LA TRISTEZA. ANTON CHÉJOV

El escritor naturalista ruso Anton Chéjov (Taganrog, 1860- Badenweiler, Baden (Imperio alemán), 1904) está considerado como el maestro del relato corto. Se le considera, nada más y nada menos, como uno de los más importantes autores de este género dentro de la historia de la literatura. Escribió obras notables y muy conocidas como “La gaviota”, “Tío Vania” o “El jardín de los cerezos”, entre otras, pero, sin duda, sus cuentos son especiales y numerosísimos. Leyendo algunos escritos sobre la vida de Chéjov, creo que no es casualidad que este médico y escritor destacase en ese género puesto que desde pequeño, y aquí está el dato interesante y para mi esclarecedor, su madre, una gran cuentacuentos, entretenía tanto a Anton como a sus hermanos con las historias de los viajes que junto al abuelo, su padre, que se dedicaba al comercio de telas, realizaba por toda Rusia. 

Lo que más me gusta de este escritor es la riqueza de sus personajes, casi siempre absortos en sus propios pensamientos, tristezas, inquietudes. Quiso además hacer una crítica social de la clase alta, aseguraba que las personas poderosas son las únicas libres para controlar su vida, todos los demás, los débiles están a su servicio y dependen de ellos para la subsistencia. En uno de sus relatos cortos escribe al final: “¡Qué fácil es derrotar al débil en este mundo!”

Y qué difícil es elegir un cuento de Chéjov entre tantos y tantos maravillosos como hay en su amplia obra. Pero, me he decantado por uno que me gusta especialmente y a la vez es tremendamente triste. Se titula “La tristeza”.

El viejo cochero Yona y su caballo, esperan pacientes y bajo la nieve que está cayendo en la ciudad, clientes a los que poder transportar y así ganar unos cuantos copec.  La vida no es fácil para este hombre que ha perdido a un hijo, un muchacho que debía haberle sucedido en el oficio, y que vive en condiciones paupérrimas junto con otros cocheros. Lo único que le hace feliz es poder hablar con sus clientes, pero éstos están demasiado ocupados en sus cosas, sus prisas. Ese egoísmo claro, que se ve con mucha dureza en el relato, contrasta con la bondad de Yona, que siempre tiene una sonrisa para todos. Siente la necesidad de ser escuchado, pero nadie le escucha. Vuelve a casa después de una mala jornada, en la que han ganado poco, incluso su caballo tiene que volver a comer heno en vez de avena. No llega para más. Vuelve a acordarse de su hijo y se da cuenta, que a su lado, tiene el fiel amigo que necesita para aplacar su tristeza, su caballo, que con sus gestos y ruidos, transmite todo el calor a su dueño y éste por fin se siente escuchado. El animal bondadoso frente al humano egoísta. El animal fiel. El animal leal al hombre. Por tanto el cuento acaba como comienza, con la soledad de Yona y la leal compañía de su caballo, porque todos los que en esa jornada vespertina han montado en su coche lo han hecho fugazmente, sin detenerse a empatizar con él, además de que se dirigen a Yona de forma irónica y cruel y con insultos las pocas veces que lo hacen.

El relato es desgarrador y de una gran ternura. Les invito a leerlo. Empezarán por este cuento de Chéjov y ya no podrán parar de leer más.

La descripción inicial es muy bonita, sencilla, elegante.

“La nieve cae lentamente en gruesos copos, gira alrededor de los faroles encendidos, extiende su capa fina y blanda sobre los tejados, sobre los lomos de los caballos, sobre los hombros humanos, sobre los sombreros.

El cochero Yona está todo blanco, como un aparecido. Sentado en el pescante de su trineo, encorvado el cuerpo cuanto puede estarlo un cuerpo humano, permanece inmóvil. Diríase que ni un alud de nieve que le cayese encima lo sacaría de su quietud.

Su caballo está también blanco e inmóvil. Por su inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo, por la tiesura de palo de sus patas, aun mirado de cerca parece un caballo de dulce de los que se les compran a los chiquillos por un copec. Hállase sumido en sus reflexiones: un hombre o un caballo, arrancados del trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad, como Yona y su caballo, están siempre entregados a tristes pensamientos. Es demasiado grande la diferencia entre la apacible vida rústica y la vida agitada, todo ruido y angustia, de las ciudades relumbrantes de luces.”

Llega un militar que demanda un viaje. A él le cuenta con “voz ahogada” que ha perdido a su hijo tan sólo hace una semana. El militar le pregunta la causa y después se queda dormido.

“No lo sé… De una de tantas enfermedades… Ha estado tres meses en el hospital y a la postre… Dios que lo ha querido.

-¡A la derecha!, óyese de nuevo gritar furiosamente. ¡Parece que estás ciego, imbécil!

-¡A ver!, dice el militar. Ve un poco más aprisa. A este paso no llegaremos nunca. ¡Dale algún latigazo al caballo!

Yona estira de nuevo el cuello como un cisne, se levanta un poco, y de un modo torpe, pesado, agita el látigo.

Se vuelve repetidas veces hacia su cliente, deseoso de seguir la conversación; pero el otro ha cerrado los ojos y no parece dispuesto a escucharle.”

Pasan las horas sin clientes, hasta que llegan los jóvenes que, además de regatearle el precio de la salida, le tratan con igual crueldad e indiferencia que el militar. Yona responde a sus ataques con sonrisas, porque es un personaje sin maldad. En esta ocasión, tampoco le escuchan.

“A pesar de todo, está contento; no está solo. Le riñen, lo insultan; pero, al menos, oye voces humanas. (…) No, no tengo a nadie… Solo me espera la sepultura… Mi hijo ha muerto; pero a mí la muerte no me quiere. Se ha equivocado, y en lugar de cargar conmigo ha cargado con mi hijo.”

“La tristeza invade de nuevo más dura, más cruel, su fatigado corazón. Observa a la multitud que pasa por la calle, como buscando entre los miles de transeúntes alguien que quiera escucharle. Pero la gente parece tener prisa y pasa sin fijarse en él.

Su tristeza a cada momento es más intensa. Enorme, infinita, si pudiera salir de su pecho inundaría al mundo entero.”

Decide irse a dormir. Pero en la habitación donde duerme con otros cocheros, a pesar de sus intentos por contar su dolor, aquí tampoco nadie le escucha.

“Yona exhala un suspiro. Experimenta una necesidad imperiosa, irresistible, de hablar de su desgracia. Casi ha transcurrido una semana desde la muerte de su hijo; pero no ha tenido ocasión aún de hablar de ella con una persona de corazón. Quisiera hablar de ella largamente, contarla con todos sus detalles. Necesita referir cómo enfermó su hijo, lo que ha sufrido, las palabras que ha pronunciado al morir. (…) ¡Qué no daría él por encontrar alguien que se prestase a escucharlo, sacudiendo compasivamente la cabeza, suspirando, compadeciéndolo!”

Yona decide entonces ir a ver a su caballo a la cuadra. Y allí encuentra lo añorado. Comienza a hablar con él de su vida, de su dolor. El caballo con su nobleza, le escucha.

“Soy ya demasiado viejo para ganar mucho… A decir verdad, yo no debía ya trabajar; mi hijo me hubiera reemplazado. Era un verdadero, un soberbio cochero; conocía su oficio como pocos. Desgraciadamente, ha muerto…

(…)

-Si, amigo…, ha muerto… ¿Comprendes? Es como si tú tuvieras un hijo y se muriera… Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?…

El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento húmedo y cálido.

Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón contándoselo todo.”

 

 

 

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