QUERIDO DIEGO, TE ABRAZA QUIELA. ELENA PONIATOWSKA

DIEGO-QUIELA-FRIDA-Y-ELENA

En 1935 Angelina logró ir a la tierra de sus sueños, México. No buscó a Diego, no quería molestarlo. Pero por casualidad se encontraron en un concierto. Diego pasó por el lado de Angelina y ni tan siquiera la reconoció.
La pintora rusa Angelina Beloff (San Petesburgo, 1879, México, 1969), conocida con el diminutivo de Quiela, encontró, a comienzos del siglo pasado, a Diego Rivera, de quien se enamoró. Beloff sufrió mucho por este amor, al igual que le pasó a Frida Kahlo después. Beloff fue la primera esposa del gran muralista mexicano. Tuvieron un hijo pero murió siendo aún un bebé. Su relación fue tormentosa. Vivieron juntos alrededor de diez años en París. El pintor, consciente de la situación, llegó a declarar en alguna ocasión lo siguiente refiriéndose a Beloff: “Ella me dio todo lo que una mujer puede dar a un hombre. En cambio, ella recibió de mi todo el dolor en el corazón y miseria que un hombre puede causarle a una mujer”.
En el libro “Querido Diego, te abraza Quiela”, la escritora mexicana Elena Poniatowska (París, 1932), recrea las cartas que la pintura rusa exiliada en París, envía sin descanso a Rivera, su pareja desde hace diez años, que ha regresado a México. En las cartas se expresa la adoración que la artista profesaba a su marido. Llegando a decir cosas como esta:

“…después de todo, sin ti, soy bien poca cosa, mi valor lo determina el amor que me tengas y existo para los demás en la medida en que tú me quieras”.

En otra de las cartas que recrea Poniatowska, Quiela se expresa así:

“Te amo Diego, ahora mismo siento un dolor casi insoportable en el pecho. En la calle así me ha sucedido, me golpea tu recuerdo y ya no puedo caminar y algo me duele tanto que tengo que recargarme contra la pared.”

A Quiela, cada cosa que dejó Diego antes de su partida, sus pinceles, su blusón…, le sirven para seguir viviendo con la esperanza de su regreso.

“En el estudio, todo ha quedado igual, querido Diego, tus pinceles se yerguen en el vaso, muy limpios como a ti te gusta. Atesoro hasta el más mínimo papel en que has trazado una línea. (…) He abandonado las formas geométricas y me encuentro bien haciendo paisajes un tanto dolientes y grises, borrosos y solitarios. Siento que también yo podría borrarme con facilidad.”

“Hoy como nunca te extraño y te deseo Diego, tu gran corpachón llenaba todo el estudio. No quise descolgar tu blusón del clavo de la entrada: conserva aún la forma de tus brazos la de uno de tus costados. No he podido doblarlo ni quitarle el polvo por miedo a que no recupere su forma inicial y me quede yo con un hilacho entre las manos.”

Pasa el tiempo y Quiela se desespera. Diego no responde a sus cartas. La pintora rusa comienza a perder su inocencia y a darse cuenta de que quizás el mexicano la haya abandonado para siempre:

“…Diego sólo es un hombre que no escribe porque no me quiere y me ha olvidado por completo.”

Pasa el tiempo, y ese hijo perdido atormenta a Quiela. Se le aparece en las telas, piensa que su vida estaría llena con su presencia. Pero está sóla, sin su Dieguito, sin su Diego. Lo único que le reprocha a Rivera es el no haber querido tener otro hijo con ella:

“Siempre quise tener otro, tú fuiste el que me lo negaste. Sé que ahora mi vida sería difícil pero tendría un sentido. Me duele mucho Diego que te hayas negado a darme un hijo. El tenerlo habría empeorado mi situaciónpero ¡Dios mío cuánto sentido habría dado a mi vida!”
Pasa el tiempo y Quiela necesita recordar para seguir viva. Recordar los tiempos entre amigos, recordar a Diego, siempre:

“Lo compartimos todo, Diego, cuando había un queso, una hogaza de pan, una botella de vino llamábamos a los amigos para gozar de estos manjares. ¿Recuerdas el salchichón que conseguí en el mercado negro y cómo por poco y se lo acaba Modigliani? ¿Y el camembert que Hayden trajo escondido entre los pliegues de su abrigo y que estuvo a punto de dejar caer por la ventana a al asomarse? ¡Qué tiempos aquellos, chatito! ¡Nos reíamos como niños en medio del horror!.”

“De una manera natural, sin votos, sin dote, sin convenio económico, sin escritura, sin contrato nos unimos. Ninguno de los dos creíamos en las instituciones burguesas. Juntos afrontamos la vida y así pasaron diez años, los mejores de mi vida. Si se me concediera volver a nacer, volvería a escoger esos diez años, llenos de dolor y de felicidad que pasé contigo, Diego. Sigo siendo tu pájaro azul, sigo siendo simplemente azul como solías llamarme, ladeo la cabeza, mi cabeza herida definitivamente y la pongo sobre tu hombro y te beso en el cuello, Diego, Diego, Diego a quién tanto amo.”

Beloff, ya en México, participa en la vida artística de la ciudad e ilustra libros para editoriales. Un colección de 42 trabajos suyos que incluyen grabados en metal, linoleum y madera, se exhiben permanentemente en el Museo Xochimilco de Méjico. La sala lleva su nombre y se encuentra junto a las de Diego Rivera y Frida Kahlo.

No quiero dejar pasar la oportunidad que me brinda este post, para recordar aquí la canción que Chavela Vargas interpreta como nadie, “La llorona” incluida en la película que sobre Frida Kahlo se hizo en 2003 interpretada por Salma Hayek como la pintora y Alfred Molina como Diego Rivera.

© 2009 Araceli Cobos

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