli Cobos

27Nov/09

UN CUENTO, UN PALACIO Y UNA COLECCIONISTA DE ARTE O LA CUENTISTA VERNON LEE

palacio
Dicen, se oye, comentan, que el cuento es un género literario que no goza de muchos admiradores hoy en día. Aquel escritor que decida iniciarse en el mundo de la literatura escribiendo cuentos está, cuando menos, haciendo un alarde de romanticismo desmesurado. Parece ser que lo de leer cuentos está cayendo en desuso. En mi opinión todo es cuestión de con cuales se haya topado uno a lo largo de su vida.
Los cuentos son muy difíciles de escribir tanto para adultos como para niños. Conseguir la atención y plantear una historia con su principio y su fin en tan pocas páginas, es, como se suele decir, un auténtico encaje de bolillos.
Hoy he elegido un cuento, que será el primero de otros muchos que me gustaría dar a conocer por si alguien aún no se ha encontrado con ellos y desea abrirlos. Cuentos, que me han gustado, y, en ocasiones, no sabría decir porqué, y esos, justamente, son los que más me gustan. Esos que terminan tan sutilmente como empiezan y te dejan un insuperable sabor de boca, que pocas novelas pueden llegar a conseguir.
Vernon Lee, cuyo verdadero nombre era Violet Paget (1856-1935), publicó un estudio sobre la música italiana del siglo XVIII, con tan sólo veinticuatro años. Fue tan completo que desde ese momento, fue considerada una especialista en la materia. Pero Lee dio un paso más y cultivó no sólo la crítica, sino también la novela, el relato, el ensayo…Aunque era inglesa, vivió casi toda su vida en Florencia. La fantasía de Lee es infinita, es cuidada y elegante. En 2006 la editorial Atalanta publicó el libro “La voz maligna”, cuyo título original es “The Wiked Voice”, donde se reúnen tres de sus mejores cuentos fantásticos. El que aquí voy a destacar es el titulado “La muñeca”. Este cuento trata sobre una coleccionista de arte que se encuentra con un objeto fascinante cuando en uno de sus viajes visita un palacio de una familia noble. La extraña adquisición cambiará su vida.
Esta es la descripción que Lee hace del palacio:

“El palacio era inmenso. Había un salón de baile tan grande como una iglesia, varias salas de recepción con pisos sucios y mobiliario del XVIII, opaco y ajado, y un fastuoso aposento tapizado de satén amarillo y oro donde había dormido cierto emperador; unos estantes horribles con fotografías descoloridas en las paredes, dos biombos muy ordinarios y unos cojines de lana de Berlín delataban que habían vivido allí ocupantes más actuales.”

Si aún os han quedado ganas de cuentos y objetos extraños, os invito a leer el siguiente comentario.

© 2009 Araceli Cobos

27Nov/09

UN CUENTO, UN ANTICUARIO Y UN HUEVO DE CRISTAL O EL CUENTISTA H.G. WELLS

anticuario
“Cerca de Seven Dials hubo, hasta hace un año, una pequeña tienda de aspecto muy destartalado sobre cuya puerta, en letras amarillas y gastadas por la intemperie, estaba escrito: “C. Cave, naturalista y anticuario”. El contenido del escaparate era curiosamente heterogéneo. Comprendía varios colmillos de elefante, un juego incompleto de piezas de ajedrez, algunas cuentas y armas, una caja con ojos de cristal, dos cráneos de tigre y uno humano, varios monos disecados comidos por las polillas (uno de ellos sostenía una lámpara), un armario pasado de moda, un huevo de avestruz o algo parecido ensuciado por las moscas, algunos aparejos de pesca y un acuario vacío, extraordinariamente sucio. Había además, en el momento en que comienza esta historia, una masa de cristal labrada hasta adquirir forma de huevo y pulida con esmero.”

Así comienza el cuento “El huevo de cristal”, de H.G.Wells que la editorial Atalanta ha recogido en un libro titulado “Los ojos de Davidson”cuyo título original es “ The Remarkable Case of Davidsons Eyes”. Herbert George Wells nació en Inglaterra en 1866. En 1888 se graduó en Biología en la Universidad de Londres. A Wells se le asocia, ahora y para siempre, con sus primeras admirables obras como: “La máquina del tiempo”, “La isla del doctor Moreau, “Los primeros hombres en la luna”, “El hombre invisible” o “La guerra de los mundos”.
Los expertos en Wells dicen que sus cuentos combinan con gran maestría la fantasía y la cincia-ficción, género del cual es considerado el padre fundador.
Al abrir “El huevo de cristal” nos vamos a encontrar con un personaje peculiar que con su extraña personalidad nos enganchará hasta el final, un anticuario, el señor Cave. En su tienda guarda con celo un huevo en el que cree ver un “país singular”, un “mundo visible” que mucho se le puede parecer, según el relato, al planeta Marte. La fascinación que produce sobre el señor Cave este objeto le ayudará a soportar una tediosa vida al lado de su mujer y sus hijastros.
En este párrafo se relata alguna de las cosas que el anticuario ve a través del cristal:

“…entre ellos había una multitud de criaturas aladas más pequeñas, semejantes a grandes libélulas, mariposas nocturnas y coleópteros voladores, mientras que por toda la gran extensión de césped escarabajos gigantescos de colores brillantes se arrastraban perezosamente de un lado a otro.”

© 2009 Araceli Cobos

25Nov/09

JOSÉ AGUSTÍN GOYTISOLO Y JULIA

JOSe-AGUSTIN-GOYTISOLO
Hace diez años, en marzo de 1999, murió el poeta barcelonés José Agustín Goytisolo. Goytisolo nos alentó a seguir adelante, a creer en lobitos buenos, a escuchar los consejos del abuelito y de papá.
La muerte de su madre, Julia Gay, víctima de un bombardeo franquista sobre Barcelona en 1938, marcó la vida de José Agustín para siempre. El poeta puso a su hija el nombre de su madre y después le dedicó unos versos que se han hecho célebres y que se pueden tararear gracias a Paco Ibáñez. En este precioso poema las reúne, las desea.
Abro el poemario, leo el poema “Palabras para Julia” y me quedo con esto:

“Tú no puedes volver atrás,
porque la vida ya te empuja,
como un aullido interminable.”

“Nunca te entregues ni te apartes
junto al camino, nunca digas
no puedo más y aquí me quedo.”

“La vida es bella ,tú verás
como a pesar de los pesares
tendrás amor, tendrás amigos.”

Hoy recomiendo escuchar el recital que Paco Ibáñez dio en el Olympia de París el dos de diciembre de 1979. Está recogido en el CD “Los unos por los otros” .En él cantó poemas de Goytisolo pero también una selección de versos de otros autores como: Luís de Góngora, Rafael Alberti, Gabriel Celaya, Machado, Gloria Fuertes,…y muchos otros, que en su voz suenan aún más interesantes si cabe.

© 2009 Araceli Cobos

24Nov/09

SOÑAR CON UN AMANTE BRETÓN, SOÑAR CON EL AMANTE DEL MAR DE BENOÎTE GROULT

SOnAR-CON-UN-AMANTE-BREToN

La escritora francesa Benoîte Groult consiguió su mayor éxito editorial en 1988 con su novela “Les Vaisseaux du Coeur”, traducida al español como “El amante del mar”. Hay que abrir esta obra si uno quiere soñar, si alguien aún cree en amores blindados y auténticos.

George una muchacha parisina de buena familia pasa sus vacaciones en Bretaña y allí se enamora de un antiguo amigo de la infacia, ahora convertido en un atractivo pescador, Gauvain. Dos mundos diferentes les separan pero ellos se las ingeniaran para encontrarse durante toda su vida en diferentes partes del mundo, sáltandose las reglas de las vidas correctas que cada uno lleva por separado.

Primero París y después un archipiélago del océano Índico, y después…

El libro comienza con un prólogo divertido que aclara que lo que nos vamos a encontrar después no es una aburrida historia de amor como otra cualquiera, que, afortunadamente hay sexo y ternura a partes iguales y también ironía, algo muy de agradecer en una pareja de amantes.

El primer capítulo comienza así:

“Tenía dieciocho años cuando Gauvain, entró para siempre en mi corazón, sin que lo supiéramos, ni él ni yo. Sí, comenzó por el corazón o por lo que yo tomaba por corazón en aquella época y que no era más que la piel.”

Y aquí un fragmento de la primera visita de Gauvain a París:

“En los intervalos, por un prurito de decencia y para no someternos del todo a lo irracional, nos dedicamos a visitar la torre Eiffel, el Arco del Triunfo, el Louvre…El recorrido de los turistas tras el de los amantes. Dado que Gauvain no ha visitado nunca la capital, lo embarco en un bateau-mouche. Pero todos nuestros paseos se interrumpen bruscamente: apoyados el uno contra el otro, aguijoneados por el amor, fingimos, al principio, deambular como decorosos peatones, hasta que una mirada demasiado intencionada sobre mis senos, un roce involuntario de su fornido muslo, un modo de mirar en el que adivino algo muy distinto al interés por la fachada del Louvre, nos llevan de regreso a nuestra habitación del hotel, disimulando a duras penas una premura que nos sonroja un poco.”

¿Quién puede resistirse a esta historia del rudo bretón y la fina parisina?

© 2009 Araceli Cobos

18Nov/09

TRES AMIGAS EN UN PASTEL

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Érase una vez tres amigas llamadas, Bolita de pimienta, Ramita de canela y Hebrita de azafrán. Estas tres amigas vivían en uno de los armarios de la cocina de la abuelita Paulina desde hacía mucho, mucho tiempo. Allí rodeadas de la sal, el azúcar, el romero, el tomillo y otras muchas especias que la abuelita Paulina usaba para guisar, charlaban y se divertían a la espera de que la abuelita las utlilizara en alguno de sus guisos.

Y no era difícil que la abuelita Paulina echara a sus platos una bolita de pimienta, o una ramita de canela o incluso una hebrita de azafrán, pero había un problema, un problema muy, muy, muy gordo ¿Cúal?, os preguntaréis. Pues, muy sencillo. Estas tres amigas, que eran inseparables, querían estar juntas para siempre en algún pastel, una salsa, o lo que fuera, pero la abuelita Paulina por más que miraba y volvía a mirar en sus libros de cocina, no encontraba ninguna receta hecha a la medida de las tres. Así es que Bolita de pimienta, Ramita de canela y Hebrita de azafrán esperaban mientras tanto el día soñado, ese día en el que las tres pudieran mezclarse en la crema de algún pastel, o en el caldo de alguna sopa, o en la salsa de algún pollo.

La abuelita Paulina comprendía la desesperación de las tres amigas, pero por más que buscaba en los libros no encontraba nada.

-Abuelita Paulina, por favor, ya es hora de que nos eches en tu cazuela, o en la bandeja del horno, o en el molde de los pasteles, le suplicaban todos los días las tres amigas.

Y la abuelita respondía:

-Lo intento, creedme, pero…¿Conocéis a alguien al que le guste el pastel de chocolate con pimienta y azafrán? ¿o alguien que disfrute comiendo un pollo con sabor a canela? ¡No es tán fácil niñas!.

Las tres amigas sabían que la abuelita hacía todo lo posible para dar con aquella receta mágica pero también sabían que la abuelita ya era un poco mayor y que, por ese motivo, nunca se atrevía a preparar platos diferentes. La abuelita siempre cocinaba los mismos pollos asados, y las mismas cremas de verduras y los mismos pasteles de chocolate o de manzana.

Un día que llovía mucho y la abuelita Paulina olvidó coger su paraguas, llegó tan mojada a casa que cogió un gran resfriado.
La abuelita no podía levantarse de la cama, por eso todas las mañanas su hija venía a visitarla. Y por las tardes, después de la escuela, llegaba su nieta Flora para estar un rato con ella.

Fue en una de esas tardes cuando la vida de Bolita de pimienta, Ramita de canela y Hebrita de azafrán cambió para siempre. A la abuelita Paulina le entró mucha hambre de repente y le dijo a su nieta Flora que se moría de ganas por comer un pastel.

Dicho y hecho. La niña se fue a la cocina dispuesta a preparar un pastel para su abuela preferida.

Flora, que sólo tenía nueve años, no entendía mucho de dulces, ni de cocina, ni de nada de esas temas, pero era muy valiente y nunca tenía miedo de hacer cosas nuevas.

Eligió los ingredientes que le parecieron más atractivos: un par de huevos, leche, azúcar, harina, mantequilla,… y los mezcló todos como pudo. Pero cuando metió el dedo en la masa y lo chupó no quedó satisfecha con el sabor. “Es un pastel bastante triste”, pensó. Así es que, ni corta ni perezosa, abrió el armario de las especias y de allí sacó a Ramita de canela. “Esto le cambiará el gusto”, se dijo. Lo volvió a probar, y siguió pensando que era un pastel como otro cualquiera y que, sin duda, la abuelita Paulina necesitaba algo especial, no un simple pastel como otro cualquiera.
Después encontró a Hebrita de azafrán y creyó que ésta le podría dar un color mucho más interesante a su postre. Cogió la hebrita la diluyó en agua, como había visto en alguna ocasión hacer a su mamá, y la echó a la masa. El color cambió de inmediato, pero al probarlo le siguió sin gustar el resultado. “Mucho color pero poco sabor”, concluyó la muchacha.

Cuando Bolita de pimienta pensaba que ya había perdido para siempre a sus amigas, Flora, que se había dado cuenta de que esas tres especias estaban juntas en el armario, cogió a Bolita de pimienta y también la añadió al pastel, sin pensar mucho en las consecuencias. “Me daba pena dejar a la pobre Bolita sóla, si estaban juntas por algo sería ¿no?”, se dijo mientras sonreía de forma pícara.

La abuelita, que esperaba en la cama con impaciencia, quedó sorprendida cuando vió aquel pastel con tan buena pinta que su nieta Flora le había preparado.

-Espero que te guste abuela, dijo Flora un poco nerviosa. La verdad es que no lo había probado y tenía miedo de que a su abuela no le gustara.

Justo en el momento en el que la abuelita Paulina iba a hincarle el diente al dulce, oyó como desde dentro de la masa alguien decía:

-Gracias Flora, somos muy felices.

-¿Qué has dicho abuela?, preguntó Flora que también había oído algo pero no sabía muy bien el qué.

-Te he dicho gracias Flora, es un pastel muy rico, riquísimo, con algo especial, respondió la abuelita.

Flora no podía parar de reir cuando la abuela dijo eso de “muy especial”. ¿Sería por la pimienta?. Probó un trozo y a ella también le gustó e incluso se sorprendió gratamente del resultado.

-Abuelita, dijo Flora con algo de miedo, tengo que confesarte una cosa. Al pastel le he echado todo lo que normalmente se le echa a los pasteles, pero también una bolita de pimienta, una ramita de canela, y una hebrita de azafrán.

-Eso es justo lo que este pastel necesitaba querida Flora, contestó su abuela.

La abuela sonrió tranquila y satisfecha. Su nieta había conseguido lo que ella llevaba tanto tiempo persiguiendo, esa receta mágica para las tres amigas inseparables.

Cuando las cosas más insospechadas se mezclan, casi siempre el resultado es genial, o al menos muy interesante. ¿No os parece?

© 2009 Araceli Cobos

12Nov/09

VOLVER A TAGORE

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Abrir un libro de Tagore es imprescindible. Pero cuidado porque con Tagore uno puede darse cuenta de la realidad de la forma más dulce que es quizás la más dolorosa. Hay libros imposibles de olvidar, uno de ellos es : “La luna nueva” una colección de poemas donde el escritor de Calcuta, ahonda en el mundo de la infancia. Cuenta de una forma desgarradora el amor de la madre por el hijo, y del hijo por la madre, por eso sería muy interesante que tanto madres como hijos, en algún momento de sus vidas, lo leyeran. Uno de los relatos más bellos, en mi opinión es el titulado “La llamada”

“¡Qué oscura era la noche en que se fue! Todos dormían. También hoy está la noche oscura, y yo la llamo: “Vuelve, cariño; el mundo se ha dormido; y nadie sabrá nunca que has venido un momento, de no ser las estrellas que nos miran.” (…)

Los que estaban jugando continúan sus juegos; así de derrochadora es la vida. Yo escucho su alborozo y te llamo: “Vuelve, cariño; el corazón de tu madre va rebosando amor; si tú vinieras por un beso tan solo, nadie lo envidiará.”

Otros versos igual de intensos están recogidos en “Así es el niño”

“Si se lo propusiera el niño podría salir volando ahora mismo por el cielo.

Pero hay algo que le hace no dejarnos.

Le encanta descansar su cabeza en el pecho de su madre, y no puede soportar la idea de perderla de vista.
(…)

El niño no sabe llorar. Vivía en el mundo de la dicha perfecta.
Pero por algo eligió derramar lágrimas.

Pues aunque con la sonrisa de su amoroso rostro se gana el corazón de su madre, sus lagrimitas por congojas de nada le ayudan a tejer una doble atadura de compasión y amor”.

© 2009 Araceli Cobos

11Nov/09

UN POETA DE PORTUGALETE, MARIO ÁNGEL MARRODÁN

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Fue hace catorce años, en el número 48 de la calle Portugaluja, en Portugalete, en el piso de Alberto Iglesias, por aquel entonces un antiguo profesor de filosofía que yo había tenido en el instituto Dolores Ibarruri de Gallarta. Ya estaba en la Universidad, estudiando Periodismo, pero manteníamos aún la amistad y me invitó a una comida inolvidable. Aquella tarde no acudí a las clases de Historia del Periodismo que nos daba el gran profesor, y después rector de la Universidad del País Vasco, Manuel Montero pero mereció la pena, hasta él me lo dijo: “Si no has acudido a mis clases pero has tenido la oportunidad de conocer a Mario Ángel Marrodán, estás perdonada”, afirmó con tono irónico y simpático.
El piso, de techos altos y vistas al Puente Colgante, animaba a la tertulia, en aquella tarde calurosa, en aquella cocina desordenada y terriblemente confortable. Allí sentados alrededor de una mesa se encontraban, un pintor de apellido Grifell, el profesor de filosofía y cantautor Alberto Iglesias, el escritor Mario Ángel Marrodán y yo. Y era yo la única que me preguntaba que hacía allí porque me sentía muy afortunada por poder compartir mesa y tertulia con aquellos hombres tan interesantes e inteligentes. Alberto Iglesias me dijo que Marrodán podría leer y dar su opinión sobre algunas de mis poesías, y lo hizo. Por eso me había invitado, para que me animara a seguir escribiendo. Alli me regaló el primer libro que tuve de él, “El duende de Geminis”. Aún recuerdo que orgullosa me sentía de tenerlo firmado por él. Cuando cogí el Puente Colgante, para pasar a Las Arenas y tomar el autobús hacia Leioa, comencé a leerlo, no podía esperar más.
Años después, haciendo el Máster de Periodismo del Grupo Correo, volví a contactar con Marrodán. Me apetecía volverle a ver y charlar con él. Era el momento perfecto y así podría presentar la entrevista en el máster para un trabajo que me habían mandado. Marrodán, como siempre, encantador, me dijo que no había ningún problema. Nos encontramos en su piso, repleto de libros y de algún ratoncillo de peluche que dormía en algunas de las esquinas de aquel lugar donde se respiraba años, olor a papel y paciencia. Porque fue Marrodán un escritor con mucha paciencia, hermosa y grande como su inteligencia.
Esta fue la última vez que le ví. Charlamos sobre muchas cosas. No tenía prisa, yo tampoco. Lo único que nunca me gustó de Marrodán eran sus ojos tristes, pero es que era muy realista el poeta portugalujo, muy consciente, y creo que la vida se los había transformado.
Quiero rendir mi homenaje al “poeta universal de Portugalete”, con algunos de sus textos y sus poesías. Fue autor de más de 400 libros de ensayo y crítica de arte, aunque su pasión siempre fue la poesía. Sus poemas han sido traducidos a doce idiomas y entre su correspondencia se encontraban nombres tan ilustres como Camilo José Cela, Barandiaran, Oteiza o los integrantes de la generación del 27 Vicente Aleixandre y Dámaso Alonso.
En 1950 publicó su primer libro de poesía “Ansia en vida”.
Murió en 2005 a los 73 años de edad. Se le concedieron muchos premios a lo largo de su vida y como recuerdo, además de todo su trabajo literario, está el premio de poesía que lleva su nombre.

De “El duende de Géminis” me gustaría destacar las siguientes poesías, entre ellas: “Pese a todo, el hombre”.

“El hombre está aquí
El hombre de la tierra
El hombre mal parido
El hombre abandonado
El hombre en libertad
El hombre de rodillas
El hombre de la fe
El hombre irreflexivo
El hombre sobre el barro
El hombre sin ayuda
El hombre que tropieza
El hombre muerto de asco
(…)
El hombre condenado
El hombre pese a todo
El hombre de la vida
El hombre de verdad.”

De “Solitario, ¿Es cierto lo que digo?, me gustaría señalar los siguientes versos:

“Sé fiel y sigue humilde
por la sencilla arena
que te es dado pisar.
No eres más poderoso
porque así lo creas.
Junto a la senda frágil
y en soledad, implora
el perdón a la fábula
fría y breve en la niebla
de octubre. Todos somos
ramas del mismo árbol.
Tras millones de años
el sembrador no es otro.”

Del precioso poema “Infeliz rincón”:

“Te necesito, sí, te necesito
para empezar de nuevo,
para saber que existes
rasgando el mismo sueño,
para saber que existo,
para beber el viento,
para sentir la vida,
para ordenar mi tiempo,
para hacerte preguntas,
para escribir requiebros,
para llorar a solas,
para sellar con besos,
(…)
para saber que vienes
muerte, a recoger mis versos.”

Dejó un librito Marrodán escrito, en mi opinión, de muchísimo valor, titulado “Chequeo al corazón del poeta” y publicado por la editorial “La Hamaca”, donde se recogen una serie de aforismos que fue escribiendo a lo largo de su vida. Me gustaría escribir alguno de ellos para compartirlos con todos ustedes.

“Poetas, haced los poemas cual los queréis y queredlos cual los hacéis.”
“En poesía nunca se siente la satisfacción de haber llegado. (¿Ádonde?).”

“Los poetas somos creadores de inutilidades, por eso desconfían de nosotros. (Y nosotros de ellos).”

“No puede ser que el pueblo pase sed de espíritu teniendo la fuente de la poesía en perpetuo funcionamiento para calmar la sed de los hombres.”

“Abomino del escritor contaminado, exalto al escritor contaminante.”

“Para las gentes tan mercantilistas no cuentan ni la poesía ni los poetas, te desconocen o riñen, te confunden con los horrores de errores, te tratan con su mismo apodo de energúmenos, atribuible a la falta de fama de un poeta. Lo que cuentan con los clientes, como en las viejas casas de putas, el número de clientes, siempre y cuando sea cliente más que nominal. Sabemos por ello que la poesía es minoritaria y por nosotros que esa virtud es, encima, muy selectiva: los poetas se encargan de seleccionar a sus poetas. Eso de ser poeta famoso no quiere decir que todos los famosos sean auténticos poetas, los mejores. Lo importante es serlo. Y serlo de verdad.”

© 2009 Araceli Cobos

09Nov/09

PROHIBIDO DECIR TE QUIERO

prohibido-decir-te-quiero

A lo largo de la historia de la literatura imagino que han sido muchos los escritores que han querido contar una historia de amor intentando prescindir de la frase: “Te quiero”. Hacer entender al lector que sus personajes se quieren aunque no lo demuestren, aunque no lo digan. Me parecen exquisitos los versos de Luis García Montero cuando dicen aquello de: “Tu me llamas, amor, yo cojo un taxi” o los de Felipe Benítez Reyes: “La noche en que no estás tiembla mi noche”. ¿Quién es capaz de olvidarlos? Cada uno en su estilo, cada uno con su seducción nos
transmiten mucho más que un simple, te quiero. Para el que busca la sencillez de una historia de amor y quiera sorprenderse debe abrir la novela El reino de Celama, de Luis Mateo Díez. El reino de Celama es una trilogía que reúne El espíritu del páramo, a modo de obertura, La ruina del cielo, una novela coral y El oscurecer. En uno de los capítulos de La ruina del cielo Mateo Díez narra el amor de Martín y Orda, una pareja de Celama. La historia comienza así: “Orda murió y Martín guardó silencio”, y sigue con fragmentos únicos como estos:

“Ninguna percepción del mundo necesita palabras, tampoco los afectos. La palabra se deja como herramienta estricta para las cosas de la vida. Entonces el silencio adquiere esa dimensión del respeto y la elegancia con que algunos seres humanos dan constancia de sí mismos, de su pensamiento y emoción también, sin establecer ninguna clase de interferencia, como si la clausura de la voz encontrase la resonancia necesaria no en el gesto mudo, tan exagerado a veces, sino en el gesto silencioso.”

“-Desatinos y bobadas…opinaba Aníbal Sierra. El pobre Martín está en la fase final de la desaparición, más cerca que nunca, después de estos años, de quien siempre le escuchó y quiso, que no es otra que Orda. ¿Dónde habla, de qué habla…? Sentado al pie de la tapia del Argañal, con las lagartijas. ¿Y qué cuento les cuenta…? Sólo tenéis que acercaros una tarde a escucharle. Aníbal tenía razón, era un ejemplo de amor, ninguna otra cosa. Orda estaba enterrada al otro lado de la tapia. La lagartija asomaba en las piedras, al sol de la siesta, el último verano de Martín (…)

-Ven, ven, ven, que con los dedos de la mano te quiero coger, el pulgar, el meñique, el índice, el anular, el corazón, los que bastan para que sigas sabiendo quién soy…

En los labios de Martín no sonaba como una cantinela. Las palabras en los labios del viudo no
tenían música.

-Ven, ven, ven…volvía a musitar, y la lagartija alzaba la cabeza y corría veloz por las piedras hasta llegar a la mano, que permanecía más quieta que nunca cuando el bicho comenzaba a recorrer los dedos.

-Ya lo sabes…decía entonces el viudo, con una voz casi ronca. Ahora corre, y se lo dices a ella….”



© 2009 Araceli Cobos