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11Ene/14

NAO Y LOS TRES REGALOS MAGICOS

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Nao, un chico de unos diez años, vive en una ciudad a la que ha tenido que emigrar con toda su familia. La vida allí es difícil, añoran el campo y las montañas, pero todo cambiará cuando Nao recibe tres regalos mágicos: un pez, una locomotora y una cometa. Estos tres regalos cambiarán la vida de toda la familia.
Se adentrarán en un mundo mágico, en el archipiélago de los cuatro elementos, donde a Nao le esperan muchas e increíbles aventuras. Deberá luchar contra un anfibio gigante, un dragón,… y por el camino no estará solo. Sus amigos le acompañarán y descubrirán, todos ellos, que la unión, como se suele decir, hace la fuerza, y que la amistad es un gran tesoro al que merece la pena cuidar.
Con este libro, los más jóvenes de la casa podrán adentrarse en el mundo de la fantasía y de las novelas de este género.

Capítulo I. Los tres regalos mágicos
Capítulo II. La Navidad
Capítulo III. Di y el príncipe
Capitulo IV. El príncipe Al
Capítulo V. La isla Agua
Capítulo VI. La isla Fuego
Capítulo VII. La isla Aire

07Ene/14

NAO / CAPÍTULO I. LOS TRES REGALOS MÁGICOS

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<< Resumen y capítulos

Cuando Nao y su familia se trasladaron a la ciudad, él tenía cinco años. Habían pasado dos y el muchacho aún se acordaba, cada día, de su vida en la montaña. Las inundaciones arrasaron las cosechas y muchas familias tuvieron que abandonar sus pueblos y emigrar a la ciudad. No podían trabajar más aquellas tierras. Los padres, desesperados, buscaban un futuro para su hijos.
La vida en la ciudad era tan diferente para Nao…El chico tenía la sensación de que en la ciudad todo estaba, digamos, un poco desordenado. La gente tenía siempre mucha prisa e incluso descubrió nuevos ruidos que hasta entonces le eran desconocidos.
Su padre, que había sido agricultor, ahora en la ciudad, se encargaba de repartir cajas de pescado a las tiendas de comestibles. Su madre trabajaba como costurera. Ambos se levantaban temprano y llegaban muy tarde a casa. Debían sacar a la familia adelante y, además, ahorrar para poder regresar alguna vez al campo.
Nao iba cada día a la escuela, pero su hermana Di, que tenía doce años, debía ocuparse de las tareas del hogar y de cuidar a sus hermanos pequeños, los gemelos Gen y Ji, de tan sólo dos años.
Las cosas en la ciudad no habían ido como ellos esperaban. La familia vivía en un sótano donde, por supuesto, nunca entraba la luz, había humedad en las paredes y por las noches todos pasaban mucho frío. Pero, a pesar de las dificultades, la familia de Nao estaba muy unida. Se ayudaban los unos a los otros y se daban mucho cariño. Esto hacía que el día a día fuese mucho más fácil para todos.

***

Los escaparates de la ciudad estaban llenos de objetos que Nao sabía que nunca podría alcanzar. Sin embargo, el muchacho pegaba su nariz a los cristales y soñaba con tener alguno de aquellos juguetes o una enorme tarta de chocolate adornada con guindas de colores para el día de su cumpleaños.
Uno de los establecimientos preferidos de Nao era la tienda de animales que había cerca de su colegio. Se ponía un poco triste cuando veía a todas aquellos animalillos encerrados en las jaulas esperando un dueño que les diera una vida mejor, pero a la vez le encantaba observar como los cachorros jugueteaban de vez en cuando o con que mimo se atusaban los gatos sus colas. Sabía que nunca podría comprar una mascota, pero Nao, como cualquier otro joven de su edad, soñaba con tener una, una mascota a la que cuidar y dar mucho cariño.
Una mañana, de camino al colegio, y como siempre hacía, el niño pegó su nariz al cristal de la tienda de animales. En el fondo de la tienda, y para su sorpresa, vio un gran acuario con montones de peces de colores nadando en su interior. Al lado de la enorme pecera había un cartel donde se leía: „5 rines por pez“. El no tenía cinco rines, pero lo cierto es que no era mucho dinero. De repente vio el sueño de tener una mascota cada vez más cercano. Cinco rines era lo que costaban tres panes y en su casa tres panes significaban mucho. Si, eso ya lo sabía, pero si esperaba a su cumpleaños o quizás a la Navidad pacientemente, podría tener alguno de aquellos pececillos naranjas que, a él, ya le parecían tan simpáticos.
Esa misma noche esperó a su madre despierto. Quería saber si alguna vez podría tener alguno de esos peces.
_¿Cuánto dices que cuestan?, preguntó su madre con una sonrisa.
-Cinco rines mamá, sólo cinco rines cada uno, dijo el muchacho emocionado.
-Yo creo entonces que quizás en Navidad logres tu deseo, respondió su madre. Aunque ya sabes que en esta casa hay muchos niños con deseos, añadió con cierta tristeza refiriéndose a sus otros tres hijos. Después la mamá de Nao arropó a éste con una gruesa manta y le dio un beso de buenas noches.
Su madre siempre sufría por no poder conceder a sus hijos las cosas que le pedían, pero no podía hacer nada al respecto. Tenía mucha suerte, ya que los pequeños no eran nada egoístas y comprendían la situación por la que atravesaba la familia.
Cada día, Nao entraba en la tienda de animales y miraba con deseo a los pececillos naranjas que chocaban una y otra vez con las paredes del acuario o con alguna de aquellas palmeritas de plástico verde que había dentro como decoración. Cada día soñaba Nao con tener alguno de aquellos diminutos animales.

La Navidad llegó pronto, antes de lo que Nao imaginó. La noche anterior a la celebración, Nao no pudo dormir pensando que quizás, al día siguiente, tendría a los pies de la cama un pez naranja. Y tanto lo había deseado que su sueño se cumplió.

-¡Papá!, ¡Mamá!, mirad, mirad, tengo la mascota más bonita del mundo, gritaba el chico entusiasmado al levantarse.
Sus padres reían y disfrutaban de ver a Nao tan feliz. Pronto todos sus hermanos se colocaron alrededor de la pequeña pecera de cristal donde el pececillo nadaba dando vueltas sin parar.
Di también estaba muy contenta con el pedazo de tela que le habían regalado. Su madre prometió hacerle un vestido con aquella pieza de pana negra cuajada de florecillas de colores, para su próximo cumpleaños.
Gen y Ji eran aún muy pequeños para entender todo aquel revuelo, pero jugaban con dos diminutos caballitos de madera que su padre había tallado para ellos.

Al día siguiente, todos los muchachos del barrio fueron al parque a disfrutar de sus juguetes nuevos, como era costumbre. Nao vio un precioso coche plateado y un avión de madera que volaba como si fuera de verdad, un balón de cuero o incluso a un niño con un perrillo de color canela, pero nada de esto le dio envidia. Él llevaba entre sus manos la pecera con su pececillo naranja. ¡Qué feliz se sentía!.
Pronto se acercaron los chicos y comenzaron a burlarse del pez.
-¿Esto es todo lo que te han regalado?, preguntaba con ironía un niño del barrio. ¡Menudo regalo!, un pez naranja de los que hay miles en el mundo.
-A mí me parece un pez muy bonito, dijo Nao. Tiene algo especial.
-¿Especial?, repitió el niño burlándose. ¡Ya me dirás que tiene de especial! Porque yo lo único que veo es a un pez naranja tonto, de esos que cuestan sólo cinco rines y que nadie querría tener como mascota.
-Yo si lo quiero como mascota, contestó Nao con paciencia.
-Tú quieres a este pez porque sabemos que tus padres son pobres y no te pueden comprar una mascota mejor, añadió otro de los muchachos con crueldad.
A Nao este último comentario le hizo daño pero prefirió no contestar. Era tanta la alegría que sentía con su pez que no quiso pensar en lo que había dicho el niño.
Los muchachos continuaban riéndose de Nao y de su pez. Para ellos aquel era un regalo „insignificante“ como dijo uno de ellos. Nao no sabía muy bien lo que significaba la palabra „insignificante“, pero intuía que era una palabra fea porque el niño la había utilizado con desprecio.
A pesar de las burlas, Nao seguía sintiéndose muy orgulloso de su pez. Lo único que pensaba era en ponerle un nombre, y entre otros muchos decidió que el mejor sería Teo.
Nao iba con su pececillo a todas partes, como si de un perrillo o un gato se tratase. Teo era su mascota y el chico estaba dispuesto a darle todo su cariño. Era muy importante que Teo nunca se sintiera solo ya que no tenía compañeros en aquella diminuta pecera.

Aunque los chicos del barrio continuaron durante muchos días y meses riéndose de la mascota de Nao, y casi nunca jugaban con él, una tarde le preguntaron si quería jugar al fútbol con ellos, ya que el chico que era siempre el portero estaba enfermo y no podía bajar al parque. Nao no se lo pensó dos veces. Era la primera vez que le permitían jugar con ellos. Si, ya sabía que era porque el portero estaba enfermo, pero…al menos podía jugar, eso ya era mucho para Nao.
El chico dejó su mochila apoyada en un árbol y a Teo al lado. Pero, cuando habían pasado unos veinte minutos, sucedió algo horrible para Nao. Uno de los chicos pegó una patada demasiado fuerte al balón y éste fue a parar al lado del árbol donde Nao había dejado a Teo. La pelota rompió la pecera y Teo quedó entre la hierba sin agua y con la boca abierta. El pobre pececillo no podía respirar bien.
Todos reían viendo la desesperación de Nao. El muchacho fue corriendo a la fuente con su mascota entre las manos para intentar salvarlo. Lo dejo en el pequeño chorrillo que tiraba la fuente y fue a casa corriendo a por una jarra llena de agua.
Finalmente, Nao pudo salvar a su mascota. Sin despedirse de los otros niños, que aún se reían mientras daban patadas al balón, recogió su mochila y se fue a casa. Estaba claro que el chico quería mucho a su mascota. Teo, a su manera, se daba cuenta de esto. Sabía que tenía mucha suerte de tener a un niño tan bondadoso y cariñoso como dueño.

Pasaban los días y Teo se iba haciendo cada vez más grande. Nao se daba cuenta de que Teo no era feliz en aquel recipiente de cristal, tan pequeño y tan aburrido. El niño sabía que los peces son felices en los ríos, en los mares, con otros peces, jugando con las olas o dejándose llevar por la corriente. El muchacho se sentía un poco egoísta por tener a Teo encerrado allí, pero para Nao, Teo significaba mucho. Con Teo nunca se sentía solo.
Una noche, Nao creía estar soñando, pero no era así. El chiquillo pensaba que estaba teniendo alucinaciones, pero se equivocaba. Teo sacó su cabecita del agua y le habló de esta manera a Nao:

-Querido Nao. Cuando todos se reían de mí tú has estado siempre a mi lado. Soy un simple pez naranja que no llama la atención, y sin embargo, para ti soy especial. Quiero que prestes atención a lo que voy a decir, dijo el pez con un nudo en la garganta. Si tú, mañana por la mañana, de camino al colegio, me dejas en el río del parque, y así me devuelves mi libertad, la próxima Navidad volveré y te recompensaré por tu generosidad. Te lo prometo, explicó el pez con dificultad, ya que para él también había sido muy difícil tomar esta decisión. Alejarse de Nao era algo muy triste, muy muy triste para Teo.

Nao no podía creer que su pececillo hablase como una persona. Era un pececillo mágico, sin duda. Hasta ahora, Nao no lo sabía, aunque siempre había estado seguro de que su mascota era especial. Esto unido a todo el cariño que sentía por Teo hizo que pensara por un momento en lo doloroso que sería para él tener que deshacerse de su pez. Por eso no podía responderle de una forma clara.
-Pero…, yo te quiero para mí, dijo titubeando Nao justificando así su tristeza. Yo siempre he querido tener una mascota.
-Lo sé Nao, respondió Teo. Pero te prometo que si tú me das esa libertad que tanto necesito, volveré a buscarte y te recompensaré por todo lo que me has dado, repitió el pez naranja.

A pesar de la tristeza que le produjo, a la mañana siguiente, el muchacho abandonó a Teo en el río del parque.
-No olvides lo que te digo, añadió el pez. Vuelve la próxima Navidad al río y yo te devolveré el favor, recalcó una vez más Teo antes de despedirse de su gran amigo.
Nao asintió con la cabeza y se fue corriendo para ocultar sus lágrimas.
El chico lloró muchos días pensando en Teo. Sus padres intentaban consolarlo. Conocían la infinita bondad de su hijo y no les sorprendía lo que había hecho con aquel pececillo.
No creían que el pez hubiera hablado a su hijo, por supuesto, y tampoco que cumpliría aquella promesa, simplemente pensaban que todo aquello era producto de la imaginación del pequeño, pero le consolaron diciéndole que la próxima Navidad volvería a ver a Teo, y que sólo por esto debía vivir cada día con ilusión.

Como la madre de Nao veía cada vez más triste a su hijo, pensó que tenía que hacer algo por él. Una noche mientras todos dormían cogió sus agujas y con cartón y retales de lentejuelas, que había recogido del taller donde trabajaba, hizo para Nao una preciosa cometa. Le pintó una cara sonriente con unos grandes ojos. Ella pensaba que quizás aquel pequeño juguete le devolvería la ilusión y así podría olvidarse un poco de Teo.
A la mañana siguiente la cometa esperaba a Nao al lado de su tazón de leche. Nao no podía creer lo que veía. Abrazó a su madre con cariño dándole las gracias.
Tenía un nuevo juguete y además era precioso. El muchacho ya esperaba con ilusión poder volar la cometa por el parque.

Nao tuvo que esperar algunos días pero al fin llego el tiempo deseado. En cuanto vio que una ligera brisa se colaba por las ventanas de la escuela pensó que aquella tarde sería perfecta para salir al parque y jugar con su nueva cometa. Y así lo hizo.
Como siempre, los chicos del barrio estaban jugando al fútbol y vieron a Nao con su cometa. En seguida se acercaron a él con ánimo de molestarle, y burlarse de su nuevo juguete.
-¿De verdad crees que esta cometa puede volar?, le preguntaron con sarcasmo.
-¡Claro!, ¿por qué no iba a poder?, contestó Nao algo indignado.
-Está claro que tú nunca has visto una cometa de verdad, contestó otro de los chicos. Cuando vayamos a casa a por las nuestras y las veas quedarás impresionado.
Los chicos abandonaron el balón y fueron a por sus cometas. En pocos minutos estaban luciendo aquellas preciosas figuras con forma de dragón, de aviones, de mariposas…. que planeaban en el aire como si de águilas de verdad se tratara.
Tenían razón, sus cometas volaban mucho más alto y se mantenían mucho más tiempo en el aire, pero él estaba muy contento con la suya.
Así pasaron la tarde los chicos. Nao estaba contento porque, una vez más, había podido jugar con ellos. Ahora los niños del barrio querían jugar también con sus cometas, quizás sólo por presumir ante Nao de sus juguetes, pero eso al chico le daba igual. Estaba contento porque de nuevo jugaban con él.

Todas las tardes quedaban a la misma hora en el parque. Pero aquel día el viento era demasiado fuerte para la cometa de Nao. Se enredó entre las ramas de un árbol mientras las demás volaban con elegancia, casi tocando las nubes. A Nao le costó mucho subir al árbol para desenredarla. De repente, le dio rabia ser el niño del barrio que siempre tenía los juguetes más viejos, las cosas más „insignificantes“ como decían los otros chicos. Le dio rabia ser pobre, le dio rabia no tener juguetes bonitos y nuevos. Perdió su paciencia al ver como los chicos no paraban de burlarse de él cuando le vieron subido al árbol intentando desenredar el hilo de la cometa, y no pudo más. Agarró su juguete con furia y lo tiró a una papelera.
Cuando se le pasó la tristeza, se sintió mal por haber tirado su cometa y fue corriendo a buscarla. Allí estaba un poco manchada y un poco rota. La abrazo y le quitó las manchas. Pero lo más sorprendente es que de los ojos de la cometa brotaban lágrimas como las de una persona. Otra vez creyó Nao estar soñando, pero no, no era así. La cometa aún con los ojos empañados en lágrimas le habló y le dijo:

-Soy una cometa que no puede volar más alto. Soy pequeña y de cartón pesado. Pero si me dejas en libertad para siempre, si cortas el hilo que me sujeta a ti, yo iré al país de las cometas donde aprenderé a volar más alto, donde harán de mí una cometa elegante y fuerte y, por supuesto, volveré para ayudarte.
Nao no podía creer lo que le estaba sucediendo ¿Qué podía hacer? ¿Abandonar la cometa? Eso significaba quedarse solo de nuevo.
-No puedo hacer esto por ti, respondió Nao. Para mí, tu eres la más bonita de todas las cometas aunque no vueles tan alto como las otras. Si te dejo en libertad no tendré nada con lo que jugar.
La cometa entendía la situación pero conocía la bondad del chiquillo y le pidió una vez más su ansiada libertad.
-No olvides lo que te voy a decir querido Nao, le explicó. Entre tus manos yo he sentido mucho cariño, y cuando mis compañeras han logrado, incluso, rozar las nubes, yo no las he envidiado porque sabía que las manos que sujetaban sus cuerdas no eran de niños tan buenos como tú. Pero si tú me das la libertad que necesito, te prometo que algún día te recompensaré por ello. A ti y a toda tu familia.

Nao volvió a casa cabizbajo con su cometa entre las manos. Reparó los trozos rotos y espero al viento de la noche para dejarla volar.
Mientras la cometa alcanzaba altura sonreía a Nao con cariño. De repente el niño no pudo verla más, se había perdido entre la oscuridad y las estrellas.

Los padres de Nao comenzaron a preocuparse por el niño. De nuevo su hijo les contó, que al igual que le había ocurrido con Teo, la cometa le había pedido que la dejara en libertad. Ellos no podían creer semejante locura. Tenían tan claro que las cometas no pueden hablar… Pero no podían hacer nada por Nao, sólo esperar a que se le pasara su tristeza.

Pasó el tiempo y a pesar de que Nao ya no estaba tan triste, pensaba cada día en su cometa y en su pececillo naranja, y también en las palabras que estos le habían dicho.
No volvió a hablar del tema con sus padres porque sabía que no le creerían por muchas más veces que lo repitiese, pero él siguió soñando con sus dos regalos mágicos.

Al cabo de unos días algo triste sucedió en la familia. Su papá perdió el trabajo como repartidor de pescado. De esta manera se esfumaban, por un tiempo, las ilusiones de poder volver al campo ya que debían gastar sus pequeños ahorros en comida y otras cosas necesarias del día a día. Su mamá no ganaba lo suficiente para mantener a toda la familia.
El despido llegó en el peor momento. En una semana era el cumpleaños de Di. Nadie quería estar triste. Toda la familia quería que Di se sintiera feliz y recordase su cumpleaños con cariño.
Tal y como su madre le había prometido, le confeccionó un vestido precioso con aquella tela que le habían regalado en Navidad. Di, que era una niña de gran belleza, estaba aún más guapa que de costumbre con aquel vestido de pana negro lleno de pequeñas florecillas de colores.
Los problemas económicos no fueron un impedimento para que la muchacha y todos sus hermanos disfrutaran de una deliciosa tarta de chocolate con guindas de colores. Sus padres sabían todo el esfuerzo que cada día hacía Di por la familia. Esta sólo era una pequeña manera de recompensar a la chiquilla.
Cuando los niños acabaron con la tarta y los zumos de frutas, la familia al completo decidió dar una vuelta por el parque.
La gente se daba media vuelta para ver a Di. Realmente Di era una niña muy guapa. Ella no pensaba en estas cosas ya que cada día debía ocuparse de muchas otras. No tenía tiempo ni para mirarse en el espejo. Y en su caso, esto no era una frase hecha, sino una realidad.
Di disfrutaba de su cumpleaños. Disfrutaba con su vestido nuevo. Nao y los gemelos también al ver tan feliz a su hermana.
En el paseo por el parque escuchaban atentamente las historias que su padre les contaba sobre el campo. Todos soñaban aún con regresar a aquellos pueblos de extensiones infinitas, con prados llenos de flores, de ríos de agua limpia, de montañas nevadas. Pero era sólo eso, un sueño.
Además, el sueño se interrumpió en el mejor momento. De repente, escucharon los gritos de un niño. Su padre intentaba calmarle y hablar con él, pero el niño ni siquiera miraba a su padre a la cara. Lloraba sin parar y con desesperación. El niño estaba furioso porque su locomotora de latón yo no echaba humo y había perdido una de sus ruedas. El chico pedía a su padre que le comprara una nueva. Esta para él ya era seguro „insignificante“ pensó Nao con tristeza. Y así era.
Para que el niño se calmara, su padre dejó la locomotora abandonada entre los arbustos, agarró al pequeño de la mano y le consoló diciéndole que comprarían otra locomotora inmediatamente.
A Nao le brillaron los ojos de felicidad. Si aquel niño no quería más aquella locomotora tan bonita y si, incluso, la había abandonado en el parque, esto significaba que él la podía coger y tener un nuevo juguete. Cuando el niño furioso y el padre se alejaron, Nao preguntó a su madre si podía recoger la locomotora y quedarse con ella.

-¡Claro!, ve a por ella, contestó su madre con una sonrisa.
Nao corrió a por ella. La locomotora le pareció preciosa. Tenía un color negro muy brillante y dos pequeñas ventanitas rojas a cada lado.

Cuando llegaron a casa, su padre arregló el juguete. La locomotora volvió a echar humo por su pequeña chimenea, y volvió a rodar con la nueva ruedecilla que para ella había fabricado el padre de Nao. ¡Qué bonita había quedado!, pensó el niño.

Cada tarde, a la salida del colegio, Nao jugaba con su locomotora en el parque. Imaginaba vías de ferrocarril que conducían a él y a su locomotora a lugares remotos y casi fantásticos. Imaginaba que detrás había muchos vagones que transportaban carbón a países en los que él nunca había estado.
El muchacho pasó muchas tardes jugando con su locomotora hasta que uno de esos días el juguete le habló.
A estas alturas Nao ni siquiera se sorprendió, e incluso sabía lo que aquella bonita máquina le iba a pedir. Y así fue, el niño no se equivocó. Esta vez ni siquiera intentó pedirle al juguete que pensará un poco en él. Hizo lo que ella le pidió. La llevó a la estación de trenes de la ciudad y allí la dejó. Mientras la locomotora rodaba con dificultad por un trocito de rail le decía a Nao:
-No olvides lo que te he dicho. Yo te señalaré el camino cuando por mi chimenea salga humo de color azul. Yo te ayudaré cuando lo necesites y así corresponderé a tu bondad.
Nao volvió a casa dándole vueltas a la cabeza. ¿Qué significaba aquello de señalarle el camino con un humo de color azul? De nuevo había tenido un objeto mágico entre sus manos y había tenido que abandonarlo. Era el tercer regalo mágico y ahora estaba triste porque no tenía ninguna de aquellas cosas que le habían hecho tan feliz, ni a Teo, ni a la cometa, ni a la pequeña locomotora. Sólo le quedaba una esperanza, volver a encontrarse con ellos alguna vez.

>> Capítulo II. La Navidad

06Ene/14

NAO / CAPÍTULO II. LA NAVIDAD

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<< Capítulo I. Los tres regalos mágicos

Llegó el mes de diciembre muy rápido y cargado de nieve. En un par de días celebrarían la Navidad. Nao, que no había olvidado a su amigo Teo, recordó una mañana, mientras desayunaba, las palabras que el pececillo le había dicho.
Sus padres también lo recordaban pero no querían ni siquiera hablar del tema, porque aún pensaban que todo aquello eran simples imaginaciones de Nao. Bueno, no lo pensaban, estaban seguros de ello.
Cuando el día de Navidad el muchacho se levantó, ni siquiera pensó en si había algo al pie de la cama, aunque si lo había, un precioso jersey de lana rojo que su madre había tejido para él. Lo único en lo que pensaba era en ir al río, donde un año atrás se había despedido de su pez, de Teo. Se puso el jersey de su madre muy contento y corrió al parque bien abrigado. Estaba impaciente. ¿Sería verdad lo que Teo le había prometido? ¿Volvería a ver a su amigo?.
Estas eran preguntas que el muchacho no podía apartar de su pensamiento. Por el camino al parque, Nao sentía cierto miedo. Mientras caminaba entre la nieve, pensaba en que, quizás, su amigo se habría olvidado de él, o peor aún, que todo había sido un sueño, y hoy era el día en que debía despertar.
El muchacho llegó a la orilla del río. Además de la fina capa de nieve que cubría la ciudad, el día estaba algo nublado. Nao no podía ver el fondo del río. Esperó pacientemente dando pequeños paseos por la orilla para no quedarse frío. Frotaba sus manos, levantaba su bufanda a la altura de la nariz y tapaba sus orejas con el gorro de lana. Al de pocos minutos, oyó un ruido entre las aguas, y al acercarse vio cuatro preciosos pececillos de varios colores que jugueteaban mientras miraban a Nao sonrientes. Al lado de ellos, apareció un hermoso pez de color morado y al lado de éste un enorme pez de color naranja. ¡Era Teo!. La alegría que sentía Nao era infinita. Tal y como le había prometido, Teo había vuelto.

-¡Querido amigo! exclamó Teo. Te dije que volvería y aquí estoy. He formado una familia y soy feliz. Todo esto sólo lo he podido hacer ya que tú, hace un año, me diste la libertad que yo tanto ansiaba y necesitaba.
Nao estaba tan contento de ver a Teo feliz rodeado de sus hijos y su mujer…
-¿Dónde vives ahora Teo?, le preguntó Nao impaciente.
-Ahora vivo en los estanques dorados de los jardines del palacio del rey Xao. En otra realidad. En un mundo mágico.
-¿De verdad? ¡Oh, cuanto me alegro!, dijo Nao de corazón. El palacio del emperador Xao está en el archipiélago de los elementos, ¿no es así?, preguntó el muchacho. He oído hablar de ese lugar mágico. ¿Existe de verdad?
-Así es mi querido amigo, respondió Teo. Existe. El palacio del rey Xao está en el archipiélago de los cuatro elementos. El rey Xao vive en la isla Tierra, rodeado de las montañas más bonitas que jamás se han visto en el mundo. En cada una de las cuatro islas que forman el archipiélago hay un reino. La isla Agua está sumergida en el mar, y todos allí son mitad hombres, mitad peces o anfibios. La isla Aire se encuentra suspendida en la atmósfera. Cualquiera puede visitarla subiendo por algunas de las mil escaleras de seda que la rodean, y la isla Fuego, que también es de una belleza impresionante, recalcó Teo, está rodeada de llamas. Allí además de personas viven cien dragones que se encargan de avivar el fuego que rodea al territorio.
Nao escuchaba a Teo con alegría y cierta envidia. El vivía allí, en aquella ciudad llena de humo y ruido, y lo que aún era peor, en aquel sótano húmedo y frío. Por un momento imaginó cómo sería poder vivir en alguna de aquella cuatro islas fantásticas.
Teo sonreía al niño. También se alegraba mucho de verle y más de la sorpresa que para él tenía reservada.
-Si, ciertamente he tenido mucha suerte Nao. Nadé y nadé durante meses buscando una ruta sin descanso y llegué a ese lugar mágico. Allí vivo rodeado de otras familias de peces. Tenemos deliciosa comida en los estanques dorados y somos felices.
Nao le sonrió intentado imaginar todo aquello. El archipiélago de los elementos, según se contaba, era de una gran belleza y tranquilidad. Los cuatro reyes que gobernaban cada una de las islas vivían en perfecta armonía unos con otros.
Teo miraba a Nao con cariño. Estaba ansioso por darle la noticia que para él había traído.
-Tengo una noticia para ti, le dijo Teo al muchacho.
-¿De verdad? ¿Más sorpresas?, preguntó el niño, porque el simple hecho de volver a ver a su amigo ya le había llenado de felicidad.
-¡Claro! ¿Cómo que más sorpresas? No sólo he venido a visitarte, aclaró el pez. He venido para devolverte lo que tú me diste un día. He venido para llevarte a ti y a toda tu familia hasta el palacio del rey.
Los ojos de Nao se abrieron como platos. Ya ni siquiera sentía frío, sino que un calor casi sofocante recorrió en ese momento todo su cuerpo.
-¿Al palacio del rey Xao? ¿Qué significa esto Teo?
-Ve a por tu familia, coged vuestras cosas y venid al parque. Cuando lleguéis estaremos aquí. Haremos un viaje por el río hasta el mar de las islas. Esta noche de Navidad os presentareis ante el rey.
-Pero…pero…, balbuceó Nao. No podía articular palabra alguna. No podía creer lo que estaba escuchando.
-Pero…¿Qué haremos allí Teo?, preguntó sorprendido y con cierto temor.
-¡Ah! es cierto querido amigo, perdona por no aclararte las cosas. Está todo arreglado, no te preocupes. Esta noche, el rey, como acostumbra a hacer cada año en la noche de Navidad, recibe a las gentes que han sido capaces de acercarse hasta el archipiélago. Las gentes que aún creen en la magia y nunca dudaron de que este lugar mágico existía. Ya se sabe que los mares que rodean a las islas son duros y bravos, de olas de cientos de metros, y que sólo algunos elegidos logran llegar. Todos llevan algún regalo especial a la familia real. La familia que sea capaz de regalarle al rey la cosa más fantástica, más original, más rara, en definitiva, más sorprendente, tendrá la suerte de vivir para siempre en el palacio al servicio de él y de su familia, la reina y el joven príncipe. Estoy seguro de que vosotros seréis la familia elegida.
-¡¿Nosotros?! Nosotros no tenemos nada que llevarle al rey, explicó Nao con tristeza y contrariado.
-¡Claro que tienes algo que ofrecerle al rey!, parece mentira que digas estas cosas, dijo Teo con ironía. Al parecer, el frío afecta mucho a tu inteligencia querido amigo. ¿Acaso te has olvidado de que los peces no hablan?
Nao no entendía nada. La emoción y el frío no le dejaban pensar.
-Yo soy el presente que tú y tu familia otorgareis al rey, le aclaró el pez al muchacho. ¿Entiendes ahora? Un pez que puede hablar. ¿Te das cuenta? Yo vivo desde hace un año en sus estanques. Sé que el rey siente delirio por las cosas extrañas. No podrá resistirse a tener un pez que pueda comunicarse con él cuando lo desee. Tener un pez que hable en su reino le hará especial entre los otros reinos de las islas. El no sabe que tiene un pez en su estanque que habla.
Cuando Nao reaccionó, no podía contener su alegría.
-¡Que generoso eres Teo!. exclamó el niño. No puedo creer que vayas a hacer todo esto por mí. Sacarme a mí y a mi familia de la ciudad. Es el sueño que tenemos todos.
-Me alegro porque se va a hacer realidad al fin, contestó el pez.
Nao prometió volver en media hora con toda su familia.
-¡Teo espérame!. Regresaré con mi familia ahora mismo, lo prometo, explicó el chico nervioso y lleno de alegría a la vez.
-Aquí estaremos encantados de llevaos ante el rey.

Después de mucho insistir y ante la incredulidad de todos, Nao logró que sus padres empaquetaran las pocas pertenencias que tenían, y abandonaran aquel sótano para siempre. La niebla no les dejaba ver muy bien la orilla del río, pero cuando estuvieron más cerca y vieron a Teo y a los otros peces de su familia, no podían creerlo. De la profundidad del río emergió una barquita de oro. La familia se montó y Teo, su esposa y sus hijos se ataron unos hilos de seda a las colas para tirar de aquella barquita que les conduciría hasta el palacio del rey Xao en la isla Tierra.
-Comienza nuestro viaje, dijo Teo. No puede ocurrir nada ya que esta barquita de oro es mágica y aunque el mar esté innavegable, nosotros podremos alcanzar la orilla de la isla. No hay nada de lo que preocuparse, apuntó el pez.
Los padres de Nao, Di y los gemelos se miraban los unos a los otros. Después de un año, comprendían que el niño tenía razón. Aquel pececillo de color naranja, ahora convertido en un gran pez, estaba hablándoles, y pensaba conducirles nada más y nada menos que hasta el archipiélago de los cuatro elementos, un lugar mágico, con el que muy pocos mortales podían incluso soñar. La isla Tierra era conocida por sus hermosas montañas y sus campos cargados de flores. El sueño de volver a vivir en el campo estaba cada vez más cerca, aunque lo cierto es que nunca hubieran podido imaginar que sería en un lugar tan hermoso, casi inaccesible.

El viaje duró varias horas. Cuando Nao y su familia llegaron a la orilla, lloraron de la emoción. Todos se preguntaban si tendrían la suerte de quedarse allí para siempre, al servicio del rey. Hasta ahora todo seguía siendo sólo un sueño.
Teo les dio las instrucciones de lo que debían hacer. Nao vio una fila de otras familias humildes que, como ellos, esperaban a las puertas de palacio para ofrecerle al rey sus más preciados regalos. Todos soñaban con ser aceptados, soñaban con poder sorprender al rey con sus presentes.
El pez mandó a Nao coger una pecera de plata que había en la barca.
-Ahora iré con vosotros, explicó Teo. Nao, dijo dirigiéndose al niño, tú debes meterme en la pecera y ,cuando estés ante el rey, me presentarás como “El pez hablador“.
La familia entendió lo que debía hacer y esperaron su turno. En aquella fila de gente, las familias se explicaban las unas a las otras los regalos que habían traído para los monarcas. Había cosas raras y extravagantes. Todos tenía miedo de no estar a la altura de los exquisitos y excéntricos gustos del rey.
Una de las familias llevaba una rosa que nunca se marchitaba, otra una vaca que daba la leche más exquisita del país, y otra unas semillas mágicas, que, según explicaron, guardaban las más ricas frutas que jamás el rey podría comer en toda su vida.
Después de casi tres horas de espera, llegó el turno de Nao y su familia. Todos se inclinaron haciendo la correspondiente reverencia. El rey les sonrió y les pidió, por favor, que procedieran a presentar su regalo.
-Majestad, en esta pecera de plata, mi familia y yo portamos para usted, la reina y el príncipe “El pez hablador”, dijo Nao con solemnidad aguantándose los nervios que le recorrían todo el cuerpo.
El rey se acarició su barba, frunció el ceño y después dijo:
-¿Un pez que habla?, preguntó con impaciencia. ¡Eso es imposible! ¡Es algo que se sale de lo natural!, exclamó algo asustado.
Era muy raro que el rey dijera esto después de estar rodeado de cosas que se salían de lo natural, su propia isla era mágica, las islas que la rodeaban igualmente, y muchas otras cosas más.
-Por ese motivo estamos aquí majestad, explicó Nao ahora con más seguridad en sí mismo. Sabemos que merece el presente más original. Nuestro deseo es vivir en palacio y prestarle nuestros servicios. Necesitamos sacar nuestra familia adelante. Este pez es el presente que le damos a cambio de todo eso.
El rey se volvió a atusar su barba. No tenía fuerzas ni para responder. Pasaron unos minutos. El monarca hablaba con la reina y su hijo. Nao sintió miedo ya que pensaba que, tal vez el rey, les tomase por locos y ni siquiera diera la oportunidad de hablar a Teo.
Por suerte, ocurrió todo lo contrario. El rey aseguró sentirse impaciente por escuchar hablar a aquel pez.
-Pequeño joven, dijo el rey dirigiéndose a Nao. Estoy deseoso por oír al pez hablador que dices guardar en esa pecera de plata. ¡Adelante!, le ordenó el monarca.
En ese instante, Teo asomó su cabeza y se dirigió al rey con estas palabras.
-Distinguida majestad. Yo mismo me sorprendo cada día de este don que la naturaleza me ha otorgado, pero así es, soy una pez que posee la facultad de hablar y así lo haré tantas veces como usted quiera. Ante usted, ante su familia y ante todas aquellas otras personas que usted lo desee. Podremos charlar sobre el futuro político de la isla y en caso de necesidad le serviré de gran ayuda, se lo prometo.
El rey no daba crédito a lo que en esos momentos estaba viviendo. El pez hablaba e incluso se atrevía a ofrecerle consejo en los asuntos de estado. Aquello podía ser maravilloso. Esto es lo que pensaba el monarca para sus adentros.
El rey comprendía que, en muchos años, no volvería a tener tan sorprendente regalo entre sus manos. Sabía que si poseía aquel pez sería la envidia de todo el resto de reyes del archipiélago. ¿Alguno de ellos tenía algo tan sorprendente? ¡Nadie!, ni siquiera en la isla Agua, donde ninguno de los animales acuáticos que allí había tenían la capacidad de hablar. Simplemente aquello era magnífico para el monarca. Esto de repente le embriagó de orgullo y felicidad. Además, tanto la reina como el joven príncipe, que miraba ya más a Di que al pez, quedaron igualmente sorprendidos con el regalo.
El rey agarró su báculo, lo acercó a la cabeza de Nao. El niño se arrodilló y escuchó atentamente lo que el rey le decía.
-Desde esta noche, noche mágica de la Navidad, tú y toda tu familia quedáis al servicio del rey. Se te concede este regalo en recompensa del magnífico presente que has puesto delante de mis ojos. Seáis bienvenidos y bienaventurados a la isla Tierra en el archipiélago de los cuatro elementos, donde reina la paz, la armonía y la felicidad.
No hubo más oportunidades para el resto de familias que esperaban en la fila. El rey había quedado tan asombrado, que ya no quiso ver más regalos. Nao sintió pena por todas aquellas gentes humildes, que como ellos ansiaban un futuro mejor, pero, a la vez, no podía ocultar la alegría que le producía saber que, desde ese momento, habían acabado las penurias para ellos, que la felicidad completa había llegado, que al fin podían vivir lejos de aquella ciudad gris y triste que ya tanto a él como a sus padres y hermanos les quedaba tan lejos en la memoria.

Asimilar tantas alegrías les costó a la familia varios días. La bondad de Nao les había hecho poder cumplir el sueño de volver a vivir rodeados de montañas. Ahora trabajarían en aquel reino, nada más y nada menos que en la isla Tierra. Estaban en el archipiélago de los cuatro elementos donde solo el futuro podía ser mejor de lo que nunca podrían haber imaginado.
Un criado del rey les enseñó sus aposentos. El niño y su familia se instalaron en el ala izquierda del palacio. Desde palacio, el rey podía divisar todas las extensiones de su reino, los poblados de sus gentes, y perder su mirada en las lejanas montañas ahora llenas de nieve. Sin duda , la isla Tierra era muy hermosa. Nao ya se preguntaba como serían las demás. Estaba ansioso por conocerlas y visitarlas cuando fuese más mayor. Poder trepar por alguna de aquellas escaleras de seda que rodeaban la isla Aire, o conocer a alguna de las sirenas de la isla Agua, o calentarse al lado de un pequeño dragón de la isla Fuego. Todo esto le parecía algo increíble y nada „insignificante“ como decían aquellos chicos del barrio. Si le pudieran ver ahora….

>> Capítulo III. Di y el príncipe

05Ene/14

NAO / CAPÍTULO III. DI Y EL PRÍNCIPE

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<< Capítulo I. Los tres regalos mágicos
<< Capítulo II. La Navidad

La vida en palacio era muy tranquila. Los monarcas gozaban de buena fama entre sus trabajadores. Eran una familia, que a pesar de su rango, se sentían muy cercanos a sus súbditos y pueblo. Siempre se mostraban muy amables con todos. Vivir en la isla Tierra era sencillamente un sueño para el que lo lograba.
El rey se dio cuenta muy pronto de las habilidades como jardinero que tenía el padre de Nao, y fue éste el puesto que ocupó en palacio. El papá del muchacho convirtió aquellos jardines en auténticos paraísos de olores. Inventó los túneles de las sensaciones. Estos eran largos pasadizos de arcos llenos de flores. Cada uno de los pasillos estaba cuajado de una clase de flor. El aroma era tan intenso que, cuando uno paseaba por cualquiera de ellos, el perfume embriagador tenía la habilidad de transportarte a otro mundo a través de la mente. El túnel favorito del rey era el de los jazmines. Aseguraba que después de un paseo por allí su facilidad para resolver los asuntos económicos del reino era mucho más grande. El monarca estaba encantado con las mil ingeniosas ideas de aquel jardinero que cada mes le sorprendía con algo nuevo.
La reina también se percató muy rápidamente de las grandes dotes que, para la costura, tenía la madre de Nao. Los cortes de sus vestidos eran limpios y las costuras perfectas. Además, demostraba tener un gusto exquisito a la hora de combinar los colores. La madre de Nao aseguraba que la mitad del secreto residía en las telas con las que trabajaba, pero la reina sabía que esto era simple modestia por parte de la mujer. Las manos de aquella señora eran prodigiosas con la aguja. En cada recepción la reina deslumbraba al resto con sus vestimentas. Pronto, fue la envidia de las reinas de las otras islas.
También la vida en palacio de los niños mejoró. Di recibía cada día clases de música, arte y danza, los gemelos jugueteaban aún despreocupados por las dependencias reales, y Nao recibía clases para, en el futuro, ser un buen soldado del ejército real. Lo curioso es que el ejército de la isla Tierra carecía de armas. El rey era contrario a la violencia. Las clases de los soldados consistían en convertirles en buenos oradores, en buenos comunicadores, en personas instruidas. Así, cada futuro soldado debía estudiar matemáticas, geografía, historia…y otras muchas asignaturas más, pero jamás llevaban un arma entre sus manos. El ejercicio físico y la inteligencia eran la clave, según el monarca, para tener un buen ejército. “Con palabras es con lo que los hombres deben hacerse entender, no con las armas“, repetía el rey en muchas ocasiones .

Cada día en palacio era mejor que el anterior. Muchas tardes, se veía al rey al pie del gran estanque dorado charlando con Teo. Además, el pez recibía cada día la visita de su gran amigo Nao.
El papá de Nao elaboró perfumes exclusivos para la reina, hizo que el agua se pudiera servir en unos tulipanes transparentes que él había creado e incluso logró que en los jardines florecieran margaritas con un pétalo de cada color, que, pronto, se convirtieron en las preferidas de la reina.
La mamá del muchacho confeccionó para el dieciocho cumpleaños de Xin, el joven príncipe, una casaca de oro y diamantes que causó tal admiración entre los invitados a la fiesta, que no hubo ni tan siquiera uno que no quisiera conocer a aquella mujer que había elaborado tan bella obra de arte.
La felicidad era plena en aquella isla, mucho más de lo que podían haber imaginado.

Pasaron tres años en perfecta armonía. Los gemelos crecieron y fueron enviados a la escuela del ejército cada día. Di se había convertido para entonces en una bella mujer de dieciséis años y era la primera bailarina del ballet real y Nao era unos de los futuros soldados más inteligentes que estaban al servicio del rey. Aún tenia diez años pero su objetivo era seguir siendo el número uno para ganarse la confianza del monarca.
Cada día, el rey delegaba muchos más asuntos en su hijo. Aún era un monarca joven y gozaba de buena salud, pero quería que el príncipe fuese asumiendo responsabilidades. Además, le preocupaba que aún no hubiera encontrado una mujer con la que pensar en formar una familia. Por este motivo, decidió dar una gran fiesta. El monarca invitaría a las jóvenes más bellas y ricas de la isla y a sus familiares con el fin de dar a conocer al muchacho las oportunidades que tenía de encontrar a una bella dama con la que casarse. En el archipiélago, las bodas reales de cada una de las islas debían llevarse a cabo con gentes de la misma isla, de la más alta alcurnia pero del propio territorio. Era costumbre que ningún miembro de la monarquía abandonara su reino para ir a servir a otro. Pero en la isla Tierra había suficientes bellas jóvenes de familias adineradas, Cualquiera de ella podía satisfacer los gustos del monarca y los de su hijo, de eso estaba seguro el rey.

El monarca no escatimó en preparativos. Todos los súbditos trabajaban día y noche en palacio para arreglar cada uno de los salones que se dispusieron para el baile. La madre de Nao preparó varios modelos de vestidos para la reina, el cocinero hizo hasta veinticinco tartas diferentes para que el rey Xao eligiera la que más le gustara, el padre de Nao decoró los salones con las flores más bellas e impregnó de diferentes aromas las estancias, la orquesta preparó composiciones nuevas y el ballet una nueva coreografía que dejaría con la boca abierta a los invitados.
A pesar de todo esto, el príncipe no mostraba satisfacción alguna. Era una fiesta que se daba en su honor, y sin embargo paseaba por palacio con cara triste y afligida. Los monarcas se percataron del problema y la reina decidió hablar con su hijo. Algo rondaba por su cabeza, le conocía bien, y no quería que sufriese. Por este motivo, debía enterarse de todo antes de que fuese demasiado tarde.
Una mañana, se presentó en la habitación del príncipe con el objetivo de aclarar todo.
Se acercó a él y le preguntó:
-¿Qué es lo que te ocurre Xin? Dentro de un par de días se celebrará una gran fiesta en tu honor, y tú no muestras ningún signo de entusiasmo y además paseas más triste que nunca por palacio. ¿Qué es lo que te preocupa hijo?
El príncipe no sabía como decirle a su madre lo que le ocurría. Creía no tener las fuerzas suficientes para darle aquel disgusto, pero sabía que debía hacerlo más tarde o más temprano porque en esa mala noticia residía su felicidad. Pero…, ¿cómo podía hacérselo entender a los monarcas?, se preguntaba el futuro rey.
Al fin, reunió las fuerzas necesarias y le dijo a su madre que él ya estaba enamorado de una muchacha, con la que quería casarse porque estaba seguro de que con ella la paz del reino perduraría para siempre y él sería feliz.
La madre se levantó del sofá en el cual estaba sentada y, con unos ojos muy abiertos, pidió una respuesta.
-¿Puedo saber quien es la muchacha en cuestión?, preguntó la madre algo asustada.
-Sí, claro, respondió contento Xin. La has visto convertirse en mujer en estos años. Es Di, la hija del jardinero y la costurera, aclaró el príncipe con satisfacción.
-Pero, ¿te has vuelto loco?, preguntó la reina algo sofocada ya por la impresión que le había producido la noticia.
La monarca sabía lo testarudo que su hijo podía llegar a ser, por eso quiso hacerle comprender, desde el principio, que un futuro rey se debía a su pueblo y que por ello debía casarse con la mujer adecuada, y que sin duda Di era de una gran belleza pero no pertenecía a la condición social que a él, como príncipe, se le exigía que buscara en una dama.
Pero el príncipe no quería escuchar los sermones de siempre. Sabía que la condición social daba igual. La grandeza tanto de un hombre como de una mujer se medía por su bondad, no por su riqueza. Estaba seguro de que Di, además de ser bella, era una mujer noble, inteligente y simpática que podía hacer feliz a cualquiera que estuviera a su lado.
-Da igual todo lo que me diga madre, respondió el príncipe. Si ella me acepta estoy dispuesto incluso a renunciar al trono. Es la mujer que amo.
-No puedes casarte con Di, por muy bella, inteligente, bondadosa y simpática que sea, que lo es y no lo dudo porque la conozco, pero tu destino como futuro rey de la isla Tierra no te lo permite, recalcó la reina.
-Muy bien, lo entiendo, contestó Xin afligido. En ese caso renunciaré al trono.
-Eres el único heredero. Lo que dices no tiene sentido, dijo la madre ya con cierto temor a la testarudez de su hijo.
-No me importa, insistió el joven. Lo único que quiero es ser feliz al lado de Di, y no me gustaría dejar de servir a mi pueblo, siento orgullo por mi isla y por sus gentes, esa es la verdad, pero en vista de que no recibiré vuestro apoyo, ¿qué puedo hacer?
La reina se fue de la habitación de Xin algo afligida, pero, aún , albergaba la esperanza de que, en el baile, encontrase a una mujer que le pareciera aún más bella que Di y cambiara de opinión. Quizás todos aquellos caprichos, eran sólo eso, caprichos de joven. Decidió no darle mucha importancia.
Cuando le contó a su esposo la charla que había mantenido con Xin, éste, como siempre que había un problema importante en la corte, se atusó las barbas algo contrariado. El sabía que no era fácil hacer sombra a la belleza y a las demás cualidades que Di poseía, pero aún así también a él le quedaba una pequeña esperanza de que, en el baile, su hijo se decantara por otra bella muchacha y olvidase a la bailarina.

***

Llegó el día esperado y el gran salón de baile abrió sus puertas. El príncipe Xin lucía mejor que nunca. Una por una fueron presentándose ante él aquellas bellas invitadas. Las más guapas y ricas jóvenes de la isla. Eran hermosas, que duda cabía, incluso alguna era más hermosa que la joven Di, pero en ninguna de ellas pudo ver el joven el encanto de la bailarina. El rey y la reina sonreían a todas con amabilidad intentando ocultar la preocupación que les embargaba. Notaban que su hijo miraba a todas con indiferencia, sin interés.
Después de los saludos protocolarios, el rey preguntó a su hijo que le habían parecido todas aquellas bellas mujeres.
-No niego que son bellas padre, respondió Xin, no niego que incluso serán inteligentes y simpáticas, pero no he visto en ninguna de ellas el encanto que tiene Di. Usted adora a Di y sabe que ella sería la candidata perfecta.
El rey, resignado ante las sinceras y firmes palabras de su hijo, sabía que nada podría hacer. Así es que decidió dar un paseo por el estanque y charlar con Teo, quizás aquel sabio pez tendría una respuesta a su problema.
Teo sacó su anciana cabeza de entre las aguas y le contestó con estas palabras al monarca:
-Majestad, usted, mejor que nadie, sabe que las gentes no se miden por su dinero o posición social, tampoco por su belleza, pero si por su bondad. Estoy seguro de que Di tiene mucho de esto último, porque así lo ha demostrado ella y toda su familia. Deje su reino en manos del amor y la bondad y su reino nunca morirá.

Después de decir esto, Teo volvió a sumergirse en el agua. El rey sabía que aquel anciano pez nunca se equivocaba. Debía ceder, por tanto, a los deseos del príncipe. ¿No eran demasiado débiles la manos de la bondad para sacar adelante cada día con éxito un reino? Esto se preguntaba el rey mientras se dirigía de nuevo al salón de baile.
En el salón todo el mundo ya bailaba entusiasmado. Las jóvenes esperaban entre canapé y canapé y copa de champán, la hora en que el rey anunciara el nombre de la futura esposa del príncipe Xin. El futuro rey había bailado con cada una de ellas, había charlado, se había reído y disfrutado con todo aquello, pero en su mente y en su corazón sólo había lugar para una mujer, Di. La reina hizo todo lo que estaba en sus manos para engatusar a su hijo. Le hablaba de cada una de las cualidades que tenían las muchachas, pero nada de esto logró convencer al joven para desgracia de su madre.
Después de los cafés y las tartas, llegó el momento de la actuación del ballet real. El momento que estaba esperando con tanta impaciencia el príncipe durante toda la noche. Se corrió la cortina de terciopelo rojo y allí apareció la menuda y joven Di, con su traje negro bordado de flores doradas. El príncipe no podía dejar de mirar ensimismado aquellos perfectos pasos de baile que Di ejecutaba, aquella sonrisa con la que se dirigía al público, aquellos ojos que, en ocasiones, se encontraban con los suyos. Después, rodeada del cuerpo de baile seguía brillando con luz propia entre todas las bailarinas. No sólo el príncipe había quedado impresionado con la actuación del ballet, todos los invitados rompieron a aplaudir con impaciencia y muchos de los padres de las muchachas que se prometían como futuras reinas, comentaban la belleza de la primera bailarina. Ninguno de ellos sospechaba que ella sería la elegida.
El rey se atusaba la barba con nerviosismo. Nunca habría querido que aquella actuación de baile acabara, le hubiera gustado que durara para siempre, para no tener que proceder a decir ante todo su pueblo, ante sus invitados el nombre de la elegida como futura mujer de su hijo. Pero el momento llegó.
-Queridos invitados, dijo el monarca. En esta fiesta tanto mi familia como yo hemos tenido el honor de recibir en palacio a las más bellas muchachas del reino. Os agradezco infinitamente vuestra presencia, continuó diciendo el rey. Como ya todos sabéis el príncipe elegirá esposa. La elegida será la futura princesa y deberá asumir los cargos que en su nueva posición le serán adjudicados. No es tarea fácil, pero confío en que la elección de mi hijo haya sido meditada por el deber que tiene con su pueblo. En sus manos está. Yo como padre no puedo desearle más que su felicidad.
Después de las palabras del rey, hubo un absoluto silencio. Las invitadas estaban nerviosas pensando cual de ellas tendría el honor de servir para siempre al pueblo de la isla Tierra. ¿Quién podía imaginar que aquella jovencita bailarina sería la elegida?
Nao y sus padres miraban detrás de unas columnas como se desarrollaba la fiesta y ahora sentían también mucha curiosidad por ver quien sería la elegida. Ellos si que nunca hubieran podido imaginar que sería su bella hija.
El rey intercambió unas palabras con el príncipe que nadie pudo escuchar y después de pasados unos minutos el príncipe se dirigió a sus invitados de esta manera:
-Quiero agradecer a todos su presencia en palacio. Ha sido un gran honor para mí tener invitados tan especiales. He conocido esta noche a mujeres bellas, simpáticas e inteligentes que sin duda estarían más que capacitadas para ocupar el puesto de futura reina, pero he de decir, con toda sinceridad, que sólo en una he encontrado el encanto y la bondad suficiente que también se requieren para ocupar mi corazón. Creo que un reino debe estar gobernado por una pareja sólida que se quiera de verdad y que su unión no obedezca a una mera razón de estado. Por este motivo, la elegida dista mucho de acercarse a la posición social que requeriría tener para ser futura reina, pero está muy cerca de esas cualidades de las que antes les hablaba.
A Nao le recorrió un nerviosismo por todo su cuerpo. De repente se dio cuenta de que su hermana sería la elegida. El príncipe lo estaba diciendo claramente y nadie se daba cuenta, ni siquiera sus padres que miraban toda aquella escena como si de una película se tratase. Su bella hermana Di, ¿quién si no? Para Nao era la perfecta futura reina, y parecía como un sueño, pero para el príncipe también lo era.

-Sólo me queda decir quien deseo como esposa y recibir una respuesta.
Las invitadas se miraban unas a las otras ya algo contrariadas. Seguían los ojos del príncipe con detalle. De repente vieron que se dirigía hacia el cuerpo de baile. Una vez allí, se acercó hasta la primera bailarina. Di le hizo la reverencia normal en estos casos. Nadie entendía nada. ¿Por qué se dirigía el príncipe al ballet cuando todos esperaban una respuesta tan importante?
El futuro monarca cogió la mano de Di y mirándola a los ojos le dijo:

-Usted es la elegida. Sólo si lo deseas te convertirás en mi esposa.

Después de esto hubo varios desmayos en la sala. El rey tenía ya sus bigotes casi rozando las cejas de tanto como se los había peinado con los dedos por su nerviosismo, la reina agitaba su abanico para aguantar los sofocos, y los padres de Nao tuvieron que sentarse para no caer al suelo. Entre los invitados se respiraba una mezcla de nerviosismo e irritación inaguantable. Se sentían despreciados y humillados. ¿Cómo podía el príncipe estar enamorado de aquella frágil bailarina? Si, era cierto que minutos antes habían quedado prendados de su encanto y belleza pero, aún así, sus hijas les parecían superiores en todos los aspectos.

La sorpresa de Di era tan grande que le temblaba todo el cuerpo. El príncipe esperaba una respuesta. Di amaba a Xin en silencio. Siempre le había parecido un hombre inalcanzable, por tanto, no sabía como decir aquella palabra tan corta ante todo el público allí presente. Sólo debía dar un sí como respuesta y todo aquello pasaría, pero…, ¿cómo hacerlo? No quería sentirse superior a los demás, ni herir a los reyes, de los que sospechaba, no estarían muy contentos con la elección de su hijo. Por eso , en el último instante, miró al rey. Este asintió con la cabeza y le lanzó una sonrisa que tranquilizó a Di y le dio las fuerzas suficientes para pronunciar el sí que el príncipe esperaba con impaciencia.

La alegría de la pareja de jóvenes era inmensa, y contrastaba sobremanera con las caras de los invitados, a los que les costó mucho esfuerzo celebrar minutos después la elección y saludar con amabilidad a la futura princesa. Los padres de Nao se acercaron a su hija entusiasmados. No podían creer que su pequeña se casaría con el príncipe en pocos meses como estaba previsto, pero sabían que Di tenía las cualidades suficientes para hacer feliz a cualquiera. Nao se acercó a su hermana emocionado y se abrazaron con cariño. Los monarcas saludaron a la familia de Di de una manera especial, no cómo todos los días lo hacían, y entre ellos intercambiaron palabras de esperanza y felicidad, algo que esperaban para la futura pareja y el reino.

>> Capitulo IV. El príncipe Al

04Ene/14

NAO / CAPITULO IV. EL PRÍNCIPE AL

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Los meses pasaron y dos días antes de la boda el rey organizó una fiesta a la que invitó a todos los monarcas de las otras islas del archipiélago de los elementos. Los reyes, así como sus esposas y sus hijos tenían mucha curiosidad por saber quien era aquella muchacha que el príncipe en pocos días convertiría en su esposa, ya que habían oído hablar de su gran belleza y simpatía.
Todos se vistieron de gala para la ocasión y fueron recibiendo uno por uno a los ilustres invitados. El rey de la isla Agua, llegó acompañado de su esposa, una bella sirena de cabellos rojizos y ojos verdes, y sus dos hijas. El rey de la isla Fuego también acudió con su familia al completo, su esposa y sus tres hijos varones, muy amigos del príncipe Xin, y el monarca de la la isla Aire, al igual que los demás, lo hizo acompañado de la reina y su único hijo, el príncipe Al, al que se conocía en todo el archipiélago por ser un heredero al trono además de guapo, caprichoso y algo mal criado.
Todos los monarcas y sus familias quedaron encantados con Di. Ni uno siquiera dudó de que el príncipe había hecho una buena elección. Los reyes felicitaron a los contrayentes y a sus familias. El rey Xao y su esposa se quedaron más tranquilos, pues notaban que, finalmente, los deseos del príncipe habían sido los acertados.
Los tres reyes coincidieron en decirle al monarca Xao, que esta era la mujer que ellos desearían para sus hijos. El rey Xao se llenó de orgullo y la reina empezaba a mirar a Di con otros ojos. La aceptación y la admiración por la educación, la belleza y la simpatía de la muchacha había sido tan grande entre los invitados, que hizo que la reina se sintiera de repente muy orgullosa de su futura nuera.
Los demás príncipes felicitaron a Xin deseándole todo lo mejor al lado de aquella mujer. Sólo uno, el príncipe Al, se acercó a Xin algo más reticente y con un cierta envidia en los ojos, que sólo Xin pudo apreciar.
-Te deseo lo mejor, dijo el príncipe Al con cierto resquemor en su mirada. Sin duda eres un hombre con suerte. Di es la mujer más bella que jamás he visto, y no sólo eso, tiene una gran bondad y su simpatía es desbordante. Felicitaciones amigo, añadió antes de alejarse.
Xin sintió la frialdad de las palabras de Al, y esto le produjo cierto miedo. Todo el archipiélago sabía de sus encantos y de su obsesión por conseguir lo que le gustaba. Pero, ¿a qué debía tener miedo? Di estaba muy enamorada de él, así se lo había hecho saber. ¡Que tonto era al pensar en estas cosas!. Di le quería a él y se casarían en un par de días. Además estaba seguro de que el príncipe Al encontraría una bella mujer también a la que convertir en futura reina, pues dones no le faltaban.

***
Los preparativos de la boda dejaron a todos, en la isla, sin fuerzas. Xin era el único heredero al trono y la fiesta debía ser tan elegante como el futuro rey se merecía.
El palacio se vistió con las más bellas cortinas, alfombras, vajillas, flores,… Cada detalle fue estudiado al mínimo. La mamá de Nao había confeccionado todos los vestidos de su familia así como la de los monarcas. Ni que decir tiene que eran perfectos y todos lucían guapos y elegantes. Los gemelos, hermanos de Di, serían los pajes de honor. Nao llevaba un traje especial. Hacía unos días que el joven, debido a sus progresos en la escuela del ejército del reino, había ascendido en su categoría. Ahora ya no era un simple soldado, ahora tenía el cargo de soldado instruido, y como tal, ante la situación de que el reino se encontrara en peligro, el debía poner su inteligencia al servicio del rey para resolver ese problema. Sólo tenía diez años, pero demostraba que sus ideas eran tan grandes como para vencer a tres reinos enteros.
El rey hizo levantar una gran fuente al lado del jardín, donde se serviría el banquete con la intención de mostrar a todos al anciano Teo, el pez naranja que tantas alegrías le había dado y con el que tanto había conversado. Quedarían admirados de aquel hermoso y extraño regalo con el que un día la familia de Nao logró quedarse en palacio para siempre con el objetivo de servir a él y a toda su familia, y que ahora, por caprichos del destino, les unían para siempre a ellos a causa de la boda de su hijo con Di.
Todo estaba listo. El vestido de la novia, como siempre suele ocurrir, era el secreto mejor guardado en palacio de aquella fastuosa celebración. Su madre había confeccionado para ella un hermoso vestido de seda blanco lleno de encajes con el que Di se veía espléndida.
El gran día llegó. Cuando los príncipes se dieron el “si quiero“ hubo lágrimas de emoción y alguna que otra de envidia entre los invitados. Después, todo se olvidó en el banquete, en el que se sirvieron los más ricos manjares imaginados. El baile duró hasta el amanecer, y todos los monarcas charlaron con Teo. Ya había dos cosas por las que envidiar al rey de la isla Tierra, su hermosa nuera, y ese maravilloso e inteligente pez con el que se podía hablar de cualquier cosa.
Pero cuando todo parecía estar en calma, cuando parecía que no se podía llegar a alcanzar una felicidad más grande, sucedió algo inexplicable y doloroso para todos. De pronto el cielo se oscureció, se levantó un fuerte viento, un gran remolino sacudió todo a su paso y un tifón rodeó a Di. En aquel escenario trágico y violento apareció el príncipe Al. Su sonrisa maliciosa confirmaba la peor de las noticias. Se quitó su ropa y dejo al descubierto sus alas. Agarró a Di de la cintura y se la llevó volando.
No dio tiempo a hacer nada. No se podía hacer nada. Los invitados no pudieron reaccionar y cuando quisieron darse cuenta ya el joven Al había consumado su más pérfida hazaña. Fue en ese momento, cuando el príncipe Xin se acordó de los extraños presentimientos que había tenido días antes al charlar con el heredero de la isla Aire. Era un ser envidioso al que le molestaba la alegría de los demás, un hombre que no disfrutaba con la felicidad de los demás. Xin había aprendido de su padre que la envidia puede destruir todo a su paso y hacer hasta del hombre más bondadoso el peor de los monstruos.
Nadie podía calmar las lágrimas de los padres de Di, ni el nerviosismo y la preocupación de los monarcas. Xin estaba destrozado. Los monarcas de la isla Aire se sentían avergonzados de la maniobra que su hijo había llevado a cabo, y no sabían que hacer para excusarse. Ellos mismos intentaron tranquilizar al príncipe Xin y a la familia diciéndoles que irían inmediatamente a la isla y aclararían el problema cuanto antes. Así fue, un águila gigante apareció ante el reclamo de un silbato que llevaba el rey y él y su esposa se montaron en ella camino de su isla con el deseo de acabar con aquella locura del joven heredero cuanto antes.
Mientras esperaban las noticias del rey de la isla Aire, Nao intentaba calmar a sus padres, al rey Xao y a su esposa. Aunque tenían alguna esperanza de que todo se aclarara rápidamente, sólo Nao presentía que nada iba a ser tan fácil como se habían imaginado. Nao había notado la maldad en los ojos del príncipe Al y sabía que el joven heredero era capaz de cualquier cosa.
Tal y como había presentido Nao, las horas pasaban y nadie tenía noticias de Di. El príncipe no podía aguantar más y decidió ir a buscarla. Cargó un barco con alimentos y se rodeó de los miembros del ejército real. El viaje en barco duraría algunos días, pero la isla Tierra no estaba dotada con aquellas maravillosas águilas que tenía la isla Aire y con la que se podían desplazar en cuestión de minutos de una isla a otra. El padre de Di y el rey Xao quisieron acompañarle, pero el príncipe quería resolver este asunto sólo. Conocía al joven Al desde que eran niños y tenía la certeza de que charlando con él se podría llegar a un acuerdo. No quería venganza, ni siquiera sentiría rencor por él. Sólo quería hacerle entender que lo que había hecho no estaba bien, que él mismo se diera cuenta, recapacitase y le devolviera a Di sana y salva.

Pasaron los días y todo era mucho más angustioso pues además de no tener ninguna noticia de Di, tampoco se sabía nada ya del príncipe Xin. Los monarcas temían lo peor. Parte de los hombres de su ejército, los más cualificados, estaban dentro de un barco con el joven Xin, y podía haber pasado cualquier cosa. La situación era cada vez más desoladora.
Nao no podía aguantar ver más la tristeza de sus padres y tampoco, claro está, la de los monarcas. Había estado dándole vueltas a la cabeza sobre una idea que quería exponer al rey Xao, aunque le parecía casi imposible que le diera su aprobación. Al menos debía intentarlo.
Así, a la mañana siguiente se presentó ante el rey decidido a hablarle de su plan.
-Estimado monarca, dijo Nao con decisión. Sé que sólo soy un niño de diez años, al que usted, aún viendo que he progresado dentro del ejército, ve como a un simple muchacho, pero los días pasan y nadie tiene noticias ni del príncipe Xin, ni de mi hermana. Esta situación es angustiosa para todos. Si usted me dejara flotar un barco y llevarme a los hombres que quedan del ejército, yo iría con toda mi valentía a buscar a los príncipes. Quizás Xin tenga problemas en medio del mar y ni tan siquiera haya podido llegar a la isla. No podemos esperar más, dijo Nao.

El rey le miraba con cariño y tristeza a la vez. Era un joven tan valiente…pensó el monarca. Pero sabía que no podía dar este permiso al muchacho. No podía darles ese sufrimiento a los padres de Nao. No quería que sufrieran más viendo a su hijo partir. Los padres no podrían aguantar tanta tristeza.
Nao se daba cuenta de lo que al monarca le pasaba por su cabeza. Por eso le tranquilizó diciendo que hablara con su padre, ya que estaba seguro de que éste no pondría ningún impedimento en que él se echara a la mar para poder ayudar a los príncipes.
Y así sucedió. Aunque el padre de Nao, después de tanta tragedia, había quedado sin fuerzas, sabía que su hijo era la última esperanza. Además confiaba mucho en él. Nao había demostrado ser un chico especial para su edad, lleno de bondad e inteligencia. Eso era suficiente para su padre.
Al día siguiente, Nao vio cumplido su deseo. Un barco esperaba atracado en el puerto con suficientes víveres y la mitad del ejército real. En ese mismo momento comenzaba la gran aventura del pequeño Nao


>> Capítulo V. La isla Agua

03Ene/14

NAO / CAPÍTULO V. LA ISLA AGUA

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Dos días tardo Nao en llegar a lo que, según los mapas, le situaban en las proximidades de la isla Agua. Había que tener cuidado en atravesarla sin perturbar a los extraños animales que allí habitaban. Sobre todo, Nao fue advertido del gran sapo gigante con piernas y brazos de hombre que surgía de entre las aguas, como una fiera, cuando sospechaba que, sobre la superficie de la isla, algún extraño barco se acercaba. El sapo gigante habitaba aquellas aguas muy a pesar, incluso , del monarca de la isla, pero nadie, hasta ahora, había podido hacerle frente. Era tan absolutamente poderoso y cruel que campaba a sus anchas por aquellas aguas atemorizando a todos los habitantes de la isla.
Tanto Nao como el resto del ejército sabían de la presencia del anfibio, así es que procuraron navegar con más calma para no despertar las furias de aquella bestia acuática.
Pero pasadas un par de hora en la que ya les había parecido alcanzar el objetivo y estar lo suficientemente alejados de la isla Agua, el mar empezó a agitarse, unas grandes olas alcanzaron las velas más altas del barco, y de entre la espuma surgió un brazo color amarillento y gigantesco. Era sin duda, uno de los brazos del sapo. Cual fue la gran sorpresa de Nao y del resto de tripulantes cuando atrapado en aquella inmensa mano cubierta de algas, vieron al príncipe Xin, totalmente abatido y sin fuerzas.
Nao no sabía como hacer frente al anfibio que ya jugueteaba con el barco como si de una minúscula cáscara de nuez se tratara. No hay que olvidar que el ejército de la isla Tierra carecía de armas. La única arma para cualquier lucha eran las palabras. En este caso, se le antojaban a Nao, muy difíciles de pronunciar. El muchacho se encontraba frente a una bestia que no atendería a razones así como así. Pero, de este modo, es como le habían educado y así es como debía proceder ante el enemigo, hablando y llegando a un acuerdo.
El sapo gigante les miraba mientras sonreía de forma cruel. Todos pensaban en quien sería el siguiente en caer bajo su poder. Sin duda sería Nao, ya que el sapo había advertido que estaba al frente del barco.
Lo que Nao no llegaba a entender era porqué el anfibio había capturado al príncipe Xin, cual había sido el objetivo que le había impulsado a hacerlo. Así es quiso formularle la pregunta, pero al instante se dio cuenta de que en la isla Agua, ningún animal acuático podía hablar. Sólo su querido Teo era capaz de hablar como los humanos y comunicarse además con otros animales. Sí, su querido amigo Teo, el anciano pez que tanto había hecho por él . Pero Teo ya era un viejo animalillo que incluso tenía dificultad para nadar. Era tan querido en palacio que incluso el monarca, presintiendo que a Teo le quedaba poco tiempo de vida, le había obsequiado con un estanque sólo para él y su familia en el que gozaba de todos los privilegios.
¿Qué podía hacer Nao ante esta situación? No había reparado en este gran problema. El resto del ejército esperaba la respuesta del muchacho. El príncipe Xin miraba al joven con ojos de derrota y desesperación. En aquel momento, Nao se sintió indefenso, y comprendió que aún le quedaba mucho por aprender, y que debía haber sido más modesto cuando le propuso al rey su aventura, ya que ahora se daba cuenta de que sus conocimientos no llegaban tan lejos, y que la sabiduría se alcanza con los años. ¡Qué triste se sentía! No era capaz de asimilar que allí se acabaría todo, que todos morirían en manos de aquel anfibio gigante, y todo por su culpa, se lamentaba.
Nao se acercó al gigante e intentó hablarle pero todo fue inútil. Este rugió, se enfureció y lo único que hizo fue agitarse más y agarrar con más fuerza a Xin, que ya incluso pedía su propia muerte al anfibio.
Pero, de repente, cuatro peces de colores surgieron de entre las aguas. Cuatro peces de colores a los que Nao conocía perfectamente. ¡Eran los hijos de Teo! A ellos se habían unido cuatro preciosos delfines y doce sirenas que delante de aquel monstruoso sapo habían comenzado a representar un baile acuático. Nao y los tripulantes del barco estaban ensimismados viendo aquello. Pero lo más sorprendente es que no eran los únicos. El sapo quedó hechizado con lo que estaba viendo. Se tranquilizó mientras no paraba de mirar a las sirenas que le sonreían agitando sus colas doradas que engarzaban con las de los delfines.
Los peces de colores daban grandes saltos alrededor del monstruo marino, cosa que a éste le hacía mucha gracia. Alcanzaban su vientre e incluso le hacían cosquillas. En uno de estos momentos de diversión, el anfibio tiró al agua al príncipe Xin sin darse cuenta. Las sirenas, astutamente le recogieron y lo devolvieron al barco. Tan atontado estaba el monstruo con el chapoteo de los peces que no se percató de lo sucedido. Ya panza arriba, se dejaba hacer y engañar por aquellos preciosos peces. Era sin duda el instante justo para escapar y así lo hicieron. Nao dio las gracias a las sirenas y a los delfines, y por supuesto a los hijos de Teo, que muy astutamente seguían remoloneando alrededor del monstruo para que no se percatara de nada.
Una vez que se alejaron lo suficiente, pudieron respirar tranquilos. Dieron de comer y de beber al príncipe Xin, quien no podía parar de llorar pensando en su ejército ahogado en aquellas aguas. La única esperanza era rescatar a Di. Pero aún debían pasar por la isla Fuego, y nadie podía saber que nuevas aventuras le depararían. Nao estaba tranquilo porque ahora eran dos los que estaban al frente del barco, porque sabía que dos amigos, como ya lo eran el príncipe y él, podrían ayudarse y salir adelante.

>> Capítulo VI. La isla Fuego