LOS DIAMANTES DEL SULTÁN

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Hace muchos años, vivía en Bagdad un sultán que poseía un palacio lleno de oro y diamantes.
Todas las mañanas, el sultán se paseaba por cada una de las habitaciones del palacio para comprobar que todos los diamantes estuvieran aún sobre las paredes. Cuando terminaba su largo recorrido por las estancias desayunaba tranquilo. Sus riquezas eran lo más importante para él.
Una mañana, después de dar su largo paseo cotidiano, llamó a su mujer muy preocupado.
-Creo que alguien ha robado uno de mis diamantes, le dijo a su esposa.
La esposa, inmediatamente, culpó a la hija del sultán.
-Sin duda ha sido tu hija. Yo la ví como acariciaba los diamantes del salón principal queriéndose llevar uno.
-¡Mi hija! Eso es imposible. ¿Cómo te atreves a dudar de ella?, respondió el sultán enojado.
Pero fueron tantos los argumentos que le dió su esposa que el sultán acabó creyéndola y decidió echar a su hija de palacio. A pesar de las súplicas que le hizo la muchacha, el sultán no cedió e incluso se sintió traicionado por la joven.
Días después, el sultán volvió a ver que en su propia habitación faltaban dos diamantes. Encolerizado habló con su mujer para que le dijese si sospechaba de alguien.
Enseguida su esposa le respondió:
-Siento decir lo que te tengo que decir, pero tu hermano ha entrado en nuestra habitación ayer por la noche y ha robado dos diamantes. Yo lo ví todo, explicó la esposa del sultán.
-¡Mi querido hermano! Eso es imposible, respondió atónito el sultán.
Pero su hermano corrió igual suerte que su hija. También fue expulsado del palacio.
Una semana después, el sultán vió que en el salón de baile faltaban cientos de diamantes.
Como de costumbre, pidió la opinión de su esposa. Esta le contó que los criados habían robado sus diamantes.
El sultán no podía creerlo. Estaba sumido en una gran tristeza. Primero su hija le había traicionado, después su hermano y ahora los criados que tantos años habían estado a su servicio y a los que consideraba como parte de su familia, también le engañaban.
-No puedo creer que mis criados hayan hecho algo así, dijo el sultán. Desde que mi primera mujer murió, y tú lo sabes, han sido mucho más cariñosos y leales conmigo que nunca. Viven felices aquí y no tendrían ningún motivo para hacerme esto.
Pero los criados, como antes su hermano y su hija, tuvieron que marcharse de palacio.
Pasaban los días y el sultán cada vez se sentía más triste. Ya no era feliz. Ya ni siquiera daba sus largos paseos por el palacio para ver si todo estaba en orden. ¿Para que le servían ya sus diamantes?, se preguntaba. Ya no tenía lo más importante. Le faltaban sus seres queridos: su hija, su hermano, sus criados. ¿Qué importaban los diamantes sino tenía el cariño de su familia?
La mujer del sultán se daba cuenta de la tristeza de éste, pero intentaba persuadirle diciéndole que ahora vivían felices sin temor a que nadie robara los diamantes de palacio.
-Ya no me importan, le explicaba siempre el sultán.
La mujer se enojaba con él y se iba.
El sultán veía también como su esposa cada vez le hacía menos caso. Ahora, cuando necesitaba más cariño, su esposa era fría y distante con él. Parecía que lo único que le importaba eran los diamantes. Ni una palabra decía de los que ya no estaban en palacio. No se acordaba de su hija, ni de su hermano ni de los buenos y viejos criados.
Pasaron los años y el sultán estaba cada vez más triste. Ya no hablaba con nadie, ni con sus nuevos criados, ni con su esposa. Tan mal estaba que cayó enfermo y quedó postrado en una cama, sin fuerzas casi para seguir viviendo.
Sus criados le cuidaban y le mimaban ya que su esposa ni siquiera entraba en su habitación.
Un día uno de los criados le dijo que le tenía que dar una mala noticia.
-Dila, dijo el sultán. ¿Que peor noticia puede haber que morir sin ver a mi familia otra vez?
-Esta mañana he subido a los torreones del palacio y he visto que no queda ni un diamante recubriendo sus paredes, le explicó el criado. ¿Desde cuando no va usted por allí?
-¡No puede ser! ¡No puede ser! ¿Cómo he sido tan tonto? ¿Cómo he sido tan cruél con los que más quería?
El criado se asustó al ver al sultán tan nervioso. Le pidió que se tranquilizara, pero él lo único que pedía es que le trajeran a su esposa.
La buscaron por todo el palacio pero su mujer había desaparecido.
-Ella robó todos los diamantes, se lamentaba el sultán. Mi avaricia no me dejaba ver la verdad. Eché a toda mi familia de palacio sólo porque creía en ella. Lo único que quiero ahora es pedir perdón a mi hija, a mi hermano, y a mis criados, pero…¿Dónde estarán?
El criado prometió buscarlos y encontrarlos.
Después de muchos meses, el criado los encontró. Y ante la sorpresa del sultán, todos le habían perdonado. El sultán les acogió de nuevo en palacio y vivieron todos juntos y en armonía.
El sultán pidió que quitaran todos los diamantes del palacio y todo el oro que recubría los techos. Desde aquel día, todas las mañanas antes de desayunar, visitaba a las gentes más pobres de Bagdad y les entregaba sus diamantes. Después desayunaba tranquilo con toda su familia, su riqueza más preciada.

© 2010 Araceli Cobos

2 comentarios en «LOS DIAMANTES DEL SULTÁN»

  1. Hermoso cuento lo material es importante pero no escencial . Lo escencial son los seres que nos rodean y enriquecen nuestra vida

  2. Muchas gracias por visitar el blog. Me alegro de que le haya gustado el cuento. Tiene usted razón, las pequeñas cosas son las más grandes, los pequeños gestos de cariño nos alegran la vida, nos dan vida.

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