LA HISTORIA DE AMOR DE UN ELEFANTE MUY, MUY, MUY GRANDE Y DE UNA HORMIGA MUY, MUY, MUY PEQUEÑA

Érase una vez un elefante. Un elefante muy, muy, muy grande. Bueno, como suelen ser casi todos los elefantes. Pues bien, este elefante tan grande, llamado Roger, tenía una amiga muy, muy, muy pequeña. Tan pequeña que…, no, no era una pulga, pero tenía una amiga muy, muy, muy pequeña, como digo. No era una pulga, no, ni tampoco un piojo, era una hormiga y se llamaba Rebeca.
Hasta aquí todo normal, o quizás…, no muy normal, no, tenéis razón. Pero…, en cualquier caso, hay que decir que Roger y Rebeca eran grandísimos amigos. Y lo que al principio era una simple amistad, empezó a derivar en un gran amor.
Ya se sabe que no todos los amores son correspondidos, y esto es lo que le sucedía al pobre Roger. Roger se moría de amor por Rebeca, Roger bebía los vientos por ella, pero Rebeca no estaba enamorada de Roger.El elefante era sólo su amigo y nada más que eso, pensaba ella. Y por muchas veces que Rebeca le explicó esto a Roger, y por más veces y mil veces más que le intentó decir que le quería, que incluso le adoraba, pero que sólo quería ser su amiga, Roger nunca lo entendió e incluso se puso burro con este amor.
-Te seguiré allá donde vayas, querida Rebeca, le decía Roger sonrojado.
-No hace falta, le explicaba Rebeca sonrojada.
-Pero yo lo haré, insistía Roger.
-Pero yo no quiero que me quieras tanto, le rogaba Rebeca a Roger.
-Pero yo te adoro, puntualizaba el grandullón.
-Yo también te quiero Roger, pero como amigos, explicaba la hormiga.
-Te seguiré, vaya si te seguiré, volvía a decir Roger.
Cuando Roger se ponía pesado….podía ser muy pesado, más pesado que su propio peso. ¡Que ya es decir! Y mientras tanto, la pobre Rebeca estaba hasta la coronilla del amor que Roger le profesaba. Tan harta estaba que incluso veía como peligraba su amistad. Y eso le dolía a la hormiga, le dolía mucho. Para Rebeca tener un amigo significaba tener un tesoro, porque en realidad es así. El que tiene un amigo tiene un tesoro. ¿Nunca lo habéis oído decir a vuestros padres o a vuestros abuelos? Pues ya veréis como si les preguntáis os dicen que Rebeca tiene razón.
Rebeca intentó todo lo que estaba en sus manos para hacer entender a Roger lo que ella sentía, pero nada de nada. Nada funcionaba.
Entonces, una noche, mientras dormía, Rebeca pensó que si Roger le había jurado que la seguiría allá donde ella fuese, así iba a ser. A ver si de una vez aprendía la lección ese elefante grandullón y testarudo.
Nada más acabar de desayunar, Rebeca fue a buscar a Roger.
-¿Vienes a pasear conmigo?, le preguntó Rebeca.
-¡Claro mi amor!, respondió emocionado Roger, que no esperaba una invitación tan galante a tan tempranas horas.
-No me llames mi amor Roger, le pidió la hormiga al elefante.
-Perdona mi amor, le dijo el testarudo elefante.
Rebeca ya no quería enfadarse con Roger porque sabía que sus problemas pronto iban a terminar. Roger no tenía ni la menor idea de lo que pretendía hacer con el la inteligentísima hormiga.
Rebeca le llevó por el bosque hasta que toparon con una torre muy larga y muy estrecha hecha de piedra.
-Muy bien Roger, dijo la hormiga triunfante. Si de verdad me quieres como siempre aseguras, y afirmas una y otra vez que tú siempre me seguirás allá donde vaya es el momento de demostrarlo. ¿Ves esta torre tan alta y tan estrecha? Yo voy a meterme dentro y tú me tendrás que acompañar porque yo puedo tener mucho miedo allá dentro. Soy una hormiguita indefensa, recuérdalo.
-¡Claro mi amor!, contestó el elefante.
Roger no veía el peligro. Estaba claro que estaba fuera de sí y loco de amor. ¿Qué se puede hacer cuando alguien está tan enamorado? Nada, os lo aseguro.
Así es que, Rebeca se metió en la torre, como pez en el agua, pero el pobre Roger no lo tenía tan fácil. La trompa entró fácilmente, las orejas no tan bien, y, como era presumible, la cabeza se le atascó sin posibilidad de dar un paso más hacia adelante.
-¡Espera amor!, pidió Roger a la hormiga. Me he quedado atascado.
-Ya te lo dije pequeño grandullón, contestó Rebeca. No podemos querernos porque tú eres un gran elefante y yo una pequeña hormiga. Tú no puedes hacer las cosas que yo hago, ni ir donde yo voy, ni siquiera abrazarme porque me aplastarías. ¿Cómo quieres que me enamore de ti? ¿Ves? No puedes ni siquiera seguirme hasta dentro de la torre. ¿Cómo pretendes seguirme al fin del mundo?
El pobre Roger se quedó sin habla, después casi sin respiración y después unas lágrimas gordas y grandes surcaron su cara. Rebeca le miraba, segura de que, al fin, el elefante, había aprendido la lección.
La hormiga recorrió la torre durante todo el día, mientras el pobre Roger seguía atascado y lloriqueando.
Llegó la noche y la hormiga se fue a casa. Sabía que no podía ayudar a Roger. Ella era una simple hormiga sin fuerza. Pero sabía que Roger se las arreglaría para salir de allí.
A la mañana siguiente, Rebeca sintió un malestar muy grande cuando no vio allí a Roger. Le echaba de menos. Sabía que no había actuado bien. ¡Roger era tan bueno y tan simpático!
Fue al bosque sin pensarlo dos veces, buscó la torre y allí encontró llorando al pobre Roger. No había podido salir sólo y nadie le había ayudado porque nadie había pasado por allí durante toda la noche.
-¿Qué haces aún aquí Roger?, preguntó la hormiga asustada.
-No puedo salir, dijo Roger. Tenías razón. No puedo seguirte allá donde vayas. Soy un elefante grande y torpe y tú una hormiga rápida, pequeña y segura de si misma.
-¡Oh Roger!, lo siento, le explicó a su amigo. Yo no quiero que sufras, sólo quería que aprendieses la lección. Tú y yo nunca podremos ser una pareja. Sólo unos amigos que se quieren.
-Me ha quedado claro, contestó Roger. Siempre lo tuve claro Rebeca. Pero…estaba enamorado, compréndelo.
Por la tarde, la familia de Roger, se enteró de lo que le había pasado a éste y fueron a liberarle.
La amistad entre Roger y Rebeca, después de este incidente, nunca fue igual. Roger se sentía un poco dolido. Rebeca se sentía un poco avergonzada.
A Roger le había quedado claro que Rebeca no estaba enamorada de él y aunque, al principio lo pasó mal, con el tiempo empezó a sobreponerse y encontró un amor de verdad. Roger fue feliz , para siempre, con su nueva amiga y su nuevo amor, una hormiga muy, muy, muy pequeña que le adorada.
Para Rebeca, nada fue fácil después de lo sucedido. Algo le había quedado demasiado claro a la hormiga, que nunca nadie la querría como el bueno de Roger la quiso a ella. Y cuando Rebeca se dio cuenta de esto le dolió mucho el corazón pero ya era demasiado tarde. Y nunca, nunca nunca, la hormiga muy, muy, muy pequeña, pudo olvidar a aquel elefante, muy, muy, muy grande llamado Roger.

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