RAMIRO PINILLA. LA GRAN GUERRA DE DOÑA TODA

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Pocos libros son capaces de reunir, a la vez, inteligencia, ironía, humor y hasta un poquito de historia. Hay un libro especial al que tengo muchísimo cariño. Cariño por muchas razones que luego explicaré. Lo he leído en varias ocasiones y siempre me ha sorprendido. El libro lo escribió Ramiro Pinilla (Bilbao, 1923) en 1978. Pinilla es, simplemente, un genio de la literatura, un señor de la literatura, al que me encantaría conocer. “La gran guerra de Doña Toda”, la obra de la que quiero escribir hoy, debería ser de obligada lectura en los intitutos o en las universidades. Dicen que uno se ríe mucho con “El Quijote”, pero si ustedes tienen la oportunidad de abrir alguna vez “La gran guerra de Doña Toda” no podrán parar de sonreir. En mi opinión, es una obra maestra.
No es Ramiro Pinilla un escritor del que se hable mucho, ni tan siquiera su obra está reconocida como debería. Sin duda, no se le ha hecho la suficiente justicia a este domador de frases y de la palabra, a este sastre que escribe fino. Es cierto, que entre sus logros, figuran el Premio Nadal por “Las ciegas hormigas”, que recibió también el Premio de la Crítica. Y es verdad que quedó finalista del Premio Planeta con “Seno”, y que tiene el Premio Nacional de Narrativa por “Verdes valles, colinas rojas III” y otros premios, pero…no sé, falta más. Falta que Ramiro Pinilla sea un nombre imprescindible en las letras españolas, porque su obra lo merece.
Les dejo con un poco de “La gran guerra de Doña Toda”. Después de leerla nunca la olvidarán. Me atrevería a decir que la cogerán hasta cariño.

El libro comienza así:

“Doña Toda Garzea quedaría en la memoria de las generaciones como Señor de Vizcaya y Pariente Mayor, Juntero de las Juntas de Gernika e incluso Patriarca, porque también antepuso su apellido a los de sus esposos para que los Garzea siguieran siendo los Garzea. Llegaría a controlar los mundos religioso, militar y social de medio País y a pesar doscientos kilos. Tanta iba a ser su necesidad de sentir cerca el mar, que al cumplir los cien años la empezó a pedir, y tres décadas después su hijo Ombecco, de noventa y dos años, viajó con una expedición a la costa y le trajo una ballena oliendo a salitre. Sufriría en la torre de los suyos un asedio de cincuenta y siete años, cinco meses y once días, y tendría sesenta y nueve hijos, casaría veinticuatro veces y se comería, uno a uno y por hambre, a sus veinticuatro maridos, pero a sus trece años se había enamorado como una flor.”

Toda Garzea es hija del conde Errando Garzea y la condesa Maxepa de Ugarte. Los Garzea, familia numerosísima, viven en una torre sitiada por los Jaunsolos, otra estirpe vasca de los alrededores.
En la torre de los Garzea todo está dispuesto para celebrar un bautizo al que va a acudir todo el tronco familiar, incluso un primo lejano que viene de las Américas donde anda buscando la leyenda del Potosí. Toda se enamora perdidamente de este individuo llamado Gabín.
Tanto es su amor por el, tantas son las ganas de retenerlo que decide hacer algo monstruoso. Toda avisa a los Jaunsolos del bautizo. Según les comunica sería la manera perfecta de acabar con toda la estirpe de los Garzea de un plumazo. La única condición que pone la muchacha es no tocar a Gabín.
Aquí comienzan todas las alegrías para Toda y todas las desgracias para los Garzea. Toda sólo piensa en su futura boda y en Gabín. Ha mandado a paseo todo, su estirpe, su apellido, el honor,…pero no es tan fácil quitarse la historia y los sentimientos que van unidos a la sangre. ¿Lo conseguirá? ¿Qué ocurrirá en la torre de los Garzea? Ni se lo imaginan, las historias más disparatadas, divertidas, e inimaginables que ustedes hayan podido pensar nunca.
El libro tiene tantas lecturas… Sin duda la irónica me interesa mucho. El humor con el que Pinilla habla del orgullo de los apellidos, de pertenencia a una familia. El escritor vasco quiere quitar, a través de Doña Toda una venda de los ojos con humor, con inteligencia. La torre es el mundo de Toda, su vida, su sangre, sus horizontes. Por eso, el libro acaba con una frase que abre los ojos de todos, sobre todo del que los quiera abrir. Toda, al final de su vida, se plantea si todo lo que ha hecho por orgullo y estupidéz ha merecido la pena. Su mundo ha sido muy pobre encerrada en la torre firme y orgullosa. A ella le hubiera gustado ver el mar. Si, eso es lo que a ella le hubiera gustado.

“…justo cuando moría Doña Toda sin cerrar lo ojos, para, muerta, poder seguir viendo la ballena, pues una vida empedrada de supercherías le había impedido ver la verdad de la mar.”

Toda ha vivido en su todo, pero este todo era una gran mentira llena de orgullo, el orgullo de los Garzea.

Aquí transcribo algunos párrafos del libro. Este se refiere a cuando doña Toda decide tener muchos hijos para que la estirpe continúe.

“Hacia el año quince del Sitio resultó claro para todos que los hijos de Doña Toda no salían tan brillantes como al principio, por mucho que se le llevaran a la madre las mejores ratas cocidas, de las que Gabín también consumía una pequeña porción, pues ella, en su mezcla de locura y amor y de responsabilidad por traer guerreros para las almenas, requería al esposo a todas horas para el lecho, llamándolo en los momentos más intempestivos con un cuerno donado por Don Xerbaxo. (…) El alimento fundamental para los sitiados llegó a reducirse al musgo de los muros, que lo tomaban como ensalada, y los más conscientes habían de defender con ferocidad las ratas que se cazaban del apetito general para ofrendárselas a Doña Toda. No le bastaban. La veían adelgazar por momentos, y a su leche, antes tan amarilla y cremosa, adquirir las características del agua.”

Doña Toda, ante las necesidades, decide matar a su marido para comérselo y así seguir alimentando a sus hijos.

“Se amaron como dos poseídos. Durante varias horas se olvidaron del mundo. En lo más alto del paroxismo, Doña Toda buscó a tientas la espada, y empuñándola, abrazó a Gabín. Se la hundió tiernamente en la espalda, en la línea exacta del corazón, sin que él, borracho de amor, sintiera la punzada. Por el contrario, lanzó el gran suspiro del macho en la apoteósis de la entrega. (…) Luego lo partió en trozos con la misma espada, encendió fuego y lso ahumó, depositándolos amorosamente en un gran arcón repleto de sal, que llevaba allí meses preparado al efecto.”

El sitio continúa y Doña Toda se va quedando sin hombres para procrear.

“Ellos eran demasiado felices para sentirse heridos. Eran tan felices como los enamorados cuando se quedan solos. Habían visto tales cosas allí dentro, se habían identificado tanto con los anteriores maridos de su madre, la habían visto devorar a unos padres que, con un poco de suerte, podían haber sido ellos mismos, que todos habían empezado a desearla desde los tres años. Las peregrinaciones a la cámara nupcial dejaron de tener un carácter místico para ser rotúndamente eróticas. Los hijos de Doña Toda, tanto adolescentes como niños, rodeaban el lecho en que la madre, que ya pesaba ciento setenta y cinco kilos, amamantaba a dos pechos sus últimos partos, y extendían el brazo para tocarle la carne blanca, adiposa e interminable. Cuando se ponían demasiado pesados, ella se los apartaba a manotazos, aunque sin imaginar qué fondo encerraba su intención. De modo que, al descubrirlo en aquellas miradas del año cuarenta y cuatro del Sitio, se escandalizó como una novicia. Estaba, una vez más, viuda. Sorprendió a sus diecinueve hijos, en un rincón de la cámara, jugándosela a las canicas.”

Es muy divertido como trata el escritor vasco el tema de las Juntas. Cuando los junteros se reúnen bajo el árbol de Gernika para tratar de los asuntos que conciernen al territorio y sus vecinos, y como ironiza sobre estos temas. En una ocasión se plantean la adquisición de un semental gallego, pero finalmente lo rechazan, por eso mismo, por ser gallego, o la elección de un jardinero para cuidar del árbol. En este tema no llegan tampoco a un acuerdo porque el jardinero no tenía apellidos vascos. Toda una historia difícil de olvidar, la genial guerra de Doña Toda. Y que cada uno saque las lecturas que quiera.

Al principio mencionaba que tengo a este libro mucho cariño por diferentes razones. Además de porque me gusta este escritor vasco y lo bien que está escrita la novela, quiero destacar aquí que el libro llegó a mis manos gracias a un profesor de literatura que tuve en la Universidad del País Vasco mientras realizaba mis estudios de Periodismo. Este profesor se llamaba Felix Menchacatorre Egaña. Inteligentísimo, irónico, amable y buenísima persona nos invitaba a leer obras maestras y gracias a él yo conocí la obra de Pinilla, de Poe o de Stendhal, por nombrar algunos. Años después lo volví a encontrar, por casualidad, andando por el paseo de La Concha en San Sebastián. Por supuesto, él no se acordaba de mi, pero le saludé y le paré para darle las gracias por todo lo que me había enseñado. Sentía la necesidad de hacerlo y así lo hice. Me sonrió, me deseó lo mejor y se alegró de que le agradeciera algo que para él era normal, ayudar y enseñar a sus alumnos. ¡Qué gran profesor! Muchísimas gracias por enseñarme tanto allá donde estés.
Félix Menchacatorre, natural de Getxo murió en 2008 mientras realizaba el Camino de Santiago al frente de un grupo de alumnos, a los 59 años. Era licenciado en Derecho por la Universidad de Deusto, y se doctoró en Literatura Española en la Universidad de Cincinnati. Llevaba más de 25 años en los programas de USAC (Univesity Studies Abroad Consortium) de los que era el máximo responsable.

© 2011 Araceli Cobos

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