BOLLITOS DE MANTEQUILLA BIEN CALENTITOS. UN CUENTO PARA LOS MAYORES QUE NO ENTIENDEN NADA

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En una ocasión, la palabra Paz decidió abandonar el diccionario. Y no sólo el diccionario, decidió también abandonar el lugar que ocupaba en todas esas conferencias y cumbres que hacen los hombres poderosos de los países poderosos, y decidió irse de la boca de los hombres que la nombraban sin conocerla, y, en definitiva, tenía claro que desaparecería de todos los sitios molestos donde, únicamente, se la nombraba.
Así fue como, una mañana, los hombres poderosos, que tenían un montón de cosas que hacer, y entre ellas hablar de alcanzar la paz mundial, se llevaron tan horrible sorpresa. La palabra paz no estaba en ningún sitio, ni en sus papeles, ni en sus bocas, ni en sus folletos, ni en ningún papel abandonado, ni dentro de sus maletines ¡ni siquiera en el diccionario! ¿Qué iba a suceder entonces? ¡Esto era una catástrofe!
Ninguno de esos hombres poderosos se dio cuenta, después desayunar su café y sus bollitos de mantequilla bien calentitos, de que la catástrofe ya había llegado. Porque si ellos continuamente hablaban de paz era porque había una guerra, y si había una guerra no había paz. Y esto, cualquiera es capaz de comprenderlo. Sobre todo aquellos que no tienen bollito de mantequilla bien calentito para desayunar.
Pero, en cualquier caso, los hombres poderosos se reunieron, porque hay que reunirse para hablar de algo, aunque no sea de paz, y porque, cuando se reunían para hablar de paz, no siempre lo hacían porque les pareciese necesario, sino porque hay que ir a trabajar y hablar de algo. En cualquier caso, como digo, se reunieron, y, claro, hablaron de esta gran ausencia. Tomaban más cafés y fumaban y seguían comiendo bollitos de mantequilla bien calentitos, y llegaron a la conclusión de que no podían hacer nada. No podían hacer absolutamente nada, sólo seguir comiendo bollitos de mantequilla bien calentitos. Y eso exactamente fue lo que hicieron.
De repente, uno de ellos dejó de comer bollito y advirtió a los otros, que había que tener cuidado porque había muchos intereses de por medio, ya se sabe: petróleo,oro,…esas cosillas sin importancia que le dan tanta paz a uno. Que no podían seguir comiendo, ni bebiendo, ni fumando…, que debían hacer algo, que hay países y países, y que si en unos se querían matar pues que se matasen, porque ya se sabe, algunos son como bestias, otros están condenados a sus cargas culturales,… y bla, bla, bla, pero que si en otros se mataban también se mataba su bienestar, el bienestar de los hombres poderosos de países poderosos, claro está, y eso no podía ser así. Eso sería ¡una catástrofe!
Por eso, rápidamente, dejaron sus bollitos de mantequilla bien calentitos en los platos, y se pusieron manos a la obra. Y como el que hace un reparto colonial a base de escuadra y cartabón, comenzaron a delimitar sus intereses. Y lo hicieron bien, bien, pero que muy bien. Y ese día, durmieron tranquilos, pero que muy tranquilos, porque se dieron cuenta de que no les hacía falta hablar de paz, que ellos bien sabían ya lo que significaba. Todo el mundo sabía lo que significaba, y que ya estaba bien de tonterías. Que la paz en sí no existe, que la paz sólo existe si se quiere alcanzar. Así es que durmieron, como digo, muy bien, muy, muy bien, pero que muy bien. Aunque…. bueno, quiero pensar que alguno, de entre todos aquellos hombres poderosos de esos países tan poderosos, tuvo que ir a vomitar, de madrugada, algunos de esos bollitos de mantequilla bien calentitos que tanto, tanto, tanto les gustaban.

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