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02Jul/17

SIETE CUENTOS JAPONESES. JUNICHIRO TANIZAKI

Entre los magníficos títulos editados por la editorial Atalanta este año, “Siete cuentos japoneses” de Junichiro Tanizaki (Tokio, 1886- Yugawara 1965) y, hasta ahora, ha sido uno de mis preferidos. Les invito a abrirlo porque tendrán un verano mágico si se pasean por cualquiera de estos siete relatos que podrán encontrar en la colección Ars Brevis de la editorial.

En esta selección de cuentos “elegidos entre una vasta producción y ordenados cronológicamente” tal y como apunta la editorial, el lector se dará cuenta de la evolución de la narrativa breve del escritor japonés “desde su fascinación inicial por Occidente a la exaltación de los valores de la tradición japonesa”. “La refinada sensualidad, la subversiva idea del deseo, la sutil concepción de la belleza y el permanente contraste entre tradición y modernidad se condensan de forma proverbial en esta selección de relatos.”, señalan.

Tanizaki, que nació en una próspera familia de comerciantes, no pudo gozar de los privilegios que le hubiese dado una vida acomodada, ya que en 1894 llegó la ruina a la familia, las deudas y una serie de humillaciones que, como se destaca en el libro, “marcarían al joven Junichiro y, con ello, la psicología de sus futuros personajes”. El autor estudió literatura japonesa en la Universidad Imperial de Tokio. Gozó en vida de una fama muy merecida recibiendo altas distinciones tanto en el extranjero como en su país. En 1949 se le concedió el Premio Imperial, el máximo reconocimiento que se otorga a un artista en Japón. A principios de los años sesenta su nombre sonó en varias ocasiones como candidato al premio Nobel de Literatura.

Me gustaría presentarles uno de los cuentos que más me han conmovido, haciendo así mi propia selección, sin duda, por falta de espacio, porque incluiría además de “Nostalgia de mi madre”, “Los dos novicios” y “Los pies de Fumiko”.

“Nostalgia de mi madre” es un cuento brillante. No es ninguna casualidad que el protagonista se llama igual que el escritor. En el relato, el protagonista o el autor, o los dos, seguramente, se reencuentran con su madre en un sueño. Es tan hermosa esta obra, tan bien construida, con una utilización del lenguaje sencillo tan magistral, que el dolor por la ausencia nos llega directamente y en seguida notamos la gran obra de arte literaria que tenemos entre nuestra manos. El relato recoge el sueño de un hombre de 34 años cuando con siete, un día, se pierde.

En ese paseo onírico, siente nostalgia por la vida pasada, aquella cargada de comodidades que ya no tiene, como le sucedió al propio autor. En su caminar revive sus recuerdos y se encontrará con dos mujeres. Una de ellas es su madre, esa que con su abrazo, con sus palabras, le hará llorar. Esa que perdió hace dos años y que hasta en su dulce sueño, en ese reencuentro solo posible en esa noche, en la madrugada mágica, le ha hecho mojar su almohada con el llanto.

“La reconocí al instante. Sí, era mi madre. Me parecía imposible que fuese tan joven y hermosa, pero era ella, mi madre, sin lugar a dudas. A decir verdad, no fui capaz de cuestionar aquel hecho en ese instante. Al fin y al cabo, yo era un niño ingenuo. Podía ser natural que mi madre fuera así de joven y hermosa.

-Madre, era usted a quien andaba buscando desde hacía tiempo.

-Al fin me reconoces, Junichi. Al fin…-me dijo con voz temblorosa, plena de alegría.

Luego se detuvo para abrazarme fuerte. Yo también la tomé entre mis brazos con todas mis fuerzas. En su pecho percibí un olor dulce, cálido y flotante que manaba de sus hermosos senos.

Permanecimos inmersos en aquel ambiente colmado por el resplandor de la luna, por el sonido de las olas… Se oía la música de Shinnai. El flujo incontenible de las lágrimas continuaba empapando nuestras mejillas.

Desperté de pronto.”

El principio del cuento es de una belleza abrumadora. Fascinante. Aquí les dejo parte del comienzo.

“… aunque el cielo esté cargado de densas nubes, aunque la luna se esconda en la más profunda oscuridad, unos rayos de luz se escapan por algún resquicio para alumbrar la superficie de la tierra. La claridad se percibe con tal intensidad que permite distinguir los más pequeños guijarros del camino, pero a la vez se trata de la luminosidad misteriosa y un tanto fantasmagórica, que se disuelve entre brumas, interponiéndose ante la mirada que se esfuerza por abarcar los objetos más alejados. Es sin duda alguna una claridad ajena al mundo humano, como si proviniera de una lejana región, allá en la eternidad. En esta noche coexisten el brillo lunar y la completa oscuridad.

En medio de la brumosa noche, una avenida excesivamente blanca se extendía recta ante mis ojos. A ambos lados del camino se veían largas hileras de pinos que se prolongaban hasta donde alcanzaba mi mirada, ramas y hojas agitándose con leves murmullos, impulsadas por el viento que soplaba desde la izquierda trayendo sensuales y húmedas fragancias que parecían venir del mar. Pensé que me hallaba muy cerca del mar. Cuando yo era un niño de apenas siete u ocho años, miedoso desde muy temprano, me vi de pronto muerto de miedo caminando a solas casi a medianoche por un camino desolado en un lugar desconocido para mí. ¿Por qué no me acompañaría mi nodriza? A lo mejor la había atormentado tanto que se había ido molesta de la casa. Mientras razonaba de esta manera, comencé a recuperar la calma y, dejando a un lado el miedo que tantas penalidades me había causado en otras ocasiones, seguí mi camino sin titubear. En mi pequeño corazón, el temor a la oscuridad de la noche dio paso a una insoportable tristeza. Mi familia, tras vivir por largo tiempo en el alegre y luminoso barrio de Nihonbashi, se había visto en la imperiosa necesidad de mudarse a una lejana provincia. Aquella adversidad, que había sucedido tan de repente, como quien dice de la noche a la mañana, había dejado una profunda huella en mi alma desamparada. Me compadecía de mi mismo. Yo, que hasta hacía poco vestía un haori tejido de finos hilos y forrado de seda amarilla a rayas, y que calzaba medias de percal y elegantes sandalias trenzadas por bonitos cordones sólo para salir por ahí de paseo, ofrecía en mi nueva condición una apariencia ciertamente miserable. No puedo negar que me avergonzaba andar ante ojo ajenos con aquella ropa tan sucia y pobre, sólo comparable con el estudiante “pobretón” que aparece en el teatro Kabuki. (…) Me veía en la necesidad de trabajar duro todos los días para poder ayudar a mis padres: sacar agua del pozo, encender el horno, fregar el suelo e ir de compras, entre otros quehaceres domésticos. (…) Sin embargo, la tristeza que embargaba mi corazón no se la atribuía tan sólo a mi infortunio. Así como la luna por encima de los pinos se veía tan triste sin causa alguna, en mi pecho anidaba una desolación infinita que no sabía de dónde podía provenir. ¿Por qué estaría yo tan afligido? ¿Y por qué no lloraba si me sentía así de triste? Yo, que siempre había sido un condenado llorón, ahora no dejaba escapar ninguna lágrima. Hacia el fondo de mi corazón se filtraba desde alguna desconocida rendija una tristeza clara y limpia como agua de manantial y, al mismo tiempo, sonora como la tierna melodía producida por un samisén.”