RAFAEL SÁNCHEZ FERLOSIO. EL JARAMA

RAFAEL-SaNCHEZ-FERLOSIO-UN-MAESTRO-DEL-DIaLOGO

Después de leer “El Jarama” de Rafael Sánchez Ferlosio (Roma, 1927) a uno no le cabe la menor duda de que el escritor italiano es un maestro del diálogo. Es increíble como Sánchez Ferlosio puede tenernos enganchados a su novela con una serie de diálogos, a veces cotidianos, a veces simplones, a veces graciosos, a veces profundos,… y siempre magistrales.
Publicada en 1955 y ganadora del premio Nadal ese mismo año marcó un hito dentro de la novela española de la posguerra.
Es un relato simultáneo en tercera persona. Nos cuenta la historia de dos pandillas de jóvenes madrileños que van a pasar el día junto al río Jarama.Unos son de la ciudad, los otros lugareños. Durante casi toda la novela no pasa nada, nada, y a la vez pasa todo, porque asistimos a los diálogos de estos jóvenes como si nosotros mismos participásemos de sus problemas, juegos, bromas, adolescencia, en definitiva. Sólo al final de la obra, todo se ve interrumpido por la muerte de una de las jóvenes, mientras la naturaleza, el río, con su fuerza, sigue su vida.
Paralelamente se cuenta como transcurre el día en la taberna de Mauricio, donde los habituales clientes beben, discuten, juegan a las cartas,…
De realismo absoluto, la novela no deja ningún hueco para el lector, vive con los personajes cada minuto, cada segundo. No hay ninguna reflexión psicológica sobre los personajes, ni una historia de fondo, nada. El lenguaje coloquial es exquisito y riguroso pero nunca sabemos lo que va a ocurrir. Es, sin duda, una joya de la literatura, por su narración, por sus diálogos, por la forma en la que está escrita, por su originalidad.

Este es un ejemplo de tantos, donde se puede ver la fluidez y la maestría de Ferlosio en los diálogos y el lenguaje que emplea. Tito y Lucita charlan como dos jóvenes más:
“Tito, ¿y a ti, qué te parece que una chica se ponga pantalones? Como Mely.
-¿Qué me va a parecer? Pues nada; una prenda como otra cualquiera.
-¿Pero te gusta que los lleve una chica?
-No lo sé. Eso según le caigan, me figuro.
-Yo, fíjate; anduve una vez con ideas de ponérmelos y luego no me atreví. Un Corpus, que nos íbamos de jira al Escorial. Estuve en un tris si me los compro, y no tuve valor.
-Pues son reparos tontos. Después de todo, ¿qué te puede pasar?
-Ah, pues hacer el ridi; ¿te parece poco?
-Se hace el ridículo de tantas maneras. No sé por qué, además, ibas a hacerlo tú precisamente.
-Es que no tengo mucha estatura para ponerme pantalones.
-Chica, un retaco no eres. La talla ya la das. Tampoco es necesario ser tan alta, para tener un tipito agradable.
-¿Te parece que tengo yo buen tipo?
-Pues claro que lo tienes. Eres una chica que puede gustar, ya lo creo.
Lucita reflexionaba unos instantes; luego dijo:
-Sí; total, ya sé que aunque te pareciera lo contrario, no me lo ibas a decir.
-Ah, bueno, pero no me lo parece, la miró sonriendo. Y vámonos ya del sol, que nos estamos asando vivos.”

Los diálogos que transcurren en la taberna de Mauricio son buenísimos también, y contrastan magníficamente con la jerga de los jóvenes que están disfrutando en el río.
“-Bueno, ¿y tú que harías en Madrid?, vamos a ver. Cuéntanoslo-
-¿Yo…? ¿Que qué haría…?, se le encendía la cara. ¿Qué es lo que haría yo en Madrid?, chasqueó con la lengua, como el que va a empezar a relatar alguna cosa alucinante. Pues, lo primero… Me iba a un sastre. A que me hiciese un traje pero bien. Por todo lo alto alto. Un terno de quinientas pesetas…
Se pasaba las manos por la raída chaquetilla, como si la transfigurase. Mauricio le interrumpió:
-¿De quinientas pesetas? ¿Pero tú que te crees que te cuestan los trajes a la medida en Madrid? Con quinientas pesetas ni el chaleco, hijo mío.
-Pues las que hiciese falta, dijo el otro. Quien dice quinientas, dice setecientas…
-Bueno, hombre, sigue. Pongamos que con setecientas te alcanzaba para ponerte siquiera medio decente. ¿Luego que hacías?, a ver. Continúa.
-Pues luego, me salía yo a la calle, con mi trajecito encima, bien maqueado, pañuelo de seda aquí, en el bolsillo este de arriba, ¿eh?, mi corbata, un reloj de pulsera de estos cronométricos, y me iba a darme un paseo por la Gran Vía. Poquito; ida y vuelta nada más, y descansando, para sentarme a renglón seguido en la terraza de un café, ¿cómo se llama ese?, Zahara, en la terraza del Zahara. Allí ya, bien repantingado, daba unas palmaditas, hizo el gesto de darlas; y en esto, el camarero: una doble de cerveza así de alto con…con una buena ración de patatas fritas, eso es. Ah, y el limpia. Que me mandase en seguida un limpiabotas para sacarme brillo a los zapatos.”

Este párrafo, con el que quiero acabar es el único con el que presentimos, que algo va a suceder de repente, cuando ya creíamos que no pasaría nada, y la jornada de domingo en el río había casi terminado.

“Se miraban en torno circunspectos, recelosos del agua ennegrecida. Llegaba el ruido de la gente cercana y la música.
-No está nada fría, ¿verdad?
-Está la mar de apetitosa.
Daba un poco de la luna en lo alto de los árboles y llegaba de abajo el sosegado palabreo de las voces ocultas en lo negro del soto anochecido. Música limpia, de cristal, sonaba un poco más abajo, al ras de agua inmóvil del embalse. Sobre el espejo negro lucían ráfagas rasantes de luna y de bombillas. Aquí en lo oscuro, sentían correr el río por la piel de sus cuerpos, como un fluído y enorme y silencioso animal acariciante. Estaban sumergidos hasta el tórax en su lisa carrera. Paulina se había cogido a la cintura de su novio.
-¡Qué gusto de sentir el agua, como te pasa por el cuerpo!
-¿Lo ves? No querías bañarte.
-Me está sabiendo más rico que el de esta mañana.
Sebas se estremeció.
-Si, pero ahora ya no es como antes, que te estabas todo el rato que querías. Ahora en seguida se queda uno frío y empieza a hacer tachuelas.”
Las descripciones son escasas en la novela, pero cuando aparecen, son hermosas, aclarándonos así Ferlosio, que puede con cualquier cosa.
Rafael Sánchez Ferlosio ha sido Premio Cervantes en 2004 y Nacional de la Letras en 2009. Su fama la debe principalmente a estas dos novelas: “El Jarama” e “Industrias y andanzas de Alfanhuí”, que curiosamente descubrí cuando apenas tenía ocho años, o quizás menos, en un libro de texto de la escuela. En ese libro había un extracto de esta preciosa novela, que ya me cautivó, aunque era muy pequeña, que nunca olvidé, y que por eso, más tarde compré, para tapar revivir ese recuerdo de mi infancia. ¿Por qué me cautivó Alfanhuí si aún era una niña? Se lo contaré pronto, porque es un ser al que hay que conocer.

© 2010 Araceli Cobos

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