Category Archives: CUENTOS INFANTILES

30Oct/16

PABLO, EL GUERRERO DE VERDAD

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Para Pablo Guerrero Jiménez,
porque aunque aún no lo sepa,
ganará todas las batallas
a las que se enfrente en su vida.

Era tarde, o al menos eso le pareció a Pablo cuando abrió los ojos esa mañana. Volvió a cerrarlos un poco para ver si así se hacía aún más tarde. De esa manera, quizás, ya se hubiese hecho demasiado tarde para todo, para ir a por el pan y tener que aguantar los comentarios de la panadera, para ir a la escuela, para encontrarse con ese amigo que ya no era tan amigo, para saludar al vecino que le sonreía todas las mañanas….Sólo de pensarlo, ya le entraba un cansancio…, un agobio… ¿Por qué tenía él que hacer todas estas cosas si no se sentía bien haciéndolas? Si, ya sabía, sus padres le habían dicho, que uno se tiene que enfrentar todos los días a cosas que no le gustan, pero…, él era un niño, y…, bueno, eso, y…, daba igual. Ya lo pensaría en otro momento.

Bajó las escaleras, convencido de que su madre estaría ya en la cocina charlando con su padre mientras preparaban el desayuno para él y Luisa. Pero no, no había nadie. Miró por la ventana del salón y no vio a nadie caminando por la calle, ni se escuchaba bullicio alguno de furgonetas, repartidores, vecinas, niños.. “¿Qué estaba ocurriendo?”, se preguntó. Pero fue una pregunta que Pablo se hizo con una leve sonrisa de satisfacción en su rostro. Aquel silencio le agradaba mucho, a decir verdad, le encantaba. Era un día normal, pero vacío, un día en el que él no debería enfrentarse a todas aquellas situaciones cotidianas que le desagradaban. Así es que se colocó su chaqueta encima del pijama, sus botas y salió a la calle. En el parque sólo se encontró con los árboles, los bancos vacíos y el quiosco de chucherías de Mary cerrado. Se dirigió a los columpios y los probó todos, aunque los conocía, por supuesto de memoria. Pero, en soledad, todo le parecía mucho mejor.

Gritó algunos nombres de personas que conocía, pero allí no apareció ni siquiera un gato asustado. La felicidad que experimentaba era incomparable. A él le gustaba estar con gente, claro que si, le gustaban sus amigos, claro que si, incluso la escuela, claro que si. Claro que si. Todos los “claros que sí” que uno pueda imaginar, pero todo le gustaba a su manera y eso era lo que poca gente entendía. Cada día tenía que ponerse su traje de guerrero, su escudo y su espada imaginaria para enfrentarse al mundo tal y como uno parece que se tiene que enfrentar a él. Y él no quería menos a su amigo por decirle la verdad y enfadarse un día, o no le gustaba menos la escuela por no querer hacer los deberes u olvidar un cuaderno, o no sentía menos cariño por sus vecinos por saludarlos tímidamente. No. Por supuesto que no. Pero su piel de guerrero era ya tan dura que nadie podía ver lo que se escondía allá adentro. Pero…, daba igual. Ya lo pensaría en otro momento.

Sin darse cuenta, había pasado una hora. Decidió volver a casa. Cuando entró, sus padres estaban preparando el desayuno y Luisa lo miró perpleja, porque estaba claro que nadie esperaba encontrárselo abriendo la puerta, sino bajando por las escaleras.

-¿De dónde vienes a estas horas Pablo?,¿dónde has estado?, le preguntó su madre entre asombrada y asustada.

-Me desperté muy pronto y…, bueno creí que hoy era un día vacío, respondió Pablo.

-¿Vacío?, ¿qué quieres decir con eso?, dijo el padre.

-No me gustan los días en los que tengo que hacer todo lo que hay que hacer, respondió Pablo enérgico y algo enfadado. Me aburre tener que repetir las mismas cosas y que los demás piensen que si no hago las cosas como ellos quieren esas cosas ya no sirven, ni tienen importancia, ni les quiero, ni…, ni…, da igual, añadió.

Entonces sus ojos se le llenaron un poquito de lágrimas pero sin llorar, y quiso gritar pero se contuvo. Se quitó la chaqueta como el guerrero que se quita su armadura, sus botas las tiró como el guerrero que se deshace de su escudo y miró a sus padres con sus ojos grandes ojos claros clavándoles una espada imaginaria, de guerrero, por supuesto, pero de guerrero con ternura, que eso es lo que él llevaba dentro, mucha ternura y mucha bondad.

-¿Tengo que ser cómo los demás, mamá?, preguntó contrariado. Porque yo no quiero hacer daño a nadie pero quiero hacer las cosas a mi manera. Quiero querer a mi manera y saludar a mi manera, y tener mis amigos a mi manera, y comprar el pan a mi manera y aprender a mi manera.

Sus padres le miraron con cariño. Se acercaron a el y le dijeron que tenía razón, que aunque se habían dado cuenta un poco tarde, porque los padres también cometen errores, debía hacer las cosas a su manera. Le prometieron que nunca más le recriminarían un comportamiento y que intentarían entenderlo y apoyarlo porque ellos también se habían dado cuenta de que el traje de guerrero se le había quedado ya, afortunadamente pequeño. Que los demás también tendrían que aprender a entenderlo y quererlo así, tal y como era.

Pablo subió las escaleras con su madre hasta el cuarto del niño. Sacó la ropa del armario, la que se debía poner para el colegio.

-Toma, quítate el pijama y ponte la ropa Pablo.

Pablo se vistió. Guardó el pijama debajo de la almohada y después se acercó a su madre y con sus manos vacías pero llenas de sentido común, de bondad y ternura, le dijo a su madre:

-Quería guardar también el traje de guerrero aquí, debajo de la almohada, pero mejor lo guardas tú en otro sitio para que no me lo pueda poner más.

Su madre lo abrazó muy fuerte y le contestó:

-Lo vamos a tirar, ¿vale? porque ya no lo necesitas. Eres suficientemente fuerte  para poder con todas las batallas que te ponga la vida en tu camino. Sin corazas, sin escudos, sin espadas. No necesitas todas esas cosas. No lo dudes nunca Pablo. Nunca.

Bajaron las escaleras juntos, Pablo delante de su madre, sonriendo. Con fuerzas para enfrentarse a un nuevo día que se le presentaba maravilloso. Estaba feliz. Todo le pesaba menos. Su mamá bajaba detrás con las manos vacías pero, a la vez, llenas de cosas que utilizan los guerreros y también sonriendo.

Sin duda, a los cuatro se les presentaba por delante un gran día.

¿Quién duda de que las personas únicas son las más difíciles de entender? ¿Quién puede dudar de que las batallas más importantes se ganan con buenas dosis de bondad y de ternura?

 

 

 

24Sep/16

LUISA, EL AMOR, LA MAGIA Y UN ARCO IRIS

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A Luisa Guerrero Jiménez,
que es mágica,
para que nunca deje de soñar.

Si alguna vez visitáis un pueblecito blanco que descansa sobre una sierra muy alta, conoceréis a una niña que se llama Luisa. Luisa es mágica. Sí, sí, habéis leído bien, mágica quise decir. Luisa tiene sólo cuatro años y ya es mágica. ¿Sabéis la razón?. Luisa es mágica porque es especial y es especial porque es única y es única porque ante todo cree en si misma. Así es que si ella con cuatro años ya sabe todo esto, vosotros que, seguramente, seréis un poco más mayores, deberíais seguir su ejemplo. Deberíais creer en vosotros mismos, para ser únicos, especiales y mágicos a ojos de los demás.
Os contaré algo más de ella. Luisa tiene un hermano mayor, que en diciembre cumplirá siete años, al que adora. Le defiende a capa y espada cuando a éste se le presenta alguna dificultad. No se acobarda Luisa, no. ¿Sabéis por qué? ¿no? Pues es muy fácil. Luisa sabe, aunque sólo tiene cuatro años, que las cosas que uno hace con el corazón siempre son las correctas y eso le da la fuerza para llevarlas a cabo. Deberíais tomar este ejemplo también y utilizarlo durante toda vuestra vida. Pero todo esto, aunque Luisa tiene mucho talento, también se lo enseñaron sus padres, a los que adora, y que han hecho de ella un niña mágica también. Os lo resumiré así: “Sus papás le tocaron con la varita mágica del cariño y ella se hizo fuerte. Por cada abrazo, por cada beso, por cada sonrisa, Luisa iba cargándose de seguridad y esta seguridad la transformó en magia”. Así es que si algún padre está leyendo ahora mismo este cuento, debería seguir este ejemplo de los papás de Luisa. Vuestros niños podrían ser entonces tan mágicos como Luisa. Yo si fuese ustedes lo probaría. ¿Qué cuesta dar abrazos, besos y regalar sonrisas? Piénsenlo.
Pero vamos a lo nuestro. Y lo nuestro es contaros a todos lo que hizo en una ocasión Luisa.
Una mañana, cuando Luisa iba a la escuela, los demás niños se quejaban de que todo estaba muy gris y muy feo. Era invierno y el sol no había salido aún, quedaban algunos pequeños charcos del día anterior y los barrenderos aún no habían limpiado la calle. Pues bien, ella, simplemente sonrió, fijó sus ojos azules en el camino asfaltado y de repente, por donde Luisa iba pisando, flores de todos los colore iban naciendo, iban brotando sin orden llenando ese espacio de la calle de colores y perfumes que alegraban a los demás niños. De este modo, todos llegaron a la escuela contentos y con una sonrisa. Y sólo porque Luisa sonrió.
Esa misma tarde, justo después de hacer los deberes, comenzó a llover a cántaros. Pablo, el hermano de Luisa, miraba triste a través de la ventana. Luisa también estaba triste porque no podrían salir un rato al parque a jugar. Su mamá les pidió que tuviesen paciencia porque, seguramente, la lluvia no tardaría mucho en irse, pero pasaban las horas y la lluvia no cesaba. Luisa, cansada de esperar, miró al cielo, concentró sus preciosos ojos azules en ellos, y de repente de detrás de una nube apareció tímido el sol que se resistía a salir. Pero cuando lo hizo, los niños salieron veloces a la calle, sin perder un minuto.
Nadie se dio cuenta de algo, pero Luisa si. El arco iris no había salido. Y eso a Luisa le entristeció.
-¿No os dais cuenta de que el arco iris no ha salido?, preguntó Luisa a los demás niños.
-Si, pero no podemos hacer nada, sonrió su amiga algo resignada.
Así eran los niños, pensó Luisa, a la primera de cambio se conformaban, o iban corriendo a lloriquear a las faldas de sus madres o a los pantalones de sus padres.
-¡Bah!, os da igual todo. ¡Vaya clase de niños que sois!, protestó Luisa mirándolos desafiantes con sus grandes ojos.
Pablo, que la conocía bien, sabía que algo estaba tramando su hermana. Cuando abría aún más sus ojos, los entornaba de esa manera, ponía sus manos en jarra y se quedaba pensativa, estaba claro que algo pasaba por su cabeza.
Sin decir nada, Luisa sacó una tiza muy gorda del bolsillo y comenzó a dibujar los peldaños de una escalera. Una escalera que pronto atravesó el parque. Y después, y ante el asombro de todos los niños, a excepción de su hermano, que conocía su magia mejor que nadie, la escalera se despegó del suelo y se convirtió en una escalera de verdad, rosa como el color de la tiza que Luisa había utilizado. Los peldaños eran esponjosos como si estuvieran hechos de algodón de azúcar. Y por cada sonrisa que Luisa lanzaba, un peldaño se iba levantando hasta que la escalera llegó al cielo. Luisa subió por ella hasta descansar en una nube, justo en una nube que aún estaba un poco gris y a la que el sol estaba haciendo cosquillas con un rayo. Unas pequeñas gotitas mojaron a Luisa, las suficientes para darse cuenta de que allí mismo tenía que dibujar el arco iris para que sus amigos los vieran. Entonces sacó otra tiza, esta vez azul y dibujó encima de la nube y rozando un poco el sol siete huecos para los siete colores del arco iris. A cada sonrisa de Luisa, aquellos caminos imaginarios iban llegando hasta la siguiente nube y de allí tocaron el pico de la sierra. Pero había un problema, al arco iris le faltaban los colores.
Pablo gritó desde abajo advirtiendo a su hermana de que el arco iris no tenía colores.
-¿Y a qué estáis esperando?, ¿es que lo tengo que hacer yo todo?, les increpó Luisa a sus amigos desde la nube.
Los niños, nuevamente desconcertados, no sabían qué era lo que Luisa deseaba realmente. Pero pronto fueron informados.
-¡Los colores!, ¡eso es lo que quiero!, ¿qué es lo que voy a querer si estoy intentando hacer un arco iris? ¿Es que acaso los niños pueden vivir sin arco iris?
-¡Claro que no!, gritó Pablo.
-¡Claro que no!, gritaron después los demás.
-Pues eso, a lo vuestro. ¡Venga deprisa!, antes de que el sol se vaya. Me queman ya las manos de tenerlo cogido. No creo que aguante mucho más aquí a mi lado.
Pero los niños, tengo que confesaros, no se enteraban de nada. ¿Cómo iban a conseguir los colores?
Y en eso tenían razón. ¿Cómo los iban a conseguir si no creían en la magia? ¿Si no creían en las cosas imposibles? Está muy claro que sólo los niños que creen en las cosas imposibles, en los sueños, en la magia, consiguen todo lo que se proponen.
Así es que a Luisa no le quedó más remedio que bajar otra vez al parque y arreglarselas ella sola.
Y una vez abajo se dijo así misma:
-Haré un montón de zumo de naranja para la estela naranja, y mamá no se enfadará porque es para algo bonito.
-Cogeré un trozito de río para el color azul, y los peces no se enfadarán porque a ellos también les gusta mirar para arriba de vez en cuando.
-A la sierra le arrancaré toda la hierba verde que encuentre, y no se enfadará porque también se la comen a veces las cabras.
-Todos los plátanos de la merienda de Pablo para la parte amarilla, y Pablo no se enfadará conmigo porque es el mejor hermano del mundo.
-Pétalos de rosa para el camino rosa, y las flores no me pincharán con sus espinas porque son tan presumidas que quieren estar en todas partes, también en el cielo.
-Cartulina de la escuela para conseguir el color lila, y la profesora no me castigará porque es para la manualidad más hermosa del mundo.
Y allá subió Luisa decidida por la escalera de tiza hasta el cielo otra vez. Por suerte el sol no se había escapado aún y ella ya tenía todo lo que necesitaba.
Poquito a poco fue rellenando aquellos caminos de tiza que ella misma había trazado con todo lo que había conseguido.
Los niños, desde abajo, sonreían, hasta que una amiga de Luisa dijo lo siguiente:
-¡Falta el color rojo!
Luisa se ofendió mucho, muchísimo. Ni de eso se habían dado cuenta. ¡Qué desastre!, pensó.
-El color rojo es el del cariño, el del amor. ¡Ese lo ponéis vosotros desde abajo!, ¿acaso lo tengo que hacer yo todo?, les increpó Luisa.
-¿Pero cómo lo hacemos Luisa?, preguntaron sus amigos.
-Abrazad a vuestros padres, que vuestros padres os abracen a vosotros, dadles besos a los viejitos que están sentados en los bancos, sonrisas a los que están enfadados…, ¡qué se yo!, todo eso. ¿Es qué no sabéis lo que es el amor?
Y yo, que estoy contando este cuento y que vi cómo Luisa hacía toda esta fantasía, le diré cuando me la encuentre la próxima vez, que no, que no todo el mundo sabe lo que significa el amor. Que no todo el mundo podría rellenar los colores del arco iris, que por eso llueve muchas veces en el corazón de muchas personas y pocas veces sale el sol. Pero que de eso ella, afortunadamente, no sabe nada, de nada, de nada. Porque recordad que Luisa es mágica por muchas cosas pero sobre todo por el amor que lleva dentro de ella que la hace ser tan mágica, tan mágica, tan mágica, como para conseguir, si fuese necesario, que el arco iris atravesara cualquier sierra del mundo.
Y el arco iris apareció en el pueblecito blanco, descansando en la sierra. Y los niños, emocionados e incluso algo asustados, lo miraban asombrados. Nunca habían visto ningún arco iris igual.
Luisa agarró con una mano a su madre y con la otra a su hermano y les dijo:
-Ya nos podemos ir a casa. Papá, seguramente, ya habrá llegado y así podremos mirar los cuatro el arco iris por la ventana.
Y así lo hicieron. Los cuatro, abrazados, miraron el arco iris desde la ventana hasta que el sol se puso en la sierra.

04Feb/16

VOLVERÁ LA PRIMAVERA. CUENTO INFANTIL

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Érase una vez la primavera, con nidos en los árboles y huevos esperando abrazar la vida. Érase una vez la primavera, con su batalla de colores, porque en los jardines ya había tulipanes, jacintos, nomeolvides, margaritas… Y érase una vez la primavera con un río donde nadaban los patos con sus pequeñas crías amarillas, como pequeños algodones de azúcar, siempre siguiendo a sus madres. Y en el río había ranitas que saltaban y mariquitas rojas con puntos negros de esas que les gusta a los niños que les hagan cosquillas en las manos. Y a toda esta hermosa primavera, Ana, no la quería.

Ansiaba con todas sus fuerzas que llegase el verano, para recoger fresas, frambuesas y cerezas, para cenar tomates maduros y merendar melocotones. Para bañarse en la playa azul, de arena blanca y ver cangrejos y conchas perfectas. Para comer helados, rodajas de sandía y bañarse en el río. Para ver las mariposas y esperar aparecer a la más hermosa. Ansiaba regar el jardín, observar a las abejas y aborrecer sus pelillos amarillos y negros, jugar con los caracoles y que estos le fueran dejando un hilo de pena al pasar por entre sus dedos. Contar las estrellas por la noche en el campo de trigo y quedar hipnotizada con la luz de las luciérnagas.

Pero cuando llegó el verano e hizo todo esto que os acabo de explicar, quiso enseguida que llegase el otoño, que desapareciese el sol o que al menos brillase con menos fuerza,  que se recogiera el trigo del campo, abrir las mazorcas de maíz y asarlas con el abuelo. Cocinar compotas de manzanas, de ciruelas, de peras y quitarles a las castañas su abrigo verde. Quizás, volar la cometa si el viento les visitaba. Ayudar a la abuela a recoger las patatas del huerto y buscar con papá setas en el bosque esperando a que apareciese una familia de gnomos.

El otoño fue largo y Ana se aburrió porque lo que más deseaba era la llegada del invierno. Y el invierno llegó, como todos los años, cargado de nieve. Sintió el calor de su gorro de lana, de sus guantes y su bufanda, de su abrigo de paño. Observó que los pájaros habían llegado a las casitas de madera que mamá había puesto en el jardín para ellos. Hizo muñecos de nieve, se tiró con su trineo por la colina. Comió naranjas y avellanas y tuvo que cenar col, pero no le importaba, porque había deseado tanto que llegase el invierno…Como el lago se había helado, patinó con su hermano pequeño sobre el, y prepararon las velas de adviento con ramas de pino y cintas rojas brillantes. Partieron nueces y comieron higos secos y fueron a los Alpes a esquiar. San Nicolás llegó con mandarinas y chocolate, el niño Cristo llegó con cajas de regalos y en Nochebuena, frente al árbol de agujas verdes, cenaron salchichas. Después volvieron a la escuela y pronto llegó el Carnaval. Hicieron máscaras de colores, como las que en Venecia se ponen las mujeres elegantes, y a su hermano le disfrazaron de arlequín.

Pero, de pronto, dejó de nevar. Nunca más nevó y al salir al campo, que ya verdeaba, Ana vio la primera campanilla de nieve, la primera flor que anuncia que la primavera está a punto de llegar. Lejos de estar triste sonrió. Pensó que el invierno había sido demasiado duro y gris, y se sonrió al pensar que pronto vendría el conejo de pascua cargado de huevos de colores. Su hermano y ella los buscarían por el jardín. Si. La primavera pronto llegaría. Y se acordó entonces de que el año pasado no la quiso porque sólo pensaba en el verano. Pero este año era feliz de esperarla. Y entre la hierba vio más florecitas de primavera que se hacían paso, aún, a duras penas. Y pensó en todos los colores de las flores, en sus perfumes, en los escarabajos que hacen cosquillas y en los patitos tan dulces como el algodón de azúcar. Y pensando en todo esto fue feliz.

Y como había soñado, y porque la vida siempre nos vuelve a sorprender, un año tras otro, con las mismas cosas bellas, la primavera volvió.

18Dic/14

EL BOSQUE DE LOS CUENTOS. UN CUENTO DE NAVIDAD

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1. EL VIEJO QUE BUSCABA LA MAGIA

La pobreza se había instalado desde hacía un par de años en El Pinar un pueblecito que, como su nombre indica, estaba rodeado de un bosque hermoso y espeso de pinos.La pobreza era, desgraciadamente, una situación normal en los tiempos que corrían y los habitantes de este pequeño municipio sabían lo que era pasar hambre. Ya nadie quería su madera. Las serrerías estaban cerradas. Los muebles no se vendían en las grandes ciudades. ¿Entonces?, ¿quién iba a comprar la madera que ellos tenían? Estaba claro que nadie.
Los vecinos se ayudaban unos a los otros como podían. Se cambiaban huevos por leche, mantequilla por chacinas, leña por lana,… y así, a duras penas, iban saliendo adelante.
Tres días antes de la Nochebuena ya de sobra sabían los niños que no recibirían regalos y no esperaban nada ni a nadie. Papá Noel hacía cinco años que no les visitaba e incluso fantaseaban pensando en lo afortunados que serían si en esta noche, a la que se llamaba mágica, tendrían algo especial que llevarse a la boca.
En la pequeña plaza del pueblo, los niños, como cada tarde, correteaban alrededor de la fuente jugando al escondite y a pillarse los unos a los otros. Hacia frío, mucho frío, porque un viento helado, desde hacía unos días, estaba soplando sin parar y sin piedad como queriendo ponerlo todo más triste.
Una de esas tardes, los niños se quedaron casi mudos cuando vieron aparecer en la plaza a un señor viejo, muy viejo, con una barba blanca abundante pero limpia y bien recortada, vestido con ropas verdes de lana y botas de cuero. Su cara era amable y enseguida les sonrió.
Los más pequeños, dejados llevar por su fantasía, creyeron que era el mismísimo Papá Noel, pero los más mayores se encargaron de decirles la verdad inmediatamente, eso de que este año tampoco vendría en su trineo a traerles regalos ni oirían su campanilla tintinear.
-¿Alguno de vosotros sabe donde se podría hospedar un viejo como yo?, preguntó a los niños según se iba acercando a ellos.
Juan, el más mayor, le explicó que su pueblo era tan pequeño que no tenía ni siquiera una fonda para los visitantes. Pero le invitó a llevarle hasta su casa. Allí siempre era bien recibido todo el mundo.
Los niños siguieron a Juan y al viejo, contentos porque, al fin, sucedía algo diferente en el pueblo.
Al entrar en la casa, la madre de Juan se quedó sorprendida y algo asustada de la visita que le llevaba su hijo. El anciano se percató del miedo de la señora y pronto la tranquilizó.
-No se preocupe señora, sólo soy un viejo trotamundos, explicó para calmarla. Escuché decir una vez a un viejo tan viejo como yo que el pinar que rodea este pueblo es mágico y quise venir para comprobarlo por mi mismo.
A la vez que le invitó a pasar, la madre de Juan hizo un mohín con la cara como dejándole claro a aquel señor que todo lo que le habían contado era una gran mentira.
-¿Cree usted buen hombre que si este bosque fuera mágico como le han contado estaríamos pasando hambre?
-No sabía de su situación, apuntó el viejo entristecido.
-Es la situación de todo el pueblo desde hace muchos años. Nadie quiere nuestra madera. Nadie la compra y sobrevivimos como podemos. ¿Cree que si la magia existiese de verdad los niños del pueblo no tendrían juguetes el día de Navidad?
La mujer le acercó una taza de leche caliente y un trozo de pan con mantequilla.
-Tiene usted razón señora.
Los niños escuchaban atentamente a la madre de Juan y al viejo muy viejo pero incluso algo ajenos a lo que hablaban. Los niños, aún en los peores momentos, siempre tienen un lugar donde refugiarse, su fantasía.
El viejo los miró. Aquellos eran los niños de los que hablaba la mujer, los niños del pueblo que, a pesar de todo, no perdían la sonrisa. Porque el viejo lo sabía, sabía muchas cosas, y de entre todas esas cosas que había aprendido a lo largo de su vida y en sus múltiples viajes, sabía que los niños nunca se rinden porque la fantasía les hace seguir adelante.
La madre de Juan le invitó a ir al bosque.
-¡Vaya! ¡vaya!, por favor. Y si encuentra la magia venga rápidamente por lo que más quiera y regálenos un trocito a los que vivimos en el pueblo, que falta nos hace.
-Iré, dijo el viejo, mientras apuraba el tazón de leche.
-Perfecto. Y si quiere posada para esta noche puede usted quedarse aquí. Si tiene algo con lo que ayudarme se lo agradeceré, en caso contrario de pobres no vamos a salir así es que se puede quedar de todas maneras.
El viejo le agradeció profundamente su hospitalidad y partió para el bosque con los niños siguiéndole como en aquel cuento seguían las ratas al flautista de Hamelin.
Mientras tanto, la madre de Juan fue avisando por todas las casas de la presencia en el pueblo de “aquel viejo chalado pero sin maldad”, como ella lo definió.
-¿Que va buscando magia?, dijo Celia, una de las vecinas. ¡Otro loco! ¡Lo que nos faltaba!
-¡Imagina que encuentra algo!, exclamó un vecino.
-¡Qué inocente eres!, le respondió Rosario.
-Por soñar…., soñar no cuesta dinero, apuntó Roberto.
Los vecinos ya habían hecho un corrillo en el portal de uno de ellos y cada uno tenía una opinión, como suele suceder en estos casos.
-¿Pero…, qué es lo que quiere?, preguntó María a la madre de Juan. ¿Cómo has dejado a los niños ir sólos al bosque con él?
-Mujer, tranquila, que no es un ogro. Además, los niños son más de veinte y conocen el bosque mejor que él. No les va a hacer nada.
-Eso ya se sabe, aseguró Arturo, pero también se sabe que la magia no la va a traer.
-Pues claro que no, aseveró Miguel, incluso de mal humor. Que magia, ni magia,…
-¡Lo que hay que escuchar por tener orejas!, dijo Elena.

Pero dejemos ahora a los mayores con sus charlas y sus discusiones y vayamos con los niños y el viejo al bosque, pues se va haciendo tarde.
¿Encontrarán la magia antes de llegar a casa?
Eso es algo que aún no podemos saber

2.CUANDO SE ABRAZA A UN ÁRBOL NACE LA MAGIA

-¿Por qué abrazas a los árboles?, preguntó Juan.
-¿No os habéis dado cuenta de que están muy solos?, preguntó el viejo a los niños.
-¿Solos?, dijo Celia, una niña de diez años, con ironía. Si están apelotonados aquí, todos juntos.
-Si, tienes razón le respondió el viejo, pero…. ¿no te has dado cuenta de que no se pueden tocar los unos a los otros? Quizás tengan muchas ganas de abrazarse pero no pueden. No pueden moverse. ¡Imagina que contentos se pondrían si les diéramos un abrazo!
Los niños rieron, pero inmediatamente le siguieron al viejo, en lo que ellos tenían por un juego, y fueron abrazando a los árboles sin pausa, con una algarabía y una pasión como nunca antes había visto el viejo.
De pronto un niño se paró y le preguntó al anciano:
-¿Cómo sabemos que les está gustando?
-¿Tú lo pasas bien? ¿Te sientes mejor después de haberlos abrazado?
-Si, contesto rotundamente el chiquillo.
-Pues ellos también. Te lo aseguro. Tu tienes la respuesta en tus brazos.
No sabemos si el niño entendió algo de lo que le dijo el trotamundos pero sin duda se sentía mejor y siguió abrazando a los árboles y después a sus amigos, y hasta al viejo cuando se cruzó por su camino.
Los niños y las niñas estaban locos de contentos. Abrazaban, cantaban y bailaban sin parar por el bosque, como si nunca antes lo hubieran hecho.
Por el sendero que llevaba de vuelta al pueblo, el viejo les preguntó si no habían ido nunca al bosque a jugar, pues le había sorprendido mucho lo felices que los niños habían sido aquella tarde en un lugar, que él creía suficientemente conocido para ellos. Juan le respondió que no.
-No venimos nunca a jugar aquí, ¿para qué?
-Pues lo habéis pasado bien, ¿no os dais cuenta? No os olvidéis de esto que ahora mismo os voy a decir:
-Todos los bosques son mágicos si uno quiere que lo sean. Y todos los niños del mundo que yo he conocido quieren encontrar un bosque mágico, incluso hay muchos que pasan toda su vida buscando uno.
-Si, pero… pero el bosque… es eso el bosque. Es el lugar donde trabajaban nuestros padres antes, dijo Carolina algo triste. Ahora no sirve para nada.
El viejo la miró fijamente a la cara y algo dolorido con ella le contestó:
-¿De verdad crees que no sirve para nada? Te ha hecho feliz esta tarde mientras corrías y saltabas entre sus árboles. Eso es algo mágico.
Los niños le miraron algo contrariados y también bastante decepcionados. No les parecía a ellos aquello algo mágico. Se lo habían pasado bien, pero nada más.
Cada uno volvió a su casa y Juan con el viejo a la suya. Allí la madre los estaba esperando y lo primero que preguntó con cierta sorna fue si había encontrado la magia.
El viejo calló unos segundos y asintió con la cabeza.
La mujer soltó una carcajada.
-¿La tiene usted en el bolsillo de su pantalón?, le preguntó con desdén.
-No, en realidad, le tengo que decir que siempre la llevo conmigo.
– ¡Caramba!, pues ya sabe, deje un trozo antes de irse.
– Gustosamente les dejaría un trozo antes de irme, pero ese trozo se acabaría. Tengo que ser capaz en estos tres días, antes de que llegue la Navidad, de que ustedes encuentren la magia y así nunca se les agote.
-¡Pues eso no está mal!, exclamó la mujer mientras pensaba para sus adentros que el viejo estaba más chiflado de lo que ella había pronosticado en un principio. Pero aún así le dio cobijo y le aseguró que se podía quedar el tiempo que quisiera a cambio de esa magia que prometía.
Y el viejo, antes de irse a dormir aquella noche, le prometió a la madre de Juan que así sería.
Y la madre de Juan se acordó de aquello de no dar los peces sino la caña para pescar y las enseñanzas para llevarlo a cabo pero…. era solo un viejo chiflado, sólo eso, un viejo chiflado.

3. CUANDO SE CUENTA UN CUENTO NACE LA MAGIA

Los niños volvieron con el viejo al bosque porque no tenían otra cosa mejor que hacer, pero ya no creían las cosas que decía. En dos días no había conseguido encontrar la magia en el bosque aunque el aseguraba que ellos eran los que no la habían encontrado aún.
-Este bosque es mágico y hasta que vosotros no os deis cuenta no podréis hacerlo saber a los demás. Nadie os creerá sino lo creéis vosotros mismos.
-¡Nosotros aún no hemos visto nada mágico!, exclamó enojada Patricia. ¡Díganos donde ve usted la magia!
-¡Yo también me estoy cansando de esperar!, espetó otro chiquillo. Aquí no hay magia, ni vendrá Papá Noel ni nada. Y se echó a llorar.
Entonces el viejo para calmarles empezó a contarles historias de sus viajes y eso les gustó bastante a los niños.
Les habló de piratas sin dientes que robaban oro a los reyes, de princesas encerradas en cuevas de fantasmas que eran rescatadas por ranas que se convertían en príncipes, de ogros buenos a los que nadie quería pero que se querían mucho entre ellos, de arañas que tejían los días y las noches con agujas de plata, de astronautas que iban al espacio a robar estrellas y de una luna que las rescataba a todas, de brujas que utilizaban pócimas para castigar a los malos y de malos que se volvían buenos, de islas con tesoros, y de tesoros sin plata, oro ni diamantes, de castillos embrujados con pasadizos secretos y de alfombras que volaban por el cielo.
Todo eso les contó hasta que cayó la noche. Los niños estaban fascinados con las historias del trotamundos y no querían irse del bosque. El bosque se había convertido en un lugar un poco mágico y especial donde poder escuchar esas historias tan interesantes, pero como ya había oscurecido y el viejo pensó que los padres podían estar preocupados les prometió que por la noche, alrededor del fuego y de la cena de Nochebuena les seguiría contando historias mágicas.
Y así sucedió. Aquella noche los vecinos se reunieron juntos para comer y beber y compartir la cena de Nochebuena. Consistía en lo de siempre pero intentaron hacer de la normalidad algo especial. Los niños esperaban con mucha ansia los cuentos del anciano y este comenzó a contarlos. Al de un rato, los mayores fascinados también por las historias mágicas se acercaron a los niños para poder escuchar al viejo.
Porque os diré algo, por si aún no lo sabéis, la magia es contagiosa. Os lo aseguro.
Entonces el viejo les contó un cuento de un bosque de pinos donde de las ramas colgaban cuentos. En ese bosque había hadas y duendes que escribían esos cuentos y princesas y príncipes que los leían, y brujas que intentaban poner finales tristes, y niños buenos que los corregían para que tuvieran finales felices. Un cuento de un bosque en un pueblo pequeño donde la gente no sabía que ese bosque era mágico, pero donde una vez vino un viejo a ver que sucedía y encontró esa magia. Entonces el viejo lo fue contando por todo el mundo donde le llevaban sus zapatos. La historia del bosque mágico corrió tan rápido como la pólvora. En los cinco continentes del mundo se sabía que en un pueblecito pequeño y remoto había un bosque lleno de pinos mágicos y que de las ramas de esos pinos colgaban cuentos y que hasta las ardillas abrazaban todos los días los troncos de esos árboles para darles las gracias de darles piñones y cuentos. Y todo el mundo que visitaba aquel bosque acababa abrazando a los árboles y siendo felices.
Los mayores tragaban saliva y a los niños les pareció un relato precioso.
-¡Qué felices seríamos si ese bosque fuese nuestro bosque!, dijo de pronto una de las niñas.
-Si, eso sería genial, apuntó Juan.
Su madre asintió con la cabeza, y los mayores rieron, y algunos dijo que se acabó ya de cuentos y que se acercaran a la mesa para seguir comiendo.
Pero Juan se quedó pensando en todo lo que había dicho el viejo, y fue a su casa corriendo. Cogió todo el papel que tenía, sus lapiceros y sus pinturas y les dijo a los niños que empezaran a escribir cuentos. Los niños jugaron durante toda la noche a escribir cuentos a imaginar historias, a soñar, a hacer la magia realidad. Al final, agotados de su propia imaginación, de sus dibujos y de sus ilusiones fueron donde el viejo y le dijeron lo siguiente:
-Cuando te vayas querido anciano di por el mundo que aquí hay un bosque mágico, donde de las ramas de los pinos cuelgan cuentos que escriben duendes y hadas. Que en el viven príncipes y princesas que adoran leerlos, que hay alguna que otra bruja que intenta poner finales tristes, pero que los niños que vivimos aquí los corregimos todos porque no queremos nunca finales tristes. Y que hasta las ardillas abrazan a los árboles para darles las gracias por darles piñones y cuentos. Por favor, di todo esto, así el mundo entero vendrá a visitarlo, porque los niños, como tu dijiste, se pasan la vida buscando bosques mágicos.
La gente vendrá, leerán los cuentos, disfrutarán del bosque, comprará nuestra leche, nuestra mantequilla, nuestro pan y nuestra lana y nunca más seremos pobres. Y creerán en la magia para siempre. ¿Lo harás?, preguntó Juan. ¿Contarás todo esto al mundo cuando te vayas?
El viejo le abrazó muy fuerte. El resto de los niños y los mayores estaban en silencio. Emocionados.
-Por supuesto que lo haré querido, respondió el viejo con una gran sonrisa, pero ahora que la magia está aquí ya con todos vosotros me tengo que ir. Hay más gente que necesita encontrar la magia en su vida. Vosotros ya la tenéis pero ahora escuchad todos atentamente mi último consejo, por favor, nunca la perdáis.

Estas fueron sus últimas palabras. Y desapareció. Si así. Tal y como os lo cuento. Como por arte de magia. Mientras sonreía se desvaneció en el aire de aquella habitación donde se celebraba la Nochebuena. Eso sí, lo único que se oyó fueron unas campanitas repiquetear de forma graciosa y cuando abrieron la puerta los vecinos vieron que todo estaba cubierto de nieve y sobre la nieve había unas huellas de trineo y por el cielo vieron, ya a lo lejos, a unos renos y a un hombre vestido de verde que decía adiós con su mano mientras sonreía.

15Ene/14

PASADO, PRESENTE, FUTURO

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Érase una vez un Presente loco por ser un Futuro. Se tumbaba a soñar en el sofá con los tiempos que estaban por llegar sin saber que cada segundo que pasaba pensando en ser un Futuro, un Futuro alegre, diferente, especial, ya era solamente un Pasado. Pero del Pasado, ese que conocía pero al que no hacía caso, no quería ni oír hablar. ¡Pobre Presente que ya era Pasado!
El Pasado tocó a su casa en una ocasión e intentó explicarle que no existía un Futuro. El Presente se indignó y lo echó de casa.
“¿Por qué se empeñaba el Presente en ser Futuro?”, pensó el Pasado mientras marchaba a resguardarse en sus recuerdos.
Después de darle muchas vueltas al asunto llegó a estas tres conclusiones:
-El Presente sólo pensaba en ser Futuro porque no estaba satisfecho.
-El Presente sólo pensaba en ser Futuro porque le entristecía el Pasado.
-El Presente sólo pensaba en ser Futuro porque el Futuro es solo un deseo. Y ya se sabe que los deseos los imaginamos siempre de la mejor de las maneras.
El Pasado fue a visitar de nuevo al Presente y éste le dijo que se fuese inmediatamente, que su presencia le hacía daño.
-Sólo quiero hacerte una pregunta, le dijo el Pasado.
-Adelante.
-¿Eres feliz?
-¡Claro que no!, respondió el Presente algo indignado. ¿No ves cómo sufro por no ser un Futuro?
-Está bien, comentó el Pasado. Ya no volveré a molestarte. Pero piensa en algo, eres un Presente, vive y acéptate.
El Pasado se fue para siempre, pero el Presente seguía recordándole. Aquello le torturaba día tras día porque creía que sólo librándose de ese Pasado alcanzaría el Futuro.
Y así sufrió año tras año tumbado en el sofá hasta que murió, intentando librarse de sus recuerdos, sin darse cuenta de que los Presentes, todos, están hechos de un poquito de buen y mal pasado, de un poquito de buen y mal presente y de un futuro que traerá a partes iguales un poquito de maldad y un poquito de bondad. Pero a estas cosas no hay que tenerlas miedo, porque así, y no de otra forma, es la vida
El Pasado siguió tranquilo refugiándose en sus recuerdos y el Futuro burlón, según tengo entendido, no fue ni siquiera a su entierro.

11Ene/14

NAO Y LOS TRES REGALOS MAGICOS

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Nao, un chico de unos diez años, vive en una ciudad a la que ha tenido que emigrar con toda su familia. La vida allí es difícil, añoran el campo y las montañas, pero todo cambiará cuando Nao recibe tres regalos mágicos: un pez, una locomotora y una cometa. Estos tres regalos cambiarán la vida de toda la familia.
Se adentrarán en un mundo mágico, en el archipiélago de los cuatro elementos, donde a Nao le esperan muchas e increíbles aventuras. Deberá luchar contra un anfibio gigante, un dragón,… y por el camino no estará solo. Sus amigos le acompañarán y descubrirán, todos ellos, que la unión, como se suele decir, hace la fuerza, y que la amistad es un gran tesoro al que merece la pena cuidar.
Con este libro, los más jóvenes de la casa podrán adentrarse en el mundo de la fantasía y de las novelas de este género.

Capítulo I. Los tres regalos mágicos
Capítulo II. La Navidad
Capítulo III. Di y el príncipe
Capitulo IV. El príncipe Al
Capítulo V. La isla Agua
Capítulo VI. La isla Fuego
Capítulo VII. La isla Aire

07Ene/14

NAO / CAPÍTULO I. LOS TRES REGALOS MÁGICOS

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<< Resumen y capítulos

Cuando Nao y su familia se trasladaron a la ciudad, él tenía cinco años. Habían pasado dos y el muchacho aún se acordaba, cada día, de su vida en la montaña. Las inundaciones arrasaron las cosechas y muchas familias tuvieron que abandonar sus pueblos y emigrar a la ciudad. No podían trabajar más aquellas tierras. Los padres, desesperados, buscaban un futuro para su hijos.
La vida en la ciudad era tan diferente para Nao…El chico tenía la sensación de que en la ciudad todo estaba, digamos, un poco desordenado. La gente tenía siempre mucha prisa e incluso descubrió nuevos ruidos que hasta entonces le eran desconocidos.
Su padre, que había sido agricultor, ahora en la ciudad, se encargaba de repartir cajas de pescado a las tiendas de comestibles. Su madre trabajaba como costurera. Ambos se levantaban temprano y llegaban muy tarde a casa. Debían sacar a la familia adelante y, además, ahorrar para poder regresar alguna vez al campo.
Nao iba cada día a la escuela, pero su hermana Di, que tenía doce años, debía ocuparse de las tareas del hogar y de cuidar a sus hermanos pequeños, los gemelos Gen y Ji, de tan sólo dos años.
Las cosas en la ciudad no habían ido como ellos esperaban. La familia vivía en un sótano donde, por supuesto, nunca entraba la luz, había humedad en las paredes y por las noches todos pasaban mucho frío. Pero, a pesar de las dificultades, la familia de Nao estaba muy unida. Se ayudaban los unos a los otros y se daban mucho cariño. Esto hacía que el día a día fuese mucho más fácil para todos.

***

Los escaparates de la ciudad estaban llenos de objetos que Nao sabía que nunca podría alcanzar. Sin embargo, el muchacho pegaba su nariz a los cristales y soñaba con tener alguno de aquellos juguetes o una enorme tarta de chocolate adornada con guindas de colores para el día de su cumpleaños.
Uno de los establecimientos preferidos de Nao era la tienda de animales que había cerca de su colegio. Se ponía un poco triste cuando veía a todas aquellos animalillos encerrados en las jaulas esperando un dueño que les diera una vida mejor, pero a la vez le encantaba observar como los cachorros jugueteaban de vez en cuando o con que mimo se atusaban los gatos sus colas. Sabía que nunca podría comprar una mascota, pero Nao, como cualquier otro joven de su edad, soñaba con tener una, una mascota a la que cuidar y dar mucho cariño.
Una mañana, de camino al colegio, y como siempre hacía, el niño pegó su nariz al cristal de la tienda de animales. En el fondo de la tienda, y para su sorpresa, vio un gran acuario con montones de peces de colores nadando en su interior. Al lado de la enorme pecera había un cartel donde se leía: „5 rines por pez“. El no tenía cinco rines, pero lo cierto es que no era mucho dinero. De repente vio el sueño de tener una mascota cada vez más cercano. Cinco rines era lo que costaban tres panes y en su casa tres panes significaban mucho. Si, eso ya lo sabía, pero si esperaba a su cumpleaños o quizás a la Navidad pacientemente, podría tener alguno de aquellos pececillos naranjas que, a él, ya le parecían tan simpáticos.
Esa misma noche esperó a su madre despierto. Quería saber si alguna vez podría tener alguno de esos peces.
_¿Cuánto dices que cuestan?, preguntó su madre con una sonrisa.
-Cinco rines mamá, sólo cinco rines cada uno, dijo el muchacho emocionado.
-Yo creo entonces que quizás en Navidad logres tu deseo, respondió su madre. Aunque ya sabes que en esta casa hay muchos niños con deseos, añadió con cierta tristeza refiriéndose a sus otros tres hijos. Después la mamá de Nao arropó a éste con una gruesa manta y le dio un beso de buenas noches.
Su madre siempre sufría por no poder conceder a sus hijos las cosas que le pedían, pero no podía hacer nada al respecto. Tenía mucha suerte, ya que los pequeños no eran nada egoístas y comprendían la situación por la que atravesaba la familia.
Cada día, Nao entraba en la tienda de animales y miraba con deseo a los pececillos naranjas que chocaban una y otra vez con las paredes del acuario o con alguna de aquellas palmeritas de plástico verde que había dentro como decoración. Cada día soñaba Nao con tener alguno de aquellos diminutos animales.

La Navidad llegó pronto, antes de lo que Nao imaginó. La noche anterior a la celebración, Nao no pudo dormir pensando que quizás, al día siguiente, tendría a los pies de la cama un pez naranja. Y tanto lo había deseado que su sueño se cumplió.

-¡Papá!, ¡Mamá!, mirad, mirad, tengo la mascota más bonita del mundo, gritaba el chico entusiasmado al levantarse.
Sus padres reían y disfrutaban de ver a Nao tan feliz. Pronto todos sus hermanos se colocaron alrededor de la pequeña pecera de cristal donde el pececillo nadaba dando vueltas sin parar.
Di también estaba muy contenta con el pedazo de tela que le habían regalado. Su madre prometió hacerle un vestido con aquella pieza de pana negra cuajada de florecillas de colores, para su próximo cumpleaños.
Gen y Ji eran aún muy pequeños para entender todo aquel revuelo, pero jugaban con dos diminutos caballitos de madera que su padre había tallado para ellos.

Al día siguiente, todos los muchachos del barrio fueron al parque a disfrutar de sus juguetes nuevos, como era costumbre. Nao vio un precioso coche plateado y un avión de madera que volaba como si fuera de verdad, un balón de cuero o incluso a un niño con un perrillo de color canela, pero nada de esto le dio envidia. Él llevaba entre sus manos la pecera con su pececillo naranja. ¡Qué feliz se sentía!.
Pronto se acercaron los chicos y comenzaron a burlarse del pez.
-¿Esto es todo lo que te han regalado?, preguntaba con ironía un niño del barrio. ¡Menudo regalo!, un pez naranja de los que hay miles en el mundo.
-A mí me parece un pez muy bonito, dijo Nao. Tiene algo especial.
-¿Especial?, repitió el niño burlándose. ¡Ya me dirás que tiene de especial! Porque yo lo único que veo es a un pez naranja tonto, de esos que cuestan sólo cinco rines y que nadie querría tener como mascota.
-Yo si lo quiero como mascota, contestó Nao con paciencia.
-Tú quieres a este pez porque sabemos que tus padres son pobres y no te pueden comprar una mascota mejor, añadió otro de los muchachos con crueldad.
A Nao este último comentario le hizo daño pero prefirió no contestar. Era tanta la alegría que sentía con su pez que no quiso pensar en lo que había dicho el niño.
Los muchachos continuaban riéndose de Nao y de su pez. Para ellos aquel era un regalo „insignificante“ como dijo uno de ellos. Nao no sabía muy bien lo que significaba la palabra „insignificante“, pero intuía que era una palabra fea porque el niño la había utilizado con desprecio.
A pesar de las burlas, Nao seguía sintiéndose muy orgulloso de su pez. Lo único que pensaba era en ponerle un nombre, y entre otros muchos decidió que el mejor sería Teo.
Nao iba con su pececillo a todas partes, como si de un perrillo o un gato se tratase. Teo era su mascota y el chico estaba dispuesto a darle todo su cariño. Era muy importante que Teo nunca se sintiera solo ya que no tenía compañeros en aquella diminuta pecera.

Aunque los chicos del barrio continuaron durante muchos días y meses riéndose de la mascota de Nao, y casi nunca jugaban con él, una tarde le preguntaron si quería jugar al fútbol con ellos, ya que el chico que era siempre el portero estaba enfermo y no podía bajar al parque. Nao no se lo pensó dos veces. Era la primera vez que le permitían jugar con ellos. Si, ya sabía que era porque el portero estaba enfermo, pero…al menos podía jugar, eso ya era mucho para Nao.
El chico dejó su mochila apoyada en un árbol y a Teo al lado. Pero, cuando habían pasado unos veinte minutos, sucedió algo horrible para Nao. Uno de los chicos pegó una patada demasiado fuerte al balón y éste fue a parar al lado del árbol donde Nao había dejado a Teo. La pelota rompió la pecera y Teo quedó entre la hierba sin agua y con la boca abierta. El pobre pececillo no podía respirar bien.
Todos reían viendo la desesperación de Nao. El muchacho fue corriendo a la fuente con su mascota entre las manos para intentar salvarlo. Lo dejo en el pequeño chorrillo que tiraba la fuente y fue a casa corriendo a por una jarra llena de agua.
Finalmente, Nao pudo salvar a su mascota. Sin despedirse de los otros niños, que aún se reían mientras daban patadas al balón, recogió su mochila y se fue a casa. Estaba claro que el chico quería mucho a su mascota. Teo, a su manera, se daba cuenta de esto. Sabía que tenía mucha suerte de tener a un niño tan bondadoso y cariñoso como dueño.

Pasaban los días y Teo se iba haciendo cada vez más grande. Nao se daba cuenta de que Teo no era feliz en aquel recipiente de cristal, tan pequeño y tan aburrido. El niño sabía que los peces son felices en los ríos, en los mares, con otros peces, jugando con las olas o dejándose llevar por la corriente. El muchacho se sentía un poco egoísta por tener a Teo encerrado allí, pero para Nao, Teo significaba mucho. Con Teo nunca se sentía solo.
Una noche, Nao creía estar soñando, pero no era así. El chiquillo pensaba que estaba teniendo alucinaciones, pero se equivocaba. Teo sacó su cabecita del agua y le habló de esta manera a Nao:

-Querido Nao. Cuando todos se reían de mí tú has estado siempre a mi lado. Soy un simple pez naranja que no llama la atención, y sin embargo, para ti soy especial. Quiero que prestes atención a lo que voy a decir, dijo el pez con un nudo en la garganta. Si tú, mañana por la mañana, de camino al colegio, me dejas en el río del parque, y así me devuelves mi libertad, la próxima Navidad volveré y te recompensaré por tu generosidad. Te lo prometo, explicó el pez con dificultad, ya que para él también había sido muy difícil tomar esta decisión. Alejarse de Nao era algo muy triste, muy muy triste para Teo.

Nao no podía creer que su pececillo hablase como una persona. Era un pececillo mágico, sin duda. Hasta ahora, Nao no lo sabía, aunque siempre había estado seguro de que su mascota era especial. Esto unido a todo el cariño que sentía por Teo hizo que pensara por un momento en lo doloroso que sería para él tener que deshacerse de su pez. Por eso no podía responderle de una forma clara.
-Pero…, yo te quiero para mí, dijo titubeando Nao justificando así su tristeza. Yo siempre he querido tener una mascota.
-Lo sé Nao, respondió Teo. Pero te prometo que si tú me das esa libertad que tanto necesito, volveré a buscarte y te recompensaré por todo lo que me has dado, repitió el pez naranja.

A pesar de la tristeza que le produjo, a la mañana siguiente, el muchacho abandonó a Teo en el río del parque.
-No olvides lo que te digo, añadió el pez. Vuelve la próxima Navidad al río y yo te devolveré el favor, recalcó una vez más Teo antes de despedirse de su gran amigo.
Nao asintió con la cabeza y se fue corriendo para ocultar sus lágrimas.
El chico lloró muchos días pensando en Teo. Sus padres intentaban consolarlo. Conocían la infinita bondad de su hijo y no les sorprendía lo que había hecho con aquel pececillo.
No creían que el pez hubiera hablado a su hijo, por supuesto, y tampoco que cumpliría aquella promesa, simplemente pensaban que todo aquello era producto de la imaginación del pequeño, pero le consolaron diciéndole que la próxima Navidad volvería a ver a Teo, y que sólo por esto debía vivir cada día con ilusión.

Como la madre de Nao veía cada vez más triste a su hijo, pensó que tenía que hacer algo por él. Una noche mientras todos dormían cogió sus agujas y con cartón y retales de lentejuelas, que había recogido del taller donde trabajaba, hizo para Nao una preciosa cometa. Le pintó una cara sonriente con unos grandes ojos. Ella pensaba que quizás aquel pequeño juguete le devolvería la ilusión y así podría olvidarse un poco de Teo.
A la mañana siguiente la cometa esperaba a Nao al lado de su tazón de leche. Nao no podía creer lo que veía. Abrazó a su madre con cariño dándole las gracias.
Tenía un nuevo juguete y además era precioso. El muchacho ya esperaba con ilusión poder volar la cometa por el parque.

Nao tuvo que esperar algunos días pero al fin llego el tiempo deseado. En cuanto vio que una ligera brisa se colaba por las ventanas de la escuela pensó que aquella tarde sería perfecta para salir al parque y jugar con su nueva cometa. Y así lo hizo.
Como siempre, los chicos del barrio estaban jugando al fútbol y vieron a Nao con su cometa. En seguida se acercaron a él con ánimo de molestarle, y burlarse de su nuevo juguete.
-¿De verdad crees que esta cometa puede volar?, le preguntaron con sarcasmo.
-¡Claro!, ¿por qué no iba a poder?, contestó Nao algo indignado.
-Está claro que tú nunca has visto una cometa de verdad, contestó otro de los chicos. Cuando vayamos a casa a por las nuestras y las veas quedarás impresionado.
Los chicos abandonaron el balón y fueron a por sus cometas. En pocos minutos estaban luciendo aquellas preciosas figuras con forma de dragón, de aviones, de mariposas…. que planeaban en el aire como si de águilas de verdad se tratara.
Tenían razón, sus cometas volaban mucho más alto y se mantenían mucho más tiempo en el aire, pero él estaba muy contento con la suya.
Así pasaron la tarde los chicos. Nao estaba contento porque, una vez más, había podido jugar con ellos. Ahora los niños del barrio querían jugar también con sus cometas, quizás sólo por presumir ante Nao de sus juguetes, pero eso al chico le daba igual. Estaba contento porque de nuevo jugaban con él.

Todas las tardes quedaban a la misma hora en el parque. Pero aquel día el viento era demasiado fuerte para la cometa de Nao. Se enredó entre las ramas de un árbol mientras las demás volaban con elegancia, casi tocando las nubes. A Nao le costó mucho subir al árbol para desenredarla. De repente, le dio rabia ser el niño del barrio que siempre tenía los juguetes más viejos, las cosas más „insignificantes“ como decían los otros chicos. Le dio rabia ser pobre, le dio rabia no tener juguetes bonitos y nuevos. Perdió su paciencia al ver como los chicos no paraban de burlarse de él cuando le vieron subido al árbol intentando desenredar el hilo de la cometa, y no pudo más. Agarró su juguete con furia y lo tiró a una papelera.
Cuando se le pasó la tristeza, se sintió mal por haber tirado su cometa y fue corriendo a buscarla. Allí estaba un poco manchada y un poco rota. La abrazo y le quitó las manchas. Pero lo más sorprendente es que de los ojos de la cometa brotaban lágrimas como las de una persona. Otra vez creyó Nao estar soñando, pero no, no era así. La cometa aún con los ojos empañados en lágrimas le habló y le dijo:

-Soy una cometa que no puede volar más alto. Soy pequeña y de cartón pesado. Pero si me dejas en libertad para siempre, si cortas el hilo que me sujeta a ti, yo iré al país de las cometas donde aprenderé a volar más alto, donde harán de mí una cometa elegante y fuerte y, por supuesto, volveré para ayudarte.
Nao no podía creer lo que le estaba sucediendo ¿Qué podía hacer? ¿Abandonar la cometa? Eso significaba quedarse solo de nuevo.
-No puedo hacer esto por ti, respondió Nao. Para mí, tu eres la más bonita de todas las cometas aunque no vueles tan alto como las otras. Si te dejo en libertad no tendré nada con lo que jugar.
La cometa entendía la situación pero conocía la bondad del chiquillo y le pidió una vez más su ansiada libertad.
-No olvides lo que te voy a decir querido Nao, le explicó. Entre tus manos yo he sentido mucho cariño, y cuando mis compañeras han logrado, incluso, rozar las nubes, yo no las he envidiado porque sabía que las manos que sujetaban sus cuerdas no eran de niños tan buenos como tú. Pero si tú me das la libertad que necesito, te prometo que algún día te recompensaré por ello. A ti y a toda tu familia.

Nao volvió a casa cabizbajo con su cometa entre las manos. Reparó los trozos rotos y espero al viento de la noche para dejarla volar.
Mientras la cometa alcanzaba altura sonreía a Nao con cariño. De repente el niño no pudo verla más, se había perdido entre la oscuridad y las estrellas.

Los padres de Nao comenzaron a preocuparse por el niño. De nuevo su hijo les contó, que al igual que le había ocurrido con Teo, la cometa le había pedido que la dejara en libertad. Ellos no podían creer semejante locura. Tenían tan claro que las cometas no pueden hablar… Pero no podían hacer nada por Nao, sólo esperar a que se le pasara su tristeza.

Pasó el tiempo y a pesar de que Nao ya no estaba tan triste, pensaba cada día en su cometa y en su pececillo naranja, y también en las palabras que estos le habían dicho.
No volvió a hablar del tema con sus padres porque sabía que no le creerían por muchas más veces que lo repitiese, pero él siguió soñando con sus dos regalos mágicos.

Al cabo de unos días algo triste sucedió en la familia. Su papá perdió el trabajo como repartidor de pescado. De esta manera se esfumaban, por un tiempo, las ilusiones de poder volver al campo ya que debían gastar sus pequeños ahorros en comida y otras cosas necesarias del día a día. Su mamá no ganaba lo suficiente para mantener a toda la familia.
El despido llegó en el peor momento. En una semana era el cumpleaños de Di. Nadie quería estar triste. Toda la familia quería que Di se sintiera feliz y recordase su cumpleaños con cariño.
Tal y como su madre le había prometido, le confeccionó un vestido precioso con aquella tela que le habían regalado en Navidad. Di, que era una niña de gran belleza, estaba aún más guapa que de costumbre con aquel vestido de pana negro lleno de pequeñas florecillas de colores.
Los problemas económicos no fueron un impedimento para que la muchacha y todos sus hermanos disfrutaran de una deliciosa tarta de chocolate con guindas de colores. Sus padres sabían todo el esfuerzo que cada día hacía Di por la familia. Esta sólo era una pequeña manera de recompensar a la chiquilla.
Cuando los niños acabaron con la tarta y los zumos de frutas, la familia al completo decidió dar una vuelta por el parque.
La gente se daba media vuelta para ver a Di. Realmente Di era una niña muy guapa. Ella no pensaba en estas cosas ya que cada día debía ocuparse de muchas otras. No tenía tiempo ni para mirarse en el espejo. Y en su caso, esto no era una frase hecha, sino una realidad.
Di disfrutaba de su cumpleaños. Disfrutaba con su vestido nuevo. Nao y los gemelos también al ver tan feliz a su hermana.
En el paseo por el parque escuchaban atentamente las historias que su padre les contaba sobre el campo. Todos soñaban aún con regresar a aquellos pueblos de extensiones infinitas, con prados llenos de flores, de ríos de agua limpia, de montañas nevadas. Pero era sólo eso, un sueño.
Además, el sueño se interrumpió en el mejor momento. De repente, escucharon los gritos de un niño. Su padre intentaba calmarle y hablar con él, pero el niño ni siquiera miraba a su padre a la cara. Lloraba sin parar y con desesperación. El niño estaba furioso porque su locomotora de latón yo no echaba humo y había perdido una de sus ruedas. El chico pedía a su padre que le comprara una nueva. Esta para él ya era seguro „insignificante“ pensó Nao con tristeza. Y así era.
Para que el niño se calmara, su padre dejó la locomotora abandonada entre los arbustos, agarró al pequeño de la mano y le consoló diciéndole que comprarían otra locomotora inmediatamente.
A Nao le brillaron los ojos de felicidad. Si aquel niño no quería más aquella locomotora tan bonita y si, incluso, la había abandonado en el parque, esto significaba que él la podía coger y tener un nuevo juguete. Cuando el niño furioso y el padre se alejaron, Nao preguntó a su madre si podía recoger la locomotora y quedarse con ella.

-¡Claro!, ve a por ella, contestó su madre con una sonrisa.
Nao corrió a por ella. La locomotora le pareció preciosa. Tenía un color negro muy brillante y dos pequeñas ventanitas rojas a cada lado.

Cuando llegaron a casa, su padre arregló el juguete. La locomotora volvió a echar humo por su pequeña chimenea, y volvió a rodar con la nueva ruedecilla que para ella había fabricado el padre de Nao. ¡Qué bonita había quedado!, pensó el niño.

Cada tarde, a la salida del colegio, Nao jugaba con su locomotora en el parque. Imaginaba vías de ferrocarril que conducían a él y a su locomotora a lugares remotos y casi fantásticos. Imaginaba que detrás había muchos vagones que transportaban carbón a países en los que él nunca había estado.
El muchacho pasó muchas tardes jugando con su locomotora hasta que uno de esos días el juguete le habló.
A estas alturas Nao ni siquiera se sorprendió, e incluso sabía lo que aquella bonita máquina le iba a pedir. Y así fue, el niño no se equivocó. Esta vez ni siquiera intentó pedirle al juguete que pensará un poco en él. Hizo lo que ella le pidió. La llevó a la estación de trenes de la ciudad y allí la dejó. Mientras la locomotora rodaba con dificultad por un trocito de rail le decía a Nao:
-No olvides lo que te he dicho. Yo te señalaré el camino cuando por mi chimenea salga humo de color azul. Yo te ayudaré cuando lo necesites y así corresponderé a tu bondad.
Nao volvió a casa dándole vueltas a la cabeza. ¿Qué significaba aquello de señalarle el camino con un humo de color azul? De nuevo había tenido un objeto mágico entre sus manos y había tenido que abandonarlo. Era el tercer regalo mágico y ahora estaba triste porque no tenía ninguna de aquellas cosas que le habían hecho tan feliz, ni a Teo, ni a la cometa, ni a la pequeña locomotora. Sólo le quedaba una esperanza, volver a encontrarse con ellos alguna vez.

>> Capítulo II. La Navidad

06Ene/14

NAO / CAPÍTULO II. LA NAVIDAD

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<< Capítulo I. Los tres regalos mágicos

Llegó el mes de diciembre muy rápido y cargado de nieve. En un par de días celebrarían la Navidad. Nao, que no había olvidado a su amigo Teo, recordó una mañana, mientras desayunaba, las palabras que el pececillo le había dicho.
Sus padres también lo recordaban pero no querían ni siquiera hablar del tema, porque aún pensaban que todo aquello eran simples imaginaciones de Nao. Bueno, no lo pensaban, estaban seguros de ello.
Cuando el día de Navidad el muchacho se levantó, ni siquiera pensó en si había algo al pie de la cama, aunque si lo había, un precioso jersey de lana rojo que su madre había tejido para él. Lo único en lo que pensaba era en ir al río, donde un año atrás se había despedido de su pez, de Teo. Se puso el jersey de su madre muy contento y corrió al parque bien abrigado. Estaba impaciente. ¿Sería verdad lo que Teo le había prometido? ¿Volvería a ver a su amigo?.
Estas eran preguntas que el muchacho no podía apartar de su pensamiento. Por el camino al parque, Nao sentía cierto miedo. Mientras caminaba entre la nieve, pensaba en que, quizás, su amigo se habría olvidado de él, o peor aún, que todo había sido un sueño, y hoy era el día en que debía despertar.
El muchacho llegó a la orilla del río. Además de la fina capa de nieve que cubría la ciudad, el día estaba algo nublado. Nao no podía ver el fondo del río. Esperó pacientemente dando pequeños paseos por la orilla para no quedarse frío. Frotaba sus manos, levantaba su bufanda a la altura de la nariz y tapaba sus orejas con el gorro de lana. Al de pocos minutos, oyó un ruido entre las aguas, y al acercarse vio cuatro preciosos pececillos de varios colores que jugueteaban mientras miraban a Nao sonrientes. Al lado de ellos, apareció un hermoso pez de color morado y al lado de éste un enorme pez de color naranja. ¡Era Teo!. La alegría que sentía Nao era infinita. Tal y como le había prometido, Teo había vuelto.

-¡Querido amigo! exclamó Teo. Te dije que volvería y aquí estoy. He formado una familia y soy feliz. Todo esto sólo lo he podido hacer ya que tú, hace un año, me diste la libertad que yo tanto ansiaba y necesitaba.
Nao estaba tan contento de ver a Teo feliz rodeado de sus hijos y su mujer…
-¿Dónde vives ahora Teo?, le preguntó Nao impaciente.
-Ahora vivo en los estanques dorados de los jardines del palacio del rey Xao. En otra realidad. En un mundo mágico.
-¿De verdad? ¡Oh, cuanto me alegro!, dijo Nao de corazón. El palacio del emperador Xao está en el archipiélago de los elementos, ¿no es así?, preguntó el muchacho. He oído hablar de ese lugar mágico. ¿Existe de verdad?
-Así es mi querido amigo, respondió Teo. Existe. El palacio del rey Xao está en el archipiélago de los cuatro elementos. El rey Xao vive en la isla Tierra, rodeado de las montañas más bonitas que jamás se han visto en el mundo. En cada una de las cuatro islas que forman el archipiélago hay un reino. La isla Agua está sumergida en el mar, y todos allí son mitad hombres, mitad peces o anfibios. La isla Aire se encuentra suspendida en la atmósfera. Cualquiera puede visitarla subiendo por algunas de las mil escaleras de seda que la rodean, y la isla Fuego, que también es de una belleza impresionante, recalcó Teo, está rodeada de llamas. Allí además de personas viven cien dragones que se encargan de avivar el fuego que rodea al territorio.
Nao escuchaba a Teo con alegría y cierta envidia. El vivía allí, en aquella ciudad llena de humo y ruido, y lo que aún era peor, en aquel sótano húmedo y frío. Por un momento imaginó cómo sería poder vivir en alguna de aquella cuatro islas fantásticas.
Teo sonreía al niño. También se alegraba mucho de verle y más de la sorpresa que para él tenía reservada.
-Si, ciertamente he tenido mucha suerte Nao. Nadé y nadé durante meses buscando una ruta sin descanso y llegué a ese lugar mágico. Allí vivo rodeado de otras familias de peces. Tenemos deliciosa comida en los estanques dorados y somos felices.
Nao le sonrió intentado imaginar todo aquello. El archipiélago de los elementos, según se contaba, era de una gran belleza y tranquilidad. Los cuatro reyes que gobernaban cada una de las islas vivían en perfecta armonía unos con otros.
Teo miraba a Nao con cariño. Estaba ansioso por darle la noticia que para él había traído.
-Tengo una noticia para ti, le dijo Teo al muchacho.
-¿De verdad? ¿Más sorpresas?, preguntó el niño, porque el simple hecho de volver a ver a su amigo ya le había llenado de felicidad.
-¡Claro! ¿Cómo que más sorpresas? No sólo he venido a visitarte, aclaró el pez. He venido para devolverte lo que tú me diste un día. He venido para llevarte a ti y a toda tu familia hasta el palacio del rey.
Los ojos de Nao se abrieron como platos. Ya ni siquiera sentía frío, sino que un calor casi sofocante recorrió en ese momento todo su cuerpo.
-¿Al palacio del rey Xao? ¿Qué significa esto Teo?
-Ve a por tu familia, coged vuestras cosas y venid al parque. Cuando lleguéis estaremos aquí. Haremos un viaje por el río hasta el mar de las islas. Esta noche de Navidad os presentareis ante el rey.
-Pero…pero…, balbuceó Nao. No podía articular palabra alguna. No podía creer lo que estaba escuchando.
-Pero…¿Qué haremos allí Teo?, preguntó sorprendido y con cierto temor.
-¡Ah! es cierto querido amigo, perdona por no aclararte las cosas. Está todo arreglado, no te preocupes. Esta noche, el rey, como acostumbra a hacer cada año en la noche de Navidad, recibe a las gentes que han sido capaces de acercarse hasta el archipiélago. Las gentes que aún creen en la magia y nunca dudaron de que este lugar mágico existía. Ya se sabe que los mares que rodean a las islas son duros y bravos, de olas de cientos de metros, y que sólo algunos elegidos logran llegar. Todos llevan algún regalo especial a la familia real. La familia que sea capaz de regalarle al rey la cosa más fantástica, más original, más rara, en definitiva, más sorprendente, tendrá la suerte de vivir para siempre en el palacio al servicio de él y de su familia, la reina y el joven príncipe. Estoy seguro de que vosotros seréis la familia elegida.
-¡¿Nosotros?! Nosotros no tenemos nada que llevarle al rey, explicó Nao con tristeza y contrariado.
-¡Claro que tienes algo que ofrecerle al rey!, parece mentira que digas estas cosas, dijo Teo con ironía. Al parecer, el frío afecta mucho a tu inteligencia querido amigo. ¿Acaso te has olvidado de que los peces no hablan?
Nao no entendía nada. La emoción y el frío no le dejaban pensar.
-Yo soy el presente que tú y tu familia otorgareis al rey, le aclaró el pez al muchacho. ¿Entiendes ahora? Un pez que puede hablar. ¿Te das cuenta? Yo vivo desde hace un año en sus estanques. Sé que el rey siente delirio por las cosas extrañas. No podrá resistirse a tener un pez que pueda comunicarse con él cuando lo desee. Tener un pez que hable en su reino le hará especial entre los otros reinos de las islas. El no sabe que tiene un pez en su estanque que habla.
Cuando Nao reaccionó, no podía contener su alegría.
-¡Que generoso eres Teo!. exclamó el niño. No puedo creer que vayas a hacer todo esto por mí. Sacarme a mí y a mi familia de la ciudad. Es el sueño que tenemos todos.
-Me alegro porque se va a hacer realidad al fin, contestó el pez.
Nao prometió volver en media hora con toda su familia.
-¡Teo espérame!. Regresaré con mi familia ahora mismo, lo prometo, explicó el chico nervioso y lleno de alegría a la vez.
-Aquí estaremos encantados de llevaos ante el rey.

Después de mucho insistir y ante la incredulidad de todos, Nao logró que sus padres empaquetaran las pocas pertenencias que tenían, y abandonaran aquel sótano para siempre. La niebla no les dejaba ver muy bien la orilla del río, pero cuando estuvieron más cerca y vieron a Teo y a los otros peces de su familia, no podían creerlo. De la profundidad del río emergió una barquita de oro. La familia se montó y Teo, su esposa y sus hijos se ataron unos hilos de seda a las colas para tirar de aquella barquita que les conduciría hasta el palacio del rey Xao en la isla Tierra.
-Comienza nuestro viaje, dijo Teo. No puede ocurrir nada ya que esta barquita de oro es mágica y aunque el mar esté innavegable, nosotros podremos alcanzar la orilla de la isla. No hay nada de lo que preocuparse, apuntó el pez.
Los padres de Nao, Di y los gemelos se miraban los unos a los otros. Después de un año, comprendían que el niño tenía razón. Aquel pececillo de color naranja, ahora convertido en un gran pez, estaba hablándoles, y pensaba conducirles nada más y nada menos que hasta el archipiélago de los cuatro elementos, un lugar mágico, con el que muy pocos mortales podían incluso soñar. La isla Tierra era conocida por sus hermosas montañas y sus campos cargados de flores. El sueño de volver a vivir en el campo estaba cada vez más cerca, aunque lo cierto es que nunca hubieran podido imaginar que sería en un lugar tan hermoso, casi inaccesible.

El viaje duró varias horas. Cuando Nao y su familia llegaron a la orilla, lloraron de la emoción. Todos se preguntaban si tendrían la suerte de quedarse allí para siempre, al servicio del rey. Hasta ahora todo seguía siendo sólo un sueño.
Teo les dio las instrucciones de lo que debían hacer. Nao vio una fila de otras familias humildes que, como ellos, esperaban a las puertas de palacio para ofrecerle al rey sus más preciados regalos. Todos soñaban con ser aceptados, soñaban con poder sorprender al rey con sus presentes.
El pez mandó a Nao coger una pecera de plata que había en la barca.
-Ahora iré con vosotros, explicó Teo. Nao, dijo dirigiéndose al niño, tú debes meterme en la pecera y ,cuando estés ante el rey, me presentarás como “El pez hablador“.
La familia entendió lo que debía hacer y esperaron su turno. En aquella fila de gente, las familias se explicaban las unas a las otras los regalos que habían traído para los monarcas. Había cosas raras y extravagantes. Todos tenía miedo de no estar a la altura de los exquisitos y excéntricos gustos del rey.
Una de las familias llevaba una rosa que nunca se marchitaba, otra una vaca que daba la leche más exquisita del país, y otra unas semillas mágicas, que, según explicaron, guardaban las más ricas frutas que jamás el rey podría comer en toda su vida.
Después de casi tres horas de espera, llegó el turno de Nao y su familia. Todos se inclinaron haciendo la correspondiente reverencia. El rey les sonrió y les pidió, por favor, que procedieran a presentar su regalo.
-Majestad, en esta pecera de plata, mi familia y yo portamos para usted, la reina y el príncipe “El pez hablador”, dijo Nao con solemnidad aguantándose los nervios que le recorrían todo el cuerpo.
El rey se acarició su barba, frunció el ceño y después dijo:
-¿Un pez que habla?, preguntó con impaciencia. ¡Eso es imposible! ¡Es algo que se sale de lo natural!, exclamó algo asustado.
Era muy raro que el rey dijera esto después de estar rodeado de cosas que se salían de lo natural, su propia isla era mágica, las islas que la rodeaban igualmente, y muchas otras cosas más.
-Por ese motivo estamos aquí majestad, explicó Nao ahora con más seguridad en sí mismo. Sabemos que merece el presente más original. Nuestro deseo es vivir en palacio y prestarle nuestros servicios. Necesitamos sacar nuestra familia adelante. Este pez es el presente que le damos a cambio de todo eso.
El rey se volvió a atusar su barba. No tenía fuerzas ni para responder. Pasaron unos minutos. El monarca hablaba con la reina y su hijo. Nao sintió miedo ya que pensaba que, tal vez el rey, les tomase por locos y ni siquiera diera la oportunidad de hablar a Teo.
Por suerte, ocurrió todo lo contrario. El rey aseguró sentirse impaciente por escuchar hablar a aquel pez.
-Pequeño joven, dijo el rey dirigiéndose a Nao. Estoy deseoso por oír al pez hablador que dices guardar en esa pecera de plata. ¡Adelante!, le ordenó el monarca.
En ese instante, Teo asomó su cabeza y se dirigió al rey con estas palabras.
-Distinguida majestad. Yo mismo me sorprendo cada día de este don que la naturaleza me ha otorgado, pero así es, soy una pez que posee la facultad de hablar y así lo haré tantas veces como usted quiera. Ante usted, ante su familia y ante todas aquellas otras personas que usted lo desee. Podremos charlar sobre el futuro político de la isla y en caso de necesidad le serviré de gran ayuda, se lo prometo.
El rey no daba crédito a lo que en esos momentos estaba viviendo. El pez hablaba e incluso se atrevía a ofrecerle consejo en los asuntos de estado. Aquello podía ser maravilloso. Esto es lo que pensaba el monarca para sus adentros.
El rey comprendía que, en muchos años, no volvería a tener tan sorprendente regalo entre sus manos. Sabía que si poseía aquel pez sería la envidia de todo el resto de reyes del archipiélago. ¿Alguno de ellos tenía algo tan sorprendente? ¡Nadie!, ni siquiera en la isla Agua, donde ninguno de los animales acuáticos que allí había tenían la capacidad de hablar. Simplemente aquello era magnífico para el monarca. Esto de repente le embriagó de orgullo y felicidad. Además, tanto la reina como el joven príncipe, que miraba ya más a Di que al pez, quedaron igualmente sorprendidos con el regalo.
El rey agarró su báculo, lo acercó a la cabeza de Nao. El niño se arrodilló y escuchó atentamente lo que el rey le decía.
-Desde esta noche, noche mágica de la Navidad, tú y toda tu familia quedáis al servicio del rey. Se te concede este regalo en recompensa del magnífico presente que has puesto delante de mis ojos. Seáis bienvenidos y bienaventurados a la isla Tierra en el archipiélago de los cuatro elementos, donde reina la paz, la armonía y la felicidad.
No hubo más oportunidades para el resto de familias que esperaban en la fila. El rey había quedado tan asombrado, que ya no quiso ver más regalos. Nao sintió pena por todas aquellas gentes humildes, que como ellos ansiaban un futuro mejor, pero, a la vez, no podía ocultar la alegría que le producía saber que, desde ese momento, habían acabado las penurias para ellos, que la felicidad completa había llegado, que al fin podían vivir lejos de aquella ciudad gris y triste que ya tanto a él como a sus padres y hermanos les quedaba tan lejos en la memoria.

Asimilar tantas alegrías les costó a la familia varios días. La bondad de Nao les había hecho poder cumplir el sueño de volver a vivir rodeados de montañas. Ahora trabajarían en aquel reino, nada más y nada menos que en la isla Tierra. Estaban en el archipiélago de los cuatro elementos donde solo el futuro podía ser mejor de lo que nunca podrían haber imaginado.
Un criado del rey les enseñó sus aposentos. El niño y su familia se instalaron en el ala izquierda del palacio. Desde palacio, el rey podía divisar todas las extensiones de su reino, los poblados de sus gentes, y perder su mirada en las lejanas montañas ahora llenas de nieve. Sin duda , la isla Tierra era muy hermosa. Nao ya se preguntaba como serían las demás. Estaba ansioso por conocerlas y visitarlas cuando fuese más mayor. Poder trepar por alguna de aquellas escaleras de seda que rodeaban la isla Aire, o conocer a alguna de las sirenas de la isla Agua, o calentarse al lado de un pequeño dragón de la isla Fuego. Todo esto le parecía algo increíble y nada „insignificante“ como decían aquellos chicos del barrio. Si le pudieran ver ahora….

>> Capítulo III. Di y el príncipe

05Ene/14

NAO / CAPÍTULO III. DI Y EL PRÍNCIPE

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<< Capítulo I. Los tres regalos mágicos
<< Capítulo II. La Navidad

La vida en palacio era muy tranquila. Los monarcas gozaban de buena fama entre sus trabajadores. Eran una familia, que a pesar de su rango, se sentían muy cercanos a sus súbditos y pueblo. Siempre se mostraban muy amables con todos. Vivir en la isla Tierra era sencillamente un sueño para el que lo lograba.
El rey se dio cuenta muy pronto de las habilidades como jardinero que tenía el padre de Nao, y fue éste el puesto que ocupó en palacio. El papá del muchacho convirtió aquellos jardines en auténticos paraísos de olores. Inventó los túneles de las sensaciones. Estos eran largos pasadizos de arcos llenos de flores. Cada uno de los pasillos estaba cuajado de una clase de flor. El aroma era tan intenso que, cuando uno paseaba por cualquiera de ellos, el perfume embriagador tenía la habilidad de transportarte a otro mundo a través de la mente. El túnel favorito del rey era el de los jazmines. Aseguraba que después de un paseo por allí su facilidad para resolver los asuntos económicos del reino era mucho más grande. El monarca estaba encantado con las mil ingeniosas ideas de aquel jardinero que cada mes le sorprendía con algo nuevo.
La reina también se percató muy rápidamente de las grandes dotes que, para la costura, tenía la madre de Nao. Los cortes de sus vestidos eran limpios y las costuras perfectas. Además, demostraba tener un gusto exquisito a la hora de combinar los colores. La madre de Nao aseguraba que la mitad del secreto residía en las telas con las que trabajaba, pero la reina sabía que esto era simple modestia por parte de la mujer. Las manos de aquella señora eran prodigiosas con la aguja. En cada recepción la reina deslumbraba al resto con sus vestimentas. Pronto, fue la envidia de las reinas de las otras islas.
También la vida en palacio de los niños mejoró. Di recibía cada día clases de música, arte y danza, los gemelos jugueteaban aún despreocupados por las dependencias reales, y Nao recibía clases para, en el futuro, ser un buen soldado del ejército real. Lo curioso es que el ejército de la isla Tierra carecía de armas. El rey era contrario a la violencia. Las clases de los soldados consistían en convertirles en buenos oradores, en buenos comunicadores, en personas instruidas. Así, cada futuro soldado debía estudiar matemáticas, geografía, historia…y otras muchas asignaturas más, pero jamás llevaban un arma entre sus manos. El ejercicio físico y la inteligencia eran la clave, según el monarca, para tener un buen ejército. “Con palabras es con lo que los hombres deben hacerse entender, no con las armas“, repetía el rey en muchas ocasiones .

Cada día en palacio era mejor que el anterior. Muchas tardes, se veía al rey al pie del gran estanque dorado charlando con Teo. Además, el pez recibía cada día la visita de su gran amigo Nao.
El papá de Nao elaboró perfumes exclusivos para la reina, hizo que el agua se pudiera servir en unos tulipanes transparentes que él había creado e incluso logró que en los jardines florecieran margaritas con un pétalo de cada color, que, pronto, se convirtieron en las preferidas de la reina.
La mamá del muchacho confeccionó para el dieciocho cumpleaños de Xin, el joven príncipe, una casaca de oro y diamantes que causó tal admiración entre los invitados a la fiesta, que no hubo ni tan siquiera uno que no quisiera conocer a aquella mujer que había elaborado tan bella obra de arte.
La felicidad era plena en aquella isla, mucho más de lo que podían haber imaginado.

Pasaron tres años en perfecta armonía. Los gemelos crecieron y fueron enviados a la escuela del ejército cada día. Di se había convertido para entonces en una bella mujer de dieciséis años y era la primera bailarina del ballet real y Nao era unos de los futuros soldados más inteligentes que estaban al servicio del rey. Aún tenia diez años pero su objetivo era seguir siendo el número uno para ganarse la confianza del monarca.
Cada día, el rey delegaba muchos más asuntos en su hijo. Aún era un monarca joven y gozaba de buena salud, pero quería que el príncipe fuese asumiendo responsabilidades. Además, le preocupaba que aún no hubiera encontrado una mujer con la que pensar en formar una familia. Por este motivo, decidió dar una gran fiesta. El monarca invitaría a las jóvenes más bellas y ricas de la isla y a sus familiares con el fin de dar a conocer al muchacho las oportunidades que tenía de encontrar a una bella dama con la que casarse. En el archipiélago, las bodas reales de cada una de las islas debían llevarse a cabo con gentes de la misma isla, de la más alta alcurnia pero del propio territorio. Era costumbre que ningún miembro de la monarquía abandonara su reino para ir a servir a otro. Pero en la isla Tierra había suficientes bellas jóvenes de familias adineradas, Cualquiera de ella podía satisfacer los gustos del monarca y los de su hijo, de eso estaba seguro el rey.

El monarca no escatimó en preparativos. Todos los súbditos trabajaban día y noche en palacio para arreglar cada uno de los salones que se dispusieron para el baile. La madre de Nao preparó varios modelos de vestidos para la reina, el cocinero hizo hasta veinticinco tartas diferentes para que el rey Xao eligiera la que más le gustara, el padre de Nao decoró los salones con las flores más bellas e impregnó de diferentes aromas las estancias, la orquesta preparó composiciones nuevas y el ballet una nueva coreografía que dejaría con la boca abierta a los invitados.
A pesar de todo esto, el príncipe no mostraba satisfacción alguna. Era una fiesta que se daba en su honor, y sin embargo paseaba por palacio con cara triste y afligida. Los monarcas se percataron del problema y la reina decidió hablar con su hijo. Algo rondaba por su cabeza, le conocía bien, y no quería que sufriese. Por este motivo, debía enterarse de todo antes de que fuese demasiado tarde.
Una mañana, se presentó en la habitación del príncipe con el objetivo de aclarar todo.
Se acercó a él y le preguntó:
-¿Qué es lo que te ocurre Xin? Dentro de un par de días se celebrará una gran fiesta en tu honor, y tú no muestras ningún signo de entusiasmo y además paseas más triste que nunca por palacio. ¿Qué es lo que te preocupa hijo?
El príncipe no sabía como decirle a su madre lo que le ocurría. Creía no tener las fuerzas suficientes para darle aquel disgusto, pero sabía que debía hacerlo más tarde o más temprano porque en esa mala noticia residía su felicidad. Pero…, ¿cómo podía hacérselo entender a los monarcas?, se preguntaba el futuro rey.
Al fin, reunió las fuerzas necesarias y le dijo a su madre que él ya estaba enamorado de una muchacha, con la que quería casarse porque estaba seguro de que con ella la paz del reino perduraría para siempre y él sería feliz.
La madre se levantó del sofá en el cual estaba sentada y, con unos ojos muy abiertos, pidió una respuesta.
-¿Puedo saber quien es la muchacha en cuestión?, preguntó la madre algo asustada.
-Sí, claro, respondió contento Xin. La has visto convertirse en mujer en estos años. Es Di, la hija del jardinero y la costurera, aclaró el príncipe con satisfacción.
-Pero, ¿te has vuelto loco?, preguntó la reina algo sofocada ya por la impresión que le había producido la noticia.
La monarca sabía lo testarudo que su hijo podía llegar a ser, por eso quiso hacerle comprender, desde el principio, que un futuro rey se debía a su pueblo y que por ello debía casarse con la mujer adecuada, y que sin duda Di era de una gran belleza pero no pertenecía a la condición social que a él, como príncipe, se le exigía que buscara en una dama.
Pero el príncipe no quería escuchar los sermones de siempre. Sabía que la condición social daba igual. La grandeza tanto de un hombre como de una mujer se medía por su bondad, no por su riqueza. Estaba seguro de que Di, además de ser bella, era una mujer noble, inteligente y simpática que podía hacer feliz a cualquiera que estuviera a su lado.
-Da igual todo lo que me diga madre, respondió el príncipe. Si ella me acepta estoy dispuesto incluso a renunciar al trono. Es la mujer que amo.
-No puedes casarte con Di, por muy bella, inteligente, bondadosa y simpática que sea, que lo es y no lo dudo porque la conozco, pero tu destino como futuro rey de la isla Tierra no te lo permite, recalcó la reina.
-Muy bien, lo entiendo, contestó Xin afligido. En ese caso renunciaré al trono.
-Eres el único heredero. Lo que dices no tiene sentido, dijo la madre ya con cierto temor a la testarudez de su hijo.
-No me importa, insistió el joven. Lo único que quiero es ser feliz al lado de Di, y no me gustaría dejar de servir a mi pueblo, siento orgullo por mi isla y por sus gentes, esa es la verdad, pero en vista de que no recibiré vuestro apoyo, ¿qué puedo hacer?
La reina se fue de la habitación de Xin algo afligida, pero, aún , albergaba la esperanza de que, en el baile, encontrase a una mujer que le pareciera aún más bella que Di y cambiara de opinión. Quizás todos aquellos caprichos, eran sólo eso, caprichos de joven. Decidió no darle mucha importancia.
Cuando le contó a su esposo la charla que había mantenido con Xin, éste, como siempre que había un problema importante en la corte, se atusó las barbas algo contrariado. El sabía que no era fácil hacer sombra a la belleza y a las demás cualidades que Di poseía, pero aún así también a él le quedaba una pequeña esperanza de que, en el baile, su hijo se decantara por otra bella muchacha y olvidase a la bailarina.

***

Llegó el día esperado y el gran salón de baile abrió sus puertas. El príncipe Xin lucía mejor que nunca. Una por una fueron presentándose ante él aquellas bellas invitadas. Las más guapas y ricas jóvenes de la isla. Eran hermosas, que duda cabía, incluso alguna era más hermosa que la joven Di, pero en ninguna de ellas pudo ver el joven el encanto de la bailarina. El rey y la reina sonreían a todas con amabilidad intentando ocultar la preocupación que les embargaba. Notaban que su hijo miraba a todas con indiferencia, sin interés.
Después de los saludos protocolarios, el rey preguntó a su hijo que le habían parecido todas aquellas bellas mujeres.
-No niego que son bellas padre, respondió Xin, no niego que incluso serán inteligentes y simpáticas, pero no he visto en ninguna de ellas el encanto que tiene Di. Usted adora a Di y sabe que ella sería la candidata perfecta.
El rey, resignado ante las sinceras y firmes palabras de su hijo, sabía que nada podría hacer. Así es que decidió dar un paseo por el estanque y charlar con Teo, quizás aquel sabio pez tendría una respuesta a su problema.
Teo sacó su anciana cabeza de entre las aguas y le contestó con estas palabras al monarca:
-Majestad, usted, mejor que nadie, sabe que las gentes no se miden por su dinero o posición social, tampoco por su belleza, pero si por su bondad. Estoy seguro de que Di tiene mucho de esto último, porque así lo ha demostrado ella y toda su familia. Deje su reino en manos del amor y la bondad y su reino nunca morirá.

Después de decir esto, Teo volvió a sumergirse en el agua. El rey sabía que aquel anciano pez nunca se equivocaba. Debía ceder, por tanto, a los deseos del príncipe. ¿No eran demasiado débiles la manos de la bondad para sacar adelante cada día con éxito un reino? Esto se preguntaba el rey mientras se dirigía de nuevo al salón de baile.
En el salón todo el mundo ya bailaba entusiasmado. Las jóvenes esperaban entre canapé y canapé y copa de champán, la hora en que el rey anunciara el nombre de la futura esposa del príncipe Xin. El futuro rey había bailado con cada una de ellas, había charlado, se había reído y disfrutado con todo aquello, pero en su mente y en su corazón sólo había lugar para una mujer, Di. La reina hizo todo lo que estaba en sus manos para engatusar a su hijo. Le hablaba de cada una de las cualidades que tenían las muchachas, pero nada de esto logró convencer al joven para desgracia de su madre.
Después de los cafés y las tartas, llegó el momento de la actuación del ballet real. El momento que estaba esperando con tanta impaciencia el príncipe durante toda la noche. Se corrió la cortina de terciopelo rojo y allí apareció la menuda y joven Di, con su traje negro bordado de flores doradas. El príncipe no podía dejar de mirar ensimismado aquellos perfectos pasos de baile que Di ejecutaba, aquella sonrisa con la que se dirigía al público, aquellos ojos que, en ocasiones, se encontraban con los suyos. Después, rodeada del cuerpo de baile seguía brillando con luz propia entre todas las bailarinas. No sólo el príncipe había quedado impresionado con la actuación del ballet, todos los invitados rompieron a aplaudir con impaciencia y muchos de los padres de las muchachas que se prometían como futuras reinas, comentaban la belleza de la primera bailarina. Ninguno de ellos sospechaba que ella sería la elegida.
El rey se atusaba la barba con nerviosismo. Nunca habría querido que aquella actuación de baile acabara, le hubiera gustado que durara para siempre, para no tener que proceder a decir ante todo su pueblo, ante sus invitados el nombre de la elegida como futura mujer de su hijo. Pero el momento llegó.
-Queridos invitados, dijo el monarca. En esta fiesta tanto mi familia como yo hemos tenido el honor de recibir en palacio a las más bellas muchachas del reino. Os agradezco infinitamente vuestra presencia, continuó diciendo el rey. Como ya todos sabéis el príncipe elegirá esposa. La elegida será la futura princesa y deberá asumir los cargos que en su nueva posición le serán adjudicados. No es tarea fácil, pero confío en que la elección de mi hijo haya sido meditada por el deber que tiene con su pueblo. En sus manos está. Yo como padre no puedo desearle más que su felicidad.
Después de las palabras del rey, hubo un absoluto silencio. Las invitadas estaban nerviosas pensando cual de ellas tendría el honor de servir para siempre al pueblo de la isla Tierra. ¿Quién podía imaginar que aquella jovencita bailarina sería la elegida?
Nao y sus padres miraban detrás de unas columnas como se desarrollaba la fiesta y ahora sentían también mucha curiosidad por ver quien sería la elegida. Ellos si que nunca hubieran podido imaginar que sería su bella hija.
El rey intercambió unas palabras con el príncipe que nadie pudo escuchar y después de pasados unos minutos el príncipe se dirigió a sus invitados de esta manera:
-Quiero agradecer a todos su presencia en palacio. Ha sido un gran honor para mí tener invitados tan especiales. He conocido esta noche a mujeres bellas, simpáticas e inteligentes que sin duda estarían más que capacitadas para ocupar el puesto de futura reina, pero he de decir, con toda sinceridad, que sólo en una he encontrado el encanto y la bondad suficiente que también se requieren para ocupar mi corazón. Creo que un reino debe estar gobernado por una pareja sólida que se quiera de verdad y que su unión no obedezca a una mera razón de estado. Por este motivo, la elegida dista mucho de acercarse a la posición social que requeriría tener para ser futura reina, pero está muy cerca de esas cualidades de las que antes les hablaba.
A Nao le recorrió un nerviosismo por todo su cuerpo. De repente se dio cuenta de que su hermana sería la elegida. El príncipe lo estaba diciendo claramente y nadie se daba cuenta, ni siquiera sus padres que miraban toda aquella escena como si de una película se tratase. Su bella hermana Di, ¿quién si no? Para Nao era la perfecta futura reina, y parecía como un sueño, pero para el príncipe también lo era.

-Sólo me queda decir quien deseo como esposa y recibir una respuesta.
Las invitadas se miraban unas a las otras ya algo contrariadas. Seguían los ojos del príncipe con detalle. De repente vieron que se dirigía hacia el cuerpo de baile. Una vez allí, se acercó hasta la primera bailarina. Di le hizo la reverencia normal en estos casos. Nadie entendía nada. ¿Por qué se dirigía el príncipe al ballet cuando todos esperaban una respuesta tan importante?
El futuro monarca cogió la mano de Di y mirándola a los ojos le dijo:

-Usted es la elegida. Sólo si lo deseas te convertirás en mi esposa.

Después de esto hubo varios desmayos en la sala. El rey tenía ya sus bigotes casi rozando las cejas de tanto como se los había peinado con los dedos por su nerviosismo, la reina agitaba su abanico para aguantar los sofocos, y los padres de Nao tuvieron que sentarse para no caer al suelo. Entre los invitados se respiraba una mezcla de nerviosismo e irritación inaguantable. Se sentían despreciados y humillados. ¿Cómo podía el príncipe estar enamorado de aquella frágil bailarina? Si, era cierto que minutos antes habían quedado prendados de su encanto y belleza pero, aún así, sus hijas les parecían superiores en todos los aspectos.

La sorpresa de Di era tan grande que le temblaba todo el cuerpo. El príncipe esperaba una respuesta. Di amaba a Xin en silencio. Siempre le había parecido un hombre inalcanzable, por tanto, no sabía como decir aquella palabra tan corta ante todo el público allí presente. Sólo debía dar un sí como respuesta y todo aquello pasaría, pero…, ¿cómo hacerlo? No quería sentirse superior a los demás, ni herir a los reyes, de los que sospechaba, no estarían muy contentos con la elección de su hijo. Por eso , en el último instante, miró al rey. Este asintió con la cabeza y le lanzó una sonrisa que tranquilizó a Di y le dio las fuerzas suficientes para pronunciar el sí que el príncipe esperaba con impaciencia.

La alegría de la pareja de jóvenes era inmensa, y contrastaba sobremanera con las caras de los invitados, a los que les costó mucho esfuerzo celebrar minutos después la elección y saludar con amabilidad a la futura princesa. Los padres de Nao se acercaron a su hija entusiasmados. No podían creer que su pequeña se casaría con el príncipe en pocos meses como estaba previsto, pero sabían que Di tenía las cualidades suficientes para hacer feliz a cualquiera. Nao se acercó a su hermana emocionado y se abrazaron con cariño. Los monarcas saludaron a la familia de Di de una manera especial, no cómo todos los días lo hacían, y entre ellos intercambiaron palabras de esperanza y felicidad, algo que esperaban para la futura pareja y el reino.

>> Capitulo IV. El príncipe Al

04Ene/14

NAO / CAPITULO IV. EL PRÍNCIPE AL

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Los meses pasaron y dos días antes de la boda el rey organizó una fiesta a la que invitó a todos los monarcas de las otras islas del archipiélago de los elementos. Los reyes, así como sus esposas y sus hijos tenían mucha curiosidad por saber quien era aquella muchacha que el príncipe en pocos días convertiría en su esposa, ya que habían oído hablar de su gran belleza y simpatía.
Todos se vistieron de gala para la ocasión y fueron recibiendo uno por uno a los ilustres invitados. El rey de la isla Agua, llegó acompañado de su esposa, una bella sirena de cabellos rojizos y ojos verdes, y sus dos hijas. El rey de la isla Fuego también acudió con su familia al completo, su esposa y sus tres hijos varones, muy amigos del príncipe Xin, y el monarca de la la isla Aire, al igual que los demás, lo hizo acompañado de la reina y su único hijo, el príncipe Al, al que se conocía en todo el archipiélago por ser un heredero al trono además de guapo, caprichoso y algo mal criado.
Todos los monarcas y sus familias quedaron encantados con Di. Ni uno siquiera dudó de que el príncipe había hecho una buena elección. Los reyes felicitaron a los contrayentes y a sus familias. El rey Xao y su esposa se quedaron más tranquilos, pues notaban que, finalmente, los deseos del príncipe habían sido los acertados.
Los tres reyes coincidieron en decirle al monarca Xao, que esta era la mujer que ellos desearían para sus hijos. El rey Xao se llenó de orgullo y la reina empezaba a mirar a Di con otros ojos. La aceptación y la admiración por la educación, la belleza y la simpatía de la muchacha había sido tan grande entre los invitados, que hizo que la reina se sintiera de repente muy orgullosa de su futura nuera.
Los demás príncipes felicitaron a Xin deseándole todo lo mejor al lado de aquella mujer. Sólo uno, el príncipe Al, se acercó a Xin algo más reticente y con un cierta envidia en los ojos, que sólo Xin pudo apreciar.
-Te deseo lo mejor, dijo el príncipe Al con cierto resquemor en su mirada. Sin duda eres un hombre con suerte. Di es la mujer más bella que jamás he visto, y no sólo eso, tiene una gran bondad y su simpatía es desbordante. Felicitaciones amigo, añadió antes de alejarse.
Xin sintió la frialdad de las palabras de Al, y esto le produjo cierto miedo. Todo el archipiélago sabía de sus encantos y de su obsesión por conseguir lo que le gustaba. Pero, ¿a qué debía tener miedo? Di estaba muy enamorada de él, así se lo había hecho saber. ¡Que tonto era al pensar en estas cosas!. Di le quería a él y se casarían en un par de días. Además estaba seguro de que el príncipe Al encontraría una bella mujer también a la que convertir en futura reina, pues dones no le faltaban.

***
Los preparativos de la boda dejaron a todos, en la isla, sin fuerzas. Xin era el único heredero al trono y la fiesta debía ser tan elegante como el futuro rey se merecía.
El palacio se vistió con las más bellas cortinas, alfombras, vajillas, flores,… Cada detalle fue estudiado al mínimo. La mamá de Nao había confeccionado todos los vestidos de su familia así como la de los monarcas. Ni que decir tiene que eran perfectos y todos lucían guapos y elegantes. Los gemelos, hermanos de Di, serían los pajes de honor. Nao llevaba un traje especial. Hacía unos días que el joven, debido a sus progresos en la escuela del ejército del reino, había ascendido en su categoría. Ahora ya no era un simple soldado, ahora tenía el cargo de soldado instruido, y como tal, ante la situación de que el reino se encontrara en peligro, el debía poner su inteligencia al servicio del rey para resolver ese problema. Sólo tenía diez años, pero demostraba que sus ideas eran tan grandes como para vencer a tres reinos enteros.
El rey hizo levantar una gran fuente al lado del jardín, donde se serviría el banquete con la intención de mostrar a todos al anciano Teo, el pez naranja que tantas alegrías le había dado y con el que tanto había conversado. Quedarían admirados de aquel hermoso y extraño regalo con el que un día la familia de Nao logró quedarse en palacio para siempre con el objetivo de servir a él y a toda su familia, y que ahora, por caprichos del destino, les unían para siempre a ellos a causa de la boda de su hijo con Di.
Todo estaba listo. El vestido de la novia, como siempre suele ocurrir, era el secreto mejor guardado en palacio de aquella fastuosa celebración. Su madre había confeccionado para ella un hermoso vestido de seda blanco lleno de encajes con el que Di se veía espléndida.
El gran día llegó. Cuando los príncipes se dieron el “si quiero“ hubo lágrimas de emoción y alguna que otra de envidia entre los invitados. Después, todo se olvidó en el banquete, en el que se sirvieron los más ricos manjares imaginados. El baile duró hasta el amanecer, y todos los monarcas charlaron con Teo. Ya había dos cosas por las que envidiar al rey de la isla Tierra, su hermosa nuera, y ese maravilloso e inteligente pez con el que se podía hablar de cualquier cosa.
Pero cuando todo parecía estar en calma, cuando parecía que no se podía llegar a alcanzar una felicidad más grande, sucedió algo inexplicable y doloroso para todos. De pronto el cielo se oscureció, se levantó un fuerte viento, un gran remolino sacudió todo a su paso y un tifón rodeó a Di. En aquel escenario trágico y violento apareció el príncipe Al. Su sonrisa maliciosa confirmaba la peor de las noticias. Se quitó su ropa y dejo al descubierto sus alas. Agarró a Di de la cintura y se la llevó volando.
No dio tiempo a hacer nada. No se podía hacer nada. Los invitados no pudieron reaccionar y cuando quisieron darse cuenta ya el joven Al había consumado su más pérfida hazaña. Fue en ese momento, cuando el príncipe Xin se acordó de los extraños presentimientos que había tenido días antes al charlar con el heredero de la isla Aire. Era un ser envidioso al que le molestaba la alegría de los demás, un hombre que no disfrutaba con la felicidad de los demás. Xin había aprendido de su padre que la envidia puede destruir todo a su paso y hacer hasta del hombre más bondadoso el peor de los monstruos.
Nadie podía calmar las lágrimas de los padres de Di, ni el nerviosismo y la preocupación de los monarcas. Xin estaba destrozado. Los monarcas de la isla Aire se sentían avergonzados de la maniobra que su hijo había llevado a cabo, y no sabían que hacer para excusarse. Ellos mismos intentaron tranquilizar al príncipe Xin y a la familia diciéndoles que irían inmediatamente a la isla y aclararían el problema cuanto antes. Así fue, un águila gigante apareció ante el reclamo de un silbato que llevaba el rey y él y su esposa se montaron en ella camino de su isla con el deseo de acabar con aquella locura del joven heredero cuanto antes.
Mientras esperaban las noticias del rey de la isla Aire, Nao intentaba calmar a sus padres, al rey Xao y a su esposa. Aunque tenían alguna esperanza de que todo se aclarara rápidamente, sólo Nao presentía que nada iba a ser tan fácil como se habían imaginado. Nao había notado la maldad en los ojos del príncipe Al y sabía que el joven heredero era capaz de cualquier cosa.
Tal y como había presentido Nao, las horas pasaban y nadie tenía noticias de Di. El príncipe no podía aguantar más y decidió ir a buscarla. Cargó un barco con alimentos y se rodeó de los miembros del ejército real. El viaje en barco duraría algunos días, pero la isla Tierra no estaba dotada con aquellas maravillosas águilas que tenía la isla Aire y con la que se podían desplazar en cuestión de minutos de una isla a otra. El padre de Di y el rey Xao quisieron acompañarle, pero el príncipe quería resolver este asunto sólo. Conocía al joven Al desde que eran niños y tenía la certeza de que charlando con él se podría llegar a un acuerdo. No quería venganza, ni siquiera sentiría rencor por él. Sólo quería hacerle entender que lo que había hecho no estaba bien, que él mismo se diera cuenta, recapacitase y le devolviera a Di sana y salva.

Pasaron los días y todo era mucho más angustioso pues además de no tener ninguna noticia de Di, tampoco se sabía nada ya del príncipe Xin. Los monarcas temían lo peor. Parte de los hombres de su ejército, los más cualificados, estaban dentro de un barco con el joven Xin, y podía haber pasado cualquier cosa. La situación era cada vez más desoladora.
Nao no podía aguantar ver más la tristeza de sus padres y tampoco, claro está, la de los monarcas. Había estado dándole vueltas a la cabeza sobre una idea que quería exponer al rey Xao, aunque le parecía casi imposible que le diera su aprobación. Al menos debía intentarlo.
Así, a la mañana siguiente se presentó ante el rey decidido a hablarle de su plan.
-Estimado monarca, dijo Nao con decisión. Sé que sólo soy un niño de diez años, al que usted, aún viendo que he progresado dentro del ejército, ve como a un simple muchacho, pero los días pasan y nadie tiene noticias ni del príncipe Xin, ni de mi hermana. Esta situación es angustiosa para todos. Si usted me dejara flotar un barco y llevarme a los hombres que quedan del ejército, yo iría con toda mi valentía a buscar a los príncipes. Quizás Xin tenga problemas en medio del mar y ni tan siquiera haya podido llegar a la isla. No podemos esperar más, dijo Nao.

El rey le miraba con cariño y tristeza a la vez. Era un joven tan valiente…pensó el monarca. Pero sabía que no podía dar este permiso al muchacho. No podía darles ese sufrimiento a los padres de Nao. No quería que sufrieran más viendo a su hijo partir. Los padres no podrían aguantar tanta tristeza.
Nao se daba cuenta de lo que al monarca le pasaba por su cabeza. Por eso le tranquilizó diciendo que hablara con su padre, ya que estaba seguro de que éste no pondría ningún impedimento en que él se echara a la mar para poder ayudar a los príncipes.
Y así sucedió. Aunque el padre de Nao, después de tanta tragedia, había quedado sin fuerzas, sabía que su hijo era la última esperanza. Además confiaba mucho en él. Nao había demostrado ser un chico especial para su edad, lleno de bondad e inteligencia. Eso era suficiente para su padre.
Al día siguiente, Nao vio cumplido su deseo. Un barco esperaba atracado en el puerto con suficientes víveres y la mitad del ejército real. En ese mismo momento comenzaba la gran aventura del pequeño Nao


>> Capítulo V. La isla Agua

03Ene/14

NAO / CAPÍTULO V. LA ISLA AGUA

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Dos días tardo Nao en llegar a lo que, según los mapas, le situaban en las proximidades de la isla Agua. Había que tener cuidado en atravesarla sin perturbar a los extraños animales que allí habitaban. Sobre todo, Nao fue advertido del gran sapo gigante con piernas y brazos de hombre que surgía de entre las aguas, como una fiera, cuando sospechaba que, sobre la superficie de la isla, algún extraño barco se acercaba. El sapo gigante habitaba aquellas aguas muy a pesar, incluso , del monarca de la isla, pero nadie, hasta ahora, había podido hacerle frente. Era tan absolutamente poderoso y cruel que campaba a sus anchas por aquellas aguas atemorizando a todos los habitantes de la isla.
Tanto Nao como el resto del ejército sabían de la presencia del anfibio, así es que procuraron navegar con más calma para no despertar las furias de aquella bestia acuática.
Pero pasadas un par de hora en la que ya les había parecido alcanzar el objetivo y estar lo suficientemente alejados de la isla Agua, el mar empezó a agitarse, unas grandes olas alcanzaron las velas más altas del barco, y de entre la espuma surgió un brazo color amarillento y gigantesco. Era sin duda, uno de los brazos del sapo. Cual fue la gran sorpresa de Nao y del resto de tripulantes cuando atrapado en aquella inmensa mano cubierta de algas, vieron al príncipe Xin, totalmente abatido y sin fuerzas.
Nao no sabía como hacer frente al anfibio que ya jugueteaba con el barco como si de una minúscula cáscara de nuez se tratara. No hay que olvidar que el ejército de la isla Tierra carecía de armas. La única arma para cualquier lucha eran las palabras. En este caso, se le antojaban a Nao, muy difíciles de pronunciar. El muchacho se encontraba frente a una bestia que no atendería a razones así como así. Pero, de este modo, es como le habían educado y así es como debía proceder ante el enemigo, hablando y llegando a un acuerdo.
El sapo gigante les miraba mientras sonreía de forma cruel. Todos pensaban en quien sería el siguiente en caer bajo su poder. Sin duda sería Nao, ya que el sapo había advertido que estaba al frente del barco.
Lo que Nao no llegaba a entender era porqué el anfibio había capturado al príncipe Xin, cual había sido el objetivo que le había impulsado a hacerlo. Así es quiso formularle la pregunta, pero al instante se dio cuenta de que en la isla Agua, ningún animal acuático podía hablar. Sólo su querido Teo era capaz de hablar como los humanos y comunicarse además con otros animales. Sí, su querido amigo Teo, el anciano pez que tanto había hecho por él . Pero Teo ya era un viejo animalillo que incluso tenía dificultad para nadar. Era tan querido en palacio que incluso el monarca, presintiendo que a Teo le quedaba poco tiempo de vida, le había obsequiado con un estanque sólo para él y su familia en el que gozaba de todos los privilegios.
¿Qué podía hacer Nao ante esta situación? No había reparado en este gran problema. El resto del ejército esperaba la respuesta del muchacho. El príncipe Xin miraba al joven con ojos de derrota y desesperación. En aquel momento, Nao se sintió indefenso, y comprendió que aún le quedaba mucho por aprender, y que debía haber sido más modesto cuando le propuso al rey su aventura, ya que ahora se daba cuenta de que sus conocimientos no llegaban tan lejos, y que la sabiduría se alcanza con los años. ¡Qué triste se sentía! No era capaz de asimilar que allí se acabaría todo, que todos morirían en manos de aquel anfibio gigante, y todo por su culpa, se lamentaba.
Nao se acercó al gigante e intentó hablarle pero todo fue inútil. Este rugió, se enfureció y lo único que hizo fue agitarse más y agarrar con más fuerza a Xin, que ya incluso pedía su propia muerte al anfibio.
Pero, de repente, cuatro peces de colores surgieron de entre las aguas. Cuatro peces de colores a los que Nao conocía perfectamente. ¡Eran los hijos de Teo! A ellos se habían unido cuatro preciosos delfines y doce sirenas que delante de aquel monstruoso sapo habían comenzado a representar un baile acuático. Nao y los tripulantes del barco estaban ensimismados viendo aquello. Pero lo más sorprendente es que no eran los únicos. El sapo quedó hechizado con lo que estaba viendo. Se tranquilizó mientras no paraba de mirar a las sirenas que le sonreían agitando sus colas doradas que engarzaban con las de los delfines.
Los peces de colores daban grandes saltos alrededor del monstruo marino, cosa que a éste le hacía mucha gracia. Alcanzaban su vientre e incluso le hacían cosquillas. En uno de estos momentos de diversión, el anfibio tiró al agua al príncipe Xin sin darse cuenta. Las sirenas, astutamente le recogieron y lo devolvieron al barco. Tan atontado estaba el monstruo con el chapoteo de los peces que no se percató de lo sucedido. Ya panza arriba, se dejaba hacer y engañar por aquellos preciosos peces. Era sin duda el instante justo para escapar y así lo hicieron. Nao dio las gracias a las sirenas y a los delfines, y por supuesto a los hijos de Teo, que muy astutamente seguían remoloneando alrededor del monstruo para que no se percatara de nada.
Una vez que se alejaron lo suficiente, pudieron respirar tranquilos. Dieron de comer y de beber al príncipe Xin, quien no podía parar de llorar pensando en su ejército ahogado en aquellas aguas. La única esperanza era rescatar a Di. Pero aún debían pasar por la isla Fuego, y nadie podía saber que nuevas aventuras le depararían. Nao estaba tranquilo porque ahora eran dos los que estaban al frente del barco, porque sabía que dos amigos, como ya lo eran el príncipe y él, podrían ayudarse y salir adelante.

>> Capítulo VI. La isla Fuego

02Ene/14

NAO / CAPÍTULO VI. LA ISLA FUEGO

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<< Capítulo III. Di y el príncipe
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Mientras navegaban, ahora con tranquilidad, Nao no podía parar de pensar en la bondad de Teo. El viejo amigo había mandado a sus propios hijos al mar para intentar salvarle a él y a Xin. De una gran amigo como Teo ya creía Nao haber recibido todo, y no era así, le volvía a sorprender una vez más. En estos momentos tenía muchas ganas de verle y darle las gracias. Cuando regresaran a la isla Tierra, lo primero que haría sería eso, acercarse al estanque y darle las gracias, pensaba el muchacho con lágrimas en los ojos.
Poco a poco, el príncipe Xin se iba recuperando. Su tristeza no le permitía alegrarse, ni tan siquiera darse cuenta de que aún estaba vivo. Sólo le rondaba una cosa por su cabeza, volver a ver a Di.
En la lejanía, ya podían divisar la isla Fuego. Nao sabía que no sería tarea fácil llegar a ella, pero era inevitable pasar por allí. Según le había contado el joven príncipe no tenían otra opción. Debían desembarcar en la isla y enfrentarse al Dragón Dorado, el cual guardaba una copia de la llave del calabozo donde el príncipe Al tenía retenida a Di.
-Un grupo de gansos que huía de la isla, cansados de la maldad del príncipe, me advirtieron de que una copia de la llave del calabozo estaba custodiada por el dragón dorado de la isla Fuego, explicó Xin a Nao. Ellos vieron como Al se la arrojaba a su paso. También vieron a Di. Al menos, sabemos que aún puede estar viva.
Nao nunca había pensado lo contrario. Al era un príncipe cruel y malvado pero presentía que no era capaz de matar a una joven tan bella. La quería para él. Envidiaba a Xin por este motivo, ¿cómo entonces se le iba a ocurrir asesinarla? No, no podía ser. El muchacho estaba seguro de que su hermana seguía viva.
Cada vez el perfil de la isla se hacía más nítido ante sus ojos. Un gran círculo de fuego rodeaba el territorio. Las llamas siempre se mantenían vivas gracias a los dragones que resguardaban la isla. El objetivo era sortear las llamas y después encontrar al Dragón Dorado para poder hacerse con la llave del calabozo.
Cuando se encontraban a pocos metros, decidieron trazar un plan. Era preciso atravesar el círculo de fuego cuando éste estuviera lo más apagado posible, pues las llamas eran tan intensas que no tenían ninguna opción de salir con vida si lo hacían de forma precipitada. Sabían que el tiempo apremiaba, que no podían demorarse. Di les necesitaba, pero tampoco podían sacrificar sus vidas ni las del resto del ejército, pues entonces la muchacha quedaría para siempre en la isla Aire, o en el peor de los casos moriría. Había pues que actuar con decisión pero sin prisas.
Una vez que alcanzaron la orilla, apreciaron el sofocante calor que allí hacía, y lo difícil que sería atravesar aquella trampa de fuego. Por más que esperaron no vieron ni un solo momento en el que la intensidad de las llamas descendiera. Rodearon la isla pero fue imposible. El fuego no sólo no se mitigaba sino que era cada vez de una intensidad más fuerte.
Nao pensó entonces que, quizás, deberían esperar a la noche, ya que en el mejor de los casos, alguno de los dragones dormiría y entonces esa parte de la isla estaría apagada, de esta manera podrían atravesar el anillo de fuego sin peligro de quemarse. A Xin le pareció una buena idea, así es que esperaron a que llegara la noche mientras descansaban en el barco.
Pero la noche llegó y lo que temían se hizo realidad. Era tanta la población de dragones en la isla, que mientras unos descansaban otros les revelaban en el rutinario y duro trabajo de avivar el fuego, con lo cual la isla permanecía segura, durante todo el día y toda la noche, de posibles ataques enemigos.
Otra decepción para los dos jóvenes. ¿Cómo se encontrarían entonces con el Dragón Dorado? ¿Cómo conseguirían la llave?. Estaban tan cansados…que no sabían que hacer, no podían pensar, no tenían fuerzas para continuar. El futuro monarca pensaba, en aquellos momentos de turbación, que un ejército sin armas era un ejército destinado a perder, y en ese momento Xin maldijo las ideas de su padre de paz y diálogo, pues veía que así no se conseguía nada. Nao le tranquilizó diciéndole que él si creía en el diálogo y la paz y que lo único que provocaban las armas era odio y violencia.
-¿Ah, si?, preguntó Xin con sarcasmo. Tú dices que el diálogo lo puede todo. Pues dime, ¿cómo piensas dialogar con los dragones para que dejen de escupir este fuego maldito?
Nao calló. De nuevo no tenía un argumento con el cual responder, de nuevo se daba cuenta de lo mucho que le quedaba aún por aprender.
Pero no hay que olvidar que Nao, en el pasado, había hecho buenos amigos, amigos que le habían prometido ayudarle en algunos momentos de su vida. Ni el mismo sabía como ni cuando, pero, por ejemplo, Teo se lo había demostrado en más de una ocasión. “Si uno hace un bien a los demás, recibe ese bien para sí de nuevo”, le había dicho su madre en muchas ocasiones.
¿Se acordaba aún el muchacho de aquella locomotora que ansiaba recorrer caminos más allá del triste parque de la ciudad en que vivía Nao? ¿Se acordaba el chico que ésta le prometió ayudarle? “No olvides lo que te digo. Yo te señalaré el camino cuando por mi chimenea salga humo de color azul”. Sí, eso era justamente lo que le había dicho aquella maravillosa locomotora mágica. Y ahora, a lo lejos, como si de un sueño se tratara, el chico estaba divisando un humo de color azul que se acercaba a ellos.
-¡Mira Xin!, gritó Nao. Aquel humo azul que ves a lo lejos es el humo de mi locomotora. Mi locomotora viene a ayudarnos. ¿Te das cuenta?
Xin no podía responder porque no entendía nada, pero después de haber presenciado el espectáculo de los peces, sabía que todo podía ocurrir.
Y así fue. La locomotora saludó a Nao con cariño. Se había convertido en una gran máquina, muy distinta al juguete que hacía años el podía agarrar con sus manos. Ahora era inmensa, potente y más bella.
-¡Querido Nao! Aquí estoy para ayudarte, aseguró la locomotora. Gracias a ti recorrí los caminos mas exóticos y maravillosos que puedes imaginar. Fui una elegante locomotora orgullosa de mí misma, sólo porque tú, un día, sacrificaste tu felicidad por mi libertad. Este humo de color azul apagará las llamas de la isla y sofocará la lengua de fuego de cualquier dragón. No os preocupéis por nada. Lo único que debéis hacer es montar dentro de mi y yo iré sofocando las llamas con el humo azul, explicó la locomotora.
Nao y Xin se montaron en la máquina mientras el resto del ejército esperó en el barco. Su amiga recorría la circunferencia de la isla veloz y segura, apagando a su paso, como había prometido, con aquel humo azul, cualquier brizna de fuego.
Los dragones enfurecidos rugían una y otra vez, pero se frustraban ante sus vanas intentonas de avivar el círculo. Nada podían hacer.
Una vez que sofocaron todo el territorio, la locomotora los acercó hasta el Dragón Dorado, que derrotado por el esfuerzo claudicó dándoles la llave del calabozo.
¡Qué fácil es resolver cualquier problema cuando se hace con amigos!, pensó Nao mientras acariciaba a la locomotora.
El muchacho no sabía de que manera agradecerle aquel esfuerzo que había hecho la máquina.
-¿Esfuerzo?. Esto no es nada comparado con lo que tú hiciste, dijo la locomotora. Recuerda que yo era tu único juguete y te pedí que me abandonases. Un juguete en las manos de un niño es parte de su felicidad. Pero yo siempre confié en tu bondad y cómo sabía que algún día podría devolverte aquel favor me fui más tranquila, aunque tú por aquel entonces aún no podías entender nada.
-Gracias de nuevo, respondió Nao. Muchas gracias y hasta pronto querida locomotora.
-Sí, eso es, hasta pronto, aseguró ella. Seguro que nos volveremos a ver. Sólo me queda desearles suerte y que rescaten a Di lo antes posible. Estoy segura de que lo lograreis.
La locomotora emprendió su viaje, como siempre por las vías que ella misma imaginaba y que nadie podía ver, y siguió su vida de trotamundos, feliz de ser libre y de haber ayudado a Nao.
Cada vez estaban más cerca de su objetivo. Llegar a la isla Aire les llevaría otro dos días más, pero…, ¿qué era aquello teniendo en cuenta todo lo que ya habían navegado? Y además, ¿qué importaba todo cuando se trataba de salvar a Di?

>> Capítulo VII. La isla Aire

01Ene/14

NAO / CAPÍTULO VII. LA ISLA AIRE

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>> Capítulo III. Di y el príncipe
>> Capitulo IV. El príncipe Al
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>>Capítulo VI. La isla Fuego
>> Capítulo VII. La isla Aire

Estaban deseando divisar alguna de las mil escaleras que rodeaban la isla Aire, con las cuales se podía entrar en ella, ya que como todo el mundo sabía era un territorio suspendido en el aire, pero cada vez que el barco iba divisando tierra y ellos más se esforzaban por concentrar su mirada en aquellas escaleras de seda, no podían llegar a verlas. Se miraban unos a otros contrariados. No había ninguna explicación al respecto. Estaba claro que era así como se accedía a la isla. Es más, esta era la única manera de visitarla.
Pronto se les vino a la cabeza la idea y la posibilidad de que el malvado príncipe Al, después de secuestrar a la bella Di, habría mandado cortarlas todas para que nadie pudiera entrar en la isla. El monarca era tan débil de carácter, y temía tanto a su hijo, que seguro no había podido hacer nada para impedirlo. Si, esta era, seguro la verdadera y triste razón, por la cual no podían llegar a verlas.
Pero esta vez los ánimos de la tripulación y del príncipe Xin no decayeron porque vieron como una sonrisa se asomaba a la cara de Nao.
-¿Qué sucede querido Nao?, preguntó Xin al muchacho. No pareces contrariado, ni tan siquiera triste ante esta nueva desgracia.
-No, no estoy triste Xin, respondió el niño. Y no lo estoy porque sé que me queda otra amiga de verdad que pronto aparecerá para ayudarnos.
-¿Otra amiga? ¿A qué te refieres?
-Antes de vivir en palacio, como ya sabes era muy pobre. Pero en aquel tiempo me sucedieron cosas increíbles. Recibí tres regalos mágicos que han ido cambiando mi vida. El pez Teo, la locomotora y una cometa. Al principio, como cualquier niño, pensé que eran unos simples juguetes, a los que quería mucho, pero nada más, unos juguetes con los que pasar mi tiempo. Pronto comprendí que eran mágicos. Hablaron conmigo y me prometieron que en un futuro me ayudarían si yo les dejaba en libertad. Teo me pidió ser libre para conocer otros mundos más allá de su pequeña pecera, la locomotora me pidió ser libre para recorrer otros mundos más allá de los que yo imaginaba para ella, y la cometa me pidió ser libre para volar por otros cielos más allá de aquel triste y gris de la ciudad en la que daba torpes paseos. A todos les concedí la libertad que ansiaban, sin llegar nunca a pensar, que ellos me devolverían el favor, porque siempre reflexioné, mientras pasaba el tiempo, sobre si aquello no habría sido producto de mi imaginación. Pero no era así, y ya ves como Teo y la locomotora han acudido para ayudarme. No dudes, prosiguió explicando Nao, que mi preciosa cometa aparecerá de un momento a otro. No lo dudes querido Xin porque yo creo en la bondad de los amigos.
Xin miraba a Nao con cariño. Era extraordinario como aquel muchacho estaba tan seguro de la bondad de las personas, de la paz, del diálogo para alcanzar cualquier objetivo. Ya le parecía a Xin que Nao no era un niño normal, que estaba cargado de tal bondad, que era, en los tiempos en que vivían, difícil de creer, pero era así. ¡Qué suerte tenía de que ahora aquel muchacho era parte de su familia!, pensó el príncipe orgulloso.
Poco después de lo que el muchacho había contado a Xin, el cielo, ante el asombro de todos los tripulantes del barco, de Xin y del propio Nao, se llenó de miles de cometas de colores, miles y miles de cometas que volaban alegres por aquel cielo azul. Después una encabezó una gran fila y se acercó a Nao. El chico reconoció a su cometa de entre todas ellas, porque aunque ya se había convertido en una hermosa figura en forma de mariposa, aún conservaba un trozo de aquella tela de lentejuelas que su madre le había pegado a la cola años atrás.
-¡Querido Nao! ¡Cuánto me alegro de volver a verte! ¡Cuánto de ver como tú y tu familia habéis prosperado!
-Yo también me alegro mucho de verte tan hermosa, le contestó el niño sonriendo. Te has convertido sin duda en la cometa más bella que nunca he visto ni veré.
-Todo te lo debo a ti querido amigo, no lo olvides, asintió la cometa. Por eso estoy aquí, para ayudarte. Alcanzareis la isla montados sobre nuestros lomos de cartón y papel. Una vez allí, sólo me queda desearte toda la suerte que mereces para que encuentres a tu preciosa hermana. Estoy segura de que lo lograreis.
La cometa se alejó de Nao y velozmente todas ellas formaron una gran figura en el cielo con forma de pájaro. Se acercaron a Nao, Xin y el resto del ejército. Todos se montaron sobre ellas. El viaje fue cuestión de segundos. Pronto pisaron tierra y Nao se despidió de su gran amiga, a la que estaba seguro de que volvería a ver alguna vez más en su vida. Nao estaba contento porque nunca antes la había visto tan feliz, ni tan hermosa, ni tan orgullosa de sí misma. Esto le hacía feliz.
Cuando tocaron tierra, tanto el ejército, como Nao y Xin sabían que debían actuar con cautela. El príncipe Al era un tipo listo que podía haberse ya dado cuenta de todo y estar cavilando la peor de sus jugarretas. Por el momento, suponían que no era así. En las dependencias del castillo parecía estar todo en calma. Con sigilo, sin embargo, se acercaron hasta la fortaleza. Uno a uno, los hombres del ejército, Xin y Nao fueron saltando los muros. Pronto divisaron el torreón de castigo y dieron por supuesto que allí debían estar los calabozos, debajo de aquel torreón que se alzaba inmenso, casi rozando el cielo.
Rodearon el torreón sin problemas, pero cuando todo les parecía más fácil, e incluso el príncipe había sacado la llave ya de su casaca apareció el joven Al sonriendo triunfante ante ellos.
-¡Mis queridos amigos!, dijo con tono sarcástico. No puedo más que sentirme honrado con vuestra visita. Pero…, ¿a qué se debe?, ¿quizás algún asunto pendiente?, preguntó mientras acto seguido lanzaba una sonora carcajada.
-Ya sabes a lo que venimos Al, respondió Xin. Tienes encerrada a mi esposa en uno de tus calabozos. Has hecho algo que no creía que podrías llegar a hacerme nunca, yo que te creía mi amigo. Pero ya veo que la envidia puede contigo.
-¡Uy!..no me vengas con monsergas principito, dijo Al. ¿Acaso crees que puedes tener todo lo que deseas?
-No es algo que yo desee Al, contestó Xin contrariado. Di me quiere y yo la quiero a ella. Dos personas que se quieren desean estar juntas. ¿Puedes llegarlo a entender?
-¡Pero claro! ¡Claro! Y lo siento de verdad, comentó Al de forma sarcástica, pero Di está encantada de compartir su vida conmigo. Contigo se aburriría tanto… mi querido Xin.
-¿Qué tonterías estás diciendo?, preguntó el príncipe alterado.
-Eso, zanjó Al. Simplemente que Di se ha acostumbrado a estar aquí, conmigo, y dudo mucho de que ella quiera volver contigo. Es más, no tenías que haberte molestado en luchar contra sapos gigantes, ni dragones, ni nada por el estilo, ya que yo mismo te hubiera dado la llave del calabozo donde está mi querida Di.
-¡Quiero verla!, exigió Xin.
-Naturalmente, le invitó Al. ¡Ve!
Nao y Xin estaban perplejos. No era posible lo que Al les decía. Estaban seguros de que Di no podía haber olvidado a su familia, ni a su isla, ni mucho menos a su esposo.
Era tal la ansiedad que sentían por volver a ver a la muchacha que, todos, sin pensar ya en la crueldad de Al, sino en las palabras tan absurdas que el príncipe estaba diciendo, se metieron en el calabozo.
Allí, tumbada en un camastro y muerta de frío estaba Di. Cuando los vio se abrazo a su hermano y al príncipe Xin. No parecía la misma muchacha que días atrás había celebrado su boda. Su piel estaba ajada, su pelo estropeado, su cuerpo amoratado, y sus ropas llenas de agujeros.
¡Qué alegría sintieron los tres al reencontrarse! Tan grande era el momento de felicidad que estaban viviendo que sólo al cabo de unos momentos se dieron cuenta, que no sólo Di, si no que todos ellos, ahora estaban encerrados en el calabozo, y lo peor de todo es que no podían salir.
Al reía a grandes carcajadas desde fuera, dándose cuenta de que una vez más les había engañado. Les había tendido una trampa.
-Bueno, ahora ya os tengo a los tres. ¿Qué más puedo pedir? Tengo suerte al fin y al cabo porque sé que ya no me aburrireis más con vuestras idas y venidas. Esto era lo que queríais ¿no?, estar juntos. Pues ya estáis juntos, y para siempre. Luego me echarás en cara querido Xin que no soy un buen amigo, dijo Al.
Era cierto, habían sido engañados de nuevo. ¿Cómo saldrían de allí? No podían creer lo que les estaba sucediendo. Era a la vez tan inverosímil y tan absurdo. Habían caído en la trampa de un modo tan estúpido…
Ahora, lo único cierto es que ya sólo les quedaba el diálogo con Al para salir de aquel problema.
El príncipe caprichoso les dejó allí encerrados aquella noche y durante tres días más.
Tanto en palacio como en toda la isla se produjo un gran escándalo cuando la noticia fue de dominio público. Todos los ciudadanos sabían que el príncipe Al, no sólo tenía retenida a la bella Di, sino que ahora se permitía el lujo de jugar con la vida del noble príncipe Xin y del pequeño Nao, así como con la vida de los demás soldados del ejército de la isla Tierra.
El pueblo veía como el rey no tenía suficiente autoridad para enfrentarse a su hijo. Le consentía todos los caprichos, y lo que era aún peor, tenía miedo de él. Así, los súbditos de la isla, comenzaron a reflexionar sobre que clase de rey les gobernaba, que clase de rey llevaba las riendas del territorio. Y, claro está, llegaron a la conclusión de que no era ni mucho menos un monarca que se preocupara de ellos, ni que pudiera hacer frente a futuros males mayores que azotaran a la isla, ya que no era capaz ni de educar a su propio hijo.
El rey se sentía agotado por la gran responsabilidad que caía ante él. El pueblo tenía razón. No había sido capaz de educar a su hijo, ni era capaz de contrariarle ahora. Por este motivo se sentía desgraciado y avergonzado ante su gran amigo, el monarca de la isla Tierra, el padre de Xin, que aún esperaba una respuesta de él. Habían pasado los días y no había sido capaz de hacer nada. Di continuaba sufriendo en aquel calabozo para disfrute de su hijo, y ahora además se unía el problema de Nao y Xin. Sin duda el rey había tocado fondo.
Al día siguiente, el monarca se reunió con su secretario de confianza. Quería acabar con el problema y lo tenía que hacer de forma drástica y dolorosa. Se debía a su pueblo, y su hijo era un gran problema tanto para su pueblo como para continuar con las buena relaciones que hasta ahora le habían unido con los otros monarcas. Sólo le quedaba una salida, y esa salida era ordenar la captura y la muerte de Al. El diálogo no había funcionado nunca con su hijo, tampoco las buenas promesas, entonces ¿qué podía hacer? Esta era la única salida..
El secretario le aconsejó que primero le encerrara y que por última vez intentara hablar con él, pero el rey se negó.
Dos días más tarde, el príncipe Al fue arrastrado, atado de pies y manos y conducido a uno de los calabozos. Allí, sabía que le esperaba la muerte al día siguiente. El rey liberó a Xin, a Nao a Di y al resto del ejército. Estos estaban asombrados por la decisión tan dura y dolorosa que había tomado el monarca, pero, a la vez, felices al fin de verse liberados y ansiosos por ir a su casa. Pero algo les impedía disfrutar de ese momento tan especial. No podían consentir que un hombre muriera y menos un amigo como hasta entonces habían considerado al príncipe Al. El príncipe Xin habló con el monarca sobre el asunto de la siguiente manera:
-Querido monarca. El cariño que siento por usted, la reina y toda su familia me impide irme a mi isla sabiendo que el príncipe Al morirá mañana. Sé y comprendo que el pueblo le haya pedido una explicación, también sé de la maldad con la que en muchas ocasiones actúa mi viejo amigo, pero como dice mi padre con diálogo se puede conseguir todo.
-Me conmueve la bondad que aún guardas en vuestro corazón, y el cariño que aún sientes por mi hijo, pero lo cierto es que yo lo he intentado todo ya. Todo lo que estaba en mi mano. No puede seguir haciendo daño a nadie más, por el bien de mi pueblo y de mis hermanos monarcas de las islas vecinas, contestó el rey destrozado por dentro.
A pesar de todo, el príncipe Xin pidió al rey ver por última vez a su amigo. El rey le concedió su deseo y allí quedaron los dos a solas, frente a frente.
-Has vencido, dijo Al nada más ver al príncipe Xin. Parece que hasta mi padre está de tu parte.
-No he vencido, contestó Xin. Estoy derrotado y triste porque mañana perderé a un amigo.
-Nosotros no somos amigos, contestó fríamente el príncipe Al.
-Yo te considero un amigo, aseguró Xin. Y como te considero mi amigo voy a pedir tu libertad ante el rey.
-¿Tú?, preguntó extrañado el príncipe de la isla Aire. Nadie te ha hecho tanto daño como yo nunca. No puedo entender por qué, a pesar de todo, deseas mi libertad.
-Si yo te concedo la libertad que ahora necesitas, quizás algún día, te acuerdes de este momento y me ayudes, explicó Xin.
-¿Qué te hace pensar semejante tontería?, dijo Al. No soy muy bueno en eso de ayudar a los demás, porque simplemente los demás no me interesan mucho.
-A mí, los demás si me interesan, mis amigos si me interesan, y tú también, aseguró Xin.
Al miró para otro sitio. No sabía que contestar. La bondad del príncipe Xin le hacía sentirse cada vez más miserable. No llegaba a entender como unas personas pueden guardar tanta bondad dentro de ellas, y otras, como a él desgraciadamente le pasaba, tanto odio. Pero era tarde para reflexionar sobre esto. Al día siguiente moriría. Su padre le había cortado las alas de su libertad, esa libertad que de forma tan errónea el había utilizado a lo largo de su juventud. Por un minuto pensó que si alguien le devolviera aquellas alas, no volvería a caer en el mismo error. Sin duda las utilizaría para otras cosas. Se daba cuenta de que había hecho sufrir a todos sus seres queridos. Sólo ahora se daba cuenta, cuando ya era demasiado tarde, cuando su propio padre había tomado la decisión de acabar con su vida por el bien del reino.
Xin se acercó a él y le preguntó a qué se debía su silencio.
-Estoy pensando, respondió Al. Estoy pensando en cosas que ya dan igual. Sólo te diré que me doy cuenta en este momento de que no he actuado bien. Lo sé. Y que si volvieran a darme mis alas, mi libertad, sin duda, la utilizaría de otra manera. Pero no soy tonto, y sé, que ni mi propio padre creería lo que estoy diciendo. He mentido tantas veces…
-Yo si creo en ti, contestó el príncipe Xin. Yo voy a creer en ti porque no puedo abandonar esta isla sabiendo que un amigo va a morir. Tengo que hacer algo para evitarlo.
-¿Aún harías eso por mí después de todo el dolor que te he provocado?, preguntó Al asombrado.
-Claro, es muy fácil evitar el dolor si uno quiere, y yo no quiero que tú sufras, porque sé que eres capaz de guardar mucha bondad en tu corazón. Sólo tenemos que devolverte tus alas y pronto lo veré estoy seguro.
-Si tú me devuelves las alas, si me das la libertad que necesito, te juro que algún día te devolveré este gran favor. No lo dudes. Recuerda lo que te digo.
-Estoy seguro, contestó Xin, mientras se fundía con Al en un largo abrazo.
Minutos más tarde apareció Xin con el monarca. Este devolvió las alas a su hijo y le liberó.
-Quiero que sepas que yo, tu propio padre, no confiaba más en ti, dijo el monarca con lágrimas en los ojos. Ten en cuenta, que un amigo, un gran amigo, te ha devuelto tu libertad. Nunca lo olvides.
El príncipe Al se colocó sus alas, mientras abrazado a su padre y a su amigo Xin, prometía que nunca más les fallaría.
De eso estaba seguro Xin, que había aprendido mucho en ese viaje al lado del pequeño Nao.
Tanto el ejército, como Nao, Xin y Di pasaron la noche en la isla Aire. Allí fueron agasajados con una gran cena. Después descansaron. Al día siguiente estarían de vuelta, por fin a casa. El propio Al los llevaría, a todos, subidos en sus potentes alas.
Nao tenía mucha ganas de ver a toda su familia, tenía muchas ganas de seguir aprendiendo, tenía muchas ganas de sentarse al lado del estanque y darle un gran abrazo a su querido Teo.
¿Quién sabe que nuevas aventuras le estarían esperando al valiente Nao?

10Jun/13

LA ROSA BLANCA Y LA NUBE GRIS

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Llevaba algunos días sin llover, pero apareció de repente la nube gris y gordinflona que todos esperaban en el jardín.
La rosa blanca le dijo a la nube:
-¡Qué bien que has llegado! Me muero de sed.
La nube le contestó:
-¿Qué has hecho con las últimas gotas que te di? Te advertí de que guardases algunas y no lo bebieras todo de una vez.
La rosa blanca le explicó:
-Me quedaban sólo tres gotas y las regalé. Una se la di a la mariquita, otra a la abeja y la otra al escarabajo.
La nube exclamó:
-¡Qué tontorrona eres!¡Eres bella, si, pero rematadamente tontorrona!
La rosa se quedó extrañada y algo enojada y preguntó:
-¿Por qué dices eso?
La nube, socarrona, le advirtió:
-Nunca vuelvas a hacer eso. Le has dado de comer a tus enemigos. La mariquita siempre está encima de ti, el escarabajo, cuando menos te lo esperas, te roe tus preciosos pétalos, y la abeja todo el día se pasa libando en ti. ¿Ves que tontorrona eres?
La rosa le intentó explicar que ella no pensó en nada de eso. Ellos le pidieron agua y ella, simplemente, la regaló, sin importarle todo lo demás.
-Peor aún, contestó la nube sorprendida. Tienes que darte cuenta de quién te rodea y quienes son tus amigos de verdad.
-Todos somos amigos, aclaró la rosa. Estoy segura de que si alguna vez yo necesitara ayuda de verdad ellos me ayudarían.
-Además de tonta, ingenua, ¡en fin!, dijo la nube. Me voy.
-No, no te vayas, suplicó la rosa. Necesito agua.
-Pues pídesela a tus amigos.
-Ellos no tienen, aclaró la rosa. Ellos, al igual que yo, te estaban esperando.
-Pero yo no tengo que descargar el agua hoy aquí, me esperan en otra parte, dijo la nube algo altanera.
-¡No seas tan egoísta!, pidió la rosa angustiada. Sólo un par de gotitas.
La mariquita, la abeja y el escarabajo estaban escuchando toda la conversación entre la nube y la rosa desde el principio. Dolidos en su amor propio, se reunieron al lado de la rosa y le susurraron algo en sus pétalos.
En cuestión de segundos, un enjambre de abejas, un puñado de escarabajos, y montones de mariquitas, revoloteaban al lado de la nube.
-Quitaos de aquí, pidió la nube molesta. Me estáis haciendo cosquillas, y no puedo aguantar. Voy a tirar todo el agua aquí por vuestra culpa.
Las mariquitas con sus alas, las abejas con sus antenas, y los escarabajos con sus patas no paraban de rozarse con la nube una y otra vez, hasta que pasó lo que la nube se temía.
En un ataque de cosquillas empezó a perder el agua que llevaba y todo el jardín quedó repleto de agua. Todas las plantas y todos los animales disfrutaban del frescor de la lluvia. Y en el cielo, la nube gruñona y ahora menos gordinflona se iba corriendo para otra parte.
Pero a la rosa blanca le dio tiempo de explicarle a la nube gris que debemos ayudar a los demás sin importarnos y sin tan siquiera pensar que recibiremos de ellos, porque esa es la verdadera bondad, algo que no tiene nada que ver con el egoísmo y algo que tiene mucho que ver con la verdadera amistad.

27Feb/13

LO QUE LES PONE TRISTES A LOS NIÑOS

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Yo pregunté a los niños que cosas son las que les ponían tristes.
Ellos me respondieron así:
-Unas rosas aplastadas en medio de la calle.
-Un pájaro que canta encerrado en su jaula.
-Una madre que no vuelve.
-Un padre llorando.
-Un abuelo que no sonríe.
-Un invierno sin nieve y sin regalos.
-Un verano sin sol y sin helados.
-Una caja con juguetes olvidados.
-Un animal en el zoo.
-Una mariposa sin polvillo mágico.
-Una playa sucia.
-Un armario sin chocolate.
-Un amigo enfadado.
-Una noche con sueños malos.
-Una semana sin sábados.

Son algunas de las cosas que me respondieron, y resulta que son demasiadas. Demasiadas para un niño.

24Sep/12

EL REY VAGO

Érase una vez un rey que estaba cansado de serlo. Muy, muy cansado de serlo. Tanto, que cada día, era un poco más holgazán y desatendía los deberes del reino sin importarle lo más mínimo lo que en sus tierras sucediera.
La reina, cansada de la actitud del monarca, no sabía que hacer con él. A todos los consejeros reales había llamado ya para hacerle entrar en razón, a todos los magos con sus pócimas milagrosas había atendido, pero nada, de nada, de nada había sucedido.
Un día, el rey, tan vago como siempre, decidió ir al río para darse un baño. Allí, chapoteando en las aguas, sin hacer nada, estaba feliz y tranquilo, tanto que se quedó dormido.
Al despertar, se dio cuenta de que había perdido su corona. Sobresaltado, miró por todas partes, pero no la encontró.
Al de un rato, pensó que eso era maravilloso. Y lejos de entristecerse se puso a dar saltos de alegría.
-¡He perdido mi corona! ¡Que bien!, ¡que consuelo!, ¡que ilusión!. Ya no seré nunca más el rey de la nación, se dijo contentísimo.
Así se presentó en palacio, con cara de júbilo y una sonrisa de oreja a oreja que dejó a la reina patidifusa.
-¿Qué demonios te pasa?, le preguntó su esposa, la reina.
-¡He perdido mi corona! ¡Qué bien!, ¡qué consuelo!, ¡qué ilusión!. Ya no seré, nunca más, el rey de esta nación, repitió atolondrado.
-¿Qué has perdido tu corona bobalicón? ¿A quién se le ocurre?, exclamó la monarca de muy malas pulgas. ¡Vete inmediatamente a buscarla!, le exigió la reina.
El rey hizo lo que su esposa le había dicho, pero solo por cumplir.
Cuando se acercó al río vio a un sapo con su corona puesta.
Aún le quedaba un pequeño corazoncito de rey, así es que le dijo al sapo, muy malhumorado, que se quitase la corona de encima de su escurridiza cabeza.
-¡Te lo ordeno! ¡Soy el rey de esta nación!, le explicó al anfibio sin pensar lo que estaba diciendo.
Luego, se dio cuenta de que el no quería ser el rey, pero ahora, ahora, que veía a ese sapo horrible con su corona puesta….ahora no le gustaba tanto la idea de que un sapo hubiese ocupado su puesto.
El sapo, encantado con su nuevo cargo, le exigió al rey que se pusiese de rodillas, pues él y nada más que él era el rey de la nación en estos momentos.
-¿De rodillas yo mequetrefe?, dijo el rey. ¡Estas hablando con el rey de la nación!
-¡Yo soy el rey!, dijo el sapo posándose de un salto en la cabeza del antiguo monarca.
El rey lloriqueando se fue a casa. Le contó a la reina lo sucedido y ésta, como era de esperar, le pegó con el rodillo de amasar en toda la cabezota.
Pasaron los días, y las gentes del reino sabían lo que había sucedido y lo peor de todo, es que estaban encantados con su nuevo rey. El sapo resultó ser un monarca eficiente, preocupado por su reino, encantador con sus súbditos y nada dado a los lujos ni al ocio.
Mientras tanto el rey, como enloquecido repetía una y otra vez:
-¡Qué amargura! ¡Soy un gran tontorrón! Ya no soy el rey de la nación…buaaaaah, buaaaah, buaaaaah….
La reina, cansada de verle llorar, de ver como se convertía cada día más en un rey bobalicón y llorón decidió ir al río y matar al sapo. Así, y de una vez por todas, se acabarían los problemas en su matrimonio y su marido recuperaría la corona.
Cuando se levantó al día siguiente, fue al río con un cuchillo. Pensaba que todo sería sencillo, pero al acercarse a la piedra donde descansaba el sapo resbaló y se calló, con tan mala suerte que la corriente del río se la llevó.
El rey, al enterarse, lloró desconsolado y entonces decidió, armado de valor que él mataría al sapo, para acabar con todos sus males. Y se prometió a sí mismo, que nunca más sería un monarca vago, ni ocioso, ni dado al lujo y a los caprichos.
Cuando se levantó al día siguiente, fue al río con un cuchillo. Pensaba que todo sería sencillo, pero al acercarse a la piedra donde descansaba el sapo éste le dijo que tuviese cuidado de no resbalarse porque de lo contrario nunca le podría matar y recuperar de nuevo la corona.
El rey sintió un escalofrío. No era capaz de matar al sapo, algo en su corazón se lo impedía. Lo intentó pero no podía.
Escondidos entre las ramas, las gentes del pueblo veían lo que estaba sucediendo.
El sapo le pedía al rey que lo matase si tan valiente se creía.
Pero entonces el rey contestó:
-No, no puedo, dijo muy dignamente. Nunca sobre mi reino se ha derramado una gota de sangre. Yo no supe cuidar mi corona, no supe ser un buen rey. Pero acepto que tú la lleves porque el pueblo te quiere.
La gente se asomó y empezó a aplaudir, y a vitorear:
-¡Viva el viejo rey! ¡Viva el gran bobalicón con su gran corazón! ¡Tenemos al nuevo rey de la nación! Sabían apreciar la bondad del antiguo monarca.
El sapo se alegró de que el rey hubiese aprendido la lección. En realidad, el no quiso nunca ser el rey. Pero gracias a él, el rey se había dado cuenta de lo importante que era ser trabajador y la suerte que tenía de ocupar su posición.
Desde aquel día, el rey fue un gran monarca, lleno de bondad, que se repetía a si mismo, cada mañana:
-¡Que alegría! ¡Que ilusión! ¡Que fortuna tengo yo! Soy, otra vez, el rey de la nación.
Por cierto, la reina que se había quedado enganchada a unos juncos del río volvió empapada y le quitó la corona de la cabeza en cuanto llegó a palacio.
-¿Por qué haces eso amada esposa?, le preguntó el rey.
-Porque veo que no has aprendido la lección, le contestó ella muy inteligentemente. Un rey no tiene que parecerlo, simplemente serlo. Así es que levántate del sillón, guarda tu corona, y ve a hacer a las gentes felices y a cuidar de tu nación. Y, acto seguido, le dio con el rodillo de amasar, un buen coscorrón al rey de la nación, por vago y bobalicón.

29Feb/12

LA HISTORIA DE AMOR DE UN ELEFANTE MUY, MUY, MUY GRANDE Y DE UNA HORMIGA MUY, MUY, MUY PEQUEÑA

Érase una vez un elefante. Un elefante muy, muy, muy grande. Bueno, como suelen ser casi todos los elefantes. Pues bien, este elefante tan grande, llamado Roger, tenía una amiga muy, muy, muy pequeña. Tan pequeña que…, no, no era una pulga, pero tenía una amiga muy, muy, muy pequeña, como digo. No era una pulga, no, ni tampoco un piojo, era una hormiga y se llamaba Rebeca.
Hasta aquí todo normal, o quizás…, no muy normal, no, tenéis razón. Pero…, en cualquier caso, hay que decir que Roger y Rebeca eran grandísimos amigos. Y lo que al principio era una simple amistad, empezó a derivar en un gran amor.
Ya se sabe que no todos los amores son correspondidos, y esto es lo que le sucedía al pobre Roger. Roger se moría de amor por Rebeca, Roger bebía los vientos por ella, pero Rebeca no estaba enamorada de Roger.El elefante era sólo su amigo y nada más que eso, pensaba ella. Y por muchas veces que Rebeca le explicó esto a Roger, y por más veces y mil veces más que le intentó decir que le quería, que incluso le adoraba, pero que sólo quería ser su amiga, Roger nunca lo entendió e incluso se puso burro con este amor.
-Te seguiré allá donde vayas, querida Rebeca, le decía Roger sonrojado.
-No hace falta, le explicaba Rebeca sonrojada.
-Pero yo lo haré, insistía Roger.
-Pero yo no quiero que me quieras tanto, le rogaba Rebeca a Roger.
-Pero yo te adoro, puntualizaba el grandullón.
-Yo también te quiero Roger, pero como amigos, explicaba la hormiga.
-Te seguiré, vaya si te seguiré, volvía a decir Roger.
Cuando Roger se ponía pesado….podía ser muy pesado, más pesado que su propio peso. ¡Que ya es decir! Y mientras tanto, la pobre Rebeca estaba hasta la coronilla del amor que Roger le profesaba. Tan harta estaba que incluso veía como peligraba su amistad. Y eso le dolía a la hormiga, le dolía mucho. Para Rebeca tener un amigo significaba tener un tesoro, porque en realidad es así. El que tiene un amigo tiene un tesoro. ¿Nunca lo habéis oído decir a vuestros padres o a vuestros abuelos? Pues ya veréis como si les preguntáis os dicen que Rebeca tiene razón.
Rebeca intentó todo lo que estaba en sus manos para hacer entender a Roger lo que ella sentía, pero nada de nada. Nada funcionaba.
Entonces, una noche, mientras dormía, Rebeca pensó que si Roger le había jurado que la seguiría allá donde ella fuese, así iba a ser. A ver si de una vez aprendía la lección ese elefante grandullón y testarudo.
Nada más acabar de desayunar, Rebeca fue a buscar a Roger.
-¿Vienes a pasear conmigo?, le preguntó Rebeca.
-¡Claro mi amor!, respondió emocionado Roger, que no esperaba una invitación tan galante a tan tempranas horas.
-No me llames mi amor Roger, le pidió la hormiga al elefante.
-Perdona mi amor, le dijo el testarudo elefante.
Rebeca ya no quería enfadarse con Roger porque sabía que sus problemas pronto iban a terminar. Roger no tenía ni la menor idea de lo que pretendía hacer con el la inteligentísima hormiga.
Rebeca le llevó por el bosque hasta que toparon con una torre muy larga y muy estrecha hecha de piedra.
-Muy bien Roger, dijo la hormiga triunfante. Si de verdad me quieres como siempre aseguras, y afirmas una y otra vez que tú siempre me seguirás allá donde vaya es el momento de demostrarlo. ¿Ves esta torre tan alta y tan estrecha? Yo voy a meterme dentro y tú me tendrás que acompañar porque yo puedo tener mucho miedo allá dentro. Soy una hormiguita indefensa, recuérdalo.
-¡Claro mi amor!, contestó el elefante.
Roger no veía el peligro. Estaba claro que estaba fuera de sí y loco de amor. ¿Qué se puede hacer cuando alguien está tan enamorado? Nada, os lo aseguro.
Así es que, Rebeca se metió en la torre, como pez en el agua, pero el pobre Roger no lo tenía tan fácil. La trompa entró fácilmente, las orejas no tan bien, y, como era presumible, la cabeza se le atascó sin posibilidad de dar un paso más hacia adelante.
-¡Espera amor!, pidió Roger a la hormiga. Me he quedado atascado.
-Ya te lo dije pequeño grandullón, contestó Rebeca. No podemos querernos porque tú eres un gran elefante y yo una pequeña hormiga. Tú no puedes hacer las cosas que yo hago, ni ir donde yo voy, ni siquiera abrazarme porque me aplastarías. ¿Cómo quieres que me enamore de ti? ¿Ves? No puedes ni siquiera seguirme hasta dentro de la torre. ¿Cómo pretendes seguirme al fin del mundo?
El pobre Roger se quedó sin habla, después casi sin respiración y después unas lágrimas gordas y grandes surcaron su cara. Rebeca le miraba, segura de que, al fin, el elefante, había aprendido la lección.
La hormiga recorrió la torre durante todo el día, mientras el pobre Roger seguía atascado y lloriqueando.
Llegó la noche y la hormiga se fue a casa. Sabía que no podía ayudar a Roger. Ella era una simple hormiga sin fuerza. Pero sabía que Roger se las arreglaría para salir de allí.
A la mañana siguiente, Rebeca sintió un malestar muy grande cuando no vio allí a Roger. Le echaba de menos. Sabía que no había actuado bien. ¡Roger era tan bueno y tan simpático!
Fue al bosque sin pensarlo dos veces, buscó la torre y allí encontró llorando al pobre Roger. No había podido salir sólo y nadie le había ayudado porque nadie había pasado por allí durante toda la noche.
-¿Qué haces aún aquí Roger?, preguntó la hormiga asustada.
-No puedo salir, dijo Roger. Tenías razón. No puedo seguirte allá donde vayas. Soy un elefante grande y torpe y tú una hormiga rápida, pequeña y segura de si misma.
-¡Oh Roger!, lo siento, le explicó a su amigo. Yo no quiero que sufras, sólo quería que aprendieses la lección. Tú y yo nunca podremos ser una pareja. Sólo unos amigos que se quieren.
-Me ha quedado claro, contestó Roger. Siempre lo tuve claro Rebeca. Pero…estaba enamorado, compréndelo.
Por la tarde, la familia de Roger, se enteró de lo que le había pasado a éste y fueron a liberarle.
La amistad entre Roger y Rebeca, después de este incidente, nunca fue igual. Roger se sentía un poco dolido. Rebeca se sentía un poco avergonzada.
A Roger le había quedado claro que Rebeca no estaba enamorada de él y aunque, al principio lo pasó mal, con el tiempo empezó a sobreponerse y encontró un amor de verdad. Roger fue feliz , para siempre, con su nueva amiga y su nuevo amor, una hormiga muy, muy, muy pequeña que le adorada.
Para Rebeca, nada fue fácil después de lo sucedido. Algo le había quedado demasiado claro a la hormiga, que nunca nadie la querría como el bueno de Roger la quiso a ella. Y cuando Rebeca se dio cuenta de esto le dolió mucho el corazón pero ya era demasiado tarde. Y nunca, nunca nunca, la hormiga muy, muy, muy pequeña, pudo olvidar a aquel elefante, muy, muy, muy grande llamado Roger.

05Dic/11

EL TRAJE AMARILLO DE PAPÁ NOEL: UN CUENTO DE NAVIDAD

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¿Cree alguno de vosotros que Papá Noel puede ir vestido de amarillo repartiendo regalos a los niños? Pues no, claro que no, porque Papá Noel va siempre vestido de rojo, y siempre con su espesa y larga barba blanca y sus botas negras y su cinturón y una gran saco, por supuesto, lleno de regalos.
Lo que les voy a contar a continuación sucedió hace muchos años cuando a un duendecillo burlón, de esos que trabajan duro con Papá Noel para que los regalos de todos los niños del mundo estén listos el día de Navidad, se le ocurrió teñir su traje de amarillo, ya sabéis, pintarlo de otro color. El pensó que no pasaría nada, pero sucedió… ya verán lo que sucedió.
Llegó la víspera de Navidad y, aquella tarde, Papá Noel limpió a sus renos y les dio hierba fresca, puso a punto su trineo, metió todos los sacos llenos de regalos y fue raudo a vestirse a su habitación. Cuando abrió su armario, se puso muy nervioso al no encontrar su precioso y calentito traje rojo.
-¿Qué sucede aquí?, preguntó el anciano al duendecillo burlón. ¿Dónde pusiste mi traje rojo pequeño malvado?
Pero el duendecillo burlón no contestaba.
-¿Qué sucede aquí?, volvió a preguntar Papá Noel, ahora un poco más enfadado.
-¿Qué que pasa aquí?, dijo el duendecillo.
-Sí, ¿qué pasa aquí?
-De amarillo lo teñí.
-¡¿Queeee?!, exclamó enfurecido Papá Noel.
-¿Qué pasa aquí? De amarillo lo teñí, seguía diciendo burlonamente el duendecillo mientras reía sin parar. Teñí el traje de amarillo porque es más divertido, ja, ja, ja,..
Papá Noel se puso muy triste pero sabía que no le quedaba más remedio que coger su trineo e ir por el mundo repartiendo los regalos a los niños. El viaje era duro y largo por eso no podía ponerse de mal humor, ni malgastar las fuerzas peleando con el maldito duendecillo. Así es que, apenado, se vistió con aquel traje amarillo y comenzó su viaje.
Por el camino, pensaba que como ningún niño le vería, ya que todos dormían mientras el repartía los regalos, no pasaría nada. “Ellos no saben como voy hoy vestido, que tonterías pienso. Ellos saben que mi vestido es rojo y en cualquier caso, lo único que les importa son los regalos, no un viejo como yo que se queda atascado en la mitad de las chimeneas por las que intenta entrar. No hay porqué preocuparse si mi traje es amarillo.”, se iba diciendo a si mismo como para tranquilizarse.
Casi cuando ya había dado la vuelta al mundo, cuando sólo le quedaba un país en el que dejar sus regalos, se metió en una chimenea muy grande, tan grande, que esta vez no se quedó atascado sino que metió tantísimo ruido al caer contra el suelo que Pedrito se levantó de la cama. Corrió escaleras abajo y vio a Papá Noel con su vestido amarillo. Pedrito gritó del espanto al ver así a Papá Noel vestido porque, por supuesto, no pensó que era Papá Noel, sino cualquier ladrón que había caído por la chimenea.
-Calla, calla Pedrito, le rogó Papá Noel al niño. Soy Papá Noel.
-¡Tú no eres Papá Noel!, exclamó Pedrito enojado. Papá Noel tiene un traje rojo, y el tuyo es amarillo. Como dice mi papá, tu eres un impostor, un ladrón.
-Que no, que no Pedrito, intentó explicarle Papá Noel. Mira, la cosa es muy sencilla de entender. Un duendecillo burlón pintó mi traje de otro color. Y no me ha quedado más remedio que repartir los regalos con éste.
Pedrito se callo. Le miró triste y le dijo que ya no quería sus regalos.
-Pero si da igual de que color sea mi traje criatura, dijo el viejo Papá Noel. Lo importante es que leí tu carta y te traigo justamente lo que me pediste. Aquí está tu tren eléctrico y tu robot preferido.
-Eso da igual, contestó Pedrito apenado.
-¿Qué da igual dices?, dijo Papá Noel. Yo creía que lo más importante para un niño es recibir sus regalos favoritos el día de Navidad.
-Lo más importante es que viene Papá Noel, contestó Pedrito con una sonrisa. Mira yo te había dejado leche caliente y turrón al lado de la chimenea.
-Ya lo he visto Pedrito, contestó el viejo. Muchas gracias.
-Eso es lo más importante, que Papá Noel viene desde el Polo Norte, dijo el niño. Papá Noel llega vestido de rojo, con su barba blanca, y sus botas negras, y su gorro con un pompón blanco, y su cinturón y su saco y es un poco gordinflón y viene en un trineo con ocho renos tirando de él y una campanilla que hace clín, clón, clín, clón. Pero tú…. tú no eres Papá Noel.
-Si lo soy, pero ya me voy, explicó el anciano. Lo siento Pedrito. Siento que no puedas comprenderlo, y siento que no te hagan ilusión tus regalos. Pero los traje con el mismo cariño que si hubiera llevado un traje rojo puesto.
-Adiós, me voy a la cama, dijo Pedrito.
-No te vayas aún, pidió Papá Noel al muchacho. Ahora quiero que mires por la ventana. Verás mi trineo con ocho renos tirando de él y esa campanilla que hace el ruido que tu sabes. Así entenderás que yo soy el verdadero Papá Noel.
-Pero los niños no pueden ver eso, sólo en los libros, explicó sorprendido Pedrito.
-Pues tu lo vas a ver porque yo te voy a permitir que lo veas, le dijo Papá Noel. El viejo metió su mano en uno de los bolsillos de su chaqueta y echó unos polvos mágicos sobre el niño. Pedrito se cubrió de miles de estrellitas doradas que chispeaban alrededor de él.
Cuando Pedrito se acercó a la ventana vio el trineo, y a Papá Noel volando por el cielo, y a los ocho renos que tiraban del trineo de madera y la campanita dorada que hacía clín, clón, clín, clón,…. y entonces fue completamente feliz.
Pedrito dijo adiós con la mano a Papá Noel con una gran sonrisa.
Entonces Papá Noel se dio cuenta de que Pedrito tenía razón, de que había dicho la verdad. Los niños soñaban con verle y no tanto con los regalos que iban a tener y eso le dio una gran satisfacción. El ya sabía que los niños no son egoístas, sólo son niños, y a los niños lo que más les gusta en el mundo es jugar y, por supuesto, poder ver a un Papá Noel vestido de rojo, montado en su trineo, con sus ocho renos y su campanita dorada haciendo clín, clón, clín, clón,….en mitad del cielo la víspera de Navidad.

30Nov/11

BOLLITOS DE MANTEQUILLA BIEN CALENTITOS. UN CUENTO PARA LOS MAYORES QUE NO ENTIENDEN NADA

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En una ocasión, la palabra Paz decidió abandonar el diccionario. Y no sólo el diccionario, decidió también abandonar el lugar que ocupaba en todas esas conferencias y cumbres que hacen los hombres poderosos de los países poderosos, y decidió irse de la boca de los hombres que la nombraban sin conocerla, y, en definitiva, tenía claro que desaparecería de todos los sitios molestos donde, únicamente, se la nombraba.
Así fue como, una mañana, los hombres poderosos, que tenían un montón de cosas que hacer, y entre ellas hablar de alcanzar la paz mundial, se llevaron tan horrible sorpresa. La palabra paz no estaba en ningún sitio, ni en sus papeles, ni en sus bocas, ni en sus folletos, ni en ningún papel abandonado, ni dentro de sus maletines ¡ni siquiera en el diccionario! ¿Qué iba a suceder entonces? ¡Esto era una catástrofe!
Ninguno de esos hombres poderosos se dio cuenta, después desayunar su café y sus bollitos de mantequilla bien calentitos, de que la catástrofe ya había llegado. Porque si ellos continuamente hablaban de paz era porque había una guerra, y si había una guerra no había paz. Y esto, cualquiera es capaz de comprenderlo. Sobre todo aquellos que no tienen bollito de mantequilla bien calentito para desayunar.
Pero, en cualquier caso, los hombres poderosos se reunieron, porque hay que reunirse para hablar de algo, aunque no sea de paz, y porque, cuando se reunían para hablar de paz, no siempre lo hacían porque les pareciese necesario, sino porque hay que ir a trabajar y hablar de algo. En cualquier caso, como digo, se reunieron, y, claro, hablaron de esta gran ausencia. Tomaban más cafés y fumaban y seguían comiendo bollitos de mantequilla bien calentitos, y llegaron a la conclusión de que no podían hacer nada. No podían hacer absolutamente nada, sólo seguir comiendo bollitos de mantequilla bien calentitos. Y eso exactamente fue lo que hicieron.
De repente, uno de ellos dejó de comer bollito y advirtió a los otros, que había que tener cuidado porque había muchos intereses de por medio, ya se sabe: petróleo,oro,…esas cosillas sin importancia que le dan tanta paz a uno. Que no podían seguir comiendo, ni bebiendo, ni fumando…, que debían hacer algo, que hay países y países, y que si en unos se querían matar pues que se matasen, porque ya se sabe, algunos son como bestias, otros están condenados a sus cargas culturales,… y bla, bla, bla, pero que si en otros se mataban también se mataba su bienestar, el bienestar de los hombres poderosos de países poderosos, claro está, y eso no podía ser así. Eso sería ¡una catástrofe!
Por eso, rápidamente, dejaron sus bollitos de mantequilla bien calentitos en los platos, y se pusieron manos a la obra. Y como el que hace un reparto colonial a base de escuadra y cartabón, comenzaron a delimitar sus intereses. Y lo hicieron bien, bien, pero que muy bien. Y ese día, durmieron tranquilos, pero que muy tranquilos, porque se dieron cuenta de que no les hacía falta hablar de paz, que ellos bien sabían ya lo que significaba. Todo el mundo sabía lo que significaba, y que ya estaba bien de tonterías. Que la paz en sí no existe, que la paz sólo existe si se quiere alcanzar. Así es que durmieron, como digo, muy bien, muy, muy bien, pero que muy bien. Aunque…. bueno, quiero pensar que alguno, de entre todos aquellos hombres poderosos de esos países tan poderosos, tuvo que ir a vomitar, de madrugada, algunos de esos bollitos de mantequilla bien calentitos que tanto, tanto, tanto les gustaban.

09Nov/11

UN NIÑO Y SU BARCO DE PAPEL

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Y comenzó a navegar.
Por capitán un guijarro
por tripulante una flor.

El mar no era mar alguno.
Tan sólo el estanque
de aquel parque.
Pero el horizonte,
en sus ojos,
no existía.

¡Ahora irá
hasta las costas de África!
¡Ahora irá
hasta los mares de China!
¡Mira, mira que rápido va!

Y seguía navegando,
ese barco de papel.
Dando vueltas
y otra vuelta
ese barco de papel.

Comenzó a llover.
Nos fuimos.
Adiós barco, dijo él.
Mañana,
si aún no has llegado a China
te veré.

Al día siguiente,
el estanque,
había tragado
el barquito de papel.

-Mamá, dijo, mira.
El barco ya se ha ido a China.

-Si, se fue,
se fue.

-Pero mira mamá, dijo.
El tripulante cayó.

La flor dormía mojada,
flotando en aquel estanque.

La miraba algo extrañado,
y algo apenado también.
Y cuando iba a decirle
que aquella no era su flor,
por no verle yo tan triste
y con ganas de llorar,
el se adelantó y me dijo,
pero no hay porque llorar,
ella no quiso ir a China,
ella prefirió jugar
aquí sola, en el estanque.
Pero el barquito vendrá
volverá pronto a buscarla,
¿a qué si, mamá?
¿a qué si, mamá?