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15Ene/14

PASADO, PRESENTE, FUTURO

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Érase una vez un Presente loco por ser un Futuro. Se tumbaba a soñar en el sofá con los tiempos que estaban por llegar sin saber que cada segundo que pasaba pensando en ser un Futuro, un Futuro alegre, diferente, especial, ya era solamente un Pasado. Pero del Pasado, ese que conocía pero al que no hacía caso, no quería ni oír hablar. ¡Pobre Presente que ya era Pasado!
El Pasado tocó a su casa en una ocasión e intentó explicarle que no existía un Futuro. El Presente se indignó y lo echó de casa.
“¿Por qué se empeñaba el Presente en ser Futuro?”, pensó el Pasado mientras marchaba a resguardarse en sus recuerdos.
Después de darle muchas vueltas al asunto llegó a estas tres conclusiones:
-El Presente sólo pensaba en ser Futuro porque no estaba satisfecho.
-El Presente sólo pensaba en ser Futuro porque le entristecía el Pasado.
-El Presente sólo pensaba en ser Futuro porque el Futuro es solo un deseo. Y ya se sabe que los deseos los imaginamos siempre de la mejor de las maneras.
El Pasado fue a visitar de nuevo al Presente y éste le dijo que se fuese inmediatamente, que su presencia le hacía daño.
-Sólo quiero hacerte una pregunta, le dijo el Pasado.
-Adelante.
-¿Eres feliz?
-¡Claro que no!, respondió el Presente algo indignado. ¿No ves cómo sufro por no ser un Futuro?
-Está bien, comentó el Pasado. Ya no volveré a molestarte. Pero piensa en algo, eres un Presente, vive y acéptate.
El Pasado se fue para siempre, pero el Presente seguía recordándole. Aquello le torturaba día tras día porque creía que sólo librándose de ese Pasado alcanzaría el Futuro.
Y así sufrió año tras año tumbado en el sofá hasta que murió, intentando librarse de sus recuerdos, sin darse cuenta de que los Presentes, todos, están hechos de un poquito de buen y mal pasado, de un poquito de buen y mal presente y de un futuro que traerá a partes iguales un poquito de maldad y un poquito de bondad. Pero a estas cosas no hay que tenerlas miedo, porque así, y no de otra forma, es la vida
El Pasado siguió tranquilo refugiándose en sus recuerdos y el Futuro burlón, según tengo entendido, no fue ni siquiera a su entierro.

12Ene/14

LIBROS PROFÉTICOS DE WILLIAM BLAKE. VERSO Y PINTURA

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“Aquel cuyo rostro no emite luz nunca se convertirá en estrella”

A finales del pasado año la editorial Atalanta publicó el primer tomo de un libro único “Libros proféticos” del poeta, pintor y grabador inglés William Blake (Londres 1757-1827). Blake, al que se suele denominar como “el artista total” nunca fue suficientemente reconocido en vida como en muchas otras ocasiones sucede con este tipo de genios. Su obra no es fácil porque más que entenderla hay que sentirla y esto hace que quedase algo olvidada. Pero el tiempo, ese, que como se dice pone todo en su sitio hace mucho que recuperó a Blake, ese escritor que entendió la obra literaria y pictórica como su vida y sus dos artes como una pareja indestructible para poder entender su obra, esos poemas y ese arte visual derrochan perfección y son inseparables.
La Biblia fue una influencia fuerte y temprana en la obra del londinense. En la pintura, Miguel Ángel, Rafael o Durero se dejan sentir en sus grabados.
Este primer tomo de “Libros proféticos” les dejará envueltos en una magnitud esplendorosa que sólo las buenas obras, las obras monumentales, pueden conseguir. Es envolvente, brillante, única y aunque cueste, al principio, acabaran por no dejar de abrir el libro para maravillarse una vez más.
Entre esos libros en este primer tomo se encuentran los siguientes:
Tiriel, El libro de Thel, El matrimonio del Cielo e Infierno, La Revolución francesa, Visiones de las hijas de Albion, América: Profecía, Europa: Profecía, El (primer) libro de Urizen, El libro de Ahania, El libro de Los, El cantar de Los y Vala, o los cuatro Zoas.
Como datos curiosos, contaremos que Blake tuvo visiones durante toda su vida y esto definitivamente hilvanó su obra de alguna manera. Además aborrecía la esclavitud y creía sobre todo, tanto en la igualdad racial como en la sexual.

“Visiones de las hijas de Albion”, me ha fascinado (le dedicaré un post aparte) , “El libro de Thel” me ha gustado bastante también y “El matrimonio de Cielo e Infierno” me ha hecho reflexionar sobre temas ya olvidados. No encuentro la razón a esta selección pero quizás se pueda entender teniendo en cuenta, que tal vez sean los tres libros más fáciles de comprender, desde mi punto de vista. En cualquier caso, de este último les voy a dejar algunos fragmentos no sin antes volverles a animar a abrir este libro, en su totalidad, que les hará soñar por lo mágico de sus versos y la perfección de sus ilustraciones.
Es una edición bilingüe, así es que para los que dominan el inglés será una doble satisfacción el poder leerlo.

De “El matrimonio de Cielo e Infierno”, libro que data del año 1790:

Uno de los capítulos titulado Proverbios del Infierno deja versos o citas tan interesantes como las siguientes:

El que desea pero no actúa, cría la peste.
Mete en el río al que ama al agua.
Un necio no ve el mismo árbol que vio el sabio.
Aquel cuyo rostro no emite luz nunca se convertirá en estrella.
En el tiempo de la siembra, aprende; en la cosecha, enseña; en invierno disfruta.
La laboriosa abeja no tiene tiempo para penas.
Las horas de insensatez se cuentan con el reloj, pero las de sabiduría, ningún reloj las cuenta.
Todo alimento saludable se obtiene sin red ni trampa.
Ningún ave se eleva demasiado alto si lo hace con sus propias alas.
Las alegrías preñan. Las penas dan luz.
El acto más sublime es poner a otro delante de ti.
El exceso de pena ríe. El exceso de alegría llora.
El ave, un nido; la araña, una tela; el hombre la amistad.
Un pensamiento llena la inmensidad.
Disponte siempre a decir lo que piensas y el villano te evitará.
El águila nunca perdió tanto el tiempo como cuando se puso a aprender del cuervo.
Piensa por la mañana. Actúa a mediodía. Come por la tarde. Duerme por la noche.
Aquel que ha sufrido tu imposición te conoce.
Espera veneno del agua estancada.
Nunca sabrás lo que es suficiente a menos que sepas qué es más que suficiente.
A quien es agradecido cuando recibe le espera una abundante cosecha.
Crear una florecilla es obra de siglos.
¡Las oraciones no aran! ¡Los halagos no cosechan!
El cuervo desearía que todo fuera negro; el búho, que todo fuera blanco.
La verdad nunca debe decirse de modo que se entienda y no se crea.

En el prefacio de este libro se cuenta que más interesante que la curiosa alusión de Blake a su trigésimo tercer aniversario es el hecho de que la aproveche para desarrollar los aspectos irónicos y críticos que son característicos de esta obra y que para ello el autor se sirve de “una combinación de diferentes fórmulas, tanto en prosa como en verso, y sobre todo de la sátira menipea”.
Según lo escrito en la edición que manejo, uno de los objetivos principales de “El matrimonio de Cielo e Infierno” es presentar una crítica sobre la ortodoxia en general, pero más en concreto sobre las ideas de Emanuel Swedenborg (1688-1772), aunque paradójicamente el místico sueco ejerció una notable influencia en Blake.

12Ene/14

LA CASA DE TODOS. LA CASA DE HEINZ R. UNGER

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¿Saben ustedes como explicar a sus hijos lo que es el progreso? Si quieren una respuesta Heinz R. Unger la tiene. El progreso está aquí cuando “las casas son cada vez más grandes y los jardines más pequeños”.
Ya conocen mi predilección por la literatura infantil y juvenil, sobre todo aquella que los adultos pueden leer junto a sus hijos obteniendo así, ellos mismos, muchas respuestas, e incluso topándose, en varias ocasiones con sentimientos ya olvidados. La obra que hoy les invito a abrir es una de esas pequeñas novelas que reúne todo eso y se titula “La casa de todos”. Es del escritor austriaco Heinz R. Unger (Viena 1938), autor muy conocido en su país ya que no sólo escribe para niños sino también para adultos. Esta obra está editada por El Barco de Vapor SM y es una joya para leer al lado de sus hijos.
El capitán Saladino y su mujer, Esmeralda viven en una casita llamada Juanito. La casa es modesta pero está rodeada por un hermoso y grande jardín que se llama Esmeralda.

“Esmeralda era mucho más grande y más lujosa que Juanito, pero los dos se llevaban muy bien aunque eran muy distintos, o precisamente por eso. Los dos tenían la gran virtud de que eran muy sencillos. Juanito era sencillo y modesto, y Esmeralda era sencillamente lujosa”

“Una parte del jardín estaba poblada por diferentes árboles frutales, y la otra era un pequeño bosque. Allí había un abeto para el invierno, un tilo para el verano, un castaño para la primavera (por las flores rosas en forma de corazón que tenía) un haya de la que uno podía gozar durante todo el año esperando el bello color rojizo de sus hojas en otoño, y un viejo nogal para trepar.
Un abroquelo murmuraba a través del prado florido y por debajo de un pequeño puente de madera, pasaba junto a un bosquecillo de abedules y desembocaba en un pequeño estanque con juncos, peces dorados y ranas que croaban.”

Este libro encierra mucha sabiduría y mucha reflexión. Sobre todo habla de las relaciones familiares y como el entorno puede destruir a las personas haciéndolas más ambiciosas y con ello al núcleo familiar. Es decir, el jardín representaría la armonía de la familia que crean Saladino y su mujer, con seis hijos. En la medida de que estos van creciendo y van teniendo sus propios hijos, sus ideas, sus avaricias, sus ganas de progresar, el jardín se va destruyendo a la par que la familia. Los setos, las divisiones, los edificios,… todo les va separando poco a poco, aunque al final hay una pequeña esperanza en forma de flor. Para descubrir de que se trata tienen que leer el libro.

Pero antes de todo esto reinaba la armonía:

“Y sucedió que Esmeralda se sintió realmente como en una isla verde. Plantó arriates de flores y matas de hortalizas y un huesecillo de hierbas. Cuidó el huerto de frutales y confitó las cerezas, las manzanas y las bayas para el invierno. Entre tanto, el capitán Saladino recorría todos los mares, volvía a casa en las grandes celebraciones y se encontraba siempre con una nueva sorpresa. Y es que no solo se desarrollaban magníficamente las plantas del frondoso jardín, sino que después de cada viaje lo esperaba un nuevo hijo.”

Para terminar, quiero señalar uno de los párrafos más verdaderos que Unger escribe cuando explica que uno de los hijos del capitán y Esmeralda se hace soldado. Para reflexionar, sin duda, por su verdad, como digo y su sencillez.

“Pero un soldado no tiene otra razón de ser que la guerra, incluso en tiempos de paz. Y un fusil está hecho, a fin de cuentas, para matar a seres vivos. Al cabo de un tiempo hubo realmente una guerra, y fue una guerra muy grande. Los soldados marcharon al combate cantando. Hasta llevaban bandas de música con campanillas y cascabeles y un pequeño poni, sobre el que iba el bombo.
Rolando nunca volvió, igual que muchos otros.”

11Ene/14

NAO Y LOS TRES REGALOS MAGICOS

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Nao, un chico de unos diez años, vive en una ciudad a la que ha tenido que emigrar con toda su familia. La vida allí es difícil, añoran el campo y las montañas, pero todo cambiará cuando Nao recibe tres regalos mágicos: un pez, una locomotora y una cometa. Estos tres regalos cambiarán la vida de toda la familia.
Se adentrarán en un mundo mágico, en el archipiélago de los cuatro elementos, donde a Nao le esperan muchas e increíbles aventuras. Deberá luchar contra un anfibio gigante, un dragón,… y por el camino no estará solo. Sus amigos le acompañarán y descubrirán, todos ellos, que la unión, como se suele decir, hace la fuerza, y que la amistad es un gran tesoro al que merece la pena cuidar.
Con este libro, los más jóvenes de la casa podrán adentrarse en el mundo de la fantasía y de las novelas de este género.

Capítulo I. Los tres regalos mágicos
Capítulo II. La Navidad
Capítulo III. Di y el príncipe
Capitulo IV. El príncipe Al
Capítulo V. La isla Agua
Capítulo VI. La isla Fuego
Capítulo VII. La isla Aire

07Ene/14

NAO / CAPÍTULO I. LOS TRES REGALOS MÁGICOS

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<< Resumen y capítulos

Cuando Nao y su familia se trasladaron a la ciudad, él tenía cinco años. Habían pasado dos y el muchacho aún se acordaba, cada día, de su vida en la montaña. Las inundaciones arrasaron las cosechas y muchas familias tuvieron que abandonar sus pueblos y emigrar a la ciudad. No podían trabajar más aquellas tierras. Los padres, desesperados, buscaban un futuro para su hijos.
La vida en la ciudad era tan diferente para Nao…El chico tenía la sensación de que en la ciudad todo estaba, digamos, un poco desordenado. La gente tenía siempre mucha prisa e incluso descubrió nuevos ruidos que hasta entonces le eran desconocidos.
Su padre, que había sido agricultor, ahora en la ciudad, se encargaba de repartir cajas de pescado a las tiendas de comestibles. Su madre trabajaba como costurera. Ambos se levantaban temprano y llegaban muy tarde a casa. Debían sacar a la familia adelante y, además, ahorrar para poder regresar alguna vez al campo.
Nao iba cada día a la escuela, pero su hermana Di, que tenía doce años, debía ocuparse de las tareas del hogar y de cuidar a sus hermanos pequeños, los gemelos Gen y Ji, de tan sólo dos años.
Las cosas en la ciudad no habían ido como ellos esperaban. La familia vivía en un sótano donde, por supuesto, nunca entraba la luz, había humedad en las paredes y por las noches todos pasaban mucho frío. Pero, a pesar de las dificultades, la familia de Nao estaba muy unida. Se ayudaban los unos a los otros y se daban mucho cariño. Esto hacía que el día a día fuese mucho más fácil para todos.

***

Los escaparates de la ciudad estaban llenos de objetos que Nao sabía que nunca podría alcanzar. Sin embargo, el muchacho pegaba su nariz a los cristales y soñaba con tener alguno de aquellos juguetes o una enorme tarta de chocolate adornada con guindas de colores para el día de su cumpleaños.
Uno de los establecimientos preferidos de Nao era la tienda de animales que había cerca de su colegio. Se ponía un poco triste cuando veía a todas aquellos animalillos encerrados en las jaulas esperando un dueño que les diera una vida mejor, pero a la vez le encantaba observar como los cachorros jugueteaban de vez en cuando o con que mimo se atusaban los gatos sus colas. Sabía que nunca podría comprar una mascota, pero Nao, como cualquier otro joven de su edad, soñaba con tener una, una mascota a la que cuidar y dar mucho cariño.
Una mañana, de camino al colegio, y como siempre hacía, el niño pegó su nariz al cristal de la tienda de animales. En el fondo de la tienda, y para su sorpresa, vio un gran acuario con montones de peces de colores nadando en su interior. Al lado de la enorme pecera había un cartel donde se leía: „5 rines por pez“. El no tenía cinco rines, pero lo cierto es que no era mucho dinero. De repente vio el sueño de tener una mascota cada vez más cercano. Cinco rines era lo que costaban tres panes y en su casa tres panes significaban mucho. Si, eso ya lo sabía, pero si esperaba a su cumpleaños o quizás a la Navidad pacientemente, podría tener alguno de aquellos pececillos naranjas que, a él, ya le parecían tan simpáticos.
Esa misma noche esperó a su madre despierto. Quería saber si alguna vez podría tener alguno de esos peces.
_¿Cuánto dices que cuestan?, preguntó su madre con una sonrisa.
-Cinco rines mamá, sólo cinco rines cada uno, dijo el muchacho emocionado.
-Yo creo entonces que quizás en Navidad logres tu deseo, respondió su madre. Aunque ya sabes que en esta casa hay muchos niños con deseos, añadió con cierta tristeza refiriéndose a sus otros tres hijos. Después la mamá de Nao arropó a éste con una gruesa manta y le dio un beso de buenas noches.
Su madre siempre sufría por no poder conceder a sus hijos las cosas que le pedían, pero no podía hacer nada al respecto. Tenía mucha suerte, ya que los pequeños no eran nada egoístas y comprendían la situación por la que atravesaba la familia.
Cada día, Nao entraba en la tienda de animales y miraba con deseo a los pececillos naranjas que chocaban una y otra vez con las paredes del acuario o con alguna de aquellas palmeritas de plástico verde que había dentro como decoración. Cada día soñaba Nao con tener alguno de aquellos diminutos animales.

La Navidad llegó pronto, antes de lo que Nao imaginó. La noche anterior a la celebración, Nao no pudo dormir pensando que quizás, al día siguiente, tendría a los pies de la cama un pez naranja. Y tanto lo había deseado que su sueño se cumplió.

-¡Papá!, ¡Mamá!, mirad, mirad, tengo la mascota más bonita del mundo, gritaba el chico entusiasmado al levantarse.
Sus padres reían y disfrutaban de ver a Nao tan feliz. Pronto todos sus hermanos se colocaron alrededor de la pequeña pecera de cristal donde el pececillo nadaba dando vueltas sin parar.
Di también estaba muy contenta con el pedazo de tela que le habían regalado. Su madre prometió hacerle un vestido con aquella pieza de pana negra cuajada de florecillas de colores, para su próximo cumpleaños.
Gen y Ji eran aún muy pequeños para entender todo aquel revuelo, pero jugaban con dos diminutos caballitos de madera que su padre había tallado para ellos.

Al día siguiente, todos los muchachos del barrio fueron al parque a disfrutar de sus juguetes nuevos, como era costumbre. Nao vio un precioso coche plateado y un avión de madera que volaba como si fuera de verdad, un balón de cuero o incluso a un niño con un perrillo de color canela, pero nada de esto le dio envidia. Él llevaba entre sus manos la pecera con su pececillo naranja. ¡Qué feliz se sentía!.
Pronto se acercaron los chicos y comenzaron a burlarse del pez.
-¿Esto es todo lo que te han regalado?, preguntaba con ironía un niño del barrio. ¡Menudo regalo!, un pez naranja de los que hay miles en el mundo.
-A mí me parece un pez muy bonito, dijo Nao. Tiene algo especial.
-¿Especial?, repitió el niño burlándose. ¡Ya me dirás que tiene de especial! Porque yo lo único que veo es a un pez naranja tonto, de esos que cuestan sólo cinco rines y que nadie querría tener como mascota.
-Yo si lo quiero como mascota, contestó Nao con paciencia.
-Tú quieres a este pez porque sabemos que tus padres son pobres y no te pueden comprar una mascota mejor, añadió otro de los muchachos con crueldad.
A Nao este último comentario le hizo daño pero prefirió no contestar. Era tanta la alegría que sentía con su pez que no quiso pensar en lo que había dicho el niño.
Los muchachos continuaban riéndose de Nao y de su pez. Para ellos aquel era un regalo „insignificante“ como dijo uno de ellos. Nao no sabía muy bien lo que significaba la palabra „insignificante“, pero intuía que era una palabra fea porque el niño la había utilizado con desprecio.
A pesar de las burlas, Nao seguía sintiéndose muy orgulloso de su pez. Lo único que pensaba era en ponerle un nombre, y entre otros muchos decidió que el mejor sería Teo.
Nao iba con su pececillo a todas partes, como si de un perrillo o un gato se tratase. Teo era su mascota y el chico estaba dispuesto a darle todo su cariño. Era muy importante que Teo nunca se sintiera solo ya que no tenía compañeros en aquella diminuta pecera.

Aunque los chicos del barrio continuaron durante muchos días y meses riéndose de la mascota de Nao, y casi nunca jugaban con él, una tarde le preguntaron si quería jugar al fútbol con ellos, ya que el chico que era siempre el portero estaba enfermo y no podía bajar al parque. Nao no se lo pensó dos veces. Era la primera vez que le permitían jugar con ellos. Si, ya sabía que era porque el portero estaba enfermo, pero…al menos podía jugar, eso ya era mucho para Nao.
El chico dejó su mochila apoyada en un árbol y a Teo al lado. Pero, cuando habían pasado unos veinte minutos, sucedió algo horrible para Nao. Uno de los chicos pegó una patada demasiado fuerte al balón y éste fue a parar al lado del árbol donde Nao había dejado a Teo. La pelota rompió la pecera y Teo quedó entre la hierba sin agua y con la boca abierta. El pobre pececillo no podía respirar bien.
Todos reían viendo la desesperación de Nao. El muchacho fue corriendo a la fuente con su mascota entre las manos para intentar salvarlo. Lo dejo en el pequeño chorrillo que tiraba la fuente y fue a casa corriendo a por una jarra llena de agua.
Finalmente, Nao pudo salvar a su mascota. Sin despedirse de los otros niños, que aún se reían mientras daban patadas al balón, recogió su mochila y se fue a casa. Estaba claro que el chico quería mucho a su mascota. Teo, a su manera, se daba cuenta de esto. Sabía que tenía mucha suerte de tener a un niño tan bondadoso y cariñoso como dueño.

Pasaban los días y Teo se iba haciendo cada vez más grande. Nao se daba cuenta de que Teo no era feliz en aquel recipiente de cristal, tan pequeño y tan aburrido. El niño sabía que los peces son felices en los ríos, en los mares, con otros peces, jugando con las olas o dejándose llevar por la corriente. El muchacho se sentía un poco egoísta por tener a Teo encerrado allí, pero para Nao, Teo significaba mucho. Con Teo nunca se sentía solo.
Una noche, Nao creía estar soñando, pero no era así. El chiquillo pensaba que estaba teniendo alucinaciones, pero se equivocaba. Teo sacó su cabecita del agua y le habló de esta manera a Nao:

-Querido Nao. Cuando todos se reían de mí tú has estado siempre a mi lado. Soy un simple pez naranja que no llama la atención, y sin embargo, para ti soy especial. Quiero que prestes atención a lo que voy a decir, dijo el pez con un nudo en la garganta. Si tú, mañana por la mañana, de camino al colegio, me dejas en el río del parque, y así me devuelves mi libertad, la próxima Navidad volveré y te recompensaré por tu generosidad. Te lo prometo, explicó el pez con dificultad, ya que para él también había sido muy difícil tomar esta decisión. Alejarse de Nao era algo muy triste, muy muy triste para Teo.

Nao no podía creer que su pececillo hablase como una persona. Era un pececillo mágico, sin duda. Hasta ahora, Nao no lo sabía, aunque siempre había estado seguro de que su mascota era especial. Esto unido a todo el cariño que sentía por Teo hizo que pensara por un momento en lo doloroso que sería para él tener que deshacerse de su pez. Por eso no podía responderle de una forma clara.
-Pero…, yo te quiero para mí, dijo titubeando Nao justificando así su tristeza. Yo siempre he querido tener una mascota.
-Lo sé Nao, respondió Teo. Pero te prometo que si tú me das esa libertad que tanto necesito, volveré a buscarte y te recompensaré por todo lo que me has dado, repitió el pez naranja.

A pesar de la tristeza que le produjo, a la mañana siguiente, el muchacho abandonó a Teo en el río del parque.
-No olvides lo que te digo, añadió el pez. Vuelve la próxima Navidad al río y yo te devolveré el favor, recalcó una vez más Teo antes de despedirse de su gran amigo.
Nao asintió con la cabeza y se fue corriendo para ocultar sus lágrimas.
El chico lloró muchos días pensando en Teo. Sus padres intentaban consolarlo. Conocían la infinita bondad de su hijo y no les sorprendía lo que había hecho con aquel pececillo.
No creían que el pez hubiera hablado a su hijo, por supuesto, y tampoco que cumpliría aquella promesa, simplemente pensaban que todo aquello era producto de la imaginación del pequeño, pero le consolaron diciéndole que la próxima Navidad volvería a ver a Teo, y que sólo por esto debía vivir cada día con ilusión.

Como la madre de Nao veía cada vez más triste a su hijo, pensó que tenía que hacer algo por él. Una noche mientras todos dormían cogió sus agujas y con cartón y retales de lentejuelas, que había recogido del taller donde trabajaba, hizo para Nao una preciosa cometa. Le pintó una cara sonriente con unos grandes ojos. Ella pensaba que quizás aquel pequeño juguete le devolvería la ilusión y así podría olvidarse un poco de Teo.
A la mañana siguiente la cometa esperaba a Nao al lado de su tazón de leche. Nao no podía creer lo que veía. Abrazó a su madre con cariño dándole las gracias.
Tenía un nuevo juguete y además era precioso. El muchacho ya esperaba con ilusión poder volar la cometa por el parque.

Nao tuvo que esperar algunos días pero al fin llego el tiempo deseado. En cuanto vio que una ligera brisa se colaba por las ventanas de la escuela pensó que aquella tarde sería perfecta para salir al parque y jugar con su nueva cometa. Y así lo hizo.
Como siempre, los chicos del barrio estaban jugando al fútbol y vieron a Nao con su cometa. En seguida se acercaron a él con ánimo de molestarle, y burlarse de su nuevo juguete.
-¿De verdad crees que esta cometa puede volar?, le preguntaron con sarcasmo.
-¡Claro!, ¿por qué no iba a poder?, contestó Nao algo indignado.
-Está claro que tú nunca has visto una cometa de verdad, contestó otro de los chicos. Cuando vayamos a casa a por las nuestras y las veas quedarás impresionado.
Los chicos abandonaron el balón y fueron a por sus cometas. En pocos minutos estaban luciendo aquellas preciosas figuras con forma de dragón, de aviones, de mariposas…. que planeaban en el aire como si de águilas de verdad se tratara.
Tenían razón, sus cometas volaban mucho más alto y se mantenían mucho más tiempo en el aire, pero él estaba muy contento con la suya.
Así pasaron la tarde los chicos. Nao estaba contento porque, una vez más, había podido jugar con ellos. Ahora los niños del barrio querían jugar también con sus cometas, quizás sólo por presumir ante Nao de sus juguetes, pero eso al chico le daba igual. Estaba contento porque de nuevo jugaban con él.

Todas las tardes quedaban a la misma hora en el parque. Pero aquel día el viento era demasiado fuerte para la cometa de Nao. Se enredó entre las ramas de un árbol mientras las demás volaban con elegancia, casi tocando las nubes. A Nao le costó mucho subir al árbol para desenredarla. De repente, le dio rabia ser el niño del barrio que siempre tenía los juguetes más viejos, las cosas más „insignificantes“ como decían los otros chicos. Le dio rabia ser pobre, le dio rabia no tener juguetes bonitos y nuevos. Perdió su paciencia al ver como los chicos no paraban de burlarse de él cuando le vieron subido al árbol intentando desenredar el hilo de la cometa, y no pudo más. Agarró su juguete con furia y lo tiró a una papelera.
Cuando se le pasó la tristeza, se sintió mal por haber tirado su cometa y fue corriendo a buscarla. Allí estaba un poco manchada y un poco rota. La abrazo y le quitó las manchas. Pero lo más sorprendente es que de los ojos de la cometa brotaban lágrimas como las de una persona. Otra vez creyó Nao estar soñando, pero no, no era así. La cometa aún con los ojos empañados en lágrimas le habló y le dijo:

-Soy una cometa que no puede volar más alto. Soy pequeña y de cartón pesado. Pero si me dejas en libertad para siempre, si cortas el hilo que me sujeta a ti, yo iré al país de las cometas donde aprenderé a volar más alto, donde harán de mí una cometa elegante y fuerte y, por supuesto, volveré para ayudarte.
Nao no podía creer lo que le estaba sucediendo ¿Qué podía hacer? ¿Abandonar la cometa? Eso significaba quedarse solo de nuevo.
-No puedo hacer esto por ti, respondió Nao. Para mí, tu eres la más bonita de todas las cometas aunque no vueles tan alto como las otras. Si te dejo en libertad no tendré nada con lo que jugar.
La cometa entendía la situación pero conocía la bondad del chiquillo y le pidió una vez más su ansiada libertad.
-No olvides lo que te voy a decir querido Nao, le explicó. Entre tus manos yo he sentido mucho cariño, y cuando mis compañeras han logrado, incluso, rozar las nubes, yo no las he envidiado porque sabía que las manos que sujetaban sus cuerdas no eran de niños tan buenos como tú. Pero si tú me das la libertad que necesito, te prometo que algún día te recompensaré por ello. A ti y a toda tu familia.

Nao volvió a casa cabizbajo con su cometa entre las manos. Reparó los trozos rotos y espero al viento de la noche para dejarla volar.
Mientras la cometa alcanzaba altura sonreía a Nao con cariño. De repente el niño no pudo verla más, se había perdido entre la oscuridad y las estrellas.

Los padres de Nao comenzaron a preocuparse por el niño. De nuevo su hijo les contó, que al igual que le había ocurrido con Teo, la cometa le había pedido que la dejara en libertad. Ellos no podían creer semejante locura. Tenían tan claro que las cometas no pueden hablar… Pero no podían hacer nada por Nao, sólo esperar a que se le pasara su tristeza.

Pasó el tiempo y a pesar de que Nao ya no estaba tan triste, pensaba cada día en su cometa y en su pececillo naranja, y también en las palabras que estos le habían dicho.
No volvió a hablar del tema con sus padres porque sabía que no le creerían por muchas más veces que lo repitiese, pero él siguió soñando con sus dos regalos mágicos.

Al cabo de unos días algo triste sucedió en la familia. Su papá perdió el trabajo como repartidor de pescado. De esta manera se esfumaban, por un tiempo, las ilusiones de poder volver al campo ya que debían gastar sus pequeños ahorros en comida y otras cosas necesarias del día a día. Su mamá no ganaba lo suficiente para mantener a toda la familia.
El despido llegó en el peor momento. En una semana era el cumpleaños de Di. Nadie quería estar triste. Toda la familia quería que Di se sintiera feliz y recordase su cumpleaños con cariño.
Tal y como su madre le había prometido, le confeccionó un vestido precioso con aquella tela que le habían regalado en Navidad. Di, que era una niña de gran belleza, estaba aún más guapa que de costumbre con aquel vestido de pana negro lleno de pequeñas florecillas de colores.
Los problemas económicos no fueron un impedimento para que la muchacha y todos sus hermanos disfrutaran de una deliciosa tarta de chocolate con guindas de colores. Sus padres sabían todo el esfuerzo que cada día hacía Di por la familia. Esta sólo era una pequeña manera de recompensar a la chiquilla.
Cuando los niños acabaron con la tarta y los zumos de frutas, la familia al completo decidió dar una vuelta por el parque.
La gente se daba media vuelta para ver a Di. Realmente Di era una niña muy guapa. Ella no pensaba en estas cosas ya que cada día debía ocuparse de muchas otras. No tenía tiempo ni para mirarse en el espejo. Y en su caso, esto no era una frase hecha, sino una realidad.
Di disfrutaba de su cumpleaños. Disfrutaba con su vestido nuevo. Nao y los gemelos también al ver tan feliz a su hermana.
En el paseo por el parque escuchaban atentamente las historias que su padre les contaba sobre el campo. Todos soñaban aún con regresar a aquellos pueblos de extensiones infinitas, con prados llenos de flores, de ríos de agua limpia, de montañas nevadas. Pero era sólo eso, un sueño.
Además, el sueño se interrumpió en el mejor momento. De repente, escucharon los gritos de un niño. Su padre intentaba calmarle y hablar con él, pero el niño ni siquiera miraba a su padre a la cara. Lloraba sin parar y con desesperación. El niño estaba furioso porque su locomotora de latón yo no echaba humo y había perdido una de sus ruedas. El chico pedía a su padre que le comprara una nueva. Esta para él ya era seguro „insignificante“ pensó Nao con tristeza. Y así era.
Para que el niño se calmara, su padre dejó la locomotora abandonada entre los arbustos, agarró al pequeño de la mano y le consoló diciéndole que comprarían otra locomotora inmediatamente.
A Nao le brillaron los ojos de felicidad. Si aquel niño no quería más aquella locomotora tan bonita y si, incluso, la había abandonado en el parque, esto significaba que él la podía coger y tener un nuevo juguete. Cuando el niño furioso y el padre se alejaron, Nao preguntó a su madre si podía recoger la locomotora y quedarse con ella.

-¡Claro!, ve a por ella, contestó su madre con una sonrisa.
Nao corrió a por ella. La locomotora le pareció preciosa. Tenía un color negro muy brillante y dos pequeñas ventanitas rojas a cada lado.

Cuando llegaron a casa, su padre arregló el juguete. La locomotora volvió a echar humo por su pequeña chimenea, y volvió a rodar con la nueva ruedecilla que para ella había fabricado el padre de Nao. ¡Qué bonita había quedado!, pensó el niño.

Cada tarde, a la salida del colegio, Nao jugaba con su locomotora en el parque. Imaginaba vías de ferrocarril que conducían a él y a su locomotora a lugares remotos y casi fantásticos. Imaginaba que detrás había muchos vagones que transportaban carbón a países en los que él nunca había estado.
El muchacho pasó muchas tardes jugando con su locomotora hasta que uno de esos días el juguete le habló.
A estas alturas Nao ni siquiera se sorprendió, e incluso sabía lo que aquella bonita máquina le iba a pedir. Y así fue, el niño no se equivocó. Esta vez ni siquiera intentó pedirle al juguete que pensará un poco en él. Hizo lo que ella le pidió. La llevó a la estación de trenes de la ciudad y allí la dejó. Mientras la locomotora rodaba con dificultad por un trocito de rail le decía a Nao:
-No olvides lo que te he dicho. Yo te señalaré el camino cuando por mi chimenea salga humo de color azul. Yo te ayudaré cuando lo necesites y así corresponderé a tu bondad.
Nao volvió a casa dándole vueltas a la cabeza. ¿Qué significaba aquello de señalarle el camino con un humo de color azul? De nuevo había tenido un objeto mágico entre sus manos y había tenido que abandonarlo. Era el tercer regalo mágico y ahora estaba triste porque no tenía ninguna de aquellas cosas que le habían hecho tan feliz, ni a Teo, ni a la cometa, ni a la pequeña locomotora. Sólo le quedaba una esperanza, volver a encontrarse con ellos alguna vez.

>> Capítulo II. La Navidad

06Ene/14

NAO / CAPÍTULO II. LA NAVIDAD

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<< Capítulo I. Los tres regalos mágicos

Llegó el mes de diciembre muy rápido y cargado de nieve. En un par de días celebrarían la Navidad. Nao, que no había olvidado a su amigo Teo, recordó una mañana, mientras desayunaba, las palabras que el pececillo le había dicho.
Sus padres también lo recordaban pero no querían ni siquiera hablar del tema, porque aún pensaban que todo aquello eran simples imaginaciones de Nao. Bueno, no lo pensaban, estaban seguros de ello.
Cuando el día de Navidad el muchacho se levantó, ni siquiera pensó en si había algo al pie de la cama, aunque si lo había, un precioso jersey de lana rojo que su madre había tejido para él. Lo único en lo que pensaba era en ir al río, donde un año atrás se había despedido de su pez, de Teo. Se puso el jersey de su madre muy contento y corrió al parque bien abrigado. Estaba impaciente. ¿Sería verdad lo que Teo le había prometido? ¿Volvería a ver a su amigo?.
Estas eran preguntas que el muchacho no podía apartar de su pensamiento. Por el camino al parque, Nao sentía cierto miedo. Mientras caminaba entre la nieve, pensaba en que, quizás, su amigo se habría olvidado de él, o peor aún, que todo había sido un sueño, y hoy era el día en que debía despertar.
El muchacho llegó a la orilla del río. Además de la fina capa de nieve que cubría la ciudad, el día estaba algo nublado. Nao no podía ver el fondo del río. Esperó pacientemente dando pequeños paseos por la orilla para no quedarse frío. Frotaba sus manos, levantaba su bufanda a la altura de la nariz y tapaba sus orejas con el gorro de lana. Al de pocos minutos, oyó un ruido entre las aguas, y al acercarse vio cuatro preciosos pececillos de varios colores que jugueteaban mientras miraban a Nao sonrientes. Al lado de ellos, apareció un hermoso pez de color morado y al lado de éste un enorme pez de color naranja. ¡Era Teo!. La alegría que sentía Nao era infinita. Tal y como le había prometido, Teo había vuelto.

-¡Querido amigo! exclamó Teo. Te dije que volvería y aquí estoy. He formado una familia y soy feliz. Todo esto sólo lo he podido hacer ya que tú, hace un año, me diste la libertad que yo tanto ansiaba y necesitaba.
Nao estaba tan contento de ver a Teo feliz rodeado de sus hijos y su mujer…
-¿Dónde vives ahora Teo?, le preguntó Nao impaciente.
-Ahora vivo en los estanques dorados de los jardines del palacio del rey Xao. En otra realidad. En un mundo mágico.
-¿De verdad? ¡Oh, cuanto me alegro!, dijo Nao de corazón. El palacio del emperador Xao está en el archipiélago de los elementos, ¿no es así?, preguntó el muchacho. He oído hablar de ese lugar mágico. ¿Existe de verdad?
-Así es mi querido amigo, respondió Teo. Existe. El palacio del rey Xao está en el archipiélago de los cuatro elementos. El rey Xao vive en la isla Tierra, rodeado de las montañas más bonitas que jamás se han visto en el mundo. En cada una de las cuatro islas que forman el archipiélago hay un reino. La isla Agua está sumergida en el mar, y todos allí son mitad hombres, mitad peces o anfibios. La isla Aire se encuentra suspendida en la atmósfera. Cualquiera puede visitarla subiendo por algunas de las mil escaleras de seda que la rodean, y la isla Fuego, que también es de una belleza impresionante, recalcó Teo, está rodeada de llamas. Allí además de personas viven cien dragones que se encargan de avivar el fuego que rodea al territorio.
Nao escuchaba a Teo con alegría y cierta envidia. El vivía allí, en aquella ciudad llena de humo y ruido, y lo que aún era peor, en aquel sótano húmedo y frío. Por un momento imaginó cómo sería poder vivir en alguna de aquella cuatro islas fantásticas.
Teo sonreía al niño. También se alegraba mucho de verle y más de la sorpresa que para él tenía reservada.
-Si, ciertamente he tenido mucha suerte Nao. Nadé y nadé durante meses buscando una ruta sin descanso y llegué a ese lugar mágico. Allí vivo rodeado de otras familias de peces. Tenemos deliciosa comida en los estanques dorados y somos felices.
Nao le sonrió intentado imaginar todo aquello. El archipiélago de los elementos, según se contaba, era de una gran belleza y tranquilidad. Los cuatro reyes que gobernaban cada una de las islas vivían en perfecta armonía unos con otros.
Teo miraba a Nao con cariño. Estaba ansioso por darle la noticia que para él había traído.
-Tengo una noticia para ti, le dijo Teo al muchacho.
-¿De verdad? ¿Más sorpresas?, preguntó el niño, porque el simple hecho de volver a ver a su amigo ya le había llenado de felicidad.
-¡Claro! ¿Cómo que más sorpresas? No sólo he venido a visitarte, aclaró el pez. He venido para devolverte lo que tú me diste un día. He venido para llevarte a ti y a toda tu familia hasta el palacio del rey.
Los ojos de Nao se abrieron como platos. Ya ni siquiera sentía frío, sino que un calor casi sofocante recorrió en ese momento todo su cuerpo.
-¿Al palacio del rey Xao? ¿Qué significa esto Teo?
-Ve a por tu familia, coged vuestras cosas y venid al parque. Cuando lleguéis estaremos aquí. Haremos un viaje por el río hasta el mar de las islas. Esta noche de Navidad os presentareis ante el rey.
-Pero…pero…, balbuceó Nao. No podía articular palabra alguna. No podía creer lo que estaba escuchando.
-Pero…¿Qué haremos allí Teo?, preguntó sorprendido y con cierto temor.
-¡Ah! es cierto querido amigo, perdona por no aclararte las cosas. Está todo arreglado, no te preocupes. Esta noche, el rey, como acostumbra a hacer cada año en la noche de Navidad, recibe a las gentes que han sido capaces de acercarse hasta el archipiélago. Las gentes que aún creen en la magia y nunca dudaron de que este lugar mágico existía. Ya se sabe que los mares que rodean a las islas son duros y bravos, de olas de cientos de metros, y que sólo algunos elegidos logran llegar. Todos llevan algún regalo especial a la familia real. La familia que sea capaz de regalarle al rey la cosa más fantástica, más original, más rara, en definitiva, más sorprendente, tendrá la suerte de vivir para siempre en el palacio al servicio de él y de su familia, la reina y el joven príncipe. Estoy seguro de que vosotros seréis la familia elegida.
-¡¿Nosotros?! Nosotros no tenemos nada que llevarle al rey, explicó Nao con tristeza y contrariado.
-¡Claro que tienes algo que ofrecerle al rey!, parece mentira que digas estas cosas, dijo Teo con ironía. Al parecer, el frío afecta mucho a tu inteligencia querido amigo. ¿Acaso te has olvidado de que los peces no hablan?
Nao no entendía nada. La emoción y el frío no le dejaban pensar.
-Yo soy el presente que tú y tu familia otorgareis al rey, le aclaró el pez al muchacho. ¿Entiendes ahora? Un pez que puede hablar. ¿Te das cuenta? Yo vivo desde hace un año en sus estanques. Sé que el rey siente delirio por las cosas extrañas. No podrá resistirse a tener un pez que pueda comunicarse con él cuando lo desee. Tener un pez que hable en su reino le hará especial entre los otros reinos de las islas. El no sabe que tiene un pez en su estanque que habla.
Cuando Nao reaccionó, no podía contener su alegría.
-¡Que generoso eres Teo!. exclamó el niño. No puedo creer que vayas a hacer todo esto por mí. Sacarme a mí y a mi familia de la ciudad. Es el sueño que tenemos todos.
-Me alegro porque se va a hacer realidad al fin, contestó el pez.
Nao prometió volver en media hora con toda su familia.
-¡Teo espérame!. Regresaré con mi familia ahora mismo, lo prometo, explicó el chico nervioso y lleno de alegría a la vez.
-Aquí estaremos encantados de llevaos ante el rey.

Después de mucho insistir y ante la incredulidad de todos, Nao logró que sus padres empaquetaran las pocas pertenencias que tenían, y abandonaran aquel sótano para siempre. La niebla no les dejaba ver muy bien la orilla del río, pero cuando estuvieron más cerca y vieron a Teo y a los otros peces de su familia, no podían creerlo. De la profundidad del río emergió una barquita de oro. La familia se montó y Teo, su esposa y sus hijos se ataron unos hilos de seda a las colas para tirar de aquella barquita que les conduciría hasta el palacio del rey Xao en la isla Tierra.
-Comienza nuestro viaje, dijo Teo. No puede ocurrir nada ya que esta barquita de oro es mágica y aunque el mar esté innavegable, nosotros podremos alcanzar la orilla de la isla. No hay nada de lo que preocuparse, apuntó el pez.
Los padres de Nao, Di y los gemelos se miraban los unos a los otros. Después de un año, comprendían que el niño tenía razón. Aquel pececillo de color naranja, ahora convertido en un gran pez, estaba hablándoles, y pensaba conducirles nada más y nada menos que hasta el archipiélago de los cuatro elementos, un lugar mágico, con el que muy pocos mortales podían incluso soñar. La isla Tierra era conocida por sus hermosas montañas y sus campos cargados de flores. El sueño de volver a vivir en el campo estaba cada vez más cerca, aunque lo cierto es que nunca hubieran podido imaginar que sería en un lugar tan hermoso, casi inaccesible.

El viaje duró varias horas. Cuando Nao y su familia llegaron a la orilla, lloraron de la emoción. Todos se preguntaban si tendrían la suerte de quedarse allí para siempre, al servicio del rey. Hasta ahora todo seguía siendo sólo un sueño.
Teo les dio las instrucciones de lo que debían hacer. Nao vio una fila de otras familias humildes que, como ellos, esperaban a las puertas de palacio para ofrecerle al rey sus más preciados regalos. Todos soñaban con ser aceptados, soñaban con poder sorprender al rey con sus presentes.
El pez mandó a Nao coger una pecera de plata que había en la barca.
-Ahora iré con vosotros, explicó Teo. Nao, dijo dirigiéndose al niño, tú debes meterme en la pecera y ,cuando estés ante el rey, me presentarás como “El pez hablador“.
La familia entendió lo que debía hacer y esperaron su turno. En aquella fila de gente, las familias se explicaban las unas a las otras los regalos que habían traído para los monarcas. Había cosas raras y extravagantes. Todos tenía miedo de no estar a la altura de los exquisitos y excéntricos gustos del rey.
Una de las familias llevaba una rosa que nunca se marchitaba, otra una vaca que daba la leche más exquisita del país, y otra unas semillas mágicas, que, según explicaron, guardaban las más ricas frutas que jamás el rey podría comer en toda su vida.
Después de casi tres horas de espera, llegó el turno de Nao y su familia. Todos se inclinaron haciendo la correspondiente reverencia. El rey les sonrió y les pidió, por favor, que procedieran a presentar su regalo.
-Majestad, en esta pecera de plata, mi familia y yo portamos para usted, la reina y el príncipe “El pez hablador”, dijo Nao con solemnidad aguantándose los nervios que le recorrían todo el cuerpo.
El rey se acarició su barba, frunció el ceño y después dijo:
-¿Un pez que habla?, preguntó con impaciencia. ¡Eso es imposible! ¡Es algo que se sale de lo natural!, exclamó algo asustado.
Era muy raro que el rey dijera esto después de estar rodeado de cosas que se salían de lo natural, su propia isla era mágica, las islas que la rodeaban igualmente, y muchas otras cosas más.
-Por ese motivo estamos aquí majestad, explicó Nao ahora con más seguridad en sí mismo. Sabemos que merece el presente más original. Nuestro deseo es vivir en palacio y prestarle nuestros servicios. Necesitamos sacar nuestra familia adelante. Este pez es el presente que le damos a cambio de todo eso.
El rey se volvió a atusar su barba. No tenía fuerzas ni para responder. Pasaron unos minutos. El monarca hablaba con la reina y su hijo. Nao sintió miedo ya que pensaba que, tal vez el rey, les tomase por locos y ni siquiera diera la oportunidad de hablar a Teo.
Por suerte, ocurrió todo lo contrario. El rey aseguró sentirse impaciente por escuchar hablar a aquel pez.
-Pequeño joven, dijo el rey dirigiéndose a Nao. Estoy deseoso por oír al pez hablador que dices guardar en esa pecera de plata. ¡Adelante!, le ordenó el monarca.
En ese instante, Teo asomó su cabeza y se dirigió al rey con estas palabras.
-Distinguida majestad. Yo mismo me sorprendo cada día de este don que la naturaleza me ha otorgado, pero así es, soy una pez que posee la facultad de hablar y así lo haré tantas veces como usted quiera. Ante usted, ante su familia y ante todas aquellas otras personas que usted lo desee. Podremos charlar sobre el futuro político de la isla y en caso de necesidad le serviré de gran ayuda, se lo prometo.
El rey no daba crédito a lo que en esos momentos estaba viviendo. El pez hablaba e incluso se atrevía a ofrecerle consejo en los asuntos de estado. Aquello podía ser maravilloso. Esto es lo que pensaba el monarca para sus adentros.
El rey comprendía que, en muchos años, no volvería a tener tan sorprendente regalo entre sus manos. Sabía que si poseía aquel pez sería la envidia de todo el resto de reyes del archipiélago. ¿Alguno de ellos tenía algo tan sorprendente? ¡Nadie!, ni siquiera en la isla Agua, donde ninguno de los animales acuáticos que allí había tenían la capacidad de hablar. Simplemente aquello era magnífico para el monarca. Esto de repente le embriagó de orgullo y felicidad. Además, tanto la reina como el joven príncipe, que miraba ya más a Di que al pez, quedaron igualmente sorprendidos con el regalo.
El rey agarró su báculo, lo acercó a la cabeza de Nao. El niño se arrodilló y escuchó atentamente lo que el rey le decía.
-Desde esta noche, noche mágica de la Navidad, tú y toda tu familia quedáis al servicio del rey. Se te concede este regalo en recompensa del magnífico presente que has puesto delante de mis ojos. Seáis bienvenidos y bienaventurados a la isla Tierra en el archipiélago de los cuatro elementos, donde reina la paz, la armonía y la felicidad.
No hubo más oportunidades para el resto de familias que esperaban en la fila. El rey había quedado tan asombrado, que ya no quiso ver más regalos. Nao sintió pena por todas aquellas gentes humildes, que como ellos ansiaban un futuro mejor, pero, a la vez, no podía ocultar la alegría que le producía saber que, desde ese momento, habían acabado las penurias para ellos, que la felicidad completa había llegado, que al fin podían vivir lejos de aquella ciudad gris y triste que ya tanto a él como a sus padres y hermanos les quedaba tan lejos en la memoria.

Asimilar tantas alegrías les costó a la familia varios días. La bondad de Nao les había hecho poder cumplir el sueño de volver a vivir rodeados de montañas. Ahora trabajarían en aquel reino, nada más y nada menos que en la isla Tierra. Estaban en el archipiélago de los cuatro elementos donde solo el futuro podía ser mejor de lo que nunca podrían haber imaginado.
Un criado del rey les enseñó sus aposentos. El niño y su familia se instalaron en el ala izquierda del palacio. Desde palacio, el rey podía divisar todas las extensiones de su reino, los poblados de sus gentes, y perder su mirada en las lejanas montañas ahora llenas de nieve. Sin duda , la isla Tierra era muy hermosa. Nao ya se preguntaba como serían las demás. Estaba ansioso por conocerlas y visitarlas cuando fuese más mayor. Poder trepar por alguna de aquellas escaleras de seda que rodeaban la isla Aire, o conocer a alguna de las sirenas de la isla Agua, o calentarse al lado de un pequeño dragón de la isla Fuego. Todo esto le parecía algo increíble y nada „insignificante“ como decían aquellos chicos del barrio. Si le pudieran ver ahora….

>> Capítulo III. Di y el príncipe