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30Oct/16

PABLO, EL GUERRERO DE VERDAD

banco-vacio

Para Pablo Guerrero Jiménez,
porque aunque aún no lo sepa,
ganará todas las batallas
a las que se enfrente en su vida.

Era tarde, o al menos eso le pareció a Pablo cuando abrió los ojos esa mañana. Volvió a cerrarlos un poco para ver si así se hacía aún más tarde. De esa manera, quizás, ya se hubiese hecho demasiado tarde para todo, para ir a por el pan y tener que aguantar los comentarios de la panadera, para ir a la escuela, para encontrarse con ese amigo que ya no era tan amigo, para saludar al vecino que le sonreía todas las mañanas….Sólo de pensarlo, ya le entraba un cansancio…, un agobio… ¿Por qué tenía él que hacer todas estas cosas si no se sentía bien haciéndolas? Si, ya sabía, sus padres le habían dicho, que uno se tiene que enfrentar todos los días a cosas que no le gustan, pero…, él era un niño, y…, bueno, eso, y…, daba igual. Ya lo pensaría en otro momento.

Bajó las escaleras, convencido de que su madre estaría ya en la cocina charlando con su padre mientras preparaban el desayuno para él y Luisa. Pero no, no había nadie. Miró por la ventana del salón y no vio a nadie caminando por la calle, ni se escuchaba bullicio alguno de furgonetas, repartidores, vecinas, niños.. “¿Qué estaba ocurriendo?”, se preguntó. Pero fue una pregunta que Pablo se hizo con una leve sonrisa de satisfacción en su rostro. Aquel silencio le agradaba mucho, a decir verdad, le encantaba. Era un día normal, pero vacío, un día en el que él no debería enfrentarse a todas aquellas situaciones cotidianas que le desagradaban. Así es que se colocó su chaqueta encima del pijama, sus botas y salió a la calle. En el parque sólo se encontró con los árboles, los bancos vacíos y el quiosco de chucherías de Mary cerrado. Se dirigió a los columpios y los probó todos, aunque los conocía, por supuesto de memoria. Pero, en soledad, todo le parecía mucho mejor.

Gritó algunos nombres de personas que conocía, pero allí no apareció ni siquiera un gato asustado. La felicidad que experimentaba era incomparable. A él le gustaba estar con gente, claro que si, le gustaban sus amigos, claro que si, incluso la escuela, claro que si. Claro que si. Todos los “claros que sí” que uno pueda imaginar, pero todo le gustaba a su manera y eso era lo que poca gente entendía. Cada día tenía que ponerse su traje de guerrero, su escudo y su espada imaginaria para enfrentarse al mundo tal y como uno parece que se tiene que enfrentar a él. Y él no quería menos a su amigo por decirle la verdad y enfadarse un día, o no le gustaba menos la escuela por no querer hacer los deberes u olvidar un cuaderno, o no sentía menos cariño por sus vecinos por saludarlos tímidamente. No. Por supuesto que no. Pero su piel de guerrero era ya tan dura que nadie podía ver lo que se escondía allá adentro. Pero…, daba igual. Ya lo pensaría en otro momento.

Sin darse cuenta, había pasado una hora. Decidió volver a casa. Cuando entró, sus padres estaban preparando el desayuno y Luisa lo miró perpleja, porque estaba claro que nadie esperaba encontrárselo abriendo la puerta, sino bajando por las escaleras.

-¿De dónde vienes a estas horas Pablo?,¿dónde has estado?, le preguntó su madre entre asombrada y asustada.

-Me desperté muy pronto y…, bueno creí que hoy era un día vacío, respondió Pablo.

-¿Vacío?, ¿qué quieres decir con eso?, dijo el padre.

-No me gustan los días en los que tengo que hacer todo lo que hay que hacer, respondió Pablo enérgico y algo enfadado. Me aburre tener que repetir las mismas cosas y que los demás piensen que si no hago las cosas como ellos quieren esas cosas ya no sirven, ni tienen importancia, ni les quiero, ni…, ni…, da igual, añadió.

Entonces sus ojos se le llenaron un poquito de lágrimas pero sin llorar, y quiso gritar pero se contuvo. Se quitó la chaqueta como el guerrero que se quita su armadura, sus botas las tiró como el guerrero que se deshace de su escudo y miró a sus padres con sus ojos grandes ojos claros clavándoles una espada imaginaria, de guerrero, por supuesto, pero de guerrero con ternura, que eso es lo que él llevaba dentro, mucha ternura y mucha bondad.

-¿Tengo que ser cómo los demás, mamá?, preguntó contrariado. Porque yo no quiero hacer daño a nadie pero quiero hacer las cosas a mi manera. Quiero querer a mi manera y saludar a mi manera, y tener mis amigos a mi manera, y comprar el pan a mi manera y aprender a mi manera.

Sus padres le miraron con cariño. Se acercaron a el y le dijeron que tenía razón, que aunque se habían dado cuenta un poco tarde, porque los padres también cometen errores, debía hacer las cosas a su manera. Le prometieron que nunca más le recriminarían un comportamiento y que intentarían entenderlo y apoyarlo porque ellos también se habían dado cuenta de que el traje de guerrero se le había quedado ya, afortunadamente pequeño. Que los demás también tendrían que aprender a entenderlo y quererlo así, tal y como era.

Pablo subió las escaleras con su madre hasta el cuarto del niño. Sacó la ropa del armario, la que se debía poner para el colegio.

-Toma, quítate el pijama y ponte la ropa Pablo.

Pablo se vistió. Guardó el pijama debajo de la almohada y después se acercó a su madre y con sus manos vacías pero llenas de sentido común, de bondad y ternura, le dijo a su madre:

-Quería guardar también el traje de guerrero aquí, debajo de la almohada, pero mejor lo guardas tú en otro sitio para que no me lo pueda poner más.

Su madre lo abrazó muy fuerte y le contestó:

-Lo vamos a tirar, ¿vale? porque ya no lo necesitas. Eres suficientemente fuerte  para poder con todas las batallas que te ponga la vida en tu camino. Sin corazas, sin escudos, sin espadas. No necesitas todas esas cosas. No lo dudes nunca Pablo. Nunca.

Bajaron las escaleras juntos, Pablo delante de su madre, sonriendo. Con fuerzas para enfrentarse a un nuevo día que se le presentaba maravilloso. Estaba feliz. Todo le pesaba menos. Su mamá bajaba detrás con las manos vacías pero, a la vez, llenas de cosas que utilizan los guerreros y también sonriendo.

Sin duda, a los cuatro se les presentaba por delante un gran día.

¿Quién duda de que las personas únicas son las más difíciles de entender? ¿Quién puede dudar de que las batallas más importantes se ganan con buenas dosis de bondad y de ternura?