SI EL HOMBRE PUDIERA DECIR…, DECÍA LUIS CERNUDA

SI-EL-HOMBRE-PUDIERA-DECIR-LUIS-CERNUDA

“Si el hombre pudiera decir lo que ama,
si el hombre pudiera levantar su amor por el cielo
como una nube en la luz;
si como muros que se derrumban,
para saludar la verdad erguida en medio,
pudiera derrumbar su cuerpo, dejando sólo la
verdad de su amor,
la verdad de sí mismo,
que no se llama gloria, fortuna o ambición,
sino amor o deseo,
yo sería al fin aquel que imaginaba;
aquel que con su lengua, sus ojos y sus manos
proclama ante los hombres la verdad ignorada,
la verdad de su amor verdadero.

Libertad no conozco sino la libertad de estar
preso en alguien
cuyo nombre no puedo oír sin escalofrío;
alguien por quien me olvido de esta existencia
mezquina,
por quien el día y la noche son para mí lo que
quiera,
y mi cuerpo y espíritu flotan en su cuerpo y espíritu,
como leños perdidos que el mar anega o levanta
libremente, con la libertad del amor,
la única libertad que me exalta,
la única libertad por que muero.

Tú justificas mi existencia:
si no te conozco, no he vivido;
si muero sin conocerte, no muero, porque no he
vivido.”

Este poema titulado “Si el hombre pudiera decir…”, escrito en 1931 y recogido en la obra “Los placeres prohibidos”, pertenece al escritor sevillano Luis Cernuda (Sevilla 1902, México, D.F 1963), que reunió todos sus libros bajo un título global y muy revelador: “La realidad y el deseo”. Así era su vida una continua batalla entre la realidad del mundo que le rodeaba, los límites que ésta le imponía y su verdadero anhelo, su deseo. Fue un inadaptado, un solitario, un dolorido. Ese carácter explica el porqué de su singularidad dentro del grupo de poetas de la generación del 27. Al comienzo, compartió con ellos algunas de las tendencias de éstos como el surrealismo o la poesía pura, pero pronto se desmarcó y edificó sus versos con sobriedad y gran profundidad.
Sin duda, Cernuda ocupa uno de los más altos puesto de la lírica española del siglo XX.
Leer a Cernuda es un placer muy doloroso.

“No es nada, es un suspiro,
pero nunca sació nadie esa nada
ni nadie supo nunca de qué alta roca nace.

Ni puedes tú saberlo, tú que eres
nuestro afán, nuestro amor,
nuestra angustia de hombres;
palabra que creamos
en horas de dolor solitario.

Un suspiro no es nada,
como tampoco es nada
el viento entre los chopos,
la bruma sobre el mar
o ese impulso que guía
un cuerpo hacia otro cuerpo.

(…)

Sombra, si tú lo sabes, dime;
deja el hondo fluir
libre sobre su margen invisible,
acuérdate del hombre que suspira
antes de que la luz vele su muerte,
vuelto él también de aire,
suspiro entre tus manos poderosas.”

Este poema de “Invocaciones” (1934-35), titulado “No es nada, es un suspiro”, empieza con una frase conversacional, esa frase con la que respondemos a alguien que nos oye suspirar. Cernuda, a partir de ahí, teje con sus versos su dolor, su anhelo, su vida.

© 2011 Araceli Cobos

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