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06Mar/20

SOMBRAS AL MEDIODIA. ALEJANDRO JODOROWSKY

 

 

La vida de Alejandro Jodorowsky (Tocopilla, 1929) es tan rica en arte, tan cargada de aventuras y de experiencias que hasta hacer un resumen de ella, supondría una ardua tarea. Pero lo que deseo con este post no es que conozcan al gran Jodorowsky, artista chileno tan conocido y tan polifacético, sino que a través de él conozcáis a su madre Sara. Y Sara está en el libro del autor que hoy les invito a abrir y que se titula Sombras al mediodía. En este volumen, que consta de dos partes, se recogen una serie de historias breves, desde las más dulces hasta las más duras que, les prometo, no les dejarán indiferentes. Pero sin duda, en mi opinión, la joya de esta obra se encuentra en la segunda parte titulada Historias de mi mamá.

En Historias de mi mamá, aparece Sara un personaje basado en la madre del escritor, judía ucraniana emigrada a Chile, donde junto a su marido, comerciantes ambos regentan la tienda Casa Ukrania. Los ochos relatos de los que se compone esta parte son maravillosos, pero me quedo con el titulado La pieza de costura, por todas las enseñanzas que allí se recogen, aunque les aseguro que todos son una delicia. Sara se presenta como una mujer culta, inteligente, diligente, trabajadora, emprendedora, cariñosa, intuitiva, inquieta y bondadosa

Sara cose en la trastienda de su comercio mientras su hijo se sienta en el suelo a escucharla hablar. “(…) pedaleaba incansablemente cosiendo camisas de manta y calzoncillos de piernas largas, para obreros. A pesar de lo exiguo del espacio, mi madre había logrado convertirlo en Universo. Allí cada acción cobraba un significado y cada objeto se convertía en símbolo.”

Así con la metáfora de las telas y el coser, Sara le va dando grandes lecciones de vida a su hijo. “Si tenía que parchar ropa usadas, compravendía vestimentas viejas, buscaba sacar un pedazo de doblez de otra prenda que tuviera el mismo tiempo de uso.” “Mira, me decía, si pusiera un parche de tela nueva en una superficie vieja, en lugar de remedio, estaría pegando un cáncer. La tela joven, menos adaptable, más fuerte, acabaría rajando en mil vetas el sitio donde yo la hubiera colocado.”, le explicaba al chiquillo. Y de esto sacaba la lección:

“Cuando crezcas y quieras cambiar el mundo, nunca propongas soluciones drásticas que, en lugar de ayudar, terminarán provocando el caos. Quiero que midas y sepas conocer el nivel de resistencia de tus ayudados. No los lleves más lejos de lo que puedan soportar.”

Si caía una mancha en un traje, lo único que hacía Sara, según cuenta el relato, era con un rincón de la misma ropa frotaba fuertemente. De aquí salió la segunda enseñanza: “Cuando tengas problemas espirituales, no busques ayudas externas que no harán más que confundirte. Cura tu ser con otra parte de tu mismo ser. Tú eres tu propio médico: no encontrarás otro mejor.”

Cuando se le enredaba el hilo, “soplaba sobre el nudo y lo deshacía”. “Soplando tranquilizo al hilo, y el laberinto pierde fuerzas y solito se desenreda”, apuntaba la mamá, para acto seguido dar su tercera enseñanza:

“Nunca fuerces sobre los problemas. Guarda la calma y haz lo que puedas. Ellos mismos se solucionarán.”

Para enhebrar, sostenía firme el hilo sin moverlo “y con el ojo de la aguja atrapaba la punta. La cuarta enseñanza de Sara se sostenía así: “Si tú no puedes encontrar algo, haz que ese algo te encuentre. Si quieres la luz, ponte donde no haya barreras entre el sol y tú. Limpia tu alma para que el fenómeno se manifieste en ti y, por vacío, lo obtendrás.”

Otro relato que nos deja una gran enseñanza es el titulado El caballero apestoso.

Sara tiene un comercio donde vende fruta, entre ellas una especie de piña “que, si no fuera por una campana de vidrio que la aislaba, hubiera llenado el local con su insoportable olor a podrido.” Suele visitar el comercio un hombre que visita a Sara y hablan largas horas en la trastienda. Al niño no le gusta el caballero porque tenía una enfermedad que le hacía “exudar un olor fétido”. La mamá, a pesar de esto, es muy amable con él. El niño insiste en que no quiere que aparezca por allí y su madre, ante la petición del niño se enoja con su hijo enormemente. “(…) luego, tomando un cuchillo (me helé), partió en dos el fruto maloliente (¡uf, qué alivio!), y me ofreció: “¡Come un pedazo de esta piña silvestre!” “No puedo, huele a caca!”. Me apretó la nariz sellando las fosas nasale. Abrí la boca para respirar y entonces, me introdujo la porción… ¡qué maravilla! ¡Nunca había probado un fruto, más dulce, fino y sabroso! Me dieron ganas de comer una docena. “¿Ves?” El olfato no es rey. Recibo a ese caballero porque escribe poemas, los más hermosos que he leído en mi vida. Es un alma de selección, un puro, casi santo. No sabes lo que mi ser se reconforta con su arte. Gracias a él he comprendido cuán importante es la belleza.”

Y así sacó Sara otra de sus enseñanzas. “En este mundo todos estamos llenos de enfermedades porque la sociedad misma está enferma. Si sólo viéramos los defectos, nunca hablaríamos con alguien. Hay que buscar las cualidades de cada ser y olvidar las taras. ¡Eso es vivir con cortesía!”