LA TRISTEZA, LOS LIBROS, LOS RECUERDOS…Y SOBRE TODO TU SONRISA

Un largo silencio. Eso es lo que vengo dando, desde hace ya, demasiado, a todos los que siguen este blog de literatura. Por eso, lo primero que tengo que pedir son disculpas.
Un largo silencio que se justifica por la muerte de un ser querido, y cuando escribo esto, escribo poco, escribo nada. Ella no era un ser querido, era un trozo de mi vida que se ha ido, con ella, para siempre. Cuando una madre se muere, un trozo de cada uno de sus hijos se va con ella para siempre, seguro. Y uno ya no vuelve a ser el mismo, ni lo quiere ser. Porque ahora uno es otro y ese otro se ha hecho a partir de un dolor tan grande como es el que yo siento.
Mi madre perdió a su madre con la misma edad que yo la he perdido a ella, con treinta y cinco años. Mi abuela también me llegó a conocer, aunque yo sólo tenía año y medio. Mi madre ha conocido a su nieto también, a su único nieto al que adoraba y abrazaba con el cariño del que sabe, que además de estar abrazando a su nieto, abraza a la vez a su hija y abraza la continuidad de la vida.
Como yo no creo en Dios, me agarro a la vida. Y se que los seres queridos quedan para siempre en algún lugar, por ese último beso que nos dieron, ese último abrazo, esa última sonrisa. Allí les encontramos. De repente, tocas las yemas de tus dedos y sientes la finura de su piel, o sonríes y ves su sonrisa. Esa sonrisa permanente que mi madre siempre tenía dibujada en su cara, hasta el final.
Como este es un blog de literatura, recordaré sólo una cosa de ella, bueno dos. Dos enseñanzas que nos dio a lo largo de su vida. Siempre nos contagió la pasión por la vida. Para ella vivir era disfrutar, vivir era un regalo, vivir era fascinante. Era vital, idealista y buenísima persona.
La otra enseñanza que nos dio,tanto a mí como a mi hermano, seis años mayor que yo, fue que estudiásemos. Siempre. Que leyésemos, siempre. Que no dejásemos de instruirnos. Siempre nos compraba libros, siempre nos animaba a estudiar a hablar con la gente, a rodearnos de personas que nos enseñaran cosas. Ella quería escucharnos, quería sorprenderse, quería aprender de sus hijos también. Era pura energía, pura alegría, pura generosidad. “Libro cerrado no hace letrado, leyendo y preguntando el necio se hace sabio”. Esta frase la repetía muchas veces mientras nos sonreía.
Yo se que me has dejado al mando del barco mamá. No se hundirá, te lo aseguro. Te has ido demasiado pronto, porque una madre, siempre se va demasiado pronto para sus hijos. Ahora, Juan recuerda sus momentos contigo, y yo recuerdo mis momentos contigo, y seguro que algunos son parecidos, pero también es seguro que muchos serán exclusivos y preciosos para cada uno de nosotros. De papá no digo nada, porque a él, tu muerte, le ha desgarrado por dentro. Te despediste de todos nosotros, como el que no se va a ir nunca. Gracias por tu último regalo, tus palabras.
Pero tú tranquila, el barco no se va a hundir. Tú no quisiste nunca la tristeza. Así te recordaban todas tus amigas, todos tus seres queridos, alegre, siempre alegre. Vamos a salir de esta. El barco ha quedado varado. Lo sacaremos. Lo reconstruiremos como podamos y seguirá el camino. Y allí, por el agua donde ahora nadas, nos verás a los cuatro, a tu marido, a tu hijo, a tu nieto y a mí, diciéndote: “Estamos aquí, contigo, siempre. Somos fuertes, como tú. Gracias por darnos todo. Tenemos que decirte una vez más, cada uno de nosotros: te quiero.”

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