SIN MAÑANA. VIVANT DENON

UN-CUENTO-ERoTICO-A-ORILLAS-DEL-SENA
El escritor francés Dominique Vivant Denon (1747-1825) dejó un único relato escrito en toda su larga vida, titulado “Point de lendemain”, publicado en 1777 y traducido al español como “Sin mañana”. Este relato, publicado de forma anónima, destinado exclusivamente a su círculo de amistades más íntimo, se considera una de las obras maestras de la literatura erótica del siglo XVIII.
Un joven de veinte años cae en el placer y la inteligencia de dos mujeres a las que no puede resistire. El final es brillante y al abrir el libro uno puede respirar desde la primera página ese erotismo tan sutil que se estilaba en aquel tiempo.
Uno de los primeros encuentros que el joven tiene con la señora de T…, una de las damas que desea locamente, se describe de esta manera:
“Sucede con los besos lo mismo que con las confidencias: se atraen, se aceleran, se enardecen mutuamente. En efecto, no bien fue dado el primero, lo siguió otro, y otro más. Se agolpaban, interrumpían la conversación, la reemplazaban; apenas daban a los suspiros la libertad de escaparse. Sobrevino el silencio, se oyó (pues a veces se oye el silencio), y nos asustó. Nos levantamos sin decir palabra y echamos a andar de nuevo”.
Las escenas se suceden en un palacio situado en una montaña que desciende en terrazas hasta la orilla del Sena. En una de las habitaciones se da rienda suelta a la pasión y el joven lo describe así:
“Nos estremecimos al entrar. Era un santuario, y era el del amor. Éste se apoderó de nosotros; flaquearon nuestras rodillas, nuestros brazos desfallecientes de entrelazaron, y, no pudiendo sostenernos, fuimos a caer sobre un canapé que ocupaba una parte del templo. La luna se ocultaba, y su último rayo no tardó en llevarse el velo de un pudor que, en mi opinión, ya empezaba a resultar inoportuno. Todo se confundió en las tinieblas. La mano que quería rechazarme sentía los latidos de mi corazón. Quería huir de mí, y volvía a caer más enternecida. Nuestras almas se encontraban, se multiplicaban; nacía una en casa uno de nuestros besos.
Aun volviéndose menos tumultuosa, la exaltación de nuestros sentidos seguía sin permitirnos recobrar la voz. Nos comunicábamos en silencio mediante el lenguaje del pensamiento. La señora de T… se refugiaba en mis brazos, ocultaba su rostro en mi pecho, suspiraba y se calmaba con mis caricias; se afligía, se consolaba, y pedía amor a cambio de todo lo que el amor acababa de arrebatarle.”
Sobre este cuento Milan Kundera ha dicho que se encuentra entre las obras literarias “que mejor parecen representar el arte y el espíritu del siglo XVIII” y según el escritor la obra comienza “con la frase más bella de la prosa francesa”. Es esta:
“Amaba perdidamente a la condesa de…; yo tenía veinte años, y era ingenuo; ella me engañó; yo me enfadé, ella me abandonó. Yo era ingenuo, la añoré. Yo tenía veinte años, ella me perdonó; y como tenía veinte años, y era ingenuo, todavía engañado, pero aún no abandonado, me creía el amante más amado, por tanto el más feliz de los hombres.”

© 2009 Araceli Cobos

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