LA AGENDA DE LOS AMIGOS MUERTOS. RAQUEL HEREDIA

RAQUEL-HEREDIA-SE-DESNUDA

“Supe que sobrevivir a un hijo es el pero de los castigos y que el tiempo, en lugar de atenuarlo, lo hace más insoportable”

Raquel Heredia, reconocida periodista y escritora, escribió esta frase en su libro “La agenda de los amigos muertos”, una obra estremecedora, por real, dura y tierna al mismo tiempo.
A la heroína hay muchas formas de llamarla: caballo, jaco, sugar, blanca,…todos los sinónimos llevan al mismo camino, la muerte en la mayoría de los casos. Heredia lo sabe bien. Ella sufrió el problema que conlleva tener a un familiar drogadicto. Su hermosa e inteligente hija Ada caía sin remedio en las redes de esta adicción. Heredia caminó con ella por el sendero peligroso, llegó a buscarle su dosis diaría, aceptó lo inaceptable, sufrió lo insufrible y vio morir a su hija, de belleza impactante, de sida, dejando dos hijos de los que ella se hizo cargo.
Este libro, editado por Plaza y Janés decribe así a la periodista:

“Raquel Heredia, periodista de larga trayectoria, ha tenido ocasión de presenciar e informar de los hechos más importantes de nuestra historia reciente. Entrevistadora y reportera prestigiosa, fue designada cronista parlamentaria en la Legislatura Constitucional y su trabajo fue premiado por la Unión de Periodistas, de la que fue fundadora, con el I Premio a la Libertad de Expresión. (…) En 1978 recibió un premio Ondas”

Tendemos a asociar el mundo de la heroína con el mundo de los marginados, los pobres, la gente inculta, los desfavorecidos… La heroína es la droga de los que no tienen otra salida. Pero no es así. La heroína atacó y ataca a cualquier persona sea del nivel social que sea, y este es el claro ejemplo. Ada lo tenía todo. ¿Ada lo tenía todo?
Raquel Heredia cuenta como Ada estuvo marcada siempre por laseparación de sus padres. Raquel no está en casa. Tiene que trabajar para sacar adelante a sus cuatro hijos. Ada no perdona a su padre. Su padre se ha marchado, para siempre, con la prima de su madre. Y sus hijos no le importan demasiado.

“¡Qué tristeza de vida la que le transmitía! Y el único modo que conocía de hacerlos felices era trabajar como una mula para que tuvieran de todo…siempre cosas materiales, por supuesto: vestidos, veraneo, servicio doméstico, fiestecitas… Pero no me tenían a mí, que es lo que todos me han reprochado después, y en ello han basado sus frustraciones.”

Raquel se da cuenta tarde de que su hija es drogadicta, no lo quiere ver. Supongo que no podía imaginar, nunca, lo que le estaba pasando.

“… yo lo asocio con mi dolosoro descubrimiento de la heroína, caballo, jaco, burro, blanca, al que llegué precedida por un intenso y desagradable olor a limón podrido, a descubrir cuando iba a tomar un café que no había cucharillas, a encontrar bolitas de algodón endurecido, a que me faltaban objetos personales, como joyas, ceniceros de plata, algún dinero, poco al principio: que cinturones y corbatas estaban en los sitios más insólitos, y también a un incesante ir y venir de nuevos amigos de mi hija, que llegaban, se encerraban en su cuarto y se iban sin despedirse. Pero yo paraba poco en casa y no le di importancia al principio, achacando las faltas a mi despiste.
Es probable que si no hubiera estado inmersa en mi propia recomposición como persona y como mujer, en intentar salir del pozo en que me había metido el abandono de mi marido y el esfuerzo de cada día por tirar del carro tan pesado que me había tocado en suerte, hubiera reparado en el comportamiento de mi hija. De todas maneras estaba muy ocupada.”
En una conversación que Raquel tiene con un amigo de su hija, de esos que aún no habían muerto, y por lo tanto no borró nunca de su agenda, se explica claramente como, en aquellos años, se caía en la heroína, muchas veces, por desconocimiento.

“…nos llegaba a la mano por uno de los nuestros, ignorando que al poco de conocerla sería tan necesaria como hacer pis y que acto seguido ya no podríamos vivir sin ella, para lo que había que adentrarse en un mundo de mentiras, mezquindad, de delincuencia; de horror en una palabra.”

Ada se desintoxicaba y volvía a caer. Era el destino que para ella estaba
escrito y todas las luchas que Raquel relata para apartarla de ese mundo fueron inútiles. Y fueron muchas las luchas.

“…tuvo así un motivo para volver a la puta heroína, a la que sin duda se enganchan los más débiles, los inseguros, los que no quieren conocerse a sí mismos ni superar los traumas infantiles, los incapaces de salvar el más leve escollo que la vida les pone por delante. Siempre piensan que son los más desgraciados, los que han sufrido más en la infancia; se quedan sin crecer por dentro y a veces, cuando piden ayuda o cuando la necesitan de verdad, ya es tarde.”

Al final, Ada tiene sida. Le escribe estas palabras a su madre.
“Hola madre, mi amiga, mi confesora, mi mejor enemiga; creo que sabrás o quizá te imaginas todo el dolor y toda la mierda… Además tengo sida, pero tú sí me tocarás porque te quiero. ADA”

No sé si alguien que lea este post ha vivido algo parecido. Yo no lo he vivido nunca pero lo he visto de cerca. Los años ochenta fueron duros en el País Vasco. Los drogadictos exhibían sus peores sombras por los barrios obreros y las calles finas de las capitales, como Bilbao. Yo entonces era sólo una niña pero sabía que algo ocurría. Por eso, siempre, me ha interesado y preocupado mucho este tema. Porque no hace falta vivirlo en primera persona para sufrirlo. Me daba mucha tristeza ver a esos chicos y chicas, por aquel entonces adolescentes, con su mirada perdida, escondidos, intentando luchar en un mundo que se cerraba para ellos. Empecé a escuchar palabras como heroína, caballo, metadona, camello, yonqui. Empecé a escuchar todas esas palabras que Raquel Heredia y muchas otras madres no sólo escucharon sino que padecieron. A todas ellas y también a los padres. A todos va dirigido este post. A todos lo que nunca abandonaron a sus hijos a pesar de todo, que ya era mucho. Nunca nadie que no lo haya padecido podrá sentir ese dolor tan inmeso que yo sólo puedo imaginar, pero que tiene que ser el peor de los dolores que puedes sufrir en vida, ver como un hijo se va muriendo sin que tú puedas hacer nada por evitarlo.
Muchos de aquellos chicos se recuperaron y todo el barrio se alegraba, muchos murieron, como los amigos de Ada, como los chicos de esa agenda que ella tenía, la de los amigos muertos.
“Cuando se fue tuve ganas de morir; ¿qué pintaba yo en el mundo?, ¿cómo sobrevivir a tanto dolor y desolación? Pensé una vez más que la culpa eculpa era era nuestra: de los adultos, padres, educadores, políticos, sociólogos, informadores que habíamos confundido la felicidad con el materialismo; la libertad con el libertinaje…”

Hace ya algunos años tuve la suerte de entrevistar a Raquel Heredia. Acababa de leer su libro “Hijos de la luna” donde relata el día a día con Nacho y Hugo, sus dos nietos, hijos de Ada. Precioso libro me pareció aquel también y la escritora, una mujer valiente, luchadora, encantadora.

© 2011 Araceli Cobos

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