LA TEMPESTAD DE NIEVE. ALEKSANDR PUSHKIN

Todo aquel que siga este blog conocerá ya, de sobra, mi pasión por los cuentos y por los escritores tanto rusos como norteamericanos. Por eso, cada vez que tengo la ocasión, intento desde aquí crear el post perfecto, que para mí sucede cuando se da la siguiente combinación: o bien el cuento de un autor norteamericano, o bien el cuento de un escritor ruso, sin desmerecer, por supuesto a los grandes cuentistas de otros países. Sólo es cuestión de gustos.

Hoy les quiero presentar un cuento que está lleno de sorpresas y que además es muy agradable leer en estas fechas, ya que se desarrolla en invierno. Se titula “La tempestad de nieve” y es uno de los magníficos cuentos del portentoso escritor, poeta y dramaturgo Aleksandr Pushkin (Moscú 1799, San Petersburgo, 1837). Pushkin, además de un gran cuentista, es considerado el fundador de la literatura rusa moderna. Influyó notablemente en otros grandes de la literatura de su país como Gógol, Tosltói o Dostoyevski, entre muchos otros.

Si tuviera que elegir una de sus grandes libros, ésta sería “Eugen Oneguin”, novela en verso escrita entre 1825 y 1832. Obra fascinante que merece la pena leer. Pero, sus cuentos, todos ellos, maravillosos, son dignos de abrir y pasar grandes con su lectura.

Pushkin es un gran cuentista, como a otros muchos les sucedió, por la influencia que desde niño tuvo de su abuela materna y su aya. Se cuenta que ambas le inculcaron esa pasión que sentían por los cuentos y por la lírica popular rusa. También ayudó la biblioteca que atesoraba su padre, con más de 3.000 volúmenes y, por supuesto que, desde niño, Pushkin fue un gran lector.

En “La tempestad de nieve” se relata una historia de amor con sorpresa final incluida, por tanto no podré relatar mucho, pero sí diré que es un cuento fascinante, como todos los de éste autor ruso.

La casa de Gavrila Gavrilovich y Praskovia Petrovna siempre está abierta a las visitas. Unos vienen a beber, otros a comer, otros a jugar y la mayoría a ver a su bella hija Maria Gavrilovna “una muchacha esbelta, pálida y de diecisiete años”. Se la consideraba “una novia rica y muchos la deseaban para sí o para sus hijos”.

Pero María, a pesar de la oposición de sus padres, ya está enamorada. El afortunado es un pobre alférez del ejército que sus padres no quieren ya que consideran que no está a la altura de su hermosa hija. Por este motivo, los enamorados se escriben cartas y se ven obligados a verse a escondidas, en un pinar o junto a un vieja capilla. Allí, como jóvenes que son y locos de amor, se juran amor eterno y sueñan con proyectos futuros. Como todo lo que les rodea es oposición deciden trazar un plan para fugarse. Quedan en el bosque de Zhádrino. María, en un principio, algo reticente, decide finalmente dar el paso. Pero, aunque todo está bien planeado, tienen fieles encubridores y todo parece fácil menos el engaño a sus padres y el dolor que siente al hacerlo, no cuentan con que el tiempo les puede no sólo arruinar sus planes sino cambiar su destino. Una tormenta de nieve que se desata de una manera virulenta, hace que el pobre Vladimir, el alférez enamorado, nunca llegue a su destino.

El autor nos cuenta después que Vladimir muere en Moscú en vísperas de la entrada de los franceses. “… aquel era el sino de María Gavrilovna, que contra el destino todo es inútil, que la pobreza no es pecado, que no se vive con el dinero sino con el compañero, (…) Los proverbios morales son asombrosamente útiles en los casos en que, por mucho que los intentemos, no se nos ocurre nada para justificarnos.”

María queda rota de dolor. Muere además su padre dejándola heredera de una gran fortuna, pero nada de esto curará su pesar hasta que aparece un nuevo pretendiente. La madre está contenta ya que, por fin, su hija ha encontrado “un novio digno de ella”. Se trata del coronel de húsares Burmin, “herido, con una cruz de San Jorge en el ojal y de una “interesante palidez”, como decían las damiselas del lugar. Tenía alrededor de veintiséis años (…) Burmin era realmente un joven muy agradable. Poseía justatmente esa inteligencia que gusta a las mujeres: el saber del decoro y de la observación, carente de toda pretensión y dotado de una despreocupada ironía (…) Parecía de una carácter callado y discrteo, y sin bien los rumores aseguraban que en su tiempo fue un terrible calavera, ello no empañaba su imagen ante María Gavrilovna, que (como todas las jóvenes en general) perdoanan de buen grado las travesuras que evidenciaban valentía y carácter encendido.”

Sólo se le podía poner un “pero” a este apuesto húsar, era demasiado callado y no se atrevía a declararse a la bella María. Esto preocupaba a su madre y hacía pensar a la joven. ¿Por qué Burmin no decía nada? Ella estaba segura de que él estaba enamorado, sus miradas así lo delataban, pero algo no le dejaba dar el paso. El húsar guarda un secreto, un secreto que no puedo revelar, pero que romperá los cimientos del lector y le sorprenderá enormemente. Bello cuento para leer en una fría noche de invierno.

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