04Ene/14

NAO / CAPITULO IV. EL PRÍNCIPE AL

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<< Capítulo I. Los tres regalos mágicos
<< Capítulo II. La Navidad
<< Capítulo III. Di y el príncipe

Los meses pasaron y dos días antes de la boda el rey organizó una fiesta a la que invitó a todos los monarcas de las otras islas del archipiélago de los elementos. Los reyes, así como sus esposas y sus hijos tenían mucha curiosidad por saber quien era aquella muchacha que el príncipe en pocos días convertiría en su esposa, ya que habían oído hablar de su gran belleza y simpatía.
Todos se vistieron de gala para la ocasión y fueron recibiendo uno por uno a los ilustres invitados. El rey de la isla Agua, llegó acompañado de su esposa, una bella sirena de cabellos rojizos y ojos verdes, y sus dos hijas. El rey de la isla Fuego también acudió con su familia al completo, su esposa y sus tres hijos varones, muy amigos del príncipe Xin, y el monarca de la la isla Aire, al igual que los demás, lo hizo acompañado de la reina y su único hijo, el príncipe Al, al que se conocía en todo el archipiélago por ser un heredero al trono además de guapo, caprichoso y algo mal criado.
Todos los monarcas y sus familias quedaron encantados con Di. Ni uno siquiera dudó de que el príncipe había hecho una buena elección. Los reyes felicitaron a los contrayentes y a sus familias. El rey Xao y su esposa se quedaron más tranquilos, pues notaban que, finalmente, los deseos del príncipe habían sido los acertados.
Los tres reyes coincidieron en decirle al monarca Xao, que esta era la mujer que ellos desearían para sus hijos. El rey Xao se llenó de orgullo y la reina empezaba a mirar a Di con otros ojos. La aceptación y la admiración por la educación, la belleza y la simpatía de la muchacha había sido tan grande entre los invitados, que hizo que la reina se sintiera de repente muy orgullosa de su futura nuera.
Los demás príncipes felicitaron a Xin deseándole todo lo mejor al lado de aquella mujer. Sólo uno, el príncipe Al, se acercó a Xin algo más reticente y con un cierta envidia en los ojos, que sólo Xin pudo apreciar.
-Te deseo lo mejor, dijo el príncipe Al con cierto resquemor en su mirada. Sin duda eres un hombre con suerte. Di es la mujer más bella que jamás he visto, y no sólo eso, tiene una gran bondad y su simpatía es desbordante. Felicitaciones amigo, añadió antes de alejarse.
Xin sintió la frialdad de las palabras de Al, y esto le produjo cierto miedo. Todo el archipiélago sabía de sus encantos y de su obsesión por conseguir lo que le gustaba. Pero, ¿a qué debía tener miedo? Di estaba muy enamorada de él, así se lo había hecho saber. ¡Que tonto era al pensar en estas cosas!. Di le quería a él y se casarían en un par de días. Además estaba seguro de que el príncipe Al encontraría una bella mujer también a la que convertir en futura reina, pues dones no le faltaban.

***
Los preparativos de la boda dejaron a todos, en la isla, sin fuerzas. Xin era el único heredero al trono y la fiesta debía ser tan elegante como el futuro rey se merecía.
El palacio se vistió con las más bellas cortinas, alfombras, vajillas, flores,… Cada detalle fue estudiado al mínimo. La mamá de Nao había confeccionado todos los vestidos de su familia así como la de los monarcas. Ni que decir tiene que eran perfectos y todos lucían guapos y elegantes. Los gemelos, hermanos de Di, serían los pajes de honor. Nao llevaba un traje especial. Hacía unos días que el joven, debido a sus progresos en la escuela del ejército del reino, había ascendido en su categoría. Ahora ya no era un simple soldado, ahora tenía el cargo de soldado instruido, y como tal, ante la situación de que el reino se encontrara en peligro, el debía poner su inteligencia al servicio del rey para resolver ese problema. Sólo tenía diez años, pero demostraba que sus ideas eran tan grandes como para vencer a tres reinos enteros.
El rey hizo levantar una gran fuente al lado del jardín, donde se serviría el banquete con la intención de mostrar a todos al anciano Teo, el pez naranja que tantas alegrías le había dado y con el que tanto había conversado. Quedarían admirados de aquel hermoso y extraño regalo con el que un día la familia de Nao logró quedarse en palacio para siempre con el objetivo de servir a él y a toda su familia, y que ahora, por caprichos del destino, les unían para siempre a ellos a causa de la boda de su hijo con Di.
Todo estaba listo. El vestido de la novia, como siempre suele ocurrir, era el secreto mejor guardado en palacio de aquella fastuosa celebración. Su madre había confeccionado para ella un hermoso vestido de seda blanco lleno de encajes con el que Di se veía espléndida.
El gran día llegó. Cuando los príncipes se dieron el “si quiero“ hubo lágrimas de emoción y alguna que otra de envidia entre los invitados. Después, todo se olvidó en el banquete, en el que se sirvieron los más ricos manjares imaginados. El baile duró hasta el amanecer, y todos los monarcas charlaron con Teo. Ya había dos cosas por las que envidiar al rey de la isla Tierra, su hermosa nuera, y ese maravilloso e inteligente pez con el que se podía hablar de cualquier cosa.
Pero cuando todo parecía estar en calma, cuando parecía que no se podía llegar a alcanzar una felicidad más grande, sucedió algo inexplicable y doloroso para todos. De pronto el cielo se oscureció, se levantó un fuerte viento, un gran remolino sacudió todo a su paso y un tifón rodeó a Di. En aquel escenario trágico y violento apareció el príncipe Al. Su sonrisa maliciosa confirmaba la peor de las noticias. Se quitó su ropa y dejo al descubierto sus alas. Agarró a Di de la cintura y se la llevó volando.
No dio tiempo a hacer nada. No se podía hacer nada. Los invitados no pudieron reaccionar y cuando quisieron darse cuenta ya el joven Al había consumado su más pérfida hazaña. Fue en ese momento, cuando el príncipe Xin se acordó de los extraños presentimientos que había tenido días antes al charlar con el heredero de la isla Aire. Era un ser envidioso al que le molestaba la alegría de los demás, un hombre que no disfrutaba con la felicidad de los demás. Xin había aprendido de su padre que la envidia puede destruir todo a su paso y hacer hasta del hombre más bondadoso el peor de los monstruos.
Nadie podía calmar las lágrimas de los padres de Di, ni el nerviosismo y la preocupación de los monarcas. Xin estaba destrozado. Los monarcas de la isla Aire se sentían avergonzados de la maniobra que su hijo había llevado a cabo, y no sabían que hacer para excusarse. Ellos mismos intentaron tranquilizar al príncipe Xin y a la familia diciéndoles que irían inmediatamente a la isla y aclararían el problema cuanto antes. Así fue, un águila gigante apareció ante el reclamo de un silbato que llevaba el rey y él y su esposa se montaron en ella camino de su isla con el deseo de acabar con aquella locura del joven heredero cuanto antes.
Mientras esperaban las noticias del rey de la isla Aire, Nao intentaba calmar a sus padres, al rey Xao y a su esposa. Aunque tenían alguna esperanza de que todo se aclarara rápidamente, sólo Nao presentía que nada iba a ser tan fácil como se habían imaginado. Nao había notado la maldad en los ojos del príncipe Al y sabía que el joven heredero era capaz de cualquier cosa.
Tal y como había presentido Nao, las horas pasaban y nadie tenía noticias de Di. El príncipe no podía aguantar más y decidió ir a buscarla. Cargó un barco con alimentos y se rodeó de los miembros del ejército real. El viaje en barco duraría algunos días, pero la isla Tierra no estaba dotada con aquellas maravillosas águilas que tenía la isla Aire y con la que se podían desplazar en cuestión de minutos de una isla a otra. El padre de Di y el rey Xao quisieron acompañarle, pero el príncipe quería resolver este asunto sólo. Conocía al joven Al desde que eran niños y tenía la certeza de que charlando con él se podría llegar a un acuerdo. No quería venganza, ni siquiera sentiría rencor por él. Sólo quería hacerle entender que lo que había hecho no estaba bien, que él mismo se diera cuenta, recapacitase y le devolviera a Di sana y salva.

Pasaron los días y todo era mucho más angustioso pues además de no tener ninguna noticia de Di, tampoco se sabía nada ya del príncipe Xin. Los monarcas temían lo peor. Parte de los hombres de su ejército, los más cualificados, estaban dentro de un barco con el joven Xin, y podía haber pasado cualquier cosa. La situación era cada vez más desoladora.
Nao no podía aguantar ver más la tristeza de sus padres y tampoco, claro está, la de los monarcas. Había estado dándole vueltas a la cabeza sobre una idea que quería exponer al rey Xao, aunque le parecía casi imposible que le diera su aprobación. Al menos debía intentarlo.
Así, a la mañana siguiente se presentó ante el rey decidido a hablarle de su plan.
-Estimado monarca, dijo Nao con decisión. Sé que sólo soy un niño de diez años, al que usted, aún viendo que he progresado dentro del ejército, ve como a un simple muchacho, pero los días pasan y nadie tiene noticias ni del príncipe Xin, ni de mi hermana. Esta situación es angustiosa para todos. Si usted me dejara flotar un barco y llevarme a los hombres que quedan del ejército, yo iría con toda mi valentía a buscar a los príncipes. Quizás Xin tenga problemas en medio del mar y ni tan siquiera haya podido llegar a la isla. No podemos esperar más, dijo Nao.

El rey le miraba con cariño y tristeza a la vez. Era un joven tan valiente…pensó el monarca. Pero sabía que no podía dar este permiso al muchacho. No podía darles ese sufrimiento a los padres de Nao. No quería que sufrieran más viendo a su hijo partir. Los padres no podrían aguantar tanta tristeza.
Nao se daba cuenta de lo que al monarca le pasaba por su cabeza. Por eso le tranquilizó diciendo que hablara con su padre, ya que estaba seguro de que éste no pondría ningún impedimento en que él se echara a la mar para poder ayudar a los príncipes.
Y así sucedió. Aunque el padre de Nao, después de tanta tragedia, había quedado sin fuerzas, sabía que su hijo era la última esperanza. Además confiaba mucho en él. Nao había demostrado ser un chico especial para su edad, lleno de bondad e inteligencia. Eso era suficiente para su padre.
Al día siguiente, Nao vio cumplido su deseo. Un barco esperaba atracado en el puerto con suficientes víveres y la mitad del ejército real. En ese mismo momento comenzaba la gran aventura del pequeño Nao


>> Capítulo V. La isla Agua

03Ene/14

NAO / CAPÍTULO V. LA ISLA AGUA

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Dos días tardo Nao en llegar a lo que, según los mapas, le situaban en las proximidades de la isla Agua. Había que tener cuidado en atravesarla sin perturbar a los extraños animales que allí habitaban. Sobre todo, Nao fue advertido del gran sapo gigante con piernas y brazos de hombre que surgía de entre las aguas, como una fiera, cuando sospechaba que, sobre la superficie de la isla, algún extraño barco se acercaba. El sapo gigante habitaba aquellas aguas muy a pesar, incluso , del monarca de la isla, pero nadie, hasta ahora, había podido hacerle frente. Era tan absolutamente poderoso y cruel que campaba a sus anchas por aquellas aguas atemorizando a todos los habitantes de la isla.
Tanto Nao como el resto del ejército sabían de la presencia del anfibio, así es que procuraron navegar con más calma para no despertar las furias de aquella bestia acuática.
Pero pasadas un par de hora en la que ya les había parecido alcanzar el objetivo y estar lo suficientemente alejados de la isla Agua, el mar empezó a agitarse, unas grandes olas alcanzaron las velas más altas del barco, y de entre la espuma surgió un brazo color amarillento y gigantesco. Era sin duda, uno de los brazos del sapo. Cual fue la gran sorpresa de Nao y del resto de tripulantes cuando atrapado en aquella inmensa mano cubierta de algas, vieron al príncipe Xin, totalmente abatido y sin fuerzas.
Nao no sabía como hacer frente al anfibio que ya jugueteaba con el barco como si de una minúscula cáscara de nuez se tratara. No hay que olvidar que el ejército de la isla Tierra carecía de armas. La única arma para cualquier lucha eran las palabras. En este caso, se le antojaban a Nao, muy difíciles de pronunciar. El muchacho se encontraba frente a una bestia que no atendería a razones así como así. Pero, de este modo, es como le habían educado y así es como debía proceder ante el enemigo, hablando y llegando a un acuerdo.
El sapo gigante les miraba mientras sonreía de forma cruel. Todos pensaban en quien sería el siguiente en caer bajo su poder. Sin duda sería Nao, ya que el sapo había advertido que estaba al frente del barco.
Lo que Nao no llegaba a entender era porqué el anfibio había capturado al príncipe Xin, cual había sido el objetivo que le había impulsado a hacerlo. Así es quiso formularle la pregunta, pero al instante se dio cuenta de que en la isla Agua, ningún animal acuático podía hablar. Sólo su querido Teo era capaz de hablar como los humanos y comunicarse además con otros animales. Sí, su querido amigo Teo, el anciano pez que tanto había hecho por él . Pero Teo ya era un viejo animalillo que incluso tenía dificultad para nadar. Era tan querido en palacio que incluso el monarca, presintiendo que a Teo le quedaba poco tiempo de vida, le había obsequiado con un estanque sólo para él y su familia en el que gozaba de todos los privilegios.
¿Qué podía hacer Nao ante esta situación? No había reparado en este gran problema. El resto del ejército esperaba la respuesta del muchacho. El príncipe Xin miraba al joven con ojos de derrota y desesperación. En aquel momento, Nao se sintió indefenso, y comprendió que aún le quedaba mucho por aprender, y que debía haber sido más modesto cuando le propuso al rey su aventura, ya que ahora se daba cuenta de que sus conocimientos no llegaban tan lejos, y que la sabiduría se alcanza con los años. ¡Qué triste se sentía! No era capaz de asimilar que allí se acabaría todo, que todos morirían en manos de aquel anfibio gigante, y todo por su culpa, se lamentaba.
Nao se acercó al gigante e intentó hablarle pero todo fue inútil. Este rugió, se enfureció y lo único que hizo fue agitarse más y agarrar con más fuerza a Xin, que ya incluso pedía su propia muerte al anfibio.
Pero, de repente, cuatro peces de colores surgieron de entre las aguas. Cuatro peces de colores a los que Nao conocía perfectamente. ¡Eran los hijos de Teo! A ellos se habían unido cuatro preciosos delfines y doce sirenas que delante de aquel monstruoso sapo habían comenzado a representar un baile acuático. Nao y los tripulantes del barco estaban ensimismados viendo aquello. Pero lo más sorprendente es que no eran los únicos. El sapo quedó hechizado con lo que estaba viendo. Se tranquilizó mientras no paraba de mirar a las sirenas que le sonreían agitando sus colas doradas que engarzaban con las de los delfines.
Los peces de colores daban grandes saltos alrededor del monstruo marino, cosa que a éste le hacía mucha gracia. Alcanzaban su vientre e incluso le hacían cosquillas. En uno de estos momentos de diversión, el anfibio tiró al agua al príncipe Xin sin darse cuenta. Las sirenas, astutamente le recogieron y lo devolvieron al barco. Tan atontado estaba el monstruo con el chapoteo de los peces que no se percató de lo sucedido. Ya panza arriba, se dejaba hacer y engañar por aquellos preciosos peces. Era sin duda el instante justo para escapar y así lo hicieron. Nao dio las gracias a las sirenas y a los delfines, y por supuesto a los hijos de Teo, que muy astutamente seguían remoloneando alrededor del monstruo para que no se percatara de nada.
Una vez que se alejaron lo suficiente, pudieron respirar tranquilos. Dieron de comer y de beber al príncipe Xin, quien no podía parar de llorar pensando en su ejército ahogado en aquellas aguas. La única esperanza era rescatar a Di. Pero aún debían pasar por la isla Fuego, y nadie podía saber que nuevas aventuras le depararían. Nao estaba tranquilo porque ahora eran dos los que estaban al frente del barco, porque sabía que dos amigos, como ya lo eran el príncipe y él, podrían ayudarse y salir adelante.

>> Capítulo VI. La isla Fuego

02Ene/14

NAO / CAPÍTULO VI. LA ISLA FUEGO

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Mientras navegaban, ahora con tranquilidad, Nao no podía parar de pensar en la bondad de Teo. El viejo amigo había mandado a sus propios hijos al mar para intentar salvarle a él y a Xin. De una gran amigo como Teo ya creía Nao haber recibido todo, y no era así, le volvía a sorprender una vez más. En estos momentos tenía muchas ganas de verle y darle las gracias. Cuando regresaran a la isla Tierra, lo primero que haría sería eso, acercarse al estanque y darle las gracias, pensaba el muchacho con lágrimas en los ojos.
Poco a poco, el príncipe Xin se iba recuperando. Su tristeza no le permitía alegrarse, ni tan siquiera darse cuenta de que aún estaba vivo. Sólo le rondaba una cosa por su cabeza, volver a ver a Di.
En la lejanía, ya podían divisar la isla Fuego. Nao sabía que no sería tarea fácil llegar a ella, pero era inevitable pasar por allí. Según le había contado el joven príncipe no tenían otra opción. Debían desembarcar en la isla y enfrentarse al Dragón Dorado, el cual guardaba una copia de la llave del calabozo donde el príncipe Al tenía retenida a Di.
-Un grupo de gansos que huía de la isla, cansados de la maldad del príncipe, me advirtieron de que una copia de la llave del calabozo estaba custodiada por el dragón dorado de la isla Fuego, explicó Xin a Nao. Ellos vieron como Al se la arrojaba a su paso. También vieron a Di. Al menos, sabemos que aún puede estar viva.
Nao nunca había pensado lo contrario. Al era un príncipe cruel y malvado pero presentía que no era capaz de matar a una joven tan bella. La quería para él. Envidiaba a Xin por este motivo, ¿cómo entonces se le iba a ocurrir asesinarla? No, no podía ser. El muchacho estaba seguro de que su hermana seguía viva.
Cada vez el perfil de la isla se hacía más nítido ante sus ojos. Un gran círculo de fuego rodeaba el territorio. Las llamas siempre se mantenían vivas gracias a los dragones que resguardaban la isla. El objetivo era sortear las llamas y después encontrar al Dragón Dorado para poder hacerse con la llave del calabozo.
Cuando se encontraban a pocos metros, decidieron trazar un plan. Era preciso atravesar el círculo de fuego cuando éste estuviera lo más apagado posible, pues las llamas eran tan intensas que no tenían ninguna opción de salir con vida si lo hacían de forma precipitada. Sabían que el tiempo apremiaba, que no podían demorarse. Di les necesitaba, pero tampoco podían sacrificar sus vidas ni las del resto del ejército, pues entonces la muchacha quedaría para siempre en la isla Aire, o en el peor de los casos moriría. Había pues que actuar con decisión pero sin prisas.
Una vez que alcanzaron la orilla, apreciaron el sofocante calor que allí hacía, y lo difícil que sería atravesar aquella trampa de fuego. Por más que esperaron no vieron ni un solo momento en el que la intensidad de las llamas descendiera. Rodearon la isla pero fue imposible. El fuego no sólo no se mitigaba sino que era cada vez de una intensidad más fuerte.
Nao pensó entonces que, quizás, deberían esperar a la noche, ya que en el mejor de los casos, alguno de los dragones dormiría y entonces esa parte de la isla estaría apagada, de esta manera podrían atravesar el anillo de fuego sin peligro de quemarse. A Xin le pareció una buena idea, así es que esperaron a que llegara la noche mientras descansaban en el barco.
Pero la noche llegó y lo que temían se hizo realidad. Era tanta la población de dragones en la isla, que mientras unos descansaban otros les revelaban en el rutinario y duro trabajo de avivar el fuego, con lo cual la isla permanecía segura, durante todo el día y toda la noche, de posibles ataques enemigos.
Otra decepción para los dos jóvenes. ¿Cómo se encontrarían entonces con el Dragón Dorado? ¿Cómo conseguirían la llave?. Estaban tan cansados…que no sabían que hacer, no podían pensar, no tenían fuerzas para continuar. El futuro monarca pensaba, en aquellos momentos de turbación, que un ejército sin armas era un ejército destinado a perder, y en ese momento Xin maldijo las ideas de su padre de paz y diálogo, pues veía que así no se conseguía nada. Nao le tranquilizó diciéndole que él si creía en el diálogo y la paz y que lo único que provocaban las armas era odio y violencia.
-¿Ah, si?, preguntó Xin con sarcasmo. Tú dices que el diálogo lo puede todo. Pues dime, ¿cómo piensas dialogar con los dragones para que dejen de escupir este fuego maldito?
Nao calló. De nuevo no tenía un argumento con el cual responder, de nuevo se daba cuenta de lo mucho que le quedaba aún por aprender.
Pero no hay que olvidar que Nao, en el pasado, había hecho buenos amigos, amigos que le habían prometido ayudarle en algunos momentos de su vida. Ni el mismo sabía como ni cuando, pero, por ejemplo, Teo se lo había demostrado en más de una ocasión. “Si uno hace un bien a los demás, recibe ese bien para sí de nuevo”, le había dicho su madre en muchas ocasiones.
¿Se acordaba aún el muchacho de aquella locomotora que ansiaba recorrer caminos más allá del triste parque de la ciudad en que vivía Nao? ¿Se acordaba el chico que ésta le prometió ayudarle? “No olvides lo que te digo. Yo te señalaré el camino cuando por mi chimenea salga humo de color azul”. Sí, eso era justamente lo que le había dicho aquella maravillosa locomotora mágica. Y ahora, a lo lejos, como si de un sueño se tratara, el chico estaba divisando un humo de color azul que se acercaba a ellos.
-¡Mira Xin!, gritó Nao. Aquel humo azul que ves a lo lejos es el humo de mi locomotora. Mi locomotora viene a ayudarnos. ¿Te das cuenta?
Xin no podía responder porque no entendía nada, pero después de haber presenciado el espectáculo de los peces, sabía que todo podía ocurrir.
Y así fue. La locomotora saludó a Nao con cariño. Se había convertido en una gran máquina, muy distinta al juguete que hacía años el podía agarrar con sus manos. Ahora era inmensa, potente y más bella.
-¡Querido Nao! Aquí estoy para ayudarte, aseguró la locomotora. Gracias a ti recorrí los caminos mas exóticos y maravillosos que puedes imaginar. Fui una elegante locomotora orgullosa de mí misma, sólo porque tú, un día, sacrificaste tu felicidad por mi libertad. Este humo de color azul apagará las llamas de la isla y sofocará la lengua de fuego de cualquier dragón. No os preocupéis por nada. Lo único que debéis hacer es montar dentro de mi y yo iré sofocando las llamas con el humo azul, explicó la locomotora.
Nao y Xin se montaron en la máquina mientras el resto del ejército esperó en el barco. Su amiga recorría la circunferencia de la isla veloz y segura, apagando a su paso, como había prometido, con aquel humo azul, cualquier brizna de fuego.
Los dragones enfurecidos rugían una y otra vez, pero se frustraban ante sus vanas intentonas de avivar el círculo. Nada podían hacer.
Una vez que sofocaron todo el territorio, la locomotora los acercó hasta el Dragón Dorado, que derrotado por el esfuerzo claudicó dándoles la llave del calabozo.
¡Qué fácil es resolver cualquier problema cuando se hace con amigos!, pensó Nao mientras acariciaba a la locomotora.
El muchacho no sabía de que manera agradecerle aquel esfuerzo que había hecho la máquina.
-¿Esfuerzo?. Esto no es nada comparado con lo que tú hiciste, dijo la locomotora. Recuerda que yo era tu único juguete y te pedí que me abandonases. Un juguete en las manos de un niño es parte de su felicidad. Pero yo siempre confié en tu bondad y cómo sabía que algún día podría devolverte aquel favor me fui más tranquila, aunque tú por aquel entonces aún no podías entender nada.
-Gracias de nuevo, respondió Nao. Muchas gracias y hasta pronto querida locomotora.
-Sí, eso es, hasta pronto, aseguró ella. Seguro que nos volveremos a ver. Sólo me queda desearles suerte y que rescaten a Di lo antes posible. Estoy segura de que lo lograreis.
La locomotora emprendió su viaje, como siempre por las vías que ella misma imaginaba y que nadie podía ver, y siguió su vida de trotamundos, feliz de ser libre y de haber ayudado a Nao.
Cada vez estaban más cerca de su objetivo. Llegar a la isla Aire les llevaría otro dos días más, pero…, ¿qué era aquello teniendo en cuenta todo lo que ya habían navegado? Y además, ¿qué importaba todo cuando se trataba de salvar a Di?

>> Capítulo VII. La isla Aire

01Ene/14

NAO / CAPÍTULO VII. LA ISLA AIRE

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>> Capítulo VII. La isla Aire

Estaban deseando divisar alguna de las mil escaleras que rodeaban la isla Aire, con las cuales se podía entrar en ella, ya que como todo el mundo sabía era un territorio suspendido en el aire, pero cada vez que el barco iba divisando tierra y ellos más se esforzaban por concentrar su mirada en aquellas escaleras de seda, no podían llegar a verlas. Se miraban unos a otros contrariados. No había ninguna explicación al respecto. Estaba claro que era así como se accedía a la isla. Es más, esta era la única manera de visitarla.
Pronto se les vino a la cabeza la idea y la posibilidad de que el malvado príncipe Al, después de secuestrar a la bella Di, habría mandado cortarlas todas para que nadie pudiera entrar en la isla. El monarca era tan débil de carácter, y temía tanto a su hijo, que seguro no había podido hacer nada para impedirlo. Si, esta era, seguro la verdadera y triste razón, por la cual no podían llegar a verlas.
Pero esta vez los ánimos de la tripulación y del príncipe Xin no decayeron porque vieron como una sonrisa se asomaba a la cara de Nao.
-¿Qué sucede querido Nao?, preguntó Xin al muchacho. No pareces contrariado, ni tan siquiera triste ante esta nueva desgracia.
-No, no estoy triste Xin, respondió el niño. Y no lo estoy porque sé que me queda otra amiga de verdad que pronto aparecerá para ayudarnos.
-¿Otra amiga? ¿A qué te refieres?
-Antes de vivir en palacio, como ya sabes era muy pobre. Pero en aquel tiempo me sucedieron cosas increíbles. Recibí tres regalos mágicos que han ido cambiando mi vida. El pez Teo, la locomotora y una cometa. Al principio, como cualquier niño, pensé que eran unos simples juguetes, a los que quería mucho, pero nada más, unos juguetes con los que pasar mi tiempo. Pronto comprendí que eran mágicos. Hablaron conmigo y me prometieron que en un futuro me ayudarían si yo les dejaba en libertad. Teo me pidió ser libre para conocer otros mundos más allá de su pequeña pecera, la locomotora me pidió ser libre para recorrer otros mundos más allá de los que yo imaginaba para ella, y la cometa me pidió ser libre para volar por otros cielos más allá de aquel triste y gris de la ciudad en la que daba torpes paseos. A todos les concedí la libertad que ansiaban, sin llegar nunca a pensar, que ellos me devolverían el favor, porque siempre reflexioné, mientras pasaba el tiempo, sobre si aquello no habría sido producto de mi imaginación. Pero no era así, y ya ves como Teo y la locomotora han acudido para ayudarme. No dudes, prosiguió explicando Nao, que mi preciosa cometa aparecerá de un momento a otro. No lo dudes querido Xin porque yo creo en la bondad de los amigos.
Xin miraba a Nao con cariño. Era extraordinario como aquel muchacho estaba tan seguro de la bondad de las personas, de la paz, del diálogo para alcanzar cualquier objetivo. Ya le parecía a Xin que Nao no era un niño normal, que estaba cargado de tal bondad, que era, en los tiempos en que vivían, difícil de creer, pero era así. ¡Qué suerte tenía de que ahora aquel muchacho era parte de su familia!, pensó el príncipe orgulloso.
Poco después de lo que el muchacho había contado a Xin, el cielo, ante el asombro de todos los tripulantes del barco, de Xin y del propio Nao, se llenó de miles de cometas de colores, miles y miles de cometas que volaban alegres por aquel cielo azul. Después una encabezó una gran fila y se acercó a Nao. El chico reconoció a su cometa de entre todas ellas, porque aunque ya se había convertido en una hermosa figura en forma de mariposa, aún conservaba un trozo de aquella tela de lentejuelas que su madre le había pegado a la cola años atrás.
-¡Querido Nao! ¡Cuánto me alegro de volver a verte! ¡Cuánto de ver como tú y tu familia habéis prosperado!
-Yo también me alegro mucho de verte tan hermosa, le contestó el niño sonriendo. Te has convertido sin duda en la cometa más bella que nunca he visto ni veré.
-Todo te lo debo a ti querido amigo, no lo olvides, asintió la cometa. Por eso estoy aquí, para ayudarte. Alcanzareis la isla montados sobre nuestros lomos de cartón y papel. Una vez allí, sólo me queda desearte toda la suerte que mereces para que encuentres a tu preciosa hermana. Estoy segura de que lo lograreis.
La cometa se alejó de Nao y velozmente todas ellas formaron una gran figura en el cielo con forma de pájaro. Se acercaron a Nao, Xin y el resto del ejército. Todos se montaron sobre ellas. El viaje fue cuestión de segundos. Pronto pisaron tierra y Nao se despidió de su gran amiga, a la que estaba seguro de que volvería a ver alguna vez más en su vida. Nao estaba contento porque nunca antes la había visto tan feliz, ni tan hermosa, ni tan orgullosa de sí misma. Esto le hacía feliz.
Cuando tocaron tierra, tanto el ejército, como Nao y Xin sabían que debían actuar con cautela. El príncipe Al era un tipo listo que podía haberse ya dado cuenta de todo y estar cavilando la peor de sus jugarretas. Por el momento, suponían que no era así. En las dependencias del castillo parecía estar todo en calma. Con sigilo, sin embargo, se acercaron hasta la fortaleza. Uno a uno, los hombres del ejército, Xin y Nao fueron saltando los muros. Pronto divisaron el torreón de castigo y dieron por supuesto que allí debían estar los calabozos, debajo de aquel torreón que se alzaba inmenso, casi rozando el cielo.
Rodearon el torreón sin problemas, pero cuando todo les parecía más fácil, e incluso el príncipe había sacado la llave ya de su casaca apareció el joven Al sonriendo triunfante ante ellos.
-¡Mis queridos amigos!, dijo con tono sarcástico. No puedo más que sentirme honrado con vuestra visita. Pero…, ¿a qué se debe?, ¿quizás algún asunto pendiente?, preguntó mientras acto seguido lanzaba una sonora carcajada.
-Ya sabes a lo que venimos Al, respondió Xin. Tienes encerrada a mi esposa en uno de tus calabozos. Has hecho algo que no creía que podrías llegar a hacerme nunca, yo que te creía mi amigo. Pero ya veo que la envidia puede contigo.
-¡Uy!..no me vengas con monsergas principito, dijo Al. ¿Acaso crees que puedes tener todo lo que deseas?
-No es algo que yo desee Al, contestó Xin contrariado. Di me quiere y yo la quiero a ella. Dos personas que se quieren desean estar juntas. ¿Puedes llegarlo a entender?
-¡Pero claro! ¡Claro! Y lo siento de verdad, comentó Al de forma sarcástica, pero Di está encantada de compartir su vida conmigo. Contigo se aburriría tanto… mi querido Xin.
-¿Qué tonterías estás diciendo?, preguntó el príncipe alterado.
-Eso, zanjó Al. Simplemente que Di se ha acostumbrado a estar aquí, conmigo, y dudo mucho de que ella quiera volver contigo. Es más, no tenías que haberte molestado en luchar contra sapos gigantes, ni dragones, ni nada por el estilo, ya que yo mismo te hubiera dado la llave del calabozo donde está mi querida Di.
-¡Quiero verla!, exigió Xin.
-Naturalmente, le invitó Al. ¡Ve!
Nao y Xin estaban perplejos. No era posible lo que Al les decía. Estaban seguros de que Di no podía haber olvidado a su familia, ni a su isla, ni mucho menos a su esposo.
Era tal la ansiedad que sentían por volver a ver a la muchacha que, todos, sin pensar ya en la crueldad de Al, sino en las palabras tan absurdas que el príncipe estaba diciendo, se metieron en el calabozo.
Allí, tumbada en un camastro y muerta de frío estaba Di. Cuando los vio se abrazo a su hermano y al príncipe Xin. No parecía la misma muchacha que días atrás había celebrado su boda. Su piel estaba ajada, su pelo estropeado, su cuerpo amoratado, y sus ropas llenas de agujeros.
¡Qué alegría sintieron los tres al reencontrarse! Tan grande era el momento de felicidad que estaban viviendo que sólo al cabo de unos momentos se dieron cuenta, que no sólo Di, si no que todos ellos, ahora estaban encerrados en el calabozo, y lo peor de todo es que no podían salir.
Al reía a grandes carcajadas desde fuera, dándose cuenta de que una vez más les había engañado. Les había tendido una trampa.
-Bueno, ahora ya os tengo a los tres. ¿Qué más puedo pedir? Tengo suerte al fin y al cabo porque sé que ya no me aburrireis más con vuestras idas y venidas. Esto era lo que queríais ¿no?, estar juntos. Pues ya estáis juntos, y para siempre. Luego me echarás en cara querido Xin que no soy un buen amigo, dijo Al.
Era cierto, habían sido engañados de nuevo. ¿Cómo saldrían de allí? No podían creer lo que les estaba sucediendo. Era a la vez tan inverosímil y tan absurdo. Habían caído en la trampa de un modo tan estúpido…
Ahora, lo único cierto es que ya sólo les quedaba el diálogo con Al para salir de aquel problema.
El príncipe caprichoso les dejó allí encerrados aquella noche y durante tres días más.
Tanto en palacio como en toda la isla se produjo un gran escándalo cuando la noticia fue de dominio público. Todos los ciudadanos sabían que el príncipe Al, no sólo tenía retenida a la bella Di, sino que ahora se permitía el lujo de jugar con la vida del noble príncipe Xin y del pequeño Nao, así como con la vida de los demás soldados del ejército de la isla Tierra.
El pueblo veía como el rey no tenía suficiente autoridad para enfrentarse a su hijo. Le consentía todos los caprichos, y lo que era aún peor, tenía miedo de él. Así, los súbditos de la isla, comenzaron a reflexionar sobre que clase de rey les gobernaba, que clase de rey llevaba las riendas del territorio. Y, claro está, llegaron a la conclusión de que no era ni mucho menos un monarca que se preocupara de ellos, ni que pudiera hacer frente a futuros males mayores que azotaran a la isla, ya que no era capaz ni de educar a su propio hijo.
El rey se sentía agotado por la gran responsabilidad que caía ante él. El pueblo tenía razón. No había sido capaz de educar a su hijo, ni era capaz de contrariarle ahora. Por este motivo se sentía desgraciado y avergonzado ante su gran amigo, el monarca de la isla Tierra, el padre de Xin, que aún esperaba una respuesta de él. Habían pasado los días y no había sido capaz de hacer nada. Di continuaba sufriendo en aquel calabozo para disfrute de su hijo, y ahora además se unía el problema de Nao y Xin. Sin duda el rey había tocado fondo.
Al día siguiente, el monarca se reunió con su secretario de confianza. Quería acabar con el problema y lo tenía que hacer de forma drástica y dolorosa. Se debía a su pueblo, y su hijo era un gran problema tanto para su pueblo como para continuar con las buena relaciones que hasta ahora le habían unido con los otros monarcas. Sólo le quedaba una salida, y esa salida era ordenar la captura y la muerte de Al. El diálogo no había funcionado nunca con su hijo, tampoco las buenas promesas, entonces ¿qué podía hacer? Esta era la única salida..
El secretario le aconsejó que primero le encerrara y que por última vez intentara hablar con él, pero el rey se negó.
Dos días más tarde, el príncipe Al fue arrastrado, atado de pies y manos y conducido a uno de los calabozos. Allí, sabía que le esperaba la muerte al día siguiente. El rey liberó a Xin, a Nao a Di y al resto del ejército. Estos estaban asombrados por la decisión tan dura y dolorosa que había tomado el monarca, pero, a la vez, felices al fin de verse liberados y ansiosos por ir a su casa. Pero algo les impedía disfrutar de ese momento tan especial. No podían consentir que un hombre muriera y menos un amigo como hasta entonces habían considerado al príncipe Al. El príncipe Xin habló con el monarca sobre el asunto de la siguiente manera:
-Querido monarca. El cariño que siento por usted, la reina y toda su familia me impide irme a mi isla sabiendo que el príncipe Al morirá mañana. Sé y comprendo que el pueblo le haya pedido una explicación, también sé de la maldad con la que en muchas ocasiones actúa mi viejo amigo, pero como dice mi padre con diálogo se puede conseguir todo.
-Me conmueve la bondad que aún guardas en vuestro corazón, y el cariño que aún sientes por mi hijo, pero lo cierto es que yo lo he intentado todo ya. Todo lo que estaba en mi mano. No puede seguir haciendo daño a nadie más, por el bien de mi pueblo y de mis hermanos monarcas de las islas vecinas, contestó el rey destrozado por dentro.
A pesar de todo, el príncipe Xin pidió al rey ver por última vez a su amigo. El rey le concedió su deseo y allí quedaron los dos a solas, frente a frente.
-Has vencido, dijo Al nada más ver al príncipe Xin. Parece que hasta mi padre está de tu parte.
-No he vencido, contestó Xin. Estoy derrotado y triste porque mañana perderé a un amigo.
-Nosotros no somos amigos, contestó fríamente el príncipe Al.
-Yo te considero un amigo, aseguró Xin. Y como te considero mi amigo voy a pedir tu libertad ante el rey.
-¿Tú?, preguntó extrañado el príncipe de la isla Aire. Nadie te ha hecho tanto daño como yo nunca. No puedo entender por qué, a pesar de todo, deseas mi libertad.
-Si yo te concedo la libertad que ahora necesitas, quizás algún día, te acuerdes de este momento y me ayudes, explicó Xin.
-¿Qué te hace pensar semejante tontería?, dijo Al. No soy muy bueno en eso de ayudar a los demás, porque simplemente los demás no me interesan mucho.
-A mí, los demás si me interesan, mis amigos si me interesan, y tú también, aseguró Xin.
Al miró para otro sitio. No sabía que contestar. La bondad del príncipe Xin le hacía sentirse cada vez más miserable. No llegaba a entender como unas personas pueden guardar tanta bondad dentro de ellas, y otras, como a él desgraciadamente le pasaba, tanto odio. Pero era tarde para reflexionar sobre esto. Al día siguiente moriría. Su padre le había cortado las alas de su libertad, esa libertad que de forma tan errónea el había utilizado a lo largo de su juventud. Por un minuto pensó que si alguien le devolviera aquellas alas, no volvería a caer en el mismo error. Sin duda las utilizaría para otras cosas. Se daba cuenta de que había hecho sufrir a todos sus seres queridos. Sólo ahora se daba cuenta, cuando ya era demasiado tarde, cuando su propio padre había tomado la decisión de acabar con su vida por el bien del reino.
Xin se acercó a él y le preguntó a qué se debía su silencio.
-Estoy pensando, respondió Al. Estoy pensando en cosas que ya dan igual. Sólo te diré que me doy cuenta en este momento de que no he actuado bien. Lo sé. Y que si volvieran a darme mis alas, mi libertad, sin duda, la utilizaría de otra manera. Pero no soy tonto, y sé, que ni mi propio padre creería lo que estoy diciendo. He mentido tantas veces…
-Yo si creo en ti, contestó el príncipe Xin. Yo voy a creer en ti porque no puedo abandonar esta isla sabiendo que un amigo va a morir. Tengo que hacer algo para evitarlo.
-¿Aún harías eso por mí después de todo el dolor que te he provocado?, preguntó Al asombrado.
-Claro, es muy fácil evitar el dolor si uno quiere, y yo no quiero que tú sufras, porque sé que eres capaz de guardar mucha bondad en tu corazón. Sólo tenemos que devolverte tus alas y pronto lo veré estoy seguro.
-Si tú me devuelves las alas, si me das la libertad que necesito, te juro que algún día te devolveré este gran favor. No lo dudes. Recuerda lo que te digo.
-Estoy seguro, contestó Xin, mientras se fundía con Al en un largo abrazo.
Minutos más tarde apareció Xin con el monarca. Este devolvió las alas a su hijo y le liberó.
-Quiero que sepas que yo, tu propio padre, no confiaba más en ti, dijo el monarca con lágrimas en los ojos. Ten en cuenta, que un amigo, un gran amigo, te ha devuelto tu libertad. Nunca lo olvides.
El príncipe Al se colocó sus alas, mientras abrazado a su padre y a su amigo Xin, prometía que nunca más les fallaría.
De eso estaba seguro Xin, que había aprendido mucho en ese viaje al lado del pequeño Nao.
Tanto el ejército, como Nao, Xin y Di pasaron la noche en la isla Aire. Allí fueron agasajados con una gran cena. Después descansaron. Al día siguiente estarían de vuelta, por fin a casa. El propio Al los llevaría, a todos, subidos en sus potentes alas.
Nao tenía mucha ganas de ver a toda su familia, tenía muchas ganas de seguir aprendiendo, tenía muchas ganas de sentarse al lado del estanque y darle un gran abrazo a su querido Teo.
¿Quién sabe que nuevas aventuras le estarían esperando al valiente Nao?

24Dic/13

LAS ESTROFAS Y LOS ESPÍRITUS, CANCIÓN DE NAVIDAD

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John Leech [Public domain], via Wikimedia Commons

Antes de resumir las estrofas de “Canción de Navidad”, me gustaría señalar, que hay que situar a Dickens en la era victoriana, donde las condiciones de vida, a los niños, les eran muy adversas. Sus obras se centraron en dar a conocer esas historias en libros tan míticos como “Oliver Twist” o “La tienda de antigüedades entre muchos otros.
El que ahora nos ocupa también tiene un personaje niño que hará que gire parte de la historia en torno a él, el pequeño Tiny Tim, hijo del ayudante de Scrooge, Bob Cratchit.

En la segunda estrofa titulada “El primero de los tres espíritus”, se le aparece a Scrooge el espíritu de las Navidades Pasadas. El espectro le conduce hasta donde el avaro vivió de niño. Scrooge llora al verse en el pasado tal y como fue, un niño olvidado, solitario, leyendo. Después un adolescente feliz y más tarde un apuesto joven al que la avaricia le empieza a pasar factura sin él casi darse cuenta. Su futura mujer le abandona porque sólo ve en él ansia por el dinero y los negocios.

En la tercera estrofa titulada “El segundo de los tres espíritus”, se le presenta a Scrooge el espectro de la Navidad Presente. Este lleva a Scrooge a las calles de la ciudad una mañana navideña. Nieva y la atmósfera es alegre. El espíritu le conduce hasta la casa del escribiente, Cratchit, para hacerle ver la situación de la familia.
Allí todo es felicidad a pesar de las penurias por las que pasa la familia. Cenan con ilusión y alegría. Toda la familia junta. Tim, el pequeño de la familia, padece una enfermedad. Scrooge pregunta al espectro si Tim morirá y esté le dice que sí. Y además le recuerda que eso a él, poco le ha importado hasta entonces, incluso hablaba de que si alguien moría era mejor porque así disminuía el exceso de la población.

“Hombre, prosiguió el espectro, si es que de veras eres hombre y no piedra berroqueña, contén tu maldita hipocresía hasta que hayas averiguado cuál es el exceso de población y dónde está. ¿Acaso quieres decidir tú qué hombres deben vivir y qué hombres deben morir? Puede que a los ojos del Cielo seas tú más indigno y menos apto para vivir que millones de criaturas como el hijo de este pobre hombre. ¡Ay, Dios! ¡Tener que oír al insecto de la hoja hablar sensacionalmente sobre la excesiva duración de la vida de sus hambrientos congéneres que habitan en el polvo!”.

Después el espectro le lleva a donde su sobrino, que celebra la Navidad sin él, donde un grupo de mineros, y también a un faro solitario. Al final, le hace ver a un niño y a una niña que son la Miseria y la Ignorancia. Scrooge se compadece de ellos y pregunta si hay alguien que les cuide, el fantasma antes de desaparecer hace a los niños hablar con las propias palabras del tacaño: “¿No hay prisiones?, ¿No hay asilos?”

En la cuarta estrofa, titulada “El último de los espíritus”, se le presenta a Scrooge el espectro de las Navidades Venideras. Este le muestra el destino de los avaros. Scrooge le acompaña. Sabe que el objetivo del fantasma es hacerle bien. Hacerle ver que tiene que ser distinto del que ha sido. El hombre quiere lograrlo.
Scrooge debe ver su casa saqueada por los pobres, el recuerdo horrible que tienen sus amigos de la Bolsa de él, la muerte de Tim Cratchit y lo peor de todo, su propia tumba. Scroge está aterrado.

¿Qué pasará después? El hombre se despierta de su pesadilla convertido ya en un hombre alegre, generoso, solidario y amable con sus vecinos.
En la quinta estrofa, titulada “Fin del cuento” Scrooge celebra la Navidad, envía un pavo a Cratchit y le da un aumento de sueldo, visita a su sobrino Fred y por supuesto, y para alivio de todos los lectores, Tim no muere.

“-¡Feliz Navidad, Bob!, dijo Scrooge, con una sinceridad que no ofrecía dudas, al tiempo que le daba una palmada en ella espalda. ¡Más feliz, Bobo, mi buen amigo, que las que le he deseado durante muchos años!¡Le subiré el sueldo y procuraré ayudar a su esforzada familia, y esta misma tarde hablaremos de sus asuntos ante un buen tazón de ponche caliente! ¡Y encienda los braseros y vaya a comprar otro saco de carbón antes de escribir una sola palabra más, Bob Cratchit!”

24Dic/13

CANCIÓN DE NAVIDAD. CHARLES DICKENS

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John Leech [Public domain], via Wikimedia Commons

Es el día de Nochebuena y Ebenezer Scrooge no está dispuesto ni a celebrar nada, ni a compadecerse por nadie. Aunque son las tres de la tarde, ya todo está oscuro. El señor Scrooge trabaja en su oficina. Su socio, el señor Marley, hace siete años que murió. Pero Scrooge no está solo, con él se encuentra su escribiente, Bob Cratchit, al que trata muy mal y trabaja con Scrooge por un sueldo miserable.
Scrooge es viejo, avaro y siempre está malhumorado. Odia a todo el mundo y hace mucho, mucho tiempo que ni da ni recibe cariño de nadie.
Así nos lo describe Charles Dickens ( Portsmouth 1812-1870) en su inolvidable novela breve “Canción de Navidad” o “A Christmas Carol”, escrita en 1843.

“¡Ah, pero Scrooge era un auténtico tacaño!¡Un viejo y codicioso pecador que agarraba, estrujaba, arrancaba, arrebataba y despojaba! Era duro y afilado como el pedernal, del que ningún eslabón había logrado sacar jamás una chispa de generosidad; y cauto, cerrado y solitario como una ostra. Su frialdad interior acartonaba su viejo semblante, congelaba su nariz puntiaguda, secaba sus mejillas, envaraba su paso, enrojecía sus ojos, amorataba sus labios delgados y volvía acerada su voz chirriante. Una gélida escarcha le cubría la cabeza, las cejas, la hirsuta barbilla. Siempre llevaba consigo su baja temperatura; helaba su oficina en los días de bochorno y no se deshelaba ni un grado en Navidad.”

Su sobrino entra aquella tarde para desearle feliz Navidad e invitarle a que pase el día con ellos y su familia. Scrooge, por supuesto, no accede.

“-¿Paparruchas las navidades, tío?, dijo el sobrino de Scrooge. No lo dirá en serio, ¿verdad?
-Claro que sí, dijo Scrooge. ¿Feliz Navidad? ¿Qué derecho tienes tú a ser feliz? ¿Qué motivo tienes para ser feliz? Eres la mar de pobre.
-Vamos a ver, replicó el sobrino con alegría, ¿qué derecho tiene usted para estar tan enfurruñado? ¿Qué motivo tiene para estar de mal humor? Es la mar de rico.”

Scrooge da por finalizado el día y, después de cenar en la taberna de costumbre, se dirige a su piso, que en otro tiempo había pertenecido a su difunto socio. Scrooge se queda asombrado cuando de repente, ve la cara de Marley reflejada en la aldaba. No le da mucha importancia hasta que, ya una vez en casa, mientras se come sus gachas antes de ir a dormir, vuelve a ver a Marley reflejado en los azulejos de su vieja chimenea.

“A esto sucedió un ruido metálico, procedente de abajo, como si alguien arrastrase una pesada cadena sobre los barriles de la bodega. Scrooge recordó entonces haber oído decir que los espectros de las casas encantadas arrastraban cadenas. (…)
-¡Sólo son paparruchas!, dijo Scrooge. ¡No quiero creer en esas cosas!”

Pero al final, lo visualiza, ve al fantasma, al espectro, al espíritu de Marley y comienzan a charlar.
Marley es el que, finalmente, le abre los ojos al viejo tacaño.

“-¡Ay, cautivo, encadenado y doblemente aherrojado!, exclamó el fantasma. Ignorar que han de pasar a la eternidad siglos de incesantes esfuerzos, realizados en este mundo por criaturas inmortales, antes de que todo el bien de que es susceptible alcance su plenitud. Ignorar que todo espíritu cristiano que obra con bondad en su pequeña esfera, sea la que sea, hallará su vida mortal demasiado corta para la inmensa capacidad que tiene de ser útil. ¡Ignorar que ningún arrepentimiento puede reparar el mal uso que se ha hecho de la oportunidad de una vida! ¡Sin embargo, eso me pasó a mí!”

Marley le explica que aún puede cambiar su destino y le recuerda que se le aparecerán tres espíritus. Aún tiene esa oportunidad, no como él, que, por haber sido avaro toda su vida, toda esa maldad se ha convertido en una larga cadena que debe arrastrar para siempre.

Y así dividió el gran escritor inglés su obra, por estrofas o por la aparición de los espíritus, si se puede explicar así:

Primera estrofa: El espectro de Marley
Segunda estrofa: El primero de los tres espíritus (el del pasado)
Tercera estrofa: El segundo de los tres espíritus (el del presente)
Cuarta estrofa: El último de los espíritus (el del futuro)
Quinta estrofa: Fin del cuento

Este es un libro que le recomiendo abrir tanto a jóvenes como a mayores, además de ser un clásico perfecto para leer en Navidad o en los días previos o cuando a uno le apetezca nos hace, de una forma muy ingenua pero tierna a la vez, darnos cuenta de algo que hay que tener siempre presente: hacer el bien a los demás cuando aún podemos hacerlo, en vida, mientras estemos aquí. Es la enseñanza del libro y al final, el sentido de la Navidad.
Para todos los que amamos esta época, por una u otra razón, es fantástico volver a este libro y compartirlo con nuestros seres queridos.
En el siguiente post iré desgranando las diferentes estrofas en las que el libro queda dividido. Antes me permito recomendarles, entre las miles de ediciones que hay de esta obra, una que en especial me gusta, “Canción de Navidad” de la editorial Vicens Vives, ilustrado por el gran P.J. Lynch.

“Pero, desde luego, cuando llegan las navidades (aparte de la veneración que debemos a su origen y nombres sagrados, sis es que se puede dejar aparte algo que le es tan propio), siempre me parecen una época buena: una época amable, indulgente, caritativa, agradable; la única que conozco, en el largo calendario del año, en la que hombres y mujeres parecen estar de acuerdo en abrir de par en par sus corazones, y en considerar a sus inferiores como compañeros de viaje a la tumba, y no como una especia distinta de seres camino de otros destinos.”

Me quedo con este párrafo del libro para la reflexión.

Y ahora… en el siguiente post les invito a que viajen con Scrooge y los espíritus. No se arrepentirán. Scrooge puede cambiar su actitud en la Navidad y así depurar todos sus errores pasados. ¿Tendrá esa segunda oportunidad que a todos nos gustaría tener?