UNA HABITACIÓN CON VENTANA A AMÉLIE NOTHOMB

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“Aquellos que creen que leer es una evasión están en las antípodas de la verdad: leer es verse confrontado a lo real en su estado de mayor concentración; lo cual, extrañamente, resulta menos espantoso que tener que vérselas con perpetuas diluciones.”

Este fragmento del libro “Antichrista” de Amélie Nothomb (Japón 1967) dice mucho sobre la lectura y sobre la propia autora. Es “Antichrista” un buen libro para acercarse a esta escritora belga. Siempre sorprendente en sus entrevistas y en sus libros, Nothomb escribe tan de verdad que parece que nadie conociera su universo literario o no lo quisiera conocer, de ahí viene el misterio que le rodea a ella y el éxito que tienen su obras.
Este libro relata la extraña amistad de dos adolescentes Blance y Christa que se crea mientras estudian en la Universidad de Bruselas. Ahonda Nothomb en una amistad, que aunque parezca rara, se da en muchas ocasiones, esa amistad basada en la sumisión y la crueldad.
El libro sigue el patrón habitual de la escritora, frases directas, temas directos, personajes auténticos, vivacidad.

Blanche, la víctima, además de tener que sumergirse en la amistad de Christa, tendrá que luchar contra la indiferencia de sus padres hacia ella:

“Yo no intentaba defenderme. ¿Para qué intentar explicarles que era invisible? Creían que yo era altiva, que despreciaba los placeres propios de mi edad: me habría encantado hallar el manual de instrucciones de mi adolescencia, pero resultaba imposible sin la mirada de alguien. Mis padres no me miraban, puesto que ya habían decidido que era “demasiado buena, carente de vitalidad, etcétera”. Una mirada auténtica carece de ideas preconcebidas. Si unos ojos auténticos se hubieran posado en mí, habrían visto una pila atómica, un arco tensado al máximo, pidiendo sólo una flecha o un blaco, y proclamando a gritos su deseo de recibir ambos tesoros.”

Blanche vive en su mundo, en su mundo inteligente pero aún no asimilado, ni tan siquiera, por ella misma:

“Me tumbaba en la cama, que volvía a ser la mía. Redescubría el mayor lujo de este planeta; una habitación propia. Un lugar en el que uno goza de una paz real. Flaubert necesitaba una habitación en la que declamar a gritos, yo o podía vivir sin un lugar donde soñar, una habitación en la que no hubiera nada ni nadie, ningún obstáculo que dificultara el vagabundeo infinito de la mente, en la que el único decorado era la ventana: cuando una habitación tiene una ventana, significa que uno tiene su parte de cielo. ¿Para qué pedir más?.”

© 2010 Araceli Cobos

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