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05Ene/14

NAO / CAPÍTULO III. DI Y EL PRÍNCIPE

NAO-Y-LOS-TRES-REGALOS-MAGICOS-CAPITULO-3-600x220

<< Capítulo I. Los tres regalos mágicos
<< Capítulo II. La Navidad

La vida en palacio era muy tranquila. Los monarcas gozaban de buena fama entre sus trabajadores. Eran una familia, que a pesar de su rango, se sentían muy cercanos a sus súbditos y pueblo. Siempre se mostraban muy amables con todos. Vivir en la isla Tierra era sencillamente un sueño para el que lo lograba.
El rey se dio cuenta muy pronto de las habilidades como jardinero que tenía el padre de Nao, y fue éste el puesto que ocupó en palacio. El papá del muchacho convirtió aquellos jardines en auténticos paraísos de olores. Inventó los túneles de las sensaciones. Estos eran largos pasadizos de arcos llenos de flores. Cada uno de los pasillos estaba cuajado de una clase de flor. El aroma era tan intenso que, cuando uno paseaba por cualquiera de ellos, el perfume embriagador tenía la habilidad de transportarte a otro mundo a través de la mente. El túnel favorito del rey era el de los jazmines. Aseguraba que después de un paseo por allí su facilidad para resolver los asuntos económicos del reino era mucho más grande. El monarca estaba encantado con las mil ingeniosas ideas de aquel jardinero que cada mes le sorprendía con algo nuevo.
La reina también se percató muy rápidamente de las grandes dotes que, para la costura, tenía la madre de Nao. Los cortes de sus vestidos eran limpios y las costuras perfectas. Además, demostraba tener un gusto exquisito a la hora de combinar los colores. La madre de Nao aseguraba que la mitad del secreto residía en las telas con las que trabajaba, pero la reina sabía que esto era simple modestia por parte de la mujer. Las manos de aquella señora eran prodigiosas con la aguja. En cada recepción la reina deslumbraba al resto con sus vestimentas. Pronto, fue la envidia de las reinas de las otras islas.
También la vida en palacio de los niños mejoró. Di recibía cada día clases de música, arte y danza, los gemelos jugueteaban aún despreocupados por las dependencias reales, y Nao recibía clases para, en el futuro, ser un buen soldado del ejército real. Lo curioso es que el ejército de la isla Tierra carecía de armas. El rey era contrario a la violencia. Las clases de los soldados consistían en convertirles en buenos oradores, en buenos comunicadores, en personas instruidas. Así, cada futuro soldado debía estudiar matemáticas, geografía, historia…y otras muchas asignaturas más, pero jamás llevaban un arma entre sus manos. El ejercicio físico y la inteligencia eran la clave, según el monarca, para tener un buen ejército. “Con palabras es con lo que los hombres deben hacerse entender, no con las armas“, repetía el rey en muchas ocasiones .

Cada día en palacio era mejor que el anterior. Muchas tardes, se veía al rey al pie del gran estanque dorado charlando con Teo. Además, el pez recibía cada día la visita de su gran amigo Nao.
El papá de Nao elaboró perfumes exclusivos para la reina, hizo que el agua se pudiera servir en unos tulipanes transparentes que él había creado e incluso logró que en los jardines florecieran margaritas con un pétalo de cada color, que, pronto, se convirtieron en las preferidas de la reina.
La mamá del muchacho confeccionó para el dieciocho cumpleaños de Xin, el joven príncipe, una casaca de oro y diamantes que causó tal admiración entre los invitados a la fiesta, que no hubo ni tan siquiera uno que no quisiera conocer a aquella mujer que había elaborado tan bella obra de arte.
La felicidad era plena en aquella isla, mucho más de lo que podían haber imaginado.

Pasaron tres años en perfecta armonía. Los gemelos crecieron y fueron enviados a la escuela del ejército cada día. Di se había convertido para entonces en una bella mujer de dieciséis años y era la primera bailarina del ballet real y Nao era unos de los futuros soldados más inteligentes que estaban al servicio del rey. Aún tenia diez años pero su objetivo era seguir siendo el número uno para ganarse la confianza del monarca.
Cada día, el rey delegaba muchos más asuntos en su hijo. Aún era un monarca joven y gozaba de buena salud, pero quería que el príncipe fuese asumiendo responsabilidades. Además, le preocupaba que aún no hubiera encontrado una mujer con la que pensar en formar una familia. Por este motivo, decidió dar una gran fiesta. El monarca invitaría a las jóvenes más bellas y ricas de la isla y a sus familiares con el fin de dar a conocer al muchacho las oportunidades que tenía de encontrar a una bella dama con la que casarse. En el archipiélago, las bodas reales de cada una de las islas debían llevarse a cabo con gentes de la misma isla, de la más alta alcurnia pero del propio territorio. Era costumbre que ningún miembro de la monarquía abandonara su reino para ir a servir a otro. Pero en la isla Tierra había suficientes bellas jóvenes de familias adineradas, Cualquiera de ella podía satisfacer los gustos del monarca y los de su hijo, de eso estaba seguro el rey.

El monarca no escatimó en preparativos. Todos los súbditos trabajaban día y noche en palacio para arreglar cada uno de los salones que se dispusieron para el baile. La madre de Nao preparó varios modelos de vestidos para la reina, el cocinero hizo hasta veinticinco tartas diferentes para que el rey Xao eligiera la que más le gustara, el padre de Nao decoró los salones con las flores más bellas e impregnó de diferentes aromas las estancias, la orquesta preparó composiciones nuevas y el ballet una nueva coreografía que dejaría con la boca abierta a los invitados.
A pesar de todo esto, el príncipe no mostraba satisfacción alguna. Era una fiesta que se daba en su honor, y sin embargo paseaba por palacio con cara triste y afligida. Los monarcas se percataron del problema y la reina decidió hablar con su hijo. Algo rondaba por su cabeza, le conocía bien, y no quería que sufriese. Por este motivo, debía enterarse de todo antes de que fuese demasiado tarde.
Una mañana, se presentó en la habitación del príncipe con el objetivo de aclarar todo.
Se acercó a él y le preguntó:
-¿Qué es lo que te ocurre Xin? Dentro de un par de días se celebrará una gran fiesta en tu honor, y tú no muestras ningún signo de entusiasmo y además paseas más triste que nunca por palacio. ¿Qué es lo que te preocupa hijo?
El príncipe no sabía como decirle a su madre lo que le ocurría. Creía no tener las fuerzas suficientes para darle aquel disgusto, pero sabía que debía hacerlo más tarde o más temprano porque en esa mala noticia residía su felicidad. Pero…, ¿cómo podía hacérselo entender a los monarcas?, se preguntaba el futuro rey.
Al fin, reunió las fuerzas necesarias y le dijo a su madre que él ya estaba enamorado de una muchacha, con la que quería casarse porque estaba seguro de que con ella la paz del reino perduraría para siempre y él sería feliz.
La madre se levantó del sofá en el cual estaba sentada y, con unos ojos muy abiertos, pidió una respuesta.
-¿Puedo saber quien es la muchacha en cuestión?, preguntó la madre algo asustada.
-Sí, claro, respondió contento Xin. La has visto convertirse en mujer en estos años. Es Di, la hija del jardinero y la costurera, aclaró el príncipe con satisfacción.
-Pero, ¿te has vuelto loco?, preguntó la reina algo sofocada ya por la impresión que le había producido la noticia.
La monarca sabía lo testarudo que su hijo podía llegar a ser, por eso quiso hacerle comprender, desde el principio, que un futuro rey se debía a su pueblo y que por ello debía casarse con la mujer adecuada, y que sin duda Di era de una gran belleza pero no pertenecía a la condición social que a él, como príncipe, se le exigía que buscara en una dama.
Pero el príncipe no quería escuchar los sermones de siempre. Sabía que la condición social daba igual. La grandeza tanto de un hombre como de una mujer se medía por su bondad, no por su riqueza. Estaba seguro de que Di, además de ser bella, era una mujer noble, inteligente y simpática que podía hacer feliz a cualquiera que estuviera a su lado.
-Da igual todo lo que me diga madre, respondió el príncipe. Si ella me acepta estoy dispuesto incluso a renunciar al trono. Es la mujer que amo.
-No puedes casarte con Di, por muy bella, inteligente, bondadosa y simpática que sea, que lo es y no lo dudo porque la conozco, pero tu destino como futuro rey de la isla Tierra no te lo permite, recalcó la reina.
-Muy bien, lo entiendo, contestó Xin afligido. En ese caso renunciaré al trono.
-Eres el único heredero. Lo que dices no tiene sentido, dijo la madre ya con cierto temor a la testarudez de su hijo.
-No me importa, insistió el joven. Lo único que quiero es ser feliz al lado de Di, y no me gustaría dejar de servir a mi pueblo, siento orgullo por mi isla y por sus gentes, esa es la verdad, pero en vista de que no recibiré vuestro apoyo, ¿qué puedo hacer?
La reina se fue de la habitación de Xin algo afligida, pero, aún , albergaba la esperanza de que, en el baile, encontrase a una mujer que le pareciera aún más bella que Di y cambiara de opinión. Quizás todos aquellos caprichos, eran sólo eso, caprichos de joven. Decidió no darle mucha importancia.
Cuando le contó a su esposo la charla que había mantenido con Xin, éste, como siempre que había un problema importante en la corte, se atusó las barbas algo contrariado. El sabía que no era fácil hacer sombra a la belleza y a las demás cualidades que Di poseía, pero aún así también a él le quedaba una pequeña esperanza de que, en el baile, su hijo se decantara por otra bella muchacha y olvidase a la bailarina.

***

Llegó el día esperado y el gran salón de baile abrió sus puertas. El príncipe Xin lucía mejor que nunca. Una por una fueron presentándose ante él aquellas bellas invitadas. Las más guapas y ricas jóvenes de la isla. Eran hermosas, que duda cabía, incluso alguna era más hermosa que la joven Di, pero en ninguna de ellas pudo ver el joven el encanto de la bailarina. El rey y la reina sonreían a todas con amabilidad intentando ocultar la preocupación que les embargaba. Notaban que su hijo miraba a todas con indiferencia, sin interés.
Después de los saludos protocolarios, el rey preguntó a su hijo que le habían parecido todas aquellas bellas mujeres.
-No niego que son bellas padre, respondió Xin, no niego que incluso serán inteligentes y simpáticas, pero no he visto en ninguna de ellas el encanto que tiene Di. Usted adora a Di y sabe que ella sería la candidata perfecta.
El rey, resignado ante las sinceras y firmes palabras de su hijo, sabía que nada podría hacer. Así es que decidió dar un paseo por el estanque y charlar con Teo, quizás aquel sabio pez tendría una respuesta a su problema.
Teo sacó su anciana cabeza de entre las aguas y le contestó con estas palabras al monarca:
-Majestad, usted, mejor que nadie, sabe que las gentes no se miden por su dinero o posición social, tampoco por su belleza, pero si por su bondad. Estoy seguro de que Di tiene mucho de esto último, porque así lo ha demostrado ella y toda su familia. Deje su reino en manos del amor y la bondad y su reino nunca morirá.

Después de decir esto, Teo volvió a sumergirse en el agua. El rey sabía que aquel anciano pez nunca se equivocaba. Debía ceder, por tanto, a los deseos del príncipe. ¿No eran demasiado débiles la manos de la bondad para sacar adelante cada día con éxito un reino? Esto se preguntaba el rey mientras se dirigía de nuevo al salón de baile.
En el salón todo el mundo ya bailaba entusiasmado. Las jóvenes esperaban entre canapé y canapé y copa de champán, la hora en que el rey anunciara el nombre de la futura esposa del príncipe Xin. El futuro rey había bailado con cada una de ellas, había charlado, se había reído y disfrutado con todo aquello, pero en su mente y en su corazón sólo había lugar para una mujer, Di. La reina hizo todo lo que estaba en sus manos para engatusar a su hijo. Le hablaba de cada una de las cualidades que tenían las muchachas, pero nada de esto logró convencer al joven para desgracia de su madre.
Después de los cafés y las tartas, llegó el momento de la actuación del ballet real. El momento que estaba esperando con tanta impaciencia el príncipe durante toda la noche. Se corrió la cortina de terciopelo rojo y allí apareció la menuda y joven Di, con su traje negro bordado de flores doradas. El príncipe no podía dejar de mirar ensimismado aquellos perfectos pasos de baile que Di ejecutaba, aquella sonrisa con la que se dirigía al público, aquellos ojos que, en ocasiones, se encontraban con los suyos. Después, rodeada del cuerpo de baile seguía brillando con luz propia entre todas las bailarinas. No sólo el príncipe había quedado impresionado con la actuación del ballet, todos los invitados rompieron a aplaudir con impaciencia y muchos de los padres de las muchachas que se prometían como futuras reinas, comentaban la belleza de la primera bailarina. Ninguno de ellos sospechaba que ella sería la elegida.
El rey se atusaba la barba con nerviosismo. Nunca habría querido que aquella actuación de baile acabara, le hubiera gustado que durara para siempre, para no tener que proceder a decir ante todo su pueblo, ante sus invitados el nombre de la elegida como futura mujer de su hijo. Pero el momento llegó.
-Queridos invitados, dijo el monarca. En esta fiesta tanto mi familia como yo hemos tenido el honor de recibir en palacio a las más bellas muchachas del reino. Os agradezco infinitamente vuestra presencia, continuó diciendo el rey. Como ya todos sabéis el príncipe elegirá esposa. La elegida será la futura princesa y deberá asumir los cargos que en su nueva posición le serán adjudicados. No es tarea fácil, pero confío en que la elección de mi hijo haya sido meditada por el deber que tiene con su pueblo. En sus manos está. Yo como padre no puedo desearle más que su felicidad.
Después de las palabras del rey, hubo un absoluto silencio. Las invitadas estaban nerviosas pensando cual de ellas tendría el honor de servir para siempre al pueblo de la isla Tierra. ¿Quién podía imaginar que aquella jovencita bailarina sería la elegida?
Nao y sus padres miraban detrás de unas columnas como se desarrollaba la fiesta y ahora sentían también mucha curiosidad por ver quien sería la elegida. Ellos si que nunca hubieran podido imaginar que sería su bella hija.
El rey intercambió unas palabras con el príncipe que nadie pudo escuchar y después de pasados unos minutos el príncipe se dirigió a sus invitados de esta manera:
-Quiero agradecer a todos su presencia en palacio. Ha sido un gran honor para mí tener invitados tan especiales. He conocido esta noche a mujeres bellas, simpáticas e inteligentes que sin duda estarían más que capacitadas para ocupar el puesto de futura reina, pero he de decir, con toda sinceridad, que sólo en una he encontrado el encanto y la bondad suficiente que también se requieren para ocupar mi corazón. Creo que un reino debe estar gobernado por una pareja sólida que se quiera de verdad y que su unión no obedezca a una mera razón de estado. Por este motivo, la elegida dista mucho de acercarse a la posición social que requeriría tener para ser futura reina, pero está muy cerca de esas cualidades de las que antes les hablaba.
A Nao le recorrió un nerviosismo por todo su cuerpo. De repente se dio cuenta de que su hermana sería la elegida. El príncipe lo estaba diciendo claramente y nadie se daba cuenta, ni siquiera sus padres que miraban toda aquella escena como si de una película se tratase. Su bella hermana Di, ¿quién si no? Para Nao era la perfecta futura reina, y parecía como un sueño, pero para el príncipe también lo era.

-Sólo me queda decir quien deseo como esposa y recibir una respuesta.
Las invitadas se miraban unas a las otras ya algo contrariadas. Seguían los ojos del príncipe con detalle. De repente vieron que se dirigía hacia el cuerpo de baile. Una vez allí, se acercó hasta la primera bailarina. Di le hizo la reverencia normal en estos casos. Nadie entendía nada. ¿Por qué se dirigía el príncipe al ballet cuando todos esperaban una respuesta tan importante?
El futuro monarca cogió la mano de Di y mirándola a los ojos le dijo:

-Usted es la elegida. Sólo si lo deseas te convertirás en mi esposa.

Después de esto hubo varios desmayos en la sala. El rey tenía ya sus bigotes casi rozando las cejas de tanto como se los había peinado con los dedos por su nerviosismo, la reina agitaba su abanico para aguantar los sofocos, y los padres de Nao tuvieron que sentarse para no caer al suelo. Entre los invitados se respiraba una mezcla de nerviosismo e irritación inaguantable. Se sentían despreciados y humillados. ¿Cómo podía el príncipe estar enamorado de aquella frágil bailarina? Si, era cierto que minutos antes habían quedado prendados de su encanto y belleza pero, aún así, sus hijas les parecían superiores en todos los aspectos.

La sorpresa de Di era tan grande que le temblaba todo el cuerpo. El príncipe esperaba una respuesta. Di amaba a Xin en silencio. Siempre le había parecido un hombre inalcanzable, por tanto, no sabía como decir aquella palabra tan corta ante todo el público allí presente. Sólo debía dar un sí como respuesta y todo aquello pasaría, pero…, ¿cómo hacerlo? No quería sentirse superior a los demás, ni herir a los reyes, de los que sospechaba, no estarían muy contentos con la elección de su hijo. Por eso , en el último instante, miró al rey. Este asintió con la cabeza y le lanzó una sonrisa que tranquilizó a Di y le dio las fuerzas suficientes para pronunciar el sí que el príncipe esperaba con impaciencia.

La alegría de la pareja de jóvenes era inmensa, y contrastaba sobremanera con las caras de los invitados, a los que les costó mucho esfuerzo celebrar minutos después la elección y saludar con amabilidad a la futura princesa. Los padres de Nao se acercaron a su hija entusiasmados. No podían creer que su pequeña se casaría con el príncipe en pocos meses como estaba previsto, pero sabían que Di tenía las cualidades suficientes para hacer feliz a cualquiera. Nao se acercó a su hermana emocionado y se abrazaron con cariño. Los monarcas saludaron a la familia de Di de una manera especial, no cómo todos los días lo hacían, y entre ellos intercambiaron palabras de esperanza y felicidad, algo que esperaban para la futura pareja y el reino.

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04Ene/14

NAO / CAPITULO IV. EL PRÍNCIPE AL

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Los meses pasaron y dos días antes de la boda el rey organizó una fiesta a la que invitó a todos los monarcas de las otras islas del archipiélago de los elementos. Los reyes, así como sus esposas y sus hijos tenían mucha curiosidad por saber quien era aquella muchacha que el príncipe en pocos días convertiría en su esposa, ya que habían oído hablar de su gran belleza y simpatía.
Todos se vistieron de gala para la ocasión y fueron recibiendo uno por uno a los ilustres invitados. El rey de la isla Agua, llegó acompañado de su esposa, una bella sirena de cabellos rojizos y ojos verdes, y sus dos hijas. El rey de la isla Fuego también acudió con su familia al completo, su esposa y sus tres hijos varones, muy amigos del príncipe Xin, y el monarca de la la isla Aire, al igual que los demás, lo hizo acompañado de la reina y su único hijo, el príncipe Al, al que se conocía en todo el archipiélago por ser un heredero al trono además de guapo, caprichoso y algo mal criado.
Todos los monarcas y sus familias quedaron encantados con Di. Ni uno siquiera dudó de que el príncipe había hecho una buena elección. Los reyes felicitaron a los contrayentes y a sus familias. El rey Xao y su esposa se quedaron más tranquilos, pues notaban que, finalmente, los deseos del príncipe habían sido los acertados.
Los tres reyes coincidieron en decirle al monarca Xao, que esta era la mujer que ellos desearían para sus hijos. El rey Xao se llenó de orgullo y la reina empezaba a mirar a Di con otros ojos. La aceptación y la admiración por la educación, la belleza y la simpatía de la muchacha había sido tan grande entre los invitados, que hizo que la reina se sintiera de repente muy orgullosa de su futura nuera.
Los demás príncipes felicitaron a Xin deseándole todo lo mejor al lado de aquella mujer. Sólo uno, el príncipe Al, se acercó a Xin algo más reticente y con un cierta envidia en los ojos, que sólo Xin pudo apreciar.
-Te deseo lo mejor, dijo el príncipe Al con cierto resquemor en su mirada. Sin duda eres un hombre con suerte. Di es la mujer más bella que jamás he visto, y no sólo eso, tiene una gran bondad y su simpatía es desbordante. Felicitaciones amigo, añadió antes de alejarse.
Xin sintió la frialdad de las palabras de Al, y esto le produjo cierto miedo. Todo el archipiélago sabía de sus encantos y de su obsesión por conseguir lo que le gustaba. Pero, ¿a qué debía tener miedo? Di estaba muy enamorada de él, así se lo había hecho saber. ¡Que tonto era al pensar en estas cosas!. Di le quería a él y se casarían en un par de días. Además estaba seguro de que el príncipe Al encontraría una bella mujer también a la que convertir en futura reina, pues dones no le faltaban.

***
Los preparativos de la boda dejaron a todos, en la isla, sin fuerzas. Xin era el único heredero al trono y la fiesta debía ser tan elegante como el futuro rey se merecía.
El palacio se vistió con las más bellas cortinas, alfombras, vajillas, flores,… Cada detalle fue estudiado al mínimo. La mamá de Nao había confeccionado todos los vestidos de su familia así como la de los monarcas. Ni que decir tiene que eran perfectos y todos lucían guapos y elegantes. Los gemelos, hermanos de Di, serían los pajes de honor. Nao llevaba un traje especial. Hacía unos días que el joven, debido a sus progresos en la escuela del ejército del reino, había ascendido en su categoría. Ahora ya no era un simple soldado, ahora tenía el cargo de soldado instruido, y como tal, ante la situación de que el reino se encontrara en peligro, el debía poner su inteligencia al servicio del rey para resolver ese problema. Sólo tenía diez años, pero demostraba que sus ideas eran tan grandes como para vencer a tres reinos enteros.
El rey hizo levantar una gran fuente al lado del jardín, donde se serviría el banquete con la intención de mostrar a todos al anciano Teo, el pez naranja que tantas alegrías le había dado y con el que tanto había conversado. Quedarían admirados de aquel hermoso y extraño regalo con el que un día la familia de Nao logró quedarse en palacio para siempre con el objetivo de servir a él y a toda su familia, y que ahora, por caprichos del destino, les unían para siempre a ellos a causa de la boda de su hijo con Di.
Todo estaba listo. El vestido de la novia, como siempre suele ocurrir, era el secreto mejor guardado en palacio de aquella fastuosa celebración. Su madre había confeccionado para ella un hermoso vestido de seda blanco lleno de encajes con el que Di se veía espléndida.
El gran día llegó. Cuando los príncipes se dieron el “si quiero“ hubo lágrimas de emoción y alguna que otra de envidia entre los invitados. Después, todo se olvidó en el banquete, en el que se sirvieron los más ricos manjares imaginados. El baile duró hasta el amanecer, y todos los monarcas charlaron con Teo. Ya había dos cosas por las que envidiar al rey de la isla Tierra, su hermosa nuera, y ese maravilloso e inteligente pez con el que se podía hablar de cualquier cosa.
Pero cuando todo parecía estar en calma, cuando parecía que no se podía llegar a alcanzar una felicidad más grande, sucedió algo inexplicable y doloroso para todos. De pronto el cielo se oscureció, se levantó un fuerte viento, un gran remolino sacudió todo a su paso y un tifón rodeó a Di. En aquel escenario trágico y violento apareció el príncipe Al. Su sonrisa maliciosa confirmaba la peor de las noticias. Se quitó su ropa y dejo al descubierto sus alas. Agarró a Di de la cintura y se la llevó volando.
No dio tiempo a hacer nada. No se podía hacer nada. Los invitados no pudieron reaccionar y cuando quisieron darse cuenta ya el joven Al había consumado su más pérfida hazaña. Fue en ese momento, cuando el príncipe Xin se acordó de los extraños presentimientos que había tenido días antes al charlar con el heredero de la isla Aire. Era un ser envidioso al que le molestaba la alegría de los demás, un hombre que no disfrutaba con la felicidad de los demás. Xin había aprendido de su padre que la envidia puede destruir todo a su paso y hacer hasta del hombre más bondadoso el peor de los monstruos.
Nadie podía calmar las lágrimas de los padres de Di, ni el nerviosismo y la preocupación de los monarcas. Xin estaba destrozado. Los monarcas de la isla Aire se sentían avergonzados de la maniobra que su hijo había llevado a cabo, y no sabían que hacer para excusarse. Ellos mismos intentaron tranquilizar al príncipe Xin y a la familia diciéndoles que irían inmediatamente a la isla y aclararían el problema cuanto antes. Así fue, un águila gigante apareció ante el reclamo de un silbato que llevaba el rey y él y su esposa se montaron en ella camino de su isla con el deseo de acabar con aquella locura del joven heredero cuanto antes.
Mientras esperaban las noticias del rey de la isla Aire, Nao intentaba calmar a sus padres, al rey Xao y a su esposa. Aunque tenían alguna esperanza de que todo se aclarara rápidamente, sólo Nao presentía que nada iba a ser tan fácil como se habían imaginado. Nao había notado la maldad en los ojos del príncipe Al y sabía que el joven heredero era capaz de cualquier cosa.
Tal y como había presentido Nao, las horas pasaban y nadie tenía noticias de Di. El príncipe no podía aguantar más y decidió ir a buscarla. Cargó un barco con alimentos y se rodeó de los miembros del ejército real. El viaje en barco duraría algunos días, pero la isla Tierra no estaba dotada con aquellas maravillosas águilas que tenía la isla Aire y con la que se podían desplazar en cuestión de minutos de una isla a otra. El padre de Di y el rey Xao quisieron acompañarle, pero el príncipe quería resolver este asunto sólo. Conocía al joven Al desde que eran niños y tenía la certeza de que charlando con él se podría llegar a un acuerdo. No quería venganza, ni siquiera sentiría rencor por él. Sólo quería hacerle entender que lo que había hecho no estaba bien, que él mismo se diera cuenta, recapacitase y le devolviera a Di sana y salva.

Pasaron los días y todo era mucho más angustioso pues además de no tener ninguna noticia de Di, tampoco se sabía nada ya del príncipe Xin. Los monarcas temían lo peor. Parte de los hombres de su ejército, los más cualificados, estaban dentro de un barco con el joven Xin, y podía haber pasado cualquier cosa. La situación era cada vez más desoladora.
Nao no podía aguantar ver más la tristeza de sus padres y tampoco, claro está, la de los monarcas. Había estado dándole vueltas a la cabeza sobre una idea que quería exponer al rey Xao, aunque le parecía casi imposible que le diera su aprobación. Al menos debía intentarlo.
Así, a la mañana siguiente se presentó ante el rey decidido a hablarle de su plan.
-Estimado monarca, dijo Nao con decisión. Sé que sólo soy un niño de diez años, al que usted, aún viendo que he progresado dentro del ejército, ve como a un simple muchacho, pero los días pasan y nadie tiene noticias ni del príncipe Xin, ni de mi hermana. Esta situación es angustiosa para todos. Si usted me dejara flotar un barco y llevarme a los hombres que quedan del ejército, yo iría con toda mi valentía a buscar a los príncipes. Quizás Xin tenga problemas en medio del mar y ni tan siquiera haya podido llegar a la isla. No podemos esperar más, dijo Nao.

El rey le miraba con cariño y tristeza a la vez. Era un joven tan valiente…pensó el monarca. Pero sabía que no podía dar este permiso al muchacho. No podía darles ese sufrimiento a los padres de Nao. No quería que sufrieran más viendo a su hijo partir. Los padres no podrían aguantar tanta tristeza.
Nao se daba cuenta de lo que al monarca le pasaba por su cabeza. Por eso le tranquilizó diciendo que hablara con su padre, ya que estaba seguro de que éste no pondría ningún impedimento en que él se echara a la mar para poder ayudar a los príncipes.
Y así sucedió. Aunque el padre de Nao, después de tanta tragedia, había quedado sin fuerzas, sabía que su hijo era la última esperanza. Además confiaba mucho en él. Nao había demostrado ser un chico especial para su edad, lleno de bondad e inteligencia. Eso era suficiente para su padre.
Al día siguiente, Nao vio cumplido su deseo. Un barco esperaba atracado en el puerto con suficientes víveres y la mitad del ejército real. En ese mismo momento comenzaba la gran aventura del pequeño Nao


>> Capítulo V. La isla Agua

03Ene/14

NAO / CAPÍTULO V. LA ISLA AGUA

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Dos días tardo Nao en llegar a lo que, según los mapas, le situaban en las proximidades de la isla Agua. Había que tener cuidado en atravesarla sin perturbar a los extraños animales que allí habitaban. Sobre todo, Nao fue advertido del gran sapo gigante con piernas y brazos de hombre que surgía de entre las aguas, como una fiera, cuando sospechaba que, sobre la superficie de la isla, algún extraño barco se acercaba. El sapo gigante habitaba aquellas aguas muy a pesar, incluso , del monarca de la isla, pero nadie, hasta ahora, había podido hacerle frente. Era tan absolutamente poderoso y cruel que campaba a sus anchas por aquellas aguas atemorizando a todos los habitantes de la isla.
Tanto Nao como el resto del ejército sabían de la presencia del anfibio, así es que procuraron navegar con más calma para no despertar las furias de aquella bestia acuática.
Pero pasadas un par de hora en la que ya les había parecido alcanzar el objetivo y estar lo suficientemente alejados de la isla Agua, el mar empezó a agitarse, unas grandes olas alcanzaron las velas más altas del barco, y de entre la espuma surgió un brazo color amarillento y gigantesco. Era sin duda, uno de los brazos del sapo. Cual fue la gran sorpresa de Nao y del resto de tripulantes cuando atrapado en aquella inmensa mano cubierta de algas, vieron al príncipe Xin, totalmente abatido y sin fuerzas.
Nao no sabía como hacer frente al anfibio que ya jugueteaba con el barco como si de una minúscula cáscara de nuez se tratara. No hay que olvidar que el ejército de la isla Tierra carecía de armas. La única arma para cualquier lucha eran las palabras. En este caso, se le antojaban a Nao, muy difíciles de pronunciar. El muchacho se encontraba frente a una bestia que no atendería a razones así como así. Pero, de este modo, es como le habían educado y así es como debía proceder ante el enemigo, hablando y llegando a un acuerdo.
El sapo gigante les miraba mientras sonreía de forma cruel. Todos pensaban en quien sería el siguiente en caer bajo su poder. Sin duda sería Nao, ya que el sapo había advertido que estaba al frente del barco.
Lo que Nao no llegaba a entender era porqué el anfibio había capturado al príncipe Xin, cual había sido el objetivo que le había impulsado a hacerlo. Así es quiso formularle la pregunta, pero al instante se dio cuenta de que en la isla Agua, ningún animal acuático podía hablar. Sólo su querido Teo era capaz de hablar como los humanos y comunicarse además con otros animales. Sí, su querido amigo Teo, el anciano pez que tanto había hecho por él . Pero Teo ya era un viejo animalillo que incluso tenía dificultad para nadar. Era tan querido en palacio que incluso el monarca, presintiendo que a Teo le quedaba poco tiempo de vida, le había obsequiado con un estanque sólo para él y su familia en el que gozaba de todos los privilegios.
¿Qué podía hacer Nao ante esta situación? No había reparado en este gran problema. El resto del ejército esperaba la respuesta del muchacho. El príncipe Xin miraba al joven con ojos de derrota y desesperación. En aquel momento, Nao se sintió indefenso, y comprendió que aún le quedaba mucho por aprender, y que debía haber sido más modesto cuando le propuso al rey su aventura, ya que ahora se daba cuenta de que sus conocimientos no llegaban tan lejos, y que la sabiduría se alcanza con los años. ¡Qué triste se sentía! No era capaz de asimilar que allí se acabaría todo, que todos morirían en manos de aquel anfibio gigante, y todo por su culpa, se lamentaba.
Nao se acercó al gigante e intentó hablarle pero todo fue inútil. Este rugió, se enfureció y lo único que hizo fue agitarse más y agarrar con más fuerza a Xin, que ya incluso pedía su propia muerte al anfibio.
Pero, de repente, cuatro peces de colores surgieron de entre las aguas. Cuatro peces de colores a los que Nao conocía perfectamente. ¡Eran los hijos de Teo! A ellos se habían unido cuatro preciosos delfines y doce sirenas que delante de aquel monstruoso sapo habían comenzado a representar un baile acuático. Nao y los tripulantes del barco estaban ensimismados viendo aquello. Pero lo más sorprendente es que no eran los únicos. El sapo quedó hechizado con lo que estaba viendo. Se tranquilizó mientras no paraba de mirar a las sirenas que le sonreían agitando sus colas doradas que engarzaban con las de los delfines.
Los peces de colores daban grandes saltos alrededor del monstruo marino, cosa que a éste le hacía mucha gracia. Alcanzaban su vientre e incluso le hacían cosquillas. En uno de estos momentos de diversión, el anfibio tiró al agua al príncipe Xin sin darse cuenta. Las sirenas, astutamente le recogieron y lo devolvieron al barco. Tan atontado estaba el monstruo con el chapoteo de los peces que no se percató de lo sucedido. Ya panza arriba, se dejaba hacer y engañar por aquellos preciosos peces. Era sin duda el instante justo para escapar y así lo hicieron. Nao dio las gracias a las sirenas y a los delfines, y por supuesto a los hijos de Teo, que muy astutamente seguían remoloneando alrededor del monstruo para que no se percatara de nada.
Una vez que se alejaron lo suficiente, pudieron respirar tranquilos. Dieron de comer y de beber al príncipe Xin, quien no podía parar de llorar pensando en su ejército ahogado en aquellas aguas. La única esperanza era rescatar a Di. Pero aún debían pasar por la isla Fuego, y nadie podía saber que nuevas aventuras le depararían. Nao estaba tranquilo porque ahora eran dos los que estaban al frente del barco, porque sabía que dos amigos, como ya lo eran el príncipe y él, podrían ayudarse y salir adelante.

>> Capítulo VI. La isla Fuego

02Ene/14

NAO / CAPÍTULO VI. LA ISLA FUEGO

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Mientras navegaban, ahora con tranquilidad, Nao no podía parar de pensar en la bondad de Teo. El viejo amigo había mandado a sus propios hijos al mar para intentar salvarle a él y a Xin. De una gran amigo como Teo ya creía Nao haber recibido todo, y no era así, le volvía a sorprender una vez más. En estos momentos tenía muchas ganas de verle y darle las gracias. Cuando regresaran a la isla Tierra, lo primero que haría sería eso, acercarse al estanque y darle las gracias, pensaba el muchacho con lágrimas en los ojos.
Poco a poco, el príncipe Xin se iba recuperando. Su tristeza no le permitía alegrarse, ni tan siquiera darse cuenta de que aún estaba vivo. Sólo le rondaba una cosa por su cabeza, volver a ver a Di.
En la lejanía, ya podían divisar la isla Fuego. Nao sabía que no sería tarea fácil llegar a ella, pero era inevitable pasar por allí. Según le había contado el joven príncipe no tenían otra opción. Debían desembarcar en la isla y enfrentarse al Dragón Dorado, el cual guardaba una copia de la llave del calabozo donde el príncipe Al tenía retenida a Di.
-Un grupo de gansos que huía de la isla, cansados de la maldad del príncipe, me advirtieron de que una copia de la llave del calabozo estaba custodiada por el dragón dorado de la isla Fuego, explicó Xin a Nao. Ellos vieron como Al se la arrojaba a su paso. También vieron a Di. Al menos, sabemos que aún puede estar viva.
Nao nunca había pensado lo contrario. Al era un príncipe cruel y malvado pero presentía que no era capaz de matar a una joven tan bella. La quería para él. Envidiaba a Xin por este motivo, ¿cómo entonces se le iba a ocurrir asesinarla? No, no podía ser. El muchacho estaba seguro de que su hermana seguía viva.
Cada vez el perfil de la isla se hacía más nítido ante sus ojos. Un gran círculo de fuego rodeaba el territorio. Las llamas siempre se mantenían vivas gracias a los dragones que resguardaban la isla. El objetivo era sortear las llamas y después encontrar al Dragón Dorado para poder hacerse con la llave del calabozo.
Cuando se encontraban a pocos metros, decidieron trazar un plan. Era preciso atravesar el círculo de fuego cuando éste estuviera lo más apagado posible, pues las llamas eran tan intensas que no tenían ninguna opción de salir con vida si lo hacían de forma precipitada. Sabían que el tiempo apremiaba, que no podían demorarse. Di les necesitaba, pero tampoco podían sacrificar sus vidas ni las del resto del ejército, pues entonces la muchacha quedaría para siempre en la isla Aire, o en el peor de los casos moriría. Había pues que actuar con decisión pero sin prisas.
Una vez que alcanzaron la orilla, apreciaron el sofocante calor que allí hacía, y lo difícil que sería atravesar aquella trampa de fuego. Por más que esperaron no vieron ni un solo momento en el que la intensidad de las llamas descendiera. Rodearon la isla pero fue imposible. El fuego no sólo no se mitigaba sino que era cada vez de una intensidad más fuerte.
Nao pensó entonces que, quizás, deberían esperar a la noche, ya que en el mejor de los casos, alguno de los dragones dormiría y entonces esa parte de la isla estaría apagada, de esta manera podrían atravesar el anillo de fuego sin peligro de quemarse. A Xin le pareció una buena idea, así es que esperaron a que llegara la noche mientras descansaban en el barco.
Pero la noche llegó y lo que temían se hizo realidad. Era tanta la población de dragones en la isla, que mientras unos descansaban otros les revelaban en el rutinario y duro trabajo de avivar el fuego, con lo cual la isla permanecía segura, durante todo el día y toda la noche, de posibles ataques enemigos.
Otra decepción para los dos jóvenes. ¿Cómo se encontrarían entonces con el Dragón Dorado? ¿Cómo conseguirían la llave?. Estaban tan cansados…que no sabían que hacer, no podían pensar, no tenían fuerzas para continuar. El futuro monarca pensaba, en aquellos momentos de turbación, que un ejército sin armas era un ejército destinado a perder, y en ese momento Xin maldijo las ideas de su padre de paz y diálogo, pues veía que así no se conseguía nada. Nao le tranquilizó diciéndole que él si creía en el diálogo y la paz y que lo único que provocaban las armas era odio y violencia.
-¿Ah, si?, preguntó Xin con sarcasmo. Tú dices que el diálogo lo puede todo. Pues dime, ¿cómo piensas dialogar con los dragones para que dejen de escupir este fuego maldito?
Nao calló. De nuevo no tenía un argumento con el cual responder, de nuevo se daba cuenta de lo mucho que le quedaba aún por aprender.
Pero no hay que olvidar que Nao, en el pasado, había hecho buenos amigos, amigos que le habían prometido ayudarle en algunos momentos de su vida. Ni el mismo sabía como ni cuando, pero, por ejemplo, Teo se lo había demostrado en más de una ocasión. “Si uno hace un bien a los demás, recibe ese bien para sí de nuevo”, le había dicho su madre en muchas ocasiones.
¿Se acordaba aún el muchacho de aquella locomotora que ansiaba recorrer caminos más allá del triste parque de la ciudad en que vivía Nao? ¿Se acordaba el chico que ésta le prometió ayudarle? “No olvides lo que te digo. Yo te señalaré el camino cuando por mi chimenea salga humo de color azul”. Sí, eso era justamente lo que le había dicho aquella maravillosa locomotora mágica. Y ahora, a lo lejos, como si de un sueño se tratara, el chico estaba divisando un humo de color azul que se acercaba a ellos.
-¡Mira Xin!, gritó Nao. Aquel humo azul que ves a lo lejos es el humo de mi locomotora. Mi locomotora viene a ayudarnos. ¿Te das cuenta?
Xin no podía responder porque no entendía nada, pero después de haber presenciado el espectáculo de los peces, sabía que todo podía ocurrir.
Y así fue. La locomotora saludó a Nao con cariño. Se había convertido en una gran máquina, muy distinta al juguete que hacía años el podía agarrar con sus manos. Ahora era inmensa, potente y más bella.
-¡Querido Nao! Aquí estoy para ayudarte, aseguró la locomotora. Gracias a ti recorrí los caminos mas exóticos y maravillosos que puedes imaginar. Fui una elegante locomotora orgullosa de mí misma, sólo porque tú, un día, sacrificaste tu felicidad por mi libertad. Este humo de color azul apagará las llamas de la isla y sofocará la lengua de fuego de cualquier dragón. No os preocupéis por nada. Lo único que debéis hacer es montar dentro de mi y yo iré sofocando las llamas con el humo azul, explicó la locomotora.
Nao y Xin se montaron en la máquina mientras el resto del ejército esperó en el barco. Su amiga recorría la circunferencia de la isla veloz y segura, apagando a su paso, como había prometido, con aquel humo azul, cualquier brizna de fuego.
Los dragones enfurecidos rugían una y otra vez, pero se frustraban ante sus vanas intentonas de avivar el círculo. Nada podían hacer.
Una vez que sofocaron todo el territorio, la locomotora los acercó hasta el Dragón Dorado, que derrotado por el esfuerzo claudicó dándoles la llave del calabozo.
¡Qué fácil es resolver cualquier problema cuando se hace con amigos!, pensó Nao mientras acariciaba a la locomotora.
El muchacho no sabía de que manera agradecerle aquel esfuerzo que había hecho la máquina.
-¿Esfuerzo?. Esto no es nada comparado con lo que tú hiciste, dijo la locomotora. Recuerda que yo era tu único juguete y te pedí que me abandonases. Un juguete en las manos de un niño es parte de su felicidad. Pero yo siempre confié en tu bondad y cómo sabía que algún día podría devolverte aquel favor me fui más tranquila, aunque tú por aquel entonces aún no podías entender nada.
-Gracias de nuevo, respondió Nao. Muchas gracias y hasta pronto querida locomotora.
-Sí, eso es, hasta pronto, aseguró ella. Seguro que nos volveremos a ver. Sólo me queda desearles suerte y que rescaten a Di lo antes posible. Estoy segura de que lo lograreis.
La locomotora emprendió su viaje, como siempre por las vías que ella misma imaginaba y que nadie podía ver, y siguió su vida de trotamundos, feliz de ser libre y de haber ayudado a Nao.
Cada vez estaban más cerca de su objetivo. Llegar a la isla Aire les llevaría otro dos días más, pero…, ¿qué era aquello teniendo en cuenta todo lo que ya habían navegado? Y además, ¿qué importaba todo cuando se trataba de salvar a Di?

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01Ene/14

NAO / CAPÍTULO VII. LA ISLA AIRE

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Estaban deseando divisar alguna de las mil escaleras que rodeaban la isla Aire, con las cuales se podía entrar en ella, ya que como todo el mundo sabía era un territorio suspendido en el aire, pero cada vez que el barco iba divisando tierra y ellos más se esforzaban por concentrar su mirada en aquellas escaleras de seda, no podían llegar a verlas. Se miraban unos a otros contrariados. No había ninguna explicación al respecto. Estaba claro que era así como se accedía a la isla. Es más, esta era la única manera de visitarla.
Pronto se les vino a la cabeza la idea y la posibilidad de que el malvado príncipe Al, después de secuestrar a la bella Di, habría mandado cortarlas todas para que nadie pudiera entrar en la isla. El monarca era tan débil de carácter, y temía tanto a su hijo, que seguro no había podido hacer nada para impedirlo. Si, esta era, seguro la verdadera y triste razón, por la cual no podían llegar a verlas.
Pero esta vez los ánimos de la tripulación y del príncipe Xin no decayeron porque vieron como una sonrisa se asomaba a la cara de Nao.
-¿Qué sucede querido Nao?, preguntó Xin al muchacho. No pareces contrariado, ni tan siquiera triste ante esta nueva desgracia.
-No, no estoy triste Xin, respondió el niño. Y no lo estoy porque sé que me queda otra amiga de verdad que pronto aparecerá para ayudarnos.
-¿Otra amiga? ¿A qué te refieres?
-Antes de vivir en palacio, como ya sabes era muy pobre. Pero en aquel tiempo me sucedieron cosas increíbles. Recibí tres regalos mágicos que han ido cambiando mi vida. El pez Teo, la locomotora y una cometa. Al principio, como cualquier niño, pensé que eran unos simples juguetes, a los que quería mucho, pero nada más, unos juguetes con los que pasar mi tiempo. Pronto comprendí que eran mágicos. Hablaron conmigo y me prometieron que en un futuro me ayudarían si yo les dejaba en libertad. Teo me pidió ser libre para conocer otros mundos más allá de su pequeña pecera, la locomotora me pidió ser libre para recorrer otros mundos más allá de los que yo imaginaba para ella, y la cometa me pidió ser libre para volar por otros cielos más allá de aquel triste y gris de la ciudad en la que daba torpes paseos. A todos les concedí la libertad que ansiaban, sin llegar nunca a pensar, que ellos me devolverían el favor, porque siempre reflexioné, mientras pasaba el tiempo, sobre si aquello no habría sido producto de mi imaginación. Pero no era así, y ya ves como Teo y la locomotora han acudido para ayudarme. No dudes, prosiguió explicando Nao, que mi preciosa cometa aparecerá de un momento a otro. No lo dudes querido Xin porque yo creo en la bondad de los amigos.
Xin miraba a Nao con cariño. Era extraordinario como aquel muchacho estaba tan seguro de la bondad de las personas, de la paz, del diálogo para alcanzar cualquier objetivo. Ya le parecía a Xin que Nao no era un niño normal, que estaba cargado de tal bondad, que era, en los tiempos en que vivían, difícil de creer, pero era así. ¡Qué suerte tenía de que ahora aquel muchacho era parte de su familia!, pensó el príncipe orgulloso.
Poco después de lo que el muchacho había contado a Xin, el cielo, ante el asombro de todos los tripulantes del barco, de Xin y del propio Nao, se llenó de miles de cometas de colores, miles y miles de cometas que volaban alegres por aquel cielo azul. Después una encabezó una gran fila y se acercó a Nao. El chico reconoció a su cometa de entre todas ellas, porque aunque ya se había convertido en una hermosa figura en forma de mariposa, aún conservaba un trozo de aquella tela de lentejuelas que su madre le había pegado a la cola años atrás.
-¡Querido Nao! ¡Cuánto me alegro de volver a verte! ¡Cuánto de ver como tú y tu familia habéis prosperado!
-Yo también me alegro mucho de verte tan hermosa, le contestó el niño sonriendo. Te has convertido sin duda en la cometa más bella que nunca he visto ni veré.
-Todo te lo debo a ti querido amigo, no lo olvides, asintió la cometa. Por eso estoy aquí, para ayudarte. Alcanzareis la isla montados sobre nuestros lomos de cartón y papel. Una vez allí, sólo me queda desearte toda la suerte que mereces para que encuentres a tu preciosa hermana. Estoy segura de que lo lograreis.
La cometa se alejó de Nao y velozmente todas ellas formaron una gran figura en el cielo con forma de pájaro. Se acercaron a Nao, Xin y el resto del ejército. Todos se montaron sobre ellas. El viaje fue cuestión de segundos. Pronto pisaron tierra y Nao se despidió de su gran amiga, a la que estaba seguro de que volvería a ver alguna vez más en su vida. Nao estaba contento porque nunca antes la había visto tan feliz, ni tan hermosa, ni tan orgullosa de sí misma. Esto le hacía feliz.
Cuando tocaron tierra, tanto el ejército, como Nao y Xin sabían que debían actuar con cautela. El príncipe Al era un tipo listo que podía haberse ya dado cuenta de todo y estar cavilando la peor de sus jugarretas. Por el momento, suponían que no era así. En las dependencias del castillo parecía estar todo en calma. Con sigilo, sin embargo, se acercaron hasta la fortaleza. Uno a uno, los hombres del ejército, Xin y Nao fueron saltando los muros. Pronto divisaron el torreón de castigo y dieron por supuesto que allí debían estar los calabozos, debajo de aquel torreón que se alzaba inmenso, casi rozando el cielo.
Rodearon el torreón sin problemas, pero cuando todo les parecía más fácil, e incluso el príncipe había sacado la llave ya de su casaca apareció el joven Al sonriendo triunfante ante ellos.
-¡Mis queridos amigos!, dijo con tono sarcástico. No puedo más que sentirme honrado con vuestra visita. Pero…, ¿a qué se debe?, ¿quizás algún asunto pendiente?, preguntó mientras acto seguido lanzaba una sonora carcajada.
-Ya sabes a lo que venimos Al, respondió Xin. Tienes encerrada a mi esposa en uno de tus calabozos. Has hecho algo que no creía que podrías llegar a hacerme nunca, yo que te creía mi amigo. Pero ya veo que la envidia puede contigo.
-¡Uy!..no me vengas con monsergas principito, dijo Al. ¿Acaso crees que puedes tener todo lo que deseas?
-No es algo que yo desee Al, contestó Xin contrariado. Di me quiere y yo la quiero a ella. Dos personas que se quieren desean estar juntas. ¿Puedes llegarlo a entender?
-¡Pero claro! ¡Claro! Y lo siento de verdad, comentó Al de forma sarcástica, pero Di está encantada de compartir su vida conmigo. Contigo se aburriría tanto… mi querido Xin.
-¿Qué tonterías estás diciendo?, preguntó el príncipe alterado.
-Eso, zanjó Al. Simplemente que Di se ha acostumbrado a estar aquí, conmigo, y dudo mucho de que ella quiera volver contigo. Es más, no tenías que haberte molestado en luchar contra sapos gigantes, ni dragones, ni nada por el estilo, ya que yo mismo te hubiera dado la llave del calabozo donde está mi querida Di.
-¡Quiero verla!, exigió Xin.
-Naturalmente, le invitó Al. ¡Ve!
Nao y Xin estaban perplejos. No era posible lo que Al les decía. Estaban seguros de que Di no podía haber olvidado a su familia, ni a su isla, ni mucho menos a su esposo.
Era tal la ansiedad que sentían por volver a ver a la muchacha que, todos, sin pensar ya en la crueldad de Al, sino en las palabras tan absurdas que el príncipe estaba diciendo, se metieron en el calabozo.
Allí, tumbada en un camastro y muerta de frío estaba Di. Cuando los vio se abrazo a su hermano y al príncipe Xin. No parecía la misma muchacha que días atrás había celebrado su boda. Su piel estaba ajada, su pelo estropeado, su cuerpo amoratado, y sus ropas llenas de agujeros.
¡Qué alegría sintieron los tres al reencontrarse! Tan grande era el momento de felicidad que estaban viviendo que sólo al cabo de unos momentos se dieron cuenta, que no sólo Di, si no que todos ellos, ahora estaban encerrados en el calabozo, y lo peor de todo es que no podían salir.
Al reía a grandes carcajadas desde fuera, dándose cuenta de que una vez más les había engañado. Les había tendido una trampa.
-Bueno, ahora ya os tengo a los tres. ¿Qué más puedo pedir? Tengo suerte al fin y al cabo porque sé que ya no me aburrireis más con vuestras idas y venidas. Esto era lo que queríais ¿no?, estar juntos. Pues ya estáis juntos, y para siempre. Luego me echarás en cara querido Xin que no soy un buen amigo, dijo Al.
Era cierto, habían sido engañados de nuevo. ¿Cómo saldrían de allí? No podían creer lo que les estaba sucediendo. Era a la vez tan inverosímil y tan absurdo. Habían caído en la trampa de un modo tan estúpido…
Ahora, lo único cierto es que ya sólo les quedaba el diálogo con Al para salir de aquel problema.
El príncipe caprichoso les dejó allí encerrados aquella noche y durante tres días más.
Tanto en palacio como en toda la isla se produjo un gran escándalo cuando la noticia fue de dominio público. Todos los ciudadanos sabían que el príncipe Al, no sólo tenía retenida a la bella Di, sino que ahora se permitía el lujo de jugar con la vida del noble príncipe Xin y del pequeño Nao, así como con la vida de los demás soldados del ejército de la isla Tierra.
El pueblo veía como el rey no tenía suficiente autoridad para enfrentarse a su hijo. Le consentía todos los caprichos, y lo que era aún peor, tenía miedo de él. Así, los súbditos de la isla, comenzaron a reflexionar sobre que clase de rey les gobernaba, que clase de rey llevaba las riendas del territorio. Y, claro está, llegaron a la conclusión de que no era ni mucho menos un monarca que se preocupara de ellos, ni que pudiera hacer frente a futuros males mayores que azotaran a la isla, ya que no era capaz ni de educar a su propio hijo.
El rey se sentía agotado por la gran responsabilidad que caía ante él. El pueblo tenía razón. No había sido capaz de educar a su hijo, ni era capaz de contrariarle ahora. Por este motivo se sentía desgraciado y avergonzado ante su gran amigo, el monarca de la isla Tierra, el padre de Xin, que aún esperaba una respuesta de él. Habían pasado los días y no había sido capaz de hacer nada. Di continuaba sufriendo en aquel calabozo para disfrute de su hijo, y ahora además se unía el problema de Nao y Xin. Sin duda el rey había tocado fondo.
Al día siguiente, el monarca se reunió con su secretario de confianza. Quería acabar con el problema y lo tenía que hacer de forma drástica y dolorosa. Se debía a su pueblo, y su hijo era un gran problema tanto para su pueblo como para continuar con las buena relaciones que hasta ahora le habían unido con los otros monarcas. Sólo le quedaba una salida, y esa salida era ordenar la captura y la muerte de Al. El diálogo no había funcionado nunca con su hijo, tampoco las buenas promesas, entonces ¿qué podía hacer? Esta era la única salida..
El secretario le aconsejó que primero le encerrara y que por última vez intentara hablar con él, pero el rey se negó.
Dos días más tarde, el príncipe Al fue arrastrado, atado de pies y manos y conducido a uno de los calabozos. Allí, sabía que le esperaba la muerte al día siguiente. El rey liberó a Xin, a Nao a Di y al resto del ejército. Estos estaban asombrados por la decisión tan dura y dolorosa que había tomado el monarca, pero, a la vez, felices al fin de verse liberados y ansiosos por ir a su casa. Pero algo les impedía disfrutar de ese momento tan especial. No podían consentir que un hombre muriera y menos un amigo como hasta entonces habían considerado al príncipe Al. El príncipe Xin habló con el monarca sobre el asunto de la siguiente manera:
-Querido monarca. El cariño que siento por usted, la reina y toda su familia me impide irme a mi isla sabiendo que el príncipe Al morirá mañana. Sé y comprendo que el pueblo le haya pedido una explicación, también sé de la maldad con la que en muchas ocasiones actúa mi viejo amigo, pero como dice mi padre con diálogo se puede conseguir todo.
-Me conmueve la bondad que aún guardas en vuestro corazón, y el cariño que aún sientes por mi hijo, pero lo cierto es que yo lo he intentado todo ya. Todo lo que estaba en mi mano. No puede seguir haciendo daño a nadie más, por el bien de mi pueblo y de mis hermanos monarcas de las islas vecinas, contestó el rey destrozado por dentro.
A pesar de todo, el príncipe Xin pidió al rey ver por última vez a su amigo. El rey le concedió su deseo y allí quedaron los dos a solas, frente a frente.
-Has vencido, dijo Al nada más ver al príncipe Xin. Parece que hasta mi padre está de tu parte.
-No he vencido, contestó Xin. Estoy derrotado y triste porque mañana perderé a un amigo.
-Nosotros no somos amigos, contestó fríamente el príncipe Al.
-Yo te considero un amigo, aseguró Xin. Y como te considero mi amigo voy a pedir tu libertad ante el rey.
-¿Tú?, preguntó extrañado el príncipe de la isla Aire. Nadie te ha hecho tanto daño como yo nunca. No puedo entender por qué, a pesar de todo, deseas mi libertad.
-Si yo te concedo la libertad que ahora necesitas, quizás algún día, te acuerdes de este momento y me ayudes, explicó Xin.
-¿Qué te hace pensar semejante tontería?, dijo Al. No soy muy bueno en eso de ayudar a los demás, porque simplemente los demás no me interesan mucho.
-A mí, los demás si me interesan, mis amigos si me interesan, y tú también, aseguró Xin.
Al miró para otro sitio. No sabía que contestar. La bondad del príncipe Xin le hacía sentirse cada vez más miserable. No llegaba a entender como unas personas pueden guardar tanta bondad dentro de ellas, y otras, como a él desgraciadamente le pasaba, tanto odio. Pero era tarde para reflexionar sobre esto. Al día siguiente moriría. Su padre le había cortado las alas de su libertad, esa libertad que de forma tan errónea el había utilizado a lo largo de su juventud. Por un minuto pensó que si alguien le devolviera aquellas alas, no volvería a caer en el mismo error. Sin duda las utilizaría para otras cosas. Se daba cuenta de que había hecho sufrir a todos sus seres queridos. Sólo ahora se daba cuenta, cuando ya era demasiado tarde, cuando su propio padre había tomado la decisión de acabar con su vida por el bien del reino.
Xin se acercó a él y le preguntó a qué se debía su silencio.
-Estoy pensando, respondió Al. Estoy pensando en cosas que ya dan igual. Sólo te diré que me doy cuenta en este momento de que no he actuado bien. Lo sé. Y que si volvieran a darme mis alas, mi libertad, sin duda, la utilizaría de otra manera. Pero no soy tonto, y sé, que ni mi propio padre creería lo que estoy diciendo. He mentido tantas veces…
-Yo si creo en ti, contestó el príncipe Xin. Yo voy a creer en ti porque no puedo abandonar esta isla sabiendo que un amigo va a morir. Tengo que hacer algo para evitarlo.
-¿Aún harías eso por mí después de todo el dolor que te he provocado?, preguntó Al asombrado.
-Claro, es muy fácil evitar el dolor si uno quiere, y yo no quiero que tú sufras, porque sé que eres capaz de guardar mucha bondad en tu corazón. Sólo tenemos que devolverte tus alas y pronto lo veré estoy seguro.
-Si tú me devuelves las alas, si me das la libertad que necesito, te juro que algún día te devolveré este gran favor. No lo dudes. Recuerda lo que te digo.
-Estoy seguro, contestó Xin, mientras se fundía con Al en un largo abrazo.
Minutos más tarde apareció Xin con el monarca. Este devolvió las alas a su hijo y le liberó.
-Quiero que sepas que yo, tu propio padre, no confiaba más en ti, dijo el monarca con lágrimas en los ojos. Ten en cuenta, que un amigo, un gran amigo, te ha devuelto tu libertad. Nunca lo olvides.
El príncipe Al se colocó sus alas, mientras abrazado a su padre y a su amigo Xin, prometía que nunca más les fallaría.
De eso estaba seguro Xin, que había aprendido mucho en ese viaje al lado del pequeño Nao.
Tanto el ejército, como Nao, Xin y Di pasaron la noche en la isla Aire. Allí fueron agasajados con una gran cena. Después descansaron. Al día siguiente estarían de vuelta, por fin a casa. El propio Al los llevaría, a todos, subidos en sus potentes alas.
Nao tenía mucha ganas de ver a toda su familia, tenía muchas ganas de seguir aprendiendo, tenía muchas ganas de sentarse al lado del estanque y darle un gran abrazo a su querido Teo.
¿Quién sabe que nuevas aventuras le estarían esperando al valiente Nao?

24Dic/13

LAS ESTROFAS Y LOS ESPÍRITUS, CANCIÓN DE NAVIDAD

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John Leech [Public domain], via Wikimedia Commons

Antes de resumir las estrofas de “Canción de Navidad”, me gustaría señalar, que hay que situar a Dickens en la era victoriana, donde las condiciones de vida, a los niños, les eran muy adversas. Sus obras se centraron en dar a conocer esas historias en libros tan míticos como “Oliver Twist” o “La tienda de antigüedades entre muchos otros.
El que ahora nos ocupa también tiene un personaje niño que hará que gire parte de la historia en torno a él, el pequeño Tiny Tim, hijo del ayudante de Scrooge, Bob Cratchit.

En la segunda estrofa titulada “El primero de los tres espíritus”, se le aparece a Scrooge el espíritu de las Navidades Pasadas. El espectro le conduce hasta donde el avaro vivió de niño. Scrooge llora al verse en el pasado tal y como fue, un niño olvidado, solitario, leyendo. Después un adolescente feliz y más tarde un apuesto joven al que la avaricia le empieza a pasar factura sin él casi darse cuenta. Su futura mujer le abandona porque sólo ve en él ansia por el dinero y los negocios.

En la tercera estrofa titulada “El segundo de los tres espíritus”, se le presenta a Scrooge el espectro de la Navidad Presente. Este lleva a Scrooge a las calles de la ciudad una mañana navideña. Nieva y la atmósfera es alegre. El espíritu le conduce hasta la casa del escribiente, Cratchit, para hacerle ver la situación de la familia.
Allí todo es felicidad a pesar de las penurias por las que pasa la familia. Cenan con ilusión y alegría. Toda la familia junta. Tim, el pequeño de la familia, padece una enfermedad. Scrooge pregunta al espectro si Tim morirá y esté le dice que sí. Y además le recuerda que eso a él, poco le ha importado hasta entonces, incluso hablaba de que si alguien moría era mejor porque así disminuía el exceso de la población.

“Hombre, prosiguió el espectro, si es que de veras eres hombre y no piedra berroqueña, contén tu maldita hipocresía hasta que hayas averiguado cuál es el exceso de población y dónde está. ¿Acaso quieres decidir tú qué hombres deben vivir y qué hombres deben morir? Puede que a los ojos del Cielo seas tú más indigno y menos apto para vivir que millones de criaturas como el hijo de este pobre hombre. ¡Ay, Dios! ¡Tener que oír al insecto de la hoja hablar sensacionalmente sobre la excesiva duración de la vida de sus hambrientos congéneres que habitan en el polvo!”.

Después el espectro le lleva a donde su sobrino, que celebra la Navidad sin él, donde un grupo de mineros, y también a un faro solitario. Al final, le hace ver a un niño y a una niña que son la Miseria y la Ignorancia. Scrooge se compadece de ellos y pregunta si hay alguien que les cuide, el fantasma antes de desaparecer hace a los niños hablar con las propias palabras del tacaño: “¿No hay prisiones?, ¿No hay asilos?”

En la cuarta estrofa, titulada “El último de los espíritus”, se le presenta a Scrooge el espectro de las Navidades Venideras. Este le muestra el destino de los avaros. Scrooge le acompaña. Sabe que el objetivo del fantasma es hacerle bien. Hacerle ver que tiene que ser distinto del que ha sido. El hombre quiere lograrlo.
Scrooge debe ver su casa saqueada por los pobres, el recuerdo horrible que tienen sus amigos de la Bolsa de él, la muerte de Tim Cratchit y lo peor de todo, su propia tumba. Scroge está aterrado.

¿Qué pasará después? El hombre se despierta de su pesadilla convertido ya en un hombre alegre, generoso, solidario y amable con sus vecinos.
En la quinta estrofa, titulada “Fin del cuento” Scrooge celebra la Navidad, envía un pavo a Cratchit y le da un aumento de sueldo, visita a su sobrino Fred y por supuesto, y para alivio de todos los lectores, Tim no muere.

“-¡Feliz Navidad, Bob!, dijo Scrooge, con una sinceridad que no ofrecía dudas, al tiempo que le daba una palmada en ella espalda. ¡Más feliz, Bobo, mi buen amigo, que las que le he deseado durante muchos años!¡Le subiré el sueldo y procuraré ayudar a su esforzada familia, y esta misma tarde hablaremos de sus asuntos ante un buen tazón de ponche caliente! ¡Y encienda los braseros y vaya a comprar otro saco de carbón antes de escribir una sola palabra más, Bob Cratchit!”