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09Nov/17

W. SOMERSET MAUGHAM. EL IMPULSO CREATIVO Y OTROS CUENTOS

Ediciones Atalanta ha vuelto a darnos una gran alegría con la publicación del libro “El impulso creativo y otros cuentos”, dentro de su colección Ars brevis, donde, nuevamente, se recogen narraciones del extraordinario escritor W. Sommerset Maugham (París 1874, Niza 1965). “Lluvia y otros cuentos” fue el primer volumen que editaron, y con éste último volvemos a disfrutar del escritor británico. Les invito a que abran el volumen porque en él se van a encontrar con doce relatos únicos, pequeñas obras literarias magníficas de un escritor con una vida muy interesante, marcada por la muerte de sus padres a muy temprana edad y por ciertos complejos estéticos que hicieron de él un hombre tosco y huraño, y a la vez a uno de los dramaturgos y novelistas más reputados del Reino Unido a principios del siglo XX.

Como siempre apunto, es aquí imposible hablar de todos ellos, pero como ya viene siendo habitual haré mi propia selección. Me ha llamado mucho la atención que la mitad de los personajes de estos relatos sean mujeres. ¡Y qué mujeres! Tenemos a La Falterona en el relato “La voz de la tórtola”, a una actriz retirada y frustrada en “Pecios”, a una mujer que encarna el egoísmo puro en “Louise”, una joven modelo tan encantadora como mentirosa en “Apariencia y realidad” y también a una escritora que sabe realmente lo que quiere “El sentido social” y otra autora abandonada en “El impulso creativo”. Por supuesto que los doce relatos me han encantado pero el cuento que más me ha gustado se titula “Pecios” y de ese les quiero hablar. Es un cuento muy recomendable para que las mujeres lo lean, ya que trata de un problema atemporal.

Norman Grange es un plantador de caucho amargado, siniestro y arruinado al que los acreedores le persiguen quitándole todo lo que gana. Vive junto a su esposa en una finca, ya hipotecada, en Borneo. Grange se ha nacido allí pero su esposa es una actriz que no gozó de fortuna en su carrera y decidió casarse con Grange. Lo que creía que la salvaría de una vida ruin y desdichada, se convirtió en una gran pesadilla para ella. Un matrimonio de dónde no podrá salir nunca, que la ha desquiciado física y psicológicamente. El autor nos va introduciendo en este relato angustioso, en un paraje decadente y asfixiante, donde es muy sencillo sentirnos cerca de la protagonista. Un suceso inesperado, la visita del señor Skelton, cambiará por unos pocos días la monótona y frustrada vida de la señora Grange. En ese momento y como ella misma explica llevaba dos años “sin hablar con un hombre blanco”.

Ella le explica a su invitado la razón por la cual se casó:

“Yo estaba desesperada, no me importa decírselo, y fue entonces cuando Norman me hizo su proposición. Lo curioso es que apenas le conocía. Me llevó a dar una vuelta alrededor de la isla, tomamos el té dos o tres veces en el Europe y bailamos. Los hombres no suelen hacer algo por ti sin querer nada a cambio, y pensé que esperaría un poco de diversión, pero yo tenía mucha experiencia y me dije que debería ser muy listo para convencerme. Cuando me pidió que me casara con él, bueno, me sorprendió tanto que apenas podía dar crédito a mis oídos. Me dijo que tenía una finca en Borneo, que sólo había que tener un poco de paciencia y ganaría una fortuna. Estaba a orillas de un hermoso río, rodeado por la jungla. Hizo que pareciera un lugar muy romántico. Yo me estaba haciendo mayor, ¿sabe?, tenía treinta años, cada vez me sería más difícil encontrar trabajo, y me tentaba tener una casa propia y todo eso, no depender nunca más de los agentes, dejar de pasarme las noches en blanco pensando en cómo pagaría el alquiler de la semana siguiente. En aquel entonces él era bastante apuesto, moreno, corpulento y viril…”

Vesta Blaise, nombre artístico de la protagonista, vive en el pasado, en su pasado de actriz mediocre. Sus fotografías y recortes de periódicos la transportan a esa vida ahora añorada de la que tuvo que salir.

“¿Sabe que edad tengo? Cuarenta y seis. Aparento sesenta, lo sé. Por eso le he enseñado estas fotos, para que pudiera ver que no siempre he sido así. ¡Ah, Dios mío, cómo he desperdiciado mi vida! Hablan del romanticismo de Oriente. Que se lo queden. Preferiría ser ayudante de camerino en un teatro provinciano, preferiría ser una de sus limpiadoras, antes que lo que soy ahora. Hasta que vine aquí, jamás en mi vida había estado sola, siempre había convivido con mucha gente. No sabe usted lo que es no tener a nadie con quien hablar desde un fin de año a otro, verte obligada a reprimirlo todo. ¿Le gustaría no ver a nadie, una semana tras otra, un día tras otro, durante dieciséis años, excepto al hombre al que más odia en el mundo? ¿Le gustaría vivir durante dieciséis años con un hombre que te odia tanto que no soporta mirarte?”

La señora Grange fue por un pequeño periodo feliz y así se lo hace saber al joven Skelton:

“Pero entonces todo le encantaba. La vida junto al río y la jungla, la vegetación compacta, las aves con sus plumajes de colores vivos y las brillantes mariposas. (…) No amaba a Norman, pero le gustaba; y era muy agradable estar casada, como lo era no tener nada que hacer de la mañana a la noche, excepto escuchar el gramófono o jugar al solitario y leer novelas. También era agradable pensar que no tenía que preocuparse por su futuro. Desde luego, a veces notaba la soledad, pero Norman le decía que ya se acostumbraría, y le había prometido que al cabo de un año o dos como mucho irían a pasar tres meses en Inglaterra. Sería muy divertido y podría presumir de su marido entre sus amigos. Tenía la sensación de que lo que había impresionado a Norman era el atractivo del escenario, y ella le había hecho creer que su éxito había sido muy superior al real. Quería que él comprendiera que había hecho un sacrificio al abandonar su carrera para convertirse en la esposa de un plantador.”

Pero Norman nunca cumplió la promesa de ir a Inglaterra. ¿Qué les hacía continuar juntos? ¿Qué es lo que verdaderamente ocurría entre ellos? No les puedo desvelar más. Para eso tienen que sumergirse en el libro, en este relato fascinante, que por supuesto encierra mucho más que todo lo que les acabo de contar. Hay otro hombre en la vida de la señora Grange, hubo otro hombre en su vida, Jack Carr. Esta es la única pista que les daré.

“Se llamaba Jack Carr y era un hombre totalmente distinto a Norman: para empezar, era un caballero, había ido a una escuela privada y a la universidad; tenía unos treinta y cinco años, era alto, no robusto como Norman sino delgado, con la clase de figura que hace que un hombre resulte encantador vestido de etiqueta, de cabello crespo y ojos risueños. Precisamente su tipo. A ella le gustó enseguida. Era muy grato tener a alguien con quien poder hablar de Londres y del teatro, un hombre alegre y de trato fácil. Contaba la clase de chistes que uno podía entender. En una o dos semanas se sentía más a gusto con él que con su marido al cabo de dos años de vida en común. Siempre había habido algo en Norman que se le escapaba.”

Ediciones Atalanta describe los cuentos de Somerset Maugham diciendo que en ellos se encuentran “las finas dotes de observación psicológica por las que lo ensalzó la crítica, un estilo limpio y mordaz como lúcido cronista tanto de la vida mundana como de la esfera literaria, y una sobresaliente capacidad para sintetizar los dilemas a los que se enfrentan sus personajes.”

“En El impulso creativo y otros cuentos, se recopilan doce relatos en los que Maugham explora la complejidad de la condición humana: la pugna entre lo que uno es y lo que desea ser, la sutil línea que separa la realidad del sueño, pero sobre todo el embaucador poder de las apariencias y los oscuros impulsos que esconden las acciones del ser humano”, continúan explicando.

Aprovecho hoy, en el octavo aniversario de este blog que realizo con tanta ilusión y que me proporciona tantas alegrías, para daros las gracias a todos los que me seguís, los que paseáis por aquí en algunas ocasiones y los que muy amablemente me dejáis vuestros comentarios. Es un honor para mi que me acompañéis en este proyecto. Muchísimas gracias a todos de corazón.

 

 

03Nov/17

DON JUAN TENORIO. JOSÉ ZORRILLA

La víspera de Todos los Santos o días posteriores, es tradición representar la gran obra de José Zorrilla (Valladolid 1817, Madrid 1893) “Don Juan Tenorio”, escrita en 1844. Es una obra que siempre me fascinó. El lenguaje que se emplea, la maestría de la prosa y el verso y la rapidez con la que una obra así  fue escrita, es algo que no deja de impresionarme. El escritor castellano la compuso en tan sólo tres semanas cuando tenía 27 años. Les invito a que abran esta obra que les fascinará si es que aún no la conocen. Aquí les dejo un fragmento, exactamente la carta que el seductor Don Juan, le entrega a Brígida, la alcahueta que se encarga de vigilar a la novicia Doña Inés, para que la joven llegue a leerla y así poder conquistarla para ganar la apuesta ante su gran rival de escándalos y amoríos, Don Luis Mejía. Me parece una carta muy bella. También me fascina el fragmento donde los dos conquistadores se citan en la Hosteria del Laurel de Buttarelli y comienzan a desgranar sus aventuras y sus conquistas.

La acción de la obra transcurre en  Sevilla en 1545, en los últimos años del reinado de Carlos I de España. Es un drama religioso y fantástico estructurado en dos partes. Constituye, junto con “El burlador de Sevilla y convidado de piedra” (1630), atribuida a Tirso de Molina y de la que este Tenorio de Zorrilla es deudora, una de las dos principales manifestaciones literarias en lengua española del mito de Don Juan.

El amor fue una pieza clave en la obra de Zorrilla. Él mismo llevó una vida aventurera y llena de amores.

Doña Inés del alma mía.
Luz de donde el sol la toma,
hermosísima paloma
privada de libertad,
si os dignáis por estas letras
pasar vuestros lindos ojos,
no los tornéis con enojos
sin concluir, acabad.
Nuestros padres de consuno
nuestras bodas acordaron,
porque los cielos juntaron
los destinos de los dos.
Y halagado desde entonces
con tan risueña esperanza,
mi alma, doña Inés, no alcanza
otro porvenir que vos.
De amor con ella en mi pecho
brotó una chispa ligera,
que han convertido en hoguera
tiempo y afición tenaz:
y esta llama que en mí mismo
se alimenta inextinguible,
cada día más terrible
va creciendo y más voraz.
En vano a apagarla
concurren tiempo y ausencia,
que doblando su violencia,
no hoguera ya, volcán es.
Y yo, que en medio del cráter
desamparado batallo,
suspendido en él me hallo
entre mi tumba y mi Inés.
Inés, alma de mi alma,
perpetuo imán de mi vida,
perla sin concha escondida
entre las algas del mar;
garza que nunca del nido
tender osaste el vuelo,
el diáfano azul del cielo
para aprender a cruzar:
si es que a través de esos muros
el mundo apenada miras,
y por el mundo suspiras
de libertad con afán,
acuérdate que al pie mismo
de esos muros que te guardan,
para salvarte te aguardan
los brazos de tu don Juan.
¿Qué es lo que me pasa, ¡cielo!
que me estoy viendo morir?
Acuérdate de quien llora
al pie de tu celosía
y allí le sorprende el día
y le halla la noche allí;
acuérdate de quien vive
sólo por ti, ¡vida mía!
y que a tus pies volaría
si le llamaras a ti.
Adiós, ¡oh luz de mis ojos!
Adiós, Inés de mi alma:
medita, por Dios, en calma
las palabras que aquí van:
y si odias esa clausura,
que ser tu sepulcro debe,
manda, que a todo se atreve
por tu hermosura… don Juan.

En el año 1966 Televisión Española dentro del programa “Estudio 1” acercó a todos los espectadores una excelente versión, insuperable me atrevería a decir, de la obra bajo la dirección del genial director ya fallecido Gustavo Pérez Puig. Paco Rabal glorioso en su papel de Don Juan, demostrando ser un fuera de serie en esos primeros planos que sólo él podía aguantar, con esa mirada seductora digna del mejor Tenorio. Concha Velasco, apuntando ya la gran actriz dramática que siempre fue en su papel de Doña Inés, dotando a su personaje de una sencillez y una cercanía extraordinaria. Velasco está gloriosa en esta interpretación. Y no quiero olvidarme de Tota Alba en el papel de Brígida, no hay palabras para describir esta puesta en escena, magnífica, increíble. Sus gestos, sus miradas,… grandísima Tota Alba en este papel secundario que ella lleva hasta lo más alto. Así como Juanjo Menéndez, en el papel de Ciutti, con qué delicadeza dota al criado de gracia y parsimonia, haciendo de él un tontorrón que se quiere desde el primer momento que entra en escena. Y, por supuesto, un Fernando Guillén Cuervo, dando a Don Luis Mejía esa contención de gran caballero para que Don Juan brille aún más. Elegante su interpretación, sin duda.

30Oct/17

WISLAWA SZYMBORSKA. FIN Y PRINCIPIO

“Una vez encontró en los arbustos una jaula de palomas.

Se la llevó

y para eso la tiene,

para que siga vacía.”

 

En el último post hablaba del gran poeta Adam Zagajewski, y fue él, y más concretamente su discurso, el que me recordó que hacía mucho tiempo que no leía a mi gran admirada escritora Wislawa Szymborska (Polonia, Kórnik 1923, Cracovia 2012) y que, cómo no, merecía un lugar en mi blog, por única, exquisita e insuperable. De ellas son los versos que encabezan este comentario, más concretamente un fragmento del poema “Alguien a quien observo desde hace tiempo”.

De la premio Nobel (1996), a la que conoció, Zagajewski comentó que fue una persona profundamente honesta. “En la segunda mitad de los años 50 escribía poemas en la desesperación que le había provocado haber traicionado la verdad de la poesía y haberse aliado con un sombrío sistema político cuando era joven.”

Obtuvo el Nobel por “una poesía que con precisión irónica logra que pasajes de la realidad humana salgan a la luz en su contexto histórico o ideológico.”

Dejando políticas e ideología a un lado, la única verdad es que si abren alguna obra de esta autora verán como los detalles cotidianos, los más simples se convierten en un hermoso carruaje, al modo del cuento de Cenicienta. ¡Qué belleza de lo simple, de lo triste, de lo de siempre! . Ella es, sin ninguna duda, una de las poetas más importantes del siglo XX. Crea versos en apariencia sencillos e incluso coloquiales pero hay en ellos una red compleja de vida, de ideas, de sentimientos.

La escritora contó en alguna ocasión que comenzó escribiendo relatos cortos para ella misma y que éstos se fueron haciendo cada vez más cortos hasta convertirse en poemas.

Y los convirtió, como el hada madrina de Cenicienta, en obras de arte como estos que a continuación, por ser algunos de mis preferidos, les presento. Los dos primeros los pueden encontrar en la obra “Fin y principio” (1993). Les van a impresionar, seguro.

“Amor a primera vista”

Ambos están convencidos de que los ha unido un sentimiento

repentino.

Es hermosa esa seguridad,

pero la inseguridad es más hermosa.

Imaginan que como antes no se conocían

no había sucedido nada entre ellos.

Pero ¿qué decir de las calles, las escaleras, los pasillos

en los que hace tiempo podrían haberse cruzado?

Me gustaría preguntarles

si no recuerdan

quizá un encuentro frente a frente

alguna vez en una puerta giratoria,

a algún “lo siento”

o el sonido de “se ha equivocado” en el teléfono,

pero conozco su respuesta.

No recuerdan.

Se sorprenderían

de saber que ya hace mucho tiempo

que la casualidad juega con ellos,

una casualidad no del todo preparada

para convertirse en su destino,

que los acercaba y alejaba,

que se interponía en su camino

y que conteniendo la risa

se apartaba a un lado.

Hubo signos, señales,

pero qué hacer si no eran comprensibles.

(…)

Hubo algo perdido y encontrado.

Quién sabe si alguna pelota

en los matorrales de la infancia.

Hubo picaportes y timbres

en los que un tacto

se sobrepuso a otro tacto.

Maletas, una junto a otra, en una consigna.

Quizá una cierta noche el mismo sueño

desaparecido inmediatamente después de despertar.

Todo principio

no es más que una continuación,

y el libro de los acontecimientos

se encuentra siempre abierto a la mitad.”

“Posibilidades”

Prefiero el cine.

Prefiero los gatos.

Prefiero los robles a orillas del Warta.

Prefiero Dickens a Dostoievski.

Prefiero que me guste la gente

a amar a la humanidad.

(…)

Prefiero lo ridículo de escribir poemas

a lo ridículo de no escribirlos.

Prefiero en el amor los aniversarios no exactos

que se celebran todos los días.

Prefiero a los moralistas

que no me prometen nada.

Prefiero la bondad astuta que la demasiado crédula.

Prefiero a la tierra vestida de civil.

Prefiero los países conquistados que conquistadores.

(…)

Prefiero a los perros con la cola sin cortar.

Prefiero los ojos claros porque los tengo oscuros.

(…)

Prefiero el cero solo

al que hace cola en una cifra.

Prefiero el tiempo insectil al estelar.

Prefiero tocar madera.

Prefiero no preguntar cuánto me queda y cuándo.

Prefiero tomar en cuenta incluso la posibilidad

de que el ser tiene su razón.

 

Los poemas que les sugiero leer a continuación son otro tipo de poemas pero igualmente bellos. “Un gato en un piso vacío” es estremecedor, y fue escrito tras la pérdida del ser amado. “La habitación del suicida”, insuperable y duro. “Despedida de un paisaje”, enternecedor.

“Un gato en un piso vacío”

“Morir, eso no se le hace a un gato.

Porque qué puede hacer un gato

en un piso vacío.

Trepar por las paredes.

Restregarse entre los muebles.

Parece que nada ha cambiado

y, sin embargo, ha cambiado.

Que nada se ha movido,

pero está descolocado.

Y por la noche la lámpara ya no se enciende.

Se oyen pasos en la escalera,

pero no son ésos.

La mano que pone el pescado en el plato

tampoco es aquella que lo ponía.

Hay algo aquí que no empieza

a la hora de siempre.

Hay algo que no ocurre

como debería.

(…)

Se ha buscado en todos los armarios.

Se ha recorrido la estantería.

Se ha husmeado debajo de la alfombra y se ha mirado

Incluso se ha roto la prohibición

y se han desparramado los papeles.

Qué más se puede hacer.

Dormir y esperar.

Ya verá cuando regrese,

ya verá cuando aparezca.

Se va a enterar

de que eso no se le puede hacer a un gato.

Irá hacia él

como si no quisiera,

despacito,

con las patas muy ofendidas.

Y nada de saltos ni maullidos al principio.”

 

“La habitación del suicida”

“Seguramente crees que la habitación estaba vacía.

Pues no. Había tres sillas firmes.

Una lámpara buena contra la oscuridad.

Un escritorio, en el escritorio una cartera, periódicos.

Un buda despreocupado. Un cristo pensativo.

Siete elefantes para la buena suerte y en el cajón una agenda.

¿Crees que no estaban en ella nuestras direcciones?

(…)

No parecía que de esta habitación no hubiera salida,

al menos por la puerta,

o que no tuviera alguna perspectiva, al menos desde la ventana.

Las gafas para ver a lo lejos estaban en el alféizar.

Zumbaba una mosca, o sea que aún vivía.

Seguramente crees que cuando menos la carta algo aclaraba.

Y si yo te dijera que no había ninguna carta.

Tantos de nosotros, amigos, y todos cupimos

en un sobre vacío apoyado en un vaso.”

 

“Despedida de un paisaje”

“No le reprocho a la primavera

que llegue de nuevo.

No me quejo de que cumpla

como todos los años

con sus obligaciones.

Comprendo que mi tristeza

no frenará la hierba.

Si los tallos vacilan

será sólo por el viento.

(…)

Me doy por enterada

de que, como si vivieras,

la orilla de cierto lago

es tan bella como era.

No le guardo rencor

a la vista por la vista

de una había deslumbrante.

Puedo incluso imaginarme

que otros, no nosotros,

estén sentados ahora mismo

sobre el abedul derribado.

Respeto su derecho

a reír, a susurrar

y a quedarse felices en silencio.

Supongo incluso

que los une el amor

y que él la abraza a ella

con brazos llenos de vida.

Algo nuevo, como un trino,

comienza a gorgotear entre los juncos.

Sinceramente les deseo

que lo escuchen.

No exijo ningún cambio

de las olas a la orilla,

ligeras o perezosas

pero nunca obedientes.

Nada le pido

a las aguas junto al bosque,

a veces esmeralda,

a veces zafiro,

a veces negras.

Una cosa no acepto.

Volver a ese lugar.

Renuncio al privilegio de la presencia.

Te he sobrevivido suficiente

como para recordar desde lejos.”

 

 

25Oct/17

ADAM ZAGAJEWSKI. MÍSTICA PARA PRINCIPIANTES

En los últimos premios Princesa de Asturias, fue galardonado el gran poeta Adam Zagajewski (Leópolis, Ucrania, 1945). El novelista y ensayista es miembro de la Generación del 68 en su país. Sería injusto e impreciso calificar a Zagajewski solamente como un poeta político que lucha contra un régimen dictatorial porque su extensa obra y la delicadeza de ella pondrían en evidencia que sus poemas son mucho más que todo eso.

En declaraciones al periódico El Mundo señaló que, en su opinión, hay una cultura común europea. “Vengo a España y nada me parece ajeno”, apuntó este amante de Antonio Machado, su poeta favorito.

Durante la ceremonia de entrega, parte de su discurso me pareció un gran poema. El gran poema que, sin ser declamado, podría haber sido colocado en versos.

Comenzó diciendo que la poesía es, de entre la artes, la menos técnica, “no surge del taller, o de la teórica, no surge de la ciencia, sino que surge de la emoción de la mente y del corazón”. “Los poetas no se conocen a sí mismos, suelen vivir en la inseguridad, esperando pacientemente la hora en la que se abren las puertas de la lengua”, aseguró. Según el poeta, cada generación crea su propia visión de la poesía, aunque “conserve a la vez una fidelidad hacia una formas tradicionales sin interrumpir así la continuidad de un proceso que había empezado aún antes de Homero y que perdura hasta nuestros días, pasando por Antonio Machado y Zbigniew Herbert y siguiendo adelante”.

Su precioso discurso seguía avanzando, cuando percibí la poesía que, a mi parecer, había dentro y que yo trasladaría así al papel:

“La poesía no está de moda.

Las novelas policíacas,

las biografías de los tiranos,

las películas americanas

y las series de televisión británicas

están de moda.

La política está de moda.

La moda está de moda.

Las relaciones están de moda,

la sustancia no está de moda.

Los pantalones entubados,

los vestidos con estampados de flores,

las perlas en la ropa,

los jerséis rojos,

los abrigos a cuadros,

los botines plateados

y los pantalones vaqueros con apliques

están de moda.

Las bicicletas y los patinetes

están de moda.

Los maratones y los medio maratones,

la marcha nórdica están de moda.

No está de moda

detenerse en medio de un prado primaveral

ni la reflexión.

La falta de movimiento es nociva para la salud,

nos dicen los médicos.

Un momento de reflexión

es peligroso para la salud,

hay que correr,

hay que escapar de uno mismo.”

Y cuando ya creía que un discurso no podía encerrar más belleza ni más verdad, el poeta volvió a hacer poesía, que yo de nuevo, me permito la licencia de escribir así:

“Descubrimos la dualidad del mundo,

por una parte, la imaginación;

por otra, la obstinada realidad de una mañana de noviembre

cuando ya han caído las hojas de los árboles.

Durante mucho tiempo, no sabía qué era más importante,

lo que existe o lo que no existe,

la gente que va al trabajo temprano por la mañana,

los hombres soñolientos que leen

los grandes titulares de los periódicos deportivos

y siguen las derrotas

y las victorias de sus clubes favoritos de fútbol

y las mujeres que dormitan en el autobús;

o antes bien las cosas escondidas,

la música y la luna,

las ciudades que ya no existen,

los cuadros de los grandes maestros,

actuales y antiguos,

en los museos.

Y necesité muchos años

para entender

que hay que tener en consideración

ambas caras de este dualismo desigual,

puesto  que vivimos en una ambivalencia eterna,

no podemos olvidarnos del sufrimiento de la gente

y de los animales,

del mal,

que es mucho más tenaz y astuto

que los sueños que perseguimos.

No podemos olvidarnos del mal,

de la injusticia

que continuamente cambia de forma.

de las cosas que perecen,

pero tampoco de la felicidad,

de las experiencias extáticas

que los gruesos manuales

de teoría política o de sociología

no han llegado a prever.”

Hacía tiempo que no quedaba tan admirada por un discurso. Es verdad lo que se dice de Zugajewski, eso de que transforma la sencillez más absoluta en una suma de profundidades. Es verdad que esta poeta, que se formó en Cracovia, es uno de los más grandes autores de su tiempo y lo será para siempre.

Y ahora si. Ahora les invito a que abran cualquier poemario del autor, con sus poesías “de verdad”. Aquí les dejo con dos de mis poesías favoritas tituladas “Escribía en la oscuridad” y “Autorretrato”, que pueden encontrar en el libro “Mística para principiantes” (1997).

´”Escribía en la oscuridad”

Cuando vivía en Estocolmo, Nelly Sachs

trabajaba por las noches con una luz apagada

para no despertar a su madre enferma.

Escribía en la oscuridad.

La desesperación le dictaba palabras

tan pesadas como colas de cometa.

Escribía en la oscuridad,

en silencio, que sólo interrumpía

el reloj de la pared con sus suspiros.

Hasta las letras eran soñolientas,

sus cabezas caían en las hojas.

La oscuridad escribía

tras coger esta mujer ya no joven

como si fuese su pluma.

(…)

Cuando se dormía ella

los mirlos ya despertaban

y no hubo ninguna pausa

en la tristeza y el canto.”

 

“Autorretrato”

“Entre el ordenador, el lápiz y la máquina de escribir

se me va medio día. Un día será medio siglo.

Vivo en ciudades extrañas y hablo a veces

con extraños sobre cosas extrañas.

(…)

Leo poetas, vivos y muertos, que me enseñan

tenacidad, fe y orgullos. Trato de entender

a los grandes filósofos, pero usualmente sólo capto

rasguños de sus bellos pensamientos.

Me gusta dar largas caminatas por las calles de Paris

y ver a las criaturas, mis semejantes, aceleradas por la envidia,

la rabia, el deseo; seguirle la pista a una moneda de plata

que pasa de mano en mano mientras, despacio.

pierde su forma redonda (y el perfil del emperador se borra).

(…)

Pájaros negros dan vueltas por los campos,

esperando con paciencia de viudas españolas.

Ya no estoy joven, pero siempre hay alguien que es más viejo.

(…)

Me encanta mirar el rostro de mi esposa.

Todos los domingos llamo a mi padre.

Cada dos semanas me veo con mis amigos

para así probar mi fidelidad.

(…) ”

 

17Sep/17

MARCO GIARDINELLI. LUNA CALIENTE

“Araceli resucitara o lo que fuere. Sentido común… ¿qué era eso? Sólo tenía sentido del pavor. ¿No le había pasado, antes, con muchas mujeres? Caray, con todas, si cada mujer que había conocido en su vida había significado un minuto de terror, de pánico insoluble. Quizás eso era el machismo, ese segundo de espanto que sentimos cuando enfrentamos a la mujer. El instante de terror que nos produce reconocer su sensatez, su aparente fragilidad (lo que nosotros queremos ver como fragilidad), su intrínseca posibilidad de anclaje en una estabilidad que los hombres no tenemos. Porque, quizá, lo que nos diferencia no es sólo la tenencia de un miembro unos y de vaginas otras; lo que nos diferencia es la imposibilidad de aceptar y reconocer la diferencia. He ahí lo que rechazamos en el otro sexo.”

 

“Sabía que iba a pasar, lo supo en cuanto la vio. Hacía muchos años que no volvía al Chaco y en medio de tantas emociones por los reencuentros, Araceli fue un deslumbramiento.Tenía el pelo negro, largo, grueso, y un flequillo altivo que enmarcaba perfectamente su cara delgada, modiglianesca, en al que resaltaban sus ojos oscurísimos, brillantes, de mirada lánguida pero astuta. Flaca y de piernas muy largas, parecía a la vez orgullosa y azorada por esos pechitos que empezaban a explotarle bajo la blusa blanca. Ramiro la miró y supo que habría problemas. Araceli no podía tener más de trece años.

Durante la cena, sus miradas se cruzaron muchas veces, mientras él hablaba de los años pasados, de sus estudios en Francia, de su casamiento, de su divorcio, de todo lo que habla una persona que los demás suponen trashumante porque ha recorrido mundo y ha vivido lejos, cuando regresa a su tierra después de ocho años y tiene apenas treinta y dos. Ramiro se sintió observado toda la noche por la insolencia de esa niña, hija del ahora veterano médico de campaña que fuera amigo de su padre, y que lo había invitado con tanta insistencia a su casa de Fontana, a unos veinte kilómetros de Resistencia.”

 

Del primer párrafo que abre este post al segundo distan 66 páginas exactamente. El primero, claro está, es el escrito en la página 66. Porque primero el gran escritor Mempo Giardinelli (Resistencia, Chaco, Argentina, 1947) nos presenta a Araceli, la niña que va a cambiarlo todo. Y a Ramiro ese hombre que se obsesiona con Araceli. Todo bajo una luna caliente en los límites del Chaco paraguayo. “Luna caliente” es el título de esta obra breve. Una breve obra redonda, espectacular, que mantiene al lector en una angustia hasta el final de la misma. En la que se habla del deseo y se da una definición de machismo tan perfecta que hasta este momento no había leído nunca.

El médico, el papá de Araceli, ha invitado a cenar a casa a Ramiro, ya que el papá de Ramiro y el de la niña habían sido amigos. Pero Araceli es irresistible, tanto como el calor húmedo y sofocante de esta noche. Una noche en la que ocurrirán muchas cosas, donde se perderá la razón y habrá que huir.

Les invito a abrir esta obra, un libro clásico contemporáneo de la literatura hispanoamericana. Con prosa clara y directa nos vamos sumergiendo en una trama oscura y negra. En una obsesión de sexo y sangre.

Esta obra le valió al autor el Premio Nacional de Novela de México en 1983.

02Jul/17

SIETE CUENTOS JAPONESES. JUNICHIRO TANIZAKI

Entre los magníficos títulos editados por la editorial Atalanta este año, “Siete cuentos japoneses” de Junichiro Tanizaki (Tokio, 1886- Yugawara 1965) y, hasta ahora, ha sido uno de mis preferidos. Les invito a abrirlo porque tendrán un verano mágico si se pasean por cualquiera de estos siete relatos que podrán encontrar en la colección Ars Brevis de la editorial.

En esta selección de cuentos “elegidos entre una vasta producción y ordenados cronológicamente” tal y como apunta la editorial, el lector se dará cuenta de la evolución de la narrativa breve del escritor japonés “desde su fascinación inicial por Occidente a la exaltación de los valores de la tradición japonesa”. “La refinada sensualidad, la subversiva idea del deseo, la sutil concepción de la belleza y el permanente contraste entre tradición y modernidad se condensan de forma proverbial en esta selección de relatos.”, señalan.

Tanizaki, que nació en una próspera familia de comerciantes, no pudo gozar de los privilegios que le hubiese dado una vida acomodada, ya que en 1894 llegó la ruina a la familia, las deudas y una serie de humillaciones que, como se destaca en el libro, “marcarían al joven Junichiro y, con ello, la psicología de sus futuros personajes”. El autor estudió literatura japonesa en la Universidad Imperial de Tokio. Gozó en vida de una fama muy merecida recibiendo altas distinciones tanto en el extranjero como en su país. En 1949 se le concedió el Premio Imperial, el máximo reconocimiento que se otorga a un artista en Japón. A principios de los años sesenta su nombre sonó en varias ocasiones como candidato al premio Nobel de Literatura.

Me gustaría presentarles uno de los cuentos que más me han conmovido, haciendo así mi propia selección, sin duda, por falta de espacio, porque incluiría además de “Nostalgia de mi madre”, “Los dos novicios” y “Los pies de Fumiko”.

“Nostalgia de mi madre” es un cuento brillante. No es ninguna casualidad que el protagonista se llama igual que el escritor. En el relato, el protagonista o el autor, o los dos, seguramente, se reencuentran con su madre en un sueño. Es tan hermosa esta obra, tan bien construida, con una utilización del lenguaje sencillo tan magistral, que el dolor por la ausencia nos llega directamente y en seguida notamos la gran obra de arte literaria que tenemos entre nuestra manos. El relato recoge el sueño de un hombre de 34 años cuando con siete, un día, se pierde.

En ese paseo onírico, siente nostalgia por la vida pasada, aquella cargada de comodidades que ya no tiene, como le sucedió al propio autor. En su caminar revive sus recuerdos y se encontrará con dos mujeres. Una de ellas es su madre, esa que con su abrazo, con sus palabras, le hará llorar. Esa que perdió hace dos años y que hasta en su dulce sueño, en ese reencuentro solo posible en esa noche, en la madrugada mágica, le ha hecho mojar su almohada con el llanto.

“La reconocí al instante. Sí, era mi madre. Me parecía imposible que fuese tan joven y hermosa, pero era ella, mi madre, sin lugar a dudas. A decir verdad, no fui capaz de cuestionar aquel hecho en ese instante. Al fin y al cabo, yo era un niño ingenuo. Podía ser natural que mi madre fuera así de joven y hermosa.

-Madre, era usted a quien andaba buscando desde hacía tiempo.

-Al fin me reconoces, Junichi. Al fin…-me dijo con voz temblorosa, plena de alegría.

Luego se detuvo para abrazarme fuerte. Yo también la tomé entre mis brazos con todas mis fuerzas. En su pecho percibí un olor dulce, cálido y flotante que manaba de sus hermosos senos.

Permanecimos inmersos en aquel ambiente colmado por el resplandor de la luna, por el sonido de las olas… Se oía la música de Shinnai. El flujo incontenible de las lágrimas continuaba empapando nuestras mejillas.

Desperté de pronto.”

El principio del cuento es de una belleza abrumadora. Fascinante. Aquí les dejo parte del comienzo.

“… aunque el cielo esté cargado de densas nubes, aunque la luna se esconda en la más profunda oscuridad, unos rayos de luz se escapan por algún resquicio para alumbrar la superficie de la tierra. La claridad se percibe con tal intensidad que permite distinguir los más pequeños guijarros del camino, pero a la vez se trata de la luminosidad misteriosa y un tanto fantasmagórica, que se disuelve entre brumas, interponiéndose ante la mirada que se esfuerza por abarcar los objetos más alejados. Es sin duda alguna una claridad ajena al mundo humano, como si proviniera de una lejana región, allá en la eternidad. En esta noche coexisten el brillo lunar y la completa oscuridad.

En medio de la brumosa noche, una avenida excesivamente blanca se extendía recta ante mis ojos. A ambos lados del camino se veían largas hileras de pinos que se prolongaban hasta donde alcanzaba mi mirada, ramas y hojas agitándose con leves murmullos, impulsadas por el viento que soplaba desde la izquierda trayendo sensuales y húmedas fragancias que parecían venir del mar. Pensé que me hallaba muy cerca del mar. Cuando yo era un niño de apenas siete u ocho años, miedoso desde muy temprano, me vi de pronto muerto de miedo caminando a solas casi a medianoche por un camino desolado en un lugar desconocido para mí. ¿Por qué no me acompañaría mi nodriza? A lo mejor la había atormentado tanto que se había ido molesta de la casa. Mientras razonaba de esta manera, comencé a recuperar la calma y, dejando a un lado el miedo que tantas penalidades me había causado en otras ocasiones, seguí mi camino sin titubear. En mi pequeño corazón, el temor a la oscuridad de la noche dio paso a una insoportable tristeza. Mi familia, tras vivir por largo tiempo en el alegre y luminoso barrio de Nihonbashi, se había visto en la imperiosa necesidad de mudarse a una lejana provincia. Aquella adversidad, que había sucedido tan de repente, como quien dice de la noche a la mañana, había dejado una profunda huella en mi alma desamparada. Me compadecía de mi mismo. Yo, que hasta hacía poco vestía un haori tejido de finos hilos y forrado de seda amarilla a rayas, y que calzaba medias de percal y elegantes sandalias trenzadas por bonitos cordones sólo para salir por ahí de paseo, ofrecía en mi nueva condición una apariencia ciertamente miserable. No puedo negar que me avergonzaba andar ante ojo ajenos con aquella ropa tan sucia y pobre, sólo comparable con el estudiante “pobretón” que aparece en el teatro Kabuki. (…) Me veía en la necesidad de trabajar duro todos los días para poder ayudar a mis padres: sacar agua del pozo, encender el horno, fregar el suelo e ir de compras, entre otros quehaceres domésticos. (…) Sin embargo, la tristeza que embargaba mi corazón no se la atribuía tan sólo a mi infortunio. Así como la luna por encima de los pinos se veía tan triste sin causa alguna, en mi pecho anidaba una desolación infinita que no sabía de dónde podía provenir. ¿Por qué estaría yo tan afligido? ¿Y por qué no lloraba si me sentía así de triste? Yo, que siempre había sido un condenado llorón, ahora no dejaba escapar ninguna lágrima. Hacia el fondo de mi corazón se filtraba desde alguna desconocida rendija una tristeza clara y limpia como agua de manantial y, al mismo tiempo, sonora como la tierna melodía producida por un samisén.”

11Jun/17

LA ORUGA. HISTORIA NATURAL. JOSÉ WATANABE

“Te he visto ondulando, bajo las cucardas, penosamente,

trabajosamente,

pero sé que mañana serás del aire.

Hace mucho supe que no eras un animal terminado

(…)

te pregunto:

¿sabes que mañana serás del aire?

¿te han advertido que esas dos molestias aún invisibles

serán tus alas?

¿te han dicho cuánto duelen al abrirse

o sólo sentirás de pronto una levedad, una turbación

y un infinito escalofrío subiéndote desde el culo?

Tú ignoras el gran prestigio que tienen los seres del aire

y tal vez mirándote las alas no te reconozcas

y quieras renunciar,

pero ya no; debes ir al aire y no con nosotros.

Mañana miraré sobre las cucardas, o más arriba.

Haz que te vea, quiero saber si es muy doloroso el aligerarse para

volar.

Hazme saber

si acaso es mejor no despegar nunca la barriga de la tierra.”

Este precioso poema que les presento hoy pertenece a la obra “Historia natural” (1994) del gran escritor peruano José Watanabe (Trujillo 1945, Lima 2007). Watanabe fue un reconocido poeta peruano de la generación de los 70, que dejó joyas literarias como ésta. El escritor, a mi parecer, de una sensibilidad exquisita, tuvo una infancia muy pobre ya que sus padres trabajaban en una hacienda azucarera, pero el destino quiso que ganaran la lotería y la vida del escritor comenzó a cambiar. En Lima cursó estudios superiores.

El padre de Watanabe era japonés, con lo cual y desde muy pequeño, estuvo en contacto con la forma poética del haiku. Esto hizo que su poesía no se preocupase por los conflictos políticos que afectaban a su país y si por la plasmación de la naturaleza pura. Sus versos son producto de esa observación pausada que de ella hace, esa contemplación donde el escritor está en un segundo plano, sólo mira. Por eso su trabajo llega de una forma directa al lector, porque viaja a través de los sentidos. Esa sencillez y esa verdad aterriza en el papel en estado puro. Este poema que les he presentado es un claro ejemplo. Pero, por supuesto, no hay que olvidar que de su madre lleva la tradición hispana en el uso de la palabra y, como resaltan algunos estudiosos de su obra, el humor criollo. Por eso su obra es una mezcla de esas dos culturas en las que Watanabe creció.

Yo he elegido este poema “La oruga”, que tiene mucho que ver con esa contemplación de la naturaleza y con la sencillez y belleza que guardan las cosas más hermosas.

20May/17

MAR DE HISTORIAS. CRISTINA PACHECO

Estaba inmersa en otras lecturas cuando, por casualidad y hace aproximadamente una semana, llegó a mi un pequeño libro titulado “Mar de historias” al que acompañaba el subtítulo: “Relatos del México de hoy”. Su autora: Cristina Pacheco, nacida Cristina Romo Hernández ( San Felipe, Guanajuato, 1941), hasta entonces desconocida para mi. Comencé a leerlo y me atrapó su prosa. Cuando quise investigar más sobre la autora y su obra me di cuenta de que el maravilloso libro “Mar de historias” se trataba en realidad de una recopilación de artículos que Pacheco escribe desde 1986 en el periódico “La Jornada” más concretamente en la sección de Opinión. Artículos que son literatura de la buena, de la que merece la pena leer. Por eso les invito a abrir este libro tan interesante en el que encontrarán muchas realidades llenas de dolor y belleza. Además de una escritura fina e hilada con un excepcional dominio del lenguaje, de la palabras.

Pacheco es una de las periodistas más destacadas y más respetadas de México. Estudió la cerera de Lengua y Literaturas Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México. En 1985 obtuvo en Premio Nacional de Periodismo. Viuda del gran poeta y ensayista mexicano José Emilio Pacheco, ha entregado su trabajo al periodismo social, a dar voz a aquellos que no la pueden alzar y escribir sobre sus vidas con dignidad, como se refleja en estos artículos que recoge el libro.

El libro recoge dieciséis artículos inmensamente bellos y desgarradores. Todos ellos hablan de lo que se vive a un lado y al otro de la frontera entre Estados Unidos y México. Los paisajes duros del desierto de Arizona, del río Bravo,.. y las gentes en esos lugares de ida y vuelta, o de ida solamente. Y Pacheco recoge con gran maestría el dolor, el sufrimiento, el anhelo, la desesperanza de esas gentes.

Como por falta de espacio tengo que hablar sólo de dos de estas impactantes historias me quedaré con: “La vuelta del emigrante” y “Golden Chicken”. Estremecedoras las dos. Pero quiero resaltar aquí la belleza de otros relatos como por ejemplo: “El vuelo de Chicago”, donde una niña espera siempre el regreso de su padre que nunca volverá o el increíble y enternecedor “Fantasmas del desierto”, que de bello, duele. No me puedo resistir a escribirles el inicio:

“Óyeme y luego me dices si tengo razón o no en querer que venga un sacerdote: eran como las once de la noche cuando llegó Isaura a mi tungarcito. No había vuelto a tener noticias suyas y jamás pensé que volvería a verla. Me pareció más flaca. La saludé. Cuando vi la bosa que le colgaba del brazo, entendí que había regresado con el mismo propósito de su primer viaje: mandarle una muda de ropa a su hijo Gabriel. ¡Qué locura!.

Desde que Gabriel salió de Guanajuato, Isaura no había sabido nada del él. Ese silencio le daría mala espina a cualquiera; a ella no, porque su corazón de madre sigue diciéndole que su hijo vive. “¿En donde?”, le pregunté la primera noche. “En el desierto. Escondido, esperando un buen momento para llegar a San Diego.” No me atreví a desanimarla diciéndole que el desierto no es amigo ni cómplice de nadie: mata, quema, enloquece a la gente, si es que antes no le agarra la delantera alguno de los cabrones que rastrean a los que pasan para quitarles el dinero y hasta la vida.”

“La vuelta del emigrante” es un relato precioso y de una estructura muy interesante. Sixto, el protagonista de la historia, huérfano desde su infancia, regresa después de varios años a Todosantos desde Oklahoma y va recordando por este orden, que a mi no me parece casual, a las personas, a los animales, a las flores y a su infancia representada en la figura del hermano perdido. En la mitad del relato, Sixto se da cuenta de algo que a todos al volver a un lugar después de muchos años nos ha ocurrido. Todo ha cambiado. Y eso nos produce cierto dolor, cierta nostalgia.

“Esa calle anhelada no se parece a la que ahora recorre. Las casas se convirtieron en edificios o en ruinas, donde había talleres y comercios, hay cortinas metálicas bajadas y remolinos de basura. La policlínica desapareció y se transformó en bodega de productos coreanos. El restaurante de don Luis cedió su espacio a una barra sushi. Del salón de belleza Malibú sólo queda el letrero.

Sixto se detiene para ver a los niño. Juegan en pleno arroyo, entre borrachos que hacen de su embriaguez una bandera, drogadictos que caminan como sonámbulos, ancianos harapientos que hurgan en los montones de basura, prostitutas que exhiben sus carnes y su hartazgo, vendedores que pregonan desde la angustia de su desesperanza.

Suspira aliviado cuando ve a lo lejos el letrero luminoso del hotel Cairo. Antes de emigrar trabajó allí como mandadero: subía cervezas y charolas de comida a los cuartos.”

Sixto recuerda a Garabato, un mendigo, parte del paisaje de su vida allí, al que apodaban así por el “retorcimiento de sus brazos y piernas”:

“Cuando, antes de las seis de la mañana, Sixto salía para trabajar en el mercado, Garabato ya estaba en el atrio con la mano extendida. Muy tarde, de vuelta a El Avispero, lo veía en la misma posición y se cruzaba la calle para no soportar el olor que a esas hora rezumaba el cuerpo del mendigo.

Lo alegra la posibilidad de que Garabato haya muerto y esté libre de aquella brutal exhibición a cambio de monedas que de seguro beneficiaban a otro. La idea le despierta un odio ciego, infantil, hacia el desconocido explotador de Garabato.”

En el relato “Golden Chicken”, José, el protagonista, se enfrenta al papel en blanco. Debe escribir a su madre esa carta que le prometió pero lo demora siempre. Le duele contarle la verdad, contarle que nada de lo que soñó se cumplió, que al otro lado no le esperaba el paraíso como pensaba cuando “con las piernas envueltas en plásticos negros, tembloroso de pánico y de frío atravesó por primera vez el Bravo”. Pero no quiere hacerle daño. Su sufrimiento es para él. Nunca le contará a lo que realmente se dedica. Simplemente le da vergüenza.

“Han pasado veinte minutos desde que José redactó la fecha y las primeras frases. Son idénticas a las que encabezaban las cartas que su hermano Gildardo les mandaba a Guanajuato desde la ciudad de México: “Espero que al recibir la presente se encuentren bien de salud como yo por acá, a Dios gracias…”. José relee lo que escribió. Sabe que debe continuar pero no se le ocurre nada más. Golpea el papel con la punta del lápiz, como si de ella pudieran salir las palabras que necesita. Cierra los ojos. Imagina a su madre sola, parada en la puerta de su casa y mirando calle abajo con la esperanza del ver al cartero.”

Pacheco, al narrar la carta de José, llena de mentiras y de recuerdos infantiles, logra trasladar una ternura infinita a la historia. El hijo quiere proteger a la madre del dolor. Del dolor que supondría para ella saber que su hijo, de alguna manera, se fue tan lejos sólo para fracasar.

“Jefa chula. Como es domingo, la Lucy se llevó a los niños a la compra. Después irán a la casa de unos amigos que hoy tienen su parti o sea una fiesta. Aquí son medio desabridas. A los chavales les dan chocolate y donas. ¿Sabe qué se me antojó ahorita que le estaba platicando de estas cosas? Pues comerme uno de aquellos famosos churros de “El Moro”. Acuérdese: cuando íbamos al centro usted me los compraba. Entonces era yo un chamaquillo y, para que vea lo que son las cosas, nunca he olvidado a qué sabían los dichosos churros. Cuando vaya a México, muy pronto, pienso invitarla al “Moro”. Ha de saber que desde hace tres meses tengo una chamba muy buena. No se apure, ya no ando en los campos ni en la fábrica de bulbos; me salí porque una noche un capataz me llamó gallina y me escupió. Pensé que si volvía a hacérmelo iba a matarlo y aquí, eso de tocar a un gringo aunque sea con el pétalo de una rosa es algo muy serio… Me gusta mi trabajo: es fácil, me pagan bien y lo mejor es que para ir y volver tomo nada más dos trocas. ¿Ve cómo voy saliendo adelante? Eso se lo debemos a la Virgen porque ahorita, como están las cosas por acá en contra de todos los mexicanos, acomodarse en un trabajo es un milagro.”

Pero la realidad es otra. Y el final del relato nos destapa la verdadera vida de José, que será la de muchos otros. Este artículo nos hace reflexionar sobre muchas cuestiones :la dignidad del ser humano, el racismo, la emigración… Parece que este artículo, que escribió Pacheco en 1996, está, desgraciadamente, de nuevo de máxima actualidad.

“José pone el primer punto en la página que pretende sustituir a la conversación. Esa mancha lo atrapa, lo devora, lo atrae hacia el fondo de un pozo en cuyo fondo ve la realidad. El hombre procura destruirla y recuperar el hilo de sus pensamientos; pero no lo consigue. Cuando al fin logra levantar los ojos, José mira el uniforme de plumas amarillas que usa diariamente, a lo largo de las ocho horas en que permanece a las puertas del Golden Chicken, un restaurante especializado en pollo al horno, para atraer a la clientela infantil mediante saltos, maromas y suertes.

José aprieta las mandíbulas y sigue escribiendo, como si al convencer a su madre, pudiese convencerse a sí mismo de que su dicha y su prosperidad son ciertas y no cosas inventadas y amargas que lo empequeñecen y humillan:

Como usted podrá imaginarse tengo un jefe: mister Ferguson. Aunque aquí la gente no es tan comunicativa como nosotros, me he dado cuenta de que me estima y aprecia mi trabajo porque sabe que vale.

José interrumpe la escritura de nuevo. La mención de ese nombre, mister Ferguson, es otra fisura por donde comienzan a filtrarse ciertas risas, frases y el timbre de la voz más odiada por él: Jousé no ser una gallina sino un polluo valiente y mexicano. Jousé sonríe, levanta alas, brinca alto y más alto como volar. Jousé ponerles caras chistosas a niños tragantes. Jousé no roto el traje porque si no, I am sorry, he ll pay. Oh yes: pagarás daños o pierde las chambita y eso, no good in springtime.”

 

 

 

07May/17

THE NATURE NOTES OF AN EDWARDIAN LADY. EDITH HOLDEN

“Vi una pequeña y amarilla lagartija. Quería cazarla y llevarla a casa para mostrarla, pero se escurrió entre mis dedos y cuando la había atrapado por la cola se escapó para parar de nuevo en el final de su cola, de tal manera que enredó mis dedos.”

Estas sencillas frases pertenecen al mes de mayo. Al mes de mayo de un libro de admirable belleza que realiza un recorrido, un viaje por la naturaleza, durante un año.

Edith Holden (Kings Norton, Birmingham 1871-1920), escribió y sobre todo ilustró una obra que ha pasado a ser una de las más bellas, estéticamente hablando, de la literatura inglesa. Bajo el título de “The Nature Notes of an Edwardian Lady” encontramos un trabajo cargado de sensibilidad, no sólo por los textos que en el se encierran sino también por unas acuarelas únicas, que son, el fundamento de esta obra que permaneció escondida hasta el año 1988, año de su publicación.

Holden fue una ilustradora de cuentos y rimas infantiles durante toda su vida ya que en aquella época la sociedad inglesa no tomaba en serio las obras de las artistas y ésta tuvo que enfocar su genialidad en este trabajo para subsistir, dejando a un lado su gran talento como pintora. Llego a exponer su obra en la Academia de las Artes de Birmingham, pero este suceso pasó a ser una simple anécdota.

Muchos años después de su muerte, según se cuenta, una sobrina encontró dos libros que la pintora había escrito e ilustrado apoyando su obra también en textos de reconocidos escritores. Ésta los llevó a un editor que, claramente, vio la belleza y la originalidad de su contenido.

Estos libros eran, además del citado aquí anteriormente, “The Country Diary of an Edwardian Lady”, publicado den 1977.

Con 39 años, Holden se enamoró de un escultor siete años más joven que ella llamado Ernest Smith. Las familias desaprobaban esta relación, pero ellos se casaron y se mudaron a Chelsea para participar así activamente del círculo artístico londinense.

Los padres de Holden, desde niña le habían inculcado el amor por las artes plásticas y desde temprana edad asistió a la Birmingham School of Art.

Las acuarelas que recoge el libro que les invito a abrir, 158 para ser exactos, son simplemente espectaculares. La elegancia de cada pincelada pone de manifiesto la gran artista que fue. Los textos que acompañan a las pinturas son de una simplicidad deliciosa. Y la selección de poemas que hace de grandes poetas ingleses más que acertada. Entre ellos Wordsworth, Stevenson, Shakespeare, o Milton.

En mi opinión es un libro con el que se puede disfrutar simplemente observando sus ilustraciones, leyendo las anotaciones, comentarios y textos de la autora pero también es una obra con la que tener un primer contacto con los grandes de la poesía y literatura inglesa, como los autores antes citados e incluso puede llegar a ser un libro muy interesante para leer con niños, ya que está lleno de ilustraciones que ellos pueden admirar y así ir identificando de una manera única las diferentes estaciones del año y cómo se comportan los animales en cada una de ellas y cómo se transforman las flores en este viaje por la naturaleza a lo largo de un año.

Holden tuvo un trágico final, murió ahogada. En 1920, mientras observaba unos brotes de castaño para reflejarlos en su obra, cayó al Támesis.

Mis ilustraciones favoritas son las que pertenecen a los meses que van de septiembre a febrero. ¿Y las de ustedes?

23Dic/16

LA NOCHE SANTA. SELMA LAGERLÖF

Madonna col Bambino benedicente e cherubini“, Jacopo Bellini, 1455

“Y todo esto es tan cierto como que yo te veo y tú me ves”

Selma Lagerlöf, (Marbacka, Suecia 1858, 1940), fue la primera mujer en obtener el Premio Nobel de Literatura (1909). Gran lectora desde niña, se la asocia irremediablemente a su obra más conocida, “El maravilloso viaje de Nils Holgersson”, inspirado en los cuentos de animales de Rudyard Kipling y encargado por el Consejo de Educación sueco para enseñar a los niños la geografía del país. Recuerdo haber leído este libro, en uno de esos largos veranos que el sistema escolar español establece desde mitad de junio hasta mitad de septiembre, como una de las sensaciones literarias más bellas que recuerdo. Nils, hechizado por un hada, se convierte en un niño que no levanta un palmo de altura desde el suelo y que a lomos de un ganso blanco doméstico que se une a una bandada de gansos salvajes en su migración al norte, como cada año,  viaja a Laponia y recorre toda Suecia.

Fue la sueca una feminista convencida además de una gran escritora, que dedicó gran parte de la década de 1920 a luchar por los derechos de la mujer. Durante los último años de su vida, ayudó a los escritores y pensadores a esconderse, salir del país y luchar contra la dictadura alemana que oprimía a Europa ya que la persecución nazi contra los intelectuales fue muy dura.

Su primera novela “La saga de Gösta Berling” la escribió en 1891, a esta siguieron varios cuentos y otras novelas como “Los milagros del Anticristo” o “El hogar de los Lijecrona”. Pero en este post me voy a centrar en sus cuentos, y más concretamente en los de Navidad. Sobre esta temática, dejó varios escritos y como dentro de unos días estaremos celebrando estas fiestas, me gustaría que abrieran algunos de estos libros donde se esconden estos bellos relatos.

Quedarse con uno es muy difícil, pero debo hacerlo por cuestiones de espacio, así es que me he decantado por el titulado “La noche santa”.

“Apenas contaba cinco años de edad cuando experimenté una gran pena. No sé si desde entonces habré tenido otra mayor.

La causa fue el triste fallecimiento de mi abuela. Hasta entonces, la bondadosa señora estuvo sentada siempre en un rincón de la estancia contando cuentos.”

Así comienza este maravilloso cuento, lleno de ternura y respeto hacia los mayores, hacia los abuelos, que espero que, el día que tengan entre sus manos, disfruten y como esa abuela, ustedes transmitan a otras personas.

“Recuerdo siempre que la pobre estaba sentada allí, refiriendo historias, de la mañana a la noche, y que nosotros, niños, sentados en torno suyo, escuchábamos silenciosos sus narraciones. ¡Magnífica vida! No había pequeñuelos que lo pasaran mejor que nosotros. De la bondadosa anciana sólo puedo recordar que tenía una hermosa cabellera blanca como un gran copo de algodón. Que caminaba muy encorvada y que sus manos jamás abandonaban la calceta.

También recuerdo que siempre que terminaba la narración de algún cuento me colocaba una mano sobre la cabeza, diciendo: “Y todo esto es tan cierto como que yo te veo y tú me ves”.

(…)

De tales cuentos e  historias sólo conservo un recuerdo débil y vago, si bien de una de ellas me acurdo tan claramente que podría narrarla sin la menor dificultad. Es una leyenda breve sobre el nacimiento de Jesús.

(…)

Era un día de Navidad. Todos salieron para la iglesia, con excepción de la abuelita y yo. Creo que nos quedamos solitas en todas la casa. Nosotras no habíamos podido ir con los demás: una, por demasiado niña; la otra, por demasiado vieja. Y las dos nos hallábamos entristecidas por no poder escuchar las bellas canciones de los maitines ni ver las bonitas luces con que estaría adornada la iglesia aquel día.

Como nos hallábamos solas y en el mayor silencio, la abuelita empezó una de sus narraciones:

-Pues señor… Érase una vez un hombre que salió una noche en busca de fuego. Iba de casa en casa y, llamando a las puertas, decía: “Buena gente, socorredme; mi mujer acaba de recibir un niño y no tengo fuego para calentar a la madre y al pequeñuelo”.

Pero era tan tarde y la noche tan oscura, que todos dormían y nadie respondía a sus llamadas. El hombre, caminaba, caminaba… Por fin divisó, a lo lejos, el resplandor de una fogata. Allá se encaminó apresurando el paso, y vio que la hoguera brillaba en medio del campo. Multitud de blancas ovejas dormían en torno del fuego y el viejo pastor guardaba el rebaño.

Cuando el hombre que buscaba fuego, llegó cerca de las ovejas, percibió tres enormes peros que dormían a los pies del pastor. A su llegada, se despertaron los tres y abrieron sus tremendas fauces, como si quisieran ladrar; más no se oyó ladrido alguno. El hombre vio cómo se les erizaba el pelo del lomo, cómo sus dientes agudos y blanquísimos relucían al resplandor de la hoguera, hasta que se abalanzaron sobre él. Y vio cómo uno de ellos se le lanzaba a la garganta, mordiéndole otro el pie y otro la mano, pero las quijadas y los colmillos de los perros quedaron paralizados y el hombre no sufrió daño alguno.

Entonces el hombre quiso seguir avanzando en busca de lo que necesitaba. Pero las ovejas estaban tan apretadas, lomo contra lomo, que el hombre no podía dar un solo paso. Y no tuvo más remedio que pasar por encima de las ovejas dormidas para poder acercarse a la hoguera. Y ni un sólo animal se despertó ni hizo el menor movimiento.

(…)

Cuando el hombre se hallaba ya casi junto a la hoguera, el pastor se despertó. Era éste un hombre malo, duro y sin entrañas. Cuando veía a algún extraño, empuñaba una vara larga y puntiaguda, que usaba cuando apacentaba el ganado, y se la arrojaba con violencia. Y también aquella vara silbó en el aire con dirección al hombre; más antes de que hubiera podido tocarle, se desvió y fue a caer lejos, en el campo.

(…)

Entonces el hombre se acercó al pastor y le dijo: “Buen amigo, haz del favor de prestarme un poco de fuego; mi mujer acaba de recibir un niño y necesito fuego para calentar un poquito a los dos”. El pastor habría preferido negárselo, pero cuando pensó en que los perros no habían podido causarle mal alguno, que las ovejas no se habían asustado y que la vara no había podido herirlo, sintió cierto temor y no se atrevió a negar al forastero lo que pedía. “Toma todo el que necesites”, le contestó.

Mas el fuego estaba casi consumido. Ya no quedaban troncos ni ramas, sino un gran rescoldo, y el forastero no llevaba pala ni cubo para recoger las ardientes ascuas.

Cuando el pastor se dio cuenta de ello volvió a repetirle: “Llévate todo el que necesites”. Y se regocijaba al pensar que aquel hombre no podría llevarse nada. Pero el hombre se inclinó sobre la hoguera y con sus desnudas manos sacó los carbones encendidos de entre la cenizas y los fue colocando en su capa. Y las ascuas no quemaron ni sus manos ni la tela. Y el hombre se las llevó con la misma facilidad que si hubieran sido nueces o manzanas.

(…)

Cuando el pastor, que era muy malo y despiadado, vio aquello empezó a asombrarse. “¿Qué noche será esta en que los perros no muerden, las ovejas no se asustan, las lanzas no matean y el fuego no quema?”, se decía a si  mismo. Y llamando a forastero, le preguntó: “¿Qué noche es esta? ¿A qué se debe que todas las cosas se muestren tan clementes?”.

Y el pobre le contestó: “No puedo decírtelo si tú mismo no lo ves.”. Y se dispuso a emprender su camino para encender cuanto antes el fuego que debía calentar a la madre y al hijo.

El pastor pensó que no debía perder de vista a aquel hombre hasta averiguar lo que significaba todo aquello. Y se levantó y lo siguió hasta el lugar donde se detuvo el forastero.

El pastor vio que el hombre no tenía ni una mala cabaña como habitación y que su mujer y el niño se hallaban en una cueva de la montaña, cuyas paredes, desnudas, eran de dura y fría piedra. Al ver que el pobre e inocente niño podría helarse en aquella gruta, se sintió conmovido y decidió hacer algo por él, no obstante su corazón fue duro. Y del zurrón que llevaba al hombro sacó una suave piel blanca de cordero y se la entregó al forastero, diciéndole que acostase al niño sobre ella. Y en el mismo instante en que demostró que era capaz también de sentir piedad, se abrieron sus ojos, y vio lo que antes no había podido ver, y oyó lo que no le había sido dado oír.

Vio cómo en torno suyo se agrupaba un gran corro de pequeños angelitos de alas de plata. Cada uno de ellos tenía una lira en la mano, y todos cantaban, con voz armoniosa y potente, que aquella noche había nacido el Redentor, el que redimiría los pecados del mundo.

Y entonces comprendió por qué aquella noche todas las cosas estaban tan contentas que no querían causar el menor daño.

(…)

La Naturaleza toda se hallaba entregada a un júbilo indefinible. Por todas partes resonaban los cánticos de los angelitos juguetones. Todo aquello lo veía y sentía el pastor en medio de las tinieblas y el silencio de la noche, aun cuando poco antes nada había podido percibir. Y su corazón se llenó de tal alegría al ver que sus ojos se habían abierto por fin a la verdad, que cayó de hinojos y dio gracias a Dios.

Cuando la abuelita llegó a este punto, se detuvo y suspiró, diciendo:

-Y todo aquello que el pastor vio lo podemos ver nosotros también si nos hacemos merecedores de ello, pues los ángeles bajan volando desde los cielos cada noche de Navidad.

Y la abuelita colocó su diestra sobre mi cabeza y dijo:

-Acuérdate bien de lo que te he contado, pues es tan cierto como que yo te veo y tú me ves. Para ello no se precisan lámparas ni luces, ni sol ni luna, sino ojos limpios de pecado para poder contemplar la magnificencia del Señor.”

 

 

 

 

 

 

18Dic/16

OBRA COMPLETA. LOS AGUINALDOS DE LOS HÚERFANOS. ARTHUR RIMBAUD

I

Está lleno de sombra el cuarto; vagamente se oye
de dos niños el triste y dulce cuchicheo.
Su frente se vence, aún cargada de sueño,
bajo la larga cortina blanca que tiembla y se levanta…
-Fuera los pájaros se arriman frioleros;
sus alas se entumecen bajo el gris de los cielos;
y con su séquito de brumas el nuevo Año,
arrastrando los pliegues de su manto de nieve,
sonríe entre sollozos y canta tiritando…

II

Y, bajo la cortina ondulante, los pequeños
hablan quedo como se hace en una noche oscura.
Escuchan pensativos como un lejano murmullo…
Los estremece a menudo la clara voz de oro
del timbre matinal, que repica incesante
su estribillo metálico en su globo de vidrio…
-Además, el cuarto está helado…ruedan por el suelo,
entre las camas esparcidas, ropas de luto:
¡el áspero cierzo invernal que en el umbral gime
aventa en la morada su aliento taciturno!
Se siente en todo esto que falta alguna cosa…
-¿No hay acaso una madre para estas criaturas,
una madre de fresca sonrisa y triunfantes miradas?
¿Es que ha olvidado, en la noche, sola y adormilada,
avivar una llama a las cenizas arrancada,
amontonar sobre ellos edredones y lanas
antes de abandonarlos gritándoles: perdón?
¿Acaso no ha previsto el frío matutino,
ni cerró bien la puerta al cierzo del invierno?…
-El sueño materno es la tibia alfombra,
el nido algodonoso donde acurrucados los niños,
cual bellos pájaros mecidos por las ramas,
¡duermen su dulce sueño lleno de cándidas visiones!…
-Pero esto, -es como un nido sin plumas ni calor,
donde los pequeños pasan frío, no duermen, tienen miedo;
un nido que ha debido de helar el cierzo amargo…

III

Vuestro corazón lo ha intuido: -no tienen madre estos niños.
¡No hay madre en el hogar!-¡y el padre está muy lejos!…
-Por eso una vieja sirvienta de ellos se ha ocupado:
en la gélida casa están solos los pequeños;
huérfanos de cuatro años, en su mente de pronto
despierta poco a poco un risueño recuerdo…
es como un rosario que al rezar se desgrana:
-¡Ah, qué bella mañana la mañana de aguinaldos!
Cada uno, en la noche, había soñado con lo suyos
en algún sueño extraño donde se veían juguetes,
caramelos vestidos de oro, centellantes joyas,
arremolinarse y bailar una danza sonora,
¡luego huir bajo las cortinas y aparecer de nuevo!
Despertaban al alba, se levantaban alegres,
con la boca hecha agua, frotándose los ojos…
Iban, enmarañando el pelo en la cabeza,
radiantes los ojos, como en los grandes días de fiesta,
y los piececitos descalzos rozando el suelo,
a las puertas de los padres suavemente llamar…
¡Entraban!… Luego las felicitaciones… en camisón,
los besos repetidos, ¡y la alegría permitida!

IV

¡Ah, qué delicia aquellas palabras tantas veces dichas!
-Pero cómo ha cambiado el hogar de otro tiempo:
crepitaba un gran fuego, vivo, en la chimenea,
toda la vieja habitación estaba iluminada:
y los reflejos rojizos, salidos del hogar,
revoloteaban alegres sobre los muebles barnizados…
-¡El armario estaba sin llaves!… ¡sin llaves el gran armario!

(…)

-El cuarto de los padres está hoy muy vacío:
ningún reflejo rojizo bajo la puerta hay;
ya no hay padres, ni hogar, ni llaves requisadas:
¡por eso ya no hay besos, nada de dulces sorpresas!
¡Oh, qué triste para ellos será el primer día del año!
-Y, muy pensativos, mientras una amarga lágrima
de sus grandes ojos azules silenciosamente cae,
murmuran: “¿Cuándo volverá nuestra madre?”

(…)

Es enternecedor pensar que a la temprana edad de quince años, el gran poeta Arthur Rimbaud (Champaña-Ardenas, 1854, Marsella 1891), ya lo era. Estos versos, con lo que he comenzado, pertenecen a su poema “Los aguinaldos de los huérfanos”(1870). Hacía mucho tiempo que no leía algo tan estremecedor y a la vez tan bello. Quiero compartirlo con todos ustedes en estas fechas que se acercan, tan significativas para muchos, porque me parece que todos podemos aprender bastante de estas palabras que el escritor francés dejó escritas, en las que nos quería transmitir que sin amor, que sin el amor de esos padres, de esa madre que ya no está en casa, ya nada es igual, que se terminaron las cosas dulces, los besos, la habitación del cariño, el calor,… Que, en definitiva, nada tiene sentido, si no está esa madre que los niños buscan desesperadamente. Sólo los recuerdos alivian el dolor, pero ellos continúan preguntándose cuándo volverá su madre.
Por eso, en época de Navidad dónde confundimos, en muchas ocasiones, el significado de lo que celebramos, dejemos de pensar en tantas cosas materiales que nos rodean, que pensamos, nos hacen felices y disfrutemos de los que aún tenemos cerca, de nuestros seres queridos. Y sonriamos acordándonos de los que ya se fueron, pero que, de alguna manera, siguen estando a nuestro lado. Repartamos amor, besos, abrazos,…cuando aún podemos hacerlo. Que no sea demasiado tarde para luego tener que conformarnos con los sueños.
En septiembre de este año, Ediciones Atalanta volvía a sorprendernos con la edición de la obra completa bilingüe de Rimbaud, que hasta ahora se había publicado en España de forma poco rigurosa.
Como la propia editorial cita en la obra su correspondencia “sólo estaba disponible en breves antologías temáticas” y su poesía estaba incompleta porque aunque en la portada de alguna edición figura el título de “Obra poética completa”, incluso las mejores versiones, a cargo de excelentes poetas “dejan de lado los veintidós poemas que conforman el llamado “Album zutique”, cuyo contenido escatológico o las dificultades que plantea su complejo argot parecen haber inducido a los traductores a descartarlos.”
Ediciones Atalanta nos ofrece, definitivamente, la obra completa desde sus creaciones escolares en latín hasta sus poemarios finales.
Mauro Armiño (Cereceda, Burgos, 1944) ha sido el encargado de mostrar esta joya en su total esplendor. La labor de traductor de Armiño se ha centrado, sobre todo, en la cultura francesa.
El volumen, que deben conocer y abrir para adentrarse en el mundo de este fabuloso escritor, contiene además de un estupendo prólogo de Armiño, una cronología, un “diccionario Rimbaud” para conocer tanto a él como a su obra de forma más acertada, por supuesto toda su obra poética como “Una temporada en el infierno” o “Iluminaciones”, la correspondencia del autor entre 1870 y 1891, así como ilustraciones y fotografías.
El prólogo comienza así:
“El fugaz paso de Arthur Rimbaud por la poesía francesa fue calificado en vida del propio poeta de “meteoro”; la idea se convirtió en un tópico que aún se mantiene vivo porque hay pocas cosas más ciertas en el caso del joven poeta de Charleville, que llega a París en septiembre de 1971 y en año y medio, hasta mayo de 1873, reduce a cenizas la poesía parnasiana, para luego, tras el episodio de Bruselas y la entrega del manuscrito de su único libro publicado, “Una temporada en el infierno” (septiembre de 1873), hundirse en un silencio inexplicable e inexplicado que acosa a la mayoría de los críticos como si ese mutismo absoluto fuera una clave interpretativa. En ese año y medio su conducta devino en piedra de escándalo constante, incluso entre el círculo de poetas bohemios: por sus extravagancias, fumaba con la cazoleta de la pipa boca abajo, por su afición a la bebida, por su apariencia sucia, desharrapada y salvaje, por su carácter agresivo, hasta el punto de propinar una puñalada con un bastón-estoque al fotógrafo Carjat, o por exhibir sin demasiados tapujos su homosexualidad en compañía de Verlaine. A todo esto se añadía la insumisión en su obra poética a todos los órdenes de la sociedad: a la escuela, a la Iglesia, al orden político o impuesto por Napoleón III, a la familia, al trabajo; en resumen, a los valores que la burguesía de la época empezaba a ponderar como una posibilidad de avance social.”
Para terminar, quiero compartir con ustedes otros versos de su poema “Sensación”, otro de mis preferidos, también de su juventud e igualmente bellos e inteligentes.

“En las tardes azules de verano, iré por los senderos,
picoteando por los trigos, pisando la hierba menuda:
soñador, sentiré su frescura en mis pies.
Dejaré al viento bañar mi cabeza desnuda.

No hablaré, no pensaré en nada:
pero el amor infinito me subirá al alma,
e iré lejos, muy lejos, lo mismo que un bohemio,
por la naturaleza (…)”

 

30Oct/16

PABLO, EL GUERRERO DE VERDAD

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Para Pablo Guerrero Jiménez,
porque aunque aún no lo sepa,
ganará todas las batallas
a las que se enfrente en su vida.

Era tarde, o al menos eso le pareció a Pablo cuando abrió los ojos esa mañana. Volvió a cerrarlos un poco para ver si así se hacía aún más tarde. De esa manera, quizás, ya se hubiese hecho demasiado tarde para todo, para ir a por el pan y tener que aguantar los comentarios de la panadera, para ir a la escuela, para encontrarse con ese amigo que ya no era tan amigo, para saludar al vecino que le sonreía todas las mañanas….Sólo de pensarlo, ya le entraba un cansancio…, un agobio… ¿Por qué tenía él que hacer todas estas cosas si no se sentía bien haciéndolas? Si, ya sabía, sus padres le habían dicho, que uno se tiene que enfrentar todos los días a cosas que no le gustan, pero…, él era un niño, y…, bueno, eso, y…, daba igual. Ya lo pensaría en otro momento.

Bajó las escaleras, convencido de que su madre estaría ya en la cocina charlando con su padre mientras preparaban el desayuno para él y Luisa. Pero no, no había nadie. Miró por la ventana del salón y no vio a nadie caminando por la calle, ni se escuchaba bullicio alguno de furgonetas, repartidores, vecinas, niños.. “¿Qué estaba ocurriendo?”, se preguntó. Pero fue una pregunta que Pablo se hizo con una leve sonrisa de satisfacción en su rostro. Aquel silencio le agradaba mucho, a decir verdad, le encantaba. Era un día normal, pero vacío, un día en el que él no debería enfrentarse a todas aquellas situaciones cotidianas que le desagradaban. Así es que se colocó su chaqueta encima del pijama, sus botas y salió a la calle. En el parque sólo se encontró con los árboles, los bancos vacíos y el quiosco de chucherías de Mary cerrado. Se dirigió a los columpios y los probó todos, aunque los conocía, por supuesto de memoria. Pero, en soledad, todo le parecía mucho mejor.

Gritó algunos nombres de personas que conocía, pero allí no apareció ni siquiera un gato asustado. La felicidad que experimentaba era incomparable. A él le gustaba estar con gente, claro que si, le gustaban sus amigos, claro que si, incluso la escuela, claro que si. Claro que si. Todos los “claros que sí” que uno pueda imaginar, pero todo le gustaba a su manera y eso era lo que poca gente entendía. Cada día tenía que ponerse su traje de guerrero, su escudo y su espada imaginaria para enfrentarse al mundo tal y como uno parece que se tiene que enfrentar a él. Y él no quería menos a su amigo por decirle la verdad y enfadarse un día, o no le gustaba menos la escuela por no querer hacer los deberes u olvidar un cuaderno, o no sentía menos cariño por sus vecinos por saludarlos tímidamente. No. Por supuesto que no. Pero su piel de guerrero era ya tan dura que nadie podía ver lo que se escondía allá adentro. Pero…, daba igual. Ya lo pensaría en otro momento.

Sin darse cuenta, había pasado una hora. Decidió volver a casa. Cuando entró, sus padres estaban preparando el desayuno y Luisa lo miró perpleja, porque estaba claro que nadie esperaba encontrárselo abriendo la puerta, sino bajando por las escaleras.

-¿De dónde vienes a estas horas Pablo?,¿dónde has estado?, le preguntó su madre entre asombrada y asustada.

-Me desperté muy pronto y…, bueno creí que hoy era un día vacío, respondió Pablo.

-¿Vacío?, ¿qué quieres decir con eso?, dijo el padre.

-No me gustan los días en los que tengo que hacer todo lo que hay que hacer, respondió Pablo enérgico y algo enfadado. Me aburre tener que repetir las mismas cosas y que los demás piensen que si no hago las cosas como ellos quieren esas cosas ya no sirven, ni tienen importancia, ni les quiero, ni…, ni…, da igual, añadió.

Entonces sus ojos se le llenaron un poquito de lágrimas pero sin llorar, y quiso gritar pero se contuvo. Se quitó la chaqueta como el guerrero que se quita su armadura, sus botas las tiró como el guerrero que se deshace de su escudo y miró a sus padres con sus ojos grandes ojos claros clavándoles una espada imaginaria, de guerrero, por supuesto, pero de guerrero con ternura, que eso es lo que él llevaba dentro, mucha ternura y mucha bondad.

-¿Tengo que ser cómo los demás, mamá?, preguntó contrariado. Porque yo no quiero hacer daño a nadie pero quiero hacer las cosas a mi manera. Quiero querer a mi manera y saludar a mi manera, y tener mis amigos a mi manera, y comprar el pan a mi manera y aprender a mi manera.

Sus padres le miraron con cariño. Se acercaron a el y le dijeron que tenía razón, que aunque se habían dado cuenta un poco tarde, porque los padres también cometen errores, debía hacer las cosas a su manera. Le prometieron que nunca más le recriminarían un comportamiento y que intentarían entenderlo y apoyarlo porque ellos también se habían dado cuenta de que el traje de guerrero se le había quedado ya, afortunadamente pequeño. Que los demás también tendrían que aprender a entenderlo y quererlo así, tal y como era.

Pablo subió las escaleras con su madre hasta el cuarto del niño. Sacó la ropa del armario, la que se debía poner para el colegio.

-Toma, quítate el pijama y ponte la ropa Pablo.

Pablo se vistió. Guardó el pijama debajo de la almohada y después se acercó a su madre y con sus manos vacías pero llenas de sentido común, de bondad y ternura, le dijo a su madre:

-Quería guardar también el traje de guerrero aquí, debajo de la almohada, pero mejor lo guardas tú en otro sitio para que no me lo pueda poner más.

Su madre lo abrazó muy fuerte y le contestó:

-Lo vamos a tirar, ¿vale? porque ya no lo necesitas. Eres suficientemente fuerte  para poder con todas las batallas que te ponga la vida en tu camino. Sin corazas, sin escudos, sin espadas. No necesitas todas esas cosas. No lo dudes nunca Pablo. Nunca.

Bajaron las escaleras juntos, Pablo delante de su madre, sonriendo. Con fuerzas para enfrentarse a un nuevo día que se le presentaba maravilloso. Estaba feliz. Todo le pesaba menos. Su mamá bajaba detrás con las manos vacías pero, a la vez, llenas de cosas que utilizan los guerreros y también sonriendo.

Sin duda, a los cuatro se les presentaba por delante un gran día.

¿Quién duda de que las personas únicas son las más difíciles de entender? ¿Quién puede dudar de que las batallas más importantes se ganan con buenas dosis de bondad y de ternura?

 

 

 

24Sep/16

LUISA, EL AMOR, LA MAGIA Y UN ARCO IRIS

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A Luisa Guerrero Jiménez,
que es mágica,
para que nunca deje de soñar.

Si alguna vez visitáis un pueblecito blanco que descansa sobre una sierra muy alta, conoceréis a una niña que se llama Luisa. Luisa es mágica. Sí, sí, habéis leído bien, mágica quise decir. Luisa tiene sólo cuatro años y ya es mágica. ¿Sabéis la razón?. Luisa es mágica porque es especial y es especial porque es única y es única porque ante todo cree en si misma. Así es que si ella con cuatro años ya sabe todo esto, vosotros que, seguramente, seréis un poco más mayores, deberíais seguir su ejemplo. Deberíais creer en vosotros mismos, para ser únicos, especiales y mágicos a ojos de los demás.
Os contaré algo más de ella. Luisa tiene un hermano mayor, que en diciembre cumplirá siete años, al que adora. Le defiende a capa y espada cuando a éste se le presenta alguna dificultad. No se acobarda Luisa, no. ¿Sabéis por qué? ¿no? Pues es muy fácil. Luisa sabe, aunque sólo tiene cuatro años, que las cosas que uno hace con el corazón siempre son las correctas y eso le da la fuerza para llevarlas a cabo. Deberíais tomar este ejemplo también y utilizarlo durante toda vuestra vida. Pero todo esto, aunque Luisa tiene mucho talento, también se lo enseñaron sus padres, a los que adora, y que han hecho de ella un niña mágica también. Os lo resumiré así: “Sus papás le tocaron con la varita mágica del cariño y ella se hizo fuerte. Por cada abrazo, por cada beso, por cada sonrisa, Luisa iba cargándose de seguridad y esta seguridad la transformó en magia”. Así es que si algún padre está leyendo ahora mismo este cuento, debería seguir este ejemplo de los papás de Luisa. Vuestros niños podrían ser entonces tan mágicos como Luisa. Yo si fuese ustedes lo probaría. ¿Qué cuesta dar abrazos, besos y regalar sonrisas? Piénsenlo.
Pero vamos a lo nuestro. Y lo nuestro es contaros a todos lo que hizo en una ocasión Luisa.
Una mañana, cuando Luisa iba a la escuela, los demás niños se quejaban de que todo estaba muy gris y muy feo. Era invierno y el sol no había salido aún, quedaban algunos pequeños charcos del día anterior y los barrenderos aún no habían limpiado la calle. Pues bien, ella, simplemente sonrió, fijó sus ojos azules en el camino asfaltado y de repente, por donde Luisa iba pisando, flores de todos los colore iban naciendo, iban brotando sin orden llenando ese espacio de la calle de colores y perfumes que alegraban a los demás niños. De este modo, todos llegaron a la escuela contentos y con una sonrisa. Y sólo porque Luisa sonrió.
Esa misma tarde, justo después de hacer los deberes, comenzó a llover a cántaros. Pablo, el hermano de Luisa, miraba triste a través de la ventana. Luisa también estaba triste porque no podrían salir un rato al parque a jugar. Su mamá les pidió que tuviesen paciencia porque, seguramente, la lluvia no tardaría mucho en irse, pero pasaban las horas y la lluvia no cesaba. Luisa, cansada de esperar, miró al cielo, concentró sus preciosos ojos azules en ellos, y de repente de detrás de una nube apareció tímido el sol que se resistía a salir. Pero cuando lo hizo, los niños salieron veloces a la calle, sin perder un minuto.
Nadie se dio cuenta de algo, pero Luisa si. El arco iris no había salido. Y eso a Luisa le entristeció.
-¿No os dais cuenta de que el arco iris no ha salido?, preguntó Luisa a los demás niños.
-Si, pero no podemos hacer nada, sonrió su amiga algo resignada.
Así eran los niños, pensó Luisa, a la primera de cambio se conformaban, o iban corriendo a lloriquear a las faldas de sus madres o a los pantalones de sus padres.
-¡Bah!, os da igual todo. ¡Vaya clase de niños que sois!, protestó Luisa mirándolos desafiantes con sus grandes ojos.
Pablo, que la conocía bien, sabía que algo estaba tramando su hermana. Cuando abría aún más sus ojos, los entornaba de esa manera, ponía sus manos en jarra y se quedaba pensativa, estaba claro que algo pasaba por su cabeza.
Sin decir nada, Luisa sacó una tiza muy gorda del bolsillo y comenzó a dibujar los peldaños de una escalera. Una escalera que pronto atravesó el parque. Y después, y ante el asombro de todos los niños, a excepción de su hermano, que conocía su magia mejor que nadie, la escalera se despegó del suelo y se convirtió en una escalera de verdad, rosa como el color de la tiza que Luisa había utilizado. Los peldaños eran esponjosos como si estuvieran hechos de algodón de azúcar. Y por cada sonrisa que Luisa lanzaba, un peldaño se iba levantando hasta que la escalera llegó al cielo. Luisa subió por ella hasta descansar en una nube, justo en una nube que aún estaba un poco gris y a la que el sol estaba haciendo cosquillas con un rayo. Unas pequeñas gotitas mojaron a Luisa, las suficientes para darse cuenta de que allí mismo tenía que dibujar el arco iris para que sus amigos los vieran. Entonces sacó otra tiza, esta vez azul y dibujó encima de la nube y rozando un poco el sol siete huecos para los siete colores del arco iris. A cada sonrisa de Luisa, aquellos caminos imaginarios iban llegando hasta la siguiente nube y de allí tocaron el pico de la sierra. Pero había un problema, al arco iris le faltaban los colores.
Pablo gritó desde abajo advirtiendo a su hermana de que el arco iris no tenía colores.
-¿Y a qué estáis esperando?, ¿es que lo tengo que hacer yo todo?, les increpó Luisa a sus amigos desde la nube.
Los niños, nuevamente desconcertados, no sabían qué era lo que Luisa deseaba realmente. Pero pronto fueron informados.
-¡Los colores!, ¡eso es lo que quiero!, ¿qué es lo que voy a querer si estoy intentando hacer un arco iris? ¿Es que acaso los niños pueden vivir sin arco iris?
-¡Claro que no!, gritó Pablo.
-¡Claro que no!, gritaron después los demás.
-Pues eso, a lo vuestro. ¡Venga deprisa!, antes de que el sol se vaya. Me queman ya las manos de tenerlo cogido. No creo que aguante mucho más aquí a mi lado.
Pero los niños, tengo que confesaros, no se enteraban de nada. ¿Cómo iban a conseguir los colores?
Y en eso tenían razón. ¿Cómo los iban a conseguir si no creían en la magia? ¿Si no creían en las cosas imposibles? Está muy claro que sólo los niños que creen en las cosas imposibles, en los sueños, en la magia, consiguen todo lo que se proponen.
Así es que a Luisa no le quedó más remedio que bajar otra vez al parque y arreglarselas ella sola.
Y una vez abajo se dijo así misma:
-Haré un montón de zumo de naranja para la estela naranja, y mamá no se enfadará porque es para algo bonito.
-Cogeré un trozito de río para el color azul, y los peces no se enfadarán porque a ellos también les gusta mirar para arriba de vez en cuando.
-A la sierra le arrancaré toda la hierba verde que encuentre, y no se enfadará porque también se la comen a veces las cabras.
-Todos los plátanos de la merienda de Pablo para la parte amarilla, y Pablo no se enfadará conmigo porque es el mejor hermano del mundo.
-Pétalos de rosa para el camino rosa, y las flores no me pincharán con sus espinas porque son tan presumidas que quieren estar en todas partes, también en el cielo.
-Cartulina de la escuela para conseguir el color lila, y la profesora no me castigará porque es para la manualidad más hermosa del mundo.
Y allá subió Luisa decidida por la escalera de tiza hasta el cielo otra vez. Por suerte el sol no se había escapado aún y ella ya tenía todo lo que necesitaba.
Poquito a poco fue rellenando aquellos caminos de tiza que ella misma había trazado con todo lo que había conseguido.
Los niños, desde abajo, sonreían, hasta que una amiga de Luisa dijo lo siguiente:
-¡Falta el color rojo!
Luisa se ofendió mucho, muchísimo. Ni de eso se habían dado cuenta. ¡Qué desastre!, pensó.
-El color rojo es el del cariño, el del amor. ¡Ese lo ponéis vosotros desde abajo!, ¿acaso lo tengo que hacer yo todo?, les increpó Luisa.
-¿Pero cómo lo hacemos Luisa?, preguntaron sus amigos.
-Abrazad a vuestros padres, que vuestros padres os abracen a vosotros, dadles besos a los viejitos que están sentados en los bancos, sonrisas a los que están enfadados…, ¡qué se yo!, todo eso. ¿Es qué no sabéis lo que es el amor?
Y yo, que estoy contando este cuento y que vi cómo Luisa hacía toda esta fantasía, le diré cuando me la encuentre la próxima vez, que no, que no todo el mundo sabe lo que significa el amor. Que no todo el mundo podría rellenar los colores del arco iris, que por eso llueve muchas veces en el corazón de muchas personas y pocas veces sale el sol. Pero que de eso ella, afortunadamente, no sabe nada, de nada, de nada. Porque recordad que Luisa es mágica por muchas cosas pero sobre todo por el amor que lleva dentro de ella que la hace ser tan mágica, tan mágica, tan mágica, como para conseguir, si fuese necesario, que el arco iris atravesara cualquier sierra del mundo.
Y el arco iris apareció en el pueblecito blanco, descansando en la sierra. Y los niños, emocionados e incluso algo asustados, lo miraban asombrados. Nunca habían visto ningún arco iris igual.
Luisa agarró con una mano a su madre y con la otra a su hermano y les dijo:
-Ya nos podemos ir a casa. Papá, seguramente, ya habrá llegado y así podremos mirar los cuatro el arco iris por la ventana.
Y así lo hicieron. Los cuatro, abrazados, miraron el arco iris desde la ventana hasta que el sol se puso en la sierra.

30May/16

LAS AVENTURAS DEL BARÓN MÜNCHHAUSEN. GOTFFRIED A. BÜRGER ( PARTE 1)

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Tendría unos siete u ocho años cuando leí por primera vez “Las aventuras del Barón de Münchausen”. Puntualizaré que fue algo parecido ya que se trataba de un libro en formato cómic que, de alguna manera, sembró en mi el grandísimo interés por este personaje literario que me ha acompañado siempre y que no ha dejado de fascinarme desde entonces y del que después he leído todo lo que ha llegado a mis manos, diferentes ediciones de sus aventuras así como los escritos, estudios… referentes a su vida, ya que el barón de Münchausen existió, pero de eso les hablaré luego.
¿Cómo no quedar fascinado con sus aventuras? El barón montado en una bala de cañón, el barón encendiendo la mecha de un fusil gracias a su nariz, el barón viajando a la Luna, al infierno con Vulcano. El barón bailando en el estómago de una ballena o el barón cabalgando sobre un caballo cortado por la mitad, al que al beber agua se le salía por la parte de atrás al mismo tiempo. El barón matando a un oso para cubrirse con su piel y así pasar desapercibido entre otros osos, el barón sacándose a si mismo de una ciénaga tirándose de sus propia coleta o llegando a un pueblo completamente enterrado por la nieve de tal manera que un día después, cuando la nieve se derritió, y el pueblo se le mostró al noble en todo su esplendor, se da cuenta de que ha atado su caballo a la aguja más alta del campanario y que por esa razón él mismo se halla colgado allí.
Sólo ahora, muchos años más tarde, y cómo digo después de leer mucho sobre él y sobre el libro que relata sus empresas y hazañas, entiendo esta fascinación que, lejos de alejarse, cada vez me acompaña con más intensidad. Este hombre capaz de las aventuras más extravagantes y extraordinarias representa el máximo exponente de la rebeldía y por eso me gusta. Y por eso adoro a nuestro Quijote por tierras castellanas. Pero el barón alemán representa otro tipo de locura, con la que un niño se puede identificar más o más rápidamente, de ahí el éxito que el libro ha tenido en todo tipo de público, claro está, en sus ediciones más modernas. Y por que llegó a mi antes el barón que el Quijote, y además por ese toque infantil del que les hablaba, me siento en la dulce obligación sentimental de dedicarle este post hoy. Me voy a basar para ello en la edición del escritor y traductor Gottfried A. Bürger (Mulmerswende 1747, Gotinga 1794), de 1786 y cuyo título original es: “Wunderbare Reisen zu Wasser und zu Lande, Feldzuege und lustige Abenteuer des Freiherrn von Münchausen ” (Los maravillosos viajes por mar y tierra, campañas y aventuras del barón de Münchausen),así como en el prólogo que el dramaturgo Théophile Gautier (1811-1872) escribió en 1853 para la edición francesa de la obra, y que es una auténtica maravilla por todo el contenido excepcional que incluye en vistas a entender los orígenes y posterior evolución de una obra llena de sorpresas. Gracias al prólogo de Gautier sabemos más y mejor de dónde arranca esa locura “actual” del barón que algo tiene que ver con la personalidad que Bürger quiso imprimirle en su edición, que conocemos como, se puede decir, la definitiva.
Como cuenta Gautier, el barón fue un “personaje” que existió realmente y estas narraciones, según él, debieron de basarse, aunque remotamente, en aquellas otras que el barón Karl Friedrich Hyeronimus von Münchausen relató a sus amigos y allegados en circunstancias similares a las que se describen en la obra, en tertulia o a la luz del hogar y en el calor de un buen vino. La obra se basa en las narraciones de hechos de guerra y caza y otros sucesos de las que fue testigo a lo largo des su numerosos y arriesgados viajes.
El barón nacido en Bedenwerder (Hannover) el 11 de mayo de 1720 mandó como coronel un regimiento de húsares rojos durante la guerra de Rusia contra Turquía (1740-41) y sirvió a las órdenes del conde Burkhard Christoph von Münnich, mariscal de campo del zar Iván. Al terminar la campaña y tras algunos viajes y un matrimonio poco afortunado, el barón de Münchausen acabó por establecerse de nuevo en Hannover, donde moriría el 22 de febrero de 1797. El noble no escribió sus propias historias e incluso al conocer que éstas andaban escribiéndose puso punto y final a sus habituales tertulias. Sus historias se estaban convirtiendo en una forma de burla del vulgo hacia la nobleza y esto le disgustaba enormemente. Ya para entonces, como se apunta en otros estudios, se había convertido en mentiroso oficial. Pero lo cierto es que no fue mucho más exagerado en contar sus “batallas” que otros militares de su carrera.
La psicología ha catalogado al “Síndrome de Münchausen” como la alteración psicológica en la que el paciente finge los síntomas de diversas enfermedades, o incluso se las provoca tomado medicamentos o lesionándose el mismo, para recibir así la atención y simpatía de los demás.
Y para que se hagan una idea de la trascendencia de la obra, les diré que en el siglo XIX la historia había sufrido ampliaciones y transformaciones a manos de muchos escritores conocidos y se había traducido a muchos idiomas, hasta llegar a contar con unas 100 ediciones diferentes.
En 1785 se publicó, de forma anónima, en Oxford, algunas de estas historias del barón, historias populares, recogidas en un libro bajo el título: Barón Münchhausen s narrativa of his maravellous Travels and Campins in Russia (Historia de los maravillosos viajes y campañas de Rusia del barón de Münchausen).
Más tarde se supo, según Gautier, que el autor de esta edición será un tal Rudolf Erich Raspe (Hannover 1737, Irlanda 1794), un anticuario alemán de vida “un tanto escabrosa y chalanesca”.
En 1781, cuatro años después de esta edición inglesa, un tal August Mylius había publicado en Alemania un Vade Mecum für lustigue Leute, que ya incluía historias atribuídas al barón, aunque precavidamente ya que el verdadero barón seguía vivo y andaba cerca.
El mérito de Raspe consistió, como se apunta en el prólogo de 1853, en traducir al inglés estas historias, añadir algún refrito de otras fuentes y adaptarlas al paladar sajón (a ello se debe, cuenta Gautier, la simpatía que el barón demuestra hacia los británicos durante el episodio de la defensa de Gibraltar).
El resultado nos presenta a un barón fanfarrón, borrachín,… que se entretenía tomando el pelo al prójimo a base de andar de bufonada en bufonada, esto es, las andanzas de un rufián de noble cuna.
Un años después de la primera edición de Raspe, Münchhausen vuelve a Alemania y lo traduce Gottfried August Bürger que utilizó la quinta edición inglesa. Añade nuevas historias y también se apunta en otros estudios, no lo dice Gautier,que introduce elementos del folclore popular alemán. Lo que si dice el francés es que esas historias nuevas que se introducen son, sin duda, las mejores, el viaje de ida y vuelta a lomos de un par de balas de cañón o su salvación tirándose de la coleta. Y también destaca en el prólogo que reescribió el conjunto con un estilo lleno de gracia y vitalidad. El barón tiene un nuevo carácter. Crea un nuevo género entre satírico y fantástico. Una delicia para el lector. Como consecuencia de todo esto apareció, como ya apunté al comienzo, su ” Wunderbare Reisen zu Wasser und zu Lande, Feldzuege und lustige Abenteuer des Freiherrn von Münchausen”.
Bürger no sólo fue un excelente traductor, sino también uno de los grandes nombres de la lírica alemana y quizás el más genuino representante de aquel movimiento que dio en llamarse “Sturm und Drang” (Tormenta e ímpetu), del que les hablaré en la segunda parte de este post, pero del que ya les adelanto que el barón se empapó llevado par la mano de Bürger. Y que este movimiento tiene mucho que ver en que conozcamos al barón que conocemos y no a otro. El barón no será ajeno al espíritu de este movimiento, en principio, literario alemán. Un movimiento que abarcó los años 1767-1785 y que como se apunta en el prólogo, había comenzado tiempo atrás. En él se les concedió a los artistas la libertad de expresión a la subjetividad individual, y en particular, a los extremos de la emoción en contraposición a las limitaciones impuestas por el racionalismo de la ilustración. Se opone a la ilustración alemana o Aufklärung y se hizo precursor del Romanticismo. El nombre de este movimiento surge de la pieza teatral homónima del mismo nombre escrita por Friedrich Maximilian Klinger en 1776. Algunos escritores que encabezaron este movimiento son Hamann, Herder o el gran Goethe.
Fue una corriente profundamente irracionalista y emotiva dedicada a buscar signos en la naturaleza y a unificar ésta con la historia y con la cultura, aferrándose a las raíces populares germánicas frente a un racionalismo ilustrado eminentemente francés. Será este empuje irracional, como se recoge en el magnífico prólogo de la edición francesa, el que sustituirá el imperativo categórico por la categoría del imperio, el ingenio por el genio, la mesura por el caos originario, la moral por la pasión y el formalismo ilustrado por la pura libertad creadora. La vida, puesta ahora en el lugar de la razón, como vida suprema, rechaza las reglas que, aún siendo legítimas racionalmente, fijan un límite al libre desarrollo del individuo.
Y en esa atmósfera traslada Bürger al barón, y el barón es ese ser que puede representar todo lo que ellos anhelan, un personaje que representa lo que ellos no pueden ser, pero que, por eso, crean al ser, al loco, al aventurero. Así sólo el personaje será juzgado, no el escritor.
Y ese barón es el que adoramos todos aquellos lectores que amamos sus historias, sus aventuras y sus locuras.

 

30May/16

LAS AVENTURAS DEL BARÓN MÜNCHHAUSEN. GOTFFRIED A. BÜRGER (PARTE 2)

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El genio en el movimiento alemán “Sturm und Drang”, del que hablaba en el anterior post, será un individuo capaz de saltarse las reglas impuestas por la sociedad de mediocres, como el barón Münchausen. Pero también será como apunta Gautier, ese ser que a través de las experiencias de su libertad creadora es capaz de expresar, en su voz particular, el sentido del todo y el sentir de todos, que se identifica ahora con el sentido popular.
La comunión de Bürger con los principios del movimiento, fomentados en su mayor parte por Hamann, Herder y Goethe, será la causa de que , entre la aparente intrascendencia de las aventuras del barón, habite una decidida voluntad de atropellar a la razón ordinaria, una reacción de la fantasía frente a una realidad inhabitable, absurda y gris, un cierto anticlericalismo y, en fin, esa genialidad del “barón” para crear con la magia de sus narraciones un mundo que es tan de verdad como ese otro mundo que hay quien imagina real.
El escritor intenta dinamitar, mediante la sátira, la exageración y la mentira de guante blanco, la más peligrosa de las mentiras: la verdad envenenada (que suele coincidir con la verdad más comúnmente aceptada por cada época). Contra esa “verdad” se revela la naturalidad con que el barón se sube a lomos de una bala de cañón o trepa hasta la luna por el tallo de un guisante turco; contra quienes la sostienen, caciques, pedantes, conserjes, mediocres, clérigos de vida disipada o filósofos ilustradamente restriñidos, el barón dirigirá todas sus sátiras, su socarronería y alguna que otra blasfemia.
Y ese es el encantador, loco y aventurero barón que ha llegado a nosotros. El que conocemos después de este periplo de ediciones, influencias,… Y es, llegados a este punto, cuando les invito a abrir este libro, que como sucede con otros como por ejemplo con “El principito” de Antoine de Saint- Exupéry o “Alicia en el país de las maravillas”, de Lewis Carroll, por citar dos ejemplos, se puede leer desde el análisis de un adulto, teniendo en cuenta todo lo que les he ido contando a lo largo de estos dos posts o desde la inocencia de un niño que sólo quiere pasarlo bien y participar de las aventuras de un loco estupendo y simpático, que existió pero que, parece ser, ni fue tan fanfarrón, ni tan loco ni tan mentiroso, pero que a los lectores que nos fascina, lo queremos así, tan quijotesco, tan loco, tan mentiroso y tan simpático. Sencillamente encantador.
Y ahora me enfrento al momento más difícil, elegir una de sus aventuras para que a ustedes, si no conocen la obras, le entren unas ganas locas de abrirla. Una obra que se acerca mucho al lector y lo envuelve al estar escrita en primera persona. Difícil empresa esta de escoger unas y dejar otras aventuras, porque todas ellas son igual de fascinantes. Así es que les dejo con el segundo viaje a la Luna por lo extraordinario y humorístico de su relato, del capítulo XVI titulado : Décima aventura por mar (Segundo viaje a la Luna).

“Ya os he hablado, señores, de un viaje que hice a la Luna a buscar mi hacha de plata. Después tuve ocasión de volver a ella, pero de una manera mucho más agradable, permaneciendo allí bastante tiempo para hacer varias observaciones, que voy a comunicaros tan exactamente como mi memoria me lo permita.
A uno de mis parientes lejanos se le metió en la cabeza que debía haber absolutamente alguna parte un pueblo igual en tamaño al que Gulliver pretende haber hallado el reino de Brobdingnag, y resolvió partir en busca de este pueblo, rogándome que lo acompañara. Por mi parte, yo había considerado siempre que la narración de Gulliver no era sino un cuento de niños, y no creía más en la existencia de Brobdingnag que en la del El Dorado; pero como este honorable pariente me había instituido su heredero universal, y a comprenderéis que le debía algunos miramientos.
Llegamos felizmente a los mares del Sur sin encontrar nada digno de mención, a no ser algunos hombres y mujeres volantes que danzaban en minué por los aires.
Dieciocho días después de haber pasado a Otaiti, se desencadenó un huracán que arrebató nuestro barco a cerca de mil leguas sobre el nivel del mar y nos mantuvo en esta posición durante mucho tiempo.
Por último, un viento favorable infló nuestra vela y nos llevó con rapidez extraordinaria.
Viajábamos hacía seis semanas por encima de las nubes, cuando descubrimos una vasta tierra, redonda y brillante, semejante a una espléndida isla. Entramos en un excelente puerto, saltamos a la Tierra que habíamos dejado.
En la Luna, porque la Luna era la isla resplandeciente que acabábamos de arribar, vimos grandes seres montados en buitres de tres cabezas. (…)
Cuando nosotros llegamos, el rey de aquel país estaba en guerra con el Sol, y me ofreció despacho de oficial; pero yo no acepté el honor que me ofrecía Su Majestad.
Todo en aquel mundo era extraordinariamente grande: una mosca ordinaria, por ejemplo, es casi tan grande como un carnero de los nuestros. Las armas usuales de los habitantes de la Luna son rábanos silvestres que manejan como jabalinas y dan muerte a los que alcanzan.
Cuando la estación de los rábanos ha pasado, emplean los espárragos con el mismo éxito.
Por escudos usan grandes hongos.
(…) no consagran tiempo a sus comidas; tienen en el costado izquierdo una ventanilla, por donde introducen en el estómago el alimento; después cierran la ventana, hasta que pasado un mes repiten la operación. No hacen, pues, más que doce comidas al año, combinación que todo hombre sobrio debe hallar superior a la usada entre nosotros.
Los goces del amor son completamente desconocidos en la Luna, porque así entre los seres racionales como entre los brutos, no hay más que un solo sexo. Todo nace en árboles que difieren al infinito unos de otros, según el fruto que producen. Los que producen seres racionales u hombres son mucho más bellos que los otros; tienen grandes ramas rectas y hojas de color carne, consistiendo su fruto en nueces de cáscara purísima y de seis pies, lo menos, de longitud. Cuando se quiere sacar lo que hay dentro se echan en una gran caldera de agua hirviendo; ábrese entonces la cáscara y sale una criatura viva.
Antes de venir al mundo, ha recibido ya su espíritu un destino determinado por la naturaleza.
De una cáscara sale un soldado, de otra un filósofo, de otra un teólogo, de otra un jurisconsulto, de otra un agricultor, de otra un ganapán, y así sucesivamente, y cada uno se pone desde luego a practicar lo que conoce teóricamente. La dificultad consiste en juzgar con certeza lo que contiene cada cáscara; en la época de mi estancia allá, afirmaba un sabio del país, que poseía este este secreto.
Pero no se hacía caso de él, teniéndolo por loco.
Cuando los habitantes de la Luna llegan a viejos, no mueren como nosotros, sino que se disuelven en el aire y se desvanecen en humo. (…)
Llevan la cabeza debajo del brazo derecho, y cuando van de viaje o tienen que ejecutar algún trabajo que exija mucho movimiento, suelen dejársela en casa, como quiera que pueden pedirle consejo en la distancia. (…)
Pueden a su grado quitarse y ponerse los ojos, y cuando los tienen en la mano ven igualmente que cuando los tienen en la cara. Si por casualidad pierden uno, pueden alquilar o comprar otro que les hace el mismo servicio. Así es que en la Luna se encuentran en cada esquina gentes que venden ojos, teniendo el más variado surtido, porque la moda cambia con frecuencia: ora los ojos azules, ora los negros, son los que se estilan.
Comprendo, señores, que todo esto deber parecerles extraño; pero ruego a los que duden de mi veracidad, se sirvan pasar a la Luna a comprobar los hechos y a convencerse de que he respetado la verdad tanto como cualquier otro viajero.”

15May/16

LA NIEVE. UN CUENTO DE TERROR. SIR HUGH WALPOLE

“La señora Ryder miraba a lo largo del pasillo, pero no estaba segura de si la mujer estaba allí o no. ¡Qué absurdo! Sabía que no podía haber nadie. Pero entonces, ¿cómo era que distinguía claramente una anticuada capa gris, un pelo gris y descuidado y el contorno anguloso de unas mejillas pálidas y una barbilla puntiaguda? Y más aún: la larga caída del vestido gris formando pliegues hasta el suelo, el destello de un anillo de oro en una mano blanca. No. No. NO. Esto era una locura. Allí no había nadie. Una alucinación…”

En 2013, Ediciones Atalanta, publicó un libro titulado “Antología universal del relato fantástico” con prólogo de Jacobo Siruela. Si aún no conocen el libro, les invito a que lo compren inmediatamente porque es una maravilla de volumen, cargado de grandes autores con sus grandes relatos. Magnífica obra que no se cansarán de leer.

Entre esos relatos, hoy quiero destacar “La nieve” de Sir Hugh Walpole (Nueva Zelanda 1884, 1941). Este relato es una obra brillante en la que se trata un tema que, casualmente, diez años después, la fabulosa escritora londinense Daphne du Maurier (Londres 1907, Cornualles 1989) tocaría en su libro “Rebecca” publicado en 1938, obra que llevó al cine el maestro Alfred Hitchcock con el mismo título en 1940.

Walpole alcanzó un gran reconocimiento como escritor, logrando que todas sus obras fuesen muy populares. Además, trabajó en varios géneros: cuentos, novelas infantiles, novelas de terror, biografías y obras de teatro. “La nieve”, incluido en sus cuentos de terror fue publicado en 1928.

Desconozco si conocen antes la novela “Rebecca” que la película, pero les pongo en antecedentes. Maxim de Winter, tras enviudar, realiza un viaje a Montecarlo con el propósito de olvidar su pasado. Allí, el destino le tiene preparada una sorpresa. Conoce a una mujer más joven que él y deciden casarse. Una vez finalizada la luna de miel, regresan a la mansión de campo del señor Winter, donde antes había convivido con su primera esposa.  En Manderley, nombre de la casa, todo es perfecto hasta que la memoria de la fallecida empieza a minar la relación entre la pareja. Rebeca comienza a hacerse presente como una patología, nunca como una realidad en la mente de la recién casada. La joven está convencida de que jamás podrá competir con Rebeca, de la que todos dicen en la casa que era una mujer muy bella.

Esta enfermedad que se conoce como “Síndrome de Rebeca”, atiende a un sentimiento de celos que adquiere una dimensión patológica cuando aparece sin fundamento, por ejemplo hacia una ex pareja que ha muerto y cuando adquiere tales dimensiones que afecta al comportamiento normal de la persona que lo sufre. Se llama así en homenaje a la novela de Maurier.

Este tema ha servido de inspiración a escritoras tan interesantes como Carmen Posadas, que publicó un libro titulado “El síndrome de Rebeca: guía para conjurar fantasmas amorosos”. Posadas ha declarado en alguna de sus entrevistas que el libro sirve para “mandar por fin al olvido a ese o esa ex que aún nos pesa en el recuerdo y, lo que es peor, en el presente.” Según la escritora uruguaya, Rebeca es el espectro del pasado sentimental que nunca termina de evaporarse.

Pero antes de que todo esto ocurriera en la literatura, ya Walpole en “La nieve”, nos presenta a la segunda señora Ryder. Es una joven guapa, con salud,… que, sin embargo, vive en continuo desasosiego y llena de celos, ya que tiene que oír por boca de su marido, las constantes alusiones a la grandeza de su primera esposa, Elinor. En este caso, podemos decir que los celos son fundamentados ya que el hombre insiste en el tema del ensalzamiento de Elinor.

La joven va perdiendo la ilusión en su matrimonio por culpa de este “fantasma” que vive en casa y que no es otro que  la primera esposa de su marido. Y aunque sean celos fundamentados, en la protagonista comienza a surgir el germen de esa temida “sombra”, “fantasma”. Odia a Elinor, que además juró a Herbert, su marido, que le cuidaría hasta que se reuniera con ella en la otra vida, apoyada en la gran fe religiosa que profesaba.

“Elinor me comprendía mejor, querida. ¡Arrojar a la primera mujer contra la segunda! ¿No era la falta de tacto más grande que un hombre podía cometer? (…) Era cierto que Elinor había sido abnegada, que había estado tan completamente dedicada a Herbert que había vivido sólo para él. La gente siempre le estaba recordando su entrega, lo que no dejaba de ser una grosería y una falta de tacto.”

En el relato, la joven esposa, está dentro de la casa en todo momento, hasta el fatal desenlace fuera, en la nieve. En la nieve tan blanca como el fantasma. Es Nochebuena. Fuera, los copos no para de caer. Eso la agobia, la ahoga, y crea en el cuento una sensación de   claustrofobia. Es una metáfora de la frialdad y la falta de comunicación que, desgraciadamente, tiene con su marido. La mujer entra en un círculo de desesperación que puede con ella, que le arranca las ilusiones que había depositado en su relación y hasta le consume la fuerza para seguir luchando. El “fantasma” quiere acabar con ella.

“La segunda señora Ryder era una mujer joven que no se asustaba fácilmente; pero ahora permanecía en la oscuridad del pasillo con la espalda pegada a la pared y la mano en le corazón, mirando hacia la ventana gris, al otro lado de la cual la nieve caía sin cesar frente a la luz de la farola.”

Les invito a leer este relato, con final tan sorprendente como brillantemente elaborado.

 

01May/16

MAPA DEL MUNDO PERSONAL. JULIÁN MARÍAS

El excelente filósofo Julián Marías (Valladolid 1914, Madrid 2005), discípulo de Ortega y Gasset, escribió en 1993 el libro  “Mapa del mundo personal” obra que les invito a abrir hoy. Trata muchos temas interesantes como son el amor, la amistad, el descubrimiento de la persona,… Pero en este post sólo me voy a centrar en un par de capítulos que hablan sobre los niños y los adolescentes, porque quizás les pueda servir como orientación a padres que lean mi blog.

Del tercer capítulo titulado “Génesis de la persona”, me gustaría destacar el apartado “La caricia y el cuerpo personal” y los siguientes fragmentos:

“Respecto al niño, es esencial que sea acariciado, y pronto responde del mismo modo. La caricia es el gran instrumento de personalización, que despierta, acelera, completa la constitución de la persona. De ella depende en alto grado la prontitud y perfección de algo que, como todo lo humano, es variable e inseguro. La importancia de la caricia es grande, y afecta a la vida entera; pero aquí me refiero exclusivamente a la que afecta al niño. No sólo la caricia con la mano, sino el contacto en general, el beso, por supuesto la lactancia. Todo esto contribuye a la instalación corpórea, desde la cual, no se olvide, se llega a la instalación mundana.

La frecuencia, intensidad y calidad de las caricias que recibe el niño son factores esenciales de su posesión de personalidad ajena y de la propia. En casos favorables, siente a los demás como personas y se siente tal al ser acariciado. La condición amorosa del hombre, que tendrá despliegues muy distintos en la edad adulta, se despierta y constituye en la niñez, desde los primeros días de la vida. ¿Hasta cuándo? Esto depende de las formas sociales, tan variables, y de las condiciones singulares. (…)

Y no se olvide que junto a la caricia física, de contacto corporal, hay otra de no menos importancia: la caricia verbal. Al niño se le habla, se le dicen cosas, se le canta. La voz es particularmente importante, porque en ella aparece el elemento de expresión del lenguaje. Imagínese la diferencia entre el niño a quien se habla con aspereza o despego y aquel a quien se acaricia con la voz y la palabra.”

Me parece precioso como Marías nos quiere hacer entender la importancia de la caricia. Seguro que muchos de nosotros lo damos por hecho, pero imagínense ustedes todos los niños del mundo que crecen sin ser acariciados.

También destaca la importancia de la lectura y el momento en el que el niño va a demandar los cuentos.

” (…)el niño suele pedir cuentos, y ese deseo es satisfecho en uno u otro grado. El desarrollo de la imaginación, y por tanto de la facultad proyectiva, depende en buena medida de esto. La aprehensión de las conexiones se logra más allá de la experiencia real y directa, en la comprensión de la narración. Pocas cosas contribuyen al uso de la razón como los cuentos, el mundo ficticio, narrativo, biográfico, que puede envolver al niño desde su primera edad.”

En otro apartado de este mismo capítulo, titulado “La presión de las vigencias sociales” habla de un tema no menos interesante, la escolarización del niño, cuando se debería dar y cómo se desarrolla:

“Me parece evidente que la constitución del núcleo personal se interrumpe antes de tiempo. Si la escuela no es enteramente acertada, se advierten deterioros que pueden ser graves; en todo caso, el niño pierde en parte el carácter puramente personal que tenía al comienzo de su vida, resulta menos “único” su espontaneidad queda recubierta por una capa de vigencias en cierto modo impersonales.”

En el capítulo sexto titulado “Relieve del mundo personal”, me gustaría destacar el apartado “Entre padres e hijos” y dejarles aquí unas reflexiones del filósofo. Y algo que me ha llamado mucho la atención y que el destaca especialmente, como en un principio cuando recibimos a nuestro bebé en casa es lo más importante en nuestras vidas, todo gira en torno a el, y a medida que el niño va creciendo sentimos menos curiosidad porque hay factores que nos van alejando de esa relación, horas de escuela, personas nuevas. Se sigue amando al hijo pero se pierde este interés inicial:

“Los padres creen conocer mejor a sus hijos: los han visto nacer, han asistido a sus vidas día tras día, los han cuidado en todos los sentidos, se han preocupado por ellos; pero no siempre han sido capaces de imaginar quiénes empiezan a ser, hacia dónde se orientan, cuáles son los proyectos que van germinando en ellos. Es decir, su condición rigurosamente personal puede escapárseles.

La pubertad es un momento decisivo. El muchacho o la muchacha experimentan una escisión del círculo familiar y sus ampliaciones. Vive desde sí mismo, al menos lo cree así. Se desinteresa de sus afectos tradicionales: experimenta la primera gran variación de su mundo personal. Los padres, unas veces no lo advierten y creen que es “el de siempre”; otras, se percatan de ello y lo deploran, porque lo interpretan como “desvío”, de ellos mismos y de lo que parece su mundo transmitido y compartido.

En realidad, el adolescente no vive desde sí mismo sino desde su grupo juvenil, probablemente inspirado o manipulado por algunos adultos influyentes.”

 

15Abr/16

QUERIDO LUIS. ANTONIO MUÑOZ MOLINA

Como ya he apuntado en comentarios anteriores, en vacaciones, bien sean de verano, Semana Santa o Navidad, aprovecho para leer, entre otras cosas, columnas de opinión. Siempre busco los artículos que firman los escritores, para así conocerles un poco mejor. Estas vacaciones (que para mí duraron hasta el lunes día 4, de ahí que lo introduzca como artículo “vacacional” aunque esté fechado el domingo 3 de abril en el periódico El País), me quedo con el escrito por Antonio Muñoz Molina (Úbeda, Jaén 1956) titulado “Querido Luis“.

El autor andaluz comienza su columna con una cita de la autora Emily Dickinson que ella escribió en una carta y dice así: “De nuestras mejores acciones no llegamos a enterarnos”. Y bajo esta, a mi parecer, certeza,  continúa el escritor argumentando:

“Afortunadamente tú y yo volvimos a vernos 20 años después de que yo dejara la escuela en la que había sido alumno tuyo, y tuve la oportunidad de recordarte y agradecerte algo que hiciste por mi, y que podías haber olvidado. Volvimos a vernos cuando yo acababa de publicar mi primera novela. En ella hay una escena que tenía mucho que ver contigo. En torno a 1910, el padre del protagonista, un hortelano, va a la escuela para avisarle al maestro de que su hijo ya no volverá más. El niño tiene 11 o 12 años, y a esa edad ya hace falta que se ponga a trabajar junto a su padre en el campo. El maestro le pide que no lo haga, al menos todavía, que lo deje seguir estudiando. El padre accede, quizás más por falta de carácter ante la autoridad que por convicción, y eso hace que la vida de su hijo cambie de dirección para siempre.” Con este párrafo ya deja claro que nos pretende explicar Muñoz Molina, que él, siendo un chaval, vivió la misma situación. Que su padre visitó a aquel “querido Luis” en la escuela La Sagrada Familia de Úbeda para decirle que su hijo, y al igual que el muchacho de su novela,  iba a dejar la escuela porque debía ponerse a trabajar en la huerta.

“Mi padre había comprado con mucho esfuerzo y mucha ilusión aquella huerta que era su vida, y que podía ser también la mía cuando yo fuera haciéndome mayor. Era una huerta con buena tierra y mucha agua, y cada día sacábamos de ella una gran carga de hortaliza que luego mi padre vendía en el mercado. (…) Mi padre había conocido de niño el hambre de la posguerra: la huerta era para él una garantía de que si trabajábamos mucho no nos faltaría de nada.”

Qué bonito encuentro rendir un homenaje, como el escritor ha hecho en este artículo, a todos aquellos profesores que se preocuparon por nosotros, que nos dieron sus lecciones con una sonrisa, queriéndonos hacer mejor personas, enseñando con cariño, con ilusión, con alegría, con entusiasmo. Yo tuve muchos de esos y desde aquí, y valiéndome de este artículo les rindo homenaje a ellos también. Muchas gracias por todo. Gracias por enseñarme tanto y no sólo lo que está en los libros.

“Tú le aseguraste a mi padre que yo “valía para estudiar”, y que podría conseguir becas. Él te hizo caso. Te prometió que al menos me dejaría estudiar unos años, a ver qué pasaba. Y así cambió mi vida. (…) cada vida es única, y está gobernada por azares irrebatibles. Si yo no dejé la escuela a los 11 años fue gracias a ti, y al respeto que te tenía mi padre.”

“El mundo en el que vivimos ahora no tiene nada que ver con el de entonces, como si nos separaran de él no décadas, sino siglos. Es fácil mirar o imaginar el pasado con un sentimentalismo que encubre la condescendencia, quizás con el exotismo de lo pintoresco. Pero tú sabes mejor que yo lo que significaba una escuela en la que los hijos de los trabajadores éramos tratados exactamente igual que los demás, y en la que a pesar de los pesares, lo himnos patrióticos, la misa, el rosario, gente como tú se las arreglaba para contagiarnos el amor por el conocimiento y la lectura”

Y acaba el artículo el gran escritor diciendo lo siguiente:

“El tiempo se va tan rápido que no conviene postergar nunca los agradecimientos. El mío hacia ti me durará mientras viva.”

El mío hacia todos ustedes, mis maestros, mis profesores, también durará mientras viva. Muchas gracias.

20Mar/16

LA BIBLIA. UNA ADAPTACIÓN DE MARIE-HELENE DELVAL

Montado en un borriquillo

“Jesús volvió a Jerusalén. Cuando llegó al monte de los Olivos, dijo a sus compañeros:

-Id a la entrada del pueblo. Allí encontraréis un borriquillo. Cogedlo y traédmelo.

Los compañeros de Jesús le trajeron el borriquillo, echaron sus mantos sobre él y montaron a Jesús.

Según iban andando, la gente tiraba enramadas y extendía sus mantos en el camino.

Y todos marchaban en cortejo, gritando:

-¡Hosanna, gloria a Dios!

(…)

En 1996, la editorial Bruño editó un libro de la escritora francesa Marie- Hélene Delval (Nantes,1944) titulado: “La Biblia. Las historias más maravillosas del Antiguo y el Nuevo Testamento”. Después de citado el título, sabemos muy bien con que libro nos encontramos. Sin embargo, quiero invitarles a abrirlo porque es una de las mejores adaptaciones que he encontrado, hasta ahora, del libro más famoso y más vendido del mundo, traducido a más de mil doscientas lenguas o dialectos. Es una adaptación infantil y juvenil donde, como la misma autora escribe en el prefacio, se recogen “algunos de los relatos más maravillosos de la Biblia”. Y termina aclarando que las páginas escritas pretenden “llegar tanto al corazón como a la mente” y que se han escrito tanto para mayores como para pequeños. Y aquí es donde quiero incidir. En muchas ocasiones, los adultos se enfrentan a la lectura de la Biblia con un prejuicio, la dificultad que les ocasionará la lectura de la misma. Quieren leer el libro, por curiosidad, por creencia o por la razón que sea pero no es tan sencillo enfrentarse a todos esos diversos libros que conforman la Biblia. No es tarea fácil. Por eso, cada vez más, los adultos con curiosidad por la lectura de la misma, recurren a ediciones juveniles e incluso infantiles, y para todos estos va dirigido el post de hoy. Ya que esta es, como apuntaba antes, una de las mejores adaptaciones literarias que he encontrado. Y por tanto, su lectura es amena y sencilla.

Yo, que estudié diez años en un colegio de monjas, me enfrenté, muchas tardes a sus textos, por obligación, claro está. El Nuevo Testamento es sencillo pero el Antiguo Testamento puede ser más complicado. Y una lectura por capítulos, como si de una novela se tratase, es tarea que no les recomiendo. Todos conocemos algún que otro pasaje de la Biblia, pero apostaría a decir que para muchos nos sería muy complicado hacer un resumen de un libro tan complejo, y más aún destacar los relatos que nos parecieron más interesantes. Todo esto lo hace Delval en su adaptación, con ilustraciones de Ulises Wensell, de una manera excepcional.

El libro cuenta con un apartado muy interesante titulado “Cómo leer este libro con los niños”, donde la propia autora explica  que se recogen los relatos bíblicos “más susceptibles de dejar huella en la memoria y la imaginación del niño, debido a las emociones, las imágenes, los símbolos y el misterio que encierran.” “Los niños guardarán en la memoria pasajes, que luego volverán a escuchar con ocasión de las fiestas de Pascua o Navidad, de la eucaristía del domingo o de alguna boda o bautizo. Las palabras que oyeron la primera vez les parecerán entonces familiares y podrán utilizarlas como referencias si desearan más adelante adentrarse con mayor profundidad en el conocimiento de la Biblia.”

La escritora francesa recalca la dificultad de la lectura de una Biblia clásica. “Es un libro difícil de leer, porque está formado por muchas y diversas partes: relatos, oraciones, profecías, proverbios, textos de moral y de leyes, aparte de que en ellos se mezclan todos los géneros literarios. (…) También por esta razón los evangelios deben leerse no como reportajes, sino como testimonios que no excluyen los relatos de tipo simbólico, como es el de la adoración de los Magos.”

Y para los lectores que quieran hacer de este libro un libro para leer a sus hijos, Delval se hace una pregunta y se la traslada a todos ustedes. “Los niños van a preguntar sin duda: ¿todo esto es verdad? Y es una buena pregunta. Porque la Biblia recoge indiscutiblemente muchos acontecimientos que no pueden ser más reales. Pero no todos los relatos que contiene son páginas de historia. Así, por ejemplo, hoy todos lo sabemos, e incluso los niños lo saben, que el universo tal como lo conocemos no se formó en siete días, y que Adán y Eva no han existido nunca. En este sentido, pues, no es “verdad”.”

Y por eso, quizás, también me guste bastante esta adaptación, por su libertad. Por la libertad con la que se presenta. Porque, en mi opinión, en caso de que el niño sienta curiosidad por este libro, que en principio lo dudo, si es que los padres no se lo presentan, pero si una vez presentado sienten curiosidad, se debería, repito, desde mi opinión, llevarlo hasta el niño como un cuento más. Y dejar así la puerta abierta a la “investigación” por parte de ellos. Quizás les interese saber aún más sobre “ese cuento”, quizás no. Pero nunca presentarlo como una verdad absoluta coartando así sus propias opiniones y aplastando con metáforas la verdad científica de algunos hechos que aquí se describen como realidades y que nunca hubiesen podido ser tales.

Así es que invito a los mayores a abrir este libro si ustedes quieren tener una visión conjunta y muy rápida de lo que les espera en la lectura de la Biblia. Esbozos de las historias que allí se recogen y que si ustedes creen interesantes trasladaran a sus hijos. Los niños conocerán a través de estos relatos a personajes del Antiguo Testamento como Noé, Jonás, David, Moisés o Salomón y en los relatos del Nuevo Testamento escucharan las “aventuras” de Jesús y aquello que quiso transmitir al mundo a través de sus palabras.

Aquí les dejo con un relato del Antiguo Testamento y otro del Nuevo Testamento. Del primero me quedo con “La historia de Jonás”  y del segundo con el titulado “Unos magos venidos de muy lejos”,  por ser ambas mis preferidas de este libro ya que me remiten a esos pasajes de la Biblia que leía en el colegio de niña y que ya entonces eran, también y entre muchos otros, mis preferidos.

“La historia de Jonás”

“Existía en aquel tiempo una ciudad tan grande que se necesitaban tres días para cruzarla de parte a parte. Se llamaba Nínive y la maldad de sus habitantes llegó a ser tal que Dios decidió destruirla.

Dios habló a Jonás y le dijo:

-Ve a Nínive, la gran ciudad, y anuncia a todos sus habitantes que su maldad ha colmado mi paciencia.

Pero Jonás tuvo miedo y se embarcó en una nava para huir lejos de Dios. Entonces Dios hizo que soplara sobre el mar un viento tan terrible que parecía que el barco iba a romperse.

Jonas dijo a los marineros;

-Es culpa mía si se ha levantado esta tempestad, porque he huido delante de Dios, mi Señor. Pero tiradme al mar y se calmará la cólera de las olas.

Los marineros tiraron a Jonás al mar y de inmediato se calmó la tempestad. Dios hizo entonces que viniese un gran pez para que se tragara a Jonás.

Durante tres días y tres noches estuvo Jonás en el vientre del gran pez, y entretanto le rezaba así al Señor (…)

Entonces Dios habló al gran pez y éste vomitó a Jonás en una playa. Jonas se levantó y se encaminó hacia Nínive, la gran ciudad. Y, llegado a ella, fue recorriendo las calles y anunciando:

-¡Dentro de cuarenta días, Nínive será destruída!

(…) todos se cubrieron de cenizas para mostrar su arrepentimiento y prometieron que nunca más harían el mal.

Entonces Dios se arrepintió también de la maldición que había lanzado sobre los habitantes de Nínive. Y no mandó sobre ellos el mal que había previsto para castigarlos.”

“Unos magos venidos de muy lejos”

“Por aquel tiempo, Herodes era el rey de los judíos. Y desde Oriente llegaron a Jerusalén unos magos. Y preguntaron:

-¿Dónde está el rey de los judíos, el que acaba de nacer? Hemos visto aparecer y brillar en el cielo su estrella y venimos a adorarle.

Herodes sintió una gran inquietud. Reunió a los sumos sacerdotes y a los sabios de su reino y les preguntó si sabían dónde debía nacer el Mesías.

Ellos contestaron:

-En Belén, de Judea, como anunció el profeta.

Herodes mandó llamar a los magos en secreto y les dijo:

-Id a Belén y encontrad a ese niño. (…)

Los magos emprendieron la marcha. Y mientras caminaban, la estrella que habían visto en Oriente avanzaba delante de ellos mostrándoles el camino. Hasta que se detuvo justo encima del lugar en el que se encontraba el niño recién nacido. Los magos sintieron una gran alegría en sus corazones. Entraron en la casa y vieron al niño en los brazos de María, su madre.

Se arrodillaron ante él y le ofrecieron oro, incienso y mirra.”

Carmen Posadas, autora a la que admiro enormemente, ha declarado en varias ocasiones, que entre sus libros predilectos se encuentra La Biblia. Según ella es el libro más completo y con los más bellos pasajes que se han escrito. Y me gusta con que naturalidad aclara que dentro de esta obra hay poesía, crónica, novela de aventuras, ciencia ficción y hasta novela negra. Razón no le falta.

 

 

12Mar/16

EL FIN DE ALGO. UN RELATO DE ERNEST HEMINGWAY. NICK ADAMS

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Pocos personajes ha dado la literatura tan misteriosos e interesantes, a mi parecer, como Nick Adams. Adoro los relatos donde él aparece y cuando aparece, Hemingway se me presenta en toda su esencia. Su literatura es, simplemente, insuperable. Los relatos de Hemingway (Illinois 1899, Idaho 1961) son perfectos. Es imposible elegir uno entre tantos, por eso les invito a abrir aquellos que tienen a Adams como protagonista. Son increíbles, sorprendentes tanto por su “engañosa” sencillez como por su perfecta redacción.

Y entre los de Adams, también es tarea difícil elegir uno, pero quiero presentarle a ustedes uno de los más conmovedores. Se titula  “El fin de algo”. Guarda muchísimo dentro. Comienza el escritor presentándonos el pueblo de Hortons Bay.

“Antes, Hortons Bay era un pueblo de madereros y leñadores. Ninguno de sus habitantes se salvaba del ruido de las grandes máquinas de un aserradero que había junto al lago. Pero un año se acabaron los troncos para aserrar. Entonces las goletas de los madereros anclaron en la bahía y cargaron y se llevaron toda la madera amontonada en el corral. (…)

Una vez henchidas las velas, el barco empezó a navegar por el lago, llevándose todo lo que había hecho del aserradero, un aserradero, y de Hortons Bay, un pueblo.

(…)

Diez años más tarde no quedaba nada del aserradero, excepto los cimientos de piedra caliza que Nick y Marjorie vieron a través del bosque renacido, mientras remaban muy cerca de la costa. Estaban pescando en bote al borde del banco que se cortaba repentinamente en bajíos arenosos de doce pies de profundidad. Se dirigían al promontorio, que era el lugar más apropiado para colocar los sedales nocturnos que atacan a las truchas californianas.”

Así comienza el relato. Sabemos que estamos en Hortons Bay, un pueblo ruinoso y que una pareja formada por los protagonistas, Nick y Marjorie están disfrutando de un día de pesca. Pero, no por casualidad la conversación entre ellos comienza así:

“-He aquí nuestras viejas ruinas, Nick, dijo Marjorie.”

Mientras remaba, Nick miró hacia las piedras blancas que se veían entre los árboles verdes.

-Allí está, expresó.

-¿Recuerdas cuando estaba el aserradero?, preguntó Marjorie.

-Sí, recuerdo.

-Parece más bien un castillo, opinó la muchacha.

El no dijo nada. Remaron hasta perder de vista los restos del aserradero, siguiendo la costa. Luego, Nick atravesó la bahía.

-¿No pican?

-No, respondió Marjorie, absorta en la caña mientras remaban.

No se distraía ni siquiera para hablar. Le gustaba ese deporte. Le gustaba mucho pescar. Le gustaba muchísimo pescar con Nick.”

El agua en calma, la quietud del ambiente, el baile lento de la barca, el silencio. Nick no dice mucho, no sabemos qué le ocurre. Pero sabemos que Marjorie está disfrutando, hasta que se da cuenta de que Nick no está como acostumbra. Está extraño. Hemingway nos introduce en una situación que cada vez se va haciendo más intrigante, pero en una situación que transcurre en un lugar idílico, hermoso.

“-¿Qué te pasa, Nick?

-No sé, contestó éste mientras juntaba leña para el fuego.

Encendieron el fuego con la madera que el agua había llevado a la costa. Marjorie fue al bote en busca de una manta. La brisa nocturna impulsaba el humo hacia el promontorio, y por eso ella extendió la manta entre el fuego y el lago.

Después se sentó sobre la manta, de espaldas al fuego, y esperó a Nick. Este volvió en seguida y se sentó a su lado. Detrás de ellos estaba el bosque renacido, en el promontorio, y enfrente, la bahía con la desembocadura del arroyo de Hortons. La oscuridad no era completa. La luz de la fogata iluminaba el agua. Ambos pudieron ver las dos cañas de pescar de acero, inclinadas sobre el lago. El fuego provocaba destellos en los carretes.

Marjorie abrió la cesta de la cena.

-No tengo hambre, dijo Nick.

-Vamos, Nick. Come.

-Bueno.

Comieron sin decir nada, observando la dos cañas y el fuego reflejado en el agua.

-Esta noche va a hacer luna, expresó Nick, que miraba hacia el otro lado de la bahía.

Las colinas se recortaban ya contra el cielo. Y él se dio cuenta de que la luna estaba ya por asomarse, más allá de las colina.

-Ya lo sé, dijo Marjorie con alegría.

-Tú lo sabes todo.

-¡Oh! ¡Cállate, Nick! Te lo ruego. ¡No seas así, por favor!

-No puedo evitarlo. Tú tienes la culpa. Lo sabes todo. Eso es lo malo, y también lo sabes.

La muchacha no dijo nada.”

Nick ha contado a Bill, personaje que aparecerá al final del relato, el plan que tenía trazado para ese día y que, por supuesto, Marjorie desconocía. Pero no les puedo contar el desenlace, claro está. Ni siquiera cuando lean el relato lo podrán saber. Porque, como antes les he adelantado, hay varias historias de Nick y quizás en una de ellas sepan, cuando las lean, que sucedió con Marjorie y Nick. Son todos relatos magníficos que les invito a leer: “Campamento indio” (aquí conocemos a Nick con cinco años), “El médico y su mujer”, “El vendaval de tres días”, “El luchador”, “Un día de espera” (en este Nick ya es padre). Si las leen todas como una lectura continuada les sorprenderá, aún más, la belleza de los relatos y la profundidad de su personaje, Nick Adams. Personaje, que por cierto, nunca fue invitado a ninguna de las novelas del escritor pero que, según muchos estudiosos del novelista americano, comparte muchos rasgos con Hemingway. Los cuentos de Nick están dispersos en diversos volúmenes, porque los fue escribiendo a lo largo se su vida, de su carrera literaria.

“-¿Ya no te divierte el amor?, preguntó Marjorie.

-No.

Ella se puso de pie. Nick permaneció sentado, con la cabeza entre las manos.

-Voy a usar el bote, le gritó Marjorie. Tú puedes volver a pie por el promontorio.

-Bueno, dijo Nick. Espera, que iré a desatracar el bote.

-No hace falta, cuando dijo esto, Marjorie estaba ya dentro de la embarcación, en el agua, bajo la luz de la luna.”

Y parece que, al fina, tanto el amor como el pueblo se quedaron solos.

Hemingway fue el gran maestro del relato. Para la creación de estos se basaba en una modalidad que el mismo bautizó como “Teoría del iceberg”. Según esta teoría el relato era, únicamente, la parte visible de una profunda masa sumergida, como un iceberg, en el que todo está debajo de la superficie. Y esa es la sensación que uno tiene cuando lee sus cuentos.

Cuando Hemingway recibió el Premio Nobel de Literatura en 1954 (un año antes había conseguido el Premio Pulitzer por “El viejo y el mar”) se destacó su “maestría del arte de la narración y la influencia ejercida sobre el estilo contemporáneo”.

Su primera novela la publicó en 1926 y se titula “Fiesta”. Mi primera lectura de Hemingway fue “París era una fiesta” y quedé fascinada. Después vinieron los relatos y sus novelas. “París era una fiesta” fue escrita en Cuba entre 1958-59, un cuarto de siglo después de su estancia allí.

Yo les invito a leerla también, antes o después de estos magníficos relatos. Es una novela exquisita. Quizás alguna vez le dedique un post, pero antes les dejo con una preciosa frase que en ella se recoge y que les sugerirá muchas cosas y les traerá muchos deseos.

“Si tienes la suerte de haber vivido en París cuando joven, luego París te acompañará, vayas adonde vayas, todo el resto de tu vida, ya que París es una fiesta que nos sigue.”