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05Sep/14

BICICLETAS. MANUEL VICENT

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En verano disfruto mucho de, sobre todo, la tranquilidad que da estar desconectado a internet, teléfonos,…y demás aparatos que invaden nuestra vida. Vuelvo a los periódicos de papel, al libro que se lee en la mecedora del salón mientras todos duermen la siesta, al dejar pasar el tiempo controlando muy bien los recuerdos, que pueden ser peligrosos, y observando, simplemente los muebles, las fotografías, los cuadros, las alfombras,…en definitiva los objetos que hay en nuestras casas familiares, de alguna manera llenas de imágenes que se apelotonan en nuestra mente. Imágenes alegres de tiempos pasados e incluso olores que nos transportan a nuestra niñez o adolescencia. Es un lujo el silencio, el tiempo, el pensar en cosas bonitas solamente mientras, como digo, todos duermen.
De este verano me quedo con dos artículos aparecidos ambos en El País que me han hecho uno reflexionar y otro dibujar una sonrisa en mi cara. Y que quiero compartir con todos ustedes.
El primero es del gran escritor Manuel Vicent (Villavieja, Castellón, 1936), y se titula “Bicicletas”. De ese hablaré hoy. Es muy tierna esta columna, publicada el domingo 17 de agosto, y dice algo en lo que yo siempre he creído, que los juguetes de nuestra infancia tienen alma. Cada vez que vuelvo a España y entro a mi habitación, siento como si todas esas muñecas que están en las estanterías se alegraran al verme como yo me alegro, y lo digo muy en serio, de verlas a ellas. Me dicen tantas cosas…
El artículo de opinión comienza así:

“Las bicicletas también tienen alma, como la tenían todos los juguetes de nuestra infancia, el caballo de cartón, el rompecabezas, el mecano, la máquina de cine Nic, los primeros tebeos. Una vez rotos o abandonados su alma se fue a su propio paraíso y puede que desde allí nos recuerde siempre. ¿Se acordará de ti aquella bicicleta Orbea con la que ibas a la playa cuando tenías 15 años?”

La bicicleta de su infancia, el recuerdo de ella, le trae otros enlazados, la vida misma. El primer amor.

“Si existe un cielo que acoge a los juguetes rotos de la infancia, aquella primera bicicleta desde su paraíso habrá seguido todos los avatares de tu vida porque desde entonces ha formado parte de tu conciencia. Sin duda habrá anotado todas tus otras caídas.”

¿Qué bonito lo que dice Vicent, no? La bicicleta habrá anotado todas tus otras caídas. Y, casi siempre, mucho más dolorosas que las que padecíamos subidos de niños a nuestras adoradas bicis. Yo tenía una BH azul y caí alguna vez, pocas, después he caído bajada y subida a la vida, a la realidad muchas veces más. Ahora, por Munich voy siempre en bicicleta, pero aquella BH azul me llevaba a lugares imaginarios, incluso a la luna, lo juro. Me daba libertad. Con mi bicicleta de adulta voy donde tengo que ir, y llego a donde tengo que llegar. Pero no la juzgo, no, porque soy yo la que maneja sus ruedas.

Y esas muñecas, que están en las estanterías, me miran si, me miran, y yo a ellas. Ellas lo saben todo, me han visto reir, llorar, sufrir, amar, odiar, pedir, suplicar, casi morir, casi nacer, discutir, bailar, cantar, estudiar,… Lo han visto todo. Y ahora ven como mi hijo duerme en esa misma habitación. ¿Qué pensarán ellas de él? ¿Se habrían imaginado alguna vez tenerle allí? Quizás, incluso, antes que yo.
La mayoría de esas muñecas me las compró mi madre, que ahora ya no está, y cuando las miro y charlamos un rato, se que ella se alegra. Se que ella está en esa conversación de la vida. Y seguramente, también le diga buenas noches a Max.
Y se que alguna vez, a esa casa familiar, llena de objetos, recuerdos, imágenes y olores, como destacaba al principio, va a ser difícil volver. Aún queda papá, que es el que mantiene todo vivo, pero… cuando se vaya con ella.. ¿cómo resistiremos el vacío aunque todo esté lleno de recuerdos?
Miro a mi hijo y recuerdo cuando yo también iba a casa de mis abuelos en verano. Ellos ya no vivían y solo estaba una tía, la mayor, la que se había quedado con la casa. No entendía que a mi madre le costase subir al desván donde yo lo pasaba genial revolviendo las cosas estupéndas que encontraba en los baúles. No entendía que se le derramase alguna lágrima cuando se sentaba en las mecedoras a la hora de la siesta. No entendía que suspirase cada vez que buscaba un poquito de fresquito en el patio de la casa, al llegar la noche. O que se quedase embelesada mirando cualquier foto o tocando cualquier objeto. Ahora lo entiendo todo. Ahora entiendo la razón por la cual no quería ir allí y todo lo hacía por nosotros, por nuestras vacaciones, aunque ella sufriese por ello en muchas ocasiones.
Y ahora entiendo que el olor a jazmínes del patio le hacía soñar como ahora ese olor me hace soñar a mí. Todo tiene alma.